Capítulo 37Cómo Jesús Cristo bendito, por petición de san Francisco, hizo que se convirtiera un rico y noble caballero y se hiciera fraile, el cual había honrado y ofrecido mucho a san Francisco
San Francisco, siervo de Cristo, llegando una tarde al anochecer a casa de un gran señor noble y poderoso, fue recibido en su albergue, él y su compañero, como ángeles de Dios, con grandísima cortesía y devoción; por lo cual san Francisco le tomó gran afecto; considerando que al entrar a la casa lo había abrazado y besado amistosamente, y después le había lavado los pies y secado y besado humildemente y encendido un gran fuego y preparado la mesa con muchos buenos alimentos, y mientras comía, este hombre con rostro alegre servía continuamente. Ahora bien, después de que hubieron comido san Francisco y su compañero, dijo este noble: Mira, padre mío, te ofrezco a mí mismo y mis cosas: siempre que necesites túnica, o manto, o cosa alguna, cómprala, y yo te la pagaré; y ten en cuenta que estoy dispuesto a proveer todas tus necesidades, porque por la gracia de Dios yo puedo, ya que abundo en todo bien temporal; y por eso, por amor de Dios que me lo ha dado, gustosamente hago el bien a sus pobres.
Por eso, viendo san Francisco tanta cortesía y afecto en él, y tan amplias ofertas, le tomó tanto cariño que después, al irse, iba diciendo con su compañero: Verdaderamente este hombre noble sería bueno para nuestra religión y compañía, pues es tan agradecido y reconocido hacia Dios, tan amoroso y cortés con el prójimo y con los pobres. Has de saber, fraile carísimo, que la cortesía es una de las propiedades de Dios, el cual da su sol y su lluvia a los justos e injustos, por cortesía: y la cortesía es hermana de la caridad, que apaga el odio y conserva el amor. Puesto que he conocido en este buen hombre tanta virtud divina, gustosamente lo querría por compañero; y por eso quiero que volvamos un día a él, por si acaso Dios le tocara el corazón para querer acompañarnos en el servicio de Dios; y mientras tanto rogaremos a Dios que le ponga en el corazón este deseo y le dé gracia de llevarlo a efecto.
¡Cosa admirable! A los pocos días, después de que san Francisco hizo oración, Dios puso este deseo en el corazón de este noble; y san Francisco dijo al compañero: Vamos, hermano mío, a la casa del hombre cortés; porque tengo firme esperanza en Dios de que él, con la cortesía de las cosas temporales, se donará a sí mismo y será nuestro compañero. Y fueron. Y al llegar cerca de su casa, san Francisco dijo al compañero: Espérame un poco, porque quiero primero rogar a Dios que haga próspero nuestro camino; que la noble presa que pensamos arrebatar al mundo, se digne Jesucristo concedérnosla a nosotros, pobrecillos y débiles, por la virtud de su santísima pasión.
Y dicho esto, se puso en oración en un lugar donde pudiera ser visto por dicho hombre cortés; de modo que, como plugo a Dios, mirando aquel hombre acá y allá, vio a san Francisco estar devotísimamente en oración ante Cristo, el cual con gran claridad se le había aparecido en dicha oración y estaba delante de él; y al estar así vio que san Francisco era levantado corporalmente de la tierra por un buen espacio. Por lo cual fue tan tocado por Dios e inspirado a dejar el mundo, que al instante salió fuera de su palacio y con fervor de espíritu corrió hacia san Francisco; y llegando a él, que estaba en oración, se arrodilló a sus pies y con grandísima insistencia y devoción le rogó que le placiera recibirlo y hacer penitencia junto con él.
Entonces san Francisco, viendo que su oración era escuchada por Dios y que lo que deseaba, aquel noble lo pedía con gran insistencia, se levantó y con fervor y alegría de espíritu lo abrazó y besó, agradeciendo devotísimamente a Dios que hubiera añadido a su compañía un caballero semejante. Y decía aquel noble a san Francisco: ¿Qué mandas que haga, padre mío? He aquí que estoy dispuesto a tu mandato, y a dar a los pobres todo lo que poseo, y a seguir contigo a Cristo, así descargado de toda cosa temporal. Y así lo hizo, según el consejo de san Francisco, que distribuyó sus bienes a los pobres y entró en la Orden, y vivió en gran penitencia y santidad de vida, y de conversación honesta.
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