Capítulo 23La ruptura con Lujin y el desahogo
Lo fundamental del asunto era que hasta el último minuto no había esperado en absoluto semejante desenlace. Se había hecho el valiente hasta el límite extremo, sin suponer siquiera la posibilidad de que dos mujeres pobres e indefensas pudieran escapar de su poder. A esta convicción contribuía en gran medida su vanidad y ese grado de seguridad en sí mismo que lo mejor sería llamar enamoramiento de sí. Piotr Petróvich, habiéndose abierto paso desde la nada, estaba enfermizamente acostumbrado a recrearse consigo mismo, valoraba altamente su inteligencia y sus capacidades y hasta a veces, a solas, se recreaba con su rostro en el espejo. Pero más que nada en el mundo amaba y valoraba su dinero, obtenido con esfuerzo y por todos los medios: igualaba a él con todo lo que fuera superior.
Recordándole ahora con amargura a Dunia que había decidido tomarla a pesar de los malos rumores sobre ella, Piotr Petróvich hablaba con plena sinceridad y hasta sentía una profunda indignación ante semejante «negra ingratitud». Y sin embargo, cuando entonces le pidió la mano a Dunia, ya estaba completamente convencido de lo absurdo de todos esos chismes, refutados públicamente por la propia Marfa Petróvna y hacía ya mucho abandonados por todo el pueblucho, que defendía calurosamente a Dunia. Incluso él no negaría ahora que ya entonces sabía todo aquello. Y sin embargo seguía valorando altamente su decisión de elevar a Dunia hasta él y lo consideraba una hazaña. Al reprocharle esto ahora a Dunia, reprochaba su pensamiento secreto, acariciado por él, en el cual ya más de una vez se había recreado, y no podía entender cómo otros podían no recrearse en su hazaña. Al presentarse entonces de visita donde Raskólnikov, había entrado con el sentimiento de un bienhechor que se dispone a recoger los frutos y escuchar cumplidos muy dulces. Y desde luego ahora, al bajar la escalera, se consideraba en el más alto grado ofendido y no reconocido.
Dunia le era simplemente necesaria; renunciar a ella era para él impensable. Desde hacía mucho ya, ya varios años, soñaba con deleite con el matrimonio, pero seguía acumulando dinero y esperaba. Pensaba con arrobamiento, en el más profundo secreto, en una muchacha virtuosa y pobre (necesariamente pobre), muy jovencita, muy bonita, noble y educada, muy asustada, que hubiera experimentado muchísimas desgracias y totalmente postrada ante él, una que toda la vida lo considerara su salvación, que lo venerase, que se sometiera, que lo admirase, y solo a él. ¡Cuántas escenas, cuántos dulces episodios había creado en su imaginación sobre este tema seductor y juguetón, descansando en el silencio de sus ocupaciones! Y he aquí que el sueño de tantos años ya casi se realizaba: la belleza y la educación de Avdotia Románovna lo habían impresionado; su situación de desamparo lo había excitado hasta el extremo. Aquí aparecía incluso algo más de lo que había soñado: apareció una muchacha orgullosa, de carácter, virtuosa, superior a él por educación y desarrollo (lo sentía), ¡y semejante criatura le estaría esclavamente agradecida toda la vida por su hazaña y se anularía reverentemente ante él, mientras que él dominaría ilimitada y totalmente!.. Como a propósito, poco tiempo antes, después de largas reflexiones y esperas, había decidido por fin cambiar definitivamente de carrera y entrar en un círculo más amplio de actividad, y con ello, poco a poco, pasar también a una sociedad más elevada, sobre la cual ya desde hacía tiempo pensaba con voluptuosidad... En una palabra, había decidido probar en San Petersburgo. Sabía que con las mujeres se puede ganar «muchísimo». El encanto de una mujer encantadora, virtuosa y educada podía admirablemente embellecer su camino, atraerlo, crear un halo... ¡y he aquí que todo se derrumbaba! Esta ruptura repentina y horrible actuó sobre él como un trueno. Era alguna broma horrible, un absurdo. Solo se había hecho un poquito el valiente; ni siquiera había alcanzado a expresarse, simplemente bromeó, se dejó llevar, ¡y terminó tan en serio! Por último, pues ya hasta amaba a su modo a Dunia, ya dominaba sobre ella en sus sueños, ¡y de pronto!.. ¡No! Mañana mismo, mañana mismo había que restaurar todo esto, curarlo, arreglarlo, y lo principal, ¡aniquilar a este mocoso insolente, a este muchachito que era la causa de todo! Con una sensación dolorosa le vino también a la memoria, de algún modo involuntario, Razumijin... pero, sin embargo, pronto se tranquilizó de ese lado: «¡Todavía faltaba poner a este en la misma fila con él!» Pero de quien tenía en realidad miedo en serio era de Svidrigáilov... En una palabra, le esperaban muchos líos...
