Clasicalia
InicioLas florecillas de san FranciscoCapítulo 4
4 / 53

Capítulo 4Cómo el Ángel de Dios propuso una cuestión a fray Elías guardián de un lugar de Val di Spoleto; y porque fray Elías le respondió soberbiosamente, se marchó, y se fue en camino de Santiago, donde encontró a fray Bernardo, y le dijo esta historia

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 7 min de lectura

Al principio y comienzo de la Orden cuando eran pocos frailes, y no habían sido aún tomados los lugares, san Francisco por su devoción fue a Santiago de Galicia, y llevó consigo algunos Frailes, entre los cuales fue uno fray Bernardo; y yendo así juntos por el camino, encontraron en una tierra a un pobre enfermo, al cual teniendo compasión, dijo a fray Bernardo: Hijo, yo quiero que tú permanezcas aquí para servir a este enfermo; y fray Bernardo, humildemente arrodillándose, e inclinando la cabeza, recibió la obediencia del Padre Santo, y permaneció en aquel lugar; y san Francisco con los otros compañeros fueron a Santiago. Habiendo llegado allá, y estando de noche en oración en la iglesia de Santiago, fue por Dios revelado a san Francisco, que él debía tomar muchos lugares por el mundo, porque la Orden suya debía ampliarse y crecer en gran multitud de Frailes; y en esta revelación comenzó san Francisco a tomar lugares en aquellas comarcas.

Y retornando san Francisco por el camino de antes, reencontró a fray Bernardo y al enfermo, con quien lo había dejado, perfectamente curado, por lo cual san Francisco concedió el año siguiente a fray Bernardo que él fuera a Santiago; y así san Francisco retornó al Val di Spoleto: y estaba en un lugar desierto él, y fray Maseo y fray Elías, y otros: los cuales todos se guardaban mucho de molestar o estorbar a san Francisco de la oración: y esto hacían por la gran reverencia que le tenían, y porque sabían que Dios le revelaba grandes cosas en sus oraciones. Sucedió un día, que estando san Francisco en oración en el bosque, un joven bello, preparado para caminar, vino a la puerta del lugar; y llamó tan de prisa y fuerte, y por tan gran espacio, que los Frailes mucho se maravillaron de tan desusado modo de llamar.

Fue fray Maseo, y abrió la puerta, y dijo a aquel joven: ¿De dónde vienes tú, hijo, que no parece que hayas estado aquí nunca más: así has llamado desusadamente? Respondió el joven: ¿Y cómo se debe llamar? Dijo fray Maseo: Llama tres veces una tras otra despacio: luego espera tanto que el Fraile haya dicho el padrenuestro y venga a ti; y si en este intervalo él no viene, llama otra vez. Respondió el joven: Yo tengo gran prisa, y por eso llamo tan fuerte, puesto que tengo que hacer largo viaje, y aquí he venido para hablar a fray Francisco; pero él está ahora en el bosque en contemplación, y por tanto no lo quiero estorbar: pero ve y mándame a fray Elías, que yo le quiero hacer una cuestión, porque entiendo que él es muy sabio.

Va fray Maseo y dice a fray Elías que vaya donde está aquel joven; y él se escandaliza y no quiere ir; de manera que fray Maseo no sabe qué hacer ni qué responder a aquel hombre; porque si dice «fray Elías no puede venir», mentiría; y si decía cómo estaba turbado y no quería venir, temía darle mal ejemplo. Y mientras fray Maseo tardaba en volver, el joven llamó otra vez como la primera, y poco después volvió fray Maseo a la puerta y dijo al joven: «No has observado mi enseñanza al llamar». Respondió el joven: «Fray Elías no quiere venir a mí; pero ve y dile a fray Francisco que he venido para hablar con él; pero como no quiero impedirle la oración, dile que me envíe a fray Elías».

Y entonces fray Maseo fue donde san Francisco, que oraba en el bosque con el rostro levantado al cielo, y le dio el mensaje del joven y la respuesta de fray Elías; y aquel joven era un ángel de Dios en forma humana. Entonces san Francisco, sin moverse del lugar ni bajar el rostro, dijo a fray Maseo: «Ve y dile a fray Elías que por obediencia vaya inmediatamente donde ese joven». Al oír fray Elías la orden de obediencia de san Francisco, fue a la puerta muy turbado y con gran ímpetu y ruido la abrió y dijo al joven: «¿Qué quieres?». Respondió el joven: «Mira, hermano, que no estés turbado, como pareces; porque la ira impide el ánimo y no deja discernir la verdad».

