Traducción moderna de Clasicalia. Léelo a tu ritmo, capítulo a capítulo.
Había en Westfalia, en el castillo del señor barón de Thunder-ten-tronckh, un joven al que la naturaleza había dotado del carácter más dulce. Su fisonomía anunciaba su alma. Tenía un juicio bastante recto, con el espíritu más simple; creo que por esa razón lo llamaban Cándido. Los antiguos criados de la casa sospechaban que era hijo de la hermana del señor barón y de un buen y honesto gentilhombre de la vecindad, con quien aquella señorita nunca quiso casarse porque él no había podido probar más que setenta y un cuarteles, y el resto de su árbol genealógico se había perdido por la injuria del tiempo.
El señor barón era uno de los señores más poderosos de Westfalia, pues su castillo tenía una puerta y ventanas. Su gran salón incluso estaba adornado con un tapiz. Todos los perros de sus corrales componían una jauría en caso de necesidad; sus mozos de cuadra eran sus monteros; el vicario del pueblo era su gran capellán. Todos lo llamaban señoría, y se reían cuando contaba historias.
La señora baronesa, que pesaba unas trescientas cincuenta libras, se atraía por ello una consideración muy grande, y hacía los honores de la casa con una dignidad que la volvía aún más respetable. Su hija Cunegunda, de diecisiete años, era colorada, lozana, rolliza, apetecible. El hijo del barón parecía en todo digno de su padre. El preceptor Pangloss era el oráculo de la casa, y el pequeño Cándido escuchaba sus lecciones con toda la buena fe de su edad y de su carácter.
Pangloss enseñaba la metafísico-teólogo-cosmolo-nigología. Demostraba admirablemente que no hay efecto sin causa, y que, en este mejor de los mundos posibles, el castillo de su señoría el barón era el más bello de los castillos, y la señora la mejor de las baronesas posibles.
Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otro modo; pues estando todo hecho para un fin, todo es necesariamente para el mejor fin. Observad bien que las narices han sido hechas para llevar gafas; por eso tenemos gafas. Las piernas están visiblemente instituidas para ser calzadas, y tenemos calzas. Las piedras han sido formadas para ser talladas y hacer castillos con ellas; por eso su señoría tiene un castillo muy hermoso: el mayor barón de la provincia debe estar mejor alojado; y estando los cerdos hechos para ser comidos, comemos cerdo todo el año: por consiguiente, quienes han sostenido que todo está bien han dicho una tontería; había que decir que todo está de la mejor manera.
Cándido escuchaba atentamente, y creía inocentemente; pues encontraba a la señorita Cunegunda extremadamente bella, aunque nunca tuvo la audacia de decírselo. Concluía que después de la dicha de haber nacido barón de Thunder-ten-tronckh, el segundo grado de dicha era ser la señorita Cunegunda; el tercero, verla todos los días; y el cuarto, escuchar al maestro Pangloss, el mayor filósofo de la provincia, y por consiguiente de toda la tierra.
Un día Cunegunda, paseando cerca del castillo, en el bosquecillo que llamaban parque, vio entre unos matorrales al doctor Pangloss que daba una lección de física experimental a la doncella de su madre, una morenita muy bonita y muy dócil. Como la señorita Cunegunda tenía mucha disposición para las ciencias, observó, sin respirar, los experimentos reiterados de los que fue testigo; vio claramente la razón suficiente del doctor, los efectos y las causas, y regresó toda agitada, toda pensativa, toda llena del deseo de ser sabia, pensando que bien podría ser la razón suficiente del joven Cándido, que también podría ser la suya.
Se encontró con Cándido al volver al castillo, y se ruborizó: Cándido también se ruborizó. Ella le dijo buenos días con voz entrecortada; y Cándido le habló sin saber lo que decía. Al día siguiente, después de la comida, al levantarse de la mesa, Cunegunda y Cándido se encontraron detrás de un biombo; Cunegunda dejó caer su pañuelo, Cándido lo recogió; ella le tomó inocentemente la mano; el joven besó inocentemente la mano de la joven señorita con una vivacidad, una sensibilidad, una gracia del todo particular; sus bocas se encontraron, sus ojos se inflamaron, sus rodillas temblaron, sus manos se extraviaron.
El señor barón de Thunder-ten-tronckh pasó junto al biombo, y viendo esta causa y este efecto, expulsó a Cándido del castillo a grandes patadas en el trasero. Cunegunda se desmayó: fue abofeteada por la señora baronesa en cuanto volvió en sí; y todo quedó consternado en el más bello y el más agradable de los castillos posibles.
Cándido, expulsado del paraíso terrenal, caminó largo rato sin saber adónde, llorando, levantando los ojos al cielo y volviéndolos con frecuencia hacia el más hermoso de los castillos, que encerraba a la más bella de las baronesitas; se acostó sin cenar en medio del campo entre dos surcos; la nieve caía en grandes copos. Cándido, completamente helado, se arrastró al día siguiente hacia la ciudad vecina, que se llama Valdberghoff-trarbk-dikdorff, sin tener dinero alguno, muriéndose de hambre y de agotamiento.
Se detuvo tristemente ante la puerta de una taberna. Dos hombres vestidos de azul lo observaron: Camarada, dijo uno, ahí tienes a un joven muy bien formado, y que tiene la estatura requerida; se acercaron a Cándido y lo invitaron a comer con mucha cortesía. —Señores, les dijo Cándido con una modestia encantadora, me hacéis mucho honor, pero no tengo con qué pagar mi parte. —¡Ah, señor!, le dijo uno de los azules, las personas de vuestra figura y de vuestro mérito no pagan nunca nada: ¿no tenéis cinco pies y cinco pulgadas de altura?
—Sí, señores, esa es mi estatura, dijo él haciendo una reverencia. —¡Ah, señor, sentaos a la mesa; no solo pagaremos vuestros gastos, sino que no permitiremos jamás que un hombre como vos carezca de dinero; los hombres solo están hechos para socorrerse unos a otros. —Tenéis razón, dijo Cándido; eso es lo que el señor Pangloss me ha dicho siempre, y veo bien que todo va lo mejor posible. Le ruegan que acepte algunos escudos, los toma y quiere hacer su pagaré; no lo quieren, se sientan a la mesa.
¿No amáis tiernamente?... —¡Oh, sí!, responde él, amo tiernamente a la señorita Cunegunda. —No, dice uno de estos señores, os preguntamos si no amáis tiernamente al rey de los búlgaros. —En absoluto, dice él, pues jamás lo he visto. —¿Cómo! es el más encantador de los reyes, y hay que beber a su salud. —¡Oh, muy gustosamente, señores! Y bebe. Ya es suficiente, le dicen, ahí tenéis el apoyo, el sostén, el defensor, el héroe de los búlgaros; vuestra fortuna está hecha, y vuestra gloria está asegurada.
Le ponen inmediatamente grilletes en los pies, y lo llevan al regimiento. Lo hacen girar a la derecha, a la izquierda, alzar la baqueta, bajar la baqueta, apuntar, disparar, doblar el paso, y le dan treinta bastonazos; al día siguiente, hace el ejercicio un poco menos mal, y solo recibe veinte golpes; al día siguiente de ese, solo le dan diez, y es considerado por sus camaradas como un prodigio.
Cándido, completamente estupefacto, no acababa de entender muy bien cómo era un héroe. Se le ocurrió un hermoso día de primavera irse a pasear, caminando todo recto delante de él, creyendo que era un privilegio de la especie humana, como de la especie animal, servirse de sus piernas a su antojo. No había hecho dos leguas cuando cuatro otros héroes de seis pies lo alcanzan, lo atan, lo llevan a un calabozo. Se le preguntó jurídicamente qué prefería: ser fustigado treinta y seis veces por todo el regimiento, o recibir de una vez doce balas de plomo en el cerebro.
Por más que dijo que las voluntades son libres, y que no quería ni lo uno ni lo otro, tuvo que elegir; se decidió, en virtud del don de Dios que se llama libertad, a pasar treinta y seis veces por las baquetas; soportó dos pasadas. El regimiento estaba compuesto de dos mil hombres; eso le supuso cuatro mil golpes de baqueta, que, desde la nuca hasta el trasero, le dejaron al descubierto los músculos y los nervios.
Como iban a proceder a la tercera pasada, Cándido, no pudiendo más, pidió por gracia que tuvieran la bondad de romperle la cabeza; obtuvo ese favor; le vendan los ojos; lo hacen ponerse de rodillas. El rey de los búlgaros pasa en ese momento, se informa del crimen del reo; y como ese rey tenía un gran talento, comprendió, por todo lo que supo de Cándido, que era un joven metafísico muy ignorante de las cosas de este mundo, y le concedió su gracia con una clemencia que será alabada en todos los periódicos y en todos los siglos.
Un buen cirujano curó a Cándido en tres semanas con los emolientes enseñados por Dioscórides. Ya tenía un poco de piel y podía caminar, cuando el rey de los búlgaros libró batalla al rey de los ábaros.
Nada era tan hermoso, tan ágil, tan brillante, tan bien ordenado como los dos ejércitos. Las trompetas, los pífanos, los oboes, los tambores, los cañones formaban una armonía tal que nunca la hubo en el infierno. Los cañones derribaron primero unos seis mil hombres de cada lado; luego la mosquetería quitó del mejor de los mundos alrededor de nueve a diez mil bribones que infectaban su superficie. La bayoneta fue también la razón suficiente de la muerte de algunos miles de hombres. El total podía ascender perfectamente a unas treinta mil almas. Cándido, que temblaba como un filósofo, se ocultó lo mejor que pudo durante aquella carnicería heroica.
Por fin, mientras los dos reyes hacían cantar Te Deum cada uno en su campamento, decidió ir a razonar a otra parte sobre los efectos y las causas. Pasó por encima de montones de muertos y moribundos, y alcanzó primero un pueblo vecino; estaba en cenizas: era un pueblo abare que los búlgaros habían quemado, según las leyes del derecho público. Allí unos ancianos acribillados a golpes miraban morir a sus mujeres degolladas, que sostenían a sus hijos contra sus pechos ensangrentados; allá unas muchachas destripadas después de haber saciado las necesidades naturales de algunos héroes exhalaban los últimos suspiros; otras medio quemadas gritaban que se las acabara de matar. Había sesos esparcidos por el suelo junto a brazos y piernas cortados.
Cándido huyó a toda prisa hacia otro pueblo: pertenecía a los búlgaros, y los héroes abares lo habían tratado del mismo modo. Cándido, caminando siempre sobre miembros palpitantes o a través de ruinas, llegó por fin fuera del teatro de la guerra, llevando algunas pequeñas provisiones en su morral y sin olvidar nunca a la señorita Cunegunda. Sus provisiones se le acabaron cuando llegó a Holanda; pero habiendo oído decir que todo el mundo era rico en ese país y que allí se era cristiano, no dudó de que lo tratarían tan bien como lo habían tratado en el castillo del señor barón, antes de que lo echaran por los hermosos ojos de la señorita Cunegunda.
Pidió limosna a varios personajes graves, que le respondieron todos que, si seguía ejerciendo ese oficio, lo encerrarían en una casa de corrección para enseñarle a vivir.
Se dirigió luego a un hombre que acababa de hablar él solo una hora seguida sobre la caridad en una gran asamblea. Aquel orador, mirándolo de reojo, le dijo: «¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Estás por la buena causa?». «No hay efecto sin causa —respondió modestamente Cándido—; todo está necesariamente encadenado y dispuesto para lo mejor. Ha sido necesario que me echaran de junto a la señorita Cunegunda, que pasara por las baquetas, y es necesario que pida mi pan hasta que pueda ganarlo; todo eso no podía ser de otro modo».
«Amigo mío —le dijo el orador—, ¿crees que el papa es el Anticristo?». «No lo había oído decir todavía —respondió Cándido—; pero sea o no sea, me falta pan». «No mereces comerlo —dijo el otro—; vete, bribón, vete, miserable, no te me acerques en tu vida». La mujer del orador, asomando la cabeza a la ventana y viendo a un hombre que dudaba de que el papa fuera el Anticristo, le derramó sobre la cabeza un lleno de… ¡Oh cielos! ¡A qué extremo llega el celo de la religión en las damas!
Un hombre que no había sido bautizado, un buen anabaptista llamado Santiago, vio la manera cruel e ignominiosa con que trataban así a uno de sus hermanos, un ser de dos pies sin plumas que tenía alma; se lo llevó a su casa, lo limpió, le dio pan y cerveza, le regaló dos florines e incluso quiso enseñarle a trabajar en sus manufacturas de telas persas que se fabrican en Holanda. Cándido, prosternándose casi ante él, exclamaba: «El maestro Pangloss me lo había dicho bien, que todo va lo mejor posible en este mundo, pues estoy infinitamente más conmovido por vuestra extrema generosidad que por la dureza de ese señor de manto negro y de su esposa».
Al día siguiente, paseando, se encontró con un mendigo todo cubierto de pústulas, los ojos muertos, la punta de la nariz carcomida, la boca torcida, los dientes negros, y hablando desde la garganta, atormentado por una tos violenta y escupiendo un diente a cada esfuerzo.
Cándido, más conmovido por la compasión que por el horror, dio a aquel espantoso mendigo los dos florines que había recibido de su honrado anabaptista Jacques. El fantasma lo miró fijamente, derramó lágrimas y se echó a su cuello. Cándido, asustado, retrocede. «¡Ay! —dijo el miserable al otro miserable—, ¿no reconocéis a vuestro querido Pangloss?» «¿Qué oigo? ¡Vos, mi querido maestro! ¡Vos, en este estado horrible! ¿Qué desgracia os ha ocurrido? ¿Por qué ya no estáis en el más hermoso de los castillos?
¿Qué ha sido de la señorita Cunegunda, la perla de las muchachas, la obra maestra de la naturaleza?» «No puedo más», dijo Pangloss. Enseguida Cándido lo llevó al establo del anabaptista, donde le hizo comer un poco de pan; y cuando Pangloss se hubo repuesto: «¡Bueno! —le dijo—, ¿Cunegunda?» «Está muerta», respondió el otro. Cándido se desmayó al oír esas palabras: su amigo lo reanimó con un poco de vinagre malo que casualmente había en el establo. Cándido abre los ojos.
«¡Cunegunda está muerta! ¡Ah, el mejor de los mundos, dónde estás! Pero ¿de qué enfermedad ha muerto? ¿No habrá sido acaso de haberme visto expulsar a grandes patadas del hermoso castillo de su padre?» «No —dijo Pangloss—, fue destripada por soldados búlgaros, después de haber sido violada cuanto se puede serlo; rompieron la cabeza al señor barón, que quiso defenderla; la señora baronesa fue descuartizada; mi pobre pupilo recibió exactamente el mismo trato que su hermana; y en cuanto al castillo, no quedó piedra sobre piedra, ni un granero, ni una oveja, ni un pato, ni un árbol; pero hemos sido bien vengados, pues los ábaros hicieron otro tanto en una baronía vecina que pertenecía a un señor búlgaro.»
Ante este discurso, Cándido se desmayó de nuevo; pero vuelto en sí, y habiendo dicho todo lo que debía decir, se interesó por la causa y el efecto, y la razón suficiente que habían puesto a Pangloss en tan lamentable estado. «¡Ay! —dijo el otro—, es el amor: el amor, el consolador del género humano, el conservador del universo, el alma de todos los seres sensibles, el tierno amor.» «¡Ay! —dijo Cándido—, lo he conocido, ese amor, ese soberano de los corazones, esa alma de nuestra alma; nunca me ha valido más que un beso y veinte patadas en el culo. ¿Cómo esa hermosa causa ha podido producir en ti un efecto tan abominable?»
Pangloss respondió en estos términos: «¡Oh, mi querido Cándido! Habéis conocido a Paquita, esa linda doncella de nuestra augusta baronesa: gocé en sus brazos las delicias del paraíso, que han producido estos tormentos del infierno de los que me veis devorado; ella estaba infectada, quizá haya muerto. Paquita recibió ese regalo de un franciscano muy culto que había remontado hasta la fuente, pues lo había contraído de una vieja condesa, que lo había recibido de un capitán de caballería, que se lo debía a una marquesa, que lo tenía de un paje, que lo había recibido de un jesuita, quien, siendo novicio, lo había recibido en línea directa de uno de los compañeros de Cristóbal Colón. En cuanto a mí, no se lo daré a nadie, porque me estoy muriendo.»
«¡Oh, Pangloss! —exclamó Cándido—, vaya una extraña genealogía. ¿No fue el diablo quien estuvo en el origen?» «En absoluto —replicó ese gran hombre—; era algo indispensable en el mejor de los mundos, un ingrediente necesario; pues si Colón no hubiera contraído en una isla de América esa enfermedad que envenena la fuente de la generación, que a menudo incluso impide la generación, y que es evidentemente lo opuesto al gran fin de la naturaleza, no tendríamos ni el chocolate ni la cochinilla; hay que observar además que hasta hoy, en nuestro continente, esta enfermedad nos es particular, como la controversia.
Los turcos, los indios, los persas, los chinos, los siameses, los japoneses, aún no la conocen; pero hay una razón suficiente para que la conozcan a su vez dentro de algunos siglos. Mientras tanto ha hecho un progreso maravilloso entre nosotros, y sobre todo en esos grandes ejércitos compuestos por honrados mercenarios bien educados, que deciden el destino de los estados; puede asegurarse que, cuando treinta mil hombres combaten en batalla campal contra tropas iguales en número, hay aproximadamente veinte mil sifilíticos en cada bando.»
«Eso es admirable —dijo Cándido—; pero hay que curarte.» «¿Y cómo puedo hacerlo? —dijo Pangloss—; no tengo un céntimo, amigo mío, y en toda la extensión de este globo no puede uno hacerse una sangría ni ponerse una lavativa sin pagar, o sin que haya alguien que pague por nosotros.»
Este último discurso decidió a Cándido; fue a arrojarse a los pies de su caritativo anabaptista Jacques, y le hizo una pintura tan conmovedora del estado al que su amigo había quedado reducido, que el buen hombre no vaciló en recoger al doctor Pangloss; lo hizo curar a sus expensas. Pangloss, durante la cura, solo perdió un ojo y una oreja. Escribía bien y sabía perfectamente aritmética. El anabaptista Jacques lo hizo su tenedor de libros. Al cabo de dos meses, viéndose obligado a ir a Lisboa por los asuntos de su comercio, llevó en su barco a sus dos filósofos.
Pangloss le explicaba cómo todo era lo mejor posible. Jacques no era de esa opinión. «Es necesario —decía— que los hombres hayan corrompido un poco la naturaleza, pues no han nacido lobos y se han vuelto lobos. Dios no les ha dado cañones de veinticuatro ni bayonetas, y se han fabricado bayonetas y cañones para destruirse. Podría poner en la cuenta las bancarrotas, y la justicia que se apodera de los bienes de los quebrados para frustrar a los acreedores.»
«Todo eso era indispensable —replicaba el doctor tuerto—, y las desgracias particulares hacen el bien general; de modo que cuantas más desgracias particulares hay, más todo está bien.» Mientras él razonaba, el aire se oscureció, los vientos soplaron desde los cuatro rincones del mundo, y el barco fue asaltado por la más horrible tempestad, a la vista del puerto de Lisboa.
La mitad de los pasajeros, debilitados, expirantes por esas angustias inconcebibles que el balanceo de un barco provoca en los nervios y en todos los humores del cuerpo agitados en sentidos contrarios, ni siquiera tenía fuerzas para inquietarse por el peligro. La otra mitad lanzaba gritos y hacía plegarias; las velas estaban desgarradas, los mástiles rotos, el barco entreabierto. Trabajaba quien podía, nadie se entendía, nadie mandaba. El anabaptista ayudaba un poco en la maniobra; estaba en la cubierta; un marinero furioso lo golpea brutalmente y lo tiende sobre las tablas; pero por el golpe que le dio, él mismo recibió una sacudida tan violenta que cayó fuera del barco, de cabeza.
Quedó suspendido y agarrado a un trozo de mástil roto. El buen Jacques corre en su ayuda, lo ayuda a subir, y por el esfuerzo que hace, es precipitado al mar a la vista del marinero, que lo dejó perecer sin dignarse siquiera mirarlo. Cándido se acerca, ve a su bienhechor que reaparece un momento y que es engullido para siempre. Quiere arrojarse tras él al mar: el filósofo Pangloss se lo impide, demostrándole que la rada de Lisboa había sido formada expresamente para que ese anabaptista se ahogara allí.
Mientras lo demostraba _a priori_, el barco se entreabre, todo perece excepto Pangloss, Cándido y ese bruto de marinero que había ahogado al virtuoso anabaptista; el canalla nadó afortunadamente hasta la orilla, adonde Pangloss y Cándido fueron llevados sobre una tabla.
Cuando se recuperaron un poco, caminaron hacia Lisboa; les quedaba algo de dinero, con el cual esperaban salvarse del hambre después de haber escapado de la tempestad.
Apenas han puesto el pie en la ciudad, llorando la muerte de su bienhechor, cuando sienten temblar la tierra bajo sus pasos; el mar se eleva hirviendo en el puerto y rompe los barcos que están anclados. Torbellinos de llamas y de cenizas cubren las calles y las plazas públicas; las casas se derrumban, los techos son derribados sobre los cimientos, y los cimientos se dispersan; treinta mil habitantes de toda edad y de todo sexo son aplastados bajo las ruinas.
El marinero decía silbando y jurando: habrá algo que ganar aquí. ¿Cuál puede ser la razón suficiente de este fenómeno?, decía Pangloss. ¡Este es el último día del mundo!, exclamaba Cándido. El marinero corre de inmediato en medio de los escombros, afronta la muerte para encontrar dinero, lo encuentra, se apodera de él, se emborracha, y habiendo dormido la borrachera, compra los favores de la primera chica de buena voluntad que encuentra sobre las ruinas de las casas destruidas, y en medio de los moribundos y los muertos.
Pangloss lo tiraba mientras tanto de la manga: Amigo mío, le decía, eso no está bien, faltas a la razón universal, eliges mal tu momento. ¡Cabeza y sangre!, respondió el otro, soy marinero y nací en Batavia; he pisado cuatro veces el crucifijo en cuatro viajes a Japón; ¡has encontrado bien a tu hombre con tu razón universal!
Algunos fragmentos de piedra habían herido a Cándido; estaba tendido en la calle y cubierto de escombros. Le decía a Pangloss: ¡Ay!, consígueme un poco de vino y de aceite; me muero. Este terremoto no es cosa nueva, respondió Pangloss; la ciudad de Lima experimentó las mismas sacudidas en América el año pasado; mismas causas, mismos efectos; hay ciertamente una veta de azufre bajo tierra desde Lima hasta Lisboa. Nada es más probable, dijo Cándido; pero, por Dios, un poco de aceite y de vino.
¿Cómo probable?, replicó el filósofo, sostengo que la cosa está demostrada. Cándido perdió el conocimiento, y Pangloss le trajo un poco de agua de una fuente vecina.
