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Capítulo 35De tres buenas mujeres

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 16 min de lectura

No las hay a docenas, como todo el mundo sabe; y especialmente en los deberes del matrimonio: pues es un contrato lleno de tantas circunstancias espinosas, que es difícil que la voluntad de una mujer se mantenga entera durante mucho tiempo. Los hombres, aunque estén en él con una condición algo mejor, también tienen demasiadas dificultades. La prueba de un buen matrimonio, y su verdadera demostración, atañe al tiempo que dura la unión; si ha sido constantemente dulce, leal y cómoda. En nuestro siglo, ellas reservan más comúnmente, para hacer gala de sus buenos oficios y la vehemencia de su afecto, el momento en que pierden a sus maridos; buscan al menos entonces dar testimonio de su buena voluntad. Testimonio tardío y fuera de sazón. Prueban más bien con ello que no los aman sino muertos. La vida está llena de agitación, la muerte de amor y de cortesía. Como los padres ocultan el afecto hacia sus hijos, ellas voluntariamente, de igual manera, ocultan el suyo hacia el marido, para mantener un honesto respeto. Este misterio no es de mi gusto. Por mucho que se despelucen y se arañen: me voy a la oreja de una doncella o de un secretario: ¿cómo estaban, cómo vivían juntos? Siempre recuerdo esta frase acertada: «lloran con más ostentación las que menos dolor sienten».

Su lamentarse es odioso a los vivos, y vano para los muertos. Dispensaremos de buen grado que rían después, con tal de que nos rían durante la vida. ¿No es cosa de resucitar de despecho: que quien me escupió en la cara mientras estaba vivo, venga a frotarme los pies cuando ya no soy? Si hay algún honor en llorar a los maridos, no pertenece sino a aquellas que les rieron: las que lloraron en la vida, que rían en la muerte, tanto fuera como dentro. Así pues, no miréis esos ojos húmedos, y esa voz lastimera: mirad ese porte, ese tez, y la lozanía de esas mejillas, bajo esos grandes velos; es por ahí que habla francamente. Pocas hay cuya salud no vaya mejorando, cualidad que no sabe mentir. Esa contención ceremoniosa no mira tanto hacia atrás como hacia adelante; es ganancia, más que pago. En mi infancia, una honesta y bellísima dama, viuda de un príncipe, que vive todavía, tenía no sé qué de más en su atavío del que permiten las leyes de nuestra viudez; a quienes se lo reprochaban: «Es», decía ella, «que ya no cultivo nuevas amistades, y estoy fuera de voluntad de volver a casarme». Para no apartarme del todo de nuestra costumbre, he escogido aquí tres mujeres que también emplearon el esfuerzo de su bondad y afecto en torno a la muerte de sus maridos. Son, sin embargo, ejemplos algo distintos, y tan apremiantes que arrastran valientemente la vida en consecuencia.

Plinio el Joven tenía cerca de una casa suya en Italia un vecino maravillosamente atormentado por unas úlceras que le habían sobrevenido en las partes vergonzosas. Su mujer, viéndolo languidecer tan largamente, le rogó que permitiera que ella viera con calma y de cerca el estado de su mal, y que le diría más francamente que ningún otro lo que tenía que esperar de ello. Después de obtener esto de él, y haberlo considerado cuidadosamente, encontró que era imposible que pudiera sanar de ello, y que todo lo que tenía que esperar era arrastrar durante muchísimo tiempo una vida dolorosa y lánguida: así que le aconsejó como remedio más seguro y soberano que se matara. Y encontrándolo algo blando para tan ruda empresa: «No creas», le dijo, «amigo mío, que los dolores que te veo sufrir no me tocan tanto como a ti, y que para librarme de ellos no quiera servirme yo misma de esta medicina que te ordeno. Quiero acompañarte a la curación, como lo he hecho en la enfermedad; quita ese miedo, y piensa que no tendremos sino placer en este paso, que debe librarnos de tales tormentos: nos iremos felizmente juntos». Dicho esto, y habiendo recalentado el valor de su marido, resolvió que se precipitarían al mar por una ventana de su vivienda que daba a él. Y para mantener hasta su fin esta leal y vehemente afección con la que lo había abrazado durante su vida, quiso aún que muriera entre sus brazos; pero por miedo de que le faltaran, y de que los apretones de sus abrazos vinieran a aflojarse con la caída y el miedo, se hizo atar y sujetar bien estrechamente con él, por la cintura; y abandonó así su vida, para el descanso de la de su marido. Aquella era de baja condición; y entre tal clase de gente, no es tan insólito ver algún rasgo de rara bondad,

«La justicia, al abandonar la tierra, dejó sus últimas huellas entre ellos».

