Capítulo 12Apología de Raimundo de Sabunde
Es la ciencia, en verdad, una parte muy útil e importante: quienes la desprecian dan suficiente testimonio de su estupidez; pero yo no estimo su valor hasta esa medida extrema que algunos le atribuyen. Como Herilo el filósofo, que situaba en ella el bien supremo y sostenía que estaba en ella el hacernos sabios y felices: cosa que yo no creo; ni tampoco lo que otros han dicho, que la ciencia es madre de toda virtud y que todo vicio es producto de la ignorancia. Si eso es verdad, está sujeto a una larga interpretación.
Mi casa lleva mucho tiempo abierta a las personas de saber, y es muy conocida por ello; pues mi padre, que la dirigió cincuenta años y más, encendido por aquel ardor nuevo con que el rey Francisco primero abrazó las letras y las puso en crédito, buscó con gran cuidado y gasto el trato de los hombres doctos, recibiéndolos en su casa como personas santas que tenían alguna inspiración particular de sabiduría divina, recogiendo sus sentencias y sus discursos como oráculos, y con tanta mayor reverencia y religión cuanto que tenía menos capacidad para juzgarlos: pues no tenía conocimiento alguno de las letras, como tampoco lo tuvieron sus predecesores. Yo las aprecio, pero no las adoro.
Entre otros, Pierre Bunel, hombre de gran reputación de saber en su tiempo, habiendo permanecido algunos días en Montaigne en compañía de mi padre, con otros hombres de su clase, le regaló al marcharse un libro que se titula Theologia naturalis, sive Liber creaturarum, magistri Raimundi de Sebonde. Y como la lengua italiana y española eran familiares a mi padre, y este libro está construido en un español chapurreado con terminaciones latinas, esperaba que con muy poca ayuda podría sacar provecho de él, y se lo recomendó como libro muy útil y apropiado para la época en que se lo dio: fue entonces cuando las novedades de Lutero comenzaban a ganar crédito y a sacudir en muchos lugares nuestra antigua creencia. En lo cual tenía muy buen juicio, pues preveía bien por razonamiento que este principio de enfermedad declinaría fácilmente en un execrable ateísmo. Porque el vulgo, al no tener la facultad de juzgar las cosas por sí mismas, dejándose llevar por la fortuna y las apariencias, después de que se le ha dado la audacia de despreciar y controlar las opiniones que había tenido en extrema reverencia, como son aquellas de las que depende su salvación, y de que se han puesto algunos artículos de su religión en duda y en la balanza, arroja luego fácilmente en igual incertidumbre todas las demás piezas de su creencia, que no tenían para él más autoridad ni fundamento que aquellas que le han sacudido; y se sacude como un yugo tiránico todas las impresiones que había recibido por la autoridad de las leyes o la reverencia del antiguo uso,
Nam cupide conculcatur nimis ante metutum; decidiendo desde entonces no recibir nada en lo que no haya interpuesto su decreto y prestado particular consentimiento.
Pues bien, algunos días antes de su muerte, mi padre, habiendo encontrado por casualidad este libro bajo un montón de otros papeles abandonados, me ordenó que se lo pusiera en francés. Es fácil traducir a autores como ese, donde apenas hay más que la materia que representar; pero aquellos que han dedicado mucho a la gracia y a la elegancia del lenguaje, son peligrosos de emprender, especialmente para llevarlos a un idioma más débil. Era una ocupación muy extraña y nueva para mí; pero estando por casualidad entonces libre, y no pudiendo negar nada al mandato del mejor padre que hubo jamás, llegué al cabo como pude: lo cual le produjo un singular placer, y ordenó que se imprimiera; lo que se ejecutó después de su muerte.
Hallé hermosas las ideas de este autor, la estructura de su obra bien seguida, y su propósito lleno de piedad. Como muchas personas se entretienen en leerlo, y especialmente las damas, a quienes debemos más servicio, me he encontrado a menudo en situación de socorrerlas, para librar su libro de dos principales objeciones que se le hacen. Su fin es audaz y valeroso, pues emprende por razones humanas y naturales establecer y verificar contra los ateos todos los artículos de la religión cristiana. En lo cual, a decir verdad, lo encuentro tan firme y tan afortunado, que no creo posible hacerlo mejor en este argumento; y creo que nadie lo ha igualado. Esta obra me parece demasiado rica y demasiado bella para un autor cuyo nombre sea tan poco conocido, y del cual todo lo que sabemos es que era español, ejerciendo la profesión de medicina en Toulouse hace unos doscientos años; me informé en otro tiempo ante Adrianus Turnebus, que lo sabía todo, qué podía ser este libro: me respondió que pensaba que era alguna quintaesencia extraída de Santo Tomás de Aquino; pues en verdad aquel espíritu, lleno de una erudición infinita y de una sutileza admirable, era el único capaz de tales ideas. Sea como fuere, quienquiera que sea su autor e inventor, y no hay razón para quitarle sin mayor motivo a Sabunde este título, era un hombre muy capacitado y con muchas bellas cualidades.
La primera crítica que se hace a su obra es que los cristianos se hacen daño al querer apoyar su creencia en razones humanas, pues no se concibe sino por la fe y por una inspiración particular de la gracia divina. En esta objeción parece haber algún celo de piedad; y por esta causa debemos con tanto mayor dulzura y respeto intentar satisfacer a quienes la plantean. Sería mejor tarea de un hombre versado en teología que de mí, que no sé nada de ella. Sin embargo, juzgo así: que para una cosa tan divina y tan elevada, y que supera tan de lejos la inteligencia humana, como es esta verdad de la cual plugo a la bondad de Dios iluminarnos, es muy necesario que nos preste todavía su auxilio, con un favor extraordinario y privilegiado, para poder concebirla y alojarla en nosotros; y no creo que los medios puramente humanos sean de ningún modo capaces de ello. Y si lo fueran, tantas almas raras y excelentes, y tan abundantemente provistas de fuerzas naturales en los siglos antiguos, no habrían fallado por su discurso en llegar a este conocimiento.
Es solo la fe la que abraza viva y ciertamente los altos misterios de nuestra religión. Pero esto no quiere decir que no sea una muy hermosa y muy loable empresa acomodar todavía al servicio de nuestra fe los útiles naturales y humanos que Dios nos ha dado. No hay que dudar de que no sea el uso más honorable que podríamos darles, y que no haya ocupación ni propósito más digno de un hombre cristiano que dirigir todos sus estudios y pensamientos a embellecer, extender y amplificar la verdad de su creencia. No nos contentamos con servir a Dios de espíritu y de alma: le debemos todavía, y le rendimos una reverencia corporal; aplicamos nuestros mismos miembros, y nuestros movimientos y las cosas externas a honrarlo. Hay que hacer lo mismo, y acompañar nuestra fe de toda la razón que hay en nosotros; pero siempre con esta reserva: no estimar que sea de nosotros de quien dependa, ni que nuestros esfuerzos y argumentos puedan alcanzar una ciencia tan sobrenatural y divina.
Si no entra en nosotros por una infusión extraordinaria; si entra no solamente por discurso, sino también por medios humanos, no está en su dignidad ni en su esplendor. Y ciertamente temo, sin embargo, que solo la disfrutemos por esta vía. Si nos aferráramos a Dios por mediación de una fe viva; si nos aferráramos a Dios por él, no por nosotros; si tuviéramos un pie y un fundamento divino, las ocasiones humanas no tendrían el poder de sacudirnos como lo tienen; nuestro fuerte no se rendiría a una batería tan débil; el amor a la novedad, la presión de los príncipes, la buena fortuna de un partido, el cambio temerario y fortuito de nuestras opiniones, no tendrían la fuerza de sacudir y alterar nuestra creencia: no la dejaríamos turbar a merced de un nuevo argumento y de la persuasión, ni siquiera de toda la retórica que hubo jamás; sostendríamos estos oleajes con una firmeza inflexible e inmóvil:
Como la roca inmensa rechaza las olas que se estrellan contra ella, y con su mole dispersa las aguas que rugen en torno.
Si ese rayo de la divinidad nos tocara de algún modo, se vería por todas partes; no solo nuestras palabras, sino también nuestras acciones llevarían su resplandor y su brillo. Todo lo que saliera de nosotros se vería iluminado por esa noble claridad. Deberíamos avergonzarnos de que en las sectas humanas nunca hubo partidario, por difícil y extraña que fuera la doctrina que defendía, que no ajustara en algo su comportamiento y su vida a ella, y de que una institución tan divina y celestial solo marque a los cristianos por la lengua. ¿Queréis comprobarlo? Comparad nuestras costumbres con las de un mahometano, con las de un pagano: siempre quedáis por debajo. Cuando, en consideración a la ventaja de nuestra religión, deberíamos brillar en excelencia, con una distancia extrema e incomparable, y debería decirse: ¿son tan justos, tan caritativos, tan buenos? Entonces son cristianos. Todas las demás apariencias son comunes a todas las religiones: esperanza, confianza, acontecimientos, ceremonias, penitencia, mártires. La marca peculiar de nuestra verdad debería ser nuestra virtud, pues es también la marca más celestial y la más difícil, y la más digna producción de la verdad. Por eso tuvo razón nuestro buen san Luis cuando aquel rey tártaro que se había hecho cristiano proyectaba ir a Lyon a besar los pies del papa y reconocer en él la santidad que esperaba encontrar en nuestras costumbres, al disuadirlo insistentemente, por miedo a que, por el contrario, nuestra desbordada forma de vida le disgustara de una creencia tan santa. Aunque luego sucedió exactamente lo contrario con aquel otro que, habiendo ido a Roma con el mismo propósito, al ver la disolución de los prelados y el pueblo de aquel tiempo, se afianzó aún más en nuestra religión, considerando cuánta fuerza y divinidad debía tener para mantener su dignidad y su esplendor en medio de tanta corrupción y en manos tan viciosas. Si tuviéramos una sola gota de fe, moveríamos las montañas de su sitio, dice la santa palabra; nuestras acciones, que estarían guiadas y acompañadas por la divinidad, no serían simplemente humanas, tendrían algo de milagroso, como nuestra creencia. «Breve es la enseñanza de una vida honesta y feliz, si crees». Unos hacen creer al mundo que creen lo que no creen. Otros, en mayor número, se lo hacen creer a sí mismos, sin saber penetrar qué es creer.
Encontramos extraño que en las guerras que ahora presionan a nuestro Estado veamos oscilar los acontecimientos y variar de una manera común y ordinaria: es que no aportamos a ellas nada más que lo nuestro. La justicia que está en uno de los bandos solo está ahí como ornamento y tapadera: se alega, pero no se recibe, ni se aloja, ni se desposa; está como en la boca del abogado, no como en el corazón y el afecto del litigante. Dios debe su ayuda extraordinaria a la fe y a la religión, no a nuestras pasiones. Los hombres son quienes las dirigen y se sirven de la religión: debería ser exactamente al contrario. Notad si no es por nuestras manos que la llevamos a sacar, como de la cera, tantas figuras contrarias de una regla tan recta y tan firme. ¿Cuándo se ha visto esto mejor que en Francia en nuestros días? Los que la han tomado por la izquierda, los que la han tomado por la derecha, los que dicen de ella lo negro, los que dicen de ella lo blanco, la emplean tan igualmente en sus violentas y ambiciosas empresas, se conducen en ellas con un progreso tan conforme en desenfreno e injusticia, que hacen dudosa y difícil de creer la diversidad que pretenden en sus opiniones sobre algo de lo que depende la conducta y la ley de nuestra vida.
¿Puede verse salir de una misma escuela y disciplina costumbres más unidas, más unánimes? Ved la horrible desvergüenza con que manejamos las razones divinas, y cuán irreligiosamente las hemos rechazado y retomado según la fortuna nos ha cambiado de lugar en estas tormentas públicas. Esta proposición tan solemne: «¿Es lícito al súbdito rebelarse y armarse contra su príncipe para la defensa de la religión?»: recordad en qué bocas el año pasado la afirmativa de ella era el puntal de un bando; la negativa, ¿de qué otro bando era el puntal? Y oíd ahora de qué lado viene la voz y la instrucción de una y de otra, y si las armas suenan menos por esta causa que por aquella. Y quemamos a las gentes que dicen que hay que hacer sufrir a la verdad el yugo de nuestra necesidad: ¿y cuánto peor hace Francia que decirlo? Confesemos la verdad: quien seleccionara del mismo ejército legítimo a aquellos que marchan en él por el solo celo de un afecto religioso, y todavía a aquellos que solo miran por la protección de las leyes de su país o el servicio del príncipe, no podría formar con ellos una compañía completa de hombres de armas. ¿De dónde viene que se encuentren tan pocos que hayan mantenido la misma voluntad y el mismo progreso en nuestros movimientos públicos, y que los veamos unas veces ir solo al paso, otras correr a rienda suelta, y a los mismos hombres unas veces estropear nuestros asuntos por su violencia y aspereza, otras por su frialdad, blandura y pesadez, si no es porque son empujados por consideraciones particulares y casuales, según la diversidad de las cuales se mueven?
Veo esto con evidencia: que solo prestamos de buen grado a la devoción los oficios que halagan nuestras pasiones. No hay hostilidad excelente como la cristiana. Nuestro celo hace maravillas cuando va secundando nuestra inclinación hacia el odio, la crueldad, la ambición, la avaricia, la detracción, la rebelión. A contrapelo, hacia la bondad, la benignidad, la templanza, si alguna rara complexión no lo lleva a ello como por milagro, no va ni a pie ni volando. Nuestra religión está hecha para extirpar los vicios: los cubre, los alimenta, los incita. No hay que hacer la barba de paja a Dios, como se dice. Si lo creyéramos, no digo por fe, sino por una simple creencia; más aún, y lo digo para nuestra gran vergüenza, si lo creyéramos y lo conociéramos como otra historia, como a uno de nuestros compañeros, lo amaríamos por encima de todas las demás cosas, por la infinita bondad y belleza que reluce en él; al menos marcharía en el mismo rango de nuestro afecto que las riquezas, los placeres, la gloria y nuestros amigos. El mejor de nosotros no teme ofenderlo como teme ofender a su vecino, a su pariente, a su amo. ¿Existe entendimiento tan simple que, teniendo de un lado el objeto de uno de nuestros placeres viciosos, y del otro en igual conocimiento y persuasión el estado de una gloria inmortal, entrara en disyuntiva entre uno y otro?
Y si renunciamos a ella a menudo por puro desprecio, pues ¿qué envidia nos atrae a blasfemar, sino quizá la envidia misma de la ofensa? El filósofo Antístenes, cuando lo iniciaban en los misterios de Orfeo, diciéndole el sacerdote que quienes se consagraban a aquella religión debían recibir después de su muerte bienes eternos y perfectos, le respondió: «¿Por qué no mueres tú mismo, entonces, si lo crees?». Diógenes, más bruscamente según su costumbre y más lejos de nuestro propósito, al sacerdote que le predicaba lo mismo, que se hiciera de su orden para alcanzar los bienes del otro mundo: «¿Quieres que crea que Agesilao y Epaminondas, hombres tan grandes, serán miserables, y que tú, que no eres más que un necio y que no haces nada que valga, serás feliz porque eres sacerdote?». Estas grandes promesas de la beatitud eterna, si las recibiéramos con la misma autoridad que un discurso filosófico, no tendríamos la muerte en tal horror como la tenemos:
«Ya no se lamentaría el moribundo de disolverse, sino que, más bien, se alegraría de salir fuera y abandonar su vestidura, como la serpiente anciana, o el ciervo sus largos cuernos».