Al día siguiente, habiendo encontrado algunas provisiones de boca deslizándose a través de los escombros, repararon un poco sus fuerzas. Luego trabajaron como los demás para socorrer a los habitantes que escaparon de la muerte. Algunos ciudadanos, socorridos por ellos, les dieron una cena tan buena como se podía en tal desastre: es verdad que la comida era triste; los comensales regaban su pan con sus lágrimas; pero Pangloss los consoló, asegurándoles que las cosas no podían ser de otro modo: Pues, dijo, todo esto es lo mejor que hay; pues si hay un volcán en Lisboa, no podía estar en otro lugar; pues es imposible que las cosas no estén donde están, pues todo está bien.
Un hombrecillo negro, familiar de la inquisición, que estaba a su lado, tomó cortésmente la palabra y dijo: Aparentemente el señor no cree en el pecado original; pues si todo está de la mejor manera, no ha habido entonces ni caída ni castigo.
Pido muy humildemente perdón a vuestra excelencia, respondió Pangloss aún más cortésmente, pues la caída del hombre y la maldición entraban necesariamente en el mejor de los mundos posibles. ¿El señor no cree entonces en la libertad?, dijo el familiar. Vuestra excelencia me excusará, dijo Pangloss; la libertad puede subsistir con la necesidad absoluta; pues era necesario que fuésemos libres; pues en fin la voluntad determinada... Pangloss estaba en mitad de su frase, cuando el familiar hizo una seña con la cabeza a su esbirro que le servía para beber vino de Oporto.
Después del terremoto que había destruido las tres cuartas partes de Lisboa, los sabios del país no habían encontrado un medio más eficaz para prevenir una ruina total que ofrecer al pueblo un hermoso auto de fe; la universidad de Coímbra había decidido que el espectáculo de algunas personas quemadas a fuego lento, en gran ceremonia, es un secreto infalible para impedir que la tierra tiemble.
En consecuencia habían detenido a un vizcaíno convicto de haberse casado con la madrina de su hijo, y a dos portugueses que al comer un pollo le habían arrancado el tocino: vinieron a atar después de la comida al doctor Pangloss y a su discípulo Cándido, el uno por haber hablado, y el otro por haberlo escuchado con aire de aprobación: ambos fueron conducidos por separado a aposentos de extrema frescura, en los que nunca molestaba el sol: ocho días después fueron ambos revestidos con un sambenito, y adornaron sus cabezas con mitras de papel: la mitra y el sambenito de Cándido estaban pintados con llamas invertidas y con diablos que no tenían ni colas ni garras;
pero los diablos de Pangloss llevaban garras y colas, y las llamas estaban derechas. Marcharon en procesión así vestidos, y escucharon un sermón muy patético, seguido de una hermosa música en fabordón. Cándido fue azotado a ritmo, mientras se cantaba; el vizcaíno y los dos hombres que no habían querido comer tocino fueron quemados, y Pangloss fue ahorcado, aunque no sea ésa la costumbre. El mismo día la tierra tembló de nuevo con un estruendo espantoso.
Cándido aterrorizado, aturdido, enloquecido, ensangrentado, palpitante, se decía a sí mismo: Si éste es el mejor de los mundos posibles, ¿qué serán entonces los otros? Pase aún si sólo me hubieran azotado, ya me azotaron entre los búlgaros; pero, ¡oh, mi querido Pangloss! el más grande de los filósofos, ¡he tenido que verte ahorcar, sin saber por qué! ¡Oh, mi querido anabaptista! el mejor de los hombres, ¡has tenido que ahogarte en el puerto! ¡Oh, señorita Cunegunda! la perla de las muchachas, ¡han tenido que abrirte el vientre!
Regresaba sosteniéndose apenas, sermoneado, azotado, absuelto y bendecido, cuando una vieja se le acercó y le dijo: Hijo mío, ten valor, sígueme.
Cándido no recuperó el ánimo, pero siguió a la vieja hasta una casucha: ella le dio un tarro de pomada para frotarse, le dejó comida y bebida; le mostró una cama pequeña bastante limpia; junto a la cama había un traje completo. Come, bebe, duerme, le dijo, y que Nuestra Señora de Atocha, monseñor san Antonio de Padua y monseñor Santiago de Compostela cuiden de ti. Volveré mañana. Cándido, siempre asombrado por todo lo que había visto, por todo lo que había sufrido, y aún más por la caridad de la vieja, quiso besarle la mano. No es mi mano lo que hay que besar, dijo la vieja; volveré mañana. Frótate con la pomada, come y duerme.
Cándido, a pesar de tantas desgracias, comió y durmió. Al día siguiente la vieja le trae el desayuno, examina su espalda, lo frota ella misma con otra pomada: luego le trae la comida; vuelve al atardecer y trae la cena. Al día siguiente hizo de nuevo las mismas ceremonias. ¿Quién eres?, le decía siempre Cándido; ¿quién te ha inspirado tanta bondad? ¿qué favores puedo devolverte? La buena mujer nunca respondía nada. Volvió al atardecer, y no trajo la cena: Ven conmigo, dijo, y no digas palabra.
Lo toma del brazo y camina con él por el campo durante un cuarto de milla aproximadamente: llegan a una casa aislada, rodeada de jardines y canales. La vieja llama a una puertecita. Abren; conduce a Cándido, por una escalera oculta, hasta un gabinete dorado, lo deja sobre un canapé de brocado, cierra la puerta y se va. Cándido creía soñar, y consideraba toda su vida como un sueño funesto, y el momento presente como un sueño agradable.
La vieja reapareció pronto; sostenía con dificultad a una mujer temblorosa, de figura majestuosa, resplandeciente de pedrerías y cubierta con un velo. Quita ese velo, le dice la vieja a Cándido. El joven se acerca; levanta el velo con mano tímida. ¡Qué momento! ¡qué sorpresa! Cree ver a la señorita Cunegunda; la veía en efecto, era ella misma. Le faltan las fuerzas, no puede pronunciar palabra, cae a sus pies. Cunegunda cae sobre el canapé. La vieja los rocía con alcoholes espirituosos, recobran el sentido, se hablan: al principio son palabras entrecortadas, preguntas y respuestas que se cruzan, suspiros, lágrimas, gritos.
La vieja les recomienda hacer menos ruido, y los deja en libertad. ¡Cómo! ¿eres tú?, le dice Cándido, ¿estás viva? ¿te reencuentro en Portugal? ¿Entonces no te violaron? ¿no te abrieron el vientre, como el filósofo Pangloss me había asegurado? Sí lo hicieron, dice la bella Cunegunda; pero no siempre se muere de estos dos accidentes.—¿Pero tu padre y tu madre fueron asesinados?—Es demasiado cierto, dice Cunegunda llorando.—¿Y tu hermano?—Mi hermano también fue asesinado.—¿Y por qué estás en Portugal?
¿y cómo supiste que yo estaba aquí? ¿y por qué extraña aventura me hiciste traer a esta casa?—Te diré todo eso, replicó la dama; pero antes debes contarme todo lo que te ha sucedido desde el beso inocente que me diste, y las patadas que recibiste.
Cándido le obedeció con profundo respeto; y aunque estaba aturdido, aunque su voz fuera débil y temblorosa, aunque el espinazo aún le doliera un poco, le relató de la manera más ingenua todo lo que había experimentado desde el momento de su separación. Cunegunda levantaba los ojos al cielo: derramó lágrimas por la muerte del buen anabaptista y de Pangloss; después de lo cual habló en estos términos a Cándido, que no perdía ni una palabra y la devoraba con los ojos.
Estaba en mi cama y dormía profundamente cuando plugo al cielo enviar a los búlgaros a nuestro hermoso castillo de Thunder-ten-tronckh; degollaron a mi padre y a mi hermano, e hicieron pedazos a mi madre. Un búlgaro enorme, de seis pies de altura, al ver que ante ese espectáculo yo había perdido el conocimiento, se puso a violarme; eso me hizo volver en mí, recuperé mis sentidos, grité, me debatí, mordí, arañé, quise arrancarle los ojos a ese búlgaro enorme, sin saber que todo lo que sucedía en el castillo de mi padre era cosa de costumbre: el bruto me dio una puñalada en el costado izquierdo cuya marca aún conservo. ¡Ay! Espero verla, dijo el ingenuo Cándido. La verás, dijo Cunegunda; pero sigamos. Sigue, dijo Cándido.
Ella retomó así el hilo de su historia: Un capitán búlgaro entró, me vio toda ensangrentada, y el soldado no se movía. El capitán se enfureció por la poca consideración que le mostraba ese bruto, y lo mató sobre mi cuerpo. Luego me hizo curar y me llevó prisionera de guerra a su cuartel. Yo lavaba las pocas camisas que tenía, le hacía la comida; me encontraba muy bonita, hay que reconocerlo; y no negaré que él estaba muy bien formado y que tenía la piel blanca y suave; por lo demás poco ingenio, poca filosofía: se veía claramente que no había sido educado por el doctor Pangloss.
Al cabo de tres meses, habiendo perdido todo su dinero y habiéndose hastiado de mí, me vendió a un judío llamado don Issachar, que comerciaba en Holanda y en Portugal, y que amaba apasionadamente a las mujeres. Este judío se encariñó mucho conmigo, pero no podía triunfar sobre mí; le resistí mejor que al soldado búlgaro: una persona de honor puede ser violada una vez, pero su virtud sale reforzada. El judío, para domarme, me llevó a esta casa de campo que ves. Yo había creído hasta entonces que no había nada en la tierra tan hermoso como el castillo de Thunder-ten-tronckh; me desengañé.
El gran inquisidor me vio un día en misa; me miró mucho, y me hizo decir que tenía que hablarme de asuntos secretos. Fui conducida a su palacio; le informé de mi nacimiento; él me representó cuánto era indigno de mi rango pertenecer a un israelita. Se propuso de su parte a don Issachar que me cediera a monseñor. Don Issachar, que es el banquero de la corte y hombre de crédito, no quiso hacer nada. El inquisidor lo amenazó con un auto de fe.
Finalmente mi judío intimidado concluyó un trato por el cual la casa y yo les pertenecíamos a ambos en común; que el judío me tendría para él los lunes, miércoles y el día del sábado, y que el inquisidor tendría los otros días de la semana. Hace seis meses que esta convención existe. No ha sido sin disputas; porque a menudo ha sido incierto si la noche del sábado al domingo pertenecía a la ley antigua o a la nueva. En cuanto a mí, he resistido hasta ahora a ambos; y creo que es por esa razón que siempre he sido amada.
Finalmente, para apartar la plaga de los terremotos y para intimidar a don Issachar, plugo a monseñor el inquisidor celebrar un auto de fe. Me hizo el honor de invitarme. Estuve muy bien situada; se sirvió a las damas refrescos entre la misa y la ejecución. Quedé, en verdad, horrorizada al ver quemar a esos dos judíos y a ese honrado vizcaíno que se había casado con su comadre: pero ¡cuál fue mi sorpresa, mi espanto, mi turbación, cuando vi en un sambenito y bajo una mitra una figura que se parecía a la de Pangloss!
Me froté los ojos, miré atentamente, lo vi colgar; me desmayé. Apenas recuperaba mis sentidos cuando te vi desnudado completamente; eso fue el colmo del horror, de la consternación, del dolor, de la desesperación. Te diré con verdad que tu piel es aún más blanca y de un color rosado más perfecto que la de mi capitán de los búlgaros. Esta visión redobló todos los sentimientos que me abrumaban, que me devoraban. Grité, quise decir: ¡Deteneos, bárbaros! pero me faltó la voz, y mis gritos habrían sido inútiles.
Cuando te hubieron azotado bien: ¿Cómo puede ser, me decía, que el amable Cándido y el sabio Pangloss se encuentren en Lisboa, uno para recibir cien latigazos y el otro para ser colgado por orden de monseñor el inquisidor, del que soy la amada? ¡Pangloss me ha engañado cruelmente cuando me decía que todo va de la mejor manera en el mundo!
Agitada, enloquecida, a veces fuera de mí misma y a veces a punto de morir de debilidad, tenía la cabeza llena de la masacre de mi padre, de mi madre, de mi hermano, de la insolencia de mi infame soldado búlgaro, de la puñalada que me dio, de mi servidumbre, de mi oficio de cocinera, de mi capitán búlgaro, de mi infame don Issachar, de mi abominable inquisidor, del ahorcamiento del doctor Pangloss, de ese gran miserere a voces graves durante el cual te azotaban, y sobre todo del beso que te había dado detrás de un biombo, el día que te había visto por última vez.
Alabé a Dios, que te devolvía a mí tras tantas pruebas. Encargué a mi vieja que cuidara de ti y que te trajera aquí en cuanto pudiera. Ha cumplido muy bien mi encargo; he gozado el placer inexpresable de volver a verte, de oírte, de hablarte. Debes tener un hambre devoradora; yo tengo mucho apetito; empecemos por cenar.
He aquí que se ponen los dos a la mesa; y después de la cena vuelven a sentarse en ese hermoso sofá del que ya se ha hablado; estaban allí cuando el señor don Issachar, uno de los amos de la casa, llegó. Era el día del sábado. Venía a gozar de sus derechos y a manifestar su tierno amor.
Este Isacar era el hebreo más colérico que se había visto en Israel desde la cautividad de Babilonia. «¡Cómo!», dijo, «perra de galilea, ¿no te basta con el señor inquisidor? ¿Es necesario que este canalla también comparta conmigo?». Mientras decía esto saca un largo puñal del que siempre iba provisto, y, no creyendo que su adversario tuviera armas, se lanza sobre Cándido; pero nuestro buen vestfaliano había recibido de la vieja una hermosa espada junto con el traje completo. Desenvaina su espada, aunque tenía un carácter muy dulce, y tiende al israelita muerto y rígido sobre las baldosas, a los pies de la hermosa Cunegunda.
«¡Santa Virgen!», exclamó ella, «¿qué va a ser de nosotros? ¡Un hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, estamos perdidos». «Si Pangloss no hubiera sido ahorcado», dijo Cándido, «nos daría un buen consejo en esta situación extrema, pues era un gran filósofo. A falta de él, consultemos a la vieja». Ella era muy prudente, y empezaba a dar su opinión cuando se abrió otra pequeña puerta. Era la una de la madrugada, el comienzo del domingo.
Ese día pertenecía a monseñor el inquisidor. Entra y ve a Cándido, el azotado, con la espada en la mano, un muerto tendido en el suelo, Cunegunda aterrada, y la vieja dando consejos.
He aquí en ese momento lo que pasó por el alma de Cándido, y cómo razonó: «Si este santo varón pide socorro, me hará quemar sin falta, podrá hacer lo mismo con Cunegunda; me ha hecho azotar sin piedad; es mi rival; estoy en trance de matar; no hay que vacilar». Este razonamiento fue claro y rápido; y, sin dar tiempo al inquisidor de reponerse de su sorpresa, lo atraviesa de parte a parte, y lo arroja junto al judío.
«¡Pues esto sí que es grave!», dijo Cunegunda; «ya no hay remisión; estamos excomulgados, nuestra última hora ha llegado. ¿Cómo habéis hecho vos, que nacisteis tan dulce, para matar en dos minutos a un judío y a un prelado?». «Mi bella señorita», respondió Cándido, «cuando uno está enamorado, celoso y azotado por la inquisición, ya no se conoce a sí mismo».
La vieja tomó entonces la palabra, y dijo: «Hay tres caballos andaluces en la cuadra, con sus sillas y sus bridas, que el valiente Cándido los prepare; la señora tiene doblones y diamantes, montemos rápidamente a caballo, aunque yo solo pueda sostenerme sobre una nalga, y vayamos a Cádiz; hace el mejor tiempo del mundo, y es un gran placer viajar durante el frescor de la noche».
Inmediatamente Cándido ensilla los tres caballos; Cunegunda, la vieja y él recorren treinta millas de un tirón. Mientras se alejaban, la santa hermandad llega a la casa, se entierra a monseñor en una hermosa iglesia, se arroja a Isacar al estercolero.
Cándido, Cunegunda y la vieja ya estaban en la pequeña ciudad de Avacena, en medio de las montañas de Sierra Morena; y hablaban así en una taberna.
«¿Quién habrá podido robarme mis pistolas y mis diamantes? —decía Cunegunda llorando—. ¿De qué vamos a vivir? ¿Qué haremos? ¿Dónde encontraremos inquisidores y judíos que me den otros?». «¡Ay! —dijo la anciana—, sospecho mucho de un reverendo padre franciscano que se alojó ayer en la misma posada que nosotros en Badajoz; Dios me libre de hacer un juicio temerario, pero entró dos veces en nuestra habitación y partió mucho antes que nosotros». «¡Ay! —dijo Cándido—, el bueno de Pangloss me había demostrado a menudo que los bienes de la tierra son comunes a todos los hombres, que cada uno tiene igual derecho sobre ellos.
Ese franciscano debería, según esos principios, habernos dejado con qué terminar nuestro viaje». «Entonces no te queda absolutamente nada, mi bella Cunegunda?». «Ni un maravedí», dijo ella. «¿Qué hacer?», dijo Cándido. «Vendamos uno de los caballos —dijo la anciana—; yo montaré en la grupa detrás de la señorita, aunque solo pueda sostenerme sobre una nalga, y llegaremos a Cádiz».
Había en la misma posada un prior de benedictinos; compró el caballo a buen precio. Cándido, Cunegunda y la anciana pasaron por Lucena, por Chillas, por Lebrija, y llegaron por fin a Cádiz. Allí se equipaba una flota y se reunían tropas para meter en razón a los reverendos padres jesuitas del Paraguay, a quienes se acusaba de haber hecho rebelar a una de sus hordas contra los reyes de España y de Portugal, cerca de la ciudad del Santo Sacramento.
Cándido, que había servido entre los búlgaros, hizo el ejercicio búlgaro ante el general del pequeño ejército con tanta gracia, rapidez, destreza, orgullo y agilidad, que le dieron el mando de una compañía de infantería. Helo ahí capitán; embarca con la señorita Cunegunda, la anciana, dos criados y los dos caballos andaluces que habían pertenecido al gran inquisidor de Portugal.
Durante toda la travesía discutieron mucho sobre la filosofía del pobre Pangloss. «Vamos a otro universo —decía Cándido—; es en ese, sin duda, donde todo está bien, pues hay que reconocer que uno podría lamentarse un poco de lo que pasa en el nuestro en lo físico y en lo moral». «Te amo con todo mi corazón —decía Cunegunda—, pero todavía tengo el alma aterrorizada por lo que he visto, por lo que he sufrido». «Todo irá bien —replicaba Cándido—; el mar de este nuevo mundo ya es mejor que los mares de nuestra Europa; es más tranquilo, los vientos más constantes.
Es sin duda el Nuevo Mundo el mejor de los universos posibles». «¡Dios lo quiera! —decía Cunegunda—, pero he sido tan horriblemente desgraciada en el mío, que mi corazón está casi cerrado a la esperanza». «Os quejáis —les dijo la anciana—; ¡ay!, no habéis sufrido desgracias como las mías». Cunegunda casi se echó a reír y encontró a esta buena mujer muy graciosa al pretender ser más desgraciada que ella. «¡Ay, mi buena! —le dijo—, a menos que hayas sido violada por dos búlgaros, que hayas recibido dos cuchilladas en el vientre, que te hayan demolido dos de tus castillos, que hayan degollado ante tus ojos a dos madres y dos padres, y que hayas visto azotar a dos de tus amantes en un auto de fe, no veo cómo puedes superarme; añade que nací baronesa con setenta y dos cuarteles de nobleza y que he sido cocinera».
«Señorita —respondió la anciana—, no sabéis cuál es mi nacimiento; y si os mostrara mi trasero, no hablaríais como lo hacéis y suspenderíais vuestro juicio». Este discurso despertó una curiosidad extrema en el ánimo de Cunegunda y de Cándido. La anciana les habló en estos términos.
No siempre he tenido los ojos enrojecidos y con los párpados irritados; mi nariz no siempre ha tocado mi barbilla, y no siempre he sido sirvienta. Soy hija del papa Urbano X y de la princesa de Palestrina. Me criaron hasta los catorce años en un palacio al que todos los castillos de vuestros barones alemanes no habrían servido ni de establo; y uno de mis vestidos valía más que todas las magnificencias de Westfalia. Crecía en belleza, en gracia, en talentos, en medio de placeres, respetos y esperanzas: ya inspiraba amor; mi pecho se formaba; ¡y qué pecho! blanco, firme, esculpido como el de la Venus de Médicis; ¡y qué ojos!
¡qué párpados! ¡qué cejas negras! ¡qué llamas brillaban en mis dos pupilas y eclipsaban el centelleo de las estrellas!, como me decían los poetas del barrio. Las mujeres que me vestían y me desvestían caían en éxtasis al mirarme por delante y por detrás; y todos los hombres habrían querido estar en su lugar.
Ved la extrema discreción del autor; no ha habido hasta ahora ningún papa llamado Urbano X; teme atribuir una hija bastarda a un papa conocido. ¡Qué circunspección! ¡Qué delicadeza de conciencia! —Esta nota de Voltaire es póstuma. Ni siquiera estaba en las ediciones de Kehl. La tengo del difunto Decrois. El último papa con el nombre de Urbano es Urbano VIII, muerto en 1644. B.
Fui prometida a un príncipe soberano de Massa-Carrara: ¡qué príncipe! tan hermoso como yo, lleno de dulzura y de encantos, brillante de ingenio y ardiente de amor; lo amaba como se ama por primera vez, con idolatría, con arrebato. Se prepararon las bodas: era una pompa, una magnificencia inaudita; eran fiestas, carruseles, óperas bufas continuas; y toda Italia compuso para mí sonetos de los que no hubo ni uno solo pasable. Estaba a punto de alcanzar mi felicidad, cuando una vieja marquesa, que había sido amante de mi príncipe, lo invitó a tomar chocolate en su casa; murió en menos de dos horas con convulsiones espantosas; pero esto no es más que una bagatela.
Mi madre desesperada, y mucho menos afligida que yo, quiso alejarse por algún tiempo de una residencia tan funesta. Tenía una tierra muy hermosa cerca de Gaeta: nos embarcamos en una galera del país, dorada como el altar de San Pedro de Roma. De pronto un corsario de Salé cae sobre nosotros y nos aborda: nuestros soldados se defendieron como soldados del papa; se pusieron todos de rodillas arrojando sus armas, y pidiendo al corsario una absolución _in articulo mortis_.
Al instante los desnudaron como a monos, y a mi madre también, a nuestras damas de honor también, y a mí también. Es admirable la diligencia con la que estos señores desnudan al mundo; pero lo que me sorprendió más fue que nos metieron a todos el dedo en un sitio donde nosotras las mujeres no nos dejamos meter de ordinario más que cánulas. Esta ceremonia me parecía muy extraña: así es como se juzga todo cuando no se ha salido de su país.
