Capítulo 32Cómo fray Maseo obtuvo de Cristo la virtud de la humildad
Los primeros compañeros de san Francisco con todo su esfuerzo se empeñaban en ser pobres de las cosas terrenas, y ricos de virtudes, por las cuales se llega a las verdaderas riquezas celestiales y eternas. Sucedió un día que, estando ellos reunidos para hablar de Dios, uno de ellos dijo este ejemplo: Hubo uno que era gran amigo de Dios, y tenía gran gracia de vida activa y contemplativa, y con esto tenía tan excesiva humildad, que se consideraba grandísimo pecador: humildad que lo santificaba y confirmaba en gracia, y lo hacía crecer continuamente en virtudes y en dones de Dios, y nunca lo dejaba caer en pecado. Oyendo fray Maseo cosas tan maravillosas de la humildad, y reconociendo que ella era un tesoro de vida eterna, comenzó a estar tan inflamado de amor y de deseo de esta virtud de la humildad, que en gran fervor levantando el rostro al Cielo, hizo voto y propósito firmísimo de no alegrarse nunca en este mundo, hasta que sintiera perfectamente la mencionada virtud en su alma; y desde entonces se quedaba casi continuamente encerrado en su celda, macerándose con ayunos, vigilias, oraciones y grandísimos llantos delante de Dios, para obtener de él esta virtud, sin la cual se consideraba digno del infierno, y de la cual aquel amigo de Dios que había oído mentar estaba tan dotado.
Y permaneciendo fray Maseo muchos días con este deseo, sucedió que un día entró en el bosque, y con fervor de espíritu andaba por él derramando lágrimas, suspiros y voces, pidiendo a Dios con ferviente deseo esta virtud divina; y porque Dios escucha con agrado las oraciones de los humildes contritos, estando así fray Maseo, vino una voz del cielo que lo llamó dos veces: fray Maseo, fray Maseo; y él, reconociendo por inspiración que aquella era la voz de Cristo, respondió: Señor mío. Y Cristo le dijo: ¿Qué quieres dar por tener esta gracia que pides? Responde fray Maseo: Señor, quiero dar los ojos de mi cabeza; y Cristo le dijo: Y yo quiero que tengas la gracia, y también los ojos; y dicho esto, la voz desapareció.
Fray Maseo quedó lleno de tanta gracia de la deseada virtud de la humildad y de la luz de Dios, que desde entonces estuvo siempre en júbilo; y muchas veces cuando oraba hacía un júbilo en forma de un sonido, a modo de paloma, sordo, U U U; y con rostro alegre y corazón gozoso permanecía así en contemplación, y con esto, habiéndose vuelto humildísimo, se consideraba menor que todos los hombres del mundo. Preguntado por fray Jacobo de Fallerone por qué en su júbilo no cambiaba de tono, respondió con gran alegría que cuando en una cosa se encuentra todo bien, no es necesario cambiar de tono.
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