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Capítulo 4Cómo Cándido encontró a su antiguo maestro de filosofía, el doctor Pangloss, y lo que sobrevino de ello

Cándido · Voltaire · 5 min de lectura

Cándido, más conmovido por la compasión que por el horror, dio a aquel espantoso mendigo los dos florines que había recibido de su honrado anabaptista Jacques. El fantasma lo miró fijamente, derramó lágrimas y se echó a su cuello. Cándido, asustado, retrocede. «¡Ay! —dijo el miserable al otro miserable—, ¿no reconocéis a vuestro querido Pangloss?» «¿Qué oigo? ¡Vos, mi querido maestro! ¡Vos, en este estado horrible! ¿Qué desgracia os ha ocurrido? ¿Por qué ya no estáis en el más hermoso de los castillos?

¿Qué ha sido de la señorita Cunegunda, la perla de las muchachas, la obra maestra de la naturaleza?» «No puedo más», dijo Pangloss. Enseguida Cándido lo llevó al establo del anabaptista, donde le hizo comer un poco de pan; y cuando Pangloss se hubo repuesto: «¡Bueno! —le dijo—, ¿Cunegunda?» «Está muerta», respondió el otro. Cándido se desmayó al oír esas palabras: su amigo lo reanimó con un poco de vinagre malo que casualmente había en el establo. Cándido abre los ojos.

«¡Cunegunda está muerta! ¡Ah, el mejor de los mundos, dónde estás! Pero ¿de qué enfermedad ha muerto? ¿No habrá sido acaso de haberme visto expulsar a grandes patadas del hermoso castillo de su padre?» «No —dijo Pangloss—, fue destripada por soldados búlgaros, después de haber sido violada cuanto se puede serlo; rompieron la cabeza al señor barón, que quiso defenderla; la señora baronesa fue descuartizada; mi pobre pupilo recibió exactamente el mismo trato que su hermana; y en cuanto al castillo, no quedó piedra sobre piedra, ni un granero, ni una oveja, ni un pato, ni un árbol; pero hemos sido bien vengados, pues los ábaros hicieron otro tanto en una baronía vecina que pertenecía a un señor búlgaro.»

Ante este discurso, Cándido se desmayó de nuevo; pero vuelto en sí, y habiendo dicho todo lo que debía decir, se interesó por la causa y el efecto, y la razón suficiente que habían puesto a Pangloss en tan lamentable estado. «¡Ay! —dijo el otro—, es el amor: el amor, el consolador del género humano, el conservador del universo, el alma de todos los seres sensibles, el tierno amor.» «¡Ay! —dijo Cándido—, lo he conocido, ese amor, ese soberano de los corazones, esa alma de nuestra alma; nunca me ha valido más que un beso y veinte patadas en el culo. ¿Cómo esa hermosa causa ha podido producir en ti un efecto tan abominable?»

Pangloss respondió en estos términos: «¡Oh, mi querido Cándido! Habéis conocido a Paquita, esa linda doncella de nuestra augusta baronesa: gocé en sus brazos las delicias del paraíso, que han producido estos tormentos del infierno de los que me veis devorado; ella estaba infectada, quizá haya muerto. Paquita recibió ese regalo de un franciscano muy culto que había remontado hasta la fuente, pues lo había contraído de una vieja condesa, que lo había recibido de un capitán de caballería, que se lo debía a una marquesa, que lo tenía de un paje, que lo había recibido de un jesuita, quien, siendo novicio, lo había recibido en línea directa de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. En cuanto a mí, no se lo daré a nadie, porque me estoy muriendo.»

«¡Oh, Pangloss! —exclamó Cándido—, vaya una extraña genealogía. ¿No fue el diablo quien estuvo en el origen?» «En absoluto —replicó ese gran hombre—; era algo indispensable en el mejor de los mundos, un ingrediente necesario; pues si Colón no hubiera contraído en una isla de América esa enfermedad que envenena la fuente de la generación, que a menudo incluso impide la generación, y que es evidentemente lo opuesto al gran fin de la naturaleza, no tendríamos ni el chocolate ni la cochinilla; hay que observar además que hasta hoy, en nuestro continente, esta enfermedad nos es particular, como la controversia.

Los turcos, los indios, los persas, los chinos, los siameses, los japoneses, aún no la conocen; pero hay una razón suficiente para que la conozcan a su vez dentro de algunos siglos. Mientras tanto ha hecho un progreso maravilloso entre nosotros, y sobre todo en esos grandes ejércitos compuestos por honrados mercenarios bien educados, que deciden el destino de los estados; puede asegurarse que, cuando treinta mil hombres combaten en batalla campal contra tropas iguales en número, hay aproximadamente veinte mil sifilíticos en cada bando.»

«Eso es admirable —dijo Cándido—; pero hay que curarte.» «¿Y cómo puedo hacerlo? —dijo Pangloss—; no tengo un céntimo, amigo mío, y en toda la extensión de este globo no puede uno hacerse una sangría ni ponerse una lavativa sin pagar, o sin que haya alguien que pague por nosotros.»

Este último discurso decidió a Cándido; fue a arrojarse a los pies de su caritativo anabaptista Jacques, y le hizo una pintura tan conmovedora del estado al que su amigo había quedado reducido, que el buen hombre no vaciló en recoger al doctor Pangloss; lo hizo curar a sus expensas. Pangloss, durante la cura, solo perdió un ojo y una oreja. Escribía bien y sabía perfectamente aritmética. El anabaptista Jacques lo hizo su tenedor de libros. Al cabo de dos meses, viéndose obligado a ir a Lisboa por los asuntos de su comercio, llevó en su barco a sus dos filósofos.

Pangloss le explicaba cómo todo era lo mejor posible. Jacques no era de esa opinión. «Es necesario —decía— que los hombres hayan corrompido un poco la naturaleza, pues no han nacido lobos y se han vuelto lobos. Dios no les ha dado cañones de veinticuatro ni bayonetas, y se han fabricado bayonetas y cañones para destruirse. Podría poner en la cuenta las bancarrotas, y la justicia que se apodera de los bienes de los quebrados para frustrar a los acreedores.»

«Todo eso era indispensable —replicaba el doctor tuerto—, y las desgracias particulares hacen el bien general; de modo que cuantas más desgracias particulares hay, más todo está bien.» Mientras él razonaba, el aire se oscureció, los vientos soplaron desde los cuatro rincones del mundo, y el barco fue asaltado por la más horrible tempestad, a la vista del puerto de Lisboa.

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