—¡No, yo, yo tengo más culpa que todos! —decía Dúnechka, abrazando y besando a su madre—. Me dejé seducir por su dinero, pero te juro, hermano, que ni imaginaba que fuera un hombre tan indigno. Si lo hubiera visto antes, ¡no me habría dejado seducir por nada! ¡No me culpes, hermano!
—¡Dios nos libró! ¡Dios nos libró! —murmuraba Pulqueria Aleksándrovna, pero de algún modo inconscientemente, como si aún no hubiera terminado de asimilar todo lo sucedido.
Todos se alegraban, cinco minutos después hasta se reían. Solo a veces Dúnechka palidecía y fruncía el ceño, recordando lo sucedido. Pulqueria Aleksándrovna ni siquiera podía imaginar que ella también estaría contenta; todavía por la mañana la ruptura con Lujin se le presentaba como una terrible desgracia. Pero Razumijin estaba en éxtasis. No se atrevía a expresarlo completamente, pero temblaba entero como con fiebre, como si una pesa de cinco puds se le hubiera caído del corazón. Ahora tenía derecho a entregarles toda su vida, a servirles... ¡Qué no tenía derecho ahora! Pero sin embargo ahuyentaba con aún más miedo los pensamientos ulteriores y temía a su imaginación. Solo Raskólnikov seguía sentado en el mismo lugar, casi taciturno y hasta distraído. Él, que más que todos había insistido en la expulsión de Lujin, parecía ahora el que menos se interesaba en lo sucedido. Dunia pensó involuntariamente que seguía muy enojado con ella, y Pulqueria Aleksándrovna lo miraba con miedo.
—¿Qué te dijo Svidrigáilov? —se acercó a él Dunia.
—¡Ah, sí, sí! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna.
Raskólnikov levantó la cabeza:
—Quiere regalarte sin falta diez mil rublos y al mismo tiempo manifiesta el deseo de verte una vez en mi presencia.
—¡Verla! ¡Por nada del mundo! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna—, ¡y cómo se atreve a ofrecerle dinero!
Luego Raskólnikov transmitió (bastante secamente) su conversación con Svidrigáilov, omitiendo lo de las apariciones de Marfa Petróvna, para no entrar en asuntos innecesarios y sintiendo repugnancia de iniciar cualquier conversación que no fuera la más necesaria.
—¿Qué le respondiste? —preguntó Dunia.
—Primero le dije que no te transmitiría nada. Entonces declaró que él mismo, por todos los medios, buscaría un encuentro. Aseguraba que su pasión por ti fue un capricho y que ahora no siente nada por ti... No quiere que te cases con Lujin... En general hablaba confusamente.
—¿Cómo lo explicas tú mismo, Rodia? ¿Cómo te pareció?
—Confieso que no entiendo nada bien. Ofrece diez mil, pero él mismo dice que no es rico. Declara que quiere irse a algún lugar, y diez minutos después olvida que habló de eso. De pronto también dice que quiere casarse y que ya le han propuesto una novia... Por supuesto tiene objetivos, y lo más probable es que sean malos. Pero otra vez es de algún modo extraño suponer que abordara tan estúpidamente el asunto si tuviera malas intenciones respecto a ti... Yo, naturalmente, rechacé ese dinero por ti, de una vez por todas. En general me pareció muy extraño, y... hasta... con señales como de demencia. Pero puedo haberme equivocado; simplemente quizá sea algún tipo de engaño. La muerte de Marfa Petróvna parece producirle impresión...
—¡Que el Señor reciba su alma! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna—. ¡Eterna, eternamente rogaré a Dios por ella! ¡Pues qué sería de nosotras ahora, Dunia, sin esos tres mil! ¡Dios mío, es como si cayeran del cielo! Ah, Rodia, esta mañana nos quedaban solo tres rublos en el alma, y con Dúnechka solo pensábamos en cómo empeñar cuanto antes el reloj en alguna parte, para no tener que pedirle a ese, hasta que se diera cuenta él mismo.
A Dunia la propuesta de Svidrigáilov la impresionó demasiado de algún modo. Seguía de pie pensativa.
—Ha maquinado algo horrible —dijo casi en un susurro para sí misma, casi estremeciéndose.
Raskólnikov notó este miedo excesivo.
—Parece que tendré que verlo más de una vez —le dijo a Dunia.
—¡Lo seguiremos! ¡Yo lo vigilaré! —gritó enérgicamente Razumijin—. ¡No le quitaré el ojo de encima! Rodia me dio permiso. Él mismo me dijo hace poco: «Cuida a mi hermana». ¿Y usted me da permiso, Avdotia Románovna?
