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Capítulo 34Cómo san Luis rey de Francia, personalmente en forma de peregrino, fue a Perusa a visitar al santo fray Egidio

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 2 min de lectura

Fue san Luis, rey de Francia, en peregrinación a visitar los santuarios por el mundo; y oyendo la fama grandísima de la santidad de fray Egidio, que había sido de los primeros compañeros de san Francisco, se propuso en su corazón y determinó del todo visitarlo personalmente: por lo cual vino a Perusa, donde vivía entonces el dicho fraile. Y llegando a la puerta del convento de los frailes como un pobre peregrino y desconocido, con pocos compañeros, pidió con gran insistencia ver a fray Egidio, sin decir nada al portero sobre quién era el que lo pedía. Va entonces el portero a fray Egidio y le dice que en la puerta hay un peregrino que te pide; y por Dios le fue inspirado y revelado que era el rey de Francia: por lo que inmediatamente él, con gran fervor, sale de la celda y corre a la puerta; y sin más preguntas, sin que jamás se hubieran visto juntos, con grandísima devoción, arrodillándose, se abrazaron y se besaron con tanta familiaridad como si durante largo tiempo hubieran mantenido gran amistad juntos: pero con todo esto no hablaba ni el uno ni el otro, sino que permanecían así abrazados, con aquellas señales de amor caritativo, en silencio.

Y después de estar por gran espacio en dicha forma sin decirse palabra alguna, se separaron el uno del otro; y san Luis se fue a su camino, y fray Egidio volvió a su celda. Al marcharse el rey, un fraile preguntó a alguno de sus compañeros quién era aquel que se había abrazado tanto con fray Egidio; y él respondió que era Luis, rey de Francia, el cual había venido para ver a fray Egidio. Por lo que diciéndolo este a los otros frailes, ellos sintieron grandísima pena de que fray Egidio no le hubiera hablado palabra; y lamentándose, le dijeron: Oh fray Egidio, ¿por qué has sido tan descortés que a un rey tan santo, que ha venido de Francia para verte y para oír de ti alguna buena palabra, no le has hablado nada?

Respondió fray Egidio: Carísimos frailes, no os maravilléis de esto, porque ni yo a él ni él a mí podíamos decir palabra; porque tan pronto como nos abrazamos, la luz de la sabiduría reveló y manifestó a mí su corazón, y a él el mío, y así por operación divina, mirándonos en los corazones, lo que yo quería decirle a él y él a mí lo conocimos mucho mejor que si nos hubiéramos hablado con la boca, y con mayor consolación que si hubiéramos querido explicar con voz lo que sentíamos en el corazón. Por el defecto de la lengua humana, que no puede expresar claramente los misterios secretos de Dios, nos habría servido más bien de desconsuelo que de consolación; y por eso sabed que de mí se marchó el rey maravillosamente contento y consolado su ánimo.

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