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Capítulo 8Del afecto de los padres a los hijos

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 40 min de lectura

A la señora de Estissac. Señora, si la extrañeza no me salva, y la novedad, que suelen dar valor a las cosas, nunca saldré airoso de esta estúpida empresa: pero es tan fantástica, y tiene un aspecto tan alejado del uso común, que eso podrá darle paso. Es un humor melancólico, y un humor por consiguiente muy enemigo de mi complexión natural, producido por la pena de la soledad en la que hace algunos años me lancé, lo que me puso primero en la cabeza esta ensoñación de meterme a escribir. Y luego, encontrándome enteramente desprovisto y vacío de toda otra materia, me he presentado a mí mismo como argumento y como tema. Es el único libro en el mundo de su especie, y de un designio salvaje y extravagante. No hay nada tampoco en esta obra digno de ser notado salvo esta rareza: pues para un tema tan vano y tan vil, el mejor obrero del mundo no habría podido dar forma que merezca que se hable de ella. Ahora bien, señora, teniendo que retratarme en él al vivo, habría olvidado un rasgo de importancia si no hubiera representado en él el honor que siempre he rendido a vuestros méritos. Y he querido decirlo especialmente al comienzo de este capítulo, por cuanto entre vuestras otras buenas cualidades, la del afecto que habéis mostrado a vuestros hijos ocupa uno de los primeros rangos.

Quien sepa la edad a la que el señor de Estissac, vuestro marido, os dejó viuda, los grandes y honorables partidos que os han sido ofrecidos, tantos como a dama de Francia de vuestra condición, la constancia y firmeza con que habéis sostenido durante tantos años y a través de tantas espinosas dificultades la carga y conducción de sus asuntos, que os han agitado por todos los rincones de Francia y aún os tienen sitiada, el feliz encaminamiento que les habéis dado con vuestra sola prudencia o buena fortuna: dirá fácilmente conmigo que no tenemos ejemplo de afecto materno en nuestro tiempo más manifiesto que el vuestro. Alabo a Dios, señora, de que haya sido tan bien empleado: pues las buenas esperanzas que da de sí el señor de Estissac, vuestro hijo, aseguran bastante que cuando llegue a la edad, obtendréis de él la obediencia y el reconocimiento de un muy buen hijo. Pero por cuanto a causa de su puerilidad no ha podido percibir los extremos servicios que ha recibido de vos en tan gran número, quiero, si estos escritos llegan un día a caer en sus manos, cuando yo no tenga ya ni boca ni palabra que pueda decirlo, que reciba de mí este testimonio en toda verdad, que le será aún más vivamente testimoniado por los buenos efectos de los que, si Dios quiere, se dará cuenta, de que no hay caballero en Francia que deba más a su madre que él, y que no puede dar en el futuro prueba más cierta de su bondad y de su virtud que reconociéndoos como tal.

Si hay alguna ley verdaderamente natural, es decir algún instinto que se vea universal y perpetuamente impreso en las bestias y en nosotros, lo cual no está exento de controversia, puedo decir a mi juicio que, después del cuidado que cada animal tiene de su conservación y de huir lo que le daña, el afecto que el progenitor siente por su descendencia ocupa el segundo lugar en ese orden. Y puesto que la Naturaleza parece habérnoslo recomendado, mirando a extender y hacer avanzar las piezas sucesivas de esta su máquina, no es extraño que, a la inversa, de los hijos hacia los padres, no sea tan grande. A lo que se añade esta otra consideración aristotélica: que quien hace bien a alguien lo ama más de lo que es amado por él. Y aquel a quien se le debe ama más que el que debe; y todo artesano ama más su obra de lo que sería amado por ella si la obra tuviese sentimiento; porque tenemos aprecio por ser, y el ser consiste en movimiento y acción. Por eso cada uno está de alguna manera en su obra. Quien hace el bien ejerce una acción bella y honesta; quien recibe lo ejerce útil solamente. Ahora bien, lo útil es mucho menos amable que lo honesto. Lo honesto es estable y permanente, proporcionando a quien lo ha hecho una gratificación constante. Lo útil se pierde y se escapa fácilmente, y su memoria no es ni tan fresca ni tan dulce. Las cosas nos son más caras cuanto más nos han costado. Y dar cuesta más que recibir.

Puesto que ha placido a Dios dotarnos de alguna capacidad de raciocinio, a fin de que, como las bestias, no estuviésemos servilmente sometidos a las leyes comunes, sino que nos aplicásemos a ellas mediante juicio y libertad voluntaria, bien debemos prestar un poco de atención a la simple autoridad de la Naturaleza, pero no dejarnos tiránicamente arrastrar por ella: solo la razón debe conducir nuestras inclinaciones. Yo, por mi parte, tengo el gusto extrañamente embotado para esas propensiones que se producen en nosotros sin la orden e intervención de nuestro juicio. Como sobre este asunto del que hablo, no puedo aceptar esa pasión con la que se abraza a los niños apenas nacidos, no teniendo aún ni movimiento en el alma ni forma reconocible en el cuerpo por la que puedan hacerse amables; y no he tolerado voluntariamente que los criaran cerca de mí. Un afecto verdadero y bien regulado debería nacer y aumentar con el conocimiento que ellos nos dan de sí mismos; y entonces, si lo valen, la propensión natural marchando junto con la razón, amarlos con una amistad verdaderamente paternal; y juzgarlos de igual modo si son de otra manera, ateniéndonos siempre a la razón, no obstante la fuerza natural. A menudo sucede al revés, y lo más común es que nos sentimos más conmovidos por los pataleos, juegos y tonterías pueriles de nuestros hijos de lo que lo hacemos después por sus acciones ya formadas; como si los hubiésemos amado para nuestro pasatiempo, como a monitos, no como a hombres. Y tal padre suministra bien liberalmente juguetes para su infancia, pero se muestra tacaño con el menor gasto que les hace falta cuando están en edad. Es más, parece que los celos que tenemos de verlos aparecer y gozar del mundo cuando nosotros estamos a punto de dejarlo nos vuelven más avaros y retraídos hacia ellos. Nos molesta que nos pisen los talones, como para apurarnos a salir. Y si tuviéramos que temer eso, puesto que el orden de las cosas dicta que ellos no pueden, a decir verdad, ser ni vivir sino a expensas de nuestro ser y de nuestra vida, no deberíamos meternos a ser padres.

