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Capítulo 27La cobardía, madre de la crueldad

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 19 min de lectura

He oído decir muchas veces que la cobardía es madre de la crueldad, y también he comprobado por experiencia que esa acritud y aspereza de ánimo malicioso e inhumano suele acompañarse de blandura femenina. He visto a los más crueles propensos a llorar fácilmente, y por causas frívolas. Alejandro, tirano de Feras, no podía soportar oír en el teatro la representación de las tragedias, por miedo a que sus ciudadanos lo vieran gemir por las desgracias de Hécuba y de Andrómaca, él que sin piedad hacía asesinar cruelmente a tantas personas todos los días. ¿Sería esa debilidad de alma lo que los hacía tan susceptibles a todos los extremos? El valor, cuyo efecto consiste en ejercerse únicamente contra la resistencia,

«y solo se complace en la cerviz del toro que embiste», se detiene al ver al enemigo a su merced. Pero la pusilanimidad, para demostrar que ella también participa de la fiesta, al no haber podido tomar parte en ese primer papel, toma para sí el segundo, el de la matanza y la sangre. Los asesinatos de las victorias los llevan a cabo habitualmente el pueblo y los oficiales del bagaje. Y lo que hace ver tantas crueldades inauditas en las guerras populares es que esa canalla del vulgo se aguerrre y se envalentone hasta ensangrentarse hasta los codos y descuartizar un cuerpo a sus pies, sin tener sentimiento de otro valor.

«Y el lobo y los viles osos acosan a los moribundos, y cualquier fiera de menor nobleza».

Como los perros cobardes que descuartizan en casa y muerden las pieles de las bestias salvajes a las que no se atrevieron a atacar en el campo. ¿Qué hace en este tiempo que nuestras querellas sean todas mortales? ¿Y que allí donde nuestros padres tenían algún grado de venganza, nosotros comencemos ahora por el último, y no se hable de entrada más que de matar? ¿Qué es eso, sino cobardía? Todos comprenden bien que hay más valentía y desdén en apalear a su enemigo que en rematarlo, y en hacerlo ceder que en hacerlo morir. Además, el apetito de venganza se sacia y satisface mejor así, porque ella solo pretende dar conciencia de sí misma. Por eso no atacamos a una bestia o a una piedra cuando nos hiere, porque son incapaces de sentir nuestra venganza. Y matar a un hombre es ponerlo al abrigo de nuestra ofensa. Y del mismo modo que Bías gritaba a un hombre malvado: «Sé que tarde o temprano serás castigado por ello, pero temo no verlo», y lamentaba a los orcomenianos porque el arrepentimiento que Lycisco sintió por la traición cometida contra ellos llegaba en un momento en que no quedaba ninguno de aquellos que habían sido perjudicados y a quienes debía corresponder el placer de ese arrepentimiento. Así de lamentable es la venganza cuando aquel contra quien se emplea pierde la capacidad de sufrirla.

Pues como el vengador quiere verla para obtener placer de ella, es necesario que aquel sobre quien se venga la vea también, para recibir de ella desagrado y arrepentimiento. «Se arrepentirá», decimos. Y por haberle dado un pistoletazo en la cabeza, ¿creemos que se arrepentirá? Al contrario, si nos fijamos bien, descubriremos que nos hace una mueca al caer. Ni siquiera nos guarda rencor, cuánto menos se arrepiente. Y le otorgamos el más favorable de todos los servicios de la vida, que es hacerlo morir pronta e insensiblemente. Nosotros estamos corriendo, trotando y huyendo de los oficiales de la justicia que nos persiguen, y él está en reposo. Matarlo es bueno para evitar la ofensa futura, no para vengar la que ya se ha hecho. Es una acción más de miedo que de valentía, de precaución que de coraje, de defensa que de empresa. Es evidente que con ello abandonamos tanto el verdadero fin de la venganza como el cuidado de nuestra reputación. Tememos, si permanece vivo, que nos ataque de nuevo de forma similar. No es contra él, es por ti por quien te deshaces de él. En el reino de Narsinga este recurso nos resultaría inútil. Allí no solo la gente de guerra, sino también los artesanos, resuelven sus querellas a golpes de espada. El rey no niega el campo a quien quiere batirse, y asiste cuando se trata de personas de calidad, regalando al vencedor una cadena de oro; pero para conquistarla, el primero a quien le apetezca puede enfrentarse en armas a quien la lleva. Y por haberse deshecho de un combate, tiene varios más encima.

