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Capítulo 49Cómo Cristo se apareció a fray Juan de la Verna

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 8 min de lectura

Entre los demás sabios y santos frailes e hijos de san Francisco, los cuales, según dice Salomón, son la gloria del padre, estuvo en nuestros tiempos, y en dicha provincia de la Marca, el venerable y santo fray Juan de Fermo, el cual por el largo tiempo que permaneció en el santo lugar de la Verna, y allí pasó de esta vida, se llamaba propiamente fray Juan de la Verna; porque fue hombre de vida singular y de gran santidad. Este fray Juan, siendo niño seglar, deseaba con todo el corazón el camino de la penitencia, la cual mantiene la pureza del cuerpo y del alma, por lo que siendo muy pequeño niño, comenzó a llevar la cota de malla y el cinturón de hierro sobre la carne, y a hacer gran abstinencia; y especialmente cuando vivía con los canónigos de San Pedro de Fermo, los cuales vivían espléndidamente, huía de las delicias corporales, y maceraba su cuerpo con gran rigor de abstinencia; pero teniendo en esto a los compañeros muy contrarios, los cuales le quitaban la cota, y su abstinencia de diversos modos impedían, él, inspirado por Dios, pensó dejar el mundo con sus amadores, y ofrecerse todo en los brazos del Crucificado, con el hábito del crucificado san Francisco, y así lo hizo.

Y siendo recibido en la Orden siendo niño, y encomendado al cuidado del maestro de novicios, se volvió tan espiritual y devoto que a veces oyendo al dicho maestro hablar de Dios, su corazón se derretía como la cera junto al fuego; y con tan grande suavidad de gracia se calentaba en el amor divino, que él, no pudiendo permanecer quieto para soportar tanta suavidad, se levantaba; y como ebrio de espíritu, corría ora por el huerto, ora por el bosque, ora por la iglesia, según la llama y el ímpetu del espíritu lo impulsaban. Luego con el paso del tiempo, la divina gracia continuamente hizo a este angélico hombre crecer de virtud en virtud, y en dones celestiales, divinas elevaciones y arrebatos; de manera que a veces su mente era elevada a los esplendores de los querubines, a veces a los ardores de los serafines, a veces a los gozos de los bienaventurados, a veces a los amorosos y excesivos abrazos de Cristo.

Y singularmente de modo excesivo una vez encendió su corazón la llama del divino amor, y duró en él esta llama bien tres años, en los cuales recibía maravillosas consolaciones y visitaciones divinas, y muy a menudo era arrebatado en Dios, y brevemente, dicho tiempo parecía todo inflamado y encendido del amor de Cristo: y esto fue en el monte santo de la Verna. Pero porque Dios tiene singular cuidado de sus hijos, dándoles, según diversos tiempos, ora consolación, ora tribulación, ora prosperidad, ora adversidad, según ve que les hace falta para mantenerse en humildad, o para encender más su deseo hacia las cosas celestiales; plugo a la divina bondad, después de los tres años, retirar del dicho fray Juan este rayo y esta llama del divino amor, y privarlo de toda consolación espiritual.

Por lo cual fray Juan quedó sin luz y sin amor de Dios, y todo desconsolado y afligido y dolorido. Por lo que él, tan angustiado, se iba por el bosque corriendo de aquí para allá, llamando con voz y con llantos y con suspiros al amado esposo de su alma, el cual se había escondido y apartado de él, y sin cuya presencia su alma no encontraba quietud ni reposo: pero en ningún lugar, ni de ningún modo podía hallar al dulce Jesús, ni volver a toparse con aquellos suavísimos gustos espirituales del amor de Cristo, como estaba acostumbrado. Y le duró esta tribulación por muchos días; en los cuales perseveró en continuo llorar y suspirar; y en rogar a Dios que le devolviera por su piedad al amado esposo de su alma.

Al final, cuando plugo a Dios haber probado bastante su paciencia y encendido su deseo, un día en que fray Juan andaba por dicha selva tan afligido y atribulado, por cansancio se puso a sentarse, arrimándose a un haya, y estaba con la cara toda bañada en lágrimas mirando hacia el cielo; he aquí que súbitamente apareció Jesucristo cerca de él en el sendero por donde ese fray Juan había venido, pero no decía nada. Viéndolo fray Juan y reconociendo bien que era Cristo, inmediatamente se arrojó a sus pies, y con desmesurado llanto lo rogaba humildísimamente, y decía: Socórreme, Señor mío, que sin ti, Salvador mío dulcísimo, estoy en tinieblas y en llanto; sin ti, Cordero mansísimo, estoy en angustias y en penas y en miedo; sin ti, Hijo de Dios altísimo, estoy en confusión y en vergüenza: sin ti, estoy despojado de todo bien y cegado, porque tú eres Jesucristo, verdadera luz de las almas: sin ti, estoy perdido y condenado, porque tú eres vida de las almas, y vida de las vidas; sin ti, estoy estéril y árido, porque tú eres fuente de todo don y de toda gracia, sin ti, estoy del todo desconsolado, porque tú eres Jesús nuestra redención, amor y deseo, pan reconfortante y vino que alegra los corazones de los ángeles y los corazones de todos los santos; ilumíname, maestro graciosísimo y pastor piadosísimo; porque soy tu oveja, aunque indigna sea.

