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Capítulo 15Que nuestro deseo crece con la dificultad

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 10 min de lectura

No hay razón que no tenga una contraria, dice el partido más sabio de los filósofos. Hace un momento rumiaba yo este hermoso dicho que un antiguo alega para el menosprecio de la vida: Ningún bien puede aportarnos placer, salvo aquel a cuya pérdida estamos preparados: In æquo est dolor amissæ rei, et timor amittendæ. Queriendo ganar con ello que el disfrute de la vida no puede sernos verdaderamente placentero si estamos con el temor de perderla. Sin embargo, podría decirse por el contrario que apretamos y abrazamos este bien tanto más estrechamente y con más afecto cuanto más vemos que nos es menos seguro y tememos que nos sea arrebatado. Pues se siente evidentemente, como el fuego se aviva con la asistencia del frío, que nuestra voluntad se agudiza también por el contraste:

Si numquam Danaen habuisset ahenea turris, Non esset Danae de Ioue facta parens: y que nada hay naturalmente tan contrario a nuestro gusto como la saciedad, que viene de la comodidad: ni nada que lo agudice tanto como la rareza y la dificultad. Omnium rerum voluptas ipso quo debet fugare periculo crescit.

Galla, nega; satiatur amor, nisi gaudia torquent. Para mantener el amor en aliento, Licurgo ordenó que los casados de Lacedemonia no pudieran verse sino a escondidas, y que fuera igual vergüenza encontrarlos acostados juntos que con otros. La dificultad de las citas, el peligro de las sorpresas, la vergüenza del día siguiente,

Et languor, et silentium, El latere petitus imo spiritus,

eso es lo que da punta a la salsa. Cuántos juegos sumamente lascivamente placenteros nacen de la honesta y vergonzosa manera de hablar de las obras del Amor. La voluptuosidad misma busca irritarse con el dolor. Es mucho más dulce cuando quema y cuando desuella. La cortesana Flora decía no haber acostado nunca con Pompeyo sin haberle hecho llevar las marcas de sus mordeduras.

Lo que buscaron, lo aprietan estrechamente, y causan dolor al cuerpo, y a menudo clavan los dientes en los labios: y por debajo hay aguijones que los instigaban a dañar aquello mismo de donde surgen los gérmenes de esa rabia.

Así va en todo: la dificultad da precio a las cosas. Los de la Marca de Ancona hacen más voluntariamente sus votos a Santiago, y los de Galicia a Nuestra Señora de Loreto: se hace en Lieja gran fiesta de los baños de Lucca, y en la Toscana de los de Aspa: apenas se ven romanos en la escuela de esgrima de Roma, que está llena de franceses. Ese gran Catón se halló igual que nosotros, hastiado de su mujer mientras fue suya, y la deseó cuando fue de otro. He enviado al semental a un viejo caballo del que, al olfato de las yeguas, no se podía venir a cabo. La facilidad lo hartó de inmediato respecto a las suyas: pero respecto a las extrañas y la primera que pasa junto a su cercado, vuelve a sus importunos relinchos y a sus calores furiosos como antes. Nuestro apetito menosprecia y rebasa lo que tiene a mano, para correr tras lo que no tiene.

Transuolat in medio posita, et fugientia captat. Prohibirnos algo es darnos ganas de ello.

A menos que tú empieces a cortejar a la muchacha, ella empezará a dejar de ser mía.

Abandonárnoslo del todo es engendrarnos desprecio. La carencia y la abundancia recaen en el mismo inconveniente:

Tibi quod superest, mihi quod defit, dolet. El deseo y el disfrute nos ponen igualmente en pena. El rigor de las amantes es enojoso, pero la complacencia y la facilidad lo es, a decir verdad, aún más, en tanto que el descontento y la cólera nacen de la estima en que tenemos la cosa deseada, agudizan el amor y lo recalientan: pero la saciedad engendra el asco: es una pasión roma, embotada, cansada y adormecida.