En cuanto a mí, encuentro que es crueldad e injusticia no recibirlos en el reparto y sociedad de nuestros bienes, y compañeros en la inteligencia de nuestros asuntos domésticos cuando son capaces de ello, y no recortar y restringir nuestras comodidades para proveer a las suyas, puesto que los hemos engendrado con ese propósito. Es injusto ver que un padre viejo, decrépito y medio muerto disfrute solo en un rincón del hogar de bienes que bastarían para el avance y mantenimiento de varios hijos, y que los deje mientras tanto, por falta de medios, perder sus mejores años sin poder lanzarse al servicio público y al conocimiento de los hombres. Se les arroja a la desesperación de buscar por cualquier vía, por injusta que sea, proveer a su necesidad. Como he visto en mi tiempo a varios jóvenes de buena familia tan entregados al robo que ninguna corrección podía apartarlos de él. Conozco a uno bien emparentado, con quien hablé una vez sobre este asunto por ruego de un hermano suyo, muy honesto y valiente caballero. Me respondió y confesó con toda franqueza que había sido encaminado a esa bajeza por el rigor y avaricia de su padre; pero que ahora estaba tan acostumbrado a ello que no podía abstenerse. Y entonces acababa de ser sorprendido robando las joyas de una dama, en cuyo tocador se había encontrado con otros muchos. Me hizo recordar la historia que había oído contar de otro caballero, tan hecho y formado en ese bello oficio desde el tiempo de su juventud, que cuando llegó después a ser dueño de sus bienes, decidido a abandonar ese tráfico, no podía evitar, sin embargo, si pasaba cerca de una tienda donde hubiese algo que necesitase, robarlo, salvo que lo mandaba pagar después. Y he visto a varios tan adiestrados y amaestrados en ello que, entre sus propios compañeros incluso, robaban ordinariamente cosas que querían devolver. Soy gascón, y no hay vicio que entienda menos. Lo odio un poco más por temperamento de lo que lo condeno por raciocinio; ni siquiera por deseo sustraigo nada a nadie. Esta región está, en verdad, un poco más desprestigiada que las otras de la nación francesa. Con todo, hemos visto en nuestro tiempo en diversas ocasiones, en manos de la justicia, a hombres de familia de otras comarcas convictos de varios robos horribles. Temo que de esta corrupción haya que culpar en parte a este vicio de los padres.

Y si se me responde lo que dijo un día un señor de buen entendimiento, que ahorraba riquezas no para sacar de ellas otro fruto y uso que hacerse honrar y buscar por los suyos; y que la edad le había quitado todas las demás fuerzas, y este era el único remedio que le quedaba para mantenerse con autoridad en su familia y evitar caer en el desprecio y desdén de todo el mundo (de hecho, no solo la vejez, sino toda debilidad, según Aristóteles, es promotora de avaricia), eso es algo; pero es la medicina para un mal cuyo nacimiento se debía haber evitado. Un padre es bien miserable si solo retiene el afecto de sus hijos por la necesidad que tienen de su ayuda, si eso se debe llamar afecto. Hay que hacerse respetar por la virtud y la suficiencia, y amable por la bondad y dulzura de las costumbres. Hasta las cenizas de una materia rica tienen su precio; y los huesos y reliquias de las personas de honor solemos tenerlos en respeto y reverencia. Ninguna vejez puede ser tan caduca y tan rancia, en un personaje que ha pasado su vida con honor, que no sea venerable; y especialmente para sus hijos, cuya alma hay que haber regulado a su deber por la razón, no por necesidad ni por la indigencia, ni por rudeza ni por la fuerza.

«Y yerra en gran manera, a mi juicio al menos, quien cree que es más grave o más estable el dominio que se hace por la fuerza que el que se une por la amistad.»

Condeno toda violencia en la educación de un alma tierna que se prepara para el honor y la libertad. Hay no sé qué de servil en el rigor y en la imposición: y sostengo que lo que no se puede lograr mediante la razón, la prudencia y la habilidad, jamás se logrará por la fuerza. A mí me educaron así: dicen que en toda mi primera infancia no probé la vara sino dos veces, y muy suavemente. He hecho lo mismo con los hijos que he tenido. Todos murieron en la cuna: pero Leonor, una única hija que escapó a esa desgracia, ha cumplido seis años y más, sin que se haya empleado en su crianza, y para el castigo de sus faltas pueriles, aplicándose fácilmente la indulgencia de su madre, otra cosa que palabras, y muy dulces. Y aunque mi deseo se viera frustrado, hay bastantes otras causas de las que echar mano, sin entrar en reproches contra mi método educativo, que sé que es justo y natural. Habría sido mucho más escrupuloso todavía en esto con los varones, menos nacidos para servir, y de condición más libre: me habría gustado engrandecerles el corazón con ingenuidad y franqueza. No he visto otro efecto de las varas, sino el de volver las almas más cobardes, o más maliciosamente obstinadas.

