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Capítulo 29Cómo el demonio en forma de crucifijo se apareció varias veces a fray Rufino, diciéndole que perdía el bien que hacía, porque él no era de los elegidos para la vida eterna. De lo cual san Francisco por revelación de Dios lo supo, e hizo reconocer a fray Rufino el error que había creído

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 5 min de lectura

Fray Rufino, uno de los hombres más nobles de la ciudad de Asís y compañero de san Francisco, hombre de gran santidad, fue un tiempo fortísimamente combatido y tentado en el alma respecto a la predestinación; de lo cual estaba todo melancólico y triste, porque el demonio le metía pura y simplemente en el corazón que él estaba condenado y no era de los predestinados a la vida eterna, y que se perdía lo que él hacía en la orden. Y durando esta tentación varios días, él por vergüenza no revelándolo a san Francisco, sin embargo no dejaba de hacer las oraciones y las abstinencias acostumbradas; de lo cual el enemigo le comenzó a añadir tristeza sobre tristeza, más allá de la batalla interior, combatiéndolo desde fuera también con falsas apariciones.

De modo que una vez se le apareció en forma de crucifijo y le dijo: «Oh fray Rufino, ¿por qué te afliges en penitencia y en oración, puesto que tú no eres de los predestinados a la vida eterna? Y créeme, que yo sé a quiénes he elegido y predestinado, y no creas al hijo de Pietro Bernardone si te dijera lo contrario, y tampoco le preguntes sobre esta materia, porque ni él ni otro lo saben, sino yo, que soy hijo de Dios; y por tanto créeme con certeza que tú eres del número de los condenados; y el hijo de Pietro Bernardone tu padre, y también el padre de él están condenados, y quienquiera que lo siga está engañado».

Y dichas estas palabras, fray Rufino comenzó a estar tan oscurecido por el príncipe de las tinieblas, que ya perdía toda fe y amor que había tenido a san Francisco, y no se preocupaba de decirle nada. Pero lo que al padre santo no dijo fray Rufino, se lo reveló el Espíritu Santo; de modo que viendo san Francisco en espíritu tan grande peligro de dicho fraile, mandó a fray Masseo por él; al cual fray Rufino respondió con reproche: «¿Qué tengo yo que ver con fray Francisco?». Y entonces fray Masseo, todo lleno de sabiduría divina, conociendo el engaño del demonio, dijo: «Oh fray Rufino, ¿no sabes tú que fray Francesco es como un ángel de Dios, que ha iluminado tantas almas en el mundo, y del cual nosotros hemos recibido la gracia de Dios? Por lo tanto yo quiero que de todas maneras vengas conmigo a él, porque veo claramente que estás engañado por el demonio». Y dicho esto, fray Rufino se puso en marcha y fue a san Francisco, y viéndolo san Francisco venir desde lejos, comenzó a gritar: «¡Oh fray Rufino infeliz, a quién has creído!». Y llegando a él fray Rufino, él le dijo por orden toda la tentación que había tenido del demonio dentro y fuera; y mostrándole claramente que aquel que se le había aparecido era el demonio y no Cristo, y que de ningún modo debía consentir a las sugestiones; «pero cuando el demonio te diga más: "tú estás condenado", respóndele: "Abre la boca", y esto sea para ti la señal de que él es el demonio y no Cristo; y en cuanto le hayas dado tal respuesta, inmediatamente huirá».

«También en esto mismo debías tú conocer que él era el demonio, porque te endureció el corazón a todo bien, lo cual es su propio oficio, pero Cristo bendito nunca endurece el corazón del hombre fiel, sino que lo ablanda, según dice por boca del profeta: "Os quitaré el corazón de piedra y os daré el corazón de carne"». Entonces fray Rufino, viendo que san Francisco le decía por orden todo el modo de su tentación, compungido por sus palabras, comenzó a llorar fortísimamente y a adorar a san Francisco, y humildemente reconocer su culpa de haberle ocultado su tentación. Y así quedó todo consolado y confortado por las advertencias del padre santo, y todo cambiado para mejor.

Finalmente san Francisco le dijo: Vete, hijo, y confiésate, y no abandones tu costumbre de orar; y ten por cierto que esta tentación te será de gran utilidad y consuelo, y pronto lo comprobarás. Fray Rufino regresa a su celda en el bosque; y mientras estaba rezando con muchas lágrimas, he aquí que viene el enemigo en persona de Cristo, según la apariencia externa, y le dice: Oh, fray Rufino, ¿no te he dicho ya que no le creas al hijo de Pedro Bernardone, y que no te fatigues con lágrimas y oraciones, porque estás condenado? ¿De qué te sirve afligirte mientras estés vivo, si cuando mueras estarás condenado?

Y enseguida fray Rufino respondió al Demonio: Abre la boca; ante lo cual el Demonio, indignado, se marchó inmediatamente con una tempestad tan grande, y con tal sacudida de piedras del Monte Subasio, que estaba allí cerca, que la caída de las piedras duró mucho tiempo; y era tan grande el golpear que hacían unas con otras al rodar, que despedían un fuego horrible por el valle: y al ruido terrible que hacían, san Francisco con sus compañeros salieron llenos de admiración fuera del lugar, a ver qué novedad era aquella; y aún hoy se ve aquella enorme acumulación de piedras. Entonces fray Rufino se dio cuenta claramente de que aquel había sido el Demonio, que lo había engañado.

Y volviendo donde san Francisco, se arroja nuevamente al suelo y reconoce su culpa; san Francisco lo reconforta con dulces palabras y lo manda muy consolado a su celda, en la cual, estando él en oración devotísimamente, Cristo bendito se le apareció, y le inflamó toda el alma con el divino amor, y le dijo: «Hiciste bien, hijo, al creer a fray Francisco, porque el que te había entristecido era el Demonio: pero yo soy Cristo tu Maestro; y para darte plena certeza, te doy esta señal: Mientras vivas, no sentirás nunca tristeza alguna ni melancolía». Y dicho esto, Cristo se marchó, dejándolo con tanta alegría y dulzura de espíritu, y elevación de mente, que de día y de noche estaba absorto y arrebatado en Dios.

Y desde entonces quedó tan confirmado en la gracia y en la certeza de su salvación, que se transformó completamente en otro hombre; y hubiera estado día y noche en oración contemplando las cosas divinas, si se lo hubieran permitido. Por lo que san Francisco decía de él: que fray Rufino estaba canonizado en esta vida por Cristo: y que, salvo en su presencia, él no dudaría en llamarlo san Rufino, aunque todavía estuviera vivo en la tierra.

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