Capítulo 5El sueño del caballo y la decisión
«Realmente, hace poco todavía quería pedirle trabajo a Razumijin, que me consiguiera clases o algo… —pensaba Raskólnikov—, pero ¿cómo puede ayudarme ahora? Supongamos que me consiga clases, supongamos que hasta comparta conmigo su última kopek, si es que tiene alguna, de manera que pueda incluso comprarme botas y arreglarme el traje para ir a las clases… hm… Pero ¿y después? ¿Qué voy a hacer con esas kopeks? ¿Acaso es eso lo que necesito ahora? Vaya, es ridículo que haya ido a ver a Razumijin…»
La pregunta de por qué había ido ahora a ver a Razumijin lo inquietaba más de lo que a él mismo le parecía; con desasosiego buscaba algún sentido siniestro en ese acto, aparentemente tan común.
«¿Qué pasa, acaso quería arreglarlo todo solo con Razumijin y encontrar en Razumijin la salida a todo?», se preguntaba a sí mismo con asombro.
Pensaba y se frotaba la frente, y, cosa extraña, de algún modo sin querer, de repente y casi por sí solo, después de cavilar largo tiempo, se le vino a la cabeza un pensamiento de lo más raro.
—Hm… Razumijin —dijo de pronto con total calma, como en señal de una decisión definitiva—, a ver a Razumijin iré, desde luego… pero… no ahora… Iré a verlo… al día siguiente, después de aquello, cuando aquello ya haya terminado y cuando todo vaya de nuevo…
Y de repente volvió en sí.
—¿Después de aquello? —gritó, levantándose del banco de un salto—. ¿Pero es que aquello va a ser? ¿De verdad va a ser?
Abandonó el banco y se fue, casi corrió; quiso regresar, volver a casa, pero ir a casa se le hizo de pronto terriblemente repugnante: allí, en ese rincón, en ese armario horrible, era donde había madurado todo aquello durante más de un mes, y siguió adelante sin rumbo fijo.
Su temblor nervioso se transformó en una especie de fiebre; sentía incluso escalofríos; con semejante calor empezaba a tener frío. Como con esfuerzo empezó, casi inconscientemente, por una especie de necesidad interior, a mirar fijamente todos los objetos que encontraba a su paso, como si buscase con empeño alguna distracción, pero esto le salía mal, y a cada momento caía en la meditación. Cuando de nuevo, sobresaltándose, levantaba la cabeza y miraba alrededor, al instante olvidaba en qué acababa de pensar e incluso por dónde había pasado. De este modo atravesó toda la isla Vasílievski, salió al pequeño Nevá, cruzó el puente y giró hacia las Islas. El verdor y la frescura agradaron al principio a sus ojos cansados, acostumbrados al polvo de la ciudad, a la cal y a las enormes casas que asfixian y oprimen. Allí no había ni bochorno, ni hedor, ni tabernas. Pero pronto también estas nuevas y agradables sensaciones se volvieron enfermizas e irritantes. A veces se detenía ante alguna dacha adornada con verdor, miraba por la verja, veía a lo lejos en los balcones y terrazas mujeres elegantes y niños corriendo por el jardín. Especialmente le llamaban la atención las flores; las miraba más tiempo que a nada. También se cruzaba con lujosos coches, jinetes y amazonas; los seguía con ojos curiosos y se olvidaba de ellos antes de que desaparecieran de su vista. Una vez se detuvo y contó su dinero: resultaron unas treinta kopeks. «Veinte al guardia, tres a Nastasia por la carta… eso quiere decir que ayer di a los Marmeládov unas cuarenta y siete o cincuenta kopeks», pensó, calculando por alguna razón, pero pronto olvidó incluso para qué había sacado el dinero del bolsillo. Se acordó de ello al pasar junto a un establecimiento de comida, una especie de taberna, y sintió que quería comer. Al entrar en la taberna bebió una copa de vodka y comió una empanada con algún relleno. La terminó de nuevo en el camino. Hacía mucho tiempo que no bebía vodka, y le hizo efecto enseguida, aunque solo había bebido una copa. Las piernas se le volvieron de pronto pesadas y empezó a sentir una fuerte necesidad de dormir. Se dirigió a casa; pero cuando ya había llegado a la isla Petrovski se detuvo completamente exhausto, se salió del camino, se metió entre unos arbustos, se dejó caer sobre la hierba y en ese mismo instante se quedó dormido.
