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Capítulo 5Cómo el santo fray Bernardo de Asís fue enviado por san Francisco a Bolonia, y allí tomó él lugar

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Dado que san Francisco y sus compañeros habían sido llamados y elegidos por Dios para llevar en el corazón y con las obras, y predicar con la lengua la cruz de Cristo, parecían y eran hombres crucificados, tanto en el hábito como en la vida austera, y tanto en sus actos y obras; y por eso deseaban más soportar vergüenzas y oprobios por amor de Cristo que honores del mundo o reverencias o alabanza humanas: más bien de las injurias se alegraban y de los honores se entristecían; y así andaban por el mundo como peregrinos y forasteros, no llevando consigo otra cosa que Cristo crucificado. Y porque eran verdaderos sarmientos de la verdadera vid, es decir Cristo, producían grandes y buenos frutos en las almas que ganaban para Dios.

Aconteció al principio de la religión que san Francisco envió a fray Bernardo a Bolonia, para que allí, según la gracia que Dios le había dado, diera fruto a Dios; y fray Bernardo, haciéndose la señal de la santísima cruz, por santa obediencia se marchó y llegó a Bolonia. Y viéndolo los muchachos con un hábito desacostumbrado y vil, le hacían muchas burlas y muchas injurias, como se haría a un loco; y fray Bernardo pacientemente y alegremente soportaba todo por amor de Cristo; más bien, para que lo ultrajaran mejor, se puso deliberadamente en la plaza de la ciudad; y sentándose allí, se reunieron a su alrededor muchos muchachos y hombres, y unos le tiraban del capucho por detrás y otros por delante, otros le arrojaban polvo y otros piedras, unos lo empujaban de un lado y otros del otro; y fray Bernardo siempre de un mismo modo y con una misma paciencia, con el rostro alegre, no se quejaba ni se alteraba; y durante varios días volvió a aquel mismo lugar, precisamente para soportar cosas semejantes.

Y como la paciencia es obra de perfección y prueba de virtud, un sabio doctor en leyes, viendo y considerando tanta constancia y virtud de fray Bernardo, que no podía turbarse en tantos días por ninguna molestia o injuria, dijo para sus adentros: «Es imposible que este no sea un hombre santo». Y acercándose a él, le preguntó: «¿Quién eres tú y por qué has venido aquí?». Y fray Bernardo por respuesta metió la mano en el pecho y sacó la Regla de san Francisco y se la dio para que la leyera; y una vez que la hubo leído, considerando su altísimo estado de perfección, con grandísimo asombro y admiración se volvió a sus compañeros y dijo: «Verdaderamente este es el más alto estado de religión que jamás he oído, y por tanto este y sus compañeros son de los hombres más santos de este mundo, y comete grandísimo pecado quien le hace injuria; al cual habría que honrar muchísimo, dado que es verdadero amigo de Dios».

Y dijo a fray Bernardo: «Si queréis tomar un lugar donde podáis servir convenientemente a Dios, yo por la salud de mi alma os lo daría con mucho gusto». Respondió fray Bernardo: «Señor, creo que esto os lo ha inspirado nuestro Señor Jesucristo; y por eso acepto con gusto vuestra oferta, en honor de Cristo». Entonces dicho juez con gran alegría y caridad llevó a fray Bernardo a su casa; y después le dio el lugar prometido, y lo arregló y completó todo a sus expensas; y desde entonces se convirtió en padre y especial defensor de fray Bernardo y de sus compañeros. Y fray Bernardo, por su santa conducta, comenzó a ser muy honrado por la gente, hasta el punto de que se tenía por dichoso quien podía tocarlo o verlo; pero él como verdadero discípulo de Cristo y del humilde Francisco, temiendo que el honor del mundo impidiera la paz y la salud de su alma, se marchó un día, y volvió a san Francisco, y le dijo así: «Padre, ya está tomado el lugar en la ciudad de Bolonia: enviad allí frailes que lo mantengan y que estén en él; porque yo ya no hacía provecho, más aún, por el excesivo honor que me hacían, temo que perdía más de lo que ganaba».

Entonces san Francisco, oyendo cada cosa por orden, cómo Dios había obrado por medio de fray Bernardo, dio gracias a Dios, que así comenzaba a dar expansión a los pobrecillos discípulos de la cruz: y entonces envió a algunos de sus compañeros a Bolonia y a Lombardía, los cuales tomaron muchos lugares en diversas partes.

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