Clasicalia
InicioLas florecillas de san FranciscoCapítulo 27
27 / 53

Capítulo 27Cómo san Francisco convirtió en Bolonia a dos estudiantes, y se hicieron frailes; y, luego a uno de ellos le quitó de encima una gran tentación

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Llegando una vez san Francisco a la ciudad de Bolonia, todo el pueblo de la ciudad corría para verlo; y era tan grande el gentío, que la gente a duras penas podía llegar a la plaza; y estando toda llena la plaza de hombres, y de mujeres, y de estudiantes, y san Francisco se sube en medio del lugar, en alto, y comienza a predicar aquello que el Espíritu Santo le enseñaba y predicaba; tan maravillosamente, que parecía que predicase más un ángel que un hombre; y parecían sus palabras celestiales, a modo de saetas agudas, las cuales traspasaban así el corazón de los que lo escuchaban, que en aquella predicación gran multitud de hombres y de mujeres se convirtió a penitencia.

Entre los cuales hubo dos nobles estudiantes de la Marca de Ancona; y el uno tenía por nombre Peregrino, el otro Rainiero: los cuales dos por dicha predicación tocados en el corazón por la divina inspiración, vinieron a san Francisco, diciendo que sin falta querían abandonar el mundo, y ser de sus frailes. Entonces san Francisco, conociendo por revelación que estos eran enviados por Dios, y que en la Orden debían llevar vida santa, y considerando su gran fervor, los recibió alegremente, diciendo: Tú Peregrino, sigue en la Orden el camino de la humildad, y tú fray Rainiero, sirve a los frailes, y así fue; porque fray Peregrino nunca quiso ir como clérigo, sino como lego, aunque era muy letrado, y gran decretista; por la cual humildad llegó a gran perfección de virtud, tanto que fray Bernardo primogénito de san Francisco dijo de él; que era uno de los frailes más perfectos de este mundo.

Y finalmente el dicho fray Peregrino lleno de virtud, pasó de esta vida a la bienaventurada, con muchos milagros antes de la muerte y después. Y dicho fray Rainiero devota y fielmente servía a los frailes, viviendo en gran santidad y humildad; y llegó a ser muy cercano a san Francisco. Siendo después hecho ministro de la Provincia de la Marca de Ancona, la rigió gran tiempo en grandísima paz y discreción. Después de algún tiempo, Dios le permitió una grandísima tentación en su alma; por lo cual tribulado y angustiado, fuertemente se afligía con ayunos, con disciplinas, con lágrimas y oraciones, de día y de noche; y no podía sin embargo echar esa tentación; sino que a menudo estaba en gran desesperación, porque por ella se consideraba abandonado por Dios.

Estando en esta desesperación, como último remedio se decidió a ir a san Francisco, pensando: «Si san Francisco me muestra buen rostro y me demuestra familiaridad como acostumbra, creeré que Dios todavía tendrá piedad de mí; pero si no, será señal de que estaré abandonado por Dios». Se puso en camino, pues, y fue a san Francisco, que en aquel tiempo se encontraba en el palacio del obispo de Asís, gravemente enfermo; y Dios le reveló todo el modo de la tentación y la disposición de dicho fray Rinieri, así como su llegada. E inmediatamente san Francisco llamó a fray Leone y a fray Masseo, y les dijo: «Id pronto al encuentro de mi queridísimo hijo fray Rinieri, abrazadlo de mi parte y saludadlo, y decidle que entre todos los frailes que hay en el mundo, yo lo amo singularmente».

Fueron estos, y encontraron por el camino a fray Rinieri, y lo abrazaron diciéndole lo que san Francisco les había encomendado. De donde tanta consolación y dulzura le vino al alma, que casi salió de sí; y dando gracias a Dios con todo el corazón, fue y llegó al lugar donde san Francisco yacía enfermo. Y aunque san Francisco estaba gravemente enfermo, sin embargo, al sentir venir a fray Rinieri, se levantó y le salió al encuentro, y lo abrazó dulcísimamente, y le dijo: «Hijo mío queridísimo, fray Rinieri, entre todos los frailes que hay en el mundo, yo te amo, te amo singularmente»; y dicho esto le hizo la señal de la santísima cruz en la frente y allí lo besó; y luego le dijo: «Hijo queridísimo, esta tentación te la ha permitido Dios para tu gran ganancia de mérito; pero si no quieres más esta ganancia, no la tengas».

¡Cosa maravillosa! Que tan pronto como san Francisco hubo dicho estas palabras, súbitamente se apartó de él toda tentación, como si nunca en su vida la hubiera sentido en absoluto, y quedó todo consolado.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/las-florecillas/texto/capitulo-27-como-san-francisco-convirtio-en-bolonia-a-dos-estudiantes-y/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Las florecillas de san Francisco» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.