Las otras dos son nobles y ricas, donde los ejemplos de virtud se alojan raramente. Arria, mujer de Cecina Peto, personaje consular, fue madre de otra Arria, mujer de Trasea Peto, aquel cuya virtud fue tan renombrada en tiempos de Nerón; y por medio de este yerno, abuela de Fania; pues la semejanza de los nombres de estos hombres y mujeres, y de sus fortunas, ha hecho que muchos se confundan. Esta primera, Arria, cuando Cecina Peto, su marido, fue hecho prisionero por la gente del emperador Claudio, tras la derrota de Escriboniano, cuyo partido había seguido, suplicó a quienes lo llevaban prisionero a Roma que la recibieran en su navío, donde les sería de mucho menos gasto e incomodidad que cierto número de personas que necesitarían para el servicio de su marido: y que ella sola proveería a su cámara, su cocina, y todos los demás oficios. Ellos se lo negaron: y ella, habiéndose arrojado a una barca de pescador que alquiló en el momento, lo siguió de esa manera desde Eslavonia. Cuando llegaron a Roma, un día, en presencia del emperador, Junia, viuda de Escriboniano, habiéndose acercado a ella familiarmente, por la sociedad de sus fortunas, la rechazó rudamente con estas palabras: «¿Yo», dijo ella, «que te hable, ni que te escuche, a ti, en cuyo regazo fue muerto Escriboniano, y tú vives todavía?»

Estas palabras, con muchas otras señales, hicieron sentir a sus parientes que iba a deshacerse ella misma, impaciente de soportar la fortuna de su marido. Y Trasea, su yerno, suplicándole a este propósito que no quisiera perderse, y diciéndole así: «¿Qué? Si yo corriera fortuna pareja a la de Cecina, ¿querríais que mi mujer, vuestra hija, hiciera lo mismo?» «¿Cómo? ¿Si lo querría?», respondió ella: «sí, sí, lo querría, si ella hubiera vivido tanto tiempo, y en tan buena armonía contigo, como yo lo he hecho con mi marido». Estas respuestas aumentaban el cuidado que se tenía de ella, y hacían que se vigilaran más de cerca sus comportamientos. Un día, después de haber dicho a los que la guardaban: «Hacéis en vano, podéis hacerme morir peor, pero de impedirme morir, no sabéis», lanzándose furiosamente de una silla donde estaba sentada, fue a golpearse con toda su fuerza la cabeza contra la pared vecina: de cuyo golpe, habiendo caído de largo desmayada y muy herida, después de que con mucho esfuerzo la hicieron volver en sí: «Os lo decía bien», dijo ella, «que si me negabais alguna forma fácil de matarme, elegiría alguna otra por difícil que fuera». El fin de una virtud tan admirable fue este: su marido Peto, no teniendo el corazón bastante firme por sí mismo para darse la muerte, a la que la crueldad del emperador lo empujaba; un día entre otros, después de haber empleado primeramente los discursos y exhortaciones propios del consejo que ella le daba para hacerlo, tomó el puñal que su marido llevaba y teniéndolo desenvainado en su mano, para la conclusión de su exhortación: «Haz así, Peto», le dijo. Y en el mismo instante, habiéndose dado un golpe mortal en el estómago, y luego arrancándolo de su herida, se lo presentó, acabando al mismo tiempo su vida con esta noble, generosa e inmortal palabra: «Peto, no duele». No tuvo tiempo sino de decir estas tres palabras de tan bella sustancia: «Ten, Peto, no me ha hecho daño».

«Cuando la casta Arria entregaba el puñal a su Peto, que ella misma había arrancado de sus entrañas: Si hay fe alguna, la herida que me he hecho no duele, dijo, pero la que tú te harás, eso, Peto, es lo que me duele».

Es mucho más vivo en su naturaleza, y de un sentido más rico: pues ni la herida, ni la muerte de su marido, ni las suyas propias, lejos de pesarle, ella misma había sido la consejera y promotora: pero habiendo emprendido esta alta y valerosa empresa para la única comodidad de su marido, no mira más que a él, incluso en el último momento de su vida, y a quitarle el miedo de seguirla muriendo. Peto se apuñaló en el acto, con aquel mismo puñal; avergonzado a mi juicio, de haber necesitado una enseñanza tan cara y preciosa.

