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Capítulo 40Del milagro que Dios hizo cuando san Antonio, estando en Rímini, predicó a los peces del mar

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Queriendo Cristo bendito demostrar la gran santidad de su fidelísimo siervo san Antonio, cómo devotamente era de oír su predicación y su santa doctrina, por medio de los animales irracionales, una vez entre otras, es decir por los peces, reprendió la necedad de los infieles herejes, al modo como antiguamente en el Viejo Testamento, por boca de la asna había reprendido la ignorancia de Balaam. Pues estando una vez san Antonio en Rímini, donde había gran multitud de herejes, queriendo reconducirlos a la luz de la verdadera fe y al camino de la virtud, durante muchos días les predicó y disputó con ellos sobre la fe de Cristo y la Santa Escritura; mas ellos, no solo no consintiendo a sus santas palabras, sino también como endurecidos y obstinados, no queriendo oírlo, san Antonio un día por divina inspiración se fue a la orilla del río, junto al mar; y estando así en la orilla entre el mar y el río, comenzó a decir a modo de predicación de parte de Dios a los peces: Oíd la palabra de Dios, vosotros peces del mar y del río, puesto que los infieles herejes se niegan a oírla; y dicho que hubo esto, súbitamente vino a la orilla junto a él tanta multitud de peces, grandes, pequeños y medianos, que jamás en aquel mar ni en aquel río se había visto tan grande multitud; y todos tenían las cabezas fuera del agua, y todos estaban atentos hacia el rostro de san Antonio, y todos en grandísima paz y mansedumbre y orden; pues delante y más cerca de la orilla estaban los pececillos menores, y tras ellos estaban los peces medianos, luego detrás, donde el agua era más profunda, estaban los peces mayores.

Estando pues en tal orden y disposición colocados los peces, san Antonio comenzó a predicar solemnemente, y dice así: Hermanos míos peces, mucho estáis obligados, según vuestra posibilidad, a agradecer a nuestro Creador, que os ha dado tan noble elemento para vuestra morada; de modo que, como os plazca, tenéis las aguas dulces y saladas; os ha dado muchos refugios para esquivar las tempestades; os ha dado también elemento claro y transparente, y alimento para que podáis vivir. Dios vuestro Creador, cortés y benigno, cuando os creó, os dio mandamiento de crecer y multiplicaros, y os dio su bendición; luego cuando fue el diluvio universal, muriendo todos los demás animales, solo a vosotros os reservó Dios sin daño.

Además os ha dado aletas para poder discurrir adonde os plazca. A vosotros os fue concedido, por mandamiento de Dios, guardar al profeta Jonás, y después del tercer día arrojarlo a tierra sano y salvo. Vosotros ofrecisteis el censo a nuestro Señor Jesucristo, el cual como pobre no tenía con qué pagar. Vosotros fuisteis alimento del eterno Rey Jesucristo, antes de la Resurrección y después, por singular misterio; por todas estas cosas estáis muy obligados a alabar y bendecir a Dios, que os ha dado tantos y tales beneficios, más que a las otras criaturas. A estas y semejantes palabras y enseñanzas de san Antonio, comenzaron los peces a abrir la boca e inclinaron las cabezas, y con estos y otros signos de reverencia, según los modos a ellos posibles, alabaron a Dios.

Entonces san Antonio, viendo tanta reverencia de los peces hacia Dios su Creador, regocijándose en espíritu, en alta voz dijo: Bendito sea Dios eterno, porque más lo honran los peces acuáticos que los hombres herejes; y mejor oyen su palabra los animales irracionales que los hombres infieles. Y cuanto más predicaba san Antonio, tanto más crecía la multitud de los peces, y ninguno se apartaba del lugar que había tomado. A este milagro comenzó a acudir el pueblo de la ciudad, entre los cuales acudieron también los herejes sobredichos; los cuales viendo el milagro tan maravilloso y manifiesto, compungidos en sus corazones, todos se arrojaron a los pies de san Antonio para oír su palabra.

Entonces san Antonio comenzó a predicar sobre la fe católica; y tan noblemente predicó, que a todos aquellos herejes convirtió, y regresaron a la verdadera fe de Cristo; y todos los fieles quedaron con grandísima alegría confortados y fortalecidos en la fe. Y hecho esto, san Antonio despidió a los peces con la bendición de Dios; y todos se marcharon con maravillosos gestos de alegría, y similarmente el pueblo. Y luego san Antonio permaneció en Rímini durante muchos días, predicando y haciendo mucho fruto espiritual de almas.

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