Capítulo 45De la conversión, y vida, y milagros, y muerte del santo fray Juan de la Penna
Fray Juan de la Penna siendo niño y seglar en la Provincia de la Marca, una noche se le apareció un niño bellísimo, y lo llamó; diciendo: Juan, ve a Santo Stefano, donde predica uno de mis frailes Menores, a cuya doctrina cree, y a sus palabras atiende, porque yo lo he enviado allí: y hecho esto que has de hacer, harás un gran viaje, y luego vendrás a mí. De ahí que aquel inmediatamente se levantó, y sintió gran mudanza en su alma. Y yendo a Santo Stefano, encontró allí una gran multitud de hombres y de mujeres, que estaban para oír la prédica. Y aquel que debía predicar, era un fraile que se llamaba fray Felipe, que era uno de los primeros frailes que había venido a la Marca de Ancona; y aún pocos conventos se habían tomado en la marca.
Subió entonces este fray Felipe a predicar, y predicó devotísimamente, no con palabras de sabiduría humana, sino con la virtud del espíritu de Cristo, anunciando el reino de la vida eterna. Y terminada la predicación, el muchacho se acercó a fray Felipe y le dijo: «Padre, si te pareciera bien recibirme en la Orden, yo haría penitencia de buena gana y serviría a nuestro Señor Jesucristo». Viendo fray Felipe y reconociendo en el muchacho una inocencia maravillosa y una pronta voluntad de servir a Dios, le dijo: «Vendrás a mí tal día a Ricanati, y yo haré que te reciban»; en aquel lugar debía celebrarse un Capítulo Provincial. El muchacho, que era purísimo, pensó que aquel era el gran viaje que debía hacer, según la revelación que había tenido, y que después iría al Paraíso; y así creía que sucedería, inmediatamente después de ser recibido en la Orden.
Fue, pues, y fue recibido. Y viendo que sus pensamientos no se cumplían entonces, cuando el Ministro dijo en el Capítulo que quien quisiera ir a la Provincia de Provenza, por el mérito de la santa obediencia, él le daría con gusto la licencia, le vino un gran deseo de ir allá, pensando en su corazón que aquel era el gran viaje que debía hacer antes de ir al Paraíso. Pero avergonzándose de decirlo, finalmente, confiándose a fray Felipe que lo había hecho recibir en la Orden, le rogó encarecidamente que le consiguiera aquella gracia de ir a la Provincia de Provenza. Entonces fray Felipe, viendo su pureza y su santa intención, le consiguió aquella licencia. De modo que fray Juan se puso en camino con gran alegría, teniendo la certeza de que, cumplida aquella jornada, iría al Paraíso.
Pero como le plugo a Dios, estuvo en dicha Provincia veinticinco años con esta expectativa y deseo, viviendo con grandísima honestidad, santidad y ejemplaridad, creciendo siempre en virtud y en la gracia de Dios y del pueblo, y era sumamente amado por los frailes y por los laicos. Y estando un día fray Juan devotamente en oración, llorando y lamentándose porque su deseo no se cumplía y porque su peregrinación en esta vida se prolongaba demasiado, se le apareció Cristo bendito, ante cuya presencia su alma se derritió toda, y le dijo: «Hijo, fray Juan, pídeme lo que quieras». Y él respondió: «Señor mío, no sé qué pedirte aparte de ti, porque no deseo ninguna otra cosa. Pero solo te ruego esto: que me perdones todos mis pecados y me des la gracia de verte otra vez, cuando tenga mayor necesidad».
Dijo Jesús: «Tu oración ha sido escuchada». Y dicho esto, se marchó, y fray Juan quedó todo consolado. Al final, oyendo los frailes de la Marca la fama de su santidad, hicieron tanto con el General que les mandó la obediencia de volver a la Marca. Recibiendo él esta obediencia, se puso alegremente en camino, pensando que, cumplida aquella jornada, debería irse al cielo, según la promesa de Cristo. Pero una vez que hubo vuelto a la Provincia de la Marca, vivió en ella treinta años, y no fue reconocido por ningún pariente suyo. Y cada día esperaba la misericordia de Dios, que le cumpliría la promesa. Y en este tiempo ejerció varias veces el cargo de guardián con gran discreción, y Dios obró por él muchos milagros.