En estado enfermizo los sueños se distinguen a menudo por una extraordinaria nitidez, viveza y extrema semejanza con la realidad. A veces se forma una escena monstruosa, pero el marco y todo el proceso de la representación son al mismo tiempo tan verosímiles y con detalles tan finos, inesperados, pero artísticamente acordes con la plenitud del cuadro, que ni siquiera estando despierto podría inventarlos ese mismo soñador, aunque fuera un artista como Pushkin o Turguénev. Tales sueños, sueños enfermizos, siempre se recuerdan largo tiempo y producen una fuerte impresión en el organismo alterado y ya excitado del hombre.
Un sueño terrible tuvo Raskólnikov. Soñó con su infancia, todavía en su pequeña ciudad. Tiene unos siete años y pasea en día de fiesta, al anochecer, con su padre a las afueras. El tiempo es grisáceo, el día sofocante, el lugar exactamente tal como ha quedado en su memoria: incluso en su memoria se ha borrado mucho más de lo que se presentaba ahora en sueños. La pequeña ciudad se extiende al descubierto, como en la palma de la mano, alrededor ni un sauce; en algún lugar muy lejano, en el borde mismo del horizonte, se oscurece un bosquecillo. A unos pasos del último huerto de la ciudad se alza una taberna, una gran taberna que siempre le había producido la impresión más desagradable e incluso miedo cuando pasaba junto a ella paseando con su padre. Allí siempre había tal gentío, gritaban tanto, se reían, insultaban, cantaban tan obscena y roncamente y se pegaban tan a menudo; alrededor de la taberna siempre rondaban borrachos y caras tan terribles… Al encontrarse con ellos, se apretaba fuertemente contra su padre y temblaba entero. Junto a la taberna el camino, una senda rural, siempre polvorienta, y el polvo en ella siempre tan negro. Continúa, serpenteando, más lejos y unos trescientos pasos después rodea a la derecha el cementerio de la ciudad. En medio del cementerio una iglesia de piedra con cúpula verde a la que él iba dos veces al año con su padre y con su madre a la misa, cuando se celebraban oficios de difuntos por su abuela, muerta ya hacía tiempo y a quien nunca había visto. En esas ocasiones siempre llevaban consigo kutia en un plato blanco, en una servilleta, y la kutia era dulce, de arroz y pasas, con las pasas hundidas en el arroz formando una cruz. Le gustaba esa iglesia y los antiguos iconos en ella, la mayoría sin marcos, y el viejo sacerdote con la cabeza temblorosa. Junto a la tumba de la abuela, en la que había una losa, estaba también la pequeña tumba de su hermano menor, muerto a los seis meses y a quien tampoco conocía ni podía recordar en absoluto; pero le habían dicho que había tenido un hermanito, y cada vez que visitaba el cementerio se santiguaba religiosa y respetuosamente sobre la tumbita, se inclinaba ante ella y la besaba. Y ahora sueña: va con su padre por el camino al cementerio y pasan junto a la taberna; sostiene a su padre de la mano y mira con miedo a la taberna. Una circunstancia especial llama su atención: esta vez parece haber allí una fiesta, una multitud de pequeñoburgueses bien vestidos, mujeres, sus maridos y toda clase de gentuza. Todos borrachos, todos cantando canciones, y junto al porche de la taberna hay una carreta, pero una carreta extraña. Es una de esas grandes carretas en las que se enganchan grandes caballos de tiro y en las que se transportan mercancías y barriles de vino. Siempre le había gustado mirar a esos enormes caballos de tiro, de largas crines, con patas gruesas, que avanzan tranquilos, a paso mesurado, arrastrando tras de sí toda una montaña sin esforzarse en absoluto, como si para ellos con las carretas fuera incluso más fácil que sin ellas. Pero ahora, cosa extraña, a una carreta grande de esas estaba enganchado un jamelgo pequeño, flaco y de color bayo, uno de esos caballos que —lo había visto a menudo— a veces revientan con alguna carga alta de leña o de heno, sobre todo cuando la carreta se atasca en el barro o en un surco, y entonces los campesinos los apalean tan dolorosamente con los látigos, a veces incluso en el mismo hocico y en los ojos, y a él le daba tanta pena, tanta pena verlo que casi lloraba, y su mamá siempre, en esas ocasiones, lo apartaba de la ventana. Pero de pronto se arma mucho ruido: salen de la taberna con gritos, con canciones, con balalaikas, unos campesinos grandotes borrachísimos con camisas rojas y azules, con chaquetones echados sobre los hombros. «¡Subid, subid todos!», grita uno, todavía joven, con el cuello tan grueso y la cara carnosa, roja como una zanahoria. «¡A todos os llevaré, subid!». Pero enseguida se oyen risas y exclamaciones:
—¡Ese jamelgo y va a tirar de eso!
