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Capítulo 10Cómo fray Maseo, casi como probando, dijo a san Francisco que todo el mundo iba detrás de él; y él respondió que eso era para confusión del mundo y gracia de Dios

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 2 min de lectura

Morando una vez san Francisco en el lugar de Porciúncula con fray Maseo de Marignano, hombre de gran santidad, discreción y gracia en hablar de Dios, por lo cual san Francisco lo amaba mucho; un día volviendo san Francisco del bosque y de la oración, y estando a la salida del bosque, el dicho fray Maseo quiso probar cómo era de humilde, y salió a su encuentro, y casi como en broma dijo: «¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?». San Francisco responde: «¿Qué es lo que quieres decir?». Dijo fray Maseo: «Digo, ¿por qué a ti todo el mundo viene detrás, y cada persona parece que desea verte, y oírte, y obedecerte?

Tú no eres hombre hermoso de cuerpo, tú no eres de gran ciencia, tú no eres noble: entonces ¿de dónde viene que todo el mundo vaya detrás de ti?». Oyendo esto san Francisco, todo alegre en espíritu, alzando la cara al cielo, por gran espacio estuvo con la mente elevada en Dios; y luego volviendo en sí, se arrodilló y dio alabanza y gracias a Dios; y después con gran fervor de espíritu se volvió a fray Maseo y dijo: «¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Que todo el mundo me venga detrás? Esto lo tengo de aquellos ojos de Dios Altísimo, los cuales en todo lugar contemplan a los buenos y a los malos; porque aquellos ojos santísimos no han visto entre los pecadores a ninguno más vil, ni más insuficiente, ni mayor pecador que yo; y por eso para hacer aquella operación maravillosa que él quiere hacer, no ha encontrado criatura más vil sobre la tierra, y por ello me ha elegido, para confundir la nobleza y la grandeza, y la fortaleza, y la belleza, y sabiduría del mundo; a fin de que se sepa que toda virtud y todo bien es de él, y no de la criatura, y ninguna persona pueda gloriarse en su presencia, sino que quien se gloríe, se gloríe en el Señor, a quien pertenece todo honor y gloria eternamente». Entonces fray Maseo ante una respuesta tan humilde, dicha con fervor, se asustó y conoció ciertamente que san Francisco estaba fundado en humildad.

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