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Capítulo 11Cómo san Francisco hizo dar vueltas y más vueltas a fray Maseo, y luego se fue a Siena

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Yendo un día san Francisco por el camino con fray Maseo, el dicho fray Maseo iba un poco adelante y llegando a un cruce de caminos por el cual se podía ir a Florencia, a Siena y a Arezzo, dijo fray Maseo: «Padre, ¿por qué camino debemos ir?». Respondió san Francisco: «Por aquel que Dios quiera». Dijo fray Maseo: «¿Y cómo podremos nosotros saber la voluntad de Dios?». Respondió san Francisco: «Por la señal que yo te mostraré; por eso te mando por el mérito de la santa obediencia que en este cruce, en el lugar donde tienes los pies, te des vueltas alrededor, como hacen los niños, y no dejes de girar si yo no te lo digo».

Entonces fray Maseo comenzó a dar vueltas; y tanto giró que por el vértigo de la cabeza que suele producir tal giro, cayó varias veces al suelo; pero no diciéndole san Francisco que parase, y queriendo obedecer fielmente, se levantaba. Finalmente, cuando giraba con fuerza, dijo san Francisco: «Quédate quieto y no te muevas»; y él se detuvo, y san Francisco le preguntó: «¿Hacia dónde tienes el rostro?». Responde fray Maseo: «Hacia Siena». Dijo san Francisco: «Ese es el camino por el cual Dios quiere que vayamos». Yendo por aquel camino, fray Maseo se maravillaba de lo que san Francisco le había hecho hacer, como a los niños, delante de los seglares que pasaban; no obstante, por reverencia no se atrevía a decir nada al Padre Santo. Acercándose a Siena, el pueblo de la ciudad oyó de la llegada del santo, y salieron a su encuentro; y por devoción lo llevaron a él y al compañero hasta el obispado, de modo que no tocaron nada de tierra con los pies.

En aquella hora algunos hombres de Siena combatían entre sí, y ya habían muerto dos de ellos. Llegando allí san Francisco, les predicó tan devota y tan santamente que los redujo a todos cuantos a paz, y gran unidad y concordia entre ellos. Por lo cual, oyendo el obispo de Siena aquella santa obra que había hecho san Francisco, lo invitó a su casa, y lo recibió con grandísimo honor aquel día y también la noche. Y la mañana siguiente san Francisco, verdadero humilde, que en sus obras no buscaba sino la gloria de Dios, se levantó temprano con su compañero y se marchó sin conocimiento del obispo. Por lo cual el dicho fray Maseo iba murmurando entre sí mismo, diciendo por el camino: «¿Qué es lo que ha hecho este buen hombre?

Me hizo dar vueltas como un niño, y al obispo que le ha hecho tanto honor no le ha dicho ni una palabra ni se lo ha agradecido»; y le parecía a fray Maseo que san Francisco se había comportado así indiscretamente. Pero después por divina inspiración volviendo en sí mismo y reprendiéndose en su corazón, dijo fray Maseo: «Tú eres demasiado soberbio al juzgar las obras divinas, y eres digno del infierno por tu indiscreta soberbia; porque en el día de ayer fray Francisco hizo obras tan santas, que si las hubiera hecho el ángel de Dios no habrían sido más maravillosas; por eso si te mandara que arrojaras piedras, deberías hacerlo y obedecerlo; porque lo que él ha hecho en este viaje ha procedido de la operación divina, como se demuestra en el buen fin que ha seguido; pues si no hubiera pacificado a aquellos que combatían entre sí, no solamente muchos cuerpos, como ya habían comenzado, habrían muerto a cuchillo, sino también muchas almas el diablo habría arrastrado al infierno; y por eso tú eres muy necio y soberbio, que murmuras de lo que manifiestamente procede de la voluntad de Dios».

Y todas estas cosas que decía fray Maseo en su corazón, yendo delante, fueron por Dios reveladas a san Francisco. Por lo cual acercándose san Francisco a él, dijo así: «Atente a aquellas cosas que piensas ahora, porque son buenas y útiles y por Dios inspiradas, pero la primera murmuración que hacías era ciega y vana y soberbia, y puesta en tu ánimo por el demonio». Entonces fray Maseo claramente se dio cuenta de que san Francisco sabía los secretos de su corazón, y ciertamente comprendió que el Espíritu de la divina Sabiduría dirigía en todos sus actos al Padre Santo.

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