—Pero Mikólka, ¿estás en tus cabales o qué, enganchar a semejante yegüecilla a semejante carreta?
—Pues a la baya seguro que ya le caen sus veinte años, hermanos.
—¡Subid, a todos os llevaré! —vuelve a gritar Mikólka, saltando el primero a la carreta, agarra las riendas y se pone de pie, erguido del todo, en la delantera—. El alazán se ha ido hace rato con Matvéi —grita desde la carreta—, y esta yegüecilla, hermanos, solo me parte el corazón: la mataría sin más, come el pan de balde. Digo que subáis. ¡La haré ir al galope! ¡Al galope irá! —Y toma el látigo en las manos, preparándose con deleite a azotar a la baya.
—¡Pues subid, qué! —se ríen en la multitud—. ¡Ya oísteis, irá al galope!
—Seguro que hace diez años que no galopa.
—¡Galopará!
—No tengáis piedad, hermanos, coged todos los látigos, ¡preparaos!
—¡Eso es! ¡Azotadla!
Todos se suben a la carreta de Mikólka entre risas y bromas. Se apretujaron unas seis personas, y todavía cabe más. Llevan consigo a una mujer, gorda y colorada. Viste de percal rojo, con un tocado con cuentas, en los pies zapatos de tela gruesa, masca nueces y se ríe. Alrededor, en la multitud, también se ríen, y la verdad, ¿cómo no reírse?: ¡semejante yegua miserable y va a arrastrar al galope semejante peso! Dos mozos en la carreta agarran enseguida un látigo cada uno para ayudar a Mikólka. Suena: «¡Arre!», el jamelgo tira con todas sus fuerzas, pero no solo no puede ir al galope, sino que apenas puede avanzar al paso, solo patalea, gime y se encoge por los golpes de los tres látigos que caen sobre él como guisantes. La risa en la carreta y en la multitud se duplica, pero Mikólka se enfurece y en su rabia azota a la yegua con golpes cada vez más rápidos, como si de verdad creyera que irá al galope.
—¡Dejadme subir a mí también, hermanos! —grita uno de la multitud al que se le ha abierto el apetito.
—¡Subid! ¡Subid todos! —grita Mikólka—. ¡A todos los llevaré! ¡La azotaré hasta matarla! —Y azota, azota, y ya no sabe ni con qué golpear, enloquecido.
—¡Papá, papá! —grita él a su padre—, papá, ¿qué hacen? ¡Papá, están pegando al pobre caballo!
—Vamos, vamos —dice el padre—, borrachos, hacen tonterías, tontos: vamos, no mires. —Y quiere llevarlo, pero él se suelta de sus manos y, fuera de sí, corre hacia el caballo. Pero al pobre caballo ya le va mal. Jadea, se detiene, vuelve a tirar, casi se cae.
—¡Azotadla hasta la muerte! —grita Mikólka—. ¡Ya que estamos en esto! ¡La azotaré hasta matarla!
—¿Es que no tienes cruz encima o qué, demonio? —grita un viejo de la multitud.
—¿Se ha visto alguna vez que semejante caballejo tire de semejante carga? —añade otro.
—¡La matarás! —grita un tercero.
—¡No os metáis! ¡Es mi propiedad! ¡Hago lo que quiero! ¡Subid más! ¡Todos subid! ¡Quiero que vaya al galope sin falta!…
De repente estalla una carcajada general que lo cubre todo: la yegua no resistió los golpes cada vez más rápidos y en su impotencia empezó a cocear. Ni siquiera el viejo aguantó y sonrió. Y la verdad: ¡semejante yegua miserable, y encima cocea!