Supe pronto que era para ver si no habíamos escondido allí algunos diamantes; es una costumbre establecida desde tiempo inmemorial entre las naciones civilizadas que navegan por el mar. He sabido que los señores caballeros religiosos de Malta no dejan nunca de hacerlo cuando capturan turcos y turcas; es una ley del derecho de gentes que nunca se ha derogado.
No os diré cuán duro es para una joven princesa ser llevada esclava a Marruecos con su madre: ya os imagináis todo lo que tuvimos que sufrir en el barco corsario. Mi madre era todavía muy hermosa: nuestras damas de honor, nuestras simples doncellas tenían más encantos de los que se pueden encontrar en toda África: en cuanto a mí, era deslumbrante, era la belleza, la gracia misma, y era virgen: no lo fui por mucho tiempo; esta flor, que había sido reservada para el hermoso príncipe de Massa-Carrara, me fue arrebatada por el capitán corsario; era un negro abominable, que además creía hacerme mucho honor.
¡Ciertamente la señora princesa de Palestrina y yo tuvimos que ser muy fuertes para resistir todo lo que sufrimos hasta nuestra llegada a Marruecos! Pero pasemos; son cosas tan comunes, que no vale la pena hablar de ellas.
Marruecos nadaba en sangre cuando llegamos. Cincuenta hijos del emperador Muley Ismaíl tenían cada uno su partido; lo que producía en efecto cincuenta guerras civiles, de negros contra negros, de negros contra mulatos, de mulatos contra mulatos, de mestizos contra mestizos: era una carnicería continua en toda la extensión del imperio.
Apenas desembarcamos, unos negros de una facción enemiga de la de mi corsario se presentaron para quitarle su botín. Nosotras éramos, después de los diamantes y el oro, lo que tenía de más precioso. Fui testigo de un combate tal como no veis jamás en vuestros climas de Europa. Los pueblos septentrionales no tienen la sangre lo bastante ardiente; no tienen la rabia por las mujeres hasta el punto en que es común en África. Parece que vuestros europeos tengan leche en las venas; es vitriolo, es fuego lo que corre por las de los habitantes del monte Atlas y de los países vecinos.
Combatieron con la furia de los leones, los tigres y las serpientes de la región, para saber quién nos tendría. Un moro agarró a mi madre por el brazo derecho, el teniente de mi capitán la retuvo por el brazo izquierdo; un soldado moro la tomó por una pierna, uno de nuestros piratas la sostenía por la otra. Nuestras doncellas se encontraron casi todas en un momento tironeadas así por cuatro soldados. Mi capitán me tenía escondida detrás de él; tenía la cimitarra en la mano, y mataba a todo lo que se oponía a su rabia.
Finalmente vi a todas nuestras italianas y a mi madre desgarradas, cortadas, masacradas por los monstruos que se las disputaban. Los cautivos, mis compañeros, los que los habían capturado, soldados, marineros, negros, mulatos, blancos, mestizos, y finalmente mi capitán, todos fueron matados, y yo quedé moribunda sobre un montón de muertos. Escenas parecidas ocurrían, como se sabe, en una extensión de más de trescientas leguas, sin que se faltara a las cinco oraciones diarias ordenadas por Mahoma.
Me libré con mucha dificultad de la multitud de tantos cadáveres ensangrentados amontonados, y me arrastré bajo un gran naranjo al borde de un arroyo cercano; caí allí de espanto, de cansancio, de horror, de desesperación y de hambre. Poco después mis sentidos abrumados se entregaron a un sueño que tenía más de desmayo que de descanso. Estaba en ese estado de debilidad e insensibilidad, entre la muerte y la vida, cuando me sentí presionada por algo que se agitaba sobre mi cuerpo; abrí los ojos, vi a un hombre blanco y de buen aspecto que suspiraba, y que decía entre dientes: _O che sciagura d'essere senza coglioni!_
Asombrada y encantada de oír la lengua de mi patria, y no menos sorprendida por las palabras que pronunciaba aquel hombre, le respondí que había desgracias mayores que aquella de la que se quejaba; le conté en pocas palabras los horrores que había sufrido, y volví a desmayarme. Me llevó a una casa cercana, me hizo acostar, me dio de comer, me sirvió, me consoló, me halagó, me dijo que no había visto nada tan hermoso como yo, y que nunca había lamentado tanto lo que nadie podía devolverle.
«Nací en Nápoles —me dijo—; allí se castra a dos o tres mil niños cada año; unos mueren, otros adquieren una voz más bella que la de las mujeres, otros llegan a gobernar Estados. Me hicieron esta operación con gran éxito, y he sido músico de la capilla de la señora princesa de Palestrina». «¡De mi madre! —exclamé—. ¡De vuestra madre! —exclamó él llorando—: ¿cómo? ¿Seríais vos esa joven princesa a la que crié hasta los seis años, y que ya prometía ser tan bella como sois?». «Soy yo misma; mi madre está a cuatrocientos pasos de aquí descuartizada bajo un montón de muertos...».
Le conté todo lo que me había sucedido; él me contó también sus aventuras, y me explicó cómo había sido enviado ante el rey de Marruecos por una potencia cristiana, para concluir con ese monarca un tratado por el cual se le proporcionaría pólvora, cañones y navíos, para ayudarle a exterminar el comercio de los demás cristianos. «Mi misión ha terminado —dijo este honrado eunuco—; voy a embarcarme en Ceuta, y te llevaré de vuelta a Italia. Ma che sciagura d'essere senza coglioni!».
Le di las gracias con lágrimas de ternura; y en lugar de llevarme a Italia, me condujo a Argel, y me vendió al dey de aquella provincia. Apenas acababa de ser vendida, cuando aquella peste que había recorrido África, Asia y Europa, se declaró en Argel con furia. Habéis visto terremotos; pero, señorita, ¿habéis tenido alguna vez la peste? «Nunca», respondió la baronesa.
«Si la hubierais tenido —prosiguió la vieja—, reconoceríais que está muy por encima de un terremoto. Es muy común en África; yo la contraje. Figuraos qué situación para la hija de un papa, de quince años de edad, que en tres meses había conocido la pobreza, la esclavitud, había sido violada casi todos los días, había visto descuartizar a su madre, había sufrido el hambre y la guerra, y moría apestada en Argel. Sin embargo no morí; pero mi eunuco y el dey, y casi todo el serrallo de Argel perecieron».
«Cuando pasaron los primeros estragos de aquella espantosa peste, se vendieron los esclavos del dey. Un mercader me compró, y me llevó a Túnez; me vendió a otro mercader que me revendió a Trípoli; de Trípoli fui revendida a Alejandría, de Alejandría revendida a Esmirna; de Esmirna a Constantinopla. Pertenecí finalmente a un agá de los jenízaros, que pronto fue destinado a defender Azov contra los rusos que la asediaban».
«El agá, que era un hombre muy galante, llevó consigo todo su serrallo, y nos alojó en un pequeño fuerte a orillas del mar de Azov, custodiado por dos eunucos negros y veinte soldados. Se mató a muchísimos rusos, pero ellos nos lo devolvieron con creces: Azov fue puesta a fuego y sangre, y no se perdonó ni al sexo, ni a la edad; sólo quedó nuestro pequeño fuerte; los enemigos quisieron tomarnos por hambre. Los veinte jenízaros habían jurado no rendirse nunca.
Los extremos del hambre a que se vieron reducidos les obligaron a comerse a nuestros dos eunucos, por temor a violar su juramento. Al cabo de algunos días resolvieron comerse a las mujeres».
«Teníamos un imán muy piadoso y muy compasivo, que les hizo un hermoso sermón por el cual les persuadió de no matarnos del todo. "Cortad —dijo— solamente una nalga a cada una de estas damas, comeréis muy bien; si hay que volver a ello, tendréis otro tanto dentro de unos días; el cielo os agradecerá una acción tan caritativa, y seréis socorridos"».
«Tenía mucha elocuencia; los persuadió: nos hicieron esa horrible operación; el imán nos aplicó el mismo bálsamo que se pone a los niños recién circuncidados: estábamos todas a las puertas de la muerte».
«Apenas habían terminado los jenízaros la comida que les habíamos proporcionado, cuando los rusos llegaron en barcazas; ni un solo jenízaro escapó. Los rusos no prestaron ninguna atención al estado en que nos encontrábamos. Hay cirujanos franceses en todas partes: uno de ellos que era muy hábil cuidó de nosotras, nos curó; y recordaré toda mi vida que cuando mis heridas estuvieron bien cerradas, me hizo proposiciones. Por lo demás, nos dijo a todas que nos consoláramos; nos aseguró que en varios sitios había sucedido cosa parecida, y que era la ley de la guerra».
«En cuanto mis compañeras pudieron andar, las hicieron ir a Moscú; yo toqué en suerte a un boyardo que me hizo su jardinera, y que me daba veinte latigazos al día; pero habiendo sido ajusticiado este señor al cabo de dos años con una treintena de boyardos por algún enredo de la corte, aproveché esta circunstancia; me escapé; atravesé toda Rusia; fui durante mucho tiempo sirvienta de taberna en Riga, luego en Rostock, en Wismar, en Leipzig, en Kassel, en Utrecht, en Leiden, en La Haya, en Rotterdam: he envejecido en la miseria y en el oprobio, no teniendo más que la mitad de un trasero, recordando siempre que era hija de un papa; quise matarme cien veces, pero todavía amaba la vida.
Esta debilidad ridícula es quizá una de nuestras inclinaciones más funestas; pues ¿hay algo más absurdo que querer llevar continuamente una carga que siempre se quiere tirar al suelo; tener horror de nuestro ser, y aferrarse a nuestro ser; en fin, acariciar a la serpiente que nos devora, hasta que nos haya comido el corazón?».
«He visto en los países que el destino me ha hecho recorrer, y en las tabernas donde he servido, un número prodigioso de personas que detestaban su existencia; pero sólo he visto doce que hayan puesto fin voluntariamente a su desgracia: tres negros, cuatro ingleses, cuatro ginebrinos, y un profesor alemán llamado Robeck. Acabé siendo sirvienta del judío don Issachar; me puso a vuestro servicio, mi bella señorita; me he apegado a vuestro destino, y me he ocupado más de vuestras aventuras que de las mías.
Ni siquiera os habría hablado nunca de mis desgracias, si no me hubierais picado un poco, y si no fuera costumbre, en un barco, contar historias para distraerse. En fin, señorita, tengo experiencia, conozco el mundo; daos un placer, pedid a cada pasajero que os cuente su historia, y si encontráis uno solo que no haya maldecido a menudo su vida, que no se haya dicho a menudo a sí mismo que era el más desdichado de los hombres, arrojadme al mar de cabeza».
La bella Cunegunda, después de escuchar la historia de la anciana, le hizo todas las cortesías que se debían a una persona de su rango y de su mérito. Aceptó la propuesta; pidió a todos los pasajeros, uno tras otro, que le contaran sus aventuras. Cándido y ella reconocieron que la anciana tenía razón. Es una verdadera lástima, decía Cándido, que el sabio Pangloss haya sido ahorcado contra la costumbre en un auto de fe; nos diría cosas admirables sobre el mal físico y sobre el mal moral que cubren la tierra y el mar, y yo me sentiría con fuerzas suficientes para atreverme a hacerle respetuosamente algunas objeciones.
A medida que cada uno contaba su historia, el barco avanzaba. Llegaron a Buenos Aires. Cunegunda, el capitán Cándido y la anciana fueron a ver al gobernador don Fernando de Ibaraa, y Figueroa, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza. Este señor tenía una altivez propia de un hombre que llevaba tantos nombres. Hablaba a los hombres con el desdén más noble, llevando la nariz tan alta, elevando tan despiadadamente la voz, adoptando un tono tan imponente, afectando un porte tan altanero, que todos los que lo saludaban sentían la tentación de pegarle.
Amaba a las mujeres con furor. Cunegunda le pareció lo más bello que había visto jamás. Lo primero que hizo fue preguntar si ella era la mujer del capitán. El tono con que hizo esta pregunta alarmó a Cándido: no se atrevió a decir que era su mujer, porque en efecto no lo era; no se atrevió a decir que era su hermana, porque tampoco lo era; y aunque esa mentira piadosa había estado muy de moda entre los antiguos, y pudiera ser útil a los modernos, su alma era demasiado pura para traicionar la verdad. «Señorita Cunegunda», dijo, «debe hacerme el honor de casarse conmigo, y suplicamos a vuestra excelencia que se digne celebrar nuestra boda».
Don Fernando de Ibaraa, y Figueroa, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza, acariciándose el bigote, sonrió amargamente y ordenó al capitán Cándido que fuera a pasar revista a su compañía. Cándido obedeció; el gobernador se quedó con la señorita Cunegunda. Le declaró su pasión, le juró que al día siguiente se casaría con ella ante la Iglesia, o de otro modo, según le placiera a sus encantos. Cunegunda le pidió un cuarto de hora para reflexionar, para consultar a la anciana y para decidirse.
La anciana dijo a Cunegunda: «Señorita, tienes setenta y dos cuarteles y ni un céntimo; solo depende de ti ser la mujer del más grande señor de América del Sur, que tiene un bigote muy hermoso; ¿acaso te corresponde presumir de una fidelidad a toda prueba? Has sido violada por los búlgaros; un judío y un inquisidor han gozado de tus favores: las desgracias dan derechos. Confieso que si yo estuviera en tu lugar, no tendría ningún escrúpulo en casarme con el señor gobernador y hacer la fortuna del señor capitán Cándido».
Mientras la anciana hablaba con toda la prudencia que dan la edad y la experiencia, se vio entrar en el puerto un pequeño barco; llevaba un alcalde y alguaciles, y esto es lo que había ocurrido.
La anciana había adivinado muy bien que fue un franciscano de la gran manga quien robó el dinero y las joyas de Cunegunda en la ciudad de Badajoz, cuando huía apresuradamente con Cándido. Este monje quiso vender algunas de las piedras preciosas a un joyero. El comerciante las reconoció como las del gran inquisidor. El franciscano, antes de ser ahorcado, confesó que las había robado: indicó las personas y la ruta que tomaban. La huida de Cunegunda y de Cándido ya era conocida.
Los siguieron hasta Cádiz: enviaron, sin perder tiempo, un barco en su persecución. El barco ya estaba en el puerto de Buenos Aires. Corrió el rumor de que un alcalde iba a desembarcar y que se perseguía a los asesinos de monseñor el gran inquisidor. La prudente anciana vio al instante todo lo que había que hacer. «No puedes huir», dijo a Cunegunda, «y no tienes nada que temer; no eres tú quien ha matado a monseñor, y además el gobernador, que te ama, no permitirá que te maltraten; quédate».
Corrió inmediatamente hacia Cándido: «Huye», le dijo, «o dentro de una hora vas a ser quemado». No había un momento que perder; pero ¿cómo separarse de Cunegunda, y dónde refugiarse?
Cándido había traído de Cádiz un criado de los que abundan en las costas de España y en las colonias. Era un cuarto de español, nacido de un mestizo en Tucumán; había sido monaguillo, sacristán, marinero, monje, mensajero, soldado, lacayo. Se llamaba Cacambo y quería mucho a su amo, porque su amo era un hombre muy bueno. Ensilló a toda prisa los dos caballos andaluces. Vamos, mi amo, sigamos el consejo de la anciana, larguémonos y corramos sin mirar atrás.
Cándido derramó lágrimas: ¡Oh, mi querida Cunegunda! ¿Tengo que abandonarte en el momento en que el señor gobernador va a celebrar nuestra boda? Cunegunda, traída desde tan lejos, ¿qué será de ti? Será lo que pueda, dijo Cacambo; las mujeres nunca están desvalidas; Dios proveerá; corramos. ¿Adónde me llevas? ¿Adónde vamos? ¿Qué haremos sin Cunegunda?, decía Cándido. Por Santiago de Compostela, dijo Cacambo, ibas a hacer la guerra a los jesuitas, vamos a hacerla por ellos; conozco bastante bien los caminos, te llevaré a su reino, estarán encantados de tener un capitán que haga el ejercicio a la búlgara; harás una fortuna prodigiosa; cuando uno no encuentra lo que busca en un mundo, lo encuentra en otro. Es un gran placer ver y hacer cosas nuevas.
¿Así que ya has estado en Paraguay?, dijo Cándido. ¡Pues claro que sí!, dijo Cacambo; he sido sirviente en el colegio de la Asunción, y conozco el gobierno de los padres como conozco las calles de Cádiz. Es admirable ese gobierno. El reino tiene ya más de trescientas leguas de diámetro; está dividido en treinta provincias. Los padres lo tienen todo, y los pueblos nada; es la obra maestra de la razón y la justicia. Yo no veo nada más divino que los padres, que aquí hacen la guerra al rey de España y al rey de Portugal, y que en Europa confiesan a esos reyes; que aquí matan españoles, y que en Madrid los envían al cielo; esto me entusiasma; avancemos: vas a ser el más feliz de todos los hombres. ¡Qué placer tendrán los padres cuando sepan que les llega un capitán que conoce el ejercicio búlgaro!
En cuanto llegaron a la primera barrera, Cacambo dijo al puesto avanzado que un capitán pedía hablar con monseñor el comandante. Fueron a avisar a la guardia principal. Un oficial paraguayo corrió a los pies del comandante a darle parte de la noticia. Cándido y Cacambo fueron primero desarmados; se apoderaron de sus dos caballos andaluces. Los dos extranjeros son introducidos entre dos filas de soldados; el comandante estaba al fondo, con el tricornio en la cabeza, la sotana recogida, la espada al costado, el espontón en la mano.
Hizo una señal; al instante veinticuatro soldados rodean a los dos recién llegados. Un sargento les dice que tienen que esperar, que el comandante no puede hablarles, que el reverendo padre provincial no permite que ningún español abra la boca más que en su presencia, y permanezca más de tres horas en el país. ¿Y dónde está el reverendo padre provincial?, dijo Cacambo. Está en la parada después de haber dicho su misa, respondió el sargento, y no podréis besar sus espuelas hasta dentro de tres horas.
Pero, dijo Cacambo, el señor capitán, que se muere de hambre como yo, no es español, es alemán; ¿no podríamos desayunar mientras esperamos a su reverencia?
El sargento fue inmediatamente a dar cuenta de este discurso al comandante. ¡Bendito sea Dios!, dijo ese señor, puesto que es alemán, puedo hablarle; que lo lleven a mi glorieta. Al instante conducen a Cándido a un gabinete de verdor, adornado con una bonita columnata de mármol verde y oro, y enrejados que encerraban loros, colibríes, pájaros mosca, pintadas, y todas las aves más raras. Un excelente desayuno estaba preparado en vasijas de oro; y mientras los paraguayos comían maíz en escudillas de madera, en pleno campo, bajo el ardor del sol, el reverendo padre comandante entró en la glorieta.
Era un joven muy apuesto, de rostro lleno, bastante blanco, de color vivo, con la ceja arqueada, el ojo vivaz, la oreja roja, los labios bermellones, el aire orgulloso, pero de un orgullo que no era ni el de un español ni el de un jesuita. Devolvieron a Cándido y a Cacambo sus armas, que les habían quitado, así como los dos caballos andaluces; Cacambo les dio de comer avena cerca de la glorieta, vigilándolos siempre, por temor a una sorpresa.
Cándido besó primero el bajo de la sotana del comandante, luego se pusieron a la mesa. ¿Así que sois alemán?, le dijo el jesuita en esa lengua. Sí, mi reverendo padre, dijo Cándido. Ambos, al pronunciar estas palabras, se miraban con extrema sorpresa y una emoción de la que no eran dueños. ¿Y de qué región de Alemania sois?, dijo el jesuita. De la sucia provincia de Westfalia, dijo Cándido: nací en el castillo de Thunder-ten-tronckh. ¡Oh cielos!
¿Es posible?, exclamó el comandante. ¡Qué milagro!, exclamó Cándido. ¿Seríais vos?, dijo el comandante. No es posible, dijo Cándido. Ambos se dejan caer de espaldas, se abrazan, derraman torrentes de lágrimas. ¡Cómo! ¿Seríais vos, mi reverendo padre? ¿Vos, el hermano de la hermosa Cunegunda? ¿Vos, que fuisteis muerto por los búlgaros? ¿Vos, el hijo del señor barón? ¿Vos, jesuita en Paraguay? Hay que reconocer que este mundo es algo extraño. ¡Oh, Pangloss! ¡Pangloss! ¡Qué contento estaríais si no os hubieran ahorcado!
El comandante hizo retirarse a los esclavos negros y a los paraguayos que servían de beber en copas de cristal de roca. Agradeció mil veces a Dios y a san Ignacio; estrechaba a Cándido entre sus brazos, sus rostros estaban bañados en lágrimas. Estaríais mucho más asombrado, más conmovido, más fuera de vos mismo, dijo Cándido, si os dijera que la señorita Cunegunda, vuestra hermana, que creísteis destripada, goza de plena salud. —¿Dónde? —En vuestro vecindario, en casa del señor gobernador de Buenos Aires; y yo venía a haceros la guerra.
Cada palabra que pronunciaron en esta larga conversación acumulaba prodigio sobre prodigio. Su alma entera volaba sobre su lengua, estaba atenta en sus oídos y centelleaba en sus ojos. Como eran alemanes, estuvieron mucho tiempo en la mesa, esperando al reverendo padre provincial; y el comandante habló así a su querido Cándido.
Tendré presente en la memoria toda mi vida el día horrible en que vi matar a mi padre y a mi madre, y violar a mi hermana. Cuando los búlgaros se retiraron, no se encontró a esa hermana adorable, y metieron en una carreta a mi madre, a mi padre y a mí, dos criadas y tres niños degollados, para ir a enterrarnos en una capilla de jesuitas, a dos leguas del castillo de mis padres. Un jesuita nos roció con agua bendita; estaba horriblemente salada; entraron algunas gotas en mis ojos: el padre se dio cuenta de que mi párpado hacía un pequeño movimiento: puso la mano sobre mi corazón y lo sintió palpitar; me socorrieron, y al cabo de tres semanas ya no se notaba nada.
Sabes, mi querido Cándido, que yo era muy guapo; lo fui aún más; así que el reverendo padre Croust, superior de la casa, sintió por mí el más tierno afecto: me dio el hábito de novicio: algún tiempo después fui enviado a Roma. El padre general necesitaba un reclutamiento de jóvenes jesuitas alemanes. Los soberanos del Paraguay reciben los menos que pueden de jesuitas españoles; prefieren a los extranjeros, de los que creen tener más control. Fui considerado apto por el reverendo padre general para ir a trabajar en esa viña.
Partimos un polaco, un tirolés y yo. Fui honrado, al llegar, con el subdiaconado y una tenencia: hoy soy coronel y sacerdote. Recibiremos vigorosamente a las tropas del rey de España; te aseguro que serán excomulgadas y derrotadas. La Providencia te envía aquí para secundarnos. Pero ¿es realmente cierto que mi querida hermana Cunegunda esté en las cercanías, en casa del gobernador de Buenos Aires? Cándido le aseguró jurando que nada era más cierto. Sus lágrimas volvieron a correr.
