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Capítulo 2De fray Bernardo de Quintavalle, primer compañero de san Francisco

Las florecillas de san Francisco · Anónimo del siglo XIV · 6 min de lectura

El primer compañero de san Francisco fue fray Bernardo de Asís, que se convirtió de este modo. Estando Francisco todavía con hábito secular, aunque ya había despreciado el mundo y andaba completamente menospreciado y mortificado por la penitencia, hasta el punto de que muchos lo consideraban necio, y como loco era escarnecido y ahuyentado con piedras y con insultos por los parientes y por los extraños, y él pasaba por toda injuria y escarnio con paciencia, como sordo y mudo: Bernardo de Asís, que era de los más nobles y de los más ricos y de los más sabios de la ciudad, comenzó a considerar sabiamente en san Francisco el tan excesivo desprecio del mundo, la gran paciencia en las injurias, que ya durante dos años, siendo así aborrecido y despreciado por todas las personas, siempre parecía más constante: comenzó a pensar y a decirse a sí mismo: De ningún modo puede ser que este fraile no tenga gran gracia de Dios; y lo invitó por la tarde a cenar y a alojarse, y san Francisco aceptó, y cenó por la tarde con él y se alojó.

Y entonces Bernardo se propuso en su corazón contemplar su santidad, por lo cual le hizo preparar una cama en su propia habitación, en la que por la noche siempre ardía una lámpara. Y san Francisco, para ocultar su santidad, inmediatamente después de entrar en la habitación, se echó en la cama e hizo como que dormía; y Bernardo igualmente, después de un rato, se puso a yacer y comenzó a roncar fuerte, como si durmiera muy profundamente. De esto san Francisco, creyendo verdaderamente que Bernardo dormía, en el primer sueño se levantó de la cama y se puso en oración, levantando los ojos y las manos al cielo; y con grandísima devoción y fervor decía: «Dios mío, Dios mío».

Y así diciendo, y llorando fuertemente, estuvo hasta el amanecer, siempre repitiendo: «Dios mío, Dios mío», y nada más; y esto lo decía san Francisco contemplando y admirando la excelencia de la divina majestad, que se dignaba condescender al mundo que perecía, y por su Francisco pobrecillo disponía poner remedio de salvación de su alma y de los otros. Y por eso, iluminado por el Espíritu Santo o por espíritu profético, previendo las grandes cosas que Dios debía hacer por él y su orden, y considerando su insuficiencia y poca virtud, llamaba y rogaba a Dios que con su piedad y omnipotencia, sin la cual nada puede la humana fragilidad, supliera, ayudara y completara aquello que por sí no podía.

Viendo Bernardo, por la luz de la lámpara, los devotísimos actos de san Francisco, y considerando devotamente las palabras que decía, fue tocado e inspirado por el Espíritu Santo a cambiar su vida; por lo cual, llegada la mañana, llamó a san Francisco y dijo así: «Fray Francisco, he decidido totalmente en mi corazón abandonar el mundo y seguirte en aquello que me mandes». Oyendo esto san Francisco, se alegró en espíritu y dijo así: «Bernardo, esto que dices es obra tan grande y difícil, que sobre esto se debe pedir consejo a nuestro Señor Jesucristo y rogarle que le plazca mostrarnos sobre esto su voluntad y enseñarnos cómo podemos poner esto en ejecución; y por tanto vamos juntos al obispado, donde hay un buen sacerdote, y haremos decir la misa; luego permaneceremos en oración hasta tercia, rogando a Dios que en tres aperturas del misal nos muestre el camino que le place que elijamos».

Respondió Bernardo que esto le placía mucho. De modo que entonces se pusieron en marcha y fueron al obispado; y después de que hubieron oído la misa y permanecido en oración hasta tercia, el sacerdote, a ruegos de san Francisco, tomó el misal y, hecha la señal de la santísima cruz, lo abrió en el nombre de nuestro Señor Jesucristo tres veces: y en la primera apertura apareció aquella palabra que Cristo dijo en el Evangelio al joven que le preguntó sobre el camino de la perfección: «Si quieres ser perfecto, ve y vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, y sígueme»; en la segunda apertura apareció aquella palabra que Cristo dijo a los apóstoles cuando los envió a predicar: «No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni calzado, ni dinero»; queriendo con esto enseñarles que toda su esperanza de vivir debían ponerla en Dios, y tener toda su intención en predicar el santo Evangelio; en la tercera apertura del misal apareció aquella palabra que Cristo dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que se abandone a sí mismo, y tome su cruz, y me siga».

Entonces dijo san Francisco a Bernardo: «He aquí el consejo que Cristo nos da: ve pues y cumple completamente lo que has oído; y bendito sea nuestro Señor Jesucristo, que se ha dignado mostrarnos su vida evangélica». Oído esto, se marchó Bernardo y vendió cuanto tenía, y era muy rico; y con gran alegría distribuyó todo a viudas, huérfanos, prisioneros, monasterios, hospitales y peregrinos; y en todo san Francisco fiel y providentemente lo ayudaba. Y viendo uno, que se llamaba Silvestre, que san Francisco daba tantos dineros a los pobres y hacía dar, movido por la avaricia dijo a san Francisco: «Tú no me pagaste enteramente por aquellas piedras que compraste de mí para reparar la iglesia; y por tanto, ahora que tienes dinero, págame».

Entonces san Francisco, maravillándose de su avaricia y no queriendo contender con él, como verdadero observante del santo Evangelio, metió las manos en el regazo de Bernardo, y llenas las manos de dinero, las puso en el regazo de Silvestre, diciendo que si quería más, más le daría. Contento Silvestre con aquello, se marchó y regresó a casa; y por la tarde, repensando en lo que había hecho durante el día, y reprendiéndose de su avaricia, considerando el fervor de Bernardo y la santidad de san Francisco, la noche siguiente y otras dos noches tuvo de Dios una tal visión, que de la boca de san Francisco salía una cruz de oro cuya cima tocaba el cielo, y los brazos se extendían desde el Oriente hasta el Occidente.

Por esta visión él dio por amor de Dios todo cuanto tenía, y se hizo fray Menor, y fue en la Orden de tanta santidad y gracia, que hablaba con Dios como hace un amigo con otro, según san Francisco comprobó muchas veces; y más adelante se declarará. Bernardo igualmente tuvo tanta gracia de Dios, que a menudo era arrebatado en contemplación hacia Dios: y san Francisco decía de él que era digno de toda reverencia, y que él había fundado esta Orden; porque él fue el primero que había abandonado el mundo, sin reservarse nada, sino dando toda cosa a los pobres de Cristo; y comenzando la pobreza evangélica ofreciéndose desnudo en los brazos del Crucificado; el cual sea por nosotros bendito por los siglos de los siglos. Amén.

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