Pompeia Paulina, joven y muy noble dama romana, había desposado a Séneca, en su extrema vejez. Nerón, su buen discípulo, envió sus sicarios hacia él, para notificarle la orden de su muerte, lo que se hacía de esta manera. Cuando los emperadores romanos de aquel tiempo habían condenado a algún hombre de calidad, le mandaban por medio de sus oficiales escoger alguna muerte a su gusto, y tomarla dentro de tal o cual plazo que le hacían prescribir según la intensidad de su cólera, unas veces más apremiante, otras más larga, dándole tiempo para disponer durante ese tiempo de sus asuntos, y a veces quitándole el medio de hacerlo, por la brevedad del tiempo: y si el condenado se resistía a su orden, traían gente apropiada para ejecutarla, o cortándole las venas de los brazos y de las piernas, o haciéndole tragar veneno por la fuerza. Pero las personas de honor no esperaban esta necesidad, y se servían de sus propios médicos y cirujanos para tal efecto. Séneca oyó su encargo, con un semblante tranquilo y seguro, y después pidió papel para hacer su testamento: lo que habiéndole sido negado por el capitán, se vuelve hacia sus amigos. Puesto que no puedo, les dijo, dejaros otra cosa en reconocimiento de lo que os debo, os dejo al menos lo que tengo de más hermoso, a saber la imagen de mis costumbres y de mi vida, que os ruego conservéis en vuestra memoria a fin de que al hacerlo, adquiráis la gloria de sinceros y verdaderos amigos.

Y al mismo tiempo, apaciguando unas veces la acritud del dolor que les veía sufrir, con palabras dulces, unas veces endureciendo su voz para reprenderlos: ¿Dónde están, decía, esos hermosos preceptos de la filosofía? ¿qué se han hecho las previsiones que durante tantos años hemos tomado contra los accidentes de la fortuna? ¿la crueldad de Nerón nos era desconocida? ¿qué podíamos esperar de quien había matado a su madre y a su hermano, sino que hiciera también morir a su preceptor que lo crió y educó? Después de haber dicho estas palabras en común, se vuelve hacia su mujer, y abrazándola estrechamente, como por el peso del dolor ella desfallecía de corazón y de fuerzas; le rogó soportar un poco más pacientemente este accidente, por amor a él; y que la hora había llegado en que debía mostrar, no ya por discursos y por disputas, sino por los hechos, el fruto que había sacado de sus estudios: y que sin duda él abrazaba la muerte, no solamente sin dolor, sino con alegría. Por lo cual amiga mía, le decía, no la deshonres con tus lágrimas, a fin de que no parezca que te amas más que a mi reputación: apacigua tu dolor, y consuélate con el conocimiento que has tenido de mí y de mis acciones, conduciendo el resto de tu vida, por las honestas ocupaciones a las que te has dedicado.

A lo que Paulina habiendo recobrado un poco sus espíritus, y recalentado la magnanimidad de su valor, por un afecto muy noble: No Séneca, respondió, no estoy para dejarte sin mi compañía en tal necesidad: no quiero que pienses que los virtuosos ejemplos de tu vida no me hayan enseñado también a saber morir bien: ¿y cuándo podría hacerlo ni mejor, ni más honestamente, ni más a mi gusto que contigo? así que cuenta con que me voy contigo. Entonces Séneca tomando en buena parte una tan bella y gloriosa deliberación de su mujer; y para librarse también del temor de dejarla después de su muerte, a merced y crueldad de sus enemigos: Te había, Paulina, dijo, aconsejado lo que servía para conducir más felizmente tu vida: así que prefieres el honor de la muerte: verdaderamente no te lo envidiaré: la constancia y la resolución, sean parejas en nuestro común fin, pero la belleza y la gloria sea mayor de tu parte. Hecho esto, les cortaron al mismo tiempo las venas de los brazos: pero como las de Séneca encogidas tanto por la vejez como por su abstinencia, daban a la sangre un curso demasiado lento y demasiado flojo, mandó que le cortaran también las venas de los muslos: y por miedo de que el tormento que sufría, ablandara el corazón de su mujer, y para librarse también él mismo de la aflicción que tenía de verla en tan lastimoso estado: después de haberse despedido muy amorosamente de ella, le rogó que permitiera que la llevaran a la habitación vecina, como se hizo.