El barón no se cansaba de abrazar a Cándido; lo llamaba su hermano, su salvador. ¡Ah! Quizá, le dijo, podremos juntos, mi querido Cándido, entrar como vencedores en la ciudad y recuperar a mi hermana Cunegunda. Es todo lo que deseo, dijo Cándido; pues contaba con casarme con ella, y aún lo espero. ¡Tú, insolente!, respondió el barón, ¿tendrías la desvergüenza de casarte con mi hermana que tiene setenta y dos cuarteles! ¡Te encuentro muy descarado al atreverte a hablarme de un propósito tan temerario!
Cándido, petrificado por tal discurso, le respondió: Reverendo padre, todos los cuarteles del mundo no vienen al caso; saqué a tu hermana de los brazos de un judío y de un inquisidor; ella tiene bastantes obligaciones conmigo, quiere casarse conmigo. El maestro Pangloss siempre me ha dicho que los hombres son iguales; y desde luego me casaré con ella. ¡Eso ya lo veremos, canalla!, dijo el barón jesuita de Thunder-ten-tronckh; y al mismo tiempo le dio un gran golpe con el plano de su espada en la cara.
Cándido al instante saca la suya y la hunde hasta la empuñadura en el vientre del barón jesuita; pero al retirarla toda humeante, se puso a llorar: ¡Ay, Dios mío!, dijo, he matado a mi antiguo amo, mi amigo, mi cuñado; soy el mejor hombre del mundo, y ya he matado a tres hombres; y de esos tres hay dos sacerdotes.
Cacambo, que hacía guardia en la puerta de la enramada, acudió corriendo. Solo nos queda vender cara nuestra vida, le dijo su amo; sin duda van a entrar en la enramada; hay que morir con las armas en la mano. Cacambo, que había visto muchas otras, no perdió la cabeza; tomó la sotana de jesuita que llevaba el barón, se la puso a Cándido en el cuerpo, le dio el bonete cuadrado del muerto y lo hizo montar a caballo.
Todo esto se hizo en un abrir y cerrar de ojos. Galopa, amo; todo el mundo te tomará por un jesuita que va a dar órdenes; y habremos pasado las fronteras antes de que puedan perseguirnos. Ya volaba mientras pronunciaba estas palabras, y gritando en español: ¡Paso, paso para el reverendo padre coronel!
Cándido y su criado se alejaron más allá de las barreras, y nadie sabía todavía en el campamento de la muerte del jesuita alemán. El vigilante Cacambo había tenido cuidado de llenar su maleta de pan, chocolate, jamón, frutas y algunas medidas de vino. Se adentraron con sus caballos andaluces en un país desconocido donde no descubrieron ningún camino. Por fin apareció ante ellos una hermosa pradera entrecortada de arroyos. Nuestros dos viajeros hicieron pastar a sus monturas.
Cacambo propone a su amo comer, y le da ejemplo. «¿Cómo quieres», decía Cándido, «que coma jamón, cuando he matado al hijo del señor barón, y me veo condenado a no volver a ver a la bella Cunegunda en mi vida? ¿De qué me servirá prolongar mis miserables días, puesto que debo arrastrarlos lejos de ella en el remordimiento y en la desesperación? ¿Y qué dirá el Journal de Trévoux?»
Hablando así, no dejó de comer. El sol se ponía. Los dos extraviados oyeron unos gritos que parecían lanzados por mujeres. No sabían si estos gritos eran de dolor o de alegría; pero se levantaron precipitadamente con esa inquietud y esa alarma que todo inspira en un país desconocido. Esos clamores provenían de dos muchachas completamente desnudas que corrían ligeramente por el borde de la pradera, mientras dos monos las seguían mordiéndoles las nalgas. Cándido se sintió conmovido de piedad; había aprendido a disparar con los búlgaros, y habría derribado una avellana en un arbusto sin tocar las hojas.
Toma su fusil español de dos tiros, dispara y mata a los dos monos. «¡Dios sea loado, mi querido Cacambo! He librado de un gran peligro a estas dos pobres criaturas: si he cometido un pecado al matar a un inquisidor y a un jesuita, lo he reparado bien salvando la vida a dos muchachas. Quizá sean dos señoritas de alcurnia, y esta aventura puede procurarnos muy grandes ventajas en el país».
Iba a continuar, pero su lengua quedó paralizada cuando vio a estas dos muchachas abrazar tiernamente a los dos monos, deshacerse en lágrimas sobre sus cuerpos y llenar el aire con los gritos más dolorosos. «No esperaba tanta bondad de alma», le dijo por fin a Cacambo; el cual le replicó: «Has hecho una gran obra maestra, mi amo; has matado a los dos amantes de estas señoritas». «¡Sus amantes! ¿Sería posible? Te burlas de mí, Cacambo; ¿cómo creerte?»
«Mi querido amo», respondió Cacambo, «siempre te asombras de todo; ¿por qué encuentras tan extraño que en algunos países haya monos que obtienen las buenas gracias de las damas? Son cuartos de hombre, como yo soy un cuarto de español». «¡Ay!», repuso Cándido, «recuerdo haber oído decir al maestro Pangloss que antiguamente habían sucedido accidentes parecidos, y que estas mezclas habían producido egipanes, faunos, sátiros; que varios grandes personajes de la antigüedad los habían visto; pero yo tomaba eso por fábulas».
«Debes estar convencido ahora», dijo Cacambo, «de que es una verdad, y ves cómo actúan las personas que no han recibido cierta educación; lo único que temo es que estas damas nos causen algún mal asunto».
Estas reflexiones sensatas llevaron a Cándido a abandonar la pradera y adentrarse en un bosque. Allí cenó con Cacambo; y ambos, después de maldecir al inquisidor de Portugal, al gobernador de Buenos Aires y al barón, se durmieron sobre el musgo. Al despertar, sintieron que no podían moverse; la razón era que durante la noche los oreillones, habitantes del país, a quienes las dos damas los habían denunciado, los habían atado con cuerdas de corteza de árbol.
Estaban rodeados de unos cincuenta oreillones completamente desnudos, armados de flechas, mazas y hachas de piedra: unos hacían hervir una gran caldera; otros preparaban espetones, y todos gritaban: «¡Es un jesuita, es un jesuita! ¡Seremos vengados, y nos daremos un buen festín; comamos jesuita, comamos jesuita!»
«Te lo había dicho, mi querido amo», exclamó tristemente Cacambo, «que estas dos muchachas nos jugarían una mala pasada». Cándido, al ver la caldera y los espetones, exclamó: «Ciertamente vamos a ser asados o hervidos. ¡Ah! ¿Qué diría el maestro Pangloss, si viera cómo está hecha la pura naturaleza? Todo está bien; sea, pero confieso que es muy cruel haber perdido a la señorita Cunegunda y ser puesto en el asador por los oreillones». Cacambo nunca perdía la cabeza.
«No desesperes de nada», le dijo al desolado Cándido; «entiendo un poco la jerga de estos pueblos, voy a hablarles». «No dejes», dijo Cándido, «de representarles cuál es la horrible inhumanidad de cocinar hombres, y cuán poco cristiano es eso».
«Señores», dijo Cacambo, «¿contáis entonces con comer hoy un jesuita? Está muy bien hecho; nada es más justo que tratar así a sus enemigos. En efecto, el derecho natural nos enseña a matar a nuestro prójimo, y así se actúa en toda la tierra. Si no usamos el derecho de comerlo, es porque tenemos por otro lado con qué darnos un buen festín; pero vosotros no tenéis los mismos recursos que nosotros: ciertamente vale más comer a sus enemigos que abandonar a los cuervos y las cornejas el fruto de su victoria.
Pero, señores, no querríais comer a vuestros amigos. Creéis que vais a poner en el asador a un jesuita, y es vuestro defensor, es el enemigo de vuestros enemigos el que vais a asar. Yo nací en vuestro país; el señor que veis es mi amo, y lejos de ser jesuita, acaba de matar a un jesuita, lleva sus despojos; he ahí el motivo de vuestro error. Para verificar lo que os digo, tomad su sotana, llevadla a la primera barrera del reino de los padres; informaos de si mi amo no ha matado a un oficial jesuita.
Os llevará poco tiempo; siempre podréis comernos, si descubrís que os he mentido. Pero, si os he dicho la verdad, conocéis demasiado los principios del derecho público, las costumbres y las leyes, para no concedernos la gracia».
Los oreillones encontraron este discurso muy razonable; delegaron a dos notables para ir con diligencia a informarse de la verdad; los dos delegados cumplieron su comisión como gente de espíritu, y volvieron pronto trayendo buenas noticias. Los oreillones desataron a sus dos prisioneros, les hicieron toda clase de cortesías, les ofrecieron muchachas, les dieron refrescos, y los acompañaron hasta los confines de sus estados, gritando con alegría: «¡No es jesuita, no es jesuita!»
Cándido no se cansaba de admirar el motivo de su liberación. «¡Qué pueblo!», decía, «¡qué hombres! ¡Qué costumbres! Si no hubiera tenido la suerte de dar una gran estocada a través del cuerpo del hermano de la señorita Cunegunda, habría sido comido sin remisión. Pero, después de todo, la pura naturaleza es buena, puesto que esta gente, en lugar de comerme, me ha hecho mil atenciones, en cuanto supieron que yo no era jesuita».
Cuando llegaron a las fronteras de los oreillones: Ves, dijo Cacambo a Cándido, que este hemisferio no es mejor que el otro; créeme, volvamos a Europa por el camino más corto. ¿Cómo volver?, dijo Cándido; ¿y adónde ir? Si voy a mi país, los búlgaros y los ábaros degüellan a todo el mundo; si regreso a Portugal, me queman; si nos quedamos en este país, corremos el riesgo a cada momento de que nos pongan en el asador. Pero ¿cómo decidirme a abandonar la parte del mundo que habita la señorita Cunegunda?
«Vayamos hacia Cayena, dijo Cacambo, allí encontraremos franceses que van por todo el mundo; podrán ayudarnos. Quizá Dios se apiade de nosotros.»
No era fácil ir a Cayena: sabían más o menos en qué dirección debían caminar; pero montañas, ríos, precipicios, bandidos, salvajes, eran por todas partes obstáculos terribles. Sus caballos murieron de fatiga; sus provisiones se agotaron; se alimentaron un mes entero de frutos silvestres, y se encontraron por fin junto a un pequeño río bordeado de cocoteros que sostuvieron su vida y sus esperanzas.
Cacambo, que daba siempre consejos tan buenos como la vieja, dijo a Cándido: Ya no podemos más, hemos caminado bastante; veo una canoa vacía en la orilla, llenémosla de cocos, metámonos en esa pequeña embarcación, dejémonos llevar por la corriente; un río conduce siempre a algún lugar habitado. Si no encontramos cosas agradables, encontraremos al menos cosas nuevas. Vamos, dijo Cándido, encomendémonos a la Providencia.
Navegaron algunas leguas entre orillas, a veces floridas, a veces áridas, a veces llanas, a veces escarpadas. El río se ensanchaba siempre; por fin se perdió bajo una bóveda de rocas espantosas que se elevaban hasta el cielo. Los dos viajeros tuvieron la audacia de abandonarse a las olas bajo esa bóveda. El río, estrechado en ese lugar, los llevó con una rapidez y un ruido horribles. Al cabo de veinticuatro horas volvieron a ver la luz del día; pero su canoa se destrozó contra los escollos; tuvieron que arrastrarse de roca en roca durante una legua entera; por fin descubrieron un horizonte inmenso, bordeado de montañas inaccesibles.
El país estaba cultivado tanto por placer como por necesidad; por todas partes lo útil era agradable: los caminos estaban cubiertos o más bien ornados de vehículos de una forma y una materia brillantes, que llevaban hombres y mujeres de una belleza singular, arrastrados rápidamente por grandes carneros rojos que superaban en velocidad a los más hermosos caballos de Andalucía, de Tetuán y de Mequinez.
He aquí sin embargo, dijo Cándido, un país que vale más que Westfalia. Puso pie a tierra con Cacambo junto al primer pueblo que encontró. Algunos niños del pueblo, cubiertos de brocados de oro completamente rasgados, jugaban al tejo a la entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divirtieron mirándolos: sus tejos eran piezas redondas bastante grandes, amarillas, rojas, verdes, que arrojaban un brillo singular. Les entraron ganas a los viajeros de recoger algunos; era oro, eran esmeraldas, rubíes, de los que el más pequeño habría sido el mayor ornamento del trono del Mogol.
Sin duda, dijo Cacambo, estos niños son los hijos del rey del país que juegan al pequeño tejo. El maestro del pueblo apareció en ese momento para hacerlos volver a la escuela. He aquí, dijo Cándido, el preceptor de la familia real.
Los pequeños pilletes dejaron enseguida el juego, abandonando en el suelo sus tejos y todo lo que había servido a sus diversiones. Cándido los recoge, corre hacia el preceptor y se los presenta humildemente, haciéndole entender por señas que sus altezas reales habían olvidado su oro y sus piedras preciosas. El maestro del pueblo, sonriendo, los tiró al suelo, miró un momento la cara de Cándido con mucha sorpresa, y continuó su camino.
Los viajeros no dejaron de recoger el oro, los rubíes y las esmeraldas. ¿Dónde estamos?, exclamó Cándido. Es preciso que los hijos de los reyes de este país estén bien educados, puesto que se les enseña a despreciar el oro y las piedras preciosas. Cacambo estaba tan sorprendido como Cándido. Se acercaron por fin a la primera casa del pueblo; estaba construida como un palacio de Europa. Una multitud de gente se agolpaba en la puerta, y aún más en el interior; se oía una música muy agradable, y se sentía un olor delicioso de cocina.
Cacambo se acercó a la puerta y oyó que se hablaba peruano; era su lengua materna; pues todo el mundo sabe que Cacambo había nacido en Tucumán, en un pueblo donde solo se conocía esa lengua. Te serviré de intérprete, le dijo a Cándido; entremos, esto es una posada.
Inmediatamente dos muchachos y dos muchachas de la hostería, vestidos de paño de oro y el pelo recogido con cintas, los invitan a sentarse a la mesa del anfitrión. Sirvieron cuatro sopas guarnecidas cada una con dos loros, un cóndor hervido que pesaba doscientas libras, dos monos asados de un gusto excelente, trescientos colibríes en un plato y seiscientos pájaros-moscas en otro; guisos exquisitos, pasteles deliciosos; todo en platos de una especie de cristal de roca. Los muchachos y las muchachas de la hostería servían varios licores hechos de caña de azúcar.
Los comensales eran en su mayoría comerciantes y transportistas, todos de una cortesía extrema, que hicieron algunas preguntas a Cacambo con la discreción más circunspecta, y que respondieron a las suyas de una manera que lo satisfizo.
Cuando la comida terminó, Cacambo creyó, lo mismo que Cándido, pagar bien su escote, echando sobre la mesa del anfitrión dos de esas grandes piezas de oro que había recogido; el anfitrión y la anfitriona soltaron una carcajada y se aguantaron los costados largo tiempo. Por fin se calmaron. Señores, dijo el anfitrión, vemos bien que sois extranjeros; no estamos acostumbrados a ver a ninguno. Perdonadnos si nos hemos puesto a reír cuando nos habéis ofrecido en pago los guijarros de nuestros caminos reales.
Sin duda no tenéis la moneda del país, pero no es necesario tenerla para cenar aquí. Todas las hosterías establecidas para la comodidad del comercio son pagadas por el gobierno. Habéis comido mal aquí porque es un pueblo pobre, pero en todas partes seréis recibidos como merecéis serlo. Cacambo explicaba a Cándido todos los discursos del anfitrión, y Cándido los escuchaba con la misma admiración y el mismo desconcierto con que su amigo Cacambo los traducía. ¿Qué país es este, se decían el uno al otro, desconocido para todo el resto de la tierra, y donde toda la naturaleza es de una especie tan diferente de la nuestra?
Es probablemente el país donde todo va bien; pues es absolutamente necesario que haya uno de esa especie. Y, a pesar de lo que dijera el maestro Pangloss, me he dado cuenta a menudo de que todo iba bastante mal en Westfalia.
Cacambo manifestó a su anfitrión toda su curiosidad; el anfitrión le dijo: Soy muy ignorante, y me va bien así; pero tenemos aquí a un anciano retirado de la corte que es el hombre más sabio del reino, y el más comunicativo. Enseguida condujo a Cacambo donde el anciano. Cándido ya no desempeñaba más que un papel secundario, y acompañaba a su criado. Entraron en una casa muy sencilla, pues la puerta era solo de plata, y los paneles de los aposentos eran solo de oro, pero trabajados con tanto gusto, que los paneles más ricos no los superaban. La antecámara, en verdad, estaba incrustada solo de rubíes y esmeraldas; pero el orden en que todo estaba dispuesto compensaba bien esta extrema sencillez.
El anciano recibió a los dos extranjeros sobre un sofá acolchado con plumas de colibrí, y les hizo servir licores en vasos de diamante; después de lo cual satisfizo su curiosidad en estos términos:
Tengo ciento setenta y dos años, y supe por mi difunto padre, escudero del rey, las asombrosas revoluciones del Perú de las que había sido testigo. El reino donde estamos es la antigua patria de los incas, que salieron de aquí muy imprudentemente para ir a sojuzgar una parte del mundo, y que finalmente fueron destruidos por los españoles.
Los príncipes de su familia que permanecieron en su país natal fueron más sabios; ordenaron, con el consentimiento de la nación, que ningún habitante saliera jamás de nuestro pequeño reino; y eso es lo que ha conservado nuestra inocencia y nuestra felicidad. Los españoles han tenido un conocimiento confuso de este país, lo han llamado _Eldorado_; y un inglés, llamado el caballero Raleigh, incluso se acercó hace unos cien años; pero, como estamos rodeados de rocas inaccesibles y de precipicios, siempre hemos estado hasta ahora al abrigo de la rapacidad de las naciones de Europa, que tienen una furia inconcebible por los guijarros y por el fango de nuestra tierra, y que, para conseguirlos, nos matarían a todos hasta el último.
La conversación fue larga; versó sobre la forma de gobierno, sobre las costumbres, sobre las mujeres, sobre los espectáculos públicos, sobre las artes. Finalmente Cándido, que siempre había tenido gusto por la metafísica, hizo preguntar por Cacambo si en el país había una religión.
El anciano se ruborizó un poco. ¡Cómo! dijo, ¿podéis dudarlo? ¿Acaso nos tomáis por unos ingratos? Cacambo preguntó humildemente cuál era la religión de Eldorado. El anciano se ruborizó de nuevo: ¿Acaso puede haber dos religiones? dijo. Tenemos, creo, la religión de todo el mundo; adoramos a Dios desde la tarde hasta la mañana. ¿Adoráis solo a un Dios? dijo Cacambo, que seguía sirviendo de intérprete a las dudas de Cándido. Aparentemente, dijo el anciano, no hay ni dos, ni tres, ni cuatro.
Os confieso que la gente de vuestro mundo hace preguntas muy singulares. Cándido no se cansaba de hacer interrogar a este buen anciano; quiso saber cómo se rezaba a Dios en Eldorado. No le rezamos, dijo el bueno y respetable sabio; no tenemos nada que pedirle, nos ha dado todo lo que necesitamos; le damos gracias sin cesar. Cándido tuvo la curiosidad de ver sacerdotes; preguntó dónde estaban. El buen anciano sonrió. Amigos míos, dijo, todos somos sacerdotes; el rey y todos los jefes de familia cantan cánticos de acción de gracias solemnemente todas las mañanas, y cinco o seis mil músicos les acompañan.
—¡Cómo! ¿no tenéis monjes que enseñen, que disputen, que gobiernen, que intriguen, y que hagan quemar a la gente que no es de su opinión? —Tendríamos que estar locos, dijo el anciano; aquí todos somos de la misma opinión, y no entendemos qué queréis decir con vuestros monjes. Cándido ante todos estos discursos quedaba en éxtasis, y se decía a sí mismo: Esto es muy diferente de Westfalia y del castillo del señor barón: si nuestro amigo Pangloss hubiera visto Eldorado, ya no habría dicho que el castillo de Thunder-ten-tronckh era lo mejor que había sobre la tierra; es cierto que hay que viajar.
Después de esta larga conversación, el buen anciano hizo enganchar un carruaje a seis carneros, y dio doce de sus criados a los dos viajeros para conducirles a la corte. Disculpadme, les dijo, si mi edad me priva del honor de acompañaros. El rey os recibirá de una manera de la que no estaréis descontentos, y perdonaréis sin duda las costumbres del país, si hay algunas que os desagraden.
Cándido y Cacambo subieron al carruaje; los seis carneros volaban, y en menos de cuatro horas llegaron al palacio del rey, situado en un extremo de la capital. El portal tenía doscientos veinte pies de alto, y cien de ancho; es imposible expresar cuál era su materia. Se ve bastante qué superioridad prodigiosa debía tener sobre esos guijarros y sobre esa arena que llamamos oro y piedras preciosas.
Veinte hermosas doncellas de la guardia recibieron a Cándido y Cacambo al descender del carruaje, les condujeron a los baños, les vistieron con ropas de un tejido de plumón de colibrí; después de lo cual los grandes oficiales y las grandes oficialas de la corona les llevaron al aposento de su majestad en medio de dos filas, cada una de mil músicos, según la costumbre ordinaria. Cuando se acercaron a la sala del trono, Cacambo preguntó a un gran oficial cómo había que proceder para saludar a su majestad: si había que arrojarse de rodillas o boca abajo; si había que ponerse las manos sobre la cabeza o sobre el trasero; si había que lamer el polvo de la sala: en una palabra, cuál era la ceremonia.
La costumbre, dijo el gran oficial, es abrazar al rey y besarle por ambos lados. Cándido y Cacambo saltaron al cuello de su majestad, que les recibió con toda la gracia imaginable, y que les invitó cortésmente a cenar.
Mientras tanto, les hicieron ver la ciudad, los edificios públicos elevados hasta las nubes, los mercados ornados con mil columnas, las fuentes de agua pura, las fuentes de agua de rosas, las de licores de caña de azúcar que manaban continuamente en grandes plazas pavimentadas con una especie de piedras preciosas que esparcían un olor semejante al del clavo y la canela. Cándido pidió ver el tribunal de justicia, el parlamento; le dijeron que no había, y que nunca se litigaba.
Preguntó si había prisiones, y le dijeron que no. Lo que más le sorprendió, y lo que más placer le causó, fue el palacio de las ciencias, en el cual vio una galería de dos mil pasos, toda llena de instrumentos de matemáticas y de física.
