Clasicalia
InicioCándidoCapítulo 13
13 / 30

Capítulo 13Cómo Cándido se vio obligado a separarse de la hermosa Cunegunda y de la vieja

Cándido · Voltaire · 4 min de lectura

La bella Cunegunda, después de escuchar la historia de la anciana, le hizo todas las cortesías que se debían a una persona de su rango y de su mérito. Aceptó la propuesta; pidió a todos los pasajeros, uno tras otro, que le contaran sus aventuras. Cándido y ella reconocieron que la anciana tenía razón. Es una verdadera lástima, decía Cándido, que el sabio Pangloss haya sido ahorcado contra la costumbre en un auto de fe; nos diría cosas admirables sobre el mal físico y sobre el mal moral que cubren la tierra y el mar, y yo me sentiría con fuerzas suficientes para atreverme a hacerle respetuosamente algunas objeciones.

A medida que cada uno contaba su historia, el barco avanzaba. Llegaron a Buenos Aires. Cunegunda, el capitán Cándido y la anciana fueron a ver al gobernador don Fernando de Ibaraa, y Figueroa, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza. Este señor tenía una altivez propia de un hombre que llevaba tantos nombres. Hablaba a los hombres con el desdén más noble, llevando la nariz tan alta, elevando tan despiadadamente la voz, adoptando un tono tan imponente, afectando un porte tan altanero, que todos los que lo saludaban sentían la tentación de pegarle.

Amaba a las mujeres con furor. Cunegunda le pareció lo más bello que había visto jamás. Lo primero que hizo fue preguntar si ella era la mujer del capitán. El tono con que hizo esta pregunta alarmó a Cándido: no se atrevió a decir que era su mujer, porque en efecto no lo era; no se atrevió a decir que era su hermana, porque tampoco lo era; y aunque esa mentira piadosa había estado muy de moda entre los antiguos, y pudiera ser útil a los modernos, su alma era demasiado pura para traicionar la verdad. «Señorita Cunegunda», dijo, «debe hacerme el honor de casarse conmigo, y suplicamos a vuestra excelencia que se digne celebrar nuestra boda».

Don Fernando de Ibaraa, y Figueroa, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza, acariciándose el bigote, sonrió amargamente y ordenó al capitán Cándido que fuera a pasar revista a su compañía. Cándido obedeció; el gobernador se quedó con la señorita Cunegunda. Le declaró su pasión, le juró que al día siguiente se casaría con ella ante la Iglesia, o de otro modo, según le placiera a sus encantos. Cunegunda le pidió un cuarto de hora para reflexionar, para consultar a la anciana y para decidirse.

La anciana dijo a Cunegunda: «Señorita, tienes setenta y dos cuarteles y ni un céntimo; solo depende de ti ser la mujer del más grande señor de América del Sur, que tiene un bigote muy hermoso; ¿acaso te corresponde presumir de una fidelidad a toda prueba? Has sido violada por los búlgaros; un judío y un inquisidor han gozado de tus favores: las desgracias dan derechos. Confieso que si yo estuviera en tu lugar, no tendría ningún escrúpulo en casarme con el señor gobernador y hacer la fortuna del señor capitán Cándido».

Mientras la anciana hablaba con toda la prudencia que dan la edad y la experiencia, se vio entrar en el puerto un pequeño barco; llevaba un alcalde y alguaciles, y esto es lo que había ocurrido.

La anciana había adivinado muy bien que fue un franciscano de la gran manga quien robó el dinero y las joyas de Cunegunda en la ciudad de Badajoz, cuando huía apresuradamente con Cándido. Este monje quiso vender algunas de las piedras preciosas a un joyero. El comerciante las reconoció como las del gran inquisidor. El franciscano, antes de ser ahorcado, confesó que las había robado: indicó las personas y la ruta que tomaban. La huida de Cunegunda y de Cándido ya era conocida.

Los siguieron hasta Cádiz: enviaron, sin perder tiempo, un barco en su persecución. El barco ya estaba en el puerto de Buenos Aires. Corrió el rumor de que un alcalde iba a desembarcar y que se perseguía a los asesinos de monseñor el gran inquisidor. La prudente anciana vio al instante todo lo que había que hacer. «No puedes huir», dijo a Cunegunda, «y no tienes nada que temer; no eres tú quien ha matado a monseñor, y además el gobernador, que te ama, no permitirá que te maltraten; quédate».

Corrió inmediatamente hacia Cándido: «Huye», le dijo, «o dentro de una hora vas a ser quemado». No había un momento que perder; pero ¿cómo separarse de Cunegunda, y dónde refugiarse?

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/candido/texto/capitulo-13-como-candido-se-vio-obligado-a-separarse-de-la-hermosa-cuneg/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Cándido» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.