Dos mozos de la multitud consiguen más látigos y corren a azotar al caballo por los costados. Cada uno corre por su lado.
—¡Pegadle en el hocico, en los ojos, en los ojos! —grita Mikólka.
—¡Una canción, hermanos! —grita alguien desde la carreta, y todos en la carreta secundan. Estalla una canción desenfrenada, suena una pandereta, en los estribillos silbidos. La mujer masca nueces y se ríe.
…Él corre junto al caballo, corre adelante, ve cómo lo azotan en los ojos, ¡en los mismos ojos! Llora. El corazón se le sube, las lágrimas corren. Uno de los que azotan lo roza en la cara; no lo siente, se retuerce las manos, grita, se lanza hacia el viejo de barba blanca que mueve la cabeza y condena todo aquello. Una mujer lo toma de la mano y quiere llevárselo; pero él se suelta y corre de nuevo hacia el caballo. Este ya está en los últimos esfuerzos, pero de nuevo empieza a cocear.
—¡Maldito seas! —vocifera furioso Mikólka. Tira el látigo, se inclina y saca del fondo de la carreta una larga y gruesa lanza, la agarra por un extremo con ambas manos y la blande con esfuerzo sobre la baya.
—¡La partirá! —gritan alrededor.
—¡La matará!
—¡Es mi propiedad! —grita Mikólka y deja caer la lanza con todas sus fuerzas. Se oye un golpe sordo.
—¡Azotadla, azotadla! ¿Qué os habéis parado? —gritan voces de la multitud.
Y Mikólka balancea de nuevo, y otro golpe con todas sus fuerzas cae sobre el lomo del pobre jamelgo. Se hunde toda de cuartos traseros, pero salta y tira, tira con todas sus últimas fuerzas hacia distintos lados para poder tirar; pero por todas partes la reciben seis látigos, y la lanza se alza de nuevo y cae por tercera vez, luego por cuarta, con ritmo, con balanceo. Mikólka está furioso porque no puede matarla de un solo golpe.
—¡Tiene vida! —gritan alrededor.
—Ahora sin falta caerá, hermanos, ¡este es su fin! —grita uno de la multitud, un aficionado.
—¡Con un hacha, qué! ¡Acabar con ella de una vez! —grita un tercero.
—¡Eh, que os coman los mosquitos! ¡Apartaos! —vocifera frenético Mikólka, tira la lanza, se inclina de nuevo en la carreta y saca una barra de hierro—. ¡Cuidado! —grita y con todas sus fuerzas descarga con balanceo un golpe en su pobre caballejo. El golpe retumbó; la yegua se tambalea, se hunde, quiso tirar de nuevo, pero la barra cae de nuevo con todas las fuerzas sobre su lomo, y cae a tierra, como si le hubieran cortado las cuatro patas a la vez.
—¡Rematadla! —grita Mikólka y salta, como fuera de sí, de la carreta. Varios mozos, también colorados y borrachos, agarran lo que pueden —látigos, palos, la lanza— y corren hacia la yegua moribunda. Mikólka se pone a un lado y empieza a golpear a ciegas con la barra en el lomo. El jamelgo estira el hocico, suspira pesadamente y muere.
—¡La remató! —gritan en la multitud.
—¿Y por qué no galopaba?
—¡Es mi propiedad! —grita Mikólka, con la barra en las manos y los ojos inyectados en sangre. Está de pie como lamentándose de que ya no haya más a quien golpear.
—No, de verdad, ¡no tienes cruz encima! —gritan ya muchas voces de la multitud.
Pero el pobre niño ya no está en sí. Con un grito se abre paso entre la multitud hacia la baya, rodea con sus brazos la cabeza muerta y ensangrentada y la besa, la besa en los ojos, en los labios… Luego de pronto se levanta de un salto y fuera de sí se lanza con sus puñitos contra Mikólka. En ese momento el padre, que llevaba ya un rato persiguiéndolo, lo agarra por fin y lo saca de la multitud.
—¡Vamos! ¡Vamos! —le dice—. ¡Vamos a casa!
—¡Papá! ¿Por qué han… matado al pobre caballo…? —solloza él, pero le falta el aliento y las palabras salen como gritos de su pecho oprimido.
—Borrachos, hacen tonterías, no es asunto nuestro, vamos —dice el padre. Él rodea a su padre con los brazos, pero el pecho se le oprime, se le oprime. Quiere tomar aliento, gritar, y se despierta.