¿Queremos ser amados por nuestros hijos? ¿Queremos quitarles la ocasión de desear nuestra muerte? (aunque ninguna ocasión de tan horrible deseo puede ser ni justa ni excusable, nullum scelus rationem habet) acomodemos su vida razonablemente, con lo que está en nuestro poder. Para ello, no deberíamos casarnos tan jóvenes que nuestra edad llegue casi a confundirse con la suya. Pues este inconveniente nos arroja a muchas grandes dificultades. Me refiero especialmente a la nobleza, que es de condición ociosa, y que vive, como se dice, sólo de sus rentas; pues en otros lugares, donde la vida es laboriosa, la pluralidad y compañía de los hijos es una ventaja doméstica, son otros tantos nuevos útiles e instrumentos para enriquecerse.

Yo me casé a los treinta y tres años, y alabo la opinión de los treinta y cinco, que dicen que es de Aristóteles. Platón no quiere que uno se case antes de los treinta: pero tiene razón en burlarse de quienes realizan las obras del matrimonio después de los cincuenta y cinco: y condena su descendencia indigna de alimento y de vida. Tales dio los límites más verdaderos: quien joven, respondió a su madre que le apremiaba a casarse, que no era el momento: y, llegado a la edad madura, que ya no era el momento. Hay que negar la oportunidad a toda acción inoportuna. Los antiguos galos estimaban como reproche extremo haber tenido trato con mujer antes de los veinte años; y recomendaban especialmente a los hombres que querían prepararse para la guerra, que conservaran hasta bien entrada la edad su virginidad; por cuanto los ánimos se ablandan y distraen con el acoplamiento con mujeres.

Pero ahora, unido a una esposa jovencita, feliz ya con sus hijos, se había envilecido en los deberes de padre y de esposo.

Muleasses, rey de Túnez, aquel que el emperador Carlos Quinto restituyó a sus Estados, reprochaba la memoria de Mahoma su padre, por su trato con las mujeres, llamándole blando, afeminado, engendrador de hijos. La historia griega señala de Yeco de Tarento, de Criso, de Astilo, de Diopompo y de otros, que para mantener sus cuerpos firmes al servicio de la carrera de los juegos olímpicos, de la palestra y tales ejercicios, se privaron durante todo el tiempo que les duró ese empeño, de toda clase de acto venéreo. En cierta región de las Indias españolas, no se permitía a los hombres casarse hasta después de los cuarenta años, y se les permitía a las niñas a los diez años. Un caballero que tiene treinta y cinco años, no es tiempo de que ceda el lugar a su hijo que tiene veinte: él mismo está en edad de aparecer tanto en los viajes de las guerras como en la corte de su príncipe: necesita sus bienes; y debe ciertamente hacer partícipes de ellos, pero de tal manera que no se olvide de sí mismo por los demás. Y a ese le puede servir justamente esta respuesta que los padres tienen habitualmente en la boca: No quiero desnudarme antes de irme a acostar.

Pero un padre agobiado por los años y los males, privado por su debilidad y falta de salud de la común sociedad de los hombres, se hace daño a sí mismo, y a los suyos, acumulando inútilmente un gran montón de riquezas. Está en disposición suficiente, si es sabio, para tener deseo de desnudarse para acostarse, no hasta la camisa, pero sí hasta una bata de noche bien caliente: el resto de las pompas, de las que ya no tiene necesidad, debe estrenarlas gustosamente en aquellos a quienes por ordenamiento natural debe pertenecer. Es razón que les deje el uso de ellas, puesto que la Naturaleza se lo priva a él: de otro modo sin duda hay malicia y envidia. La más bella de las acciones del emperador Carlos Quinto fue aquella, a imitación de algunos antiguos de su categoría, de haber sabido reconocer que la razón nos ordena lo suficiente como para desnudarnos, cuando nuestras ropas nos pesan y estorban, y acostarnos cuando las piernas nos fallan. Resignó sus medios, grandeza y poder a su hijo, cuando sintió que flaqueaba en sí la firmeza y la fuerza para conducir los asuntos, con la gloria que había adquirido en ellos.

Suelta a tiempo y con juicio al caballo que envejece, no sea que caiga al final en ridículo, y saque carcajadas.

Este error, de no saberse reconocer a tiempo, y no sentir la impotencia y extrema alteración que la edad aporta naturalmente tanto al cuerpo como al alma, que a mi juicio es igual, si el alma no tiene más de la mitad, ha perdido la reputación de la mayor parte de los grandes hombres del mundo. He visto en mi época y he conocido familiarmente a personajes de gran autoridad, en quienes era muy fácil ver que habían caído maravillosamente de aquella antigua suficiencia, que yo conocía por la reputación que habían adquirido en sus mejores años. Yo los hubiera deseado voluntariamente, por su honor, retirados en su casa a sus anchas, y descargados de las ocupaciones públicas y guerreras, que ya no eran para sus hombros. Una vez fui frecuente en la casa de un gentilhombre viudo y muy viejo, de una vejez sin embargo bastante vigorosa. Este tenía varias hijas por casar, y un hijo ya en edad de aparecer; ello cargaba su casa de muchos gastos y visitas extrañas, a las que tomaba poco placer, no solo por el cuidado del ahorro, sino aún más, por haber, a causa de la edad, adoptado una forma de vida muy alejada de la nuestra. Le dije un día un poco atrevidamente, como tengo por costumbre, que le convendría más hacernos lugar, y dejar a su hijo su casa principal, pues no tenía más que aquella bien alojada y acondicionada, y retirarse a una tierra suya vecina, donde nadie aportaría incomodidad a su reposo, puesto que no podía de otra manera evitar nuestra importunidad, vista la condición de sus hijos. Me creyó después, y se halló bien.