Si pensáramos que gracias a nuestra virtud podemos ser siempre dueños de nuestro enemigo y vapulearlo a nuestro antojo, nos disgustaría mucho que se nos escapara, como sucede al morir. Queremos vencer más seguramente que honorablemente. Y buscamos más el fin que la gloria en nuestra querella.

Asinio Polión, para un hombre honrado menos excusable, cometió un error semejante: habiendo escrito invectivas contra Planco, esperó a que estuviera muerto para publicarlas. Era hacerle una higa a un ciego y decir injurias a un sordo, y ofender a un hombre sin sentimiento antes que correr el riesgo de su resentimiento. También se decía por él que solo a los duendes les tocaba luchar con los muertos. Quien espera a ver morir al autor cuyos escritos quiere combatir, ¿qué dice sino que es débil y cobarde? Se le decía a Aristóteles que alguien había hablado mal de él: «Que haga más —dijo—, que me azote, con tal de que yo no esté presente».

Nuestros padres se contentaban con vengar una injuria con un desmentido, un desmentido con un golpe, y así sucesivamente. Eran lo bastante valerosos como para no temer a su adversario vivo y ultrajado. Nosotros temblamos de miedo mientras lo vemos en pie. Y así es: nuestra hermosa práctica de hoy en día, ¿no lleva a perseguir hasta la muerte tanto a aquel a quien hemos ofendido como a aquel que nos ha ofendido? Es también una especie de cobardía la que ha introducido en nuestros combates singulares esa costumbre de acompañarnos de segundos, terceros y cuartos. Antiguamente eran duelos, ahora son encuentros y batallas. La soledad asustaba a los primeros que lo inventaron: «Pues cada cual tenía muy poca confianza en sí mismo». Porque naturalmente cualquier compañía que sea aporta consuelo y alivio en el peligro. Se servían antiguamente de terceras personas para evitar que hubiera desorden y deslealtad, y para dar testimonio de la suerte del combate. Pero desde que se tomó la costumbre de que ellos mismos se comprometieran, quienquiera que sea invitado no puede honrosamente mantenerse como espectador, por temor a que se le atribuya que es por falta de afecto o de coraje. Además de la injusticia de tal acción, y la vileza de comprometer en la protección de vuestro honor otro valor y fuerza que la vuestra, encuentro desventaja para un hombre de bien que plenamente confía en sí mismo en ir a mezclar su suerte con la de un segundo: cada cual corre bastante riesgo por sí mismo sin correrlo además por otro, y tiene bastante que hacer con asegurarse en su propia virtud para la defensa de su vida, sin confiar cosa tan querida en manos ajenas.

Porque si no se ha pactado expresamente lo contrario, de los cuatro es una partida ligada. Si vuestro segundo cae, tenéis a dos encima, con razón. Y decir que eso es trampa, ciertamente lo es, como lo es cargar bien armado contra un hombre que solo tiene un trozo de espada, o completamente sano contra un hombre que ya está muy herido. Pero si son ventajas que habéis ganado combatiendo, podéis serviros de ellas sin reproche. La disparidad y desigualdad se pesan y consideran solo por el estado en que comienza la pelea; del resto, remitíos a la fortuna. Y cuando tengáis vosotros solo a tres sobre vosotros, habiendo vuestros dos compañeros sido matados, no os hacen más daño que el que yo haría en la guerra al dar un golpe de espada al enemigo que viera enfrentado a uno de los nuestros con igual ventaja. La naturaleza de la asociación implica, cuando hay grupo contra grupo (como cuando nuestro duque de Orléans desafió al rey de Inglaterra Enrique, cien contra cien; trescientos contra otros tantos, como los argivos contra los lacedemonios; tres contra tres, como los Horacios contra los Curiacios), que la multitud de cada parte se considera como un solo hombre. En todas partes donde hay compañía, el azar está confuso y mezclado.