«Quiero ser disuelto», diríamos, «y estar con Jesucristo». La fuerza del discurso de Platón sobre la inmortalidad del alma empujó a algunos de sus discípulos a la muerte para gozar más pronto de las esperanzas que les daba. Todo esto es un signo muy evidente de que solo recibimos nuestra religión a nuestra manera y por nuestras manos, y no de otro modo que como se reciben las otras religiones. Nos hemos encontrado en el país donde estaba en uso, o miramos su antigüedad, o la autoridad de los hombres que la han mantenido, o tememos las amenazas que dirige a los no creyentes, o seguimos sus promesas. Estas consideraciones deben ser empleadas en nuestra creencia, pero como subsidiarias; son lazos humanos. Otra región, otros testimonios, promesas y amenazas parecidas podrían imprimirnos por la misma vía una creencia contraria. Somos cristianos por el mismo título que somos perigordinos o alemanes.
Y lo que dice Platón, que hay pocos hombres tan firmes en el ateísmo que un peligro apremiante no los devuelva al reconocimiento del poder divino: este papel no atañe en absoluto a un verdadero cristiano. Es cosa propia de religiones mortales y humanas ser acogidas mediante una conducta humana. ¿Qué clase de fe debe ser aquella que la cobardía y la debilidad de corazón plantan en nosotros y establecen? Agradable fe, que no cree lo que cree sino por no tener el valor de no creerlo. ¿Puede una pasión viciosa, como la de la inconstancia y el estupor, producir en nuestra alma alguna creación ordenada? Ellos establecen, dice, por la razón de su juicio, que lo que se relata de los infiernos y de los castigos futuros es fingido, pero cuando se les ofrece la ocasión de experimentarlo, al acercarse la vejez o las enfermedades a su muerte: el terror de esta los llena de una nueva creencia, por el horror de su condición venidera. Y como tales impresiones vuelven cobardes los corazones, él prohíbe en sus Leyes toda instrucción de tales amenazas, y la persuasión de que de los Dioses pueda venir al hombre algún mal, salvo para su mayor bien cuando le acontece, y como efecto medicinal. Relatan de Bión, que infectado de los ateísmos de Teodoro, había estado largo tiempo burlándose de los hombres religiosos: pero al sorprenderlo la muerte, se entregó a las más extremas supersticiones: como si los Dioses se quitaran y se volvieran a poner según los asuntos de Bión.
Platón, y estos ejemplos, quieren concluir que somos devueltos a la creencia en Dios, ya sea por razón o por fuerza. Siendo el ateísmo una proposición tan desnaturalizada y monstruosa, difícil también y trabajosa de establecer en el espíritu humano, por insolente y desordenado que pueda ser: se ha visto a bastantes, por vanidad y por orgullo de concebir opiniones no vulgares y reformadoras del mundo, afectar su profesión por apariencia: que, si son bastante locos, no son bastante fuertes para haberla plantado en su conciencia. Por ello no dejarán de juntar sus manos hacia el cielo, si les clavas un buen golpe de espada en el pecho: y cuando el miedo o la enfermedad haya abatido y apesadumbrado ese licencioso fervor de humor voluble, no dejarán de volver a sí y dejarse dócilmente manejar por las creencias y ejemplos públicos. Una cosa es un dogma seriamente digerido, otra estas impresiones superficiales: las cuales nacidas del desenfreno de un espíritu desquiciado, van nadando temerariamente e inciertamente en la fantasía. ¡Hombres bien miserables y descabellados, que se esfuerzan por ser peores de lo que pueden! El error del paganismo, y la ignorancia de nuestra santa verdad, dejó caer a esta gran alma: pero grande de grandeza humana solamente, aún en este otro error vecino, de que los niños y los viejos se encuentran más susceptibles a la religión, como si ella naciera y sacara su crédito de nuestra imbecilidad.
El nudo que debería atar nuestro juicio y nuestra voluntad, que debería estrechar nuestra alma y unirla a nuestro Creador, debería ser un nudo que tomara sus pliegues y sus fuerzas, no de nuestras consideraciones, de nuestras razones y pasiones, sino de un abrazo divino y sobrenatural, que tuviera una sola forma, un rostro y un brillo, que es la autoridad de Dios y su gracia. Ahora bien, estando nuestro corazón y nuestra alma regidos y comandados por la fe, es razón que ella dirija al servicio de su designio todas nuestras otras partes según su capacidad. Tampoco es creíble que toda esta máquina no tenga algunas marcas impresas de la mano de este gran arquitecto, y que no haya alguna imagen en las cosas del mundo que se relacione de algún modo con el artífice que las ha edificado y formado. Ha dejado en estas altas obras el carácter de su divinidad, y solo depende de nuestra imbecilidad que no podamos descubrirlo. Es lo que él mismo nos dice, que sus operaciones invisibles, nos las manifiesta por las visibles. Sebonde se ha aplicado a este digno estudio, y nos muestra cómo no hay pieza del mundo que desmienta a su hacedor. Sería hacer agravio a la bondad divina si el universo no consintiera a nuestra creencia. El cielo, la tierra, los elementos, nuestro cuerpo y nuestra alma, todas las cosas conspiran en ello: solo falta encontrar el modo de servirse de ellas: ellas nos instruyen, si somos capaces de entender.
Porque este mundo es un templo muy santo, dentro del cual el hombre es introducido, para contemplar estatuas, no labradas por mano mortal, sino aquellas que el pensamiento divino ha hecho sensibles, el sol, las estrellas, las aguas y la tierra, para representarnos las inteligibles. «Las cosas invisibles de Dios», dice San Pablo, «aparecen por la creación del mundo, considerando su sabiduría eterna y su divinidad por sus obras».
«Y tanto así que el mismo Dios no niega al mundo la visión del cielo, y revela sus rostros y su cuerpo revolviéndose siempre; y se impone a sí mismo y se ofrece, para que pueda ser bien conocido, y enseña viéndolo cuál es, y enseña a atender a sus leyes».
Ahora bien, nuestras razones y nuestros discursos humanos son como la materia pesada y estéril: la gracia de Dios es la forma: es ella la que le da la hechura y el precio. Así como las acciones virtuosas de Sócrates y de Catón quedan vanas e inútiles por no haber tenido su fin, y no haber mirado al amor y obediencia del verdadero creador de todas las cosas, y por haber ignorado a Dios: así sucede con nuestras imaginaciones y discursos: tienen algún cuerpo, pero una masa informe, sin hechura y sin luz, si la fe y gracia de Dios no se les unen. La fe, viniendo a teñir e ilustrar los argumentos de Sebonde, los vuelve firmes y sólidos: son capaces de servir de encaminamiento, y de primera guía a un aprendiz, para ponerlo en la vía de este conocimiento: lo modelan de algún modo y lo vuelven capaz de la gracia de Dios, por cuyo medio se perfecciona y se completa después nuestra creencia. Conozco a un hombre de autoridad nutrido en las letras, que me ha confesado haber sido devuelto de los errores de la incredulidad por la mediación de los argumentos de Sebonde. Y cuando se los despoje de este ornamento, y del socorro y aprobación de la fe, y se los tome como fantasías puramente humanas, para combatir con ellos a quienes están precipitados en las espantosas y horribles tinieblas de la irreligión, se encontrarán aun entonces, tan sólidos y tan firmes como cualesquiera otros de igual condición que se les puedan oponer. De modo que estaremos en condiciones de decir a nuestros adversarios:
«Si tienes algo mejor, tráelo; o acepta el mando». Que sufran la fuerza de nuestras pruebas, o que nos hagan ver en otra parte, y sobre algún otro asunto, otras mejor tejidas y mejor provistas. Me he comprometido sin pensarlo ya a medias en la segunda objeción, a la cual me había propuesto responder en favor de Sebonde.
Algunos dicen que sus argumentos son débiles e ineptos para verificar lo que él quiere, y emprenden sacudirlos fácilmente. Hay que sacudir a estos un poco más rudamente: porque son más peligrosos y más maliciosos que los primeros. Se acomodan voluntariamente los dichos de otro en favor de las opiniones que uno ha prejuzgado en sí. A un ateo todos los escritos conducen al ateísmo. Infecta con su propio veneno la materia inocente. Estos tienen alguna preocupación de juicio que les vuelve insípidas las razones de Sebonde. Por lo demás les parece que se les da buen juego al dejarlos en libertad de combatir nuestra religión con armas puramente humanas, a la cual no osarían atacar en su majestad llena de autoridad y de mandato. El medio que tomo para abatir esta frenesía, y que me parece el más propio, es quebrantar y hollar bajo los pies el orgullo y la fiereza humana: hacerles sentir la inanidad, la vanidad y la nadería del hombre: arrancarles de los puños las míseras armas de su razón: hacerles bajar la cabeza y morder la tierra, bajo la autoridad y reverencia de la majestad divina. Solo a ella pertenece la ciencia y la sabiduría: solo ella puede estimar algo de sí misma, y a ella le robamos lo que nos contamos, y lo que nos apreciamos.
«Pues el dios no permite que nadie más que él piense en grande.» Derribemos esta presunción, primer fundamento de la tiranía del espíritu maligno. «Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.» La inteligencia está en todos los dioses, dice Platón, y nada o apenas en los hombres. Ahora bien, es sin embargo un gran consuelo para el hombre cristiano ver nuestros útiles mortales y caducos tan perfectamente ajustados a nuestra fe santa y divina, que cuando se emplean en asuntos de naturaleza mortal y caduca por sí mismos, no se adecuan a ellos de manera más uniforme ni con más fuerza. Veamos pues si el hombre tiene en su poder otras razones más fuertes que las de Sebond, o si puede alcanzar alguna certeza mediante argumentos y el discurso. Pues san Agustín, al debatir contra estas gentes, tiene ocasión de reprocharles su injusticia por considerar falsas las partes de nuestra creencia que nuestra razón no consigue establecer. Y para demostrar que pueden existir y han existido bastantes cosas cuya naturaleza y causas nuestro discurso no sabría fundamentar, les presenta ciertas experiencias conocidas e indudables en las que el hombre confiesa no ver nada. Y hace esto, como todas las demás cosas, mediante una búsqueda curiosa e ingeniosa. Hay que hacer más, y enseñarles que para convencerlos de la debilidad de su razón no es necesario andar buscando ejemplos raros, y que ella es tan deficiente y tan ciega que no hay facilidad tan clara que le sea lo bastante clara; que lo fácil y lo difícil le son iguales; que todos los asuntos igualmente, y la naturaleza en general, rechazan su jurisdicción e intervención.
¿Qué nos predica la verdad cuando nos predica huir de la filosofía mundana, cuando nos inculca tan a menudo que nuestra sabiduría no es sino locura ante Dios, que de todas las vanidades la más vana es el hombre, que el hombre que presume de su saber aún no sabe qué es saber, y que el hombre, que no es nada, si piensa ser algo, se engaña a sí mismo y se equivoca? Estas sentencias del Espíritu Santo expresan tan clara y tan vívidamente lo que quiero sostener que no me haría falta ninguna otra prueba contra gentes que se rindieran con toda sumisión y obediencia a su autoridad. Pero estos quieren ser azotados a su propia costa y no permiten que se combata su razón sino por ella misma. Consideremos pues por ahora al hombre solo, sin auxilio externo, armado solamente con sus armas y desprovisto de la gracia y del conocimiento divinos, que son todo su honor, su fuerza y el fundamento de su ser. Veamos cuánto se sostiene en este bello equipamiento. Que me haga entender mediante el esfuerzo de su discurso sobre qué fundamentos ha asentado esas grandes ventajas que cree tener sobre las demás criaturas. ¿Quién le ha persuadido de que ese movimiento admirable de la bóveda celeste, la luz eterna de esas antorchas que ruedan tan altivamente sobre su cabeza, los movimientos aterradores de ese mar infinito, estén establecidos y se continúen durante tantos siglos para su comodidad y para su servicio?
¿Es posible imaginar algo tan ridículo como esta miserable y mezquina criatura, que ni siquiera es dueña de sí misma, expuesta a las ofensas de todas las cosas, se diga dueña y emperatriz del universo, del cual no está en su poder conocer la menor parte, cuanto menos gobernarlo? Y ese privilegio que se atribuye de ser el único en este gran edificio que tiene la capacidad de reconocer su belleza y sus partes, el único que puede dar gracias al arquitecto y llevar la cuenta de los ingresos y gastos del mundo: ¿quién le ha sellado ese privilegio? Que nos muestre las cartas de esta bella y gran encomienda. ¿Han sido otorgadas en favor de los sabios solamente? No afectan a mucha gente. ¿Los locos y los malvados son dignos de favor tan extraordinario y, siendo la peor parte del mundo, de ser preferidos a todo lo demás? ¿Creeremos a este: «¿En favor de quién, pues, dirá alguien que ha sido hecho el mundo? En favor, sin duda, de aquellos seres animados que se sirven de la razón; estos son los dioses y los hombres, de los cuales ciertamente nada hay mejor»? Nunca nos burlaremos bastante de la impudencia de este emparejamiento. Pero, pobrecillo, ¿qué tiene en sí digno de tal ventaja? Al considerar esta vida incorruptible de los cuerpos celestes, su belleza, su grandeza, su movimiento continuado con regla tan justa:
«Cuando contemplamos los templos celestes del gran mundo en lo alto y el éter fijo con estrellas resplandecientes, y nos vienen a la mente los caminos de la Luna y del Sol»;
al considerar la dominación y el poder que esos cuerpos tienen, no solo sobre nuestras vidas y las condiciones de nuestra fortuna,
«Pues suspende de los astros los hechos y las vidas de los hombres»,
sino sobre nuestras inclinaciones mismas, nuestros discursos, nuestras voluntades, que rigen, empujan y agitan a merced de sus influencias, según nos lo enseña nuestra razón y lo descubre:
«Y contemplando de lejos descubre los astros que dominan con leyes silenciosas, y que todo el mundo se mueve por razón alterna, y discierne las vicisitudes de los hados por signos certeros»;
al ver que no un solo hombre, no un rey, sino las monarquías, los imperios y todo este mundo bajo se mueve al impulso de los menores movimientos celestes:
«Y cuán grandes diferencias producen movimientos tan pequeños: ¡tan grande es este reino que impera sobre los propios reyes!»
si nuestra virtud, nuestros vicios, nuestra capacidad y ciencia, y ese mismo discurso que hacemos sobre la fuerza de los astros, y esta comparación de ellos con nosotros, procede, como juzga nuestra razón, por su medio y por su favor:
«Uno enloquece de amor y puede atravesar el mar y destruir Troya, a otro le toca en suerte ser apto para escribir leyes; he aquí que los hijos matan al padre y los padres a los hijos, y los hermanos armados se enfrentan en mutuas heridas; no es nuestra esta guerra, se ven obligados a mover cosas tan grandes y a precipitarse a sus propias penas y despedazar sus miembros; también esto es obra del hado, así se cumple el propio destino».
nosotros poseemos, por distribución del cielo, esa parte de razón que tenemos, ¿cómo podrá ella igualarnos a él? ¿Cómo someter a nuestro conocimiento su esencia y sus condiciones? Todo lo que vemos en esos cuerpos nos asombra; quæ molitio, quæ ferramenta, qui vectes, quæ machinæ, qui ministri tanti operis fuerunt? ¿Por qué los privamos de alma, de vida y de discurso? ¿Hemos reconocido en ellos alguna estupidez inmóvil e insensible, nosotros que no tenemos ningún trato con ellos salvo el de la obediencia? ¿Diremos que no hemos visto en ninguna otra criatura que en el hombre el uso de un alma racional? ¿Y qué? ¿Hemos visto acaso algo semejante al sol? ¿Deja de existir porque no hayamos visto nada semejante? ¿Y sus movimientos de ser porque no haya ninguno parecido? Si lo que no hemos visto no existe, nuestro conocimiento es maravillosamente limitado. Quæ sunt tantæ animi angustiæ? ¿No son acaso sueños de la vanidad humana hacer de la luna una tierra celeste? ¿Adivinar allí montañas, valles, como Anaxágoras? ¿Plantar allí habitaciones y moradas humanas, y erigir colonias para nuestra comodidad, como hacen Platón y Plutarco? ¿Y de nuestra tierra hacer un astro resplandeciente y luminoso? Inter cætera mortalitatis incommoda, et hoc est, caligo mentium: nec tantum necessitas errandi, sed errorum amor. Corruptibile corpus aggrauat animam, et deprimit terrena inhabitatio sensum multa cogitantem.