No es decir que se les dé, por tal vía de obligación, de la cual no se pueda ya desdecir: yo les dejaría, yo que estoy en disposición de jugar este papel, el disfrute de mi casa y de mis bienes, pero con libertad de arrepentirme, si me dieran ocasión: les dejaría el uso, porque ya no me sería más cómodo. Y de la autoridad de los asuntos en general, me reservaría tanto como me placiera. Habiendo juzgado siempre que debe ser un gran contentamiento para un padre viejo, poner él mismo a sus hijos en camino del gobierno de sus asuntos, y poder durante su vida controlar sus comportamientos: proporcionándoles instrucción y consejo según la experiencia que tiene de ello, y encaminar él mismo el antiguo honor y orden de su casa en la mano de sus sucesores, y responderse por ello, de las esperanzas que puede tomar de su conducta futura. Y para este efecto, no querría huir de su compañía, querría alumbrarlos de cerca, y gozar según la condición de mi edad, de su alegría, y de sus fiestas. Si no viviera entre ellos (como no podría sin ofender su reunión por el mal humor de mi edad, y la obligación de mis enfermedades, y sin constreñir también y forzar las reglas y maneras de vivir que tendría entonces) querría al menos vivir cerca de ellos en un rincón de mi casa, no el más en apariencia, sino el más en comodidad. No como vi hace algunos años, a un deán de San Hilario de Poitiers, reducido a tal soledad por la incomodidad de su melancolía, que cuando entré en su cámara, hacía veintidós años que no había salido de ella ni un solo paso; y sin embargo tenía todas sus acciones libres y fáciles, salvo un catarro que le caía sobre el estómago. Apenas una vez por semana, quería permitir que nadie entrara para verlo. Se mantenía siempre encerrado por dentro de su cámara solo, salvo que un criado le traía una vez al día de comer, que no hacía más que entrar y salir. Su ocupación era pasearse, y leer algún libro, pues conocía algo las letras, obstinado por lo demás en morir en esta manera, como lo hizo poco después. Yo intentaría por una dulce conversación, nutrir en mis hijos una viva amistad y benevolencia no fingida hacia mí. Lo que se gana fácilmente en naturalezas bien nacidas: pues si son bestias furiosas, como nuestro siglo produce a millares, hay que odiarlas y huir de ellas como tales.

Quiero mal a esta costumbre, de prohibir a los hijos la apelación paterna, y ordenarles una extraña, como más reverencial: no habiendo la Naturaleza voluntariamente provisto suficientemente a nuestra autoridad. Llamamos a Dios todopoderoso, padre, y desdeñamos que nuestros hijos nos llamen así. He reformado este error en mi familia. Es también locura e injusticia privar a los hijos que están en edad, de la familiaridad de los padres, y querer mantener hacia ellos una morgue austera y desdeñosa, esperando por ello, mantenerlos en temor y obediencia. Pues es una farsa muy inútil, que vuelve a los padres enojosos a los hijos, y lo que es peor, ridículos. Ellos tienen la juventud y las fuerzas en la mano, y por consecuencia el viento y el favor del mundo; y reciben con burla, esas minas fieras y tiránicas, de un hombre que no tiene más sangre, ni en el corazón, ni en las venas, verdaderos espantapájaros de cañaveral. Cuando yo pudiera hacerme temer, preferiría aún más hacerme amar. Hay tantas clases de defectos en la vejez, tanta impotencia, es tan propia al desprecio, que el mejor logro que puede hacer, es el afecto y amor de los suyos: el mando y el temor, ya no son sus armas.

He visto a alguno, cuya juventud había sido muy imperiosa, cuando llegó a la edad, aunque la pase sanamente en lo que se puede, golpea, muerde, jura, el más tempestuoso amo de Francia, se roe de cuidado y de vigilancia, todo eso no es más que un simulacro, en el cual la familia misma conspira: del granero, de la bodega, y hasta de su bolsa, otros tienen la mejor parte del uso, mientras que él tiene las llaves en su bolsillo, más queridas que sus ojos. Mientras que se contenta de la economía y tacañería de su mesa, todo está en desenfreno en diversos rincones de su casa, en juego, y en gasto, y en el entretenimiento de las cuentas de su vana cólera y previsión. Cada uno está en guardia contra él. Si por ventura algún ruin servidor se le adhiere, de inmediato se le pone en sospecha: cualidad a la que la vejez muerde tan voluntariamente por sí misma. Cuántas veces se ha vangloriado ante mí, de la brida que daba a los suyos, y exacta obediencia y reverencia que recibía de ellos; cuánto veía claro en sus asuntos.

«Él solo ignora todo». No conozco hombre que pudiera aportar más partes tanto naturales como adquiridas, propias para conservar la maestría, que él hace, y sin embargo ha caído de ella como un niño. Por eso lo he elegido entre varias condiciones tales que conozco, como más ejemplar. Sería materia para una cuestión escolástica, si es así mejor, o de otra manera. En presencia, todas las cosas le ceden. Y se deja este vano curso a su autoridad, que no se le resiste jamás. Se le cree, se le teme, se le respeta hasta saciarse. ¿Despide a un criado? Este hace su paquete, ahí está partido: pero fuera de delante de él solamente. Los pasos de la vejez son tan lentos, los sentidos tan turbios, que vivirá y hará su oficio en la misma casa, un año, sin ser apercibido. Y cuando la ocasión llega, se hacen venir cartas lejanas, lastimeras, suplicantes, llenas de promesas de hacerlo mejor, por las cuales se le reintegra en gracia. ¿Hace el señor algún trato o algún despacho, que desplace? Se lo suprime forjando luego después, suficientes causas, para excusar la falta de ejecución o de respuesta. Ninguna carta extraña le es primeramente traída, no ve más que aquellas que parecen convenientes a su conocimiento. Si por caso de aventura las toma, teniendo por costumbre apoyarse en cierta persona, para leérselas, se encuentra en el acto lo que se quiere y se hace en cada ocasión que tal le pida perdón, quien le injuria por su carta. No ve en fin asuntos, más que por una imagen dispuesta y diseñada y satisfactoria lo más que se puede, para no despertar su mal humor y su cólera. He visto bajo figuras diferentes, bastantes economías largas, constantes, de todo similar efecto.