Dunia sonrió y le extendió la mano, pero la preocupación no se retiraba de su rostro. Pulqueria Aleksándrovna la miraba con timidez; sin embargo, los tres mil la tranquilizaban visiblemente.
Un cuarto de hora después todos estaban en la conversación más animada. Hasta Raskólnikov, aunque no conversaba, escuchó atentamente durante algún tiempo. Quien oratoriaba era Razumijin.
—Y para qué, ¿para qué irse? —se extendía con arrebato en un discurso entusiasta—, ¿y qué van a hacer en un pueblucho? Y lo principal, aquí están todos juntos y se necesitan unos a otros, ah, cómo se necesitan, ¡entiéndanme! Bueno, aunque sea por algún tiempo... Tómenme a mí como amigo, como socio, y les aseguro que emprenderemos una excelente empresa. Escuchen, les explicaré todo esto en detalle, todo el proyecto. Ya por la mañana, cuando todavía no había pasado nada, se me cruzó por la cabeza... Aquí está la cosa: tengo un tío (los presentaré; ¡un viejecito muy amable y muy respetable!), y este tío tiene mil rublos de capital, pero él mismo vive de una pensión y no está en necesidad. Hace dos años que me insiste para que le tome esos mil y le pague un seis por ciento. Veo el truco: simplemente quiere ayudarme; pero el año pasado no me hacía falta, y este año solo esperaba su llegada y decidí tomarlos. Después ustedes darán otros mil, de sus tres mil, y basta para empezar, ¡así que nos uniremos! ¿Y qué haremos?
Entonces Razumijin comenzó a desarrollar su proyecto y habló largo sobre cómo casi todos nuestros libreros y editores conocen poco su mercancía, y por eso generalmente son malos editores, mientras que las ediciones decentes en general se recuperan y dan un beneficio, a veces significativo. Razumijin soñaba con la actividad editorial, ya llevaba dos años trabajando para otros y conocía bastante bien tres lenguas europeas, a pesar de que hacía seis días le había dicho a Raskólnikov que en alemán andaba «flojo», con el fin de convencerlo de que tomara la mitad de un trabajo de traducción y tres rublos de anticipo: entonces mintió, y Raskólnikov sabía que mentía.
—¿Para qué, para qué dejar pasar lo nuestro cuando se nos presenta uno de los medios principales: dinero propio? —se acaloraba Razumijin—. Por supuesto, hace falta mucho trabajo, pero trabajaremos, usted, Avdotia Románovna, yo, Rodión... ¡algunas ediciones dan ahora un beneficio excelente! Y la base principal de la empresa está en que sabremos qué exactamente hay que traducir. Y traduciremos, y editaremos, y aprenderemos, todo juntos. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Ya hace casi dos años que merodeo por los editores y conozco todos sus secretos: no son santos los que hacen las ollas, créanme. ¿Y para qué, para qué dejar pasar el bocado frente a la boca? ¡Pues yo mismo conozco, y guardo en secreto, dos o tres obras tales que por la sola idea de traducirlas y editarlas se pueden sacar unos cien rublos por cada libro, y por una de ellas ni por quinientos rublos daría la idea! Y ¿qué creen?, si se lo comunico a alguien, quizá todavía lo dude, ¡tal es la estupidez! Y en cuanto a los trámites propiamente dichos, tipografías, papel, venta, ¡eso me lo dejan a mí! ¡Conozco todos los rincones! Empezaremos poco a poco, llegaremos a lo grande, por lo menos tendremos con qué alimentarnos, y en cualquier caso recuperaremos lo nuestro.
A Dunia le brillaban los ojos.
—Lo que dice me gusta mucho, Dmitri Prokófich —dijo.
—Yo, por supuesto, no sé nada de esto —respondió Pulqueria Aleksándrovna—, quizá hasta esté bien, pero otra vez, vaya usted a saber. Es algo nuevo, desconocido. Por supuesto, quedarnos aquí nos es necesario, aunque sea por algún tiempo...
Miró a Rodia.
—¿Qué piensas, hermano? —dijo Dunia.
—Pienso que tiene una idea muy buena —respondió él—. Sobre la firma, naturalmente, no hay que soñar de antemano, pero cinco o seis libros realmente se pueden editar con éxito indudable. Yo mismo conozco una obra que seguramente tendrá éxito. Y en cuanto a que sabe llevar el asunto, pues en eso no hay duda: entiende del negocio... Sin embargo, tendrán tiempo todavía de ponerse de acuerdo...
—¡Hurra! —gritó Razumijin—. Ahora esperen, aquí hay un departamento, en esta misma casa, de los mismos dueños. Es aparte, separado, no se comunica con estos cuartos, y está amueblado, precio moderado, tres habitaciones. Tómenlo para empezar. El reloj se lo empeño mañana y traigo el dinero, y después todo se arreglará. Y lo principal, pueden vivir los tres juntos, y Rodia con ustedes... Pero ¿adónde vas, Rodia?