La presunción es nuestra enfermedad natural y originaria. La más calamitosa y frágil de todas las criaturas es el hombre, y al mismo tiempo la más orgullosa. Se siente y se ve alojado aquí entre el barro y el estiércol del mundo, atado y clavado a la peor, más muerta y estancada parte del universo, en el último piso del edificio, el más alejado de la bóveda celeste, junto con los animales de la peor condición de las tres: y va plantándose por la imaginación por encima del círculo de la luna, y trayendo el cielo bajo sus pies. Es por la vanidad de esa misma imaginación que se iguala a Dios, que se atribuye las condiciones divinas, que se escoge a sí mismo y se separa del gentío de las otras criaturas, reparte las partes a los animales sus cofrades y compañeros, y les distribuye la porción de facultades y de fuerzas que le place. ¿Cómo conoce, por el esfuerzo de su inteligencia, los impulsos internos y secretos de los animales? ¿Por qué comparación de ellos con nosotros concluye la estupidez que les atribuye? Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si ella pasa su tiempo conmigo más de lo que yo paso el mío con ella? Nos entretenemos con monerías recíprocas. Si yo tengo mi momento de comenzar o de rechazar, también ella tiene el suyo.
Platón, en su pintura de la edad de oro bajo Saturno, cuenta entre las principales ventajas del hombre de entonces la comunicación que tenía con las bestias, de las cuales informándose e instruyéndose, conocía las verdaderas cualidades y diferencias de cada una: con lo cual adquiría una perfectísima inteligencia y prudencia, y conducía su vida mucho más felizmente de lo que nosotros sabríamos hacer. ¿Necesitamos mejor prueba para juzgar la impudencia humana respecto a las bestias? Ese gran autor opinó que en la mayor parte de la forma corporal que la Naturaleza les ha dado, ella solo consideró el uso de los pronósticos que se extraían de ellas en su tiempo. Ese defecto que impide la comunicación entre ellas y nosotros, ¿por qué no es tanto nuestro como de ellas? Hay que adivinar de quién es la culpa de no entendernos: pues nosotros no las entendemos más de lo que ellas nos entienden. Por esa misma razón ellas pueden estimarnos bestias, como nosotros las estimamos a ellas. No es gran maravilla si no las entendemos, pues tampoco entendemos a los vascos y a los trogloditas. Sin embargo algunos se han jactado de entenderlas, como Apolonio de Tiana, Melampo, Tiresias, Tales y otros. Y puesto que es así, como dicen los cosmógrafos, que hay naciones que reciben a un perro por rey, es preciso que ellos den cierta interpretación a su voz y movimientos.
Debemos advertir la paridad que hay entre nosotros. Tenemos cierta inteligencia mediana de sus sentidos, igual que las bestias tienen de los nuestros, aproximadamente en la misma medida. Ellas nos halagan, nos amenazan y nos requieren: y nosotros a ellas. Por lo demás descubrimos bien evidentemente que entre ellas hay una plena y entera comunicación, y que se entienden entre sí, no solamente las de la misma especie, sino también de especies diversas:
Y los mudos rebaños, y hasta las razas de las fieras, han lanzado voces distintas y han emitido sonidos variados cuando hay miedo o dolor, o cuando crece el gozo.
En cierto ladrido del perro el caballo reconoce que hay cólera: de cierta otra voz suya, no se espanta. En las bestias mismas que no tienen voz, por la sociedad de oficios que vemos entre ellas, argumentamos fácilmente algún otro medio de comunicación: sus movimientos discurren y tratan.
No por razón muy distinta a como la propia infancia de la lengua parece empujar a los niños al gesto.
¿Por qué no, igual que nuestros mudos disputan, argumentan y cuentan historias por señas? Yo he visto algunos tan ágiles y formados en ello, que en verdad no les faltaba nada para la perfección de saberse hacer entender. Los amantes se enfadan, se reconcilian, se ruegan, se agradecen, se citan, y dicen en fin todas las cosas con los ojos.
Y también el silencio suele tener ruegos y palabras.
¿Qué de las manos? Nosotros requerimos, prometemos, llamamos, despedimos, amenazamos, rogamos, suplicamos, negamos, rechazamos, interrogamos, admiramos, contamos, confesamos, nos arrepentimos, tememos, nos avergonzamos, dudamos, instruimos, mandamos, incitamos, alentamos, juramos, testimoniamos, acusamos, condenamos, absolvemos, injuriamos, despreciamos, desafiamos, irritamos, halagamos, aplaudimos, bendecimos, humillamos, burlamos, reconciliamos, recomendamos, exaltamos, festejamos, nos regocijamos, nos quejamos, entristecemos, desconfortamos, desesperamos, asombramos, exclamamos, callamos: ¿y qué no? Con una variación y multiplicación que rivaliza con la lengua. Con la cabeza invitamos, despedimos, reconocemos, desconocemos, desmentimos, damos la bienvenida, honramos, veneramos, desdeñamos, pedimos, rechazamos, alegramos, lamentamos, acariciamos, regañamos, sometemos, desafiamos, exhortamos, amenazamos, aseguramos, preguntamos. ¿Qué de las cejas? ¿Qué de los hombros? No hay movimiento que no hable, y un lenguaje inteligible sin disciplina, y un lenguaje público. Lo cual hace que, viendo la variedad y uso distinguido de los otros, este deba ser juzgado más bien como propio de la naturaleza humana. Dejo aparte lo que particularmente la necesidad enseña de pronto a quienes lo necesitan, y los alfabetos de los dedos, y gramáticas en gestos, y las ciencias que solo se ejercen y se expresan por ellos, y las naciones que Plinio dice que no tienen otra lengua. Un embajador de la ciudad de Abdera, después de haber hablado largamente al rey Agis de Esparta, le preguntó: «Y bien, señor, ¿qué respuesta quieres que lleve a nuestros ciudadanos? Que te he dejado decir todo lo que has querido, y tanto como has querido, sin decir nunca palabra»: ¿no es ese un callar parlante y bien inteligible? Por lo demás, ¿qué clase de nuestra suficiencia no reconocemos en las operaciones de los animales? ¿Hay gobierno regido con más orden, diversificado en más cargos y oficios, y mantenido más constantemente, que el de las abejas? Esta disposición de acciones y ocupaciones tan ordenada, ¿podemos imaginar que se conduce sin discurso y sin prudencia?
Algunos, siguiendo estas señales y estos ejemplos, dijeron que las abejas tienen parte de mente divina, y sorbos etéreos.
Las golondrinas que vemos al regreso de la primavera husmear por todos los rincones de nuestras casas, ¿buscan sin juicio y eligen sin discernimiento de entre mil lugares aquel que les resulta más cómodo para alojarse? Y en esa hermosa y admirable estructuración de sus construcciones, ¿pueden los pájaros servirse de una figura cuadrada antes que de la redonda, de un ángulo obtuso antes que de un ángulo recto, sin conocer sus condiciones y efectos? ¿Toman unas veces agua, otras barro, sin juzgar que la dureza se ablanda al humedecerla? ¿Alfombran con musgo su palacio, o con plumón, sin prever que los miembros tiernos de sus pequeños estarán allí más mullidos y más a gusto? ¿Se cubren del viento lluvioso y sitúan su morada hacia el este sin conocer las condiciones diferentes de esos vientos y considerar que uno les es más saludable que el otro? ¿Por qué espesa la araña su tela en un lugar y la afloja en otro? ¿Se sirve ahora de esta clase de nudo y luego de aquella, si no tiene deliberación, pensamiento y conclusión?
Reconocemos suficientemente en la mayoría de sus obras cuánta excelencia tienen los animales por encima de nosotros, y cuán débil es nuestro arte para imitarlos. Vemos, sin embargo, en las nuestras más toscas, las facultades que empleamos en ellas, y que nuestra alma se sirve de todas sus fuerzas: ¿por qué no estimamos lo mismo de ellos? ¿Por qué atribuimos a no sé qué inclinación natural y servil las obras que superan todo lo que podemos hacer por naturaleza y por arte? En lo cual, sin pensarlo, les damos una grandísima ventaja sobre nosotros, al hacer que la naturaleza, con una dulzura maternal, los acompañe y guíe como de la mano en todas las acciones y comodidades de su vida, y que a nosotros nos abandone al azar y a la fortuna, y a buscar por arte las cosas necesarias para nuestra conservación; y nos niega al mismo tiempo los medios de poder alcanzar mediante alguna instrucción y esfuerzo del espíritu la suficiencia natural de las bestias, de manera que su estupidez brutal supera en todas las comodidades todo lo que puede nuestra divina inteligencia. Verdaderamente, de ser así, tendríamos mucha razón para llamarla una madrastra muy injusta. Pero no es nada de eso, nuestra organización no es tan deforme y desordenada.
La naturaleza ha abrazado universalmente a todas sus criaturas: y no hay ninguna a la que no haya provisto plenamente de todos los medios necesarios para la conservación de su ser. Pues esas quejas vulgares que oigo formular a los hombres (como la licencia de sus opiniones los eleva unas veces por encima de las nubes y luego los rebaja hasta las antípodas) de que somos el único animal abandonado, desnudo sobre la tierra desnuda, atado, maniatado, sin nada con que armarnos y cubrirnos sino con los despojos ajenos: mientras que a todas las demás criaturas la naturaleza las ha revestido de conchas, de vainas, de corteza, de pelo, de lana, de púas, de cuero, de borra, de pluma, de escamas, de vellón y de seda según la necesidad de su ser; las ha armado de garras, de dientes, de cuernos, para asaltar y para defenderse, y ella misma las ha instruido en lo que les es propio, a nadar, a correr, a volar, a cantar: mientras que el hombre no sabe ni caminar, ni hablar, ni comer, ni nada excepto llorar sin aprendizaje.
«Luego, por otra parte, el niño, como un navegante arrojado por las crueles olas, yace desnudo en tierra, desprovisto de todo auxilio vital, cuando por primera vez la naturaleza lo ha sacado del vientre de su madre, con sus ataduras, a las orillas de la luz, y llena el lugar con su vagido lúgubre, como es justo para quien le queda atravesar tantos males en la vida. Pero los diversos ganados, rebaños y fieras crecen, y no necesitan sonajeros, ni hay que aplicarles el habla halagadora y fragmentada de la nodriza nutricia; ni buscan diversos vestidos según la época del cielo; en fin, no tienen necesidad de armas, ni de altos muros con los que protejan lo suyo, puesto que la tierra misma produce todas las cosas en abundancia para todos, y la industriosa naturaleza de las cosas.»
Esas quejas son falsas: hay en la organización del mundo una igualdad más grande y una relación más uniforme. Nuestra piel está provista tan suficientemente como la de ellos de firmeza contra las injurias del tiempo, testimonio de ello son varias naciones que todavía no han probado ningún uso de vestimentas. Nuestros antiguos galos no iban apenas vestidos, ni lo van los irlandeses, nuestros vecinos, bajo un cielo tan frío. Pero lo juzgamos mejor por nosotros mismos: pues todas las partes de la persona que nos place descubrir al viento y al aire se encuentran aptas para soportarlo. Si hay alguna parte en nosotros débil que parece deber temer el frío, debería ser el estómago, donde se hace la digestión: nuestros padres lo llevaban descubierto, y nuestras damas, por delicadas y frágiles que sean, van a veces medio abiertas hasta el ombligo. Las ligaduras y pañales de los niños no son tampoco necesarios: y las madres lacedemonias criaban a los suyos con toda libertad de movimientos de miembros, sin atarlos ni plegarlos. Nuestro llanto es común a la mayor parte de los demás animales, y apenas hay alguno al que no se vea quejarse y gemir largo tiempo después de su nacimiento: en la medida en que es una actitud muy adecuada a la debilidad en que se sienten. En cuanto al uso de la comida, es en nosotros, como en ellos, natural y sin instrucción.
«Pues cada uno siente su propia fuerza y cómo puede usarla.»
¿Quién duda de que un niño, llegado a la fuerza para alimentarse, no sabría buscar su alimento? Y la tierra lo produce y se lo ofrece suficientemente para su necesidad, sin otro cultivo ni artificio. Y si no en todo tiempo, tampoco lo hace con las bestias, testimonio de ello son las provisiones que vemos hacer a las hormigas y otras para las estaciones estériles del año.
Estas naciones que acabamos de descubrir, tan abundantemente provistas de comida y bebida natural, sin cuidado y sin artificio, nos acaban de enseñar que el pan no es nuestro único alimento: y que sin labranza nuestra madre naturaleza nos había provisto en abundancia de todo lo que nos hacía falta; es más, como es verosímil, más plena y más ricamente de lo que lo hace ahora, que hemos mezclado nuestro artificio:
«Y la tierra de entrada creó por sí misma para los mortales los frutos espléndidos y las viñas alegres; ella misma dio los dulces frutos y los abundantes pastos; que ahora apenas crecen aumentados por nuestro trabajo, y gastamos los bueyes y las fuerzas de los labradores;»
el desbordamiento y desorden de nuestro apetito sobrepasa todas las invenciones que buscamos para saciarlo.
En cuanto a las armas, tenemos más naturales que la mayor parte de los demás animales, más diversos movimientos de miembros, y sacamos de ellos más servicio naturalmente y sin lección: aquellos que están adiestrados para combatir desnudos, se les ve lanzarse a peligros iguales a los nuestros. Si algunos animales nos superan en esta ventaja, nosotros superamos a varios otros. Y la industria de fortalecer el cuerpo y cubrirlo por medios adquiridos la tenemos por un instinto y precepto natural. Que es así lo prueba el elefante que afila y amuela sus dientes, de los cuales se sirve en la guerra (pues tiene unos particulares para ese uso, que ahorra y no emplea en absoluto en sus otros servicios). Cuando los toros van al combate, esparcen y lanzan el polvo a su alrededor: los jabalíes afinan sus defensas y el icneumón, cuando debe entrar en lucha con el cocodrilo, fortifica su cuerpo, lo unta y lo recubre todo alrededor de limo bien apretado y bien amasado, como de una coraza. ¿Por qué no diremos que es también natural en nosotros armarnos de madera y de hierro?
En cuanto al habla, es cierto que, si no es natural, no es necesaria. Sin embargo, creo que un niño que se hubiera criado en plena soledad, alejado de todo comercio (lo que sería un experimento difícil de hacer) tendría alguna especie de palabra para expresar sus conceptos: y no es creíble que la naturaleza nos haya negado este medio que ha dado a varios otros animales. Pues ¿qué es otra cosa sino hablar esta facultad que les vemos de quejarse, de alegrarse, de llamarse mutuamente en auxilio, de convidarse al amor, como hacen por el uso de su voz? ¿Cómo no hablarían entre ellas? Bien que nos hablan a nosotros y nosotros a ellas. ¿De cuántas maneras hablamos a nuestros perros, y ellos nos responden? De otro lenguaje, otras apelaciones, usamos con ellos que con los pájaros, con los cerdos, los bueyes, los caballos: y cambiamos de idioma según la especie.
«Así por entre su tropa oscura se toca una con otra hormiga, quizá para espiar su camino y su fortuna.»
Me parece que Lactancio atribuye a las bestias no solo el habla, sino también la risa. Y la diferencia de lenguaje que se observa entre nosotros según la diferencia de regiones se encuentra también en los animales de la misma especie. Aristóteles alega a este propósito el canto diverso de las perdices, según la situación de los lugares:
«Y las diversas aves lanzan voces muy distintas en diferentes momentos, y en parte cambian con las estaciones sus cantos roncos».