Las mujeres tienden siempre a llevar la contraria a sus maridos. Agarran con ambas manos cualquier pretexto para oponerse a ellos; la primera excusa les sirve de justificación plena. He visto a alguna que robaba gruesas sumas a su marido para, según le decía a su confesor, hacer más generosas sus limosnas. Fíate de esa piadosa dispensa. Ningún manejo les parece tener suficiente dignidad si procede de la concesión del marido. Han de usurparlo, ya sea con astucia o con orgullo, y siempre injuriosamente, para darle gracia y autoridad. Como en mi asunto, cuando es contra un pobre viejo y a favor de los hijos, entonces se apropian de ese título y lo ponen al servicio de su pasión con gloria; y como en una servidumbre común, conspiran fácilmente contra su dominación y gobierno. Si son varones, grandes y florecientes, corrompen también de inmediato, por la fuerza o por el favor, al mayordomo y al administrador, y a todo el resto. Los que no tienen ni mujer ni hijos caen en esta desgracia con más dificultad, pero también más cruel e indignamente. El viejo Catón decía en su tiempo que tantos criados, tantos enemigos. Ved si, según la distancia entre la pureza de su siglo y el nuestro, no ha querido advertirnos que mujer, hijo y criado son otros tantos enemigos para nosotros. Bien le sirve a la decrepitud proporcionarnos el dulce beneficio de la imperceptibilidad y la ignorancia, y la facilidad para dejarnos engañar. Si nos diéramos cuenta, ¿qué sería de nosotros?, sobre todo en esta época en que los jueces que han de decidir nuestras controversias son comúnmente partidarios de los jóvenes e interesados.

En caso de que este engaño se me escape a la vista, al menos no se me escapa que soy muy engañable. ¿Y se habrá dicho nunca bastante del valor que tiene un amigo en comparación con estos vínculos civiles? La misma imagen que veo de ello en los animales, tan pura, ¡con qué respeto la venero! Si otros me engañan, al menos no me engaño yo mismo estimándome capaz de precaverme de ello, ni devanándome los sesos para conseguirlo. Me salvo de tales traiciones en mi propio seno, no mediante una curiosidad inquieta y tumultuosa, sino más bien por diversión y resolución. Cuando oigo relatar la situación de alguien, no me entretengo en él: vuelvo inmediatamente los ojos hacia mí, para ver cómo estoy yo. Todo lo que le afecta me concierne. Su desgracia me advierte y me despierta por ese lado. Todos los días y a todas horas decimos de otro lo que diríamos más apropiadamente de nosotros, si supiéramos replegar tan bien como extender nuestra consideración. Y muchos autores perjudican de esta manera la defensa de su causa, corriendo temerariamente hacia delante contra la que atacan, y lanzando a sus enemigos proyectiles que pueden ser devueltos contra ellos con más ventaja.

El difunto señor mariscal de Montluc, habiendo perdido a su hijo, que murió en la isla de Madeira, valiente caballero en verdad y de gran esperanza, me hacía mucho hincapié, entre sus otros pesares, en el disgusto y desgarramiento que sentía por no haberse comunicado nunca con él; y por este humor de gravedad y mueca paternal, haber perdido la oportunidad de saborear y conocer bien a su hijo, y también de declararle el extremo afecto que le tenía y el digno juicio que hacía de su virtud. «Y ese pobre muchacho —decía— no ha visto en mí más que un semblante ceñudo y lleno de desdén, y se ha llevado la creencia de que no he sabido ni amarlo ni estimarlo según su mérito. ¿Para quién guardaba yo revelar este singular afecto que le tenía en mi alma? ¿No era él quien debía tener todo el placer y toda la obligación? Me he forzado y atormentado para mantener esta vana máscara, y he perdido con ello el placer de su conversación, y su voluntad al mismo tiempo, que no ha podido tenerme más que muy fría, no habiendo recibido nunca de mí sino rudeza, ni sentido más que una actitud tiránica». Encuentro que esta queja estaba bien fundada y era razonable. Pues, como sé por una experiencia demasiado cierta, no hay consuelo tan dulce en la pérdida de nuestros amigos como el que nos proporciona el saber que no hemos olvidado decirles nada y que hemos tenido con ellos una comunicación perfecta y entera. «¡Oh, amigo mío! ¿Valgo más por tener de ello el sabor, o valgo menos? Valgo ciertamente mucho más. Su pesar me consuela y me honra. ¿No es un piadoso y grato oficio de mi vida celebrar eternamente sus exequias? ¿Hay goce que valga esta privación?» Me abro a los míos todo lo que puedo, y les muestro muy voluntariamente el estado de mi voluntad y de mi juicio hacia ellos, como hacia cada uno: me apresuro a manifestarme y presentarme, pues no quiero que se equivoquen conmigo en ningún aspecto. Entre otras costumbres particulares que tenían nuestros antiguos galos, según dice César, estaba ésta: que los hijos no se presentaban a los padres ni osaban encontrarse con ellos en público, sino cuando comenzaban a portar armas; como si quisieran decir que entonces era también tiempo de que los padres los recibieran en su familiaridad y trato.

