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Capítulo 18Del maravilloso capítulo que tuvo san Francisco en Santa María de los Ángeles, donde hubo más de cinco mil frailes

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 6 min de lectura

El fiel siervo de Cristo Francisco celebró una vez un capítulo general en Santa María de los Ángeles, en el cual capítulo se reunieron más de cinco mil frailes; y vino allí san Domingo, cabeza y fundamento de la Orden de los Frailes Predicadores, que entonces iba de Borgoña a Roma. Y oyendo de la congregación del capítulo que san Francisco hacía en el llano de Santa María de los Ángeles, fue a verla con siete frailes de su Orden. Estuvo también en dicho capítulo un cardenal devotísimo de san Francisco, a quien él había profetizado que llegaría a ser papa, y así fue; el cual cardenal había venido intencionadamente de Perugia, donde estaba la corte, a Asís; cada día venía a ver a san Francisco y a sus frailes, y algunas veces cantaba la misa y algunas veces hacía el sermón a los frailes en capítulo, y el dicho cardenal recibía grandísimo deleite y devoción cuando venía a visitar aquella santa asamblea.

Y viendo en aquel llano sentados alrededor de Santa María a los frailes, en grupos, aquí cuarenta, allí cien, allá ochenta juntos; todos ocupados en hablar de Dios, en oraciones, en lágrimas, en ejercicios de caridad; y estaban con tanto silencio y con tanta modestia que allí no se oía un ruido, ningún estrépito; y maravillándose de tanta multitud tan ordenada, con lágrimas y con gran devoción decía: Verdaderamente este es el campo y el ejército de los caballeros de Dios. No se oía en tanta multitud a nadie decir fábulas o chanzas; sino que, dondequiera que se reunía un grupo de frailes, o bien oraban, o bien decían el oficio, o lloraban sus pecados o los de sus bienhechores, o hablaban de la salvación de las almas.

Había en aquel campo techumbres de cañizos y esteras, dispuestos por grupos, según los hermanos de diversas provincias; y por eso se llamaba aquel Capítulo, el Capítulo de los cañizos, o de las esteras. Sus lechos eran el suelo mismo, y quien tenía un poco de paja; las almohadas eran piedras o maderos. Por esta razón, había tanta devoción hacia ellos en quienes los oían o veían, y tanta fama de su santidad, que de la Corte del Papa, que estaba entonces en Perugia, y de las otras tierras del Valle de Espoleto venían a verlos muchos condes, barones y caballeros, y otros nobles, y muchos plebeyos y cardenales, y obispos y abades con muchos otros clérigos, para ver aquella tan santa y grande congregación y humilde, que el mundo jamás tuvo, de tantos hombres santos juntos; y principalmente venían a ver al jefe y padre santísimo de aquella santa gente, que había arrebatado al mundo tan hermosa presa, y reunido tan hermoso y devoto rebaño, para seguir las huellas del verdadero Pastor Jesucristo.

Estando pues reunido todo el Capítulo General, el santo padre de todos y ministro general, san Francisco, en fervor de espíritu propone la palabra de Dios, y les predica en voz alta aquello que el Espíritu Santo le hacía decir; y como tema del sermón propuso estas palabras: Hijos míos, grandes cosas hemos prometido a Dios: mucho mayores son las prometidas a nosotros por Dios, observemos aquellas que le hemos prometido a él: y esperemos con certeza aquellas que nos son prometidas. Breve es el placer del mundo; el castigo que lo sigue es perpetuo; pequeño es el sufrimiento de esta vida, pero la gloria de la otra vida es infinita.

Y sobre estas palabras predicando devotísimamente, confortaba e inducía a los hermanos a la obediencia, y a la reverencia de la santa madre Iglesia, y a la caridad fraterna, a adorar a Dios por todo el pueblo, a tener paciencia en las adversidades del mundo, y templanza en la prosperidad, y mantener limpieza y castidad angelical, y a tener paz y concordia con Dios y con los hombres y con la propia conciencia, y amor y observancia de la santísima pobreza: Y allí dijo él: Yo mando, por mérito de la santa obediencia, a todos vosotros que estáis congregados aquí, que ninguno de vosotros se preocupe ni se inquiete de ninguna cosa de comer o de beber, o de cosas necesarias para el cuerpo, sino solamente ocuparse en orar y alabar a Dios; y toda la preocupación por vuestro cuerpo dejádsela a él, porque él tiene especial cuidado de vosotros.

Y todos cuantos recibieron este mandamiento con corazón alegre y con rostro feliz: y terminado el sermón de san Francisco, todos se pusieron en oración. De lo cual san Domingo, que estaba presente en todas estas cosas, se maravilló enormemente del mandamiento de san Francisco, y lo consideraba indiscreto; no pudiendo pensar cómo tanta multitud podría mantenerse sin tener ningún cuidado y preocupación por las cosas necesarias para el cuerpo. Pero el principal Pastor Cristo bendito, queriendo mostrar cómo él tiene cuidado de sus ovejas, y singular amor por sus pobres, inmediatamente inspiró a las gentes de Perugia, de Espoleto, de Foligno, de Spello, y de Asís, o de las otras tierras de alrededor, que llevaran de comer y de beber a aquella santa congregación.

Y he aquí que súbitamente llegan de las dichas tierras hombres con asnos, caballos, carros, cargados de pan y de vino, de habas y de queso, y de otras cosas buenas de comer, según lo que los pobres de Cristo necesitaban. Además de esto traían manteles, jarras, escudillas, vasos y otros recipientes que hacían falta para tanta multitud: y se consideraba dichoso quien más cosas pudiera llevar, o más solícitamente servir; tanto que incluso los caballeros, y los barones, y otros nobles, que venían a ver, con grande humildad y devoción les sirvieron delante. Por lo cual san Domingo, viendo estas cosas, y reconociendo verdaderamente que la providencia divina obraba en ellos, humildemente reconoció que había juzgado falsamente a san Francisco por un mandamiento indiscreto; y yendo delante de él, se arrodilló, y humildemente dijo su culpa, y añadió: Verdaderamente Dios tiene cuidado especial de estos santos pobrecitos, y yo no lo sabía: y yo de ahora en adelante prometo observar la santa pobreza evangélica; y maldigo de parte de Dios a todos los hermanos de mi Orden que en dicha Orden presumieren de tener algo propio.

Así que san Domingo quedó muy edificado por la fe del santísimo Francisco, y por la obediencia y la pobreza de tan grande y ordenado colegio, y por la providencia divina, y por la copiosa abundancia de todo bien. En ese mismo Capítulo se le dijo a san Francisco que muchos hermanos llevaban cilicios sobre la carne, y cinturones de hierro, por lo cual muchos enfermaban, de lo que morían, y muchos se veían impedidos para orar. De lo cual san Francisco, como padre discretísimo, mandó por la santa obediencia que quienquiera que tuviera cilicio o cinturón de hierro, se lo quitara y lo pusiera delante de él, y así lo hicieron; y fueron contados bien quinientos cilicios de hierro; y muchísimos más cinturones, tanto de brazos como de vientres; tanto que hicieron un gran montículo: y san Francisco hizo que los dejaran allí.

Después de terminado el capítulo, san Francisco confortándolos a todos en el bien, y enseñándoles cómo debían escapar sin pecado de este mundo malvado, con la bendición de Dios y la suya, los envió a sus provincias, todos consolados de alegría espiritual.

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