Se despertó todo en sudor, con el cabello mojado de sudor, ahogándose, y se incorporó horrorizado.
«Gracias a Dios, solo es un sueño —se dijo, sentándose bajo el árbol y respirando profundamente—. Pero ¿qué es esto? ¿Acaso me está empezando la fiebre?: ¡un sueño tan espantoso!».
Todo su cuerpo estaba como molido; su alma, turbia y oscura. Apoyó los codos sobre las rodillas y sostuvo la cabeza con ambas manos.
«¡Dios mío! —exclamó—. ¿Pero es que de verdad, de verdad voy a tomar el hacha, le voy a golpear en la cabeza, le voy a destrozar el cráneo… voy a deslizarme en la sangre pegajosa, caliente, voy a forzar la cerradura, voy a robar y a temblar; a esconderme, todo bañado en sangre… con el hacha… Señor, ¿es posible?».
Temblaba como una hoja al decir esto.
—Pero ¿qué me pasa? —continuó, reclinándose de nuevo como en profundo asombro—. ¡Si yo sabía que no iba a soportar esto, entonces por qué me he estado torturando hasta ahora! ¡Si aún ayer, ayer, cuando fui a hacer esa… prueba, ayer mismo comprendí perfectamente que no lo aguantaría…! ¿A qué viene esto ahora? ¿Por qué hasta ahora seguía dudando? Ayer mismo, al bajar la escalera, dije yo mismo que esto es vil, asqueroso, bajo, bajo… ¡si de solo pensarlo estando despierto me dio náuseas y me llenó de horror…!
—No, no lo aguantaré, ¡no lo aguantaré! Aunque, aunque no haya ninguna duda en todos estos cálculos, aunque todo lo que se ha decidido en este mes sea claro como el día, justo como la aritmética. ¡Señor! ¡De todos modos no me decidiré! ¡No lo aguantaré, no lo aguantaré!… ¿Por qué, por qué hasta ahora…?».
Se puso en pie, miró a su alrededor con asombro, como maravillándose también de haber llegado hasta allí, y se dirigió al puente T—. Estaba pálido, sus ojos ardían, el agotamiento se extendía por todos sus miembros, pero de pronto le pareció respirar con más facilidad. Sintió que ya se había librado de esa terrible carga que lo oprimía desde hacía tanto tiempo, y su alma se volvió de pronto ligera y serena. «¡Señor! —suplicó—, muéstrame mi camino, y renuncio a este maldito… sueño mío».
Al cruzar el puente miraba tranquila y serenamente al Nevá, al brillante ocaso del sol brillante y rojo. A pesar de su debilidad, ni siquiera sentía cansancio. Como si el absceso de su corazón, que había estado supurando todo el mes, de pronto hubiera reventado. ¡Libertad, libertad! Ahora era libre de este encantamiento, de este hechizo, de esta fascinación, de esta obsesión.
Más tarde, cuando recordaba aquel tiempo y todo lo que le había sucedido en esos días, minuto a minuto, punto por punto, rasgo por rasgo, siempre le impresionaba hasta la superstición una circunstancia, aunque en el fondo no muy extraordinaria, pero que después siempre le pareció como una especie de predestinación de su destino.
A saber: de ningún modo podía comprender ni explicarse por qué él, cansado, exhausto, a quien le habría convenido más regresar a casa por el camino más corto y directo, volvió a casa por la plaza del Heno, adonde no tenía en absoluto necesidad de ir. El rodeo era pequeño, pero evidente y completamente innecesario. Desde luego, docenas de veces le había pasado volver a casa sin recordar las calles por las que había ido. Pero ¿por qué, se preguntaba siempre, por qué un encuentro tan importante, tan decisivo para él y al mismo tiempo tan sumamente casual en la plaza del Heno (por la que ni siquiera tenía por qué ir) se produjo precisamente ahora, en tal hora, en tal minuto de su vida, precisamente en tal estado de ánimo y en tales circunstancias, en las que solo ese encuentro podía producir el efecto más decisivo y definitivo sobre todo su destino? ¡Como si allí lo estuvieran esperando a propósito!