He visto todavía otra clase de indiscreción en algunos padres de mi tiempo, que no se contentan con haber privado durante su larga vida a sus hijos de la parte que debían tener naturalmente en sus fortunas, sino que dejan aún después de ellos a sus mujeres esa misma autoridad sobre todos sus bienes, y poder de disponer de ellos a su antojo. Y he conocido a cierto señor de los primeros oficiales de nuestra Corona, que tenía por derecho de herencia esperada más de cincuenta mil escudos de renta, y que murió necesitado y abrumado de deudas, con más de cincuenta años, mientras su madre, en su extrema decrepitud, disfrutaba aún de todos sus bienes por disposición del padre, que por su parte había vivido cerca de ochenta años. Esto no me parece en absoluto razonable. Por eso encuentro poco provecho para un hombre cuyos asuntos van bien en ir a buscar una mujer que lo cargue con una gran dote; no hay deuda extraña que aporte más ruina a las casas: mis predecesores han seguido comúnmente este consejo con acierto, y yo también. Pero quienes nos desaconsejan las mujeres ricas, por temor a que sean menos tratables y agradecidas, se equivocan al hacernos perder alguna comodidad real por una conjetura tan frívola. A una mujer irrazonable no le cuesta más pasar por encima de una razón que de otra. Se aman más a sí mismas cuanto más equivocadas están. La injusticia las atrae, como a las buenas el honor de sus acciones virtuosas; y son tanto más bondadosas cuanto más ricas, como más voluntaria y gloriosamente castas por ser bellas.

Es razonable dejar la administración de los asuntos a las madres mientras los hijos no tienen la edad según las leyes para encargarse de ello; pero el padre los ha educado muy mal si no puede esperar que, en su madurez, tendrán más sabiduría y suficiencia que su mujer, dada la habitual debilidad del sexo. Aunque sería en verdad, sin embargo, más contra natura hacer depender a las madres de la discreción de sus hijos. Se les debe dar generosamente con qué mantener su estado según la condición de su casa y de su edad, puesto que la necesidad y la indigencia son mucho más indecorosas y difíciles de soportar para ellas que para los varones; hay que cargar más bien con esto a los hijos que a la madre.

En general, la distribución más sensata de nuestros bienes al morir me parece ser dejar que se distribuyan según el uso del país. Las leyes lo han pensado mejor que nosotros y vale más dejarlas errar en su elección que arriesgarnos a errar temerariamente en la nuestra. No son propiamente nuestros, puesto que por una prescripción civil y sin nosotros están destinados a ciertos sucesores. Y aunque tengamos cierta libertad más allá, considero que hace falta una gran causa y bien evidente para quitarle a alguien lo que su fortuna le había procurado, y a lo que la justicia común lo llamaba; y que es abusar contra razón de esta libertad servirse de ella para nuestras fantasías frívolas y privadas. Mi suerte me ha hecho la gracia de no presentarme ocasiones que pudieran tentarme y desviar mi afección del ordenamiento común y legítimo. Veo a algunos con quienes es tiempo perdido emplear un largo cuidado de buenos oficios. Una palabra recibida de mal sesgo borra el mérito de diez años. Feliz quien se encuentra a punto para ungirles la voluntad en este último pasaje. La acción más cercana prevalece; no son los mejores y más frecuentes oficios, sino los más recientes y presentes los que hacen la operación. Son gentes que juegan con sus testamentos como con manzanas o varas, para gratificar o castigar cada acción de aquellos que pretenden tener interés en ellos. Es cosa de curso demasiado largo y de demasiado peso para ser así paseada a cada instante; y en la cual los sabios se plantan de una vez por todas, atendiendo sobre todo a la razón y observancia públicas. Nos tomamos un poco demasiado a pecho estas sustituciones masculinas y proponemos una eternidad ridícula a nuestros nombres. Pesamos también demasiado las vanas conjeturas del futuro que nos dan los espíritus pueriles. Quizá se me habría hecho injusticia desplazándome de mi rango por haber sido el más torpe y pesado, el más lento y desganado en mi lección, no solo que todos mis hermanos, sino que todos los niños de mi provincia; ya sea lección de ejercicio del espíritu, ya sea lección de ejercicio del cuerpo. Es locura hacer selecciones extraordinarias sobre la fe de estas adivinaciones en las que tan a menudo nos engañamos. Si se puede herir esta regla y corregir los destinos en las elecciones que han hecho de nuestros herederos, se puede con más apariencia en consideración de alguna deformidad corporal notable y enorme, vicio constante e inenmendable; y según nosotros, grandes estimadores de la belleza, de importante perjuicio.

El placentero diálogo del legislador de Platón con sus ciudadanos honrará este pasaje. «¿Cómo entonces —dicen ellos sintiendo su fin próximo— no podremos disponer de lo que es nuestro a quien nos plazca? ¡Oh dioses, qué crueldad! ¿Que no nos sea lícito, según nos hayan servido los nuestros en nuestras enfermedades, en nuestra vejez, en nuestros asuntos, darles más o menos según nuestras fantasías?». A lo cual el legislador responde de esta manera: «Amigos míos, que habéis sin duda pronto de morir, es difícil que os conozcáis a vosotros mismos y que conozcáis lo que es vuestro, siguiendo la inscripción délfica. Yo, que hago las leyes, sostengo que ni vosotros os pertenecéis, ni os pertenece lo que disfrutáis. Y vuestros bienes y vosotros pertenecéis a vuestra familia tanto pasada como futura; pero aún más pertenecen al público vuestra familia y vuestros bienes. Por lo cual, por temor a que algún adulador en vuestra vejez o en vuestra enfermedad, o alguna pasión os solicite mal a propósito a hacer testamento injusto, yo os guardaré de ello. Pero teniendo respeto tanto al interés universal de la ciudad como al de vuestra casa, estableceré leyes y haré sentir, como es de razón, que la comodidad particular debe ceder a la común. Marchaos alegremente adonde la necesidad humana os llama. Me corresponde a mí, que no miro una cosa más que otra, que en cuanto puedo me ocupo de lo general, tener cuidado de lo que dejáis».