Pero lo que hay que saber es qué lenguaje hablaría ese niño: y lo que se dice de ello por adivinación no tiene mucha apariencia de ser cierto. Si se me alega contra esta opinión que los sordos de nacimiento no hablan, respondo que no es solo por no haber podido recibir la instrucción del habla por los oídos, sino más bien porque el sentido del oído, del cual están privados, se relaciona con el del habla, y se mantienen unidos por una costura natural. De manera que lo que hablamos hay que hablárnoslo primero a nosotros mismos, y hacerlo sonar dentro en nuestros oídos, antes de enviarlo a los ajenos.
He dicho todo esto para mantener esta semejanza que hay en las cosas humanas y para volvernos a traer y unir a la multitud. No estamos ni por encima ni por debajo del resto: «todo lo que está bajo el cielo —dice el sabio— corre bajo una ley y una fortuna parejas».
«Todo está sujeto a sus cadenas fatales».
Hay alguna diferencia, hay órdenes y grados: pero es bajo el aspecto de una misma naturaleza:
«Cada cosa procede según su modo, y todas guardan sus diferencias por un pacto seguro de la naturaleza».
Hay que obligar al hombre y encerrarlo dentro de las barreras de esta organización. El miserable no puede saltar efectivamente más allá: está trabado y atado, está sometido a la misma obligación que las otras criaturas de su orden, y a una condición muy mediocre, sin ninguna prerrogativa, preexcelencia verdadera y esencial. La que se da por opinión y por fantasía no tiene ni cuerpo ni sabor. Y si es así que solo él de todos los animales tiene esta libertad de la imaginación y este desorden de pensamientos, representándose lo que es, lo que no es, y lo que quiere; lo falso y lo verdadero; es una ventaja que le ha costado muy cara y de la cual tiene poco de qué enorgullecerse: pues de ahí nace la fuente principal de los males que lo oprimen: pecado, enfermedad, irresolución, turbación, desesperación.
Digo, pues, para volver a mi propósito, que no hay ninguna apariencia de creer que las bestias hagan por inclinación natural y forzada las mismas cosas que nosotros hacemos por nuestra elección e ingenio. Debemos concluir de efectos parecidos facultades parecidas, y de efectos más ricos facultades más ricas: y confesar por consiguiente que ese mismo discurso, ese mismo camino que nosotros tomamos para obrar, también lo toman los animales, o algún otro mejor.
¿Por qué imaginamos en ellos esta coacción natural, nosotros que no experimentamos ningún efecto parecido? Además, es más honorable ser encaminado y obligado a obrar con regularidad por condición natural e inevitable, y más próximo a la divinidad, que obrar con regularidad por libertad temeraria y fortuita; y más seguro dejar a la Naturaleza que a nosotros las riendas de nuestra conducta. La vanidad de nuestra presunción hace que prefiramos deber a nuestras fuerzas, antes que a su liberalidad, nuestra suficiencia, y despojamos a los otros animales de los bienes naturales y renunciamos a ellos para honrarnos y ennoblecernos con los bienes adquiridos: por un humor bien simple, me parece; pues yo apreciaría tanto las gracias todas mías y naturales como las que hubiera ido a mendigar y buscar del aprendizaje. No está en nuestro poder adquirir una más hermosa recomendación que ser favorecido por Dios y por la Naturaleza.
Por tanto, el zorro del que se sirven los habitantes de Tracia cuando quieren emprender el paso sobre el hielo de algún río helado, y lo sueltan delante de ellos con este efecto: cuando lo viéramos en la orilla del agua acercar su oreja muy cerca del hielo para sentir si oirá desde una distancia larga o cercana el ruido del agua corriendo por debajo, y según lo que encuentra por ahí, que hay más o menos espesor en el hielo, retroceder o avanzar, ¿no tendríamos razón de juzgar que le pasa por la cabeza el mismo discurso que haría en la nuestra, que es una ratiocinación y consecuencia sacada del sentido natural: «Lo que hace ruido se mueve; lo que se mueve no está helado; lo que no está helado es líquido, y lo que es líquido cede bajo el peso»? Pues atribuir eso solamente a una vivacidad del sentido del oído, sin discurso y sin consecuencia, es una quimera y no puede entrar en nuestra imaginación. Del mismo modo hay que juzgar tantas clases de astucias e invenciones con las que las bestias se cubren de las empresas que hacemos sobre ellas.
Y si queremos tomar alguna ventaja de eso mismo, que está en nosotros apoderarnos de ellas, servirnos de ellas y usarlas a nuestra voluntad, no es más que esa misma ventaja que tenemos unos sobre otros. Tenemos en esta condición nuestros esclavos, y las climácides ¿no eran acaso mujeres en Siria que servían puestas a cuatro patas de estribo y de escalera a las damas para subir al coche? Y la mayor parte de las personas libres abandonan por muy ligeras comodidades su vida y su ser al poder de otro. Las mujeres y concubinas de los tracios se disputan a quién será elegida para ser muerta en la tumba de su marido. ¿Han faltado jamás los tiranos de encontrar suficientes hombres consagrados a su devoción, algunos de ellos añadiendo además esta necesidad de acompañarlos en la muerte como en la vida? Ejércitos enteros se han obligado así a sus capitanes. La fórmula del juramento en esa ruda escuela de los esgrimidores a muerte contenía estas promesas: «Juramos dejarnos encadenar, quemar, golpear y matar a espada, y sufrir todo lo que los gladiadores legítimos sufren de su amo; comprometiendo muy religiosamente el cuerpo y el alma a su servicio:
«Quema, si quieres, mi cabeza con llamas, y hiere con hierro mi cuerpo, y corta mi espalda con azote retorcido».
Era una obligación verdadera, y sin embargo se encontraban diez mil cada año que entraban en ella y se perdían. Cuando los escitas enterraban a su rey, estrangulaban sobre su cuerpo a la más favorita de sus concubinas, su copero, escudero de caballerizas, chambelán, ujier de cámara y cocinero. Y en su aniversario mataban cincuenta caballos montados por cincuenta pajes, que habían empalado por la espina dorsal hasta la garganta, y los dejaban así plantados en desfile alrededor de la tumba. Los hombres que nos sirven lo hacen a mejor precio y por un trato menos cuidadoso y menos favorable que el que hacemos a los pájaros, a los caballos y a los perros. ¿A qué cuidado no nos rebajamos por su comodidad? No me parece que los sirvientes más abyectos hagan voluntariamente por sus amos lo que los príncipes se honran de hacer por estas bestias. Diógenes, viendo a sus padres preocupados por rescatarlo de la esclavitud, decía: «Son locos, es el que me trata y me alimenta quien me sirve; y los que mantienen a las bestias deben decirse más bien que las sirven que ser servidos por ellas». Y si ellas tienen esto de más generoso, que jamás un león se somete a otro león, ni un caballo a otro caballo por falta de corazón.
Así como nosotros vamos a la caza de las bestias, así los tigres y los leones van a la caza de los hombres: y tienen un ejercicio parecido unos sobre otros: los perros sobre las liebres, los lucios sobre las tencas, las golondrinas sobre las cigarras, los gavilanes sobre los mirlos y sobre las alondras:
«La cigüeña alimenta a sus polluelos con serpientes y con lagartijas halladas por los campos apartados, y las aves servidoras de Júpiter y las generosas cazan en el bosque la liebre o la cabra montés».
Compartimos el fruto de nuestra caza con nuestros perros y aves, como el esfuerzo y la habilidad. Y más allá de Anfípolis, en Tracia, los cazadores y los halcones salvajes se reparten justamente el botín a medias: como a lo largo de las lagunas Meótides, si el pescador no deja a los lobos de buena fe una parte igual de su captura, enseguida van a destrozarle las redes. Y así como tenemos una caza que se lleva más por astucia que por fuerza, como la de los lazos de nuestros hilos y del anzuelo, también se ve otra parecida entre los animales. Aristóteles dice que la sepia arroja de su cuello una tripa larga como un sedal, que extiende a lo lejos soltándola, y la recoge hacia sí cuando quiere: a medida que percibe algún pececillo acercarse, le deja morder el extremo de esa tripa, estando ella escondida en la arena o en el lodo, y poco a poco la retira hasta que ese pececillo está tan cerca de ella que de un salto puede atraparlo.
En cuanto a la fuerza, no hay animal en el mundo expuesto a tantas ofensas como el hombre: no nos hace falta una ballena, un elefante y un cocodrilo, ni tales otros animales, de los cuales uno solo es capaz de aniquilar a gran número de hombres: los piojos son suficientes para hacer dimitir la dictadura de Sila: el almuerzo de un gusanillo es el corazón y la vida de un grande y triunfante emperador.
¿Por qué decimos que es propio del hombre la ciencia y el conocimiento construidos por arte y por razonamiento, de distinguir las cosas útiles para su vida y para el alivio de sus enfermedades, de aquellas que no lo son, de conocer el poder del ruibarbo y del polipodio; y cuando vemos a las cabras de Creta, si han recibido un flechazo, ir entre un millón de hierbas a escoger el díctamo para su curación, y a la tortuga cuando ha comido víbora, buscar enseguida orégano para purgarse, al dragón frotar y aclarar sus ojos con hinojo, a las cigüeñas darse ellas mismas lavativas con agua de mar, a los elefantes arrancar no solamente de su cuerpo y de los de sus compañeros, sino también de los cuerpos de sus amos, como el de aquel rey Poro que Alejandro derrotó, las jabalinas y los dardos que les han lanzado en el combate, y arrancarlos tan diestramente que nosotros no sabríamos hacerlo con tan poco dolor: ¿por qué no decimos lo mismo, que esto es ciencia y prudencia? Pues alegar, para menospreciarlos, que es por la sola instrucción y enseñanza de la Naturaleza que lo saben, no es quitarles el título de ciencia y de prudencia: es atribuírselo con mayor razón que a nosotros, por el honor de tan certera maestra de escuela.
Crisipo, aunque en todo lo demás juzgaba con tanto desdén la condición de los animales como cualquier otro filósofo, al considerar los movimientos del perro que, encontrándose en un cruce de tres caminos, ya sea buscando a su amo al que ha perdido, ya persiguiendo alguna presa que huye delante de él, va tanteando un camino tras otro, y después de haberse asegurado de dos y no haber encontrado en ellos el rastro de lo que busca, se lanza al tercero sin vacilar, se ve obligado a confesar que en ese perro transcurre un razonamiento así: he seguido hasta este cruce la pista de mi amo, necesariamente tiene que pasar por uno de estos tres caminos; no es por este ni por aquel, luego sin duda tiene que pasar por el otro; y que asegurándose por esta conclusión y razonamiento, ya no recurre a su olfato en el tercer camino, ni lo examina más, sino que se deja llevar por la fuerza de la razón. Este procedimiento puramente dialéctico, y este uso de proposiciones divididas y conjuntas, y de la enumeración suficiente de las partes, ¿no vale tanto que el perro lo sepa por sí mismo como que lo sepa por Trapezunte?
Tampoco son los animales incapaces de ser instruidos a nuestra manera. A los mirlos, los cuervos, las urracas, los loros, les enseñamos a hablar, y esta facilidad que reconocemos en proporcionarnos su voz y aliento tan flexible y manejable, para formarlo y ajustarlo a cierto número de letras y de sílabas, demuestra que tienen un razonamiento interior que los hace así educables y dispuestos a aprender. Todo el mundo está harto, creo yo, de ver tantas clases de monerías que los saltimbanquis enseñan a sus perros: las danzas en las que no se equivocan en una sola cadencia del sonido que oyen; diversos movimientos y saltos que les hacen hacer por orden de su palabra. Pero observo con más admiración aquel efecto, que es sin embargo muy común, de los perros de los que se sirven los ciegos, tanto en el campo como en las ciudades: me he fijado en cómo se detienen ante ciertas puertas de donde acostumbran a recibir limosna, cómo evitan el choque de los coches y de las carretas, incluso cuando para ellos hay espacio suficiente para pasar. He visto uno que a lo largo de una zanja de la ciudad dejaba un sendero llano y liso y tomaba uno peor para alejar a su amo de la zanja. ¿Cómo se pudo hacer comprender a ese perro que su cometido era velar únicamente por la seguridad de su amo, y despreciar sus propias comodidades para servirle? ¿Y cómo tenía el conocimiento de que tal camino le resultaba a él bastante ancho, pero no lo sería para un ciego? ¿Puede comprenderse todo esto sin raciocinio?
No hay que olvidar lo que Plutarco dice haber visto en Roma de un perro, en tiempos del emperador Vespasiano padre, en el teatro de Marcelo. Este perro servía a un saltimbanqui que representaba una ficción con varios gestos y varios personajes, y tenía su papel. Había que, entre otras cosas, fingirse muerto durante un tiempo por haber comido cierta droga: después de tragar el pan que se suponía era esa droga, empezó enseguida a temblar y tambalearse, como si estuviera aturdido; finalmente, estirándose y poniéndose rígido como muerto, se dejó tirar y arrastrar de un lugar a otro, según requería el argumento de la obra, y luego, cuando comprendió que era el momento, empezó primero a moverse suavemente, como si despertara de un profundo sueño, y levantando la cabeza miró aquí y allá de un modo que asombró a todos los presentes.
Los bueyes que servían en los jardines reales de Susa para regarlos y hacer girar ciertas grandes ruedas para sacar agua, a las cuales había cubos atados, como se ven muchas en Languedoc, se les había ordenado dar hasta cien vueltas cada uno por día; estaban tan acostumbrados a este número que era imposible por ninguna fuerza hacerles dar una vuelta más, y habiendo cumplido su tarea se detenían en seco. Nosotros estamos en la adolescencia antes de saber contar hasta cien, y acabamos de descubrir naciones que no tienen ningún conocimiento de los números.
Hay aún más razonamiento en instruir a otro que en ser instruido. Ahora bien, dejando aparte lo que Demócrito juzgaba y demostraba, que la mayor parte de las artes nos las han enseñado los animales, como la araña a tejer y coser, la golondrina a construir, el cisne y el ruiseñor la música, y varios animales por su imitación a practicar la medicina, Aristóteles sostiene que los ruiseñores enseñan a sus crías a cantar, y emplean en ello tiempo y cuidado, de lo cual resulta que los que criamos en jaula, que no han tenido tiempo de ir a la escuela con sus padres, pierden mucho de la gracia de su canto. Podemos juzgar por ello que este recibe mejora por la disciplina y el estudio. Y entre los libres mismos no es uno e igual; cada uno ha aprendido según su capacidad. Y por el celo de su aprendizaje se baten en competición con un ardor tan valeroso que a veces el vencido muere en ello, faltándole antes el aliento que la voz. Los más jóvenes rumian pensativos e intentan imitar ciertas estrofas de canción: el discípulo escucha la lección de su preceptor y la repite con gran cuidado; callan el uno y el otro por turnos, se oye corregir los errores y se perciben algunas reprimendas del preceptor.
He visto, dice Arrio, en otro tiempo un elefante que tenía en cada muslo un címbalo colgado y otro atado a su trompa, al son de los cuales todos los demás danzaban en círculo, levantándose e inclinándose a ciertas cadencias, según los guiaba el instrumento, y era un placer oír esta armonía. En los espectáculos de Roma se veían ordinariamente elefantes adiestrados para moverse y danzar al son de la voz, danzas con muchos entrelazados, cortes y diversas cadencias muy difíciles de aprender. Se han visto algunos que en privado repasaban su lección y se ejercitaban con cuidado y estudio para no ser regañados y golpeados por sus amos.
Pero esta otra historia de la urraca, de la que tenemos al propio Plutarco como garante, es asombrosa. Estaba en la tienda de un barbero en Roma y hacía maravillas imitando con la voz todo lo que oía. Un día sucedió que unas trompetas se detuvieron a tocar largo rato delante de esa tienda: desde entonces y durante todo el día siguiente, ahí estaba esa urraca pensativa, muda y melancólica; de lo cual todo el mundo se maravillaba, y se pensaba que el sonido de las trompetas la había así aturdido y atontado, y que con el oído se había extinguido al mismo tiempo la voz. Pero se descubrió finalmente que era un estudio profundo y un recogimiento en sí misma, ejercitándose su espíritu y preparando su voz para representar el sonido de aquellas trompetas, de manera que su primera voz fue aquella, expresando perfectamente sus ataques, sus pausas y sus cambios, habiendo abandonado por este nuevo aprendizaje y tomado a desdén todo lo que sabía decir antes.