Tengo un interés personal en este asunto. Pues mi hermano, señor de Matecoulon, fue invitado en Roma a secundar a un caballero que apenas conocía, que era defensor y había sido retado por otro. En ese combate le tocó por azar enfrentarse a alguien que le era más vecino y más conocido (quisiera que se me diera razón de esas leyes del honor que tan a menudo chocan y perturban las de la razón). Tras haberse deshecho de su hombre, viendo a los dos principales de la querella aún en pie y enteros, fue a ayudar a su compañero. ¿Qué podía hacer menos? ¿Debía quedarse quieto y mirar cómo derrotaban, si la suerte así lo hubiera querido, a aquel por cuya defensa había acudido? Lo que había hecho hasta entonces no servía de nada para el asunto: la querella estaba indecisa. La cortesía que podéis, y ciertamente debéis hacer a vuestro enemigo cuando lo habéis reducido a malos términos y a alguna gran desventaja, no veo cómo podéis hacerla cuando está en juego el interés de otro, en que vosotros no sois más que segundo, en que la disputa no es vuestra. No podía ser ni justo ni cortés a riesgo de aquel al que se había prestado. También fue liberado de las prisiones de Italia mediante una muy súbita y solemne recomendación de nuestro rey. ¡Nación indiscreta! No nos contentamos con dar a conocer nuestros vicios y locuras al mundo por reputación: vamos a las naciones extranjeras para hacérselos ver en persona. Poned a tres franceses en los desiertos de Libia y no pasará un mes sin que se hostiguen y arafen. Diríase que esta peregrinación es una ocasión dispuesta para dar a los extranjeros el placer de nuestras tragedias, y muy a menudo a gentes que se regocijan con nuestras desgracias y se burlan de ellas. Vamos a aprender a Italia a esgrimir, y lo practicamos a expensas de nuestras vidas antes de saberlo. Sin embargo, siguiendo el orden de la disciplina, habría que poner la teoría antes que la práctica. Traicionamos nuestro aprendizaje:

¡Tristes primicias de los jóvenes, duros rudimentos de la guerra futura!

Bien sé que es un arte útil para su fin (en el duelo de los dos príncipes primos hermanos en España, el mayor, dice Tito Livio, venció fácilmente con la destreza de las armas y la astucia las fuerzas impetuosas del más joven), y como he conocido por experiencia, su conocimiento ha envalentonado a algunos más allá de su medida natural. Pero no es propiamente virtud, puesto que deriva su apoyo de la destreza y toma otro fundamento que no es ella misma. El honor de los combates consiste en la emulación del valor, no de la ciencia. Y por ello he visto a uno de mis amigos, renombrado como gran maestro en este ejercicio, elegir en sus querellas armas que le quitaban la posibilidad de esa ventaja, y que dependían enteramente de la fortuna y de la firmeza, a fin de que no se atribuyera su victoria a su esgrima más que a su valor. Y en mi infancia, la nobleza huía de la reputación de buen esgrimista como de algo injurioso, y se escondía para aprenderla como oficio de sutileza, que desmerecía la verdadera y natural virtud.

No esquivar, no parar, no retirarse, quieren estos, ni aquí la destreza tiene parte; no dan los golpes fingidos ora plenos, ora escasos, quita la ira y el furor el uso del arte, oye las espadas horriblemente entrechocarse a media hoja, el pie no se aparta de su huella, siempre el pie está firme y la mano siempre en movimiento; ni desciende tajo en vano, ni punta al vacío.