Y entre los otros dones que recibió de Dios, tuvo espíritu de profecía. Así, una vez, yendo él fuera del lugar, uno de sus novicios fue combatido por el Demonio y tan fuertemente tentado que, consintiendo a la tentación, decidió en su interior salir de la Orden tan pronto como fray Juan volviera de fuera. Esta cosa, la tentación y la decisión, las conoció fray Juan por espíritu de profecía, e inmediatamente volvió a casa, llamó al novicio y le dijo que quería que se confesara. Pero antes de confesarlo, le relató en orden toda su tentación, según Dios se la había revelado, y concluyó: «Hijo, porque me esperaste y no quisiste marcharte sin mi bendición, Dios te ha concedido esta gracia: que jamás saldrás de esta Orden, sino que morirás en la Orden con la divina gracia».
Entonces el novicio quedó confirmado en su buena voluntad, y permaneciendo en la Orden, se convirtió en un santo fraile. Y todas estas cosas me las contó a mí, fray Ugolino. Fray Juan era un hombre de ánimo alegre y reposado, hablaba pocas veces y era hombre de gran oración y devoción; especialmente después de maitines, nunca volvía a la celda, sino que permanecía en la iglesia hasta el día en oración. Y estando él una noche después de maitines en oración, se le apareció el ángel de Dios y le dijo: «Fray Juan, ha llegado a su término la jornada que tanto tiempo has esperado. Por eso te anuncio de parte de Dios que pidas la gracia que quieras».
«Y también te anuncio que elijas cuál prefieres: un día en el purgatorio o siete días de penas en este mundo». Y eligiendo fray Juan más bien los siete días de penas en este mundo, inmediatamente cayó enfermo de diversas enfermedades: le dio una fiebre fuerte, y la gota en las manos y en los pies, y el mal del costado, y muchos otros males. Pero lo que peor le hacía era que un Demonio estaba delante de él y tenía en la mano un gran papel escrito con todos los pecados que había cometido o pensado alguna vez, y le decía: «Por estos pecados que has cometido con el pensamiento, con la lengua y con las obras, estás condenado al fondo del Infierno».
Y él no recordaba ningún bien que hubiera hecho jamás, ni que estuviera en la Orden, ni que hubiera estado alguna vez en ella. Sino que se creía condenado, tal como el Demonio le decía. De modo que cuando le preguntaban cómo estaba, respondía: «Mal, porque estoy condenado». Viendo esto los frailes, mandaron llamar a un fraile anciano que se llamaba fray Mateo de Monte Rubbiano, que era un hombre santo y muy amigo de fray Juan. Y llegado fray Mateo donde él el séptimo día de su tribulación, lo saludó y le preguntó cómo estaba. Le respondió que estaba mal, porque estaba condenado. Entonces dijo fray Mateo: «¿No recuerdas que muchas veces te has confesado conmigo y yo te he absuelto completamente de todos tus pecados?».
«¿No recuerdas también que has servido siempre a Dios en esta santa Orden durante muchos años? Además, ¿no recuerdas que la misericordia de Dios supera todos los pecados del mundo, y que Cristo bendito, nuestro Salvador, pagó por redimirnos un precio infinito? Por eso ten buena esperanza, que estás salvado, con toda certeza». Y al decir esto, porque ya había terminado el plazo de su purgación, se marchó la tentación y vino la consolación. Y con gran alegría dijo fray Juan a fray Mateo: «Puesto que estás cansado y la hora es tardía, te ruego que vayas a descansar». Y fray Mateo no quería dejarlo, pero finalmente, ante su gran insistencia, se apartó de él y se fue a descansar. Y fray Juan quedó solo con el fraile que lo cuidaba.
Y he aquí que Cristo bendito viene con grandísimo esplendor y con excesiva suavidad de olor, según había prometido aparecérsele otra vez cuando tuviera mayor necesidad, y lo sanó perfectamente de toda su enfermedad. Entonces fray Juan, con las manos juntas, dando gracias a Dios porque con óptimo fin había terminado el gran viaje de la presente y miserable vida, encomendó y entregó su alma a Dios en las manos de Cristo, pasando de esta vida mortal a la vida eterna con Cristo bendito, a quien había deseado y esperado ver tanto tiempo. Y está sepultado fray Juan en el lugar de la Peña de San Juan.
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