Capítulo 17Cómo un niño frailecito, orando san Francisco de noche, vio a Cristo y a la Virgen María y a muchos otros santos hablar con él
Un niño muy puro e inocente fue recibido en la Orden, viviendo san Francisco; y estaba en un lugar pequeño en el cual los frailes por necesidad dormían en catres. Vino una vez san Francisco al dicho lugar, y por la tarde, dichas completas, se fue a dormir para poder levantarse de noche a orar cuando los otros frailes durmieran, como él tenía costumbre de hacer. El dicho niño se puso en el corazón espiar solícitamente los caminos de san Francisco para poder conocer su santidad, y especialmente poder saber lo que hacía de noche cuando se levantaba. Y para que el sueño no lo engañara, aquel niño se puso a dormir al lado de san Francisco y ató su cuerda con la de san Francisco para sentirlo cuando se levantara: y de esto san Francisco no sintió nada.
Mas de noche, en el primer sueño, cuando todos los otros frailes dormían, se levantó y encontró su cuerda así atada; y la desató suavemente para que el niño no se diera cuenta, y se fue san Francisco solo al bosque que estaba cerca del lugar, y entró en una celdita que había allí y se puso en oración. Después de algún tiempo se despierta el niño, y encontrando la cuerda desatada y san Francisco levantado, se levantó él también y fue a buscarlo: y encontrando abierta la puerta por donde se iba al bosque, pensó que san Francisco había ido allá, y entró él en el bosque. Y llegando cerca del lugar donde san Francisco oraba, comenzó a oír un gran hablar; y acercándose más para ver y entender lo que oía, se le apareció una luz admirable que rodeaba a san Francisco, y en ella vio a Cristo y a la Virgen María y a san Juan Bautista y al Evangelista, y grandísima multitud de ángeles que hablaban con san Francisco.
Viendo esto el niño y oyendo, cayó en tierra desmayado; luego, terminado el misterio de aquella santa aparición, y volviendo san Francisco al lugar, encontró al dicho niño con el pie, yaciendo como muerto; y por compasión lo levantó y lo tomó en brazos, como hace el buen pastor con sus ovejas. Y luego, sabiendo de él cómo había visto dicha visión, le mandó que no lo dijera jamás a persona alguna, mientras él viviera. El niño luego, creciendo en gran gracia de Dios y devoción de san Francisco, fue hombre valiente en la Orden; y él, después de la muerte de san Francisco, reveló a los frailes la dicha visión.
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