Las justas, los torneos, las barreras, imagen de los combates guerreros, eran el ejercicio de nuestros padres. Este otro ejercicio es tanto menos noble cuanto que solo mira a un fin privado: que nos enseña a destruirnos entre nosotros, contra las leyes y la justicia, y que de todas maneras produce siempre efectos dañinos. Es mucho más digno y más apropiado ejercitarse en cosas que aseguren, no que ofendan nuestra organización social; que miren a la seguridad pública y a la gloria común. Publio Rutilio fue el primero que instruyó al soldado para manejar sus armas con destreza y ciencia, que unió el arte a la virtud: no para el uso de querella privada, sino para la guerra y querellas del pueblo romano. Esgrima popular y civil. Y además del ejemplo de César, que ordenó a los suyos apuntar principalmente al rostro de los jinetes de Pompeyo en la batalla de Farsalia, mil otros jefes de guerra se han propuesto así inventar nueva forma de armas, nueva forma de golpear y de cubrirse, según la necesidad del asunto presente. Pero del mismo modo que Filopemen condenó la lucha, en la que sobresalía, porque los preparativos que se empleaban en ese ejercicio eran distintos de los que corresponden a la disciplina militar, a la cual sola estimaba que las gentes de honor debían dedicarse, me parece también que esa destreza con que se adiestran los miembros, esos rodeos y movimientos con que se entrena a la juventud en esta nueva escuela, no solo son inútiles, sino más bien contrarios y perjudiciales para el uso del combate militar. Así también emplean comúnmente nuestras gentes armas particulares y destinadas peculiarmente a ese uso. Y he visto que no se consideraba apropiado que un gentilhombre, desafiado a la espada y a la daga, se presentara equipado como jinete. Ni que otro se ofreciera a ir con su capa en lugar de la daga. Es digno de consideración que Laques, en Platón, hablando de un aprendizaje de manejo de armas conforme al nuestro, dice no haber visto jamás salir de esa escuela ningún gran hombre de guerra, y especialmente de sus maestros. En cuanto a estos, nuestra experiencia dice otro tanto. Por lo demás, al menos podemos sostener que son habilidades sin ninguna relación ni correspondencia. Y en la educación de los niños de su república, Platón prohíbe las artes de batirse a puñetazos, introducidas por Amico y Epeo, y de luchar, por Anteo y Cercio, porque tienen otro objetivo que hacer a la juventud apta para el servicio bélico, y no contribuyen en nada a él. Pero me aparto un poco bastante de mi tema.

El emperador Mauricio, advertido por sueños y varios pronósticos de que un Focas, soldado entonces desconocido, habría de matarlo, preguntaba a su yerno Filipo quién era ese Focas, su naturaleza, sus condiciones y sus costumbres, y como entre otras cosas Filipo le dijo que era cobarde y miedoso, el emperador concluyó inmediatamente por ello que era pues asesino y cruel. ¿Qué hace a los tiranos tan sanguinarios? Es el cuidado de su seguridad, y que su cobarde corazón no les proporciona otros medios de asegurarse que exterminando a quienes pueden ofenderlos, hasta a las mujeres, por miedo a un arañazo.

Hiere todo porque lo teme todo. Las primeras crueldades se ejercen por sí mismas, de ahí nace el miedo a una justa venganza, que produce después una sucesión de nuevas crueldades para ahogar unas con otras. Filipo, rey de Macedonia, aquel que tuvo tantos enfrentamientos con el pueblo romano, atormentado por el horror de los asesinatos cometidos por su orden, no pudiendo resolver su situación ante tantas familias ofendidas en diversos momentos, tomó la decisión de apoderarse de todos los hijos de aquellos a quienes había hecho matar, para ir acabando con ellos día tras día, uno tras otro, y así asegurar su tranquilidad.

Las hermosas materias quedan bien en cualquier lugar donde se las coloque. Yo, que me preocupo más del peso y utilidad de los discursos que de su orden y secuencia, no debo temer colocar aquí, un poco al margen, una historia muy hermosa. Cuando son tan ricas por su propia belleza y pueden sostenerse solas, me basta con la punta de un pelo para unirlas a mi propósito.

Entre los otros condenados por Filipo había estado un tal Heródico, príncipe de los tesalios. Después de él, había hecho también morir a sus dos yernos, dejando cada uno un hijo muy pequeño. Teoxena y Arco eran las dos viudas. Teoxena no pudo ser inducida a casarse de nuevo, a pesar de ser muy solicitada. Arco se casó con Poris, el primer hombre entre los eneos, y tuvo de él numerosos hijos que dejó a todos en edad temprana. Teoxena, aguijoneada por una caridad maternal hacia sus sobrinos, para tenerlos bajo su conducción y protección, se casó con Poris. He aquí que llega la proclamación del edicto del rey. Esta valerosa madre, desconfiando de la crueldad de Filipo y de la licencia de sus soldados hacia esta hermosa y tierna juventud, osó decir que los mataría antes con sus propias manos que entregarlos. Poris, asustado por esta declaración, le promete esconderlos y llevarlos a Atenas, al cuidado de algunos de sus fieles anfitriones. Aprovechan la ocasión de una fiesta anual que se celebraba en Enea en honor de Eneas, y acuden allí. Tras asistir durante el día a las ceremonias y al banquete público, por la noche se escabullen en un navío preparado para ganar país por mar. El viento les fue contrario y, encontrándose al día siguiente a la vista de la tierra de donde habían partido, fueron perseguidos por los guardias de los puertos. Al alcanzarlos, mientras Poris se esforzaba en apresurar a los marineros para la huida, Teoxena, enloquecida de amor y de venganza, volviendo a su primera proposición, prepara armas y veneno, y presentándolos ante ellos: «Vamos, hijos míos, la muerte es ya el único medio de vuestra defensa y libertad, y será materia para que los dioses ejerzan su santa justicia: estas espadas desenvainadas, estas copas llenas os abren la entrada. Valor. Y tú, hijo mío, que eres mayor, empuña este hierro para morir de la muerte más fuerte». Teniendo de un lado a esta vigorosa consejera, a los enemigos del otro en su garganta, corrieron con furia cada uno hacia lo que tenía más a mano. Y medio muertos fueron arrojados al mar. Teoxena, orgullosa de haber provisto tan gloriosamente a la seguridad de todos sus hijos, abrazando calurosamente a su marido: «Sigamos a estos muchachos, amigo mío, y gocemos de la misma sepultura con ellos». Y teniéndose así abrazados, se precipitaron de manera que el navío fue llevado de vuelta a tierra, vacío de sus dueños.

