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Capítulo 19Cómo de la viña del sacerdote de Rieti, en cuya casa oró san Francisco, por la mucha gente que venía a él fueron arrancadas y recogidas las uvas; y después milagrosamente dio más vino que nunca, como san Francisco le había prometido. Y cómo Dios reveló a san Francisco que tendría el paraíso a su partida

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 4 min de lectura

Estando una vez san Francisco gravemente enfermo de los ojos, Ugolino cardenal protector de la Orden, por la gran ternura que sentía por él, le escribió que fuera a él a Rieti, donde había excelentes médicos de ojos. Entonces san Francisco, recibida la carta del cardenal, se fue primero a san Damián, donde estaba santa Clara devotísima esposa de Cristo, para darle algún consuelo, y después ir al cardenal. Estando allí san Francisco, la noche siguiente empeoró tanto de los ojos, que no veía punto de luz; por lo cual no pudiendo partir; santa Clara le hizo una celdilla de cañas, en la cual pudiera reposarse mejor. Pero san Francisco, tanto por el dolor de la enfermedad, como por la multitud de ratones, que le causaban grandísima molestia, no podía reposar en absoluto, ni de día ni de noche.

Y soportando más de aquella pena y tribulación, comenzó a pensar y a reconocer que aquello era un flagelo de Dios por sus pecados; y comenzó a dar gracias a Dios con todo el corazón y con la boca, y después gritaba en alta voz, y decía: Señor mío, soy digno de esto, y de mucho peor. Señor mío Jesucristo, Pastor bueno, que a nosotros pecadores has puesto tu misericordia en diversas penas y angustias corporales, concede gracia y virtud a mí tu ovejita, para que por ninguna enfermedad y angustia, o dolor yo me aparte de ti. Y en esta oración le vino una voz del cielo, que decía: Francisco respóndeme: Si toda la tierra fuera oro, y todos los mares y fuentes y ríos fueran bálsamo, y todos los montes y las colinas y las piedras fueran piedras preciosas; y tú encontraras otro tesoro más noble que estas cosas, cuanto el oro es más noble que la tierra, y el bálsamo que el agua, y las piedras preciosas más que los montes y las piedras, y te fuera dado por esta enfermedad aquel más noble tesoro, ¿no deberías tú estar bien contento, y bien alegre?

San Francisco responde: «Señor, no soy digno de un tesoro tan precioso». Y la voz de Dios le decía: «Alégrate, Francisco, porque ese es el tesoro de la vida eterna que te tengo guardado, y desde ahora te invisto con él; y esta enfermedad y aflicción es la garantía de ese tesoro bendito». Entonces san Francisco llamó al compañero, con grandísima alegría por tan gloriosa promesa, y dijo: «Vayamos donde el cardenal». Y después de consolar primero a santa Clara con santas palabras y despedirse humildemente de ella, emprendió el camino hacia Rieti. Y cuando llegó cerca, tanta multitud de gente le salió al encuentro que por eso no quiso entrar en la ciudad; sino que se fue a una iglesia que estaba cerca de la ciudad, quizá a dos millas.

Sabiendo los ciudadanos que estaba en dicha iglesia, corrían tanto a su alrededor para verlo, que la viña de esa iglesia se echó toda a perder, y las uvas fueron todas recogidas. Por lo cual el sacerdote se dolía mucho en su corazón y se arrepentía de haber recibido a san Francisco en su iglesia. Siendo revelado a san Francisco por Dios el pensamiento del sacerdote, lo hizo llamar y le dijo: «Padre querísimo, ¿cuántas cargas de vino te da esta viña al año, cuando te da mejor?». Respondió: «Doce cargas». Dice san Francisco: «Te ruego, padre, que soportes pacientemente mi estancia aquí algunos días, porque encuentro mucho sosiego aquí; y deja que cada persona tome de las uvas de esta tu viña, por amor de Dios y de mí, pobrecillo; y yo te prometo de parte de mi Señor Jesucristo que te dará cada año veinte cargas». Y esto hacía san Francisco quedándose allí por el gran fruto de almas que se veía hacer con las gentes que venían; de las cuales muchas se marchaban embriagadas del divino amor y abandonaban el mundo.

Se confió el sacerdote en la promesa de san Francisco y dejó libremente la viña a quienes venían a él. ¡Cosa maravillosa! La viña fue del todo estropeada y recogida, de modo que apenas quedaron algunos racimos de uvas. Llega el tiempo de la vendimia, y el sacerdote recoge tales racimos y los pone en el lagar y pisa, y según la promesa de san Francisco, recoge veinte cargas de vino excelente. En este milagro se dio a entender manifiestamente que, así como por mérito de san Francisco la viña despojada de uvas abundó en vino, así el pueblo cristiano, estéril de virtud por el pecado, por los méritos y doctrina de san Francisco muchas veces abundaba en buenos frutos de penitencia.

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