No quiero omitir citar también este otro ejemplo de un perro que ese mismo Plutarco dice haber visto (pues en cuanto al orden, bien sé que lo desordeno, pero no me preocupo más de ordenar estos ejemplos que del resto de toda mi labor). Estando él en un barco, este perro, apurado por alcanzar el aceite que estaba en el fondo de una jarra a la que no podía llegar con la lengua por la estrecha boca del recipiente, fue a buscar guijarros y los metió en esa jarra hasta que hizo subir el aceite más cerca del borde, donde pudo alcanzarlo. Esto, ¿qué es sino el efecto de un espíritu muy sutil? Se dice que los cuervos de Berbería hacen lo mismo cuando el agua que quieren beber está demasiado baja.
Esta acción es en cierto modo vecina de lo que contaba de los elefantes un rey de su nación, Juba: que cuando por la astucia de quienes los cazan uno de ellos se encuentra atrapado en ciertas fosas profundas que les preparan y las cubren con ramitas para engañarlos, sus compañeros le llevan diligentemente muchas piedras y trozos de madera para que eso le ayude a salir. Pero este animal se acerca tanto en otros muchos aspectos a la capacidad humana que si quisiera seguir al detalle lo que la experiencia nos ha enseñado de él, ganaría fácilmente lo que sostengo ordinariamente: que hay más diferencia de tal hombre a tal hombre que de tal animal a tal hombre. El cuidador de un elefante en una casa particular de Siria robaba en todas las comidas la mitad de la ración que se le había asignado: un día el amo quiso él mismo alimentarlo, vertió en su pesebre la justa medida de cebada que le había prescrito para su alimentación; el elefante, mirando con malos ojos a ese cuidador, separó con la trompa y puso aparte la mitad, declarando así la injusticia que se le hacía. Y otro que tenía un cuidador que mezclaba en su alimento piedras para aumentar la medida, se acercó a la olla donde este cocía su carne para su cena y se la llenó de ceniza. Estos son efectos particulares; pero lo que todo el mundo ha visto y que todo el mundo sabe, que en todos los ejércitos que se conducían desde los países de Levante una de las mayores fuerzas consistía en los elefantes, de los cuales se obtenían efectos incomparablemente más grandes que los que hacemos ahora con nuestra artillería, que ocupa más o menos su lugar en una batalla ordenada (esto es fácil de juzgar para quienes conocen las historias antiguas).
Sí, solían servir a Aníbal el tirio, a nuestros generales y al rey de Molosia, los antepasados de estos, y llevar en el lomo cohortes, una parte de la guerra, y la torre que iba a las batallas.
Era necesario confiar en buena medida en la inteligencia y el discernimiento de esas bestias, confiándoles la vanguardia de una batalla; cuando la menor detención que hubieran sabido hacer, por la grandeza y pesadez de su cuerpo, el menor espanto que les hubiera hecho volver la cabeza contra su propia gente, era suficiente para perderlo todo. Y se han visto pocos ejemplos de que esto haya sucedido, de que se lanzaran sobre sus propias tropas, mientras que nosotros mismos nos lanzamos unos sobre otros y nos destruimos. Se les daba a cargo no un movimiento simple, sino muchas partes diversas en el combate: como hacían con los perros los españoles en la nueva conquista de las Indias; a los que pagaban sueldo y hacían reparto del botín. Y mostraban estos animales tanto destreza y juicio para perseguir y detener su victoria, cargar o retroceder según las ocasiones, distinguir a los amigos de los enemigos, como ardor y ferocidad. Admiramos y valoramos mejor las cosas extrañas que las ordinarias: y sin eso yo no me habría entretenido en este largo registro. Pues según mi opinión, quien examine de cerca lo que vemos ordinariamente en los animales que viven entre nosotros, hay motivo para encontrar hechos tan admirables como los que se van recogiendo en países y siglos extraños. Es una misma naturaleza la que desarrolla su curso. Quien hubiera juzgado suficientemente su estado presente, podría concluir con seguridad todo el porvenir y todo el pasado.
Yo he visto antaño entre nosotros hombres traídos por mar de tierras lejanas, a los que, puesto que no entendíamos en absoluto su lengua, y que por lo demás su manera y su aspecto y sus vestidos eran del todo distintos de los nuestros, ¿quién de nosotros no los estimaba salvajes y brutos? ¿Quién no atribuía a estupidez y a bestialidad el verlos mudos, ignorantes de la lengua francesa, ignorantes de nuestros besamanos y nuestras inclinaciones ondulantes; nuestro porte y nuestra actitud, sobre la cual sin duda debe tomar su patrón la naturaleza humana? Todo lo que nos parece extraño, lo condenamos, y lo que no entendemos. Lo mismo nos sucede en el juicio que hacemos de las bestias. Tienen muchas características que se asemejan a las nuestras: de aquellas por comparación podemos sacar alguna conjetura: pero de lo que tienen de particular, ¿qué sabemos que es? Los caballos, los perros, los bueyes, las ovejas, los pájaros, y la mayoría de los animales que viven con nosotros, reconocen nuestra voz y se dejan conducir por ella: así lo hacía también la morena de Craso, y venía a él cuando la llamaba: y lo hacen también las anguilas que se encuentran en la fuente de Aretusa: y yo he visto estanques bastantes donde los peces acuden a comer al cierto grito de quienes los cuidan.
Tienen nombre, y a la voz de su amo cada uno viene cuando es llamado.
Podemos juzgar de ello. Podemos también decir que los elefantes tienen alguna participación en la religión, puesto que después de varias abluciones y purificaciones, se les ve alzando su trompa como brazos; y manteniendo los ojos fijos hacia el sol naciente, plantarse largo tiempo en meditación y contemplación, a ciertas horas del día; por su propia inclinación, sin instrucción y sin precepto. Pero por no ver ninguna apariencia semejante en los otros animales, no podemos sin embargo establecer que estén sin religión, y no podemos comprender en parte alguna lo que nos está oculto. Como vemos algo en esta acción que el filósofo Cleantes observó, por cuanto se asemeja a las nuestras: Vio, dice, hormigas partir de su hormiguero, llevando el cuerpo de una hormiga muerta hacia otro hormiguero, del cual muchas otras hormigas les vinieron al encuentro, como para hablar con ellos, y después de haber estado juntos un rato, estos se volvieron, para consultar, creo, con sus conciudadanos, hicieron así dos o tres viajes por la dificultad de la capitulación. Al fin estos recién llegados aportaron a los primeros un gusano de su madriguera como rescate por el muerto, gusano que los primeros cargaron sobre su espalda y llevaron a su casa, dejando a los otros el cuerpo del difunto. He aquí la interpretación que Cleantes le dio, testimoniando con ello que aquellas que no tienen voz no dejan de tener práctica y comunicación mutua; de la cual es por culpa nuestra que no seamos partícipes; y nos metemos por esta causa neciamente a opinar sobre ella.
Ahora bien, producen todavía otros efectos que superan con mucho nuestra capacidad, a los cuales tanto nos falta para que podamos llegar por imitación, que ni siquiera por la imaginación los podemos concebir. Muchos sostienen que en esta grande y última batalla naval que Antonio perdió contra Augusto, su galera capitana fue detenida en medio de su carrera por ese pequeño pez que los latinos llaman rémora, a causa de esta su propiedad de detener toda clase de navíos a los que se adhiere. Y el emperador Calígula, navegando con una gran flota en la costa de Rumanía, su sola galera fue detenida en seco por ese mismo pez; el cual hizo capturar adherido como estaba al fondo de su navío, todo despechado de que un animal tan pequeño pudiera vencer al mar y a los vientos, y a la violencia de todos sus remos, por estar solamente adherido por el pico a su galera, pues es un pez de concha, y se asombró aún más, no sin gran razón, de que traído dentro del barco, ya no tuviera esa fuerza que tenía afuera. Un ciudadano de Cícico adquirió antaño reputación de buen matemático por haber aprendido la peculiaridad del erizo. Tiene su madriguera abierta a diversos puntos y a diversos vientos; y previendo el viento que ha de venir, va a tapar el agujero del lado de ese viento; lo que observando este ciudadano, aportaba a su ciudad ciertas predicciones del viento que había de soplar.
El camaleón toma el color del lugar donde está posado: pero el pulpo se da a sí mismo el color que le place, según las ocasiones, para esconderse de lo que teme y atrapar lo que busca. En el camaleón es cambio de pasión, pero en el pulpo es cambio de acción. Nosotros tenemos algunas mudanzas de color, por el miedo, la cólera, la vergüenza y otras pasiones que alteran el tinte de nuestro rostro: pero es por el efecto del padecimiento, como en el camaleón. Bien está en la ictericia hacernos amarillear, pero no está en la disposición de nuestra voluntad. Ahora bien, estos efectos que reconocemos en los otros animales, más grandes que los nuestros, testimonian en ellos alguna facultad más excelente, que nos es oculta; como es verosímil que lo son muchas otras de sus características y potencias, de las cuales ninguna apariencia llega hasta nosotros.
De todas las predicciones del pasado, las más antiguas y seguras eran las que se extraían del vuelo de los pájaros. No tenemos nada parecido ni tan admirable. Esa regla, ese orden del batir de sus alas, por el cual se sacan consecuencias de las cosas venideras, es preciso que esté conducido por algún medio excelente hacia una operación tan noble; porque es tomarlo al pie de la letra ir atribuyendo ese gran efecto a algún ordenamiento natural, sin la inteligencia, el consentimiento y el discernimiento de quien lo produce, y es una opinión evidentemente falsa. Sea como sea: el torpedo tiene esta propiedad, no solo de adormecer los miembros que lo tocan, sino que a través de las redes y de la cuerda transmite una pesadez adormecedora a las manos de quienes lo mueven y manejan; incluso se dice, además, que si se vierte agua sobre él, se siente esa sensación que sube hasta la mano, y adormece el tacto a través del agua. Esta fuerza es maravillosa, pero no es inútil para el torpedo: él la siente y se sirve de ella; de manera que para atrapar la presa que busca, se lo ve esconderse bajo el limo, a fin de que los otros peces, deslizándose por encima, golpeados y adormecidos por ese frío suyo, caigan en su poder. Las grullas, las golondrinas y otras aves migratorias, que cambian de morada según las estaciones del año, muestran bien a las claras el conocimiento que tienen de su facultad adivinatoria, y la ponen en práctica. Los cazadores nos aseguran que para elegir, de un número de cachorros, el que se debe conservar por ser el mejor, no hay más que dejar que la madre lo elija ella misma; así, si se los lleva fuera de su guarida, el primero que ella traiga de vuelta será siempre el mejor; o bien, si se hace como que se rodea de fuego la guarida por todas partes, aquel de los cachorros en cuyo socorro ella corra primero. De donde se deduce que ellas tienen un uso de pronóstico que nosotros no tenemos, o que tienen alguna virtud para juzgar a sus crías, distinta y más viva que la nuestra.
La manera de nacer, de engendrar, nutrir, actuar, moverse, vivir y morir de las bestias, estando tan próxima a la nuestra, todo lo que quitamos a sus causas motrices, y lo que añadimos a nuestra condición por encima de la suya, eso no puede en modo alguno provenir del discurso de nuestra razón. Para cuidado de nuestra salud, los médicos nos proponen el ejemplo de la vida de las bestias, y su manera; pues esta expresión está desde siempre en boca del pueblo:
Mantened calientes los pies y la cabeza, en lo demás vivid como bestias.
La generación es la principal de las acciones naturales; tenemos cierta disposición de miembros que nos es más propia para ello: sin embargo, nos ordenan que adoptemos la postura y disposición brutal, como más efectiva:
A la manera de las fieras, y sobre todo al modo de los cuadrúpedos, se cree que las esposas conciben con mayor frecuencia: porque así pueden tomar posiciones con los pechos apoyados y las semillas levantadas por los lomos.
Y rechazan como perjudiciales esos movimientos indiscretos e insolentes que las mujeres han mezclado allí por su cuenta; las llevan de vuelta al ejemplo y uso de las bestias de su sexo, más modesto y sosegado.
Pues la mujer se impide concebir y se resiste si, alegre, atrae hacia sí la Venus del varón con las nalgas y agita las ondas con todo el pecho descoyuntado. Pues arroja el arado de la recta región y del camino del surco, y desvía el golpe de la semilla de sus lugares.
Si es justicia dar a cada uno lo que le es debido, las bestias que sirven, aman y defienden a sus bienhechores, y que persiguen y ultrajan a los extraños y a quienes las ofenden, representan en ello algún aire de nuestra justicia: como también al conservar una igualdad muy equitativa en la distribución de sus bienes a sus crías. En cuanto a la amistad, la tienen sin comparación más viva y más constante que los hombres. Hyrcanus, el perro del rey Lisímaco, muerto su amo, permaneció obstinado sobre su lecho, sin querer beber ni comer; y el día en que se quemó el cuerpo, arrancó a correr y se lanzó al fuego, donde fue quemado. Como hizo también el perro de un tal Pirro; pues no se movió de encima del lecho de su amo desde que murió; y cuando se lo llevaron, se dejó levantar junto con él, y finalmente se lanzó a la pira donde se quemaba el cuerpo de su amo.
Hay ciertas inclinaciones de afecto que nacen a veces en nosotros sin el consejo de la razón, que provienen de una temeridad fortuita, que otros llaman simpatía: las bestias son capaces de ella como nosotros. Vemos que los caballos adquieren cierta familiaridad los unos con los otros, hasta ponernos en apuros para hacerlos vivir o viajar separadamente. Se los ve aplicar su afecto a cierto pelaje de sus compañeros, como a cierto rostro, y donde lo encuentran, unirse a él inmediatamente con fiesta y demostración de benevolencia; y tomar alguna otra forma con disgusto y odio. Los animales tienen elección como nosotros en sus amores, y hacen alguna selección de sus hembras. No están exentos de nuestros celos y de envidias extremas e irreconciliables.
Las apetencias son o naturales y necesarias, como el beber y el comer; o naturales y no necesarias, como la relación con las hembras; o no son ni naturales ni necesarias: de esta última clase son casi todas las de los hombres: son todas superfluas y artificiales. Pues es maravilla cuán poco necesita la Naturaleza para contentarse, cuán poco nos ha dejado que desear. Los preparativos de nuestras cocinas no tocan su ordenamiento. Los estoicos dicen que un hombre tendría con qué sustentarse con una oliva al día. La delicadeza de nuestros vinos no es de su lección, ni la recarga que añadimos a los apetitos amorosos:
Ni aquella exige un coño nacido de un gran cónsul.
Estas apetencias extrañas, que la ignorancia del bien y una falsa opinión han introducido en nosotros, son en tan gran número que expulsan casi todas las naturales. Ni más ni menos que si en una ciudad hubiese tan gran número de extranjeros que echaran fuera a los habitantes naturales, o extinguieran su autoridad y poder antiguos, usurpándolo enteramente y apoderándose de él.
