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Capítulo 30Conclusión

Cándido · Voltaire · 8 min de lectura

Cándido, en el fondo de su corazón, no tenía ninguna gana de casarse con Cunegunda; pero la insolencia extrema del barón lo decidió a concluir el matrimonio; y Cunegunda lo apremiaba tan vivamente que no podía echarse atrás. Consultó a Pangloss, a Martín y al fiel Cacambo. Pangloss redactó un hermoso informe mediante el cual probaba que el barón no tenía ningún derecho sobre su hermana, y que ella podía, según todas las leyes del imperio, casarse con Cándido morganáticamente.

Martín concluyó que había que arrojar al barón al mar; Cacambo decidió que había que devolverlo al patrón levantino, y entregarlo a las galeras, después de lo cual se le enviaría a Roma al padre general por el primer barco. El parecer fue considerado muy bueno; la vieja lo aprobó; no se le dijo nada a su hermana; el asunto se ejecutó por algo de dinero, y se tuvo el placer de atrapar a un jesuita, y de castigar el orgullo de un barón alemán.

Era muy natural imaginar que después de tantos desastres, Cándido casado con su amada, y viviendo con el filósofo Pangloss, el filósofo Martín, el prudente Cacambo, y la vieja, habiendo además traído tantos diamantes de la patria de los antiguos incas, llevaría la vida más agradable del mundo; pero fue tan estafado por los judíos, que ya no le quedó más que su pequeña granja; su mujer volviéndose cada día más fea se volvió cascarrabias e insoportable: la vieja estaba enferma, y fue aún de peor humor que Cunegunda.

Cacambo, que trabajaba en el jardín, y que iba a vender verduras a Constantinopla, estaba agotado de trabajo, y maldecía su destino. Pangloss estaba desesperado por no brillar en alguna universidad de Alemania. En cuanto a Martín, estaba firmemente convencido de que se está igualmente mal en todas partes; tomaba las cosas con paciencia. Cándido, Martín y Pangloss discutían a veces de metafísica y de moral. Se veía a menudo pasar bajo las ventanas de la granja barcas cargadas de efendís, de bajás, de cadíes, que se enviaban al exilio a Lemnos, a Mitilene, a Erzurum: se veía venir otros cadíes, otros bajás, otros efendís, que ocupaban el lugar de los expulsados, y que eran expulsados a su vez: se veían cabezas primorosamente embalsamadas que se iban a presentar a la Sublime Puerta.

Estos espectáculos hacían redoblar las disertaciones; y cuando no se discutía, el aburrimiento era tan excesivo, que la vieja se atrevió un día a decirles: Quisiera saber qué es peor, si ser violada cien veces por piratas negros, tener una nalga cortada, pasar por las baquetas entre los búlgaros, ser azotada y ahorcada en un auto de fe, ser disecada, remar en galeras, experimentar en fin todas las miserias por las que hemos pasado todos, o bien quedarse aquí sin hacer nada. Es una gran cuestión, dijo Cándido.

Este discurso hizo nacer nuevas reflexiones, y Martín sobre todo concluyó que el hombre había nacido para vivir en las convulsiones de la inquietud, o en el letargo del aburrimiento. Cándido no estaba de acuerdo, pero no afirmaba nada. Pangloss reconocía que siempre había sufrido horriblemente; pero habiendo sostenido una vez que todo iba de maravilla, lo sostenía siempre, y no creía nada de ello.

Una cosa acabó de confirmar a Martín en sus detestables principios, de hacer dudar más que nunca a Cándido y de turbar a Pangloss. Es que vieron un día llegar a su granja a Paquita y al hermano Girófilo, que estaban en la más extrema miseria; se habían gastado muy rápido sus tres mil piastras, se habían separado, se habían reconciliado, se habían peleado, habían sido metidos en prisión; se habían escapado, y finalmente el hermano Girófilo se había hecho turco.

Paquita continuaba su oficio por todas partes, y ya no ganaba nada. Bien lo había previsto, dijo Martín a Cándido, que vuestros regalos pronto serían dilapidados, y no los harían más que más miserables. Habéis nadado en millones de piastras, vos y Cacambo, y no sois más felices que el hermano Girófilo y Paquita. ¡Ah! ¡ah!, dijo Pangloss a Paquita, ¡así que el cielo te trae de vuelta aquí entre nosotros! ¡Pobre niña! ¿Sabes que me has costado la punta de la nariz, un ojo y una oreja? ¡Cómo estás! ¡eh! ¡qué es este mundo! Esta nueva aventura los llevó a filosofar más que nunca.

Había en el vecindario un derviche muy famoso que pasaba por el mejor filósofo de Turquía; fueron a consultarlo; Pangloss tomó la palabra, y le dijo: Maestro, venimos a pedirte que nos digas por qué un animal tan extraño como el hombre ha sido formado.

