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Capítulo 43Cómo fray Corrado de Offida convirtió a un fraile joven, que molestaba a los otros frailes. Y cómo el dicho fraile joven, al morir, se apareció al dicho fray Corrado rogándole que orase por él y cómo lo liberó por su oración de las penas grandísimas del Purgatorio

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 3 min de lectura

El dicho fray Corrado de Offida, admirable celador de la evangélica pobreza y de la regla de san Francisco: fue de tan religiosa vida y de tan gran mérito ante Dios, que Cristo bendito lo honró en la vida y en la muerte con muchos milagros; entre los cuales una vez, habiendo llegado como forastero al convento de Offida, los frailes le rogaron por el amor de Dios y de la caridad, que amonestasen a un fraile joven que estaba en aquel convento, el cual se comportaba tan infantilmente y desordenadamente y disoluta mente, que a los viejos y a los jóvenes de aquella familia perturbaba en el oficio divino, y de las demás observancias regulares nada o poco se preocupaba. De ahí que fray Corrado, por compasión de aquel joven y por los ruegos de los frailes, llamó un día aparte al dicho joven; y en fervor de caridad le dijo tan eficaces y devotas palabras de enseñanza, que con la acción de la divina gracia, aquel súbitamente se volvió de niño viejo en costumbres, y tan obediente y benigno y solícito y devoto, y además tan pacífico y servicial, y tan estudioso en toda cosa virtuosa, que, como antes toda la familia estaba perturbada por él, así por él todos estaban contentos y consolados, y fuertemente lo amaban.

Sucedió, como plugo a Dios, que después, tras esta su conversión, el dicho joven murió; de lo que los dichos frailes se dolieron; y pocos días después de su muerte, su alma se apareció a fray Corrado; estando él devotamente en oración delante del altar del dicho convento, y lo saludó devotamente, como a padre; y fray Corrado le preguntó: ¿quién eres tú? Respondió aquel y dijo: Yo soy el alma de aquel fraile joven, que murió en estos días. Y fray Corrado dijo: Oh hijo mío carísimo, ¿qué es de ti? Responde aquel: Por la gracia de Dios, y por tu doctrina, me va bien; porque no estoy condenado: pero por ciertos pecados míos, que no tuve tiempo de purgar suficientemente, sufro grandísimas penas de Purgatorio, pero yo te ruego, padre, que como por tu piedad me socorriste cuando estaba vivo, así ahora te plazca socorrerme en mis penas diciendo por mí algún Padrenuestro; pues tu oración es muy acepta ante la presencia de Dios.

Entonces fray Corrado, consintiendo benignamente a sus ruegos, y diciendo por él una vez el Padrenuestro con réquiem aetérnam, dijo aquella alma: Oh padre carísimo, cuánto bien y cuánto refrigerio siento! Ahora te ruego que lo digas otra vez. Y fray Corrado lo dice; y dicho que lo hubo, dice el alma: Santo padre, cuando tú oras por mí, todo me siento aliviar; por lo que te ruego, que no ceses de orar por mí. Entonces fray Corrado, viendo que aquella alma era tan ayudada con sus oraciones, dijo por ella cien Padrenuestros y dichos que los hubo, dijo aquella alma: Yo te doy gracias, padre carísimo, de parte de Dios, por la caridad que has tenido hacia mí; porque por tu oración he sido liberado de todas las penas, y así me voy al Reino Celestial: y dicho esto, se marchó aquella alma.

Entonces fray Corrado, para dar alegría y consuelo a los frailes; les relató por orden toda esta visión. Y así se fue al paraíso aquella alma de aquel joven, por los méritos de fray Corrado.

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