Después de haber recorrido durante toda la tarde aproximadamente la milésima parte de la ciudad, les llevaron de vuelta donde el rey. Cándido se sentó a la mesa entre su majestad, su criado Cacambo, y varias damas. Nunca se hizo mejor comida, y nunca se tuvo más ingenio en la cena que el que tuvo su majestad. Cacambo explicaba las agudezas del rey a Cándido, y aunque traducidas, siempre parecían agudezas. De todo lo que asombraba a Cándido, esto no fue lo que menos le asombró.
Pasaron un mes en este hospicio. Cándido no cesaba de decir a Cacambo: Es verdad, amigo mío, una vez más, que el castillo donde nací no vale lo que el país donde estamos; pero al fin la señorita Cunegunda no está aquí, y tú sin duda tienes alguna amante en Europa. Si nos quedamos aquí, solo seremos como los demás; mientras que si regresamos a nuestro mundo, tan solo con doce carneros cargados de guijarros de Eldorado, seremos más ricos que todos los reyes juntos, ya no tendremos inquisidores que temer, y podremos fácilmente recuperar a la señorita Cunegunda.
Este discurso complació a Cacambo; tanto gusta correr, hacerse valer entre los suyos, hacer alarde de lo que se ha visto en los viajes, que los dos felices resolvieron no serlo más, y pedir permiso a su majestad.
Hacéis una tontería, les dijo el rey: sé bien que mi país es poca cosa; pero, cuando se está pasablemente en alguna parte, hay que quedarse. Yo no tengo ciertamente el derecho de retener a extranjeros; es una tiranía que no está ni en nuestras costumbres ni en nuestras leyes; todos los hombres son libres; marchad cuando queráis, pero la salida es muy difícil. Es imposible remontar el río rápido por el cual habéis llegado por milagro, y que corre bajo bóvedas de rocas.
Las montañas que rodean todo mi reino tienen diez mil pies de altura, y son rectas como murallas: ocupan cada una en anchura un espacio de más de diez leguas; solo se puede descender por precipicios. Sin embargo, puesto que queréis partir absolutamente, voy a dar orden a los intendentes de máquinas de hacer una que pueda transportaros cómodamente. Cuando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie podrá acompañaros; pues mis súbditos han hecho voto de no salir nunca de su recinto, y son demasiado sabios para romper su voto.
Pedidme por lo demás todo lo que os plazca. No pedimos a vuestra majestad, dijo Cacambo, más que algunos carneros cargados de víveres, de guijarros, y del fango del país. El rey rio: No concibo, dijo, qué gusto tiene vuestra gente de Europa por nuestro fango amarillo: pero llevad tanto como queráis, y que os aproveche.
Dio la orden inmediatamente a sus ingenieros de hacer una máquina para izar a estos dos hombres extraordinarios fuera del reino. Tres mil buenos físicos trabajaron en ella; estuvo lista al cabo de quince días, y no costó más de veinte millones de libras esterlinas, moneda del país. Pusieron sobre la máquina a Cándido y Cacambo; había dos grandes carneros rojos ensillados y embridados para servirles de montura cuando hubieran franqueado las montañas, veinte carneros de carga cargados de víveres, treinta que portaban presentes de lo más curioso del país, y cincuenta cargados de oro, de piedras preciosas, y de diamantes. El rey abrazó tiernamente a los dos vagabundos.
Fue un hermoso espectáculo su partida, y la manera ingeniosa en que fueron izados ellos y sus carneros a lo alto de las montañas. Los físicos se despidieron de ellos después de haberles puesto a salvo, y Cándido no tuvo más deseo ni otro objeto que ir a presentar sus carneros a la señorita Cunegunda. Tenemos, dijo, con qué pagar al gobernador de Buenos Aires, si la señorita Cunegunda puede ser puesta en venta. Marchemos hacia Cayena, embarquémonos, y ya veremos después qué reino podremos comprar.
El primer día de viaje de nuestros dos viajeros fue bastante agradable. Los animaba la idea de verse poseedores de más tesoros de los que Asia, Europa y África podían reunir. Cándido, exaltado, escribía el nombre de Cunegunda en los árboles. El segundo día dos de sus carneros se hundieron en unos pantanos y se perdieron con su carga; otros dos carneros murieron de fatiga algunos días después; siete u ocho perecieron luego de hambre en un desierto; otros cayeron al cabo de algunos días en precipicios.
Finalmente, tras cien días de marcha, solo les quedaron dos carneros. Cándido le dijo a Cacambo: Amigo mío, ya ves lo perecederas que son las riquezas de este mundo; no hay nada sólido salvo la virtud y la felicidad de volver a ver a la señorita Cunegunda. Lo reconozco, dijo Cacambo; pero todavía nos quedan dos carneros con más tesoros de los que jamás tendrá el rey de España; y veo a lo lejos una ciudad que sospecho que es Surinam, perteneciente a los holandeses. Hemos llegado al fin de nuestras penas y al comienzo de nuestra felicidad.
Al acercarse a la ciudad, encontraron a un negro tendido en el suelo, que ya no tenía más que la mitad de su ropa, es decir, unos calzones de tela azul; a este pobre hombre le faltaba la pierna izquierda y la mano derecha. «¡Dios mío! —le dijo Cándido en holandés—, ¿qué haces ahí, amigo mío, en el estado horrible en que te veo?» «Espero a mi amo, el señor Vanderdendur, el famoso comerciante», respondió el negro. «¿Es el señor Vanderdendur —dijo Cándido— quien te ha tratado así?»
«Sí, señor —dijo el negro—, es la costumbre. Nos dan unos calzones de tela como única ropa dos veces al año. Cuando trabajamos en los ingenios azucareros y la muela nos atrapa el dedo, nos cortan la mano; cuando queremos huir, nos cortan la pierna: yo me he encontrado en los dos casos. Es a este precio que coméis azúcar en Europa. Sin embargo, cuando mi madre me vendió por diez escudos patagones en la costa de Guinea, me decía: Hijo mío querido, bendice nuestros fetiches, adóralos siempre, te harán vivir feliz; tienes el honor de ser esclavo de nuestros señores los blancos, y así haces la fortuna de tu padre y de tu madre.
¡Ay! no sé si he hecho su fortuna, pero ellos no han hecho la mía. Los perros, los monos y los loros son mil veces menos desgraciados que nosotros; los fetiches holandeses que me han convertido me dicen todos los domingos que todos somos hijos de Adán, blancos y negros. No soy genealogista; pero si esos predicadores dicen la verdad, todos somos primos hermanos. Ahora bien, me reconocerás que no se puede tratar a los parientes de una manera más horrible».
«¡Oh, Pangloss! —exclamó Cándido—, no habías adivinado esta abominación; se acabó, al final tendré que renunciar a tu optimismo». «¿Qué es optimismo?», preguntaba Cacambo. «¡Ay! —dijo Cándido—, es la manía de sostener que todo está bien cuando uno está mal». Y derramaba lágrimas mirando a su negro; y llorando, entró en Surinam.
Lo primero que preguntaron fue si había en el puerto algún barco que se pudiera enviar a Buenos Aires. Aquel a quien se dirigieron era precisamente un patrón español que se ofreció a hacer con ellos un trato honrado. Les dio cita en una taberna. Cándido y el fiel Cacambo fueron a esperarlo allí con sus dos carneros.
Cándido, que tenía el corazón en los labios, le contó al español todas sus aventuras y le confesó que quería raptar a la señorita Cunegunda. «Me guardaré mucho de llevaros a Buenos Aires —dijo el patrón—: me colgarían, y a vosotros también; la bella Cunegunda es la amante favorita de monseñor». Esto fue un golpe terrible para Cándido; lloró largo rato; finalmente se llevó aparte a Cacambo. «Mira, querido amigo —le dijo—, esto es lo que tienes que hacer.
Cada uno llevamos en los bolsillos cinco o seis millones en diamantes; tú eres más hábil que yo; ve a buscar a la señorita Cunegunda a Buenos Aires. Si el gobernador pone alguna dificultad, dale un millón; si no cede, dale dos; tú no has matado a ningún inquisidor, no desconfiarán de ti. Yo equiparé otro barco, iré a esperarte a Venecia: es un país libre donde no hay nada que temer ni de los búlgaros, ni de los ábaros, ni de los judíos, ni de los inquisidores».
Cacambo aplaudió esta sabia resolución. Estaba desesperado por separarse de un buen amo que se había convertido en su amigo íntimo; pero el placer de serle útil superó el dolor de dejarlo. Se abrazaron derramando lágrimas: Cándido le recomendó que no olvidara a la buena vieja. Cacambo partió ese mismo día: era un hombre muy bueno ese Cacambo.
Cándido permaneció aún algún tiempo en Surinam y esperó a que otro patrón quisiera llevarlo a Italia con los dos carneros que le quedaban. Tomó criados y compró todo lo que le era necesario para un viaje largo; finalmente el señor Vanderdendur, dueño de un gran barco, vino a presentarse ante él. «¿Cuánto queréis —le preguntó a este hombre— para llevarme directamente a Venecia, con mi gente, mi equipaje y los dos carneros que veis ahí?» El patrón se conformó con diez mil piastras: Cándido no vaciló.
«¡Oh, oh! —se dijo para sí el prudente Vanderdendur—, este extranjero da diez mil piastras de una vez; debe de ser muy rico». Luego, volviendo un momento después, le comunicó que no podía partir por menos de veinte mil. «¡Pues bien! las tendréis», dijo Cándido.
«¡Vaya! —se dijo en voz baja el comerciante—, este hombre da veinte mil piastras tan fácilmente como diez mil». Volvió de nuevo y dijo que no podía llevarlo a Venecia por menos de treinta mil piastras. «Entonces tendréis treinta mil», respondió Cándido.
«¡Oh, oh! —se dijo de nuevo el comerciante holandés—, treinta mil piastras no le cuestan nada a este hombre; sin duda los dos carneros llevan tesoros inmensos; no insistamos más: hagámonos pagar primero las treinta mil piastras, y luego veremos». Cándido vendió dos pequeños diamantes, el menor de los cuales valía más que todo el dinero que pedía el patrón. Le pagó por adelantado. Los dos carneros fueron embarcados. Cándido seguía en un bote pequeño para alcanzar el barco en la rada; el patrón aprovecha el momento, iza las velas, zarpa; el viento lo favorece.
Cándido, aturdido y estupefacto, pronto lo pierde de vista. «¡Ay! —gritó—, he aquí una jugarreta digna del Viejo Mundo». Regresó a la orilla, hundido en el dolor; pues al fin había perdido con qué hacer la fortuna de veinte monarcas.
Fue a casa del juez holandés; y, como estaba algo alterado, golpeó bruscamente la puerta; entró, expuso su aventura y gritó un poco más alto de lo conveniente. El juez empezó por hacerle pagar diez mil piastras por el ruido que había hecho: luego lo escuchó pacientemente, le prometió examinar su asunto en cuanto el comerciante regresara, y se hizo pagar otras diez mil piastras por los gastos de la audiencia.
Este proceder acabó de desesperar a Cándido; había sufrido, ciertamente, desgracias mil veces más dolorosas; pero la sangre fría del juez y la del patrón que lo había robado encendieron su bilis y lo sumieron en una negra melancolía. La maldad de los hombres se presentaba a su espíritu en toda su fealdad, solo se alimentaba de ideas tristes. Finalmente, estando un barco francés a punto de partir hacia Burdeos, como ya no tenía carneros cargados de diamantes para embarcar, alquiló un camarote del barco a precio justo e hizo anunciar en la ciudad que pagaría el pasaje, la comida, y daría dos mil piastras a un hombre honrado que quisiera hacer el viaje con él, a condición de que ese hombre fuera el más hastiado de su condición y el más desgraciado de la provincia.
Se presentó una multitud de pretendientes que una flota no habría podido contener. Cándido, queriendo elegir entre los más destacados, distinguió a una veintena de personas que le parecían sociables y que todas pretendían merecer la preferencia. Los reunió en su taberna y les ofreció una cena, a condición de que cada uno jurara contar fielmente su historia, prometiendo elegir al que le pareciera más digno de lástima y más descontento de su condición, con mayor motivo, y dar a los otros algunas gratificaciones.
La sesión duró hasta las cuatro de la mañana. Cándido, escuchando todas sus aventuras, se acordaba de lo que le había dicho la vieja yendo a Buenos Aires, y de la apuesta que había hecho, de que no había nadie en el barco a quien no le hubieran ocurrido grandes desgracias. Pensaba en Pangloss con cada aventura que le contaban. «Este Pangloss —decía— estaría muy apurado para demostrar su sistema. Me gustaría que estuviera aquí. Ciertamente, si todo va bien, es en El Dorado, y no en el resto de la tierra».
Finalmente se decidió por un pobre sabio que había trabajado diez años para los libreros de Ámsterdam. Juzgó que no había oficio en el mundo del que uno debiera estar más hastiado.
Este sabio, que por otra parte era un buen hombre, había sido robado por su mujer, golpeado por su hijo y abandonado por su hija, que se había dejado raptar por un portugués. Acababa de ser privado de un pequeño empleo del que subsistía; y los predicadores de Surinam lo perseguían porque lo tomaban por un sociniano. Hay que reconocer que los otros eran al menos tan desgraciados como él; pero Cándido esperaba que el sabio lo entretuviera en el viaje. Todos sus otros rivales encontraron que Cándido les hacía una gran injusticia; pero él los apaciguó dándole a cada uno cien piastras.
El viejo sabio, que se llamaba Martin, se embarcó pues hacia Burdeos con Cándido. Ambos habían visto mucho y sufrido mucho; y aunque el barco hubiera tenido que zarpar de Surinam a Japón por el cabo de Buena Esperanza, habrían tenido de qué conversar sobre el mal moral y el mal físico durante todo el viaje.
Sin embargo, Cándido tenía una gran ventaja sobre Martin, y es que siempre esperaba volver a ver a la señorita Cunegunda, mientras que Martin no tenía nada que esperar; además tenía oro y diamantes; y, aunque hubiese perdido cien grandes carneros rojos cargados con los mayores tesoros de la tierra, aunque todavía tuviese en el corazón la canallada del patrón holandés; sin embargo, cuando pensaba en lo que le quedaba en los bolsillos, y cuando hablaba de Cunegunda, sobre todo al final de la comida, se inclinaba entonces por el sistema de Pangloss.
«Pero vos, señor Martin», le dijo al sabio, «¿qué pensáis de todo esto? ¿Cuál es vuestra idea sobre el mal moral y el mal físico?» «Señor», respondió Martin, «mis curas me han acusado de ser sociniano; pero la verdad es que soy maniqueo.» «Os burláis de mí», dijo Cándido; «ya no hay maniqueos en el mundo.» «Aquí me tenéis», dijo Martin: «no sé qué hacer al respecto; pero no puedo pensar de otra manera.» «Debéis de tener el diablo en el cuerpo», dijo Cándido.
«Se mete tanto en los asuntos de este mundo», dijo Martin, «que bien podría estar en mi cuerpo, como en cualquier otra parte: pero os confieso que al echar una mirada sobre este globo, o más bien sobre este glóbulo, pienso que Dios lo ha abandonado a algún ser maligno; siempre exceptúo Eldorado. Apenas he visto ciudad que no desease la ruina de la ciudad vecina, familia alguna que no quisiese exterminar a alguna otra familia. En todas partes los débiles execran a los poderosos ante quienes se arrastran, y los poderosos los tratan como rebaños de los que se vende la lana y la carne.
Un millón de asesinos enrolados, corriendo de un extremo de Europa al otro, ejercen el asesinato y el pillaje con disciplina para ganarse el pan, porque no tienen oficio más honrado; y en las ciudades que parecen gozar de la paz, y donde florecen las artes, los hombres están devorados por más envidia, preocupaciones e inquietudes que las plagas que sufre una ciudad sitiada. Las penas secretas son aún más crueles que las miserias públicas. En una palabra, he visto tanto y experimentado tanto, que soy maniqueo.»
«Sin embargo hay cosas buenas», replicaba Cándido. «Puede ser», decía Martin; «pero yo no las conozco.»
En medio de esta discusión, se oyó un ruido de cañón. El ruido se redobla de momento en momento. Cada uno toma su catalejo. Se divisan dos barcos que combatían a una distancia de unas tres millas: el viento los trajo a ambos tan cerca del barco francés, que se tuvo el placer de ver el combate con toda comodidad. Finalmente uno de los dos barcos soltó al otro una andanada tan baja y tan certera, que lo hundió.
Cándido y Martin distinguieron claramente un centenar de hombres en la cubierta del barco que se hundía; todos levantaban las manos al cielo, y lanzaban clamores espantosos: en un momento todo fue engullido.
«¡Bueno!», dijo Martin, «así es como los hombres se tratan unos a otros.» «Es cierto», dijo Cándido, «que hay algo diabólico en este asunto.» Hablando así, divisó no sé qué cosa de un rojo brillante, que nadaba cerca de su barco. Se destacó la chalupa para ver qué podía ser; era una de sus ovejas. Cándido sintió más alegría al encontrar esta oveja, de la que había sentido aflicción al perder cien todas cargadas de grandes diamantes de Eldorado.
El capitán francés no tardó en advertir que el capitán del barco hundidor era español, y que el del barco hundido era un pirata holandés; era el mismo que había robado a Cándido. Las riquezas inmensas de las que este canalla se había apoderado fueron sepultadas con él en el mar, y sólo se salvó un carnero. «Ya veis», dijo Cándido a Martin, «que el crimen a veces es castigado; ese bribón del patrón holandés ha tenido el destino que merecía.» «Sí», dijo Martin; «pero ¿era necesario que los pasajeros que estaban en su barco perecieran también? Dios ha castigado a ese pícaro, el diablo ha ahogado a los demás.»
Mientras tanto el barco francés y el español continuaron su ruta, y Cándido continuó sus conversaciones con Martin. Discutieron quince días seguidos, y al cabo de quince días estaban tan avanzados como el primero. Pero al menos hablaban, se comunicaban ideas, se consolaban. Cándido acariciaba su carnero. «Puesto que te he reencontrado», le dijo, «bien podré reencontrar a Cunegunda.»
Por fin divisaron las costas de Francia. «¿Has estado alguna vez en Francia, señor Martín?», dijo Cándido. «Sí», dijo Martín, «he recorrido varias provincias. Las hay donde la mitad de los habitantes está loca, algunas donde se es demasiado astuto, otras donde se es por lo general bastante dulce y bastante tonto; otras donde se hace alarde de ingenio; y en todas, la principal ocupación es el amor; la segunda, murmurar; y la tercera, decir estupideces. Pero, señor Martín, ¿has visto París?»
«Sí, he visto París; participa de todas esas especies; es un caos, es una aglomeración en la que todo el mundo busca el placer, y donde casi nadie lo encuentra, al menos eso me pareció. Me quedé allí poco tiempo; nada más llegar me robaron todo lo que tenía unos ladrones en la feria de Saint-Germain; me tomaron a mí mismo por un ladrón, y estuve ocho días en prisión; después me hice corrector de imprenta para ganar con qué volver a pie a Holanda.
Conocí a la canalla escribiente, a la canalla intrigante y a la canalla convulsionaria. Dicen que hay gente muy educada en esa ciudad: quiero creerlo.»
«En cuanto a mí, no tengo ninguna curiosidad por ver Francia», dijo Cándido; «puedes imaginar fácilmente que cuando se ha pasado un mes en Eldorado, ya no le importa a uno ver nada más en la tierra que a la señorita Cunegunda: voy a esperarla a Venecia; atravesaremos Francia para ir a Italia; ¿no me acompañarás?» «Con mucho gusto», dijo Martín: «dicen que Venecia solo es buena para los nobles venecianos, pero que sin embargo reciben muy bien a los extranjeros cuando tienen mucho dinero; yo no tengo; tú sí; te seguiré a todas partes.»
«A propósito», dijo Cándido, «¿crees que la tierra haya sido originalmente un mar, como se asegura en ese libro gordo que pertenece al capitán del barco?» «No creo nada de eso», dijo Martín, «como tampoco creo en todas las fantasías que nos cuentan desde hace algún tiempo.» «Pero ¿con qué fin se ha formado entonces este mundo?», dijo Cándido. «Para hacernos rabiar», respondió Martín. «¿No te sorprende mucho», continuó Cándido, «el amor que aquellas dos muchachas del país de los Oreillones sentían por aquellos dos monos, y cuya aventura te conté?»
«En absoluto», dijo Martín, «no veo qué tiene de extraña esa pasión; he visto tantas cosas extraordinarias que ya no hay nada extraordinario para mí.» «¿Crees», dijo Cándido, «que los hombres se hayan masacrado mutuamente siempre como lo hacen hoy? ¿Que hayan sido siempre mentirosos, tramposos, pérfidos, ingratos, bandidos, débiles, volubles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, avaros, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, libertinos, fanáticos, hipócritas y estúpidos?» «¿Crees», dijo Martín, «que los gavilanes hayan comido siempre palomas cuando las han encontrado?»
«Sí, sin duda», dijo Cándido. «¡Pues bien!», dijo Martín, «si los gavilanes han tenido siempre el mismo carácter, ¿por qué quieres que los hombres hayan cambiado el suyo?» «¡Oh!», dijo Cándido, «hay mucha diferencia, porque el libre albedrío...» Razonando así, llegaron a Burdeos.
Cándido solo se detuvo en Burdeos el tiempo necesario para vender algunas piedras del Dorado y procurarse un buen carruaje de dos plazas; porque ya no podía prescindir de su filósofo Martín; únicamente lamentó mucho separarse de su carnero, que dejó en la academia de ciencias de Burdeos, la cual propuso como tema del premio de ese año averiguar por qué la lana de ese carnero era roja; y el premio fue otorgado a un sabio del Norte que demostró mediante A, más B, menos C dividido por Z, que el carnero debía ser rojo y morir de viruela ovina.
Entretanto, todos los viajeros que Cándido encontraba en las posadas del camino le decían: Vamos a París. Este entusiasmo general le dio por fin ganas de ver esa capital; no era desviarse mucho del camino de Venecia.
Entró por el arrabal de Saint-Marceau, y creyó estar en la aldea más miserable de Westfalia.
Apenas llegó Cándido a su posada, fue atacado por una enfermedad leve, causada por sus fatigas. Como llevaba en el dedo un diamante enorme y se había visto en su equipaje un cofre prodigiosamente pesado, tuvo enseguida junto a él dos médicos que no había mandado llamar, algunos amigos íntimos que no lo abandonaron y dos beatas que calentaban sus caldos. Martín decía: Recuerdo haber estado enfermo también en París en mi primer viaje; era muy pobre: así que no tuve ni amigos, ni beatas, ni médicos, y me curé.
Sin embargo, a fuerza de medicinas y sangrías, la enfermedad de Cándido se volvió seria. Un cura del barrio vino con dulzura a pedirle un billete pagadero al portador para el otro mundo: Cándido no quiso hacerlo; las beatas le aseguraron que era una nueva moda: Cándido respondió que él no era hombre de modas. Martín quiso arrojar al cura por la ventana. El clérigo juró que no enterrarían a Cándido. Martín juró que enterraría al clérigo si seguía importunándolos. La disputa se acaloró: Martín lo agarró por los hombros y lo echó rudamente; lo que causó un gran escándalo del que se levantó acta.