Los animales están mucho más regulados que nosotros, y se contienen con más moderación dentro de los límites que la Naturaleza nos ha prescrito. Pero no tan exactamente que no tengan todavía alguna semejanza con nuestro desenfreno. Y así como se han encontrado deseos furiosos que han empujado a los hombres al amor de las bestias, ellas se encuentran también a veces prendadas de nuestro amor, y reciben afectos monstruosos de una especie a otra. Testigo el elefante rival de Aristófanes el gramático en el amor de una joven florista en la ciudad de Alejandría, que no le cedía en nada en los oficios de un pretendiente muy apasionado: pues paseándose por el mercado donde se vendían frutas, las tomaba con su trompa y se las llevaba; no la perdía de vista sino lo menos que le era posible; y le metía a veces la trompa en el seno por debajo de su cuello, y le tocaba los pechos. Relatan también de un dragón enamorado de una muchacha; y de una oca prendada del amor de un niño, en la ciudad de Asopo; y de un carnero servidor de la música Glaucia; y se ve todos los días monos furiosamente prendados del amor de las mujeres. Se ve también a ciertos animales entregarse al amor de los machos de su sexo. Opiano y otros relatan algunos ejemplos para mostrar la reverencia que las bestias en sus matrimonios tienen hacia el parentesco; pero la experiencia nos hace ver muy a menudo lo contrario:
Ni se tiene por vergonzoso que la novilla lleve al padre sobre el lomo; la hija se hace esposa de su padre el caballo; el macho cabrío cubre a las ovejas que ha criado; y el ave misma concibe de aquel con cuya semilla fue concebida.
En cuanto a astucia maliciosa, ¿hay alguna más evidente que la del mulo del filósofo Tales? Este mulo, al atravesar un río cargado de sal, tropezó por azar de manera que los sacos que llevaba se mojaron todos. Habiéndose dado cuenta de que la sal disuelta por este medio le había aligerado la carga, no dejaba jamás, cada vez que encontraba algún arroyo, de zambullirse en él con su carga, hasta que su amo, descubriendo su malicia, ordenó que lo cargaran de lana; al verse frustrado en esto, dejó de usar más esa astucia.
Hay muchos animales que representan de forma natural el rostro de nuestra avaricia, pues se les ve un afán extremo por atrapar todo lo que pueden y ocultarlo cuidadosamente, aunque no le den uso alguno. En cuanto a la administración doméstica, nos superan no solo en esa previsión de acumular y ahorrar para el tiempo futuro, sino que tienen además muchas partes de la ciencia que es necesaria para ello. Las hormigas extienden fuera del hormiguero sus granos y semillas para airearlos, refrescarlos y secarlos, cuando ven que empiezan a enmohecerse y oler a rancio, para evitar que se corrompan y pudran. Pero la cautela y previsión que emplean al roer el grano de trigo supera toda imaginación de prudencia humana. Dado que el trigo no permanece siempre seco ni sano, sino que se ablanda, se disuelve y se empapa como en leche, encaminándose a germinar y producir, por temor a que se convierta en semilla y pierda su naturaleza y propiedad de almacén para su alimento, roen el extremo por donde la germinación suele salir.
En cuanto a la guerra, que es la más grande y pomposa de las acciones humanas, desearía saber si queremos servirnos de ella como argumento de alguna prerrogativa, o al contrario, como testimonio de nuestra debilidad e imperfección; pues en verdad, la ciencia de destruirnos y matarnos entre nosotros, de arruinar y perder nuestra propia especie, parece que no tiene mucho de qué hacerse desear por las bestias que no la poseen.
«¿Cuándo un león más fuerte arrebató la vida a otro león? ¿En qué bosque jamás expiró un jabalí por los dientes de un jabalí mayor?»
Pero no están universalmente exentas de ella, sin embargo; testigo los furiosos encuentros de las abejas y las empresas de los príncipes de los dos ejércitos contrarios:
«A menudo entre dos reyes estalló la discordia con gran agitación; y en seguida los ánimos del pueblo y los corazones palpitantes de guerra pueden adivinarse desde lejos».
Nunca veo esta divina descripción sin que me parezca leer pintada en ella la ineptitud y vanidad humana. Pues esos movimientos guerreros que nos cautivan con su horror y espanto, esa tempestad de sonidos y gritos:
«Allí el fulgor se eleva al cielo, y en torno toda la tierra resplandece de bronce, y debajo por la fuerza de los hombres se levanta el ruido de los pies, y los montes golpeados reenvían las voces y los clamores a los astros del mundo»,
ese espantoso ordenamiento de tantos miles de hombres armados, tanta furia, ardor y coraje, es placentero considerar por cuán vanas ocasiones se agita y por cuán ligeras ocasiones se extingue.
«Se cuenta que por el amor de Paris Grecia chocó contra Barbaria en terrible duelo».
Toda Asia se perdió y se consumió en guerras por la alcahuetería de Paris. La envidia de un solo hombre, un despecho, un placer, unos celos domésticos, causas que no deberían mover a dos vendedoras a arañarse, son el alma y el movimiento de todo ese gran tumulto. ¿Queremos creer a aquellos mismos que son los principales autores y motivos? Oigamos al más grande, al más victorioso emperador y al más poderoso que hubo jamás, burlándose y poniendo en ridículo muy placenteramente y con gran ingenio varias batallas arriesgadas tanto por mar como por tierra, la sangre y la vida de quinientos mil hombres que siguieron su fortuna, y las fuerzas y riquezas de las dos partes del mundo agotadas al servicio de sus empresas:
«Porque Antonio se follaba a Glaphyra, Fulvia me impuso este castigo: que yo también me la follara a ella. ¿Que yo me folle a Fulvia? ¿Y si Manio me rogara que le diera por culo, lo haría? No lo creo, si estoy cuerdo. O folla, o luchemos, dice. ¿Y si mi verga me es más querida que la propia vida? Que suenen las trompetas».
Uso con libertad de conciencia mi latín, con el permiso que me habéis dado. Pues bien, ese gran cuerpo con tantos rostros y movimientos que parecen amenazar el cielo y la tierra:
«Como las muchas olas que se agitan en el mármol líbico, cuando el fiero Orión se oculta en las ondas invernales, o cuando con el sol nuevo se abrasan las apretadas espigas, o en el campo del Hermo o en los rubios campos de Licia, resuenan los escudos y la tierra estremecida tiembla al golpe de los pies»,
ese furioso monstruo de tantos brazos y tantas cabezas, es siempre el hombre débil, calamitoso y miserable. No es más que un hormiguero agitado y acalorado.
«Avanza por los campos el negro ejército»: un soplo de viento contrario, el graznido de una bandada de cuervos, el mal paso de un caballo, el paso fortuito de un águila, un sueño, una voz, una señal, una bruma matinal, bastan para derribarlo y echarlo por tierra. Dadle simplemente un rayo de sol en la cara, y ahí lo tenéis fundido y desvanecido; levantadle solo un poco de polvo a los ojos, como a las abejas de nuestro poeta, y ya están todas nuestras enseñas, nuestras legiones y el gran Pompeyo mismo a su cabeza, rotos y destrozados; pues fue él, me parece, a quien Sertorio derrotó en España con todas esas bellas armas que también sirvieron a Eumenes contra Antígono y a Surena contra Craso:
«Estos movimientos de los ánimos y estos combates tan grandes quedarán reprimidos y apaciguados con el lanzamiento de un poco de polvo».
Lancemos incluso tras ellos a nuestras moscas, y tendrán la fuerza y el coraje de dispersarlo. En memoria reciente, los portugueses que asediaban la ciudad de Tamly, en el territorio de Xiatine, los habitantes de esta llevaron sobre la muralla gran cantidad de colmenas, de las que son ricos, y con fuego lanzaron las abejas tan vivamente sobre sus enemigos que estos abandonaron su empresa, no pudiendo soportar sus asaltos y picaduras. Así quedó la victoria y libertad de su ciudad para este nuevo socorro, con tal fortuna que al regreso del combate no faltó ni una sola. Las almas de los emperadores y de los zapateros están fundidas en el mismo molde. Al considerar la importancia de las acciones de los príncipes y su peso, nos persuadimos de que sean producidas por algunas causas igualmente pesadas e importantes. Nos equivocamos: son conducidos y devueltos en sus movimientos por los mismos resortes que nosotros en los nuestros. La misma razón que nos hace reñir con un vecino desencadena entre los príncipes una guerra; la misma razón que nos hace azotar a un lacayo, al caer sobre un rey, le hace arruinar una provincia. Quieren con la misma ligereza que nosotros, pero pueden más. Apetitos parecidos agitan a un ácaro y a un elefante.
En cuanto a la fidelidad, no hay animal en el mundo traidor en comparación con el hombre. Nuestras historias cuentan la viva persecución que ciertos perros han emprendido por la muerte de sus amos. El rey Pirro, habiendo encontrado un perro que guardaba a un hombre muerto, y habiendo entendido que llevaba tres días haciendo ese oficio, ordenó que enterraran ese cuerpo y se llevó consigo al perro. Un día en que asistía a las revistas generales de su ejército, este perro, al percibir a los asesinos de su amo, se lanzó contra ellos con grandes ladridos y aspereza de furia, y por este primer indicio encaminó la venganza de ese asesinato, que fue hecha poco después por vía de la justicia. Otro tanto hizo el perro del sabio Hesíodo, habiendo convencido a los hijos de Ganistor de Naupacto del asesinato cometido en la persona de su amo. Otro perro que guardaba un templo en Atenas, habiendo percibido a un ladrón sacrílego que se llevaba las más hermosas joyas, se puso a ladrarle todo lo que pudo; pero como los custodios no se despertaron por ello, se puso a seguirlo, y llegado el día, se mantuvo un poco más alejado de él sin perderlo jamás de vista; si le ofrecía de comer, no quería nada, y a los otros transeúntes que encontraba en su camino, les hacía fiestas con la cola y tomaba de sus manos lo que le daban de comer; si su ladrón se detenía a dormir, él se detenía al mismo tiempo en el mismo lugar. La noticia de este perro habiendo llegado a los custodios de esa iglesia, se pusieron a seguirlo por el rastro, informándose de las señas del pelo de este perro, y por fin lo encontraron en la ciudad de Cromión, y al ladrón también, a quien trajeron de vuelta a la ciudad de Atenas, donde fue castigado. Y los jueces, en reconocimiento de este buen servicio, ordenaron del erario público cierta medida de trigo para alimentar al perro, y a los sacerdotes que cuidaran de él. Plutarco testimonia esta historia como cosa muy verdadera y ocurrida en su siglo.
En cuanto a la gratitud, pues me parece que necesitamos poner en valor esta palabra, bastará este solo ejemplo que cuenta Apión como habiéndolo presenciado él mismo. Un día, dice, en que se ofrecía al pueblo en Roma el espectáculo del combate de varias bestias extrañas, y principalmente de leones de tamaño desacostumbrado, había uno entre otros que por su porte furioso, por la fuerza y el grosor de sus miembros, y un rugido altivo y espantoso, atraía hacia sí la vista de toda la concurrencia. Entre los demás esclavos que fueron presentados al pueblo en ese combate de las bestias, estaba un tal Androdo de Dacia, que pertenecía a un señor romano de rango consular. Ese león habiéndolo percibido de lejos, se detuvo primero en seco, como entrando en admiración, y luego se acercó muy suavemente de un modo manso y apacible, como para entrar en reconocimiento con él. Hecho esto, y habiéndose asegurado de lo que buscaba, comenzó a batir la cola al modo de los perros que halagan a su amo, y a besar y lamer las manos y los muslos de ese pobre miserable, todo paralizado de pavor y fuera de sí. Androdo habiendo recobrado sus sentidos por la benignidad de ese león, y tranquilizado su vista para contemplarlo y reconocerlo: era un placer singular ver las caricias y las fiestas que se hacían el uno al otro.
De lo cual habiendo el pueblo levantado gritos de alegría, el emperador hizo llamar a ese esclavo para saber de él la causa de un suceso tan extraño. Él le relató una historia nueva y admirable. Mi amo, dijo, siendo procónsul en África, me vi obligado por la crueldad y el rigor con que me trataba, haciéndome apalear diariamente, a escaparme de él y huir. Y para esconderme con seguridad de un personaje que tenía tan grande autoridad en la provincia, hallé que lo más expedito era ganar las soledades y las comarcas arenosas e inhabitables de ese país, resuelto, si me llegaba a faltar el modo de alimentarme, a encontrar alguna manera de matarme yo mismo. Siendo el sol extremadamente áspero al mediodía, y los calores insoportables, di con una caverna escondida e inaccesible, y me metí dentro. Poco después llegó ese león, con una pata ensangrentada y herida, todo quejumbroso y gimiendo por los dolores que sufría en ella: a su llegada sentí mucho miedo, pero él viéndome oculto en un rincón de su guarida, se acercó muy suavemente a mí, presentándome su pata lastimada, y mostrándómela como para pedir socorro: le quité entonces una gran astilla que tenía, y habiéndome familiarizado un poco con él, presionando su herida hice salir la suciedad que se acumulaba en ella, la sequé y la limpié lo mejor que pude.
Él sintiéndose aliviado de su mal, y liberado de ese dolor, se puso a reposar y a dormir, teniendo siempre su pata entre mis manos. De ahí en adelante él y yo vivimos juntos en esa caverna tres años enteros de los mismos alimentos: pues de las bestias que mataba en su caza, me traía las mejores partes, que yo cocía al sol a falta de fuego, y me alimentaba de ellas. A la larga, habiéndome cansado de esta vida brutal y salvaje, estando el león un día en su acostumbrada búsqueda, partí de allí, y al tercer día fui sorprendido por los soldados, que me llevaron de África a esta ciudad ante mi amo, el cual enseguida me condenó a muerte y a ser abandonado a las bestias. Ahora bien, según veo, este león fue también capturado poco después, y ha querido a esta hora recompensarme por el beneficio y la curación que había recibido de mí. He aquí la historia que Androdo relató al emperador, la cual hizo también llegar de mano en mano al pueblo. Por lo que a petición de todos fue puesto en libertad y absuelto de esa condena, y por orden del pueblo le fue hecho regalo de ese león. Veíamos después, dice Apión, a Androdo conduciendo a ese león con una pequeña correa, paseándose por las tabernas de Roma, recibir el dinero que le daban: el león se dejaba cubrir de las flores que le echaban, y cada uno decía al encontrarlos: He aquí el león huésped del hombre, he aquí el hombre médico del león. Lloramos a menudo la pérdida de las bestias que amamos, y ellas también lloran la nuestra.
Después, el caballo guerrero Etón, despojado de sus insignias, va llorando y humedece su rostro con gruesas lágrimas.
===FIN===
Así como algunas de nuestras naciones tienen las mujeres en común, otras cada uno la suya: ¿acaso no se ve esto también entre las bestias, y matrimonios mejor guardados que los nuestros?
En cuanto a la sociedad y confederación que establecen entre ellas para ligarse juntas y socorrerse mutuamente, se ve en los bueyes, los cerdos y otros animales que, al grito de aquel al que ofendes, toda la tropa acude en su ayuda y se agrupa para su defensa. El escaro, cuando ha tragado el anzuelo del pescador, sus compañeros se reúnen en masa a su alrededor y roen el sedal: y si por ventura hay uno que ha caído en la nasa, los otros le ofrecen la cola por fuera, y él la agarra cuanto puede con buenos dientes: así lo sacan fuera y lo arrastran. Los salmonetes, cuando uno de sus compañeros está enganchado, ponen el sedal contra su lomo, erizando una espina que tienen dentada como una sierra, con la cual la cortan y parten.
En cuanto a los servicios particulares que obtenemos unos de otros para el servicio de la vida, se ven varios ejemplos parecidos entre ellas. Sostienen que la ballena nunca navega sin tener delante de ella un pececillo semejante al gobio de mar, que se llama por eso la guía: la ballena lo sigue, dejándose conducir y girar tan fácilmente como el timón hace girar el navío: y en recompensa también, mientras que cualquier otra cosa, sea bestia o embarcación, que entra en el horrible caos de la boca de ese monstruo, queda al instante perdida y engullida, ese pececillo se retira allí con toda seguridad y duerme, y mientras duerme la ballena no se mueve: pero tan pronto como sale, ella se pone a seguirlo sin cesar: y si por fortuna lo pierde, va errando de aquí para allá y a menudo se golpea contra las rocas, como un barco que no tiene timón. Esto lo atestigua Plutarco haber visto en la isla de Antícira. Hay una sociedad parecida entre el pajarillo que se llama reyezuelo y el cocodrilo: el reyezuelo sirve de centinela a ese gran animal: y si el icneumón su enemigo se acerca para combatirlo, ese pajarillo, por miedo a que lo sorprenda dormido, va con su canto y a golpe de pico despertándolo y advirtiéndole de su peligro.