Los tiranos, para hacer las dos cosas juntas, matar y hacer sentir su cólera, han empleado toda su capacidad en encontrar el modo de alargar la muerte. Quieren que sus enemigos se vayan, pero no tan rápido como para que no tengan tiempo de saborear su venganza. En eso andan muy afanados, pues si los tormentos son violentos, son breves; si son largos, no son lo bastante dolorosos a su gusto: ahí están con sus ingenios. Vemos mil ejemplos de ello en la antigüedad; y no sé si sin pensarlo no conservamos alguna huella de esta barbarie.

Todo lo que va más allá de la muerte simple me parece pura crueldad. Nuestra justicia no puede esperar que aquel a quien el miedo de morir y de ser decapitado o ahorcado no apartará de faltar, se vea impedido de ello por la imaginación de un fuego lento, o de las tenazas, o de la rueda. Y no sé, sin embargo, si no los arrojamos a la desesperación. Pues ¿en qué estado puede estar el alma de un hombre que aguarda veinticuatro horas la muerte, destrozado sobre una rueda, o a la antigua usanza clavado en una cruz? Josefo relata que durante las guerras de los romanos en Judea, pasando por donde habían crucificado a algunos judíos tres días atrás, reconoció a tres de sus amigos y obtuvo permiso para quitarlos de allí; los dos murieron, dice, el otro vivió todavía después.

Calcondiles, hombre fidedigno, en las memorias que dejó de las cosas ocurridas en su tiempo y cerca de él, relata como suplicio extremo aquel que el emperador Mehmed practicaba a menudo, de hacer partir a los hombres en dos mitades por el medio del cuerpo, a la altura del diafragma, y de un solo golpe de cimitarra; de donde sucedía que morían como de dos muertes a la vez: y se veía, dice, una y otra parte, llenas de vida, agitarse largo tiempo después, presas del tormento. No creo que hubiera gran sufrimiento en ese movimiento. Los suplicios más horrendos de ver no son siempre los más fuertes de soportar. Y encuentro más atroz lo que otros historiadores relatan de él contra algunos señores epirotas, que los hizo desollar poco a poco, con una dosificación tan maliciosamente ordenada que su vida duró quince días en esa angustia.

Y estos otros dos. Creso, habiendo hecho prender a un caballero favorito de su hermano Pantaleón, lo llevó al taller de un batanero, donde lo hizo raspar y cardar con los cardos y peines de ese oficio hasta que murió. Jorge Sechel, jefe de aquellos campesinos de Polonia que bajo el título de cruzada hicieron tantos males, derrotado en batalla por el vaivoda de Transilvania y preso, estuvo tres días atado desnudo sobre un potro, expuesto a toda clase de tormentos que cada cual podía ejercer contra él; durante ese tiempo se hizo ayunar a varios otros prisioneros. Al fin, estando él vivo y viendo, abrevaron con su sangre a Lucat, su querido hermano, y por cuya salvación solamente rogaba, atrayendo sobre sí toda la culpa de sus fechorías; e hicieron pastar a veinte de sus capitanes más favoritos, que desgarraban con sus dientes su carne y se tragaban los pedazos. El resto del cuerpo y las partes internas, una vez expirado, fueron puestas a hervir, y se las hicieron comer a otros de su séquito.

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