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Capítulo 16Cómo san Francisco recibió el consejo de santa Clara y del santo hermano Silvestre, de que debía predicando convertir a mucha gente; e hizo la tercera orden, y predicó a los pájaros, e hizo callar a las golondrinas

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 6 min de lectura

El humilde siervo de Cristo san Francisco, poco tiempo después de su conversión, habiendo ya reunido a muchos compañeros y recibiéndolos en la orden, entró en gran preocupación y gran duda sobre lo que debía hacer; si dedicarse solamente a orar, o alguna vez a predicar; y sobre esto deseaba mucho saber la voluntad de Dios. Y porque la santa humildad que había en él no le dejaba presumir de sí ni de sus oraciones, pensó buscar la divina voluntad con las oraciones de otros; por lo que llamó al hermano Maseo y le dijo así: Ve a la hermana Clara y dile de mi parte que ella con algunas de las compañeras más espirituales rueguen devotamente a Dios para que le plazca mostrarme qué es lo mejor; si que me dedique a predicar o solamente a la oración.

Y luego ve al hermano Silvestre y dile lo mismo. Este había estado en el siglo y era aquel hermano Silvestre que había visto una cruz de oro salir de la boca de san Francisco, que era larga hasta el cielo y ancha hasta los extremos del mundo; y era este hermano Silvestre de tanta devoción y de tanta santidad, que lo que pedía a Dios lo conseguía y era escuchado, y a menudo hablaba con Dios; y por eso san Francisco tenía en él gran devoción. Se fue el hermano Maseo y según el mandato de san Francisco hizo el recado primero a santa Clara y luego al hermano Silvestre. El cual, apenas lo recibió, enseguida se puso en oración, y orando tuvo la divina respuesta, y volvió al hermano Maseo y le dijo así: Esto dice Dios, que digas al hermano Francisco: que Dios no lo ha llamado en este estado solamente para sí, sino para que haga fruto en las almas y muchos sean salvados por él.

Tenida esta respuesta, el hermano Maseo volvió a santa Clara para saber lo que ella había obtenido de Dios; y ella respondió que ella y las otras compañeras habían tenido de Dios la misma respuesta que había tenido el hermano Silvestre. Con esto vuelve el hermano Maseo a san Francisco; y san Francisco lo recibió con grandísima caridad, lavándole los pies y preparándole la comida, y después de comer, san Francisco llamó al hermano Maseo al bosque; y allí delante de él se arrodilló y se quitó el capuchón, haciendo cruz con los brazos, y le preguntó: ¿Qué manda que yo haga mi Señor Jesucristo? Respondió el hermano Maseo: Tanto el hermano Silvestre como la hermana Clara con la hermana, Cristo les había respondido y revelado que su voluntad es que vayas por el mundo a predicar, porque él no te ha elegido solo para ti, sino también para la salvación de los demás.

Y entonces san Francisco, habiendo oído esta respuesta y conocido por ella la voluntad de Jesucristo, se levantó con grandísimo fervor y dijo: Vamos en el nombre de Dios; y tomó por compañero al hermano Maseo y al hermano Ángel, hombres santos. Y yendo con ímpetu de espíritu, sin considerar camino o sendero, llegaron a un castillo que se llama Savurniano, y san Francisco se puso a predicar, y mandó primero a las golondrinas que cantaban que guardaran silencio hasta que él hubiera predicado; y las golondrinas le obedecieron, y allí predicó con tanto fervor que todos los hombres y las mujeres de aquel castillo, por devoción, querían irse tras él y abandonar el castillo; pero san Francisco no lo permitió, diciéndoles: No tengáis prisa y no os vayáis; y yo ordenaré lo que debéis hacer para salvación de vuestras almas: y entonces pensó hacer la tercera orden, para salvación universal de todos.

Y así, dejándolos muy consolados y bien dispuestos a la penitencia, se apartó de allí y se dirigió entre Cannara y Bevagna. Y pasando adelante con aquel fervor, levantó los ojos y vio algunos árboles junto al camino, sobre los cuales había una multitud casi infinita de pájaros; de lo cual san Francisco se maravilló y dijo a sus compañeros: vosotros me esperaréis aquí en el camino, y yo iré a predicar a mis hermanas las aves. Y entró en el campo y comenzó a predicar a los pájaros que estaban en tierra; e inmediatamente aquellos que estaban sobre los árboles vinieron hacia él, y todos juntos permanecieron quietos mientras san Francisco terminaba de predicar; y luego tampoco se marchaban, hasta que él les dio su bendición.

Y según relató después fray Maseo a fray Jacobo de Massa, mientras san Francisco andaba entre ellos tocándolos con su capa, ninguno por ello se movía. La sustancia de la prédica de san Francisco fue esta: Hermanas mías las aves, vosotras estáis muy obligadas a Dios vuestro Creador, y siempre y en todo lugar debéis alabarlo, porque os ha dado libertad de volar a cualquier lugar, también os ha dado el vestido duplicado y triplicado; además, porque reservó la semilla de vosotras en el arca de Noé, para que vuestra especie no desapareciera; todavía le debéis por el elemento del aire que él ha destinado para vosotras; además de esto, vosotras no sembráis ni segáis, y Dios os alimenta y os da los ríos y las fuentes para vuestro beber; os da los montes y los valles para vuestro refugio, y los árboles altos para hacer vuestros nidos; y dado que vosotras no sabéis hilar ni coser, Dios os viste a vosotras y a vuestros hijos: por lo cual mucho os ama vuestro Creador, pues os da tantos beneficios; y por eso guardaos, hermanas mías, del pecado de la ingratitud, y siempre esforzaos en alabar a Dios.

Diciéndoles san Francisco estas palabras, todos aquellos pájaros comenzaron a abrir los picos y estirar los cuellos y abrir las alas y reverentemente inclinar las cabezas hasta el suelo, y con gestos y con cantos mostrar que el Padre Santo les daba grandísimo deleite; y san Francisco con ellos juntos se alegraba y deleitaba, y se maravillaba mucho de tan gran multitud de pájaros, y de su bellísima variedad y de su atención y familiaridad; por lo cual él devotamente alababa en ellos al Creador. Finalmente, terminada la predicación, san Francisco les hizo la señal de la cruz y les dio licencia de partir, y entonces todos aquellos pájaros se levantaron en el aire con maravillosos cantos; y luego, según la cruz que les había hecho san Francisco, se dividieron en cuatro partes; y una parte voló hacia el Oriente, y otra hacia el Occidente, y otra hacia el Mediodía, la cuarta hacia el Norte, y cada grupo se marchó cantando maravillosos cantos; significando con esto que, como san Francisco, abanderado de la cruz de Cristo, les había predicado y sobre ellos había hecho la señal de la cruz, según la cual se dividieron en las cuatro partes del mundo, así la predicación de la cruz de Cristo renovada por san Francisco debía ser llevada por él y por los frailes por todo el mundo; los cuales frailes, al modo de los pájaros, no poseyendo ninguna cosa propia en este mundo, confían su vida a la sola providencia de Dios.

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