Cándido se curó; y durante su convalecencia tuvo muy buena compañía para cenar en su casa. Se jugaba fuerte. Cándido estaba muy asombrado de que nunca le vinieran los ases; y Martín no se asombraba.
Entre quienes le hacían los honores de la ciudad había un pequeño abate de Périgord, uno de esos tipos solícitos, siempre alertas, siempre serviciales, descarados, halagadores, complacientes, que acechan a los extranjeros de paso, les cuentan la historia escandalosa de la ciudad y les ofrecen placeres a cualquier precio. Este llevó primero a Cándido y a Martín a la comedia. Representaban una tragedia nueva. Cándido se encontró situado junto a algunos ingenios. Eso no le impidió llorar en escenas representadas perfectamente.
Uno de los críticos que estaban a su lado le dijo durante un entreacto: Te equivocas mucho al llorar, esta actriz es muy mala; el actor que actúa con ella es peor actor aún; la obra es todavía peor que los actores; el autor no sabe una palabra de árabe, y sin embargo la escena transcurre en Arabia; y, además, es un hombre que no cree en las ideas innatas; mañana te traeré veinte folletos contra él. Señor, ¿cuántas obras de teatro hay en Francia?, le preguntó Cándido al abate; este respondió: Cinco o seis mil. Es mucho, dijo Cándido: ¿cuántas hay buenas? Quince o dieciséis, replicó el otro. Es mucho, dijo Martín.
Cándido quedó muy contento de una actriz que hacía de reina Isabel en una tragedia bastante mediocre que se representa a veces. Esta actriz, le dijo a Martín, me gusta mucho; se parece vagamente a la señorita Cunegunda; me gustaría saludarla. El abate de Périgord se ofreció a introducirlo en su casa. Cándido, educado en Alemania, preguntó cuál era la etiqueta y cómo se trataba en Francia a las reinas de Inglaterra. Hay que distinguir, dijo el abate: en provincias, se las lleva a la taberna; en París, se las respeta cuando son hermosas y se las tira al basurero cuando están muertas.
¡Reinas al basurero!, dijo Cándido. Sí, realmente, dijo Martín; el señor abate tiene razón; yo estaba en París cuando la señorita Monime pasó, como se dice, de esta vida a la otra; se le negó lo que esta gente llama los honores de la sepultura, es decir, de pudrirse con todos los mendigos del barrio en un cementerio sórdido; fue enterrada completamente sola de su grupo en la esquina de la calle de Borgoña; lo que debió causarle una pena extrema, porque ella pensaba muy noblemente.
Eso es muy descortés, dijo Cándido. ¿Qué quieres?, dijo Martín; esta gente está hecha así. Imagina todas las contradicciones, todas las incompatibilidades posibles, las verás en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias, en los espectáculos de esta curiosa nación. ¿Es verdad que en París se ríen siempre?, preguntó Cándido. Sí, dijo el abate, pero con rabia; porque aquí se quejan de todo con grandes carcajadas; incluso se hacen riendo las acciones más detestables.
¿Quién es, dijo Cándido, ese gordo cerdo que me decía tanto mal de la obra en la que tanto lloré y de los actores que tanto placer me dieron? Es un malviviente, respondió el abate, que se gana la vida criticando todas las obras y todos los libros; odia a quienquiera que triunfe, como los eunucos odian a los que gozan; es una de esas serpientes de la literatura que se alimentan de fango y veneno; es un foliculario. ¿Qué llamas foliculario?, preguntó Cándido. Es, dijo el abate, un hacedor de hojas, un Fréron.
Así conversaban Cándido, Martín y el de Périgord en la escalera, viendo desfilar a la gente a la salida de la obra. Aunque tengo muchas ganas de volver a ver a la señorita Cunegunda, dijo Cándido, me gustaría sin embargo cenar con la señorita Clairon, porque me pareció admirable.
El abate no era hombre para acercarse a la señorita Clairon, que solo veía buena compañía. Está comprometida para esta noche, dijo; pero tendré el honor de llevarte a casa de una dama de calidad, y allí conocerás París como si hubieras estado cuatro años.
Cándido, que era naturalmente curioso, se dejó llevar a casa de la dama, al fondo del arrabal de Saint-Honoré; allí estaban ocupados en un faraón; doce tristes jugadores tenían cada uno en la mano un pequeño mazo de cartas, registro doblado de sus infortunios. Reinaba un profundo silencio, la palidez estaba en la frente de los jugadores, la inquietud en la del banquero; y la dama de la casa, sentada junto a ese banquero despiadado, observaba con ojos de lince todos los parolis, todas las apuestas arriesgadas con las que cada jugador doblaba sus cartas; las hacía desdoblar con una atención severa pero cortés, y no se enfadaba, por miedo a perder su clientela.
La dama se hacía llamar marquesa de Parolignac. Su hija, de quince años, estaba entre los jugadores y advertía con un guiño de las trampas de esa pobre gente que intentaba reparar las crueldades del destino. El abate de Périgord, Cándido y Martín entraron; nadie se levantó, ni los saludó, ni los miró; todos estaban profundamente ocupados con sus cartas. La señora baronesa de Thunder-ten-tronckh era más cortés, dijo Cándido.
Sin embargo, el abate se acercó al oído de la marquesa, que se levantó a medias, honró a Cándido con una sonrisa graciosa y a Martín con un gesto de cabeza completamente noble; mandó dar un asiento y un juego de cartas a Cándido, que perdió cincuenta mil francos en dos manos: después de lo cual cenaron muy alegremente; y todo el mundo estaba asombrado de que Cándido no se conmoviera por su pérdida; los lacayos decían entre sí, en su lenguaje de lacayos: Debe de ser algún milord inglés.
La cena fue como la mayoría de las cenas de París, primero silencio, luego un ruido de palabras que no se distinguen, después bromas de las cuales la mayoría son insípidas, noticias falsas, malos razonamientos, un poco de política y mucha maledicencia; se habló incluso de libros nuevos. ¿Habéis visto, dijo el abate de Périgord, la novela del señor Gauchat, doctor en teología? Sí, respondió uno de los comensales, pero no pude terminarla. Tenemos una multitud de escritos impertinentes; pero todos juntos no se acercan a la impertinencia de Gauchat, doctor en teología; estoy tan harto de esa inmensidad de libros detestables que nos inundan, que me he puesto a jugar al faraón.
¿Y las Misceláneas del archidiácono Trublet, qué opinas?, preguntó el abate. ¡Ah!, dijo la señora de Parolignac, ¡el mortal aburrido! ¡Cómo te explica curiosamente lo que todo el mundo sabe! ¡Cómo discute pesadamente lo que no vale la pena señalar ligeramente! ¡Cómo se apropia, sin ingenio, el ingenio de los demás! ¡Cómo estropea lo que roba! ¡Cómo me disgusta! Pero ya no me disgustará más; basta con haber leído algunas páginas del archidiácono.
Había en la mesa un hombre sabio y de buen gusto que apoyó lo que decía la marquesa. Se habló luego de tragedias; la dama preguntó por qué había tragedias que se representaban a veces y que no se podían leer. El hombre de gusto explicó muy bien cómo una obra podía tener algún interés y no tener casi ningún mérito; demostró en pocas palabras que no bastaba con presentar una o dos de esas situaciones que se encuentran en todas las novelas y que siempre seducen a los espectadores; sino que hay que ser original sin ser extravagante, a menudo sublime y siempre natural, conocer el corazón humano y hacerlo hablar; ser gran poeta sin que jamás ningún personaje de la obra parezca poeta; dominar perfectamente la lengua, hablarla con pureza, con una armonía continua, sin que jamás la rima cueste nada al sentido.
Quienquiera, añadió, que no observe todas estas reglas puede hacer una o dos tragedias aplaudidas en el teatro, pero nunca será contado entre los buenos escritores; hay muy pocas buenas tragedias: unas son idilios en diálogos bien escritos y bien rimados; otras, razonamientos políticos que duermen o amplificaciones que repugnan; otras, delirios de energúmeno, en estilo bárbaro, discursos interrumpidos, largas apóstrofes a los dioses, porque no se sabe hablar a los hombres, máximas falsas, lugares comunes ampulosos.
Cándido escuchó este discurso con atención y concibió una gran idea del orador; y como la marquesa había tenido cuidado de colocarlo junto a ella, se acercó a su oído y se tomó la libertad de preguntarle quién era ese hombre que hablaba tan bien. Es un sabio, dijo la dama, que no juega y que el abate me trae a veces a cenar; se conoce perfectamente en tragedias y en libros, y ha hecho una tragedia silbada y un libro del cual nunca se ha visto fuera de la tienda de su librero más que un ejemplar que me dedicó. ¡El gran hombre!, dijo Cándido, es otro Pangloss.
Entonces, volviéndose hacia él, le dijo: Señor, sin duda piensas que todo está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y que nada podía ser de otro modo. Yo, señor, le respondió el sabio, no pienso nada de todo eso; encuentro que todo va de través entre nosotros; que nadie sabe ni cuál es su rango, ni cuál es su cargo, ni qué hace, ni qué debe hacer, y que excepto la cena, que es bastante alegre y donde parece haber bastante unión, todo el resto del tiempo se pasa en disputas impertinentes; jansenistas contra molinistas, gente del parlamento contra gente de la iglesia, hombres de letras contra hombres de letras, cortesanos contra cortesanos, financieros contra el pueblo, mujeres contra maridos, parientes contra parientes; es una guerra eterna.
Cándido le replicó: He visto cosas peores; pero un sabio, que luego tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todo eso está de maravilla; son sombras en un hermoso cuadro. Tu ahorcado se burlaba del mundo, dijo Martín; tus sombras son manchas horribles. Son los hombres quienes hacen las manchas, dijo Cándido, y no pueden evitarlo. Entonces no es culpa suya, dijo Martín. La mayoría de los jugadores, que no entendían nada de este lenguaje, bebían; y Martín conversó con el sabio, y Cándido contó parte de sus aventuras a la dama de la casa.
Después de cenar, la marquesa llevó a Cándido a su gabinete y lo hizo sentar en un canapé. ¡Bien!, le dijo, ¿entonces todavía amas perdidamente a la señorita Cunegunda de Thunder-ten-tronckh? Sí, señora, respondió Cándido. La marquesa le replicó con una sonrisa tierna: Me respondes como un joven de Westfalia; un francés me habría dicho: Es verdad que he amado a la señorita Cunegunda; pero al verte, señora, temo no amarla ya. ¡Ay, señora!, dijo Cándido, responderé como tú quieras.
Tu pasión por ella, dijo la marquesa, comenzó recogiendo su pañuelo; quiero que recojas mi liga. De todo corazón, dijo Cándido; y la recogió. Pero quiero que me la vuelvas a poner, dijo la dama; y Cándido se la volvió a poner. Ya ves, dijo la dama, eres extranjero; a veces hago languidecer a mis amantes de París quince días, pero me entrego a ti desde la primera noche, porque hay que hacer los honores de su país a un joven de Westfalia.
La bella, habiendo visto dos diamantes enormes en las dos manos de su joven extranjero, los elogió con tanta buena fe que de los dedos de Cándido pasaron a los dedos de la marquesa.
Cándido, al regresar con su abate de Périgord, sintió algunos remordimientos por haber sido infiel a la señorita Cunegunda. El señor abate participó de su pena; solo tenía una pequeña parte en las cincuenta mil libras perdidas al juego por Cándido y en el valor de los dos brillantes mitad dados, mitad extorsionados. Su plan era aprovecharse, en cuanto pudiera, de las ventajas que el conocimiento de Cándido podía procurarle. Le habló mucho de Cunegunda; y Cándido le dijo que pediría perdón a esa bella por su infidelidad cuando la viera en Venecia.
El de Périgord redoblaba las cortesías y atenciones, y tomaba un interés tierno en todo lo que Cándido decía, en todo lo que hacía, en todo lo que quería hacer.
Entonces tienes, señor, le dijo, una cita en Venecia. Sí, señor abate, dijo Cándido; es absolutamente necesario que vaya a encontrar a la señorita Cunegunda. Entonces, impulsado por el placer de hablar de lo que amaba, contó, según su costumbre, parte de sus aventuras con esa ilustre westfaliana.
Creo, dijo el abate, que la señorita Cunegunda tiene mucho ingenio y que escribe cartas encantadoras. Nunca he recibido ninguna, dijo Cándido; porque, figúrate que habiendo sido expulsado del castillo por amor a ella, no pude escribirle; que poco después supe que había muerto, que luego la volví a encontrar y que la perdí, y que le he enviado un mensajero a dos mil quinientas leguas de aquí del que espero respuesta.
El abate escuchaba atentamente y parecía un poco pensativo. Pronto se despidió de los dos extranjeros, después de haberlos abrazado tiernamente. Al día siguiente Cándido recibió al despertar una carta concebida en estos términos:
«Señor, mi amadísimo amante, hace ocho días que estoy enferma en esta ciudad; me entero de que estás aquí. Volaría a tus brazos si pudiera moverme. Supe de tu paso por Burdeos; dejé allí al fiel Cacambo y a la vieja, que deben seguirme pronto. El gobernador de Buenos Aires se ha quedado con todo, pero me queda tu corazón. Ven; tu presencia me devolverá la vida o me hará morir de placer.»
Esta carta encantadora, esta carta inesperada, transportó a Cándido de una alegría inexpresable; y la enfermedad de su querida Cunegunda lo abrumó de dolor. Dividido entre estos dos sentimientos, toma su oro y sus diamantes y se hace conducir con Martín al hotel donde residía la señorita Cunegunda. Entra temblando de emoción, su corazón palpita, su voz solloza; quiere abrir las cortinas de la cama; quiere hacer traer luz. No lo hagáis, le dice la criada; la luz la mata; y enseguida vuelve a cerrar la cortina.
Mi querida Cunegunda, dice Cándido llorando, ¿cómo te encuentras? Si no puedes verme, háblame al menos. No puede hablar, dice la criada. La dama entonces saca de la cama una mano regordeta que Cándido riega largamente con sus lágrimas y que luego llena de diamantes, dejando una bolsa llena de oro en el sillón.
En medio de sus arrebatos llega un alguacil seguido del abate de Périgord y de una escuadra. Ahí están, dice, esos dos extranjeros sospechosos. Los hace detener inmediatamente y ordena a sus valientes que los arrastren a prisión. No es así como se trata a los viajeros en Eldorado, dice Cándido. Soy más maniqueo que nunca, dice Martín. Pero, señor, ¿adónde nos lleváis?, pregunta Cándido. A un calabozo, dice el alguacil.
Martín, habiendo recobrado la sangre fría, juzgó que la dama que pretendía ser Cunegunda era una estafadora, el señor abate de Périgord un pícaro que había abusado lo más rápidamente posible de la inocencia de Cándido, y el alguacil otro pícaro del que se podía deshacer fácilmente.
Antes que exponerse a los procedimientos de la justicia, Cándido, aconsejado por Martín y por otra parte siempre impaciente por volver a ver a la verdadera Cunegunda, propone al alguacil tres pequeños diamantes de unos tres mil doblones cada uno. ¡Ah, señor!, le dice el hombre del bastón de marfil, aunque hubierais cometido todos los crímenes imaginables, sois el hombre más honesto del mundo; ¡tres diamantes! ¡cada uno de tres mil doblones! ¡Señor! Me haría matar por vos, en lugar de llevaros a un calabozo.
Se detiene a todos los extranjeros, pero dejadme hacer; tengo un hermano en Dieppe, en Normandía; os llevaré allí; y si tenéis algún diamante que darle, cuidará de vos como yo mismo.
¿Y por qué se detiene a todos los extranjeros?, preguntó Cándido. El abate de Périgord tomó entonces la palabra y dijo: Es porque un miserable del país de Artois oyó decir tonterías; eso solo le hizo cometer un parricidio, no como el de 1610 en el mes de mayo, sino como el de 1594 en el mes de diciembre, y como varios otros cometidos en otros años y en otros meses por otros miserables que habían oído decir tonterías.
El alguacil explicó entonces de qué se trataba. ¡Ah, los monstruos!, exclamó Cándido; ¡cómo!, ¿tales horrores en un pueblo que baila y canta? ¿No podré salir lo más rápido posible de este país donde los monos azuzan a los tigres? He visto osos en mi país; solo he visto hombres en Eldorado. En nombre de Dios, señor alguacil, llevadme a Venecia, donde debo esperar a la señorita Cunegunda. Solo puedo llevaros a Baja Normandía, dice el corchete. Inmediatamente le hace quitar los grilletes, dice que se ha equivocado, despide a sus hombres, lleva a Dieppe a Cándido y a Martín y los deja en manos de su hermano.
Había un pequeño barco holandés en la rada. El normando, con la ayuda de tres diamantes más, convertido en el más servicial de los hombres, embarca a Cándido y a su gente en el barco que iba a zarpar hacia Portsmouth, en Inglaterra. No era el camino de Venecia; pero Cándido creía estar liberado del infierno; y contaba con retomar la ruta de Venecia en la primera ocasión.
¡Ah, Pangloss! ¡Pangloss! ¡Ah, Martin! ¡Martin! ¡Ah, mi querida Cunegunda! ¿Qué es este mundo?, decía Cándido en el barco holandés. Algo muy loco y muy abominable, respondía Martin.—¿Conoces Inglaterra? ¿Están tan locos allí como en Francia? Es otra clase de locura, dijo Martin. Ya sabes que esas dos naciones están en guerra por unos cuantos acres de nieve en los alrededores de Canadá, y que gastan en esa hermosa guerra mucho más de lo que vale todo Canadá.
Decirte con precisión si hay más gente para encerrar en un país que en otro es algo que mis escasas luces no me permiten; solo sé que en general la gente que vamos a ver es muy atrabiliaria.
Conversando así, atracaron en Portsmouth; una multitud cubría la orilla y miraba atentamente a un hombre bastante corpulento que estaba de rodillas, con los ojos vendados, en la cubierta de uno de los barcos de la flota; cuatro soldados, situados frente a ese hombre, le dispararon cada uno tres balas en el cráneo, con la mayor tranquilidad del mundo; y toda la concurrencia se retiró sumamente satisfecha. ¿Qué es todo esto?, dijo Cándido; ¿y qué demonio ejerce por todas partes su imperio?
Preguntó quién era ese hombre corpulento al que acababan de matar en ceremonia. Es un almirante, le respondieron. ¿Y por qué matar a ese almirante? Es, le dijeron, porque no ha hecho matar a suficiente gente; libró un combate contra un almirante francés, y se consideró que no estuvo lo bastante cerca de él. Pero, dijo Cándido, el almirante francés estaba tan lejos del almirante inglés como este lo estaba del otro. Eso es incontestable, le replicaron; pero en este país es bueno matar de vez en cuando a un almirante para alentar a los demás.
Cándido quedó tan aturdido y tan indignado por lo que veía y oía, que no quiso siquiera desembarcar, e hizo trato con el patrón holandés (aunque este lo robara como el de Surinam) para que lo condujera sin demora a Venecia.
El patrón estuvo listo al cabo de dos días. Costearon Francia; pasaron a la vista de Lisboa, y Cándido se estremeció. Entraron en el estrecho y en el Mediterráneo, y por fin atracaron en Venecia. ¡Dios sea alabado!, dijo Cándido, abrazando a Martin; aquí es donde volveré a ver a la hermosa Cunegunda. Confío en Cacambo como en mí mismo. Todo está bien, todo va bien, todo va lo mejor posible.
Nada más llegar a Venecia, mandó buscar a Cacambo por todas las tabernas, por todos los cafés, por todas las casas de mujeres, y no lo encontró. Todos los días enviaba gente a inspeccionar todos los barcos y todas las embarcaciones: ni rastro de Cacambo. «¡Cómo!», le decía a Martín, «he tenido tiempo de pasar de Surinam a Burdeos, de ir de Burdeos a París, de París a Dieppe, de Dieppe a Portsmouth, de costear Portugal y España, de atravesar todo el Mediterráneo, de pasar varios meses en Venecia; ¡y la hermosa Cunegunda no ha llegado!
En vez de ella solo me he encontrado con una desvergonzada y un abate de Périgord. Cunegunda está muerta, sin duda; a mí solo me queda morir. ¡Ah! Hubiera sido mejor quedarme en el paraíso de El Dorado que volver a esta maldita Europa. ¡Cuánta razón tienes, mi querido Martín! Todo no es sino ilusión y calamidad».
Cayó en una melancolía negra, y no participó en nada de la ópera «alla moda» ni en las otras diversiones del carnaval; ninguna dama le produjo la menor tentación. Martín le dijo: «Eres bien ingenuo, en verdad, si te imaginas que un criado mestizo, que lleva cinco o seis millones en el bolsillo, irá a buscar a tu amada al fin del mundo y te la traerá a Venecia. Se la quedará para él, si la encuentra; si no la encuentra, se buscará otra: te aconsejo que olvides a tu criado Cacambo y a tu amada Cunegunda».
Martín no era nada consolador. La melancolía de Cándido aumentó, y Martín no cesaba de demostrarle que había poca virtud y poca felicidad en la tierra; excepto quizá en El Dorado, adonde nadie podía ir.
Discutiendo sobre este asunto importante, y esperando a Cunegunda, Cándido vio a un joven teatino en la plaza de San Marcos, que llevaba del brazo a una muchacha. El teatino parecía lozano, rollizo, vigoroso; sus ojos eran brillantes, su aire seguro, su semblante altivo, su paso orgulloso. La muchacha era muy bonita, y cantaba; miraba amorosamente a su teatino, y de vez en cuando le pellizcaba los gruesos mofletes. «Al menos reconocerás», le dijo Cándido a Martín, «que estas personas son felices.
Hasta ahora no he encontrado en toda la tierra habitable, excepto en El Dorado, más que infortunados; pero en cuanto a esta muchacha y este teatino, apuesto a que son criaturas muy felices». «Yo apuesto a que no», dijo Martín. «No hay más que invitarlos a cenar», dijo Cándido, «y verás si me equivoco».
Enseguida se les acercó, les presentó sus cumplidos, y los invitó a venir a su posada a comer macarrones, perdices de Lombardía, huevos de esturión, y a beber vino de Montepulciano, lácrima cristi, chipre y samos. La muchacha se ruborizó, el teatino aceptó la invitación, y la muchacha lo siguió mirando a Cándido con ojos de sorpresa y de turbación, que se empañaron con algunas lágrimas. Apenas entró en la habitación de Cándido, le dijo: «¡Cómo! ¿El señor Cándido no reconoce a Paquette?».
A estas palabras Cándido, que hasta entonces no la había mirado con atención, porque solo estaba ocupado en Cunegunda, le dijo: «¡Ay, pobre niña! ¿Conque eres tú quien puso al doctor Pangloss en el lamentable estado en que lo vi?».
