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Capítulo 41Cómo el venerable fray Simón liberó de una gran tentación a un fraile que por esta causa quería salir de la Orden

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Hacia el principio de la Orden de san Francisco, y viviendo él, vino a la Orden un joven de Asís, que fue llamado fray Simón; al cual Dios adornó y dotó de tanta gracia y de tanta contemplación y elevación de mente, que toda su vida fue espejo de santidad, según oí de aquellos que estuvieron largo tiempo con él. Este rarísimas veces era visto fuera de la celda, y si alguna vez estaba con los frailes, siempre hablaba de Dios. Este no había aprendido jamás gramática; y sin embargo tan profunda y tan altamente hablaba de Dios y del amor de Cristo, que sus palabras parecían palabras sobrenaturales; así que una tarde él habiendo ido al bosque con fray Jacobo de Masa para hablar de Dios, y hablando dulcísimamente del divino amor, estuvieron toda la noche en aquel hablar; y la mañana les parecía haber transcurrido poquísimo tiempo, según me relató el dicho fray Jacobo.

Y el dicho fray Simón tenía en tanta suavidad y dulzura de espíritu las divinas iluminaciones amorosas de Dios, que a menudo, cuando las sentía venir, se tendía en la cama; porque la tranquila suavidad del Espíritu Santo exigía en él no solo el reposo del alma, sino también del cuerpo, y en esas visitas divinas era muchas veces arrebatado en Dios, y quedaba completamente insensible a las cosas corporales. De modo que una vez que estaba así arrebatado en Dios, e insensible al mundo, ardía por dentro del divino amor, y no sentía nada de fuera con los sentidos corporales. Un fraile queriendo tener experiencia de esto, para ver si era como parecía, fue y tomó un carbón de fuego, y se lo puso sobre el pie desnudo.

Y fray Simón no sintió nada, y no le hizo ninguna marca en el pie, aunque estuvo sobre él por gran espacio, tanto que se apagó por sí mismo. El dicho fray Simón cuando se ponía a la mesa, antes de tomar el alimento corporal, tomaba para sí y daba el alimento espiritual, hablando de Dios. Por su devoto hablar convirtió una vez a un joven de San Severino, que en el mundo era un joven vanísimo y mundano, y era noble de sangre y muy delicado de cuerpo; y fray Simón recibiendo al dicho joven en la Orden, guardó sus vestidos seculares junto a sí, y él se quedó con fray Simón para ser instruido por él en las observancias regulares.

De modo que el Demonio, que se ingeniaba en estropear todo bien, le puso encima un aguijón tan fuerte y una tentación de la carne tan ardiente, que de ningún modo podía resistir. Por lo cual se fue a fray Simón y le dijo: «Devuélveme mis ropas que traje del mundo, porque ya no puedo soportar más la tentación carnal». Y fray Simón, teniéndole gran compasión, le decía: «Siéntate aquí, hijo, un poco conmigo». Y comenzaba a hablarle de Dios, de modo que toda tentación se apartaba, y luego al tiempo volvía la tentación, y él pedía las ropas, y fray Simón la ahuyentaba hablando de Dios. Y hecho así varias veces, finalmente una noche le asaltó tan fuerte la dicha tentación más que de costumbre, que no pudiendo resistir por cosa del mundo, fue a fray Simón pidiéndole del todo sus ropas seculares, que de ningún modo podía quedarse más allí.

Entonces fray Simón, según tenía por costumbre hacer, le hizo sentar a su lado; y hablándole de Dios, el joven inclinó la cabeza en el regazo de fray Simón por melancolía y por tristeza. Entonces fray Simón, por la gran compasión que le tenía, levantó los ojos al cielo y rogando a Dios devotísimamente por él, fue arrebatado y escuchado por Dios; de modo que volviendo él en sí, el joven se sintió del todo liberado de aquella tentación, como si nunca la hubiera sentido en absoluto: es más, habiéndose transformado el ardor de la tentación en ardor del Espíritu Santo, porque se había acercado al carbón encendido, es decir a fray Simón, todo se volvió inflamado de Dios y del prójimo, tanto que habiendo sido capturado una vez un malhechor, a quien debían sacar ambos ojos, éste, por compasión se fue atrevidamente al Rector en pleno Consejo, y con muchas lágrimas y ruegos devotos pidió que a él le fuese sacado un ojo, y al malhechor el otro, para que éste no quedara privado de ambos.

Pero viendo el Rector con el consejo el gran fervor de la caridad de este fraile, perdonaron a uno y a otro. Estando un día el dicho fray Simón en el bosque en oración, y sintiendo gran consolación en su alma, una bandada de grajos con su graznido le comenzaron a hacer molestia, de modo que él les ordenó en el nombre de Jesús, que debían irse, y no volver más: y marchándose entonces los dichos pájaros, desde entonces nunca más fueron vistos, ni oídos, ni allí, ni en toda la comarca de alrededor. Y este milagro fue manifiesto a toda la Custodia de Fermo, en la cual estaba el dicho lugar.

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