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Capítulo 47De aquel santo fraile a quien la Madre de Cristo se apareció cuando estaba enfermo, y le trajo tres botes de confite

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 3 min de lectura

En el mencionado lugar de Soffiano hubo antiguamente un fraile menor de tan gran santidad y gracia que parecía del todo divino, y con frecuencia era arrebatado en Dios. Estando alguna vez este fraile completamente absorto en Dios y elevado, pues tenía notablemente la gracia de la contemplación, venían a él aves de diversas clases, y familiarmente se posaban sobre sus hombros y sobre la cabeza y en los brazos y en las manos, y cantaban maravillosamente. Era solitario, y rara vez hablaba; pero cuando se le preguntaba algo, respondía tan graciosa y sabiamente que parecía más bien un ángel que un hombre; y era de grandísima oración y contemplación, y los frailes lo tenían en gran reverencia.

Cumpliendo este fraile el curso de su virtuosa vida, según la disposición divina, enfermó de muerte, de tal modo que nada podía tomar; y además no quería recibir ninguna medicina carnal, sino que toda su confianza estaba en el médico celestial Jesucristo bendito y en su bendita Madre; de la cual mereció por la divina clemencia ser misericordiosamente visitado y medicado. De manera que estando una vez en el lecho, y disponiéndose a la muerte con todo el corazón y con toda la devoción, se le apareció la gloriosa Virgen María Madre de Cristo, con grandísima multitud de ángeles y de santas vírgenes, con maravilloso esplendor, y se acercó a su lecho; por lo que él, mirándola, sintió grandísimo consuelo y alegría, tanto en el alma como en el cuerpo; y comenzó a rogarle humildemente que ella rogase a su amado Hijo que por sus méritos lo sacase de la prisión de la miserable carne.

Perseverando en este ruego con muchas lágrimas, la Virgen María le respondió, llamándolo por su nombre, y dijo: No temas, hijo, pues tu ruego ha sido escuchado, y yo he venido para confortarte un poco antes de que partas de esta vida. Estaban junto a la Virgen María tres santas vírgenes que llevaban en la mano tres botes de confite de inmenso olor y suavidad. Entonces la Virgen gloriosa tomó y abrió uno de aquellos botes, y toda la casa se llenó de olor; y tomando con una cuchara de aquel confite, se lo dio al enfermo, el cual tan pronto como lo hubo probado sintió tanto consuelo y tanta dulzura que su alma parecía que no podía permanecer en el cuerpo; por lo que comenzó a decir: No más, oh santísima Madre Virgen bendita, oh médica bendita y salvadora de la generación humana, no más, que no puedo soportar tanta suavidad.

Pero la piadosa y benigna Madre siguió ofreciendo con frecuencia de aquel confite al enfermo, y haciéndoselo tomar, vació todo el bote. Luego, vaciado el primer bote, la Virgen beata toma el segundo y mete dentro la cuchara para dárselo; de lo que este se queja, diciendo: Oh beatísima Madre de Dios, si mi alma está ya casi toda licuada por el ardor y suavidad del primer confite, ¿cómo podré yo soportar el segundo? Te ruego, bendita sobre todos los santos y sobre todos los ángeles, que no me quieras dar más. Responde la gloriosa Virgen María: Prueba, hijo, solo un poco de este segundo bote; y dándole un poco, le dijo: Ya, hijo, tienes tanto que te puede bastar; consuélate, hijo, que pronto vendré por ti y te llevaré al reino de mi Hijo, el cual has siempre buscado y deseado; y dicho esto, despidiéndose de él, se marchó; y él quedó tan consolado y confortado por la dulzura de este dulce que sobrevivió durante varios días saciado y fuerte, y sin ningún alimento corporal. Y después de algunos días, hablando alegremente con los frailes, con gran júbilo y alegría, pasó de esta miserable vida.

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