Vive de los restos de ese monstruo, que lo recibe familiarmente en su boca y le permite picotear en sus quijadas y entre sus dientes, y recoger allí los trozos de carne que han quedado: y si quiere cerrar la boca, primero le advierte que salga cerrándola poco a poco sin apretarlo ni dañarlo. Esa concha que se llama la madreperla vive también así con el pinnoteres, que es un animalillo de la clase de un cangrejo, sirviéndole de ujier y portero sentado en la abertura de esa concha, que mantiene continuamente entreabierta y abierta, hasta que ve entrar algún pececillo apropiado para su captura: pues entonces entra en la madreperla y va pellizcándole la carne viva, y la obliga a cerrar su concha: entonces ambos juntos comen la presa encerrada en su fortaleza. En el modo de vivir de los atunes se observa una singular ciencia de las tres partes de la matemática. En cuanto a la astrología, la enseñan al hombre: pues se detienen en el lugar donde el solsticio de invierno los sorprende, y no se mueven de allí hasta el equinoccio siguiente: he ahí por qué el propio Aristóteles les concede voluntariamente esa ciencia. En cuanto a la geometría y la aritmética, forman siempre su banda en figura cúbica, cuadrada en todo sentido, y levantan un cuerpo de batallón sólido, cerrado y rodeado todo alrededor, con seis caras todas iguales: luego nadan en esa ordenación cuadrada, tan ancha por detrás como por delante, de modo que quien ve y cuenta una fila puede fácilmente enumerar toda la tropa, puesto que el número de la profundidad es igual a la anchura, y la anchura a la longitud.
En cuanto a la magnanimidad, es difícil darle un rostro más evidente que en este hecho del gran perro que fue enviado desde las Indias al rey Alejandro: primero le presentaron un ciervo para combatirlo, y luego un jabalí, y luego un oso, no hizo caso y no se dignó moverse de su sitio: pero cuando vio un león, se levantó al instante sobre sus patas, mostrando manifiestamente que declaraba a ese solo digno de entrar en combate con él.
Tocante al arrepentimiento y reconocimiento de las faltas, se cuenta de un elefante que, habiendo matado a su guardián por impetuosidad de cólera, sintió un duelo tan extremo que no quiso nunca más comer y se dejó morir.
En cuanto a la clemencia, se cuenta de un tigre, la más inhumana bestia de todas, que habiéndosele dado un cabrito, soportó dos días el hambre antes de querer dañarlo, y el tercero rompió la jaula donde estaba encerrado para ir a buscar otro pasto, no queriendo atacar al cabrito, su familiar y su huésped.
Y en cuanto a los derechos de la familiaridad y convivencia que se establecen por la convivencia, nos sucede ordinariamente domesticar juntos gatos, perros y liebres.
Pero lo que la experiencia enseña a quienes viajan por mar, y principalmente en el mar de Sicilia, sobre la condición de los alciones, supera toda cogitación humana. ¿De qué especie de animales ha honrado jamás la Naturaleza tanto el lecho, el nacimiento y el parto? Pues bien dicen los poetas que una sola isla de Delos, estando antes vagante, fue fijada para el servicio del parto de Latona: pero Dios ha querido que todo el mar quede detenido, fijado y aplanado, sin olas, sin vientos y sin lluvia, mientras el alción hace sus pequeños, lo que ocurre justamente alrededor del solsticio, el día más corto del año: y por su privilegio tenemos siete días y siete noches, en pleno corazón del invierno, en que podemos navegar sin peligro. Sus hembras no reconocen otro macho que el suyo propio: lo asisten toda su vida sin jamás abandonarlo: si llega a estar débil y quebrado, lo cargan sobre sus espaldas, lo llevan por todas partes y lo sirven hasta la muerte. Pero ninguna suficiencia ha podido aún alcanzar el conocimiento de esa maravillosa fábrica con que el alción compone el nido para sus pequeños, ni adivinar la materia. Plutarco, que ha visto y manipulado varios, piensa que son espinas de algún pez que ella junta y une, entrelazándolas unas a lo largo, otras a lo ancho, y añadiendo curvas y redondeces, de tal modo que al fin forma de ello un vaso redondo dispuesto a navegar: luego, cuando ha acabado de construirlo, lo lleva al batir del oleaje marino, donde el mar batiéndolo muy suavemente le enseña a reparar lo que no está bien unido y a fortalecer mejor en los lugares donde ve que su estructura se mueve y se afloja por los golpes de mar, y al contrario, lo que está bien junto, el batir del mar os lo aprieta y os lo cierra de modo que no puede romperse ni disolverse, ni dañarse a golpes de piedra o de hierro, sino con mucha dificultad.
Y lo que más es de admirar es la proporción y figura de la concavidad del interior: pues está compuesta y proporcionada de manera que no puede recibir ni admitir otra cosa que el pájaro que la construyó: pues para cualquier otra cosa es impenetrable, cerrada y sellada, de tal modo que no puede entrar nada allí, ni siquiera el agua del mar. He ahí una descripción bien clara de esa construcción y tomada de buen lugar: sin embargo, me parece que no nos aclara aún suficientemente la dificultad de esa arquitectura. Ahora bien, ¿de qué vanidad puede proceder en nosotros situar por debajo de nosotros e interpretar desdeñosamente los efectos que no podemos imitar ni comprender?
Para seguir aún un poco más lejos esta igualdad y correspondencia de nosotros con las bestias, el privilegio del que nuestra alma se glorifica, de reducir a su condición todo lo que concibe, de despojar de cualidades mortales y corporales todo lo que viene a ella, de ordenar las cosas que estima dignas de su trato, a desvestirse y despojarse de sus condiciones corruptibles, y hacerles dejar aparte, como vestidos superfluos y viles, el espesor, la longitud, la profundidad, el peso, el color, el olor, la aspereza, la tersura, la dureza, la blandura, y todos los accidentes sensibles, para acomodarlas a su condición inmortal y espiritual: de manera que Roma y París, que tengo en el alma, París que imagino, lo imagino y lo comprendo sin grandeza y sin lugar, sin piedra, sin yeso y sin madera: ese mismo privilegio, digo, parece estar bien evidentemente en las bestias. Pues un caballo acostumbrado a las trompetas, a los arcabuzazos y a los combates, que vemos agitarse y temblar durmiendo, tendido sobre su lecho, como si estuviera en la refriega, es cierto que concibe en su alma un son de tambor sin ruido, un ejército sin armas y sin cuerpo.
Pues verás a los caballos fuertes, aunque tengan sus miembros tendidos en el sueño, sudar no obstante y jadear a menudo, y como que pugnan con todas sus fuerzas por alcanzar la palma.
Esa liebre que un lebrel imagina en sueños, tras la cual lo vemos jadear mientras duerme, alargar la cola, sacudir los ijares y representar perfectamente los movimientos de su carrera: es una liebre sin pelo y sin huesos.
Y los perros de caza, en su blando reposo, a menudo sacuden de pronto sus patas, lanzan de improviso ladridos y aspiran con las narices aires repetidos, como si siguieran el rastro hallado de las fieras; y al despertarse, siguen a menudo vanos simulacros de ciervos, como si los vieran entregados a la huida; hasta que, disipados los errores, vuelven en sí.
Los perros guardianes, a los que vemos a menudo gruñir en sueños y luego ladrar del todo y despertarse sobresaltados, como si percibieran la llegada de algún extraño; ese extraño que su alma ve es un hombre espiritual e imperceptible, sin dimensión, sin color y sin ser:
La dulce cría de cachorros, acostumbrada a holgar en casa, a menudo sacude de los ojos el ligero y fugaz sueño, y se apresta a levantar el cuerpo de la tierra, como si contemplaran rostros y caras desconocidas.
En cuanto a la belleza del cuerpo, antes de pasar adelante tendría que saber si estamos de acuerdo sobre su descripción. Es verosímil que no sabemos gran cosa de qué es la belleza en la naturaleza y en general, puesto que a la humana y nuestra belleza le damos tantas formas diversas, de la cual, si hubiera alguna prescripción natural, la reconoceríamos en común, como el calor del fuego. Imaginamos sus formas según nuestro apetito.
El color belga resulta feo al rostro romano. Los indios la pintan negra y atezada, con labios gruesos e hinchados, con nariz plana y ancha; y cargan de gruesos anillos de oro el cartílago de entre las ventanas de la nariz, para hacerlo colgar hasta la boca, como también el labio inferior, con gruesos círculos enriquecidos de pedrería, de modo que les cae sobre el mentón, y su gracia es mostrar los dientes hasta debajo de las raíces. En el Perú las orejas más grandes son las más bellas, y las extienden cuanto pueden por medio del artificio. Y un hombre de hoy día dice haber visto en una nación oriental tal esmero en agrandarlas, en tal estima, y en cargarlas de pesadas joyas, que a cada paso pasaba su brazo vestido a través de un agujero de oreja. Hay en otros lugares naciones que ennegrecen los dientes con gran esmero y desprecian verlos blancos; en otros lugares los tiñen de color rojo. No sólo en el País Vasco las mujeres se encuentran más bellas con la cabeza rapada, sino bastante en otros lugares; y lo que es más, en ciertas comarcas heladas, como dice Plinio. Las mexicanas cuentan entre las bellezas la pequeñez de la frente, y donde se quitan el vello de todo el resto del cuerpo, lo cultivan en la frente y lo pueblan con artificio; y tienen en tan gran estima la grandeza de los pechos, que procuran poder dar la teta a sus hijos por encima del hombro.
Formaríamos así la fealdad. Los italianos la configuran gruesa y maciza; los españoles vacía y enjuta; y entre nosotros, uno la hace blanca, el otro morena; uno blanda y delicada, otro fuerte y vigorosa; quien requiere en ella delicadeza y dulzura, quien fiereza y majestad. Del mismo modo que la preferencia en belleza que Platón atribuye a la figura esférica, los epicúreos la dan más bien a la piramidal o cuadrada, y no pueden tragar un dios en forma de bola. Pero sea como fuere, la naturaleza no nos ha privilegiado en esto más que en lo demás, por encima de sus leyes comunes. Y si nos juzgamos bien, encontraremos que si hay algunos animales menos favorecidos en esto que nosotros, los hay otros, y en gran número, que lo son más. Somos vencidos en hermosura por muchos animales; incluso por los terrestres, nuestros compatriotas. Pues en cuanto a los marinos, dejando de lado la figura, que no puede caer en proporción, pues es tan distinta, en color, limpieza, pulimento, disposición, les cedemos bastante, y no menos en todas las cualidades a los aéreos. Y esa prerrogativa que los poetas hacen valer de nuestra estatura erguida, mirando hacia el cielo su origen,
Mientras los demás animales miran inclinados hacia la tierra, a los hombres les dio un rostro elevado y les ordenó ver el cielo y alzar los semblantes erguidos hacia las estrellas,
es verdaderamente poética; pues hay numerosos animalejos que tienen la vista vuelta enteramente hacia el cielo, y el cuello de los camellos y de las avestruces lo encuentro aún más levantado y erguido que el nuestro. ¿Qué animales no tienen la cara en lo alto, y no la tienen delante, y no miran frente a frente como nosotros, y no descubren en su justa postura tanto cielo y tierra como el hombre? ¿Y qué cualidades de nuestra constitución corporal en Platón y en Cicerón no pueden servir a mil clases de bestias? Las que más se nos parecen son las más feas y las más abyectas de toda la grey; pues por la apariencia exterior y forma del rostro, son los simios:
¡Cuán semejante a nosotros es el simio, bestia feísima!
Por dentro y en las partes vitales, es el cerdo. Ciertamente, cuando imagino al hombre completamente desnudo (sí, en ese sexo que parece tener mayor parte en la belleza), sus taras, su sujeción natural y sus imperfecciones, encuentro que hemos tenido más razón que ningún otro animal de cubrirnos. Hemos sido excusables por tomar prestado de aquellos a quienes la naturaleza había favorecido en esto más que a nosotros, para adornarnos con su belleza y ocultarnos bajo sus despojos de lana, pluma, pelo, seda. Observemos además que somos el único animal cuyo defecto ofende a nuestros propios compañeros, y los únicos que tenemos que ocultarnos en nuestras acciones naturales de nuestra especie. Verdaderamente, es también un hecho digno de consideración que los maestros del oficio ordenen como remedio a las pasiones amorosas la vista entera y libre del cuerpo que se busca; que para enfriar el amor no haga falta sino ver libremente lo que se ama.
Aquel amor que iba en su curso se detuvo porque vio las partes obscenas en un cuerpo descubierto.
Y aunque esta receta pueda quizá provenir de un humor un poco delicado y enfriado, es sin embargo una señal maravillosa de nuestra deficiencia que el uso y el conocimiento nos disgusten los unos de los otros. No es tanto pudor como arte y prudencia lo que vuelve a nuestras damas tan circunspectas en negarnos la entrada a sus gabinetes antes de que estén pintadas y arregladas para la exhibición pública.
Nuestras Venus no ignoran esto, por lo cual ellas mismas ocultan con el mayor esmero todos estos bastidores de su vida a aquellos que quieren retener y mantener sujetos en el amor.
Mientras que en muchos animales no hay nada de ellos que no amemos y que no agrade a nuestros sentidos, de manera que incluso de sus excrementos y de su descarga sacamos no solo delicias para comer, sino también nuestros más ricos ornamentos y perfumes. Este discurso solo afecta a nuestra condición común, y no es tan sacrílego querer incluir en él esas bellezas divinas, sobrenaturales y extraordinarias que vemos a veces resplandecer entre nosotros, como astros bajo un velo corporal y terrenal. Por lo demás, la parte misma que otorgamos a los animales de los favores de la Naturaleza, según nuestra propia confesión, les es muy ventajosa. Nosotros nos atribuimos bienes imaginarios y fantásticos, bienes futuros y ausentes de los cuales la capacidad humana no puede por sí misma responder, o bienes que nos atribuimos falsamente por la licencia de nuestra opinión, como la razón, la ciencia y el honor; y a ellos les dejamos en reparto bienes esenciales, manejables y palpables: la paz, el reposo, la seguridad, la inocencia y la salud; la salud, digo, el más hermoso y rico presente que la Naturaleza sabe hacernos. De manera que la filosofía, incluso la estoica, se atreve a decir que Heráclito y Ferécides, si hubieran podido cambiar su sabiduría por la salud y librarse mediante ese trato, uno de la hidropesía, el otro de la enfermedad pedicular que lo acuciaba, habrían hecho bien.
Con lo cual dan todavía mayor valor a la sabiduría, comparándola y contrapesándola con la salud, que el que le dan en esta otra proposición, que también es suya. Dicen que si Circe hubiera presentado a Ulises dos brebajes, uno para convertir a un hombre de loco en sabio, el otro de sabio en loco, Ulises habría debido aceptar antes el de la locura que consentir que Circe cambiara su figura humana por la de una bestia. Y dicen que la sabiduría misma le habría hablado así: «Déjame, abandóname, antes que alojarme bajo la figura y el cuerpo de un asno». ¿Cómo? ¿Esa gran y divina sapiencia, los filósofos la abandonan entonces por ese velo corporal y terrenal? ¿Ya no es por la razón, por el discurso y por el alma que sobresalimos sobre las bestias? Es por nuestra belleza, nuestro buen cutis y nuestra hermosa disposición de miembros, por lo cual debemos poner nuestra inteligencia, nuestra prudencia y todo lo demás al abandono. Ahora bien, acepto esta ingenua y franca confesión. Ciertamente han reconocido que esas partes de las que hacemos tanta fiesta no son sino vana fantasía. Aunque las bestias tuvieran toda la virtud, la ciencia, la sabiduría y suficiencia estoica, seguirían siendo bestias y no serían comparables a un hombre miserable, malvado e insensato. Porque al fin todo lo que no es como nosotros somos no vale nada.