¿En qué te metes?, le dijo el derviche; ¿es ese tu asunto? Pero, reverendo padre, dijo Cándido, hay horriblemente mal sobre la tierra. ¿Qué importa, dijo el derviche, que haya mal o bien? Cuando su alteza envía un barco a Egipto, ¿se preocupa de si los ratones que están en el barco están cómodos o no? ¿Qué hay que hacer entonces?, dijo Pangloss. Callarte, dijo el derviche. Me halagaba, dijo Pangloss, de razonar un poco contigo sobre los efectos y las causas, del mejor de los mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de la armonía preestablecida. El derviche, ante estas palabras, les cerró la puerta en las narices.

Durante esta conversación, se había difundido la noticia de que acababan de estrangular en Constantinopla a dos visires del consejo y al muftí, y que habían empalado a varios de sus amigos. Esta catástrofe hacía en todas partes un gran ruido durante algunas horas. Pangloss, Cándido y Martín, al regresar a la pequeña granja, se encontraron con un buen anciano que tomaba el fresco en su puerta bajo una pérgola de naranjos. Pangloss, que era tan curioso como razonador, le preguntó cómo se llamaba el muftí que acababan de estrangular.

No sé nada, respondió el anciano, y nunca he sabido el nombre de ningún muftí ni de ningún visir. Ignoro absolutamente el asunto del que me habláis; presumo que en general los que se meten en los asuntos públicos perecen a veces miserablemente, y que se lo merecen; pero nunca me informo de lo que se hace en Constantinopla; me contento con enviar a vender allí los frutos del jardín que cultivo. Habiendo dicho estas palabras, hizo entrar a los extranjeros en su casa; sus dos hijas y sus dos hijos les presentaron varias clases de sorbetes que hacían ellos mismos, kaïmak cubierto de cortezas de cidra confitada, naranjas, cidras, limones, piñas, dátiles, pistachos, café de Moca que no estaba mezclado con el mal café de Batavia y de las islas. Después de lo cual las dos hijas de este buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, de Pangloss y de Martín.

Debéis tener, dijo Cándido al turco, una vasta y magnífica tierra. No tengo más que veinte arpentes, respondió el turco; los cultivo con mis hijos; el trabajo aleja de nosotros tres grandes males, el aburrimiento, el vicio y la necesidad.

Cándido al regresar a su granja hizo profundas reflexiones sobre el discurso del turco. Dijo a Pangloss y a Martín: Este buen anciano me parece haberse hecho una suerte muy preferible a la de los seis reyes con quienes tuvimos el honor de cenar. Las grandezas, dijo Pangloss, son muy peligrosas, según el testimonio de todos los filósofos; porque al fin Eglón, rey de los moabitas, fue asesinado por Aod; Absalón fue colgado por los cabellos y atravesado por tres dardos; el rey Nadab, hijo de Jeroboam, fue matado por Baasa; el rey Ela, por Zambri; Ocozías, por Jehú; Atalía, por Joiada; los reyes Joaquim, Jeconías, Sedecías, fueron esclavos.

Sabéis cómo perecieron Creso, Astiages, Darío, Dionisio de Siracusa, Pirro, Perseo, Aníbal, Yugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Nerón, Otón, Vitelio, Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Enrique VI, Ricardo III, María Estuardo, Carlos I, los tres Enriques de Francia, el emperador Enrique IV. Sabéis… Yo sé también, dijo Cándido, que hay que cultivar nuestro jardín. Tenéis razón, dijo Pangloss; porque, cuando el hombre fue puesto en el jardín del Edén, fue puesto allí ut operaretur eum, para que lo trabajara; lo que prueba que el hombre no ha nacido para el descanso. Trabajemos sin razonar, dijo Martín, es el único medio de hacer la vida soportable.

Toda la pequeña sociedad entró en este loable designio; cada uno se puso a ejercer sus talentos. La pequeña tierra rindió mucho. Cunegunda era, en verdad, muy fea; pero se convirtió en una excelente pastelera; Paquita bordó; la vieja cuidó de la ropa. No hubo ni siquiera el hermano Girófilo que no prestara servicio; fue un muy buen carpintero, e incluso se volvió hombre honrado: y Pangloss decía a veces a Cándido: Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque al fin si no hubieras sido expulsado de un hermoso castillo a grandes patadas en el trasero por amor de la señorita Cunegunda, si no hubieras sido puesto en la inquisición, si no hubieras recorrido América a pie, si no le hubieras dado una buena estocada al barón, si no hubieras perdido todas tus ovejas del buen país de Eldorado, no comerías aquí cidras confitadas y pistachos. Está bien dicho, respondió Cándido, pero hay que cultivar nuestro jardín.

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