Pero como el deseo de los santos varones, que Dios tarda en escuchar, los enciende en mayor amor y mérito; Cristo bendito se aleja sin escucharlo y sin hablarle nada, y se va por dicho sendero. Entonces fray Juan se levanta y corre tras él, y de nuevo se arroja a sus pies, y con una santa importunidad lo retiene, y con devotísimas lágrimas lo ruega, y dice: oh Jesucristo dulcísimo, ten misericordia de mí atribulado; escúchame por la multitud de tu misericordia y por la verdad de tu salvación, y devuélveme la alegría de tu rostro y de tu piadosa mirada, porque de tu misericordia está llena toda la tierra.

Y Cristo todavía se aleja, y no le habla nada, ni le da consuelo alguno; y hace como la madre con el niño, cuando lo hace desear el pecho y se lo hace venir detrás llorando para que luego lo tome con más ganas. Por lo que fray Juan todavía, con mayor fervor y deseo sigue a Cristo: y cuando llegó hasta él, Cristo bendito se volvió hacia él y lo miró con rostro alegre y gracioso; y abriendo sus santísimos y misericordiosísimos brazos, lo abrazó dulcísimamente: y en aquella apertura de los brazos, vio fray Juan salir del sacratísimo pecho del Salvador rayos de luz resplandeciente, que iluminaban toda la selva, y también a él en el alma y en el cuerpo.

Entonces fray Juan se arrodilló a los pies de Cristo y Jesús bendito, como a la Magdalena, le ofreció el pie benignamente para besar; y fray Juan tomándolo con suma reverencia, lo bañó de tantas lágrimas, que verdaderamente parecía otra Magdalena, y decía devotamente: Te ruego, Señor mío, que no mires a mis pecados, sino que por tu santísima pasión y por el derramamiento de tu santísima Sangre preciosa, resucites mi alma en la gracia de tu amor; puesto que este es tu mandamiento, que te amemos con todo el corazón y con todo el afecto; mandamiento que nadie puede cumplir sin tu ayuda. Ayúdame pues, amantísimo Hijo de Dios, para que te ame con todo mi corazón y con todas mis fuerzas.

Y estando así fray Juan en este hablar a los pies de Cristo, fue por él escuchado, y recobró de él la primera gracia, esto es, la llama del divino amor, y todo se sintió consolado y renovado; reconociendo que el don de la divina gracia había regresado en él, comenzó a dar gracias a Cristo bendito y a besar devotamente sus pies. Y luego alzándose para mirar a Cristo en la cara, Jesucristo le extendió y le ofreció sus manos santísimas para besar: y besadas que fray Juan las hubo, se aproximó y se acercó al pecho de Jesús, y lo abrazó y lo besó; y Cristo igualmente lo abrazó y lo besó a él. Y en este abrazar y besar, fray Juan sintió tanto olor divino, que si todas las especias olorosas y todas las cosas olorosas del mundo hubieran estado reunidas juntas, habrían parecido un hedor en comparación de aquel olor; y en él fray Juan fue arrebatado y consolado e iluminado; y le duró aquel olor en su alma muchos meses.

Y desde entonces, de su boca abrevada en la fuente de la divina sabiduría en el sacrado pecho del Salvador, salían palabras maravillosas y celestiales, que transformaban los corazones, pues en quien las oía hacían gran fruto para el alma. Y en el sendero de la selva, en el cual estuvieron los benditos pies de Cristo y por un buen espacio alrededor, sentía fray Juan aquel olor y veía aquel resplandor siempre que iba allí por largo tiempo después. Volviendo en sí fray Juan después de aquel rapto y desapareciendo la presencia corporal de Cristo, quedó tan iluminado en el alma, en el abismo de su divinidad, que aunque no era hombre letrado por estudio humano, sin embargo maravillosamente resolvía y declaraba las sutilísimas cuestiones y altas de la Trinidad divina, y los profundos misterios de la Santa Escritura.

Y muchas veces después, hablando delante del Papa, y de los cardenales, y de reyes y barones y maestros y doctores, a todos los ponía en gran estupor, por las altas palabras y profundísimas sentencias que decía.

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