Si qua volet regnare diu, contemnat amantem, Contemnite amantes, Sic hodie veniet, si qua negauit heri.

¿Por qué inventó Popea enmascarar las bellezas de su rostro, sino para encarecedlas a sus amantes? ¿Por qué se han velado hasta debajo de los talones esas bellezas que cada cual desea mostrar, que cada cual desea ver? ¿Por qué cubren con tantos impedimentos, unos sobre otros, las partes donde se aloja principalmente nuestro deseo y el suyo? ¿Y para qué sirven esos gruesos baluartes con que las nuestras acaban de armar sus flancos, sino para cebar nuestro apetito y atraernos a ellas alejándonos?

Et fugit ad salices, et se cupit antè videri. Interdum tunica duxit operta moram. ¿Para qué sirve el arte de ese pudor virginal? ¿Esa frialdad serena, ese semblante severo, esa profesión de ignorancia de las cosas que ellas saben mejor que nosotros que las instruimos en ellas, sino para acrecentarnos el deseo de vencer, dominar y saciar a nuestro apetito toda esa ceremonia y esos obstáculos? Pues hay no solo placer, sino gloria además, en enloquecer y corromper esa blanda dulzura y ese pudor infantil, y en someter a la merced de nuestro ardor una gravedad fría y magistral. Es gloria, dicen, triunfar de la modestia, de la castidad y de la templanza: y quien desaconseja a las damas esas cualidades, las traiciona, y a sí mismo. Hay que creer que el corazón les tiembla de espanto, que el sonido de nuestras palabras hiere la pureza de sus oídos, que nos odian por ello y se avienen a nuestra importunidad por fuerza forzosa. La belleza, por todopoderosa que sea, no tiene con qué hacerse saborear sin esta mediación. Observa en Italia, donde hay más belleza en venta, y de la más fina, cómo debe buscar otros medios extraños y otras artes para hacerse agradable: y si a decir verdad, por mucho que haga siendo venal y pública, permanece débil y lánguida. Así como incluso en la virtud, de dos efectos parecidos, tenemos no obstante por más bello y más digno aquel en el que hay más impedimento y riesgo propuesto. Es un efecto de la providencia divina permitir que su santa Iglesia sea agitada, como la vemos, de tantos disturbios y tormentas, para despertar por este contraste las almas piadosas y rescatarlas de la ociosidad y del sueño en que las había sumido una tan larga tranquilidad. Si contrabalanceamos la pérdida que hemos tenido por el número de los que se han desviado, con la ganancia que nos viene por habernos puesto de nuevo en aliento, resucitado nuestro celo y nuestras fuerzas, con ocasión de este combate, no sé si la utilidad no supera el daño. Hemos pensado atar más firme el nudo de nuestros matrimonios por haber quitado todo medio de disolverlos, pero tanto más se ha soltado y relajado el nudo de la voluntad y del afecto cuanto se ha estrechado el de la obligación. Y a la inversa, lo que mantuvo los matrimonios en Roma tanto tiempo en honor y en seguridad fue la libertad de romperlos, quien quisiera. Guardaban mejor a sus mujeres en tanto que podían perderlas: y en plena licencia de divorcios, pasaron quinientos años y más antes de que nadie se sirviera de ello.

Quod licet, ingratum est: quod non licet, acrius vrit. A este propósito podría unirse la opinión de un antiguo, de que los suplicios agudizan los vicios más que los amortiguan: que no engendran el cuidado de obrar bien, que es obra de la razón y de la disciplina: sino solamente un cuidado de no ser sorprendidos obrando mal.

