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Capítulo 42De bellos milagros que hizo Dios por los santos frailes, fray Bentivoglia, fray Pedro de Monticello, y fray Conrado de Offida: y cómo fray Bentivoglia llevó a un leproso quince millas en poquísimo tiempo; y al otro le habló san Miguel, y a otro vino la Virgen María, y le puso al Hijo en brazos

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

La Provincia de la Marca de Ancona fue antiguamente, a modo del cielo de estrellas, adornada de santos y ejemplares frailes; los cuales, a modo de luminarias del cielo, han iluminado y adornado la Orden de san Francisco, y el mundo con ejemplos y con doctrina. Entre los otros fueron en primer lugar fray Lúcido Antiguo, que fue verdaderamente luciente por santidad, y ardiente por caridad divina; cuya gloriosa lengua informada por el Espíritu Santo, hacía maravillosos frutos en predicaciones. Otro fue fray Bentivoglia de San Severino, que fue visto por fray Maseo ser levantado en el aire por gran espacio, estando él en oración en el bosque; por cuyo milagro el devoto fray Maseo, siendo entonces párroco, dejó el curato, y se hizo fray Menor; y fue de tanta santidad, que hizo muchos milagros en vida y en muerte, y está depositado su cuerpo en Murro.

El sobredicho fray Bentivoglia, morando una vez en Trave Bonanti solo, para cuidar y servir a un leproso, siendo ordenado por el Prelado de partir de allí e ir a otro lugar que estaba lejos quince millas, no queriendo abandonar a aquel leproso, con gran fervor de caridad lo tomó y se lo puso sobre el hombro, y lo llevó desde el alba hasta la salida del sol todo aquel camino de quince millas, hasta el dicho lugar adonde era enviado, que se llamaba Monte Sancino: ese viaje, si hubiera sido un águila, no habría podido volar en tan poco tiempo: y de este divino Milagro hubo gran estupor y admiración en todo aquel país.

Otro fue fray Pedro de Monticello, que fue visto por fray Servodio de Urbino, (siendo entonces Guardián en el lugar viejo de Ancona) levantado de tierra corporalmente cinco o seis brazas, hasta los pies del Crucifijo de la iglesia, delante del cual estaba en oración. Y este fray Pedro, ayunando una vez la Cuaresma de san Miguel Arcángel con gran devoción, y el último día de aquella Cuaresma estando en la iglesia en oración, fue oído por un fraile joven (que estudiosamente estaba escondido bajo el altar mayor, para ver algún acto de su santidad) hablar con san Miguel Arcángel; y las palabras que decían, eran estas: Decía san Miguel: «Fray Pedro, te has esforzado fielmente por mí, y de muchos modos has afligido tu cuerpo: he aquí que he venido a consolarte, y para que pidas cualquier gracia que quieras, y yo te la quiero obtener de Dios».

Respondía fray Pedro: «Santísimo Príncipe de la milicia celestial, y fidelísimo celador del amor divino, piadoso protector de las almas, yo te pido esta gracia; que me obtengas de Dios el perdón de mis pecados». Respondió san Miguel: «Pide otra gracia, que esta te obtendré yo facilísimamente»; y fray Pedro no pidiendo ninguna otra cosa; y el Arcángel concluyó: «Yo por la fe y devoción que tienes en mí, te consigo esta gracia que pides, y muchas otras». Y terminado su hablar, que duró por gran espacio, el Arcángel san Miguel se partió, dejándolo sumamente consolado. En el tiempo de este santo fray Pedro, fue el santo fray Conrado de Offida, que estando juntos de familia en el lugar de Forano en la Custodia de Ancona, el dicho fray Conrado se fue un día al bosque a contemplar de Dios, y fray Pedro secretamente fue detrás de él, para ver qué le sucedería; y fray Conrado comenzó a estar en oración, y rogar devotísimamente a la Virgen María con gran piedad, que ella le consiguiera esta gracia de su bendito Hijo, que sintiera un poco de aquella dulzura que sintió san Simeón el día de la Purificación, cuando llevó en brazos a Jesús Salvador bendito.

E hecha esta oración, la misericordiosa Virgen María lo escuchó; y he aquí que apareció la Reina del cielo con su hijo bendito en brazos, con grandísima claridad de luz: y acercándose a fray Corrado, le puso en brazos a aquel bendito Hijo, el cual él recibió devotísimamente abrazándolo y besándolo, y estrechándolo contra su pecho, todo se deshacía y se fundía en amor divino, e inexplicable consolación. Y fray Pedro igualmente, que a escondidas veía todo, sentía en su alma grandísima dulzura y consolación. Y al partir la Virgen María de fray Corrado, fray Pedro se volvió rápidamente al convento, para no ser visto por él; pero después, cuando fray Corrado regresaba todo alegre y gozoso, le dijo fray Pedro: Oh celestial, grande consolación has tenido hoy.

Decía fray Corrado: ¿Qué es eso que dices, fray Pedro? ¿Y qué sabes tú de lo que yo he tenido? Bien lo sé, bien lo sé, decía fray Pedro, cómo la Virgen María con su bendito Hijo te ha visitado. Entonces fray Corrado, que, como verdaderamente humilde, deseaba mantener secretas las gracias de Dios, le rogó que no lo dijese a nadie; y fue tan grande el amor desde entonces en adelante entre ellos dos, que un corazón y un alma parecía que había entre ellos en todas las cosas. Y el dicho fray Corrado una vez, en el convento de Sirolo, con sus oraciones liberó a una mujer endemoniada, orando por ella toda una noche, y apareciéndose a su madre, por la mañana se marchó, para no ser encontrado y honrado por el pueblo.

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