Dijo fray Elías: «Dime lo que quieres de mí». Respondió el joven: «Te pregunto si a los que observan el santo Evangelio les es lícito comer de lo que se les pone delante, según Cristo dijo a sus discípulos, y te pregunto además si a ningún hombre le es lícito poner delante algo contrario a la libertad evangélica». Respondió fray Elías soberbiamente: «Sé bien esto, pero no quiero responderte: vete a ocuparte de tus asuntos». Dijo el joven: «Yo sabría responder a esta cuestión mejor que tú». Entonces fray Elías, turbado y con furia, cerró la puerta y se marchó. Luego comenzó a pensar en dicha cuestión y a dudar de ella en sí mismo; y no la sabía resolver; porque él era vicario de la Orden y había ordenado y hecho una constitución, más allá del Evangelio y más allá de la Regla de san Francisco, de que ningún hermano de la Orden comiera carne; de modo que dicha cuestión iba expresamente en contra de él.

Por lo cual, no sabiendo aclarárselo a sí mismo y considerando la modestia del joven y que le había dicho que sabría responder a aquella cuestión mejor que él, volvió a la puerta y la abrió para preguntarle al joven sobre la mencionada cuestión; pero ya se había marchado, porque la soberbia de fray Elías no era digna de hablar con el ángel. Hecho esto, san Francisco, a quien todo le había sido revelado por Dios, volvió del bosque y reprendió fuertemente a fray Elías con voz alta diciendo: «Mal hacéis, fray Elías soberbio, que expulsáis de nosotros a los santos ángeles que vienen a instruirnos. Te digo que temo mucho que tu soberbia te haga acabar fuera de esta Orden».

Y así le sucedió después, como san Francisco le dijo; porque murió fuera de la Orden. Aquel mismo día, en aquella misma hora en que aquel ángel se marchó, se apareció él en aquella misma forma a fray Bernardo, que volvía de Santiago y estaba a la orilla de un gran río; y lo saludó en su lengua diciendo: «Dios te dé paz, oh buen hermano». Y maravillándose mucho el buen fray Bernardo, y considerando la belleza del joven y el habla de su patria, con el saludo pacífico y con el rostro alegre, le preguntó: «¿De dónde vienes, buen joven?». Respondió el ángel: «Vengo de ese lugar donde mora san Francisco, y fui para hablar con él; y no he podido, porque estaba en el bosque contemplando las cosas divinas, y no he querido estorbarlo».

«Y en aquel lugar moran fray Maseo y fray Egidio y fray Elías; y fray Maseo me ha enseñado a llamar a la puerta a modo de hermano, pero fray Elías, como no quiso responderme a la cuestión que le propuse, luego se arrepintió y quiso oírme y verme, y no pudo». Después de estas palabras, dijo el ángel a fray Bernardo: «¿Por qué no pasas al otro lado?». Respondió fray Bernardo: «Porque temo el peligro por la profundidad del agua que veo». Dijo el ángel: «Pasemos juntos, no temas». Y tomó su mano y en un abrir y cerrar de ojos lo puso al otro lado del río. Entonces fray Bernardo conoció que era el ángel de Dios, y con gran reverencia y gozo a voz alta dijo: «Oh ángel bendito de Dios, dime cuál es tu nombre».

Respondió el ángel: «¿Por qué preguntas por mi nombre, que es admirable?». Y dicho esto, el ángel desapareció y dejó a fray Bernardo muy consolado, tanto que hizo todo aquel camino con gran alegría; y consideró el día y la hora en que el ángel se le había aparecido. Y llegando al lugar donde estaba san Francisco con los mencionados compañeros, les relató ordenadamente todo; y supieron con certeza que aquel mismo ángel, en aquel día y en aquella hora, se les había aparecido a ellos y a él.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/las-florecillas/texto/capitulo-4-como-el-angel-de-dios-propuso-una-cuestion-a-fray-elias-guar/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Las florecillas de san Francisco» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.