Eran alrededor de las nueve cuando pasaba por la plaza del Heno. Todos los comerciantes de las mesas, de los puestos, de las tiendas y tendejones cerraban sus establecimientos, o retiraban y guardaban su mercancía, y se dispersaban a sus casas, igual que sus compradores. Alrededor de las tabernas en las plantas bajas, en los patios sucios y hediondos de las casas de la plaza del Heno, y sobre todo junto a las tabernas de bebidas, se apretujaba mucha gente de toda clase y condición, buscavidas y harapientos. Raskólnikov prefería estos lugares, igual que todos los callejones cercanos, cuando salía sin rumbo a la calle. Aquí sus harapos no llamaban ninguna atención altiva, y uno podía andar con el aspecto que quisiera sin escandalizar a nadie. En la esquina misma del callejón K—, un pequeñoburgués y su mujer vendían desde dos mesas mercancía: hilos, cintas, pañuelos de percal y demás. Ellos también se disponían a irse a casa, pero se demoraban conversando con una conocida que se había acercado. Esta conocida era Lizaveta Ivánovna, o simplemente, como todos la llamaban, Lizaveta, la hermana menor de aquella misma vieja Aliona Ivánovna, registradora colegial y prestamista, en cuya casa había estado Raskólnikov ayer para empeñarle el reloj y hacer su prueba… Él ya lo sabía todo sobre esta Lizaveta desde hacía tiempo, e incluso ella lo conocía un poco. Era una muchacha alta, torpe, tímida y humilde, casi idiota, de treinta y cinco años, que vivía en completa esclavitud de su hermana, trabajaba para ella día y noche, temblaba ante ella y soportaba de ella incluso golpes. Estaba indecisa con un hatillo delante del pequeñoburgués y la mujer y los escuchaba con atención. Ellos le explicaban algo con especial fervor. Cuando Raskólnikov la vio de repente, una sensación extraña, parecida al más profundo asombro, se apoderó de él, aunque en este encuentro no había nada asombroso.
—Usted, Lizaveta Ivánovna, debería decidirlo por sí misma —decía en voz alta el pequeñoburgués—. Venga mañana, sobre las siete. Y ellos también vendrán.
—¿Mañana? —dijo Lizaveta alargando las palabras y pensativa, como si no se decidiera.
—¡Vaya, cómo le ha metido miedo Aliona Ivánovna! —parloteó la mujer del comerciante, una mujercilla despabilada—. A verla a usted, es como un niño pequeño. Y ni siquiera es su hermana de sangre, sino hermanastrada, y miren qué poder ha tomado.
—Esta vez no le diga nada a Aliona Ivánovna —interrumpió el marido—, ese es mi consejo, y venga a vernos sin pedir permiso. Es un asunto provechoso. Luego la hermana misma podrá comprenderlo.
—¿Voy entonces?
—A las siete en punto, mañana; y de parte de ellos también vendrán; usted misma decidirá.
—Y pondremos el samovar —añadió la mujer.
—Bien, iré —dijo Lizaveta, todavía dudando, y lentamente empezó a moverse.
Raskólnikov ya había pasado y no oyó más. Pasaba despacio, inadvertido, procurando no perderse ni una sola palabra. El asombro inicial fue cediendo poco a poco ante el horror, como si un escalofrío le hubiera recorrido la espalda. Se enteró, se enteró de pronto, súbita y completamente inesperado, de que mañana, exactamente a las siete de la tarde, Lizaveta, la hermana de la vieja y su única compañera de piso, no estaría en casa y que, por tanto, la vieja, exactamente a las siete de la tarde, se quedaría en casa sola.
Hasta su cuarto quedaban solo unos pasos. Entró en él como un condenado a muerte. No razonaba nada y era completamente incapaz de razonar; pero con todo su ser sintió de pronto que ya no tenía libertad de raciocinio ni voluntad y que todo había quedado decidido definitivamente.
Desde luego, aunque hubiera tenido que esperar años enteros una ocasión propicia, entonces incluso, teniendo el plan, no se habría podido contar con seguridad con un paso más evidente hacia el éxito de ese plan que el que se presentaba de pronto ahora. En cualquier caso, habría sido difícil enterarse la víspera y con seguridad, con mayor precisión y con el menor riesgo, sin ninguna pregunta ni indagación peligrosa, de que mañana, a tal hora, tal vieja, sobre la que se preparaba un atentado, estaría en casa completamente sola.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