Pero todas esas incisiones siendo aún insuficientes para hacerlo morir, ordenó a Estacio Anneo su médico darle un brebaje de veneno; que tampoco tuvo mucho más efecto pues por la debilidad y frialdad de los miembros, no pudo llegar hasta el corazón. Por eso le hicieron además preparar un baño muy caliente: y entonces sintiendo su fin próximo, mientras tuvo aliento, continuó unos discursos muy excelentes sobre el tema del estado en que se hallaba, que sus secretarios recogieron tanto como pudieron oír su voz; y quedaron sus últimas palabras largo tiempo después en crédito y honor, en manos de los hombres: es para nosotros una bien penosa pérdida que no hayan llegado hasta nosotros. Cuando sintió las últimas punzadas de la muerte, tomando agua del baño toda ensangrentada, roció con ella su cabeza, diciendo; Voto esta agua a Júpiter el libertador. Nerón advertido de todo esto, temiendo que la muerte de Paulina, que era de las damas romanas mejor emparentadas, y hacia quien no tenía ninguna enemistad particular, le causara reproche; envió con toda diligencia a hacer reatacar sus heridas: lo que su gente hizo sin que ella lo supiera, estando ya medio muerta, y sin ningún sentimiento. Y lo que contra su propósito, vivió después, fue muy honorablemente, y como correspondía a su virtud, mostrando por el color pálido de su rostro cuánta vida había vertido por sus heridas.

He aquí mis tres relatos muy verídicos, que encuentro tan placenteros y trágicos como los que forjamos a nuestro gusto, para dar placer al común; y me asombra que quienes se dedican a eso, no se avisen de escoger más bien diez mil muy bellas historias que se encuentran en los libros, en las que tendrían menos trabajo y aportarían más placer y provecho. Y quien quisiera construir con ellas un cuerpo entero y coherente, no necesitaría sino aportar de lo suyo la unión, como la soldadura de otro metal: y podría amontonar por este medio multitud de verdaderos acontecimientos de todas clases, disponiéndolos y diversificándolos, según la belleza de la obra lo requiriera, poco más o menos como Ovidio ha cosido y remendado su Metamorfosis, de ese gran número de fábulas diversas.

En esta última pareja, esto es aún digno de ser considerado, que Paulina ofrece voluntariamente dejar la vida por amor a su marido, y que su marido había antaño dejado también la muerte por amor a ella. No hay para nosotros gran contrapeso en este intercambio: pero según su humor estoico, creo que él pensaba haber hecho tanto por ella prolongando su vida en su favor, como si hubiera muerto por ella. En una de las cartas que escribe a Lucilio; después de haberle hecho entender cómo la fiebre habiéndole cogido en Roma, subió enseguida al coche para irse a una casa suya en el campo, contra la opinión de su mujer que quería retenerlo; y que él le había respondido que la fiebre que tenía no era fiebre del cuerpo sino del lugar: continúa así: Ella me dejó ir recomendándome mucho mi salud. Ahora yo, que sé que alojo su vida en la mía, empiezo a cuidar de mí para cuidar de ella: el privilegio que mi vejez me había dado haciéndome más firme y más resuelto para muchas cosas, lo pierdo cuando me acuerdo de que en este viejo hay una joven a quien beneficio. Puesto que no puedo hacerla que me ame más valerosamente, ella me hace amarme a mí mismo más cuidadosamente: pues hay que conceder algo a los honestos afectos: y a veces, aunque las ocasiones nos presionen en sentido contrario, hay que retener la vida, incluso con tormento: hay que mantener el alma entre los dientes, puesto que la ley de vivir de las gentes de bien no es tanto como les place, sino tanto como deben.

Quien no estima tanto a su mujer o a un amigo suyo como para alargar su vida por ello, y que se obstina en morir, es demasiado delicado y demasiado blando: es necesario que el alma se ordene esto, cuando la utilidad de los nuestros lo requiere: hay que prestarnos a veces a nuestros amigos: y cuando quisiéramos morir por nosotros, interrumpir nuestro propósito por ellos. Es testimonio de grandeza de valor volver a la vida por la consideración de otro, como muchos personajes excelentes han hecho: y es un rasgo de bondad singular conservar la vejez (cuya comodidad más grande es la despreocupación por su duración, y un uso más valeroso y desdeñoso de la vida), si se siente que este oficio es dulce, agradable y provechoso para alguien bien aficionado. Y se recibe de ello una muy placentera recompensa: pues ¿qué es más dulce que ser tan querido de su mujer que en consideración a ella uno se vuelve más querido para sí mismo? Así mi Paulina me ha cargado, no solamente su temor, sino también el mío. No me ha bastado considerar cuán resueltamente podría morir, sino que también he considerado cuán irresueltamente ella podría soportarlo. Me he obligado a vivir, y a veces es magnanimidad vivir. He aquí sus palabras excelentes, como es su costumbre.

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