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Capítulo 48Cómo fray Jacobo de la Masa vio en visión a todos los frailes menores del mundo, en visión de un árbol, y conoció la virtud y los méritos y los vicios de cada uno

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 6 min de lectura

Fray Jacobo de la Masa, a quien Dios abrió la puerta de sus secretos y le dio perfecta ciencia e inteligencia de la divina Escritura y de las cosas futuras, fue de tanta santidad que fray Egidio de Asís, y fray Marcos de Montino, y fray Junípero, y fray Lúcido dijeron de él que no conocían a nadie en el mundo mayor ante Dios que este fray Jacobo. Yo tuve gran deseo de verlo, pues rogando yo a fray Juan compañero de dicho fray Egidio que me explicase ciertas cosas de espíritu, él me dijo: Si quieres ser bien informado en la vida espiritual, procura hablar con fray Jacobo de la Masa (pues fray Egidio deseaba ser informado por él), y a sus palabras no se puede añadir ni quitar, pues su mente ha traspasado los secretos celestiales, y sus palabras son palabras del Espíritu Santo, y no hay hombre sobre la tierra a quien yo tanto desee ver.

Este fray Jacobo, al principio del ministerio de fray Juan de Parma, orando una vez, fue arrebatado en Dios, y estuvo tres días en este estado de arrobamiento en éxtasis, suspendido de todo sentimiento corporal, y estuvo tan insensible que los frailes dudaban de que no hubiese muerto; y en este arrobamiento le fue revelado por Dios lo que debía ser y suceder respecto a nuestra Religión; por lo cual, cuando lo oí, creció en mí el deseo de oírlo y de hablar con él. Y cuando plugo a Dios que yo tuviese ocasión de hablarle, le rogué de este modo: Si es verdad esto que he oído decir de ti, te ruego que no me lo ocultes.

He oído que cuando estuviste tres días casi muerto, entre las demás cosas que Dios te reveló, estuvo lo que debía suceder en esta nuestra Religión; y esto lo ha dicho fray Mateo ministro de la Marca, a quien tú se lo revelaste por obediencia. Entonces fray Jacobo con gran humildad le concedió que lo que fray Mateo decía era verdad. Y el relato suyo, es decir de fray Mateo ministro de la Marca, era este: Conozco a un fraile al cual Dios ha revelado lo que sucederá en nuestra Religión, pues fray Jacobo de la Masa me ha manifestado y dicho que después de muchas cosas que Dios le reveló sobre el estado de la Iglesia militante, vio en visión un árbol muy hermoso y grande, cuya raíz era de oro, sus frutos eran hombres, y todos eran frailes menores; sus ramas principales estaban distribuidas según el número de las provincias de la Orden, y cada rama tenía tantos frailes cuantos había en la provincia representada en aquella rama.

Y entonces supo el número de todos los frailes de la Orden, y de cada provincia, y también sus nombres y su edad, y las condiciones, y los cargos importantes, y las dignidades y las gracias de todos, y las culpas. Y vio a fray Juan de Parma en el lugar más alto de la rama de en medio de este árbol; y en las copas de las ramas que rodeaban esta rama de en medio, estaban los ministros de todas las provincias. Y después de esto, vio a Cristo sentado sobre un trono grandísimo y blanco, en el cual Cristo llamaba a san Francisco, y le daba un cáliz lleno de espíritu de vida, y lo enviaba diciendo: Ve, y visita a tus frailes, y dales de beber de este cáliz del espíritu de vida; porque el espíritu de Satanás se levantará contra ellos, y los golpeará, y muchos de ellos caerán y no se levantarán.

Y Cristo dio a san Francisco dos ángeles que lo acompañaran. Y entonces vino san Francisco a ofrecer el cáliz de la vida a sus frailes y comenzó a ofrecerlo a fray Juan de Parma, el cual, tomándolo, lo bebió todo de prisa y devotamente; e inmediatamente se volvió todo luminoso como el sol. Y después de él, siguiendo el orden, san Francisco lo ofrecía a todos los demás; y pocos había entre estos que con debida reverencia y devoción lo tomaran y lo bebieran todo. Aquellos que lo tomaban devotamente y lo bebían todo, al instante se volvían resplandecientes como el sol; y estos que lo derramaban todo y no lo tomaban con devoción, se volvían negros, u oscuros y deformes y horribles de ver; aquellos que en parte lo bebían y en parte lo derramaban, se volvían en parte luminosos y en parte tenebrosos, y más o menos, según la medida del beber y del derramar.

Pero por encima de todos los demás, el citado fray Juan era resplandeciente, el cual más plenamente había bebido el cáliz de la vida, por lo cual había contemplado más profundamente el abismo de la infinita luz divina; y en ella había entendido la adversidad y la tempestad que debía levantarse contra el dicho árbol, y sacudir y conmover sus ramas. Por lo cual el dicho fray Juan se apartó de la cima de la rama en la que estaba; y descendiendo por debajo de todas las ramas se escondió en lo firme del tronco del árbol, y estaba completamente pensativo; y un fraile que había tomado parte del cáliz y parte lo había derramado, subió a aquella rama y a aquel lugar de donde había descendido fray Juan.

Y estando en el dicho lugar, se le volvieron las uñas de las manos de hierro aguzadas y cortantes, como navajas de afeitar, por lo que se movió de aquel lugar donde había subido, y con ímpetu y furor quería lanzarse contra el dicho fray Juan para hacerle daño. Pero fray Juan, viendo esto, gritó fuerte y se encomendó a Cristo, el cual estaba sentado en el trono; y Cristo al oír su grito llamó a san Francisco, y le dio una piedra de pedernal cortante, y le dijo: Ve con esta piedra, y corta las uñas de ese fraile, con las cuales quiere arañar a fray Juan, para que no pueda hacerle daño. Entonces san Francisco vino, e hizo como Cristo le había ordenado. Y hecho esto, vino una tempestad de viento, y golpeó el árbol tan fuerte que los frailes caían a tierra; y primero caían todos aquellos que habían derramado todo el cáliz del espíritu de la vida, y eran llevados por los demonios a lugares tenebrosos y penosos.

Pero fray Juan, junto con los demás que habían bebido todo el cáliz, fueron trasladados por los ángeles a un lugar de vida, y de luz eterna, y de esplendor bienaventurado. Y entendía y discernía el citado fray Jacobo, que veía la visión, particular y distintamente lo que veía, en cuanto a los nombres y condiciones y estados de cada uno claramente. Y tanto duró aquella tempestad contra el árbol que cayó; y el viento se lo llevó. Y luego, inmediatamente después de que cesó la tempestad, de la raíz de este árbol, que era de oro, salió otro árbol que era todo de oro, el cual produjo hojas y flores y frutos dorados. De ese árbol, y de su extensión, profundidad, belleza y olor y virtud, es mejor callar que decir nada al presente.

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