Volviendo a mi propósito, me parece de todas formas que raramente nace de las mujeres a quienes la autoridad sea debida sobre los hombres, salvo la materna y natural; a no ser para el castigo de aquellos que por algún humor febril se han sometido voluntariamente a ellas; pero eso no concierne en absoluto a las viejas de que hablamos aquí. Es la apariencia de esta consideración la que nos ha hecho forjar y dar pie tan voluntariamente a esta ley que nadie vio nunca, que priva a las mujeres de la sucesión de esta corona; y no hay apenas señorío en el mundo donde no se alegue, como aquí, por una verosimilitud de razón que la autoriza; pero la fortuna le ha dado más crédito en ciertos lugares que en otros. Es peligroso dejar a su juicio la dispensación de nuestra sucesión según la elección que hagan de los hijos, que es en todo momento inicua y fantástica. Pues ese apetito desreglado y gusto enfermo que tienen en el tiempo de sus preñeces, lo tienen en el alma en todo tiempo. Comúnmente se las ve entregarse a los más débiles y desmedrados, o a aquellos, si los tienen, que aún les cuelgan del cuello. Pues no teniendo bastante fuerza de discurso para elegir y abrazar lo que lo vale, se dejan llevar más voluntariamente adonde las impresiones de la naturaleza están más solas; como los animales que no tienen conocimiento de sus crías sino mientras las tienen prendidas de sus mamas.

Por lo demás, es fácil ver por experiencia que esta afección natural a la que damos tanta autoridad tiene las raíces bien débiles. Por una ligera ganancia, arrancamos todos los días sus propios hijos de entre los brazos de las madres y les hacemos tomar los nuestros a su cargo; les hacemos abandonar los suyos a alguna mísera nodriza a quien no queremos confiar los nuestros, o a alguna cabra; prohibiéndoles no solo amamantarlos, cualquier peligro que puedan correr por ello, sino aun tener cuidado alguno de ellos, para emplearse del todo al servicio de los nuestros. Y se ve en la mayor parte de ellas engendrarse bien pronto por costumbre una afección bastarda más vehemente que la natural, y mayor solicitud por la conservación de los hijos prestados que de los suyos propios. Y lo que he dicho de las cabras es porque es ordinario alrededor de mi casa ver a las mujeres del pueblo, cuando no pueden alimentar a los hijos con sus mamas, llamar a las cabras en su socorro. Y tengo en este momento dos lacayos que no mamaron nunca sino ocho días leche de mujeres. Estas cabras son enseguida adiestradas para venir a amamantar a estos niños pequeños, reconocen su voz cuando lloran y acuden; si se les presenta otro que no sea su nodrizo, lo rechazan, y el niño hace lo mismo con otra cabra. Vi uno el otro día al que le quitaron la suya porque su padre solo la tenía prestada de un vecino suyo; no pudo nunca apegarse a la otra que le presentaron y murió sin duda de hambre. Las bestias alteran y abastardean tan fácilmente como nosotros la afección natural. Creo que en lo que relata Heródoto de cierto estrecho de Libia hay a menudo error; dice que allí se mezclan con las mujeres indiferentemente, pero que el niño, teniendo fuerza para andar, encuentra a su padre en aquel hacia quien, en la multitud, la inclinación natural dirige sus primeros pasos.

Ahora bien, al considerar esta simple ocasión de amar a nuestros hijos por haberlos engendrado, por la cual los llamamos otros nosotros mismos, parece que hay bien otra producción que viene de nosotros que no es de menor recomendación; pues lo que engendramos por el alma, los partos de nuestro espíritu, de nuestro valor y suficiencia, son producidos por una parte más noble que la corporal y son más nuestros. Somos padre y madre juntamente en esta generación; estos nos cuestan mucho más caro y nos aportan más honor si tienen algo de bueno. Pues el valor de nuestros otros hijos es mucho más de ellos que nuestro; la parte que tenemos en ello es bien ligera; pero de estos, toda la belleza, toda la gracia y precio es nuestro. Por eso nos representan y nos retribuyen mucho más vivamente que los otros. Platón añade que estos son hijos inmortales que inmortalizan a sus padres, e incluso los deifican, como Licurgo, Solón, Minos. Ahora bien, estando las historias llenas de ejemplos de esta amistad común de los padres hacia los hijos, no me ha parecido fuera de propósito entresacar también alguno de esta. Heliodoro, ese buen obispo de Tricea, prefirió perder la dignidad, el provecho, la devoción de una prelatura tan venerable que perder a su hija; hija que dura todavía bien gentil, pero quizá no obstante un poco demasiado curiosa y mollemente engalanada para hija eclesiástica y sacerdotal, y de hechura demasiado amorosa.

