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Capítulo 2Lo que le sucedió a Cándido entre los búlgaros

Cándido · Voltaire · 4 min de lectura

Cándido, expulsado del paraíso terrenal, caminó largo rato sin saber adónde, llorando, levantando los ojos al cielo y volviéndolos con frecuencia hacia el más hermoso de los castillos, que encerraba a la más bella de las baronesitas; se acostó sin cenar en medio del campo entre dos surcos; la nieve caía en grandes copos. Cándido, completamente helado, se arrastró al día siguiente hacia la ciudad vecina, que se llama Valdberghoff-trarbk-dikdorff, sin tener dinero alguno, muriéndose de hambre y de agotamiento.

Se detuvo tristemente ante la puerta de una taberna. Dos hombres vestidos de azul lo observaron: Camarada, dijo uno, ahí tienes a un joven muy bien formado, y que tiene la estatura requerida; se acercaron a Cándido y lo invitaron a comer con mucha cortesía. —Señores, les dijo Cándido con una modestia encantadora, me hacéis mucho honor, pero no tengo con qué pagar mi parte. —¡Ah, señor!, le dijo uno de los azules, las personas de vuestra figura y de vuestro mérito no pagan nunca nada: ¿no tenéis cinco pies y cinco pulgadas de altura?

—Sí, señores, esa es mi estatura, dijo él haciendo una reverencia. —¡Ah, señor, sentaos a la mesa; no solo pagaremos vuestros gastos, sino que no permitiremos jamás que un hombre como vos carezca de dinero; los hombres solo están hechos para socorrerse unos a otros. —Tenéis razón, dijo Cándido; eso es lo que el señor Pangloss me ha dicho siempre, y veo bien que todo va lo mejor posible. Le ruegan que acepte algunos escudos, los toma y quiere hacer su pagaré; no lo quieren, se sientan a la mesa.

¿No amáis tiernamente?... —¡Oh, sí!, responde él, amo tiernamente a la señorita Cunegunda. —No, dice uno de estos señores, os preguntamos si no amáis tiernamente al rey de los búlgaros. —En absoluto, dice él, pues jamás lo he visto. —¿Cómo! es el más encantador de los reyes, y hay que beber a su salud. —¡Oh, muy gustosamente, señores! Y bebe. Ya es suficiente, le dicen, ahí tenéis el apoyo, el sostén, el defensor, el héroe de los búlgaros; vuestra fortuna está hecha, y vuestra gloria está asegurada.

Le ponen inmediatamente grilletes en los pies, y lo llevan al regimiento. Lo hacen girar a la derecha, a la izquierda, alzar la baqueta, bajar la baqueta, apuntar, disparar, doblar el paso, y le dan treinta bastonazos; al día siguiente, hace el ejercicio un poco menos mal, y solo recibe veinte golpes; al día siguiente de ese, solo le dan diez, y es considerado por sus camaradas como un prodigio.

Cándido, completamente estupefacto, no acababa de entender muy bien cómo era un héroe. Se le ocurrió un hermoso día de primavera irse a pasear, caminando todo recto delante de él, creyendo que era un privilegio de la especie humana, como de la especie animal, servirse de sus piernas a su antojo. No había hecho dos leguas cuando cuatro otros héroes de seis pies lo alcanzan, lo atan, lo llevan a un calabozo. Se le preguntó jurídicamente qué prefería: ser fustigado treinta y seis veces por todo el regimiento, o recibir de una vez doce balas de plomo en el cerebro.

Por más que dijo que las voluntades son libres, y que no quería ni lo uno ni lo otro, tuvo que elegir; se decidió, en virtud del don de Dios que se llama libertad, a pasar treinta y seis veces por las baquetas; soportó dos pasadas. El regimiento estaba compuesto de dos mil hombres; eso le supuso cuatro mil golpes de baqueta, que, desde la nuca hasta el trasero, le dejaron al descubierto los músculos y los nervios.

Como iban a proceder a la tercera pasada, Cándido, no pudiendo más, pidió por gracia que tuvieran la bondad de romperle la cabeza; obtuvo ese favor; le vendan los ojos; lo hacen ponerse de rodillas. El rey de los búlgaros pasa en ese momento, se informa del crimen del reo; y como ese rey tenía un gran talento, comprendió, por todo lo que supo de Cándido, que era un joven metafísico muy ignorante de las cosas de este mundo, y le concedió su gracia con una clemencia que será alabada en todos los periódicos y en todos los siglos.

Un buen cirujano curó a Cándido en tres semanas con los emolientes enseñados por Dioscórides. Ya tenía un poco de piel y podía caminar, cuando el rey de los búlgaros libró batalla al rey de los ábaros.

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