Capítulo 51Del santo fray Jacopo de Fallerone; y cómo, después que murió, apareció a fray Juan de la Vernia
En el tiempo en que fray Jacopo de Fallerone, hombre de grande santidad, estaba gravemente enfermo en el lugar de Moliano en la Custodia de Fermo; fray Juan de la Vernia, que moraba entonces en el lugar de la Massa, oyendo de su enfermedad, porque lo amaba como a su querido padre, se puso en oración por él, rogando a Dios devotamente con oración mental que al dicho fray Jacopo diera sanidad del cuerpo, si fuera lo mejor para el alma. Y estando en esta devota oración, fue arrebatado en éxtasis, y vio en el aire un gran ejército de ángeles y santos sobre su celda que estaba en la selva, con tanto resplandor que toda la comarca alrededor quedaba iluminada: y entre estos ángeles vio a este fray Jacopo enfermo, por quien él rogaba, estar en vestiduras blancas todo resplandeciente.
Vio también entre ellos al beato padre san Francisco, adornado con las sagradas llagas de Cristo y de mucha gloria. Vio también y reconoció a fray Lucido el santo y a fray Mateo el antiguo de Monte Rubbiano, y muchos otros hermanos a los que nunca había visto ni conocido en esta vida. Y contemplando así fray Juan con gran deleite como de costumbre aquella bienaventurada multitud de santos, se le reveló con certeza la salvación del alma del dicho hermano enfermo, y que de aquella enfermedad debía morir; pero no iría al paraíso inmediatamente después de la muerte, porque le convenía purificarse un poco en el purgatorio. De esta revelación fray Juan sentía tanta alegría por la salvación del alma que no se afligía nada por la muerte del cuerpo; antes bien, con gran dulzura de espíritu lo llamaba para sí mismo diciendo: fray Jacobo, dulce padre mío; fray Jacobo, dulce hermano mío; fray Jacobo, fidelísimo siervo y amigo de Dios; fray Jacobo, compañero de los ángeles y consorte de los bienaventurados.
Y así, con esta certeza y gozo, volvió en sí; e inmediatamente partió del lugar y fue a visitar al dicho fray Jacobo a Moliano. Y encontrándolo tan grave que apenas podía hablar, le anunció la muerte del cuerpo y la salvación y gloria del alma, según la certeza que tenía por la revelación divina; de lo cual fray Jacobo, muy alegre en el ánimo y en el rostro, lo recibió con gran júbilo y con risa gozosa, dándole gracias por las buenas noticias que le traía y encomendándose a él devotamente. Entonces fray Juan le rogó encarecidamente que después de su muerte volviera a él para hablarle de su estado, y fray Jacobo se lo prometió, si fuera del agrado de Dios.
Y dichas estas palabras, acercándose la hora de su tránsito, fray Jacobo comenzó a decir devotamente aquel versículo del salmo: «In pace in idipsum dormiam, et requiescam», es decir: «En paz en la vida eterna me dormiré y descansaré»; y dicho este versículo, con rostro gozoso y alegre pasó de esta vida. Y después de que fue sepultado, fray Juan volvió al lugar de Massa y esperaba la promesa de fray Jacobo, que volvería a él el día que había dicho. Pero aquel día, mientras oraba, se le apareció Cristo con gran compañía de ángeles y santos, entre los cuales no estaba fray Jacobo; por lo que fray Juan, maravillándose mucho, se lo encomendó devotamente a Cristo. Luego al día siguiente, mientras oraba fray Juan en el bosque, se le apareció fray Jacobo acompañado de ángeles, todo glorioso y alegre, y le dijo fray Juan: «Oh padre amadísimo, ¿por qué no volviste a mí el día que me lo prometiste?».
Respondió fray Jacobo: «Porque necesitaba alguna purificación; pero en esa misma hora en que Cristo se te apareció y tú me encomendaste a él, Cristo te escuchó y me libró de toda pena. Y entonces me aparecí a fray Jacobo de Massa, hermano lego santo, que servía en la misa, y vio la hostia consagrada, cuando el sacerdote la elevó, convertida y transformada en forma de un hermosísimo niño vivo; y le dije: "Hoy con ese niño me voy al reino de la vida eterna, al cual nadie puede ir sin él"». Y dichas estas palabras, fray Jacobo desapareció y se fue al cielo con toda aquella bienaventurada compañía de ángeles; y fray Juan quedó muy consolado. Murió el dicho fray Jacobo de Fallerone la víspera de san Jacobo apóstol en el mes de julio en el antes mencionado lugar de Moliano; en el cual, por sus méritos, la divina bondad obró después de su muerte muchos milagros.
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