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Capítulo 9Lo que sobrevino a Cunegunda, a Cándido, al gran inquisidor y a un judío

Cándido · Voltaire · 2 min de lectura

Este Isacar era el hebreo más colérico que se había visto en Israel desde la cautividad de Babilonia. «¡Cómo!», dijo, «perra de galilea, ¿no te basta con el señor inquisidor? ¿Es necesario que este canalla también comparta conmigo?». Mientras decía esto saca un largo puñal del que siempre iba provisto, y, no creyendo que su adversario tuviera armas, se lanza sobre Cándido; pero nuestro buen vestfaliano había recibido de la vieja una hermosa espada junto con el traje completo. Desenvaina su espada, aunque tenía un carácter muy dulce, y tiende al israelita muerto y rígido sobre las baldosas, a los pies de la hermosa Cunegunda.

«¡Santa Virgen!», exclamó ella, «¿qué va a ser de nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, estamos perdidos». «Si Pangloss no hubiera sido ahorcado», dijo Cándido, «nos daría un buen consejo en esta situación extrema, pues era un gran filósofo. A falta de él, consultemos a la vieja». Ella era muy prudente, y empezaba a dar su opinión cuando se abrió otra pequeña puerta. Era la una de la madrugada, el comienzo del domingo.

Ese día pertenecía a monseñor el inquisidor. Entra y ve a Cándido, el azotado, con la espada en la mano, un muerto tendido en el suelo, Cunegunda aterrada, y la vieja dando consejos.

He aquí en ese momento lo que pasó por el alma de Cándido, y cómo razonó: «Si este santo varón pide socorro, me hará quemar sin falta, podrá hacer lo mismo con Cunegunda; me ha hecho azotar sin piedad; es mi rival; estoy en trance de matar; no hay que vacilar». Este razonamiento fue claro y rápido; y, sin dar tiempo al inquisidor de reponerse de su sorpresa, lo atraviesa de parte a parte, y lo arroja junto al judío.

«¡Pues esto sí que es grave!», dijo Cunegunda; «ya no hay remisión; estamos excomulgados, nuestra última hora ha llegado. ¿Cómo habéis hecho vos, que nacisteis tan dulce, para matar en dos minutos a un judío y a un prelado?». «Mi bella señorita», respondió Cándido, «cuando uno está enamorado, celoso y azotado por la inquisición, ya no se conoce a sí mismo».

La vieja tomó entonces la palabra, y dijo: «Hay tres caballos andaluces en la cuadra, con sus sillas y sus bridas, que el valiente Cándido los prepare; la señora tiene doblones y diamantes, montemos rápidamente a caballo, aunque yo solo pueda sostenerme sobre una nalga, y vayamos a Cádiz; hace el mejor tiempo del mundo, y es un gran placer viajar durante el frescor de la noche».

Inmediatamente Cándido ensilla los tres caballos; Cunegunda, la vieja y él recorren treinta millas de un tirón. Mientras se alejaban, la santa hermandad llega a la casa, se entierra a monseñor en una hermosa iglesia, se arroja a Isacar al estercolero.

Cándido, Cunegunda y la vieja ya estaban en la pequeña ciudad de Avacena, en medio de las montañas de Sierra Morena; y hablaban así en una taberna.

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