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Capítulo 15Cómo santa Clara comió con san Francisco y con sus compañeros frailes en santa María de los Ángeles

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 3 min de lectura

San Francisco, cuando estaba en Asís, visitaba con frecuencia a santa Clara, dándole santas enseñanzas. Y teniendo ella un grandísimo deseo de comer una vez con él, y rogándoselo muchas veces, él nunca quiso hacerle este consuelo, por lo que viendo sus compañeros el deseo de santa Clara, le dijeron a san Francisco: Padre, nos parece que esta rigidez no es conforme a la caridad divina: que a la hermana Clara, virgen tan santa y amada de Dios, no la atiendas en una cosa tan pequeña como es comer contigo; y especialmente considerando que ella por tu predicación abandonó las riquezas y las pompas del mundo. Y en verdad, si ella te pidiera mayor gracia que esta, deberías hacérsela a tu planta espiritual.

Entonces san Francisco respondió: ¿Os parece que debo atenderla? Respondieron los compañeros: Padre sí, es digno que le hagas esta gracia y consuelo. Dijo entonces san Francisco: Ya que os parece a vosotros, me parece también a mí. Pero para que ella esté más consolada, quiero que esta comida se haga en santa María de los Ángeles; porque ha estado mucho tiempo encerrada en san Damián, así que le hará bien ver el lugar de santa María, donde fue tonsurada e hecha esposa de Jesucristo; y allí comeremos juntos en el nombre de Dios. Llegando pues el día señalado para ello, santa Clara salió del monasterio con una compañera, y acompañada por los compañeros de san Francisco, vino a santa María de los Ángeles, y saludada devotamente la Virgen María delante de su altar, donde ella había sido tonsurada y velada, la llevaron a ver el lugar, hasta que fue hora de comer.

Y mientras tanto, san Francisco hizo preparar la mesa sobre el suelo desnudo, como acostumbraba hacer. Y llegada la hora de comer, se sientan juntos san Francisco y santa Clara, y uno de los compañeros de san Francisco con la compañera de santa Clara, y luego todos los demás compañeros se acomodaron a la mesa humildemente. Y por primer plato, san Francisco comenzó a hablar de Dios tan suavemente, tan elevadamente, tan maravillosamente, que descendiendo sobre ellos la abundancia de la divina gracia, todos quedaron arrebatados en Dios. Y estando así arrebatados, con los ojos y las manos levantados al cielo, los hombres de Asís y de Betona, y los de la comarca de alrededor, veían que santa María de los Ángeles, todo el lugar y el bosque que entonces estaba junto al lugar, ardían fuertemente, y parecía que era un gran fuego que ocupaba la iglesia, y el lugar, y el bosque juntos, por lo cual los de Asís corrieron allá con gran prisa para apagar el fuego, creyendo verdaderamente que todo ardía.

Pero llegando al lugar y no encontrando que ardiera nada, entraron dentro y encontraron a san Francisco con santa Clara y con toda su compañía arrebatados en Dios por la contemplación, y sentados alrededor de aquella mesa humilde. De lo cual ellos comprendieron ciertamente que aquel había sido fuego divino y no material, el cual Dios había hecho aparecer milagrosamente para mostrar y significar el fuego del divino amor del que ardían las almas de estos santos frailes y santas monjas; por lo que se marcharon con gran consolación en su corazón y con santa edificación. Luego, después de mucho tiempo, volviendo en sí san Francisco y santa Clara junto con los demás, y sintiéndose bien reconfortados por el alimento espiritual, poco se preocuparon del alimento corporal.

Y así, acabada aquella bendita comida, santa Clara bien acompañada regresó a san Damián, de lo que las hermanas, viéndola, tuvieron gran alegría; porque ellas temían que san Francisco la hubiera mandado a regir algún otro monasterio, así como ya había mandado a la hermana Inés, su santa hermana, como abadesa a regir el monasterio de Monticelli de Florencia; y san Francisco alguna vez había dicho a santa Clara: Prepárate, si fuera necesario, para que te mande a algún lugar; y ella, como hija de santa obediencia, había respondido: Padre, estoy siempre preparada para ir adonde vos me mandéis. Y por eso las hermanas se alegraron enormemente cuando la recuperaron, y santa Clara quedó de entonces en adelante muy consolada.

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