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Capítulo 6Cómo san Francisco bendijo al santo fray Bernardo y lo dejó como su vicario cuando él vino a pasar de esta vida

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Era fray Bernardo de tanta santidad que san Francisco le tenía gran reverencia, y con frecuencia lo alababa. Estando un día san Francisco en oración devotamente, le fue revelado por Dios que fray Bernardo por permiso divino debía sufrir muchas y punzantes batallas de los demonios; por lo cual san Francisco, teniendo gran compasión de dicho fray Bernardo, a quien amaba como a su hijo, oró muchos días con lágrimas, rogando a Dios por él y encomendándolo a Jesucristo, para que le diera victoria sobre el demonio. Y orando así san Francisco devotamente, Dios un día le respondió: «No temas; porque todas las tentaciones por las cuales fray Bernardo debe ser combatido le son permitidas por Dios como ejercicio de virtud y corona de mérito; y finalmente de todos sus enemigos tendrá victoria, porque él es uno de los comensales del reino del cielo».

De esta respuesta san Francisco tuvo grandísima alegría, y dio gracias a Dios: y desde aquella hora en adelante le tuvo siempre mayor amor y reverencia. Y bien se lo mostró, no solamente en su vida, sino también en su muerte. Porque viniendo san Francisco a la muerte, al modo de aquel santo patriarca Jacob, estando a su alrededor sus devotos hijos doloridos y llorosos por la partida de tan amable padre, preguntó: «¿Dónde está mi primogénito? Ven a mí, hijo, para que te bendiga mi alma, antes de que yo muera». Entonces fray Bernardo dice en secreto a fray Elías, que era vicario de la orden: «Padre, ve a la mano derecha del santo, para que te bendiga». Y poniéndose fray Elías a la mano derecha, san Francisco, que había perdido la vista por las muchas lágrimas, puso la mano derecha sobre la cabeza de fray Elías, y dijo: «Esta no es la cabeza de mi primogénito fray Bernardo».

Entonces fray Bernardo se acercó a él por la mano izquierda: y san Francisco entonces cruzó los brazos en forma de cruz, y luego puso la mano derecha sobre la cabeza de fray Bernardo y la izquierda sobre la cabeza de dicho fray Elías, y dijo a fray Bernardo: «Te bendiga Dios Padre, nuestro Señor Jesucristo, con toda bendición espiritual y celestial en Cristo. Puesto que tú eres el primogénito elegido en esta santa orden para dar ejemplo evangélico, para seguir a Cristo en la pobreza evangélica: porque no solamente diste lo tuyo y lo distribuiste íntegra y liberalmente a los pobres por amor de Cristo, sino que también te ofreciste a ti mismo a Dios en esta orden como sacrificio de suavidad: bendito seas pues por nuestro Señor Jesucristo y por mí, pobre siervo suyo, con bendiciones eternas, yendo, estando, velando y durmiendo, y viviendo y muriendo; y quien te bendiga sea colmado de bendiciones, quien te maldiga no quedará sin castigo.

Sé el principal de tus hermanos, y a tu mandato todos los frailes obedezcan: ten licencia de recibir en esta orden a quien quieras y ningún fraile tenga señorío sobre ti, y te sea lícito ir y estar dondequiera que te plazca». Y después de la muerte de san Francisco, los frailes amaban y reverenciaban a fray Bernardo como venerable padre; y viniendo él a la muerte, vinieron a él muchos frailes de diversas partes del mundo, entre los cuales vino aquel jerárquico y divino fray Egidio; el cual viendo a fray Bernardo, con gran alegría dijo: «Sursum corda, fray Bernardo, sursum corda»: y fray Bernardo dijo en secreto a un fraile que preparara a fray Egidio un lugar apto para la contemplación: y así se hizo.

Estando fray Bernardo en la última hora de la muerte, se hizo incorporar, habló a los frailes que estaban ante él, diciendo: «Carísimos hermanos, no quiero deciros muchas palabras: mas debéis considerar que el estado de religión que yo he tenido, vosotros lo tenéis, y este que yo tengo ahora, vosotros lo tendréis también, y encuentro esto en mi alma: que por mil mundos iguales a este, yo no querría no haber servido a otro señor que a nuestro Señor Jesucristo; y de toda ofensa que he hecho, me acuso y me doy por culpable ante mi Salvador Jesús y ante vosotros. Os ruego, hermanos míos carísimos, que os améis los unos a los otros». Y después de estas palabras y de otros buenos consejos, reponiéndose en el lecho, su rostro se volvió espléndido y alegre sobremanera, de lo que todos los frailes se maravillaron mucho, y en aquella alegría su alma santísima coronada de gloria pasó de la vida presente a la vida bienaventurada de los ángeles.

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