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Capítulo 53Cómo, diciendo misa, fray Juan de la Verna cayó como si estuviera muerto

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 5 min de lectura

Al dicho fray Juan, en el antes mencionado lugar de Moliano, según contaron los hermanos que estaban presentes, le sucedió una vez este caso admirable: la primera noche después de la octava de san Lorenzo, y dentro de la octava de la Asunción de nuestra Señora, habiendo dicho los maitines en la iglesia con los otros hermanos, y sobreviniendo en él la unción de la divina gracia, se fue al huerto a contemplar la pasión de Cristo y a disponerse con toda su devoción a celebrar la misa que le tocaba cantar por la mañana. Y estando en contemplación de las palabras de la consagración del cuerpo de Cristo, es decir, considerando la infinita caridad de Cristo, por la cual quiso redimirnos no solo con su sangre preciosa sino también dejarnos como alimento del alma su dignísimo cuerpo y sangre, comenzó a crecerle tanto fervor y tanta suavidad del amor del dulce Jesús que ya no podía soportar más su alma, tanta dulzura sentía; sino que gritaba fuerte y, como ebrio de espíritu, dentro de sí mismo no dejaba de decir «Hoc est Corpus meum»; porque al decir estas palabras le parecía ver a Cristo bendito con la Virgen María y con multitud de ángeles, y al decir esto era iluminado por el Espíritu Santo de todos los profundos y altos misterios de aquel altísimo sacramento.

Y hecha el alba, entró en la iglesia con aquel fervor de espíritu y con aquella ansiedad y con aquel decir, no creyendo ser oído ni visto por persona alguna; pero en el coro había algún hermano en oración que lo veía y oía todo. Y no pudiendo contenerse en aquel fervor por la abundancia de la divina gracia, gritaba en voz alta, y estuvo tanto tiempo de este modo que fue hora de decir la misa; por lo que fue a revestirse al altar. Y comenzando la misa, cuanto más procedía adelante, tanto más le crecía el amor de Cristo y aquel fervor de la devoción, con el cual se le daba un sentimiento de Dios inefable, que él mismo no sabía ni podía luego expresar con la lengua.

Temiendo entonces que aquel fervor y aquel sentimiento de Dios creciesen tanto que tuviese que interrumpir la misa, se encontró en gran perplejidad y no sabía qué decisión tomar: si continuar adelante con la misa o detenerse a esperar. Pero como en otra ocasión le había ocurrido un caso semejante, y el Señor había templado aquel fervor de tal modo que no había tenido que abandonar la misa, confiando en poder hacerlo así esta vez, con gran temor se dispuso a seguir adelante en la misa. Pero al llegar al Prefacio de nuestra Señora, empezó a crecer tanto la divina iluminación y la graciosa suavidad del amor de Dios que, llegando al Qui pridie, apenas podía soportar tanta suavidad y dulzura.

Finalmente, al llegar al acto de la consagración, habiendo dicho la mitad de las palabras sobre la hostia, es decir, Hoc est, no podía de ningún modo seguir adelante, sino que repetía solamente estas mismas palabras, es decir, Hoc est enim. Y la razón por la que no podía continuar era que sentía y veía la presencia de Cristo con multitud de ángeles, cuya majestad no podía soportar; y veía que Cristo no entraba en la hostia, o que la hostia no se transubstanciaba en el cuerpo de Cristo, si él no pronunciaba la otra mitad de las palabras, es decir, corpus meum. Estando él en esta angustia y sin avanzar más, el guardián y los otros frailes, e incluso muchos seglares que estaban en la iglesia oyendo misa, se acercaron al altar y permanecían asustados viendo y considerando los gestos de fray Juan; y muchos de ellos lloraban de devoción.

Al final, tras mucho tiempo, es decir, cuando le plugo a Dios, fray Juan pronunció enim corpus meum en voz alta; y de inmediato la forma del pan se desvaneció, y en la hostia apareció Jesucristo bendito encarnado y glorificado; y le mostró la humildad y la caridad que le hicieron encarnarse de la Virgen María, y que le hacen venir cada día a las manos del sacerdote cuando consagra la hostia. Por ello fue elevado aún más en dulzura de contemplación. Y cuando hubo alzado la hostia y el cáliz consagrado, quedó arrebatado fuera de sí mismo; y estando el alma suspendida de los sentidos corporales, su cuerpo cayó hacia atrás; y si no hubiera sido sostenido por el guardián, que estaba detrás de él, habría caído de espaldas al suelo.

Entonces, acudiendo los frailes y los seglares que estaban en la iglesia, hombres y mujeres, fue llevado a la sacristía como muerto, pues su cuerpo estaba frío y los dedos de las manos tan contraídos que apenas se podían extender o mover. Y de este modo permaneció desmayado, o arrebatado, hasta la hora tercia, y era verano. Y como yo, que estuve presente en esto, deseaba mucho saber lo que Dios había obrado en él, en cuanto volvió en sí fui a verlo y le rogué por la caridad de Dios que me contase todo. Entonces él, porque confiaba mucho en mí, me lo relató todo por orden, y entre otras cosas que me dijo estaba que, al contemplar el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, su corazón se había vuelto líquido como cera muy derretida, y su carne le parecía sin huesos, de tal modo que casi no podía levantar los brazos ni las manos para hacer la señal de la cruz sobre la hostia ni sobre el cáliz.

También me dijo que antes de hacerse sacerdote, Dios le había revelado que iba a desvanecerse en la misa; pero como ya había celebrado muchas misas y aquello no le había sucedido, pensaba que la revelación no había sido de Dios. Y sin embargo, unos cincuenta días antes de la Asunción de nuestra Señora, en la cual le ocurrió el caso mencionado, Dios le había revelado de nuevo que aquel suceso iba a ocurrirle en torno a dicha fiesta de la Asunción; pero después no se acordaba de dicha visión o revelación que le había hecho nuestro Señor.

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