La peste extendida serpea con más amplios contagios. No sé si eso es cierto, pero esto sí lo sé por experiencia: que jamás se encontró que un gobierno se reformara de ese modo. El orden y la regulación de las costumbres dependen de algún otro medio. Las historias griegas mencionan a los argipos, vecinos de Escitia, que viven sin vara ni bastón para ofender: que no solo nadie emprende ir a atacarlos, sino que cualquiera que pueda refugiarse allí queda en franquicia, a causa de su virtud y santidad de vida; y no hay nadie tan osado como para tocarlos. Se recurre a ellos para zanjar los diferendos que nacen entre los hombres de otras partes. Hay una nación donde el cercado de los jardines y de los campos que se quieren conservar se hace con una red de algodón, y se encuentra mucho más seguro y más firme que nuestros fosos y nuestros setos. Los sellos incitan al ladrón. El que allana cerraduras pasa de largo ante lo que está abierto. Acaso sirve, entre otros medios, la facilidad de acceso para proteger mi casa de la violencia de nuestras guerras civiles. La defensa atrae la empresa, y la desconfianza la ofensa. He debilitado el designio de los soldados, quitando a su hazaña el riesgo y toda materia de gloria militar, que suele servirles de título y de excusa.

Lo que se hace con coraje siempre se hace honorablemente, en tiempos en que la justicia está muerta. Les ofrezco la conquista de mi casa floja y traidora. No está cerrada a nadie que llame a ella. No hay más provisión que un portero, de antiguo uso y ceremonia, que no sirve tanto para defender mi puerta como para ofrecerla más decentemente y gratamente. No tengo ni guardia ni centinela, salvo la que los astros hacen por mí. Un gentilhombre se equivoca al hacer muestra de estar en defensa si no lo está bien a punto. Quien está abierto por un lado, lo está por todas partes. Nuestros padres no pensaron en construir plazas fronterizas. Los medios de asaltar, digo sin batería y sin ejército, y de sorprender nuestras casas, crecen todos los días por encima de los medios de guardarse. Los ingenios se aguzan generalmente por ese lado. La invasión toca a todos, la defensa no, sino a los ricos. La mía era fuerte según el tiempo en que fue hecha: no he añadido nada de ese lado, y temería que su fuerza se volviera contra mí mismo. Añádase que un tiempo apacible requerirá que se las desfortifique. Es peligroso no poder recuperarlas, y es difícil asegurarse de ellas. Pues en materia de guerras intestinas, tu criado puede ser del partido que temes.

Y donde la religión sirve de pretexto, los parientes mismos se vuelven poco fiables con apariencia de justicia. Las finanzas públicas no mantendrán nuestras guarniciones domésticas. Se agotarían en ello. No tenemos con qué hacerlo sin nuestra ruina o, más incómodamente e injuriosamente aún, sin la del pueblo. El estado de mi pérdida no sería mucho peor. Por lo demás, si te pierdes, tus mismos amigos se entretienen en acusar tu falta de vigilancia e imprevisión, más que en compadecerte, y la ignorancia o negligencia en los deberes de tu profesión. Que tantas casas guardadas se hayan perdido, mientras que esta dura, me hace sospechar que se perdieron porque estaban guardadas. Eso da tanto la envidia como la razón al asaltante. Toda guardia tiene aspecto de guerra. Quien quiera, si Dios quiere, se echará sobre mi casa, pero con todo no lo llamaré yo. Es el retiro para reposar de las guerras. Intento sustraer este rincón a la tempestad pública, como hago con otro rincón de mi alma. Nuestra guerra puede cambiar de formas, multiplicarse y diversificarse en nuevos partidos: yo, por mi parte, no me muevo. Entre tantas casas armadas, yo solo, que yo sepa, de mi condición, he confiado puramente al cielo la protección de la mía. Y jamás he quitado de ella ni vajilla de plata, ni título, ni tapicería. No quiero ni temerme ni salvarme a medias. Si un pleno reconocimiento conquista el favor divino, me durará hasta el final; si no, siempre he durado bastante para hacer mi duración memorable y registrable. ¿Cómo? Bien hace treinta años.

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