«¡Ay, señor! Yo misma», dijo Paquette; «veo que estás enterado de todo. Me he enterado de las desgracias espantosas que ocurrieron a toda la casa de la señora baronesa y a la hermosa Cunegunda. Te juro que mi destino no ha sido menos triste. Yo era muy inocente cuando me viste. Un franciscano, que era mi confesor, me sedujo fácilmente. Las consecuencias fueron atroces; me vi obligada a salir del castillo algún tiempo después de que el señor barón te echara a patadas en el trasero.
Si un famoso médico no hubiera tenido compasión de mí, habría muerto. Fui durante algún tiempo, por gratitud, la amante de ese médico. Su mujer, que era celosa con locura, me pegaba todos los días sin piedad; era una furia. Ese médico era el más feo de todos los hombres, y yo la más desgraciada de todas las criaturas por ser golpeada continuamente a causa de un hombre al que no amaba. Ya sabes, señor, lo peligroso que es para una mujer cascarrabias ser la esposa de un médico.
Este, irritado por el comportamiento de su mujer, le dio un día, para curarle un pequeño resfriado, una medicina tan eficaz, que murió en dos horas entre convulsiones horribles. Los parientes de la señora entablaron contra el señor un proceso criminal; él huyó, y a mí me metieron en prisión. Mi inocencia no me habría salvado, si no hubiera sido un poco bonita. El juez me soltó a condición de que yo sucediera al médico. Pronto fui suplantada por una rival, echada sin recompensa, y obligada a continuar este oficio abominable que a vosotros los hombres os parece tan agradable, y que para nosotras no es más que un abismo de miseria.
Fui a ejercer la profesión a Venecia. ¡Ah, señor! Si pudieras imaginarte lo que es estar obligada a acariciar indiferentemente a un viejo comerciante, a un abogado, a un monje, a un gondolero, a un abate; estar expuesta a todos los insultos, a todas las vejaciones; verse a menudo reducida a pedir prestada una falda para ir a que te la levante un hombre repugnante; ser robada por uno de lo que has ganado con otro; ser extorsionada por los oficiales de justicia, y no tener más perspectiva que una vejez espantosa, un hospital y un estercolero, concluirías que soy una de las criaturas más desgraciadas del mundo».
Paquette abría así su corazón al buen Cándido, en una habitación, en presencia de Martín, que le decía a Cándido: «Ya ves que he ganado la mitad de la apuesta».
El hermano Giroflée se había quedado en el comedor, y bebía un trago esperando la cena. «Pero», dijo Cándido a Paquette, «tenías un aire tan alegre, tan contento, cuando te encontré; cantabas, acariciabas al teatino con una complacencia natural; me pareciste tan feliz como ahora pretendes ser infortunada». «¡Ah, señor!», respondió Paquette, «esa es otra de las miserias del oficio. Ayer fui robada y golpeada por un oficial, y hoy tengo que parecer de buen humor para complacer a un monje».
Cándido no quiso saber más; reconoció que Martín tenía razón. Se sentaron a la mesa con Paquette y el teatino; la comida fue bastante entretenida, y al final se hablaron con cierta confianza. «Padre», dijo Cándido al monje, «me parece que disfrutas de un destino que todo el mundo debe envidiar; la flor de la salud brilla en tu rostro, tu fisonomía expresa felicidad; tienes una muchacha muy bonita para tu recreo, y pareces muy contento con tu condición de teatino».
«A fe mía, señor», dijo el hermano Giroflée, «ojalá todos los teatinos estuvieran en el fondo del mar. He estado tentado cien veces de prender fuego al convento e irme a hacerme turco. Mis padres me obligaron, a los quince años, a ponerme este detestable hábito, para dejar más fortuna a un maldito hermano mayor, ¡que Dios lo confunda! Los celos, la discordia, la rabia, habitan en el convento. Es cierto que he predicado algunos malos sermones que me han valido un poco de dinero del que el prior me roba la mitad; el resto me sirve para mantener a muchachas: pero cuando vuelvo por la noche al monasterio, estoy a punto de romperme la cabeza contra las paredes del dormitorio; y todos mis cofrades están en el mismo caso».
Martín se volvió hacia Cándido con su sangre fría habitual: «Bueno», le dijo, «¿no he ganado la apuesta entera?». Cándido dio dos mil piastras a Paquette, y mil piastras al hermano Giroflée. «Te aseguro», dijo, «que con eso serán felices». «No lo creo en absoluto», dijo Martín; «quizá con esas piastras los hagas mucho más desgraciados todavía». «Sea lo que sea», dijo Cándido: «pero una cosa me consuela, veo que a menudo se reencuentra a gente que uno creía no volver a encontrar jamás; bien puede suceder que habiendo encontrado a mi carnero rojo y a Paquette, encuentre también a Cunegunda».
«Deseo», dijo Martín, «que ella haga un día tu felicidad; pero es algo de lo que dudo mucho». «Eres muy duro», dijo Cándido. «Es que he vivido», dijo Martín. «Pero mira a esos gondoleros», dijo Cándido: «¿acaso no cantan sin cesar?». «No los ves en su casa, con sus mujeres y sus mocosos de hijos», dijo Martín. «El dux tiene sus pesares, los gondoleros tienen los suyos. Es cierto que, todo bien considerado, la suerte de un gondolero es preferible a la de un dux; pero creo que la diferencia es tan mediocre, que no vale la pena examinarla».
«Se habla», dijo Cándido, «del senador Pococurante, que vive en ese hermoso palacio a orillas del Brenta, y que recibe bastante bien a los extranjeros. Se dice que es un hombre que nunca ha tenido ningún pesar. Me gustaría ver una especie tan rara», dijo Martín. Cándido enseguida mandó pedir al señor Pococurante permiso para visitarlo al día siguiente.
Cándido y Martín fueron en góndola por el Brenta y llegaron al palacio del noble Pococurante. Los jardines estaban muy bien diseñados y adornados con hermosas estatuas de mármol; el palacio era de bella arquitectura. El dueño de la casa, un hombre de sesenta años, muy rico, recibió con mucha cortesía a los dos curiosos, pero con muy poco entusiasmo, lo que desconcertó a Cándido y no desagradó en absoluto a Martín.
Primero dos muchachas bonitas y pulcramente vestidas sirvieron chocolate, que prepararon haciendo una espuma excelente. Cándido no pudo evitar elogiarlas por su belleza, por su gracia y por su destreza. Son criaturas bastante buenas, dijo el senador Pococurante; a veces las hago acostar en mi cama, porque estoy muy harto de las damas de la ciudad, de sus coqueterías, de sus celos, de sus peleas, de sus caprichos, de sus mezquindades, de su orgullo, de sus tonterías y de los sonetos que hay que hacer o encargar para ellas; pero, después de todo, estas dos muchachas empiezan a aburrirme bastante.
Cándido, después del desayuno, paseándose por una larga galería, quedó sorprendido por la belleza de los cuadros. Preguntó de qué maestro eran los dos primeros. Son de Rafael, dijo el senador; los compré muy caros por vanidad hace algunos años; dicen que es lo más bello que hay en Italia, pero no me gustan en absoluto: el color es muy oscuro, las figuras no están suficientemente redondeadas y no destacan lo bastante; las vestiduras no se parecen en nada a una tela: en una palabra, se diga lo que se diga, no encuentro ahí una imitación verdadera de la naturaleza.
Solo me gustará un cuadro cuando crea ver la naturaleza misma: no hay ninguno de esa clase. Tengo muchos cuadros, pero ya no los miro.
Pococurante, esperando la comida, mandó que le dieran un concierto. Cándido encontró la música deliciosa. Este ruido, dijo Pococurante, puede entretener durante media hora; pero si dura más tiempo, cansa a todo el mundo, aunque nadie se atreva a reconocerlo. La música hoy en día no es más que el arte de ejecutar cosas difíciles, y lo que solo es difícil no gusta a la larga.
Quizá me gustaría más la ópera si no hubieran encontrado el secreto de hacer de ella un monstruo que me repugna. Irá a ver quien quiera malas tragedias en música, donde las escenas solo están hechas para introducir muy inoportunamente dos o tres canciones ridículas que hacen lucir la garganta de una actriz; se desmayará de placer quien quiera o quien pueda viendo a un castrado canturrear el papel de César o de Catón y pasearse con aire torpe por las tablas: en cuanto a mí, hace mucho tiempo que renuncié a esas pobrezas que hoy hacen la gloria de Italia y que los soberanos pagan tan caro. Cándido discutió un poco, pero con discreción. Martín estuvo completamente de acuerdo con el senador.
Se pusieron a la mesa, y después de una excelente comida entraron en la biblioteca. Cándido, al ver un Homero magníficamente encuadernado, elogió al ilustrísimo por su buen gusto. He aquí, dijo, un libro que hacía las delicias del gran Pangloss, el mejor filósofo de Alemania. No hace las mías, dijo fríamente Pococurante: me hicieron creer en otro tiempo que tenía placer al leerlo; pero esa repetición continua de combates que todos se parecen, esos dioses que actúan siempre sin hacer nada decisivo, esa Helena que es el motivo de la guerra y que apenas es protagonista de la obra; esa Troya que se asedia y que no se toma nunca; todo eso me causaba el más mortal aburrimiento.
He preguntado algunas veces a los eruditos si se aburrían tanto como yo con esa lectura: todas las personas sinceras me han confesado que el libro se les caía de las manos, pero que siempre había que tenerlo en la biblioteca, como un monumento de la antigüedad, y como esas monedas oxidadas que no pueden circular.
¿Vuestra excelencia no piensa lo mismo de Virgilio?, dijo Cándido. Reconozco, dijo Pococurante, que el segundo, el cuarto y el sexto libro de su Eneida son excelentes; pero en cuanto a su piadoso Eneas, y el fuerte Cloanto, y el amigo Acates, y el pequeño Ascanio, y el imbécil rey Latino, y la burguesa Amata, y la insípida Lavinia, no creo que haya nada tan frío y más desagradable. Prefiero al Tasso y los cuentos para dormir del Ariosto.
¿Me atrevo a preguntaros, señor, dijo Cándido, si no tenéis un gran placer al leer a Horacio? Hay máximas, dijo Pococurante, de las que un hombre de mundo puede sacar provecho, y que, al estar condensadas en versos enérgicos, se graban más fácilmente en la memoria: pero me importa muy poco su viaje a Brindis, y su descripción de una mala comida, y la pelea de descargadores entre no sé qué Pupilo cuyas palabras, dice, estaban llenas de pus, y otro cuyas palabras eran vinagre.
Solo he leído con extremo disgusto sus versos groseros contra las viejas y contra las brujas; y no veo qué mérito puede haber en decirle a su amigo Mecenas que, si lo coloca en el rango de los poetas líricos, golpeará los astros con su frente sublime. Los necios admiran todo en un autor estimado. Solo leo para mí; solo me gusta lo que me sirve. Cándido, que había sido educado para no juzgar nunca nada por sí mismo, estaba muy asombrado de lo que oía; y Martín encontraba la manera de pensar de Pococurante bastante razonable.
¡Oh! aquí hay un Cicerón, dijo Cándido: en cuanto a ese gran hombre, creo que no os cansáis de leerlo. Nunca lo leo, respondió el veneciano. ¿Qué me importa que haya defendido a Rabirio o a Cluentio? Ya tengo bastante con los procesos que juzgo; me habrían convenido mejor sus obras filosóficas; pero cuando vi que dudaba de todo, concluí que yo sabía tanto como él, y que no necesitaba a nadie para ser ignorante.
¡Ah! aquí hay ochenta volúmenes de memorias de una academia de ciencias, exclamó Martín; puede que ahí haya algo bueno. Lo habría, dijo Pococurante, si un solo autor de esos mamotretos hubiera inventado siquiera el arte de hacer alfileres; pero en todos esos libros no hay más que vanos sistemas, y ni una sola cosa útil.
¡Cuántas obras de teatro veo ahí, dijo Cándido, en italiano, en español, en francés! Sí, dijo el senador, hay tres mil, y no tres docenas de buenas. En cuanto a esas colecciones de sermones, que todas juntas no valen una página de Séneca, y todos esos gruesos volúmenes de teología, bien podéis pensar que no los abro nunca, ni yo ni nadie.
Martín vio estantes cargados de libros ingleses. Creo, dijo, que un republicano debe complacerse con la mayor parte de estas obras escritas con tanta libertad. Sí, respondió Pococurante, es hermoso escribir lo que se piensa; es el privilegio del hombre. En toda nuestra Italia solo se escribe lo que no se piensa; quienes habitan la patria de los Césares y de los Antoninos no se atreven a tener una idea sin el permiso de un jacobino. Estaría contento con la libertad que inspira a los genios ingleses, si la pasión y el espíritu de partido no corrompieran todo lo que esa preciosa libertad tiene de estimable.
Cándido, al ver un Milton, le preguntó si no consideraba a ese autor un gran hombre. ¿Quién?, dijo Pococurante, ese bárbaro que hace un largo comentario del primer capítulo del Génesis en diez libros de versos duros; ese grosero imitador de los griegos que desfigura la creación, y que, mientras Moisés representa al Ser eterno produciendo el mundo con la palabra, hace que el Mesías tome un gran compás de un armario del cielo para trazar su obra.
¿Yo estimaría al que estropeó el infierno y el diablo del Tasso, que disfraza a Lucifer ya de sapo, ya de pigmeo; que le hace repetir cien veces los mismos discursos; que lo hace disputar sobre teología; que, imitando seriamente la invención cómica de las armas de fuego del Ariosto, hace disparar el cañón en el cielo por los diablos? Ni yo ni nadie en Italia ha podido complacerse con todas esas tristes extravagancias. El matrimonio del Pecado y la Muerte, y las culebras de las que el Pecado da a luz, hacen vomitar a todo hombre que tiene el gusto un poco delicado; y su larga descripción de un hospital solo es buena para un enterrador.
Este poema oscuro, extraño y repugnante fue despreciado en su nacimiento; lo trato hoy como fue tratado en su patria por sus contemporáneos. Por lo demás, digo lo que pienso, y me importa muy poco que los demás piensen como yo. Cándido estaba afligido por estos discursos; respetaba a Homero, quería un poco a Milton. ¡Ay!, dijo en voz baja a Martín, me temo mucho que este hombre tenga un soberano desprecio por nuestros poetas alemanes. No habría gran mal en ello, dijo Martín. ¡Oh, qué hombre superior!, decía aún Cándido entre dientes, ¡qué gran genio ese Pococurante! nada puede gustarle.
Después de haber hecho así la revista de todos los libros, bajaron al jardín. Cándido elogió todas sus bellezas. No sé nada de tan mal gusto, dijo el amo; no tenemos aquí más que baratijas: pero voy a mandar plantar uno mañana mismo con un diseño más noble.
Cuando los dos curiosos se despidieron de su excelencia: Vamos, dijo Cándido a Martín, reconocerás que ahí está el más feliz de todos los hombres, porque está por encima de todo lo que posee. ¿No ves, dijo Martín, que está hastiado de todo lo que posee? Platón dijo hace mucho tiempo que los mejores estómagos no son los que rechazan todos los alimentos. Pero, dijo Cándido, ¿no hay placer en criticarlo todo, en percibir defectos donde los demás hombres creen ver bellezas?
Es decir, respondió Martín, que hay placer en no tener placer. ¡Oh, bien!, dijo Cándido, entonces no hay feliz más que yo, cuando vuelva a ver a la señorita Cunegunda. Siempre está bien hecho esperar, dijo Martín.
Sin embargo los días, las semanas transcurrían; Cacambo no volvía, y Cándido estaba tan abismado en su dolor que ni siquiera reparó en que Paquita y fray Giróflee no habían venido siquiera a darle las gracias.
Una tarde en que Cándido, seguido de Martín, iba a sentarse a la mesa con los extranjeros alojados en la misma hostería, un hombre de rostro color hollín se le acercó por detrás y, tomándolo del brazo, le dijo: «Prepárate para partir con nosotros, no faltes». Se da la vuelta y ve a Cacambo. Solo la vista de Cunegunda habría podido asombrarlo y complacerlo más. Estuvo a punto de enloquecer de alegría. Abraza a su querido amigo. «¡Cunegunda está aquí, sin duda!
¿Dónde está? Llévame junto a ella, que muera de dicha con ella». «Cunegunda no está aquí —dijo Cacambo—, está en Constantinopla». «¡Cielos! ¿En Constantinopla? Pero aunque estuviera en China, vuelo hacia allá, partamos». «Partiremos después de cenar —repuso Cacambo—; no puedo decirte más; soy esclavo, mi amo me espera; debo ir a servirlo a la mesa: no digas nada, cena y mantente preparado».
Cándido, dividido entre la alegría y el dolor, encantado de haber vuelto a ver a su fiel agente, asombrado de verlo esclavo, lleno de la idea de reencontrar a su amada, el corazón agitado, el espíritu trastornado, se sentó a la mesa con Martín, que contemplaba con sangre fría todas estas aventuras, y con seis extranjeros que habían venido a pasar el carnaval a Venecia.
Cacambo, que servía de beber a uno de estos seis extranjeros, se acercó al oído de su amo hacia el final de la comida y le dijo: «Señor, vuestra majestad partirá cuando quiera, el navío está listo». Tras decir estas palabras, salió. Los comensales atónitos se miraban sin proferir una sola palabra, cuando otro criado, acercándose a su amo, le dijo: «Señor, la silla de posta de vuestra majestad está en Padua, y la barca está lista». El amo hizo una seña y el criado partió.
Todos los comensales se miraron de nuevo, y la sorpresa general se redobló. Un tercer sirviente, acercándose también a un tercer extranjero, le dijo: «Señor, créame, vuestra majestad no debe quedarse aquí más tiempo, voy a prepararlo todo»; y de inmediato desapareció.
Cándido y Martín no dudaron entonces de que se tratara de una mascarada del carnaval. Un cuarto criado dijo al cuarto amo: «Vuestra majestad partirá cuando quiera», y salió como los demás. El quinto sirviente dijo lo mismo al quinto amo. Pero el sexto sirviente habló de manera diferente al sexto extranjero que estaba junto a Cándido; le dijo: «A fe mía, señor, ya no quieren dar crédito a vuestra majestad ni a mí tampoco, y bien podríamos ser encarcelados esta noche vos y yo; voy a ocuparme de mis asuntos: adiós».
Habiendo desaparecido todos los criados, los seis extranjeros, Cándido y Martín permanecieron en un profundo silencio. Finalmente Cándido lo rompió: «Señores —dijo—, vaya una broma singular. ¿Por qué sois todos reyes? Por mi parte, os confieso que ni yo ni Martín lo somos».
El amo de Cacambo tomó entonces gravemente la palabra y dijo en italiano: «No estoy bromeando, me llamo Ahmed III; fui gran sultán durante varios años; destroné a mi hermano; mi sobrino me ha destronado; han cortado el cuello a mis visires; termino mi vida en el viejo serrallo; mi sobrino el gran sultán Mahmud me permite viajar a veces por mi salud; y he venido a pasar el carnaval a Venecia».
Un joven que estaba junto a Ahmed habló tras él y dijo: «Me llamo Iván; he sido emperador de todas las Rusias; fui destronado en la cuna; mi padre y mi madre fueron encerrados; me han criado en prisión; tengo a veces permiso para viajar, acompañado de quienes me custodian; y he venido a pasar el carnaval a Venecia».
El tercero dijo: «Soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra; mi padre me ha cedido sus derechos al reino; he combatido para sostenerlos; han arrancado el corazón a ochocientos de mis partidarios y les han golpeado las mejillas con él; he estado en prisión; voy a Roma a visitar al rey mi padre, destronado como yo y mi abuelo; y he venido a pasar el carnaval a Venecia».
El cuarto tomó entonces la palabra y dijo: «Soy rey de los polacos; la suerte de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; mi padre experimentó las mismas desgracias; me resigno a la Providencia como el sultán Ahmed, el emperador Iván y el rey Carlos Eduardo, a quien Dios dé larga vida; y he venido a pasar el carnaval a Venecia».
El quinto dijo: «Soy también rey de los polacos; he perdido mi reino dos veces; pero la Providencia me ha dado otro estado en el que he hecho más bien que todos los reyes de los sármatas juntos han podido hacer jamás a orillas del Vístula. Me resigno también a la Providencia; y he venido a pasar el carnaval a Venecia».
Le quedaba al sexto monarca por hablar. «Señores —dijo—, no soy tan gran señor como vosotros; pero en fin he sido rey como cualquier otro; soy Teodoro; me eligieron rey en Córcega; me llamaban Vuestra Majestad, y ahora apenas me llaman Señor; he hecho acuñar moneda y no poseo ni un céntimo; he tenido dos secretarios de Estado y apenas tengo un criado; me he visto en un trono y durante mucho tiempo he estado en una prisión de Londres sobre la paja; temo mucho ser tratado de la misma manera aquí, aunque haya venido, como vuestras majestades, a pasar el carnaval a Venecia».
Los otros cinco reyes escucharon este discurso con noble compasión. Cada uno de ellos dio veinte cequíes al rey Teodoro para que tuviera ropas y camisas; Cándido le hizo un regalo de un diamante de dos mil cequíes. «¿Quién es, pues —decían los cinco reyes—, este hombre que está en condiciones de dar cien veces más que cada uno de nosotros, y que lo da? ¿Eres rey también, señor?» «No, señores, ni tengo ninguna envidia de serlo».
En el momento en que se levantaban de la mesa, llegaron a la misma hostería cuatro altezas serenísimas que también habían perdido sus estados por la suerte de la guerra y que venían a pasar el resto del carnaval a Venecia; pero Cándido ni siquiera reparó en estos recién llegados. Solo estaba ocupado en ir a encontrar a su querida Cunegunda en Constantinopla.
El fiel Cacambo ya había conseguido del patrón turco que iba a llevar de vuelta al sultán Achmet a Constantinopla que recibiera a Cándido y a Martin a bordo. Ambos se presentaron tras haberse prosternado ante su miserable alteza. Cándido, por el camino, le decía a Martin: «Ahí tienes, sin embargo, seis reyes destronados con los que hemos cenado, y además entre esos seis reyes hay uno al que he hecho limosna. Quizá haya muchos otros príncipes más desgraciados.
En cuanto a mí, solo he perdido cien carneros, y vuelo hacia los brazos de Cunegunda. Querido Martin, una vez más, Pangloss tenía razón, todo está bien». «Ojalá», dijo Martin. «Pero», dijo Cándido, «qué aventura tan poco verosímil la que hemos vivido en Venecia. Nunca se había visto ni oído contar que seis reyes destronados cenaran juntos en una taberna». «Eso no es más extraordinario», dijo Martin, «que la mayoría de las cosas que nos han ocurrido. Es muy común que los reyes sean destronados; y en cuanto al honor que hemos tenido de cenar con ellos, es una nimiedad que no merece nuestra atención. ¿Qué importa con quién se cena, con tal de que se coma bien?».
