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Capítulo 22Como san Francisco domesticó las tórtolas salvajes

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 1 min de lectura

Un joven había capturado un día muchas tórtolas; llevándolas a vender, se encontró con él san Francisco, que siempre tuvo singular piedad por los animales mansos, y mirando aquellas tórtolas con ojos piadosos, dijo al joven: «Oh buen joven, te ruego que me las des; y que aves tan mansas, a las que en la Escritura se asemejan las almas castas, humildes y fieles, no lleguen a manos de crueles que las maten». Al instante aquel, inspirado por Dios, se las dio todas a san Francisco; y él, recogiéndolas en su regazo, comenzó a hablarles dulcemente: «Oh hermanitas mías, tórtolas sencillas, inocentes y castas, ¿por qué os dejáis atrapar? Ahora os quiero salvar de la muerte y haceros nidos, para que deis fruto y os multipliquéis, según los mandamientos de nuestro Creador».

Y fue san Francisco y a todas les hizo nido; y ellas, acostumbrándose, comenzaron a poner huevos y a criar delante de los frailes: y así de familiarmente se quedaban y vivían con san Francisco y con los otros frailes, como si hubieran sido gallinas siempre criadas por ellos, y nunca se fueron, hasta que san Francisco con su bendición les dio licencia para partir. Y al joven que se las había dado, le dijo san Francisco: «Hijo, tú serás todavía fraile en esta Orden, y servirás graciosamente a Jesucristo». Y así fue; pues el dicho joven se hizo fraile, y vivió en la Orden con gran santidad.

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