—¿Cómo, Rodia, ya te vas? —preguntó hasta con miedo Pulqueria Aleksándrovna.
—¡En un momento así! —gritó Razumijin.
Dunia miraba a su hermano con asombro incrédulo. Tenía la gorra en las manos; se preparaba para salir.
—Es como si me estuvieran enterrando o se despidieran para siempre —dijo de algún modo extraño.
Era como si sonriera, pero era como si tampoco fuera una sonrisa.
—Aunque quién sabe, quizá sea la última vez que nos vemos —añadió inesperadamente.
Lo había pensado para sí, pero de algún modo se le escapó en voz alta.
—¡Pero qué te pasa! —gritó su madre.
—¿Adónde vas, Rodia? —preguntó Dunia de algún modo extraño.
—Así, tengo que hacer algo —respondió vagamente, como dudando en lo que quería decir. Pero en su rostro pálido había una especie de decisión tajante.
—Quería decir... viniendo hacia aquí... quería decirles, mamá... y a ti, Dunia, que sería mejor que nos separáramos por algún tiempo. No me siento bien, no estoy tranquilo... después vendré, vendré yo mismo, cuando... sea posible. Los recuerdo y los amo... ¡Déjenme! ¡Déjenme solo! Así lo decidí, ya antes... Lo decidí definitivamente... Pase lo que pase conmigo, perezca o no, quiero estar solo. Olvídenme completamente. Es mejor... No pregunten por mí. Cuando sea necesario, vendré yo mismo o... los llamaré. Quizá todo resucite... Pero ahora, si me aman, renuncien... De otro modo, los odiaré, lo siento... ¡Adiós!
—¡Dios mío! —gritó Pulqueria Aleksándrovna.
Y la madre, y la hermana estaban en un miedo terrible; Razumijin también.
—¡Rodia, Rodia! Reconcíliate con nosotras, seamos como antes —exclamó la pobre madre.
Él se volvió lentamente hacia la puerta y salió lentamente de la habitación. Dunia lo alcanzó.
—¡Hermano! ¿Qué le haces a mamá? —susurró con una mirada que ardía de indignación.
Él la miró pesadamente.
—No es nada, vendré, estaré viniendo —murmuró a media voz, como no siendo plenamente consciente de lo que quería decir, y salió de la habitación.
—¡Insensible, malvado egoísta! —gritó Dunia.
—Él es-tá lo-co, no es insensible. ¡Está demente! ¿Acaso no lo ven? ¡Usted es la insensible después de esto!.. —susurró Razumijin con calor junto a su oído, apretándole fuertemente la mano.
—¡Ya vuelvo! —gritó, dirigiéndose a la exánime Pulqueria Aleksándrovna, y salió corriendo de la habitación.
Raskólnikov lo esperaba al final del corredor.
—Lo sabía, que saldrías corriendo —dijo—. Vuelve con ellas y quédate con ellas... Quédate también mañana con ellas... y siempre. Yo... quizá venga... si es posible. ¡Adiós!
Y sin extenderle la mano, se alejó de él.
—¿Pero adónde vas? ¿Qué haces? ¿Pero qué te pasa? ¿Acaso se puede así?.. —balbuceaba Razumijin completamente perdido.
Raskólnikov se detuvo una vez más.
—De una vez por todas: nunca me preguntes nada. No tengo nada que responderte... No vengas a verme. Quizá yo venga aquí... Déjame a mí, pero a ellas... no las dejes. ¿Me entiendes?
En el corredor estaba oscuro; estaban junto a una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumijin recordó ese minuto toda su vida. La mirada ardiente e intensa de Raskólnikov parecía intensificarse con cada instante, penetraba en su alma, en su conciencia. De pronto Razumijin se estremeció. Algo extraño como que pasó entre ellos... Alguna idea se deslizó, como una insinuación; algo horrible, monstruoso y de pronto comprendido por ambas partes... Razumijin palideció como un muerto.
—¿Ahora entiendes?.. —dijo de pronto Raskólnikov con el rostro dolorosamente contraído—. Vuelve, ve con ellas —añadió de pronto y, volviéndose rápidamente, salió de la casa...
No voy a describir ahora lo que pasó esa noche donde Pulqueria Aleksándrovna, cómo volvió Razumijin, cómo las tranquilizaba, cómo juraba que había que dejar descansar a Rodia en su enfermedad, juraba que Rodia vendría sin falta, que vendría cada día, que estaba muy, muy alterado, que no había que irritarlo; cómo él, Razumijin, lo vigilaría, le conseguiría un buen doctor, el mejor, todo un consejo médico... En una palabra, desde esa noche Razumijin se convirtió para ellas en hijo y hermano.
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