Apenas subió Cándido al barco, se echó al cuello de su antiguo criado, de su amigo Cacambo. «¡Bueno!», le dijo, «¿qué hace Cunegunda? ¿Sigue siendo un prodigio de belleza? ¿Me ama todavía? ¿Cómo está? Sin duda le has comprado un palacio en Constantinopla».
«Mi querido amo», respondió Cacambo, «Cunegunda lava los platos a orillas de la Propóntide, en casa de un príncipe que tiene muy pocos platos; es esclava en la casa de un antiguo soberano llamado Ragotski, a quien el Gran Turco da tres escudos al día en su asilo; pero lo que es mucho más triste es que ha perdido su belleza y se ha vuelto horriblemente fea». «¡Ah! Bella o fea», dijo Cándido, «yo soy un hombre honrado, y mi deber es amarla siempre.
Pero ¿cómo puede estar reducida a un estado tan miserable con los cinco o seis millones que te habías llevado?». «Bueno», dijo Cacambo, «¿acaso no tuve que dar dos al señor don Fernando de Ibaraa, y Figueroa, y Mascarenes, y Lampourdos, y Souza, gobernador de Buenos Aires, para obtener el permiso de recuperar a la señorita Cunegunda? ¿Y un pirata no nos despojó valientemente de todo el resto? ¿Ese pirata no nos llevó al cabo de Matapán, a Milos, a Nicaría, a Samos, a Petra, a los Dardanelos, a Mármara, a Escutari?
Cunegunda y la vieja sirven en casa de ese príncipe del que os he hablado, y yo soy esclavo del sultán destronado». «¡Qué espantosas calamidades encadenadas unas a otras!», dijo Cándido. «Pero, después de todo, aún me quedan algunos diamantes; liberaré fácilmente a Cunegunda. Es una pena que se haya vuelto tan fea».
Luego, volviéndose hacia Martin, le dijo: «¿Qué piensas, quién es más digno de lástima, el emperador Achmet, el emperador Iván, el rey Carlos Eduardo o yo?». «No lo sé», dijo Martin; «tendría que estar en vuestros corazones para saberlo». «¡Ah!», dijo Cándido, «si Pangloss estuviera aquí, lo sabría y nos lo enseñaría». «No sé», dijo Martin, «con qué balanzas vuestro Pangloss habría podido pesar las desgracias de los hombres y evaluar sus dolores. Todo lo que supongo es que hay millones de hombres en la tierra cien veces más dignos de lástima que el rey Carlos Eduardo, el emperador Iván y el sultán Achmet». «Bien podría ser», dijo Cándido.
Llegaron en pocos días al canal del mar Negro. Cándido empezó por rescatar a Cacambo pagando una buena suma; y, sin perder tiempo, se metió en una galera con sus compañeros para ir a la orilla de la Propóntide a buscar a Cunegunda, por fea que pudiera estar.
Había en la chusma dos forzados que remaban muy mal y a los que el patrón levantino aplicaba de vez en cuando algunos golpes de nervio de buey sobre sus hombros desnudos; Cándido, por un impulso natural, los miró más atentamente que a los otros galeotes y se acercó a ellos con compasión. Algunos rasgos de sus rostros desfigurados le parecieron tener cierto parecido con Pangloss y con ese desdichado jesuita, ese barón, ese hermano de la señorita Cunegunda.
Esta idea lo conmovió y lo entristeció. Los observó aún más atentamente. «En verdad», le dijo a Cacambo, «si no hubiera visto colgar al maestro Pangloss, y si no hubiera tenido la desgracia de matar al barón, creería que son ellos los que reman en esta galera».
Al oír el nombre del barón y de Pangloss, los dos forzados lanzaron un gran grito, se detuvieron en su banco y dejaron caer los remos. El patrón levantino acudió corriendo hacia ellos, y los golpes de nervio de buey se redoblaron. «¡Deteneos! ¡Deteneos! señor», gritó Cándido; «os daré tanto dinero como queráis». «¡Cómo! ¿Es Cándido?», decía uno de los forzados; «¡cómo! ¿Es Cándido?», decía el otro. «¿Es un sueño?», dijo Cándido; «¿estoy despierto? ¿Estoy en esta galera? ¿Es ese el señor barón, al que he matado? ¿Es ese el maestro Pangloss, al que he visto colgar?».
«Somos nosotros mismos, somos nosotros mismos», respondían. «¡Cómo! ¿Es ese el gran filósofo?», decía Martin. «¡Eh! Señor patrón levantino», dijo Cándido, «¿cuánto dinero queréis por el rescate del señor de Thunder-ten-tronckh, uno de los primeros barones del imperio, y del señor Pangloss, el más profundo metafísico de Alemania?». «Perro de cristiano», respondió el patrón levantino, «ya que estos dos perros de forzados cristianos son barones y metafísicos, lo que sin duda es una gran dignidad en su país, me darás cincuenta mil cequíes».
«Los tendréis, señor; llevadme como un rayo a Constantinopla, y seréis pagado inmediatamente. Pero no, llevadme a casa de la señorita Cunegunda». El patrón levantino, ante la primera oferta de Cándido, ya había girado la proa hacia la ciudad, e iba remando más rápido de lo que un pájaro surca los aires.
Cándido abrazó cien veces al barón y a Pangloss. «¿Y cómo no os he matado, mi querido barón? Y mi querido Pangloss, ¿cómo estás vivo después de haber sido colgado? ¿Y por qué estáis los dos en las galeras en Turquía? ¿Es verdad que mi querida hermana está en este país?», decía el barón. «Sí», respondía Cacambo. «¡Vuelvo a ver a mi querido Cándido!», exclamaba Pangloss. Cándido les presentó a Martin y a Cacambo. Todos se abrazaban; todos hablaban al mismo tiempo.
La galera volaba, ya estaban en el puerto. Se hizo venir a un judío, a quien Cándido vendió por cincuenta mil cequíes un diamante que valía cien mil, y que le juró por Abraham que no podía dar más. Pagó inmediatamente el rescate del barón y de Pangloss. Este se arrojó a los pies de su libertador y los bañó con sus lágrimas; el otro le agradeció con una inclinación de cabeza y le prometió devolverle ese dinero en la primera ocasión.
«Pero ¿es realmente posible que mi hermana esté en Turquía?», decía. «Nada es más posible», replicó Cacambo, «puesto que friega la vajilla en casa de un príncipe de Transilvania». Se hizo venir inmediatamente a dos judíos; Cándido vendió más diamantes; y todos partieron de nuevo en otra galera para ir a liberar a Cunegunda.
Perdón, una vez más, dijo Cándido al barón; perdón, reverendo padre, por haberos dado una gran estocada que os atravesó el cuerpo. No hablemos más de eso, dijo el barón; fui un poco demasiado impetuoso, lo reconozco; pero ya que queréis saber por qué casualidad me habéis visto en las galeras, os diré que después de haberme curado de mi herida el hermano boticario del colegio, fui atacado y capturado por un destacamento español; me metieron en prisión en Buenos Aires en el momento en que mi hermana acababa de marcharse de allí.
Pedí volver a Roma junto al padre general. Fui nombrado para ir a servir de capellán en Constantinopla junto al señor embajador de Francia. No hacía ni ocho días que había entrado en funciones, cuando encontré al anochecer a un joven paje muy bien parecido. Hacía mucho calor: el joven quiso bañarse; aproveché la ocasión para bañarme también. No sabía que fuera un crimen capital para un cristiano ser encontrado completamente desnudo con un joven musulmán. Un cadí me hizo dar cien bastonazos en las plantas de los pies, y me condenó a galeras.
No creo que se haya cometido una injusticia más horrible. Pero me gustaría saber por qué mi hermana está en la cocina de un soberano de Transilvania refugiado entre los turcos.
Pero vos, mi querido Pangloss, dijo Cándido, ¿cómo es posible que vuelva a veros? Es cierto, dijo Pangloss, que me visteis ahorcar; naturalmente debía ser quemado, pero recordaréis que llovió a cántaros cuando iban a asarme: la tormenta fue tan violenta que perdieron la esperanza de encender el fuego; me ahorcaron porque no pudieron hacer otra cosa: un cirujano compró mi cuerpo, me llevó a su casa y me diseccionó. Primero me hizo una incisión en forma de cruz desde el ombligo hasta la clavícula.
No se podía haber estado peor ahorcado de lo que yo lo estuve. El verdugo de la santa inquisición, que era subdiácono, quemaba verdaderamente a la gente de maravilla, pero no estaba acostumbrado a ahorcar: la cuerda estaba mojada y resbaló mal, quedó mal anudada; en fin, yo seguía respirando: la incisión en cruz me hizo lanzar un grito tan grande, que mi cirujano cayó de espaldas; y creyendo que diseccionaba al diablo, huyó muriéndose de miedo, y cayó también por la escalera mientras huía.
Su mujer acudió al ruido desde un gabinete vecino: me vio tendido sobre la mesa con mi incisión en cruz; tuvo todavía más miedo que su marido, huyó y cayó sobre él. Cuando se recuperaron un poco, oí a la cirujana que le decía al cirujano: Válgame Dios, ¿cómo se te ocurre diseccionar a un hereje? ¿No sabes que el diablo está siempre en el cuerpo de esa gente? Voy rápidamente a buscar un sacerdote para exorcizarlo. Me estremecí con estas palabras, y reuní las pocas fuerzas que me quedaban para gritar: ¡Tened piedad de mí!
Finalmente el barbero portugués se armó de valor: me cosió la piel; su mujer incluso cuidó de mí; estuve en pie al cabo de quince días. El barbero me encontró un empleo, y me hizo lacayo de un caballero de Malta que iba a Venecia: pero como mi amo no tenía con qué pagarme, entré al servicio de un mercader veneciano, y lo seguí a Constantinopla.
Un día se me ocurrió entrar en una mezquita; solo había un viejo imán y una joven devota muy bonita que rezaba sus oraciones; su pecho estaba completamente descubierto: tenía entre sus dos senos un hermoso ramo de tulipanes, rosas, anémonas, ranúnculos, jacintos y orejas de oso: dejó caer su ramo; yo lo recogí y se lo devolví con un empeño muy respetuoso. Tardé tanto tiempo en devolvérselo, que el imán se enfadó, y viendo que yo era cristiano, pidió auxilio.
Me llevaron ante el cadí, que me hizo dar cien latigazos en las plantas de los pies y me envió a galeras. Fui encadenado precisamente en la misma galera y en el mismo banco que el señor barón. Había en esta galera cuatro jóvenes de Marsella, cinco sacerdotes napolitanos y dos monjes de Corfú, que nos dijeron que aventuras parecidas ocurrían todos los días. El señor barón pretendía que había sufrido una injusticia mayor que yo: yo pretendía que era mucho más permisible poner un ramo sobre el pecho de una mujer que estar completamente desnudo con un paje.
Discutíamos sin cesar, y recibíamos veinte latigazos de nervio de buey al día, cuando el encadenamiento de los acontecimientos de este universo os condujo a nuestra galera y nos rescatasteis.
¡Bueno! mi querido Pangloss, le dijo Cándido, cuando os ahorcaron, diseccionaron, molieron a golpes y remasteis en galeras, ¿seguisteis pensando siempre que todo iba lo mejor posible en el mundo? Sigo manteniendo mi primera opinión, respondió Pangloss; porque al fin y al cabo soy filósofo; no me corresponde desdecirme, Leibniz no puede estar equivocado, y la armonía preestablecida es además la cosa más bella del mundo, lo mismo que el pleno y la materia sutil.
Mientras Cándido, el barón, Pangloss, Martín y Cacambo contaban sus aventuras, razonaban sobre los acontecimientos contingentes o no contingentes de este universo, discutían sobre los efectos y las causas, sobre el mal moral y sobre el mal físico, sobre la libertad y la necesidad, sobre los consuelos que se pueden experimentar cuando se está en las galeras en Turquía, llegaron a la orilla de la Propóntide, a la casa del príncipe de Transilvania. Los primeros objetos que se presentaron fueron Cunegunda y la vieja, que extendían toallas sobre cuerdas para secarlas.
El barón palideció ante esta vista. El tierno amante Cándido, al ver a su bella Cunegunda con el rostro oscurecido, los ojos enrojecidos, el pecho seco, las mejillas arrugadas, los brazos rojos y escamosos, retrocedió tres pasos, sobrecogido de horror, y avanzó luego por cortesía. Ella abrazó a Cándido y a su hermano: se abrazó a la vieja: Cándido las rescató a ambas.
Había una pequeña granja en el vecindario; la vieja propuso a Cándido instalarse en ella, mientras toda la tropa tuviese un destino mejor. Cunegunda no sabía que se había afeado, nadie se lo había advertido: le recordó a Cándido sus promesas con un tono tan absoluto, que el buen Cándido no se atrevió a rechazarla. Comunicó pues al barón que iba a casarse con su hermana. Jamás toleraré, dijo el barón, semejante bajeza de su parte, y semejante insolencia de la tuya; esta infamia nunca me será reprochada: los hijos de mi hermana no podrían entrar en los capítulos de Alemania.
No, jamás mi hermana se casará sino con un barón del imperio. Cunegunda se arrojó a sus pies, y los bañó de lágrimas; él fue inflexible. Loco presuntuoso, le dijo Cándido, te he salvado de las galeras, he pagado tu rescate, he pagado el de tu hermana; ella lavaba aquí los platos, es fea, tengo la bondad de hacerla mi esposa; ¡y todavía pretendes oponerte! Te mataría si me dejase llevar por mi ira. Puedes matarme de nuevo, dijo el barón, pero no te casarás con mi hermana mientras yo viva.
Cándido, en el fondo de su corazón, no tenía ninguna gana de casarse con Cunegunda; pero la insolencia extrema del barón lo decidió a concluir el matrimonio; y Cunegunda lo apremiaba tan vivamente que no podía echarse atrás. Consultó a Pangloss, a Martín y al fiel Cacambo. Pangloss redactó un hermoso informe mediante el cual probaba que el barón no tenía ningún derecho sobre su hermana, y que ella podía, según todas las leyes del imperio, casarse con Cándido morganáticamente.
Martín concluyó que había que arrojar al barón al mar; Cacambo decidió que había que devolverlo al patrón levantino, y entregarlo a las galeras, después de lo cual se le enviaría a Roma al padre general por el primer barco. El parecer fue considerado muy bueno; la vieja lo aprobó; no se le dijo nada a su hermana; el asunto se ejecutó por algo de dinero, y se tuvo el placer de atrapar a un jesuita, y de castigar el orgullo de un barón alemán.
Era muy natural imaginar que después de tantos desastres, Cándido casado con su amada, y viviendo con el filósofo Pangloss, el filósofo Martín, el prudente Cacambo, y la vieja, habiendo además traído tantos diamantes de la patria de los antiguos incas, llevaría la vida más agradable del mundo; pero fue tan estafado por los judíos, que ya no le quedó más que su pequeña granja; su mujer volviéndose cada día más fea se volvió cascarrabias e insoportable: la vieja estaba enferma, y fue aún de peor humor que Cunegunda.
Cacambo, que trabajaba en el jardín, y que iba a vender verduras a Constantinopla, estaba agotado de trabajo, y maldecía su destino. Pangloss estaba desesperado por no brillar en alguna universidad de Alemania. En cuanto a Martín, estaba firmemente convencido de que se está igualmente mal en todas partes; tomaba las cosas con paciencia. Cándido, Martín y Pangloss discutían a veces de metafísica y de moral. Se veía a menudo pasar bajo las ventanas de la granja barcas cargadas de efendís, de bajás, de cadíes, que se enviaban al exilio a Lemnos, a Mitilene, a Erzurum: se veía venir otros cadíes, otros bajás, otros efendís, que ocupaban el lugar de los expulsados, y que eran expulsados a su vez: se veían cabezas primorosamente embalsamadas que se iban a presentar a la Sublime Puerta.
Estos espectáculos hacían redoblar las disertaciones; y cuando no se discutía, el aburrimiento era tan excesivo, que la vieja se atrevió un día a decirles: Quisiera saber qué es peor, si ser violada cien veces por piratas negros, tener una nalga cortada, pasar por las baquetas entre los búlgaros, ser azotada y ahorcada en un auto de fe, ser disecada, remar en galeras, experimentar en fin todas las miserias por las que hemos pasado todos, o bien quedarse aquí sin hacer nada. Es una gran cuestión, dijo Cándido.
Este discurso hizo nacer nuevas reflexiones, y Martín sobre todo concluyó que el hombre había nacido para vivir en las convulsiones de la inquietud, o en el letargo del aburrimiento. Cándido no estaba de acuerdo, pero no afirmaba nada. Pangloss reconocía que siempre había sufrido horriblemente; pero habiendo sostenido una vez que todo iba de maravilla, lo sostenía siempre, y no creía nada de ello.
Una cosa acabó de confirmar a Martín en sus detestables principios, de hacer dudar más que nunca a Cándido y de turbar a Pangloss. Es que vieron un día llegar a su granja a Paquita y al hermano Girófilo, que estaban en la más extrema miseria; se habían gastado muy rápido sus tres mil piastras, se habían separado, se habían reconciliado, se habían peleado, habían sido metidos en prisión; se habían escapado, y finalmente el hermano Girófilo se había hecho turco.
Paquita continuaba su oficio por todas partes, y ya no ganaba nada. Bien lo había previsto, dijo Martín a Cándido, que vuestros regalos pronto serían dilapidados, y no los harían más que más miserables. Habéis nadado en millones de piastras, vos y Cacambo, y no sois más felices que el hermano Girófilo y Paquita. ¡Ah! ¡ah!, dijo Pangloss a Paquita, ¡así que el cielo te trae de vuelta aquí entre nosotros! ¡Pobre niña! ¿Sabes que me has costado la punta de la nariz, un ojo y una oreja? ¡Cómo estás! ¡eh! ¡qué es este mundo! Esta nueva aventura los llevó a filosofar más que nunca.
Había en el vecindario un derviche muy famoso que pasaba por el mejor filósofo de Turquía; fueron a consultarlo; Pangloss tomó la palabra, y le dijo: Maestro, venimos a pedirte que nos digas por qué un animal tan extraño como el hombre ha sido formado.
¿En qué te metes?, le dijo el derviche; ¿es ese tu asunto? Pero, reverendo padre, dijo Cándido, hay horriblemente mal sobre la tierra. ¿Qué importa, dijo el derviche, que haya mal o bien? Cuando su alteza envía un barco a Egipto, ¿se preocupa de si los ratones que están en el barco están cómodos o no? ¿Qué hay que hacer entonces?, dijo Pangloss. Callarte, dijo el derviche. Me halagaba, dijo Pangloss, de razonar un poco contigo sobre los efectos y las causas, del mejor de los mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de la armonía preestablecida. El derviche, ante estas palabras, les cerró la puerta en las narices.
Durante esta conversación, se había difundido la noticia de que acababan de estrangular en Constantinopla a dos visires del consejo y al muftí, y que habían empalado a varios de sus amigos. Esta catástrofe hacía en todas partes un gran ruido durante algunas horas. Pangloss, Cándido y Martín, al regresar a la pequeña granja, se encontraron con un buen anciano que tomaba el fresco en su puerta bajo una pérgola de naranjos. Pangloss, que era tan curioso como razonador, le preguntó cómo se llamaba el muftí que acababan de estrangular.
No sé nada, respondió el anciano, y nunca he sabido el nombre de ningún muftí ni de ningún visir. Ignoro absolutamente el asunto del que me habláis; presumo que en general los que se meten en los asuntos públicos perecen a veces miserablemente, y que se lo merecen; pero nunca me informo de lo que se hace en Constantinopla; me contento con enviar a vender allí los frutos del jardín que cultivo. Habiendo dicho estas palabras, hizo entrar a los extranjeros en su casa; sus dos hijas y sus dos hijos les presentaron varias clases de sorbetes que hacían ellos mismos, kaïmak cubierto de cortezas de cidra confitada, naranjas, cidras, limones, piñas, dátiles, pistachos, café de Moca que no estaba mezclado con el mal café de Batavia y de las islas. Después de lo cual las dos hijas de este buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, de Pangloss y de Martín.
Debéis tener, dijo Cándido al turco, una vasta y magnífica tierra. No tengo más que veinte arpentes, respondió el turco; los cultivo con mis hijos; el trabajo aleja de nosotros tres grandes males, el aburrimiento, el vicio y la necesidad.
Cándido al regresar a su granja hizo profundas reflexiones sobre el discurso del turco. Dijo a Pangloss y a Martín: Este buen anciano me parece haberse hecho una suerte muy preferible a la de los seis reyes con quienes tuvimos el honor de cenar. Las grandezas, dijo Pangloss, son muy peligrosas, según el testimonio de todos los filósofos; porque al fin Eglón, rey de los moabitas, fue asesinado por Aod; Absalón fue colgado por los cabellos y atravesado por tres dardos; el rey Nadab, hijo de Jeroboam, fue matado por Baasa; el rey Ela, por Zambri; Ocozías, por Jehú; Atalía, por Joiada; los reyes Joaquim, Jeconías, Sedecías, fueron esclavos.
Sabéis cómo perecieron Creso, Astiages, Darío, Dionisio de Siracusa, Pirro, Perseo, Aníbal, Yugurta, Ariovisto, César, Pompeyo, Nerón, Otón, Vitelio, Domiciano, Ricardo II de Inglaterra, Eduardo II, Enrique VI, Ricardo III, María Estuardo, Carlos I, los tres Enriques de Francia, el emperador Enrique IV. Sabéis… Yo sé también, dijo Cándido, que hay que cultivar nuestro jardín. Tenéis razón, dijo Pangloss; porque, cuando el hombre fue puesto en el jardín del Edén, fue puesto allí ut operaretur eum, para que lo trabajara; lo que prueba que el hombre no ha nacido para el descanso. Trabajemos sin razonar, dijo Martín, es el único medio de hacer la vida soportable.
Toda la pequeña sociedad entró en este loable designio; cada uno se puso a ejercer sus talentos. La pequeña tierra rindió mucho. Cunegunda era, en verdad, muy fea; pero se convirtió en una excelente pastelera; Paquita bordó; la vieja cuidó de la ropa. No hubo ni siquiera el hermano Girófilo que no prestara servicio; fue un muy buen carpintero, e incluso se volvió hombre honrado: y Pangloss decía a veces a Cándido: Todos los acontecimientos están encadenados en el mejor de los mundos posibles; porque al fin si no hubieras sido expulsado de un hermoso castillo a grandes patadas en el trasero por amor de la señorita Cunegunda, si no hubieras sido puesto en la inquisición, si no hubieras recorrido América a pie, si no le hubieras dado una buena estocada al barón, si no hubieras perdido todas tus ovejas del buen país de Eldorado, no comerías aquí cidras confitadas y pistachos. Está bien dicho, respondió Cándido, pero hay que cultivar nuestro jardín.
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