Hubo un Labieno en Roma, personaje de gran valor y autoridad, y entre otras cualidades excelente en toda suerte de literatura, que era, creo yo, hijo de ese gran Labieno, el primero de los capitanes que estuvieron bajo César en la guerra de las Galias, y que después, habiéndose lanzado al partido del gran Pompeyo, se mantuvo tan valerosamente hasta que César lo derrotó en España. Ese Labieno de quien hablo tuvo varios envidiosos de su virtud, y como es verosímil, los cortesanos y favoritos de los emperadores de su tiempo, por enemigos de su franqueza y de los humores paternos que retenía todavía contra la tiranía, de los cuales es creíble que había teñido sus escritos y sus libros. Sus adversarios persiguieron ante el magistrado en Roma y obtuvieron hacer condenar varias de sus obras que había publicado a ser quemadas. Fue por él que comenzó ese nuevo ejemplo de pena, que después fue continuado en Roma con varios otros, de castigar con la muerte los escritos mismos y los estudios. No había punto bastante medio y materia de crueldad si no mezclábamos en ello cosas que la naturaleza ha eximido de todo sentimiento y de todo sufrimiento, como la reputación y las invenciones de nuestro espíritu; y si no íbamos a comunicar los males corporales a las disciplinas y monumentos de las Musas.

Ahora bien, Labieno no pudo soportar esta pérdida ni sobrevivir a esta tan querida progenie suya; se hizo llevar y encerrar completamente vivo en el monumento de sus ancestros, allí donde proveyó de un golpe a matarse y a enterrarse juntamente. Es difícil mostrar ninguna otra afección paterna más vehemente que aquella. Casio Severo, hombre muy elocuente y familiar suyo, viendo quemar sus libros, gritaba que por la misma sentencia lo debían condenar a la vez a ser quemado completamente vivo, pues llevaba y conservaba en su memoria lo que contenían. Parecido accidente sucedió a Cremucio Cordo, acusado de haber en sus libros alabado a Bruto y Casio. Ese senado vil, servil y corrompido, y digno de un peor amo que Tiberio, condenó sus escritos al fuego. Estuvo contento de hacer compañía a su muerte y se mató por abstinencia de comer. El buen Lucano estando juzgado por ese bribón de Nerón; hacia los últimos tramos de su vida, como la mayor parte de la sangre había ya salido por las venas de los brazos que se había hecho cortar a su médico para morir, y el frío hubo alcanzado las extremidades de sus miembros y comenzara a acercarse a las partes vitales; lo último que tuvo en su memoria fueron algunos de los versos de su libro de la guerra de Farsalia que recitaba, y murió teniendo esta última voz en la boca. Eso ¿qué era sino una tierna y paternal despedida que tomaba de sus hijos; representando los adioses y los estrechos abrazos que damos a los nuestros al morir; y un efecto de esa inclinación natural que recuerda a nuestra memoria en esa extremidad las cosas que hemos tenido más queridas durante nuestra vida?

¿Pensamos que Epicuro, que al morir atormentado, como dice, de los dolores extremos del cólico, tenía toda su consolación en la belleza de la doctrina que dejaba al mundo, habría recibido tanto contentamiento de un número de hijos bien nacidos y bien educados, si los hubiera tenido, como recibía de la producción de sus ricos escritos? ¿Y que si hubiera estado en la elección de dejar tras de sí un hijo contrahecho y mal nacido, o un libro necio e inepto, no elegiría más bien, y no él solamente, sino todo hombre de parecida suficiencia, incurrir en la primera desgracia que en la otra? Sería quizá impiedad en San Agustín, por ejemplo, si de un lado se le propusiera enterrar sus escritos, de los que nuestra religión recibe tan gran fruto, o enterrar a sus hijos en caso de que los tuviera, si no prefiriera enterrar a sus hijos. Y yo no sé si no preferiría mucho haber producido uno perfectamente bien formado del trato de las Musas que del trato de mi mujer. A este tal como es, lo que le doy se lo doy pura e irrevocablemente, como se da a los hijos corporales. Este poco de bien que le he hecho ya no está en mi disposición. Puede saber bastantes cosas que yo ya no sé, y retener de mí lo que yo no he conservado, y que haría falta que tal como un extranjero se lo pidiera prestado si me hiciera falta.

Si soy más sabio que él, él es más rico que yo. Hay pocos hombres dedicados a la poesía que no se gratificaran más de ser padres de la Eneida que del muchacho más bello de Roma; y que no sufrieran más fácilmente una pérdida que la otra. Pues según Aristóteles, de todos los artesanos el poeta es señaladamente el más enamorado de su obra. Es difícil creer que Epaminondas, que se jactaba de dejar por toda posteridad hijas que harían un día honor a su padre (eran las dos nobles victorias que había ganado sobre los lacedemonios), hubiera consentido voluntariamente en cambiar aquellas por las más ataviadas de toda Grecia; o que Alejandro y César hubieran jamás deseado ser privados de la grandeza de sus gloriosos hechos de guerra por la comodidad de tener hijos y herederos, por perfectos y cumplidos que pudieran ser. Incluso tengo gran duda de que Fidias u otro excelente estatuario amara tanto la conservación y la duración de sus hijos naturales como amaría de una imagen excelente que con largo trabajo y estudio hubiera perfeccionado según el arte. Y en cuanto a esas pasiones viciosas y furiosas que han acalorado algunas veces a los padres al amor de sus hijas, o las madres hacia sus hijos, todavía se encuentran de parecidas en esta otra suerte de parentesco. Testigo lo que se relata de Pigmalión, que habiendo construido una estatua de mujer de belleza singular, se volvió tan perdidamente preso del amor frenético de esa obra suya que fue preciso que en favor de su locura los dioses se la vivificaran:

«El marfil tentado se ablanda, y perdida su rigidez cede a los dedos».

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