Y Dios, para hacerse valer, tiene que rebajarse a ello, como diremos dentro de poco. De donde resulta que no es por verdadero discernimiento, sino por una fiereza loca y obstinación, que nos preferimos a los otros animales y nos separamos de su condición y sociedad. Pero para volver a mi propósito, nosotros tenemos por nuestra parte la inconstancia, la irresolución, la incertidumbre, el duelo, la superstición, la preocupación por las cosas futuras, incluso después de nuestra vida, la ambición, la avaricia, los celos, la envidia, los apetitos desregulados, desenfrenados e indomables, la guerra, la mentira, la deslealtad, la detracción y la curiosidad. Ciertamente hemos pagado demasiado caro ese hermoso discernimiento del que nos vanagloriamos, y esa capacidad de juzgar y conocer, si lo hemos comprado al precio de ese número infinito de pasiones a las cuales estamos incesantemente expuestos. A menos que queramos hacer valer aún más, como hace Sócrates, esa notable prerrogativa sobre las bestias: que donde la Naturaleza les ha prescrito ciertas estaciones y límites a la voluptuosidad venérea, a nosotros nos ha soltado la brida a todas horas y ocasiones. «Así como el vino a los enfermos, puesto que aprovecha rara vez y daña muy a menudo, es mejor no aplicarlo en absoluto que, por la esperanza de una salud dudosa, incurrir en una ruina manifiesta: así, no sé si habría sido mejor para el género humano que ese movimiento rápido del pensamiento, esa agudeza, esa habilidad que llamamos razón, puesto que son pestíferos para muchos y saludables para muy pocos, no se les hubiera dado en absoluto, antes que dárselos tan muníficamente y tan largamente».
¿De qué fruto podemos estimar que fue para Varrón y Aristóteles esa inteligencia de tantas cosas? ¿Los eximió de las incomodidades humanas? ¿Se vieron librados de los accidentes que agobian a un cargador? ¿Sacaron de la lógica algún consuelo para la gota? ¿Por haber sabido cómo ese humor se aloja en las articulaciones, la sintieron menos? ¿Llegaron a un acuerdo con la muerte por saber que algunas naciones se regocijan con ella, y con el adulterio por saber que las mujeres son comunes en alguna región? Al contrario, habiendo ocupado el primer rango en saber, uno entre los romanos, el otro entre los griegos, y en la época en que la ciencia florecía más, no hemos aprendido sin embargo que hayan tenido alguna excelencia particular en su vida; es más, el griego tiene bastante que hacer para librarse de algunas manchas notables en la suya. ¿Se ha encontrado que el placer y la salud sean más sabrosos para quien conoce la astrología y la gramática: «¿Acaso los iletrados tienen los nervios menos rígidos?», y la vergüenza y la pobreza menos importunas? «Sin duda que carecerás de enfermedades y debilidad, y huirás del duelo y la preocupación, y se te darán tiempos de vida largos después de esto por haberte hecho mejor». He visto en mi tiempo cien artesanos, cien labradores, más sabios y más felices que rectores de la universidad, y a los cuales preferiría parecerme.
La doctrina, me parece, ocupa un rango entre las cosas necesarias para la vida, como la gloria, la nobleza, la dignidad, o como mucho como la riqueza y otras cualidades semejantes que sirven, ciertamente, pero de lejos, y más por fantasía que por naturaleza. No nos hacen falta muchos más oficios, reglas y leyes de vida en nuestra comunidad que los que hacen falta a las grullas y hormigas en la suya. Y sin embargo vemos que se conducen muy ordenadamente, sin erudición. Si el hombre fuera sabio, daría el justo precio a cada cosa según fuera la más útil y propia para su vida. Quien nos juzgue por nuestras acciones y conductas encontrará mayor número de excelentes entre los ignorantes que entre los sabios; lo digo en toda clase de virtud. La vieja Roma me parece haber producido hombres de mucho mayor valor, tanto para la paz como para la guerra, que esa Roma sabia que se arruinó a sí misma. Aunque todo lo demás fuera igual, al menos la probidad y la inocencia quedarían del lado de la antigua, porque se alojan singularmente bien con la simplicidad. Pero dejo este discurso, que me llevaría más lejos de lo que quisiera seguir. Solo diré aún esto: que es la sola humildad y sumisión la que puede hacer a un hombre de bien.
No hay que dejar al juicio de cada uno el conocimiento de su deber; hay que prescribírselo, no dejarlo elegir a su discernimiento; de otro modo, según la imbecilidad y variedad infinita de nuestras razones y opiniones, terminaríamos forjándonos deberes que nos llevarían a devorarnos unos a otros, como dice Epicuro. La primera ley que Dios dio jamás al hombre fue una ley de pura obediencia; fue un mandamiento desnudo y simple en el que el hombre no tenía nada que conocer y argumentar, puesto que obedecer es el propio oficio de un alma racional que reconoce a un ser celeste, superior y bienhechor. Del obedecer y ceder nace toda otra virtud, como del presumir todo pecado. Y al contrario, la primera tentación que vino a la naturaleza humana de parte del diablo, su primer veneno, se insinuó en nosotros mediante las promesas que nos hizo de ciencia y de conocimiento: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal». Y las sirenas, para engañar a Ulises en Homero y atraerlo a sus peligrosos y ruinosos lazos, le ofrecen como don la ciencia. La peste del hombre es la opinión de saber. Por eso la ignorancia nos es tan recomendada por nuestra religión, como pieza propia para la creencia y la obediencia. «Cuidado, no sea que alguien os engañe mediante la filosofía y vanas seducciones, según los elementos del mundo». En esto hay un acuerdo general entre todos los filósofos de todas las sectas: que el bien supremo consiste en la tranquilidad del alma y del cuerpo. Pero ¿dónde la encontramos? «En suma, el sabio es inferior solo a Júpiter: rico, libre, honrado, hermoso, rey en fin de reyes; sobre todo sano, salvo cuando lo molesta el catarro».
Parece en verdad que la naturaleza, para consuelo de nuestro estado miserable y mezquino, no nos ha dado en suerte más que la presunción. Es lo que dice Epicteto, que el hombre no tiene nada propiamente suyo salvo el uso de sus opiniones. Solo tenemos viento y humo en suerte. Los dioses tienen la salud en esencia, dice la filosofía, y la enfermedad en inteligencia: el hombre, al revés, posee sus bienes por fantasía, los males en esencia. Hemos tenido razón al hacer valer las fuerzas de nuestra imaginación: porque todos nuestros bienes no son más que un sueño. Oíd jactarse a este pobre y calamitoso animal. No hay nada, dice Cicerón, tan dulce como la ocupación de las letras: de esas letras, digo, por medio de las cuales la infinidad de las cosas, la inmensa grandeza de la naturaleza, los cielos en este mismo mundo, y las tierras, y los mares nos son descubiertos: son ellas las que nos han enseñado la religión, la moderación, la grandeza de ánimo: y las que han arrancado nuestra alma de las tinieblas, para hacerle ver todas las cosas altas, bajas, primeras, últimas y medias: son ellas las que nos proveen de lo necesario para vivir bien y felizmente, y nos guían a pasar nuestra edad sin disgusto y sin ofensa. ¿No parece este hablar de la condición de Dios todopoderoso y vivo? Y en cuanto al resultado, mil mujercillas han vivido en la aldea una vida más equilibrada, más dulce y más constante que la suya.
Él fue un dios, ilustre Memmio, él, que primero descubrió el principio de esta vida, que ahora se llama sabiduría, y que por su arte sacó la vida de tantas olas y de tantas tinieblas, para colocarla en una luz tan tranquila y tan clara.
He aquí palabras muy magníficas y hermosas: pero un accidente bien ligero puso el entendimiento de este en peor estado que el del más humilde pastor: a pesar de ese dios preceptor y de esa divina sabiduría. De la misma desvergüenza es esta promesa del libro de Demócrito: Voy a hablar de todas las cosas. Y ese necio título que Aristóteles nos atribuye, de dioses mortales: y ese juicio de Crisipo, que Dión era tan virtuoso como Dios. Y mi Séneca reconoce, dice él, que Dios le ha dado el vivir: pero que tiene de sí mismo el bien vivir. Conforme a esta otra sentencia: Verdaderamente nos gloriamos en la virtud: lo que no ocurriría si ese don lo tuviéramos de Dios y no de nosotros. Esto también es de Séneca: Que el sabio tiene una fortaleza igual a Dios: pero en la debilidad humana, en la que lo supera. No hay nada tan corriente como encontrar rasgos de semejante temeridad. No hay ninguno de nosotros que se ofenda tanto de verse igualado a Dios como de verse rebajado al rango de los demás animales: tan celosos somos de nuestro interés más que del de nuestro creador. Pero hay que pisotear esta necia vanidad y sacudir vigorosa y audazmente los ridículos fundamentos sobre los que estas falsas opiniones se construyen.
Mientras piense que tiene algún medio y alguna fuerza por sí mismo, jamás el hombre reconocerá lo que debe a su amo: siempre hará de sus huevos gallinas, como se dice: hay que dejarlo en camisa. Veamos algún ejemplo notable del efecto de su filosofía. Posidonio, aquejado por una enfermedad tan dolorosa que le hacía retorcer los brazos y rechinar los dientes, creía hacer un gesto de burla al dolor al gritar contra él: Por más que hagas, no diré que seas un mal. Siente las mismas pasiones que mi criado, pero se jacta de que al menos contiene su lengua bajo las leyes de su secta. No debía sucumbir a la cosa quien se jactaba con palabras. Arcesilao, enfermo de gota, recibió la visita de Carnéades, que se iba muy afligido: lo llamó de vuelta y, mostrándole sus pies y su pecho, le dijo: Nada ha venido de ahí hasta aquí. Este tiene un poco mejor gracia: porque siente que tiene mal y querría verse libre de él. Pero de ese mal, sin embargo, su corazón no está abatido ni debilitado. El otro se mantiene en su rigidez, más, me temo, verbal que esencial. Y Dionisio Heracleotes, afligido por un ardor vehemente en los ojos, se vio obligado a abandonar esas resoluciones estoicas. Pero aunque la ciencia hiciera en efecto lo que dicen, embotar y rebajar el rigor de las desgracias que nos persiguen, ¿qué hace que no haga mucho más puramente la ignorancia y más evidentemente?
El filósofo Pirrón, corriendo en el mar el peligro de una gran tormenta, solo presentaba a quienes estaban con él para imitar la seguridad de un cerdo que viajaba con ellos, mirando esa tempestad sin temor. La filosofía, al final de sus preceptos, nos remite a los ejemplos de un atleta y de un mulero: en quienes se ve ordinariamente mucho menos sentimiento de muerte, de dolores y de otros inconvenientes, y más firmeza, que la que la ciencia jamás ha proporcionado a nadie que no hubiera nacido y preparado para ello por sí mismo mediante hábito natural. ¿Qué hace que se incida y se corten los tiernos miembros de un niño y los de un caballo más fácilmente que los nuestros, sino la ignorancia? ¿A cuántos ha enfermado la sola fuerza de la imaginación? Los vemos ordinariamente hacerse sangrar, purgar y medicar para curar males que solo sienten en su discurso. Cuando los verdaderos males nos faltan, la ciencia nos presta los suyos: este color y este aspecto te presagian algún flujo catarral: esta estación cálida te amenaza con una emoción febril: esta rotura de la línea vital de tu mano izquierda te advierte de alguna notable y cercana indisposición. Y al final se dirige completamente desnuda a la salud misma. Esta alegría y vigor de juventud no puede permanecer en un estado: hay que robarle sangre y fuerza, no sea que se vuelva contra ti mismo.
Compara la vida de un hombre sometido a tales imaginaciones con la de un labrador que se deja llevar por su apetito natural, midiendo las cosas solo por el sentimiento presente, sin ciencia y sin pronóstico, que solo tiene mal cuando lo tiene: mientras que el otro tiene a menudo la piedra en el alma antes de tenerla en los riñones: como si no fuera bastante pronto sufrir el mal cuando llegue, lo anticipa por fantasía y corre a su encuentro. Lo que digo de la medicina puede aplicarse como ejemplo general a toda ciencia. De ahí vino esa antigua opinión de los filósofos, que situaban el bien supremo en el reconocimiento de la debilidad de nuestro juicio. Mi ignorancia me da tanta ocasión de esperanza como de temor y, no teniendo otra regla de mi salud que la de los ejemplos de otros y de los acontecimientos que veo en otra parte en ocasión semejante, encuentro de todas clases: y me detengo en las comparaciones que me son más favorables. Recibo la salud con los brazos abiertos, libre, plena y entera: y aguzo mi apetito para gozarla, tanto más cuanto que me es ahora menos ordinaria y más rara, lejos de turbar su reposo y su dulzura con la amargura de una nueva y forzada forma de vivir.
Los animales nos muestran suficientemente cuántas enfermedades nos ocasiona la agitación de nuestro espíritu. Lo que se nos dice de los habitantes del Brasil, que no morían sino de vejez, se atribuye a la serenidad y tranquilidad de su aire; yo lo atribuyo más bien a la tranquilidad y serenidad de su alma, descargada de toda pasión, pensamiento y ocupación tensa o desagradable: como gentes que pasaban su vida en una admirable simplicidad e ignorancia, sin letras, sin ley, sin rey, sin religión alguna. ¿Y de dónde viene que se compruebe por experiencia que los más toscos y más torpes son más firmes y más deseables en las ejecuciones amorosas, y que el amor de un mulero se vuelve a menudo más aceptable que el de un galán? ¿No es porque en este último la agitación del alma perturba su fuerza corporal, la quiebra y la cansa, como también se cansa y perturba ordinariamente a sí misma? ¿Qué la desquicia, qué la arroja más habitualmente a la manía, sino su prontitud, su agudeza, su agilidad, y en fin su propia fuerza? ¿De qué se hace la más sutil locura sino de la más sutil sabiduría? Como de las grandes amistades nacen las grandes enemistades, de las saludes vigorosas las mortales enfermedades: así de las raras y vívidas agitaciones de nuestras almas, las más excelentes manías, y las más desquiciadas; no hay más que medio giro de clavija para pasar de una a otra.
En las acciones de los hombres insensatos, vemos cuán propiamente se aviene la locura con las más vigorosas operaciones de nuestra alma. Quién no sabe cuán imperceptible es la vecindad entre la locura y las gallardas elevaciones de un espíritu libre, y los efectos de una virtud suprema y extraordinaria. Platón dice que los melancólicos son más disciplinables y excelentes: así, no hay ninguno que tenga tanta propensión a la locura. Infinitos espíritus se encuentran arruinados por su propia fuerza y flexibilidad. ¡Qué salto acaba de dar por su propia agitación y alegría, uno de los más juiciosos, ingeniosos y más formados en el aire de esta antigua y pura poesía, que ningún otro poeta italiano haya sido desde hace mucho tiempo! ¿No tiene de qué agradecer a esta su vivacidad asesina? ¿A esta claridad que lo ha cegado? ¿A esta exacta y tensa aprehensión de la razón, que lo ha dejado sin razón? ¿A la curiosa y laboriosa búsqueda de las ciencias, que lo ha conducido a la bestialidad? ¿A esta rara aptitud para los ejercicios del alma, que lo ha dejado sin ejercicio y sin alma? Tuve más despecho aún que compasión, al verlo en Ferrara en tan lastimoso estado sobreviviéndose a sí mismo, desconociendo tanto a sí como sus obras; las cuales sin su conocimiento, y sin embargo a su vista, han sido puestas a la luz incorrectas e informes.
¿Queréis un hombre sano, lo queréis regulado, y en firme y segura postura? Revestidlo de tinieblas, de ociosidad y de pesadez. Necesitamos embrutecernos para volvernos sabios, y deslumbrarnos para guiarnos. Y si se me dice que la comodidad de tener el apetito frío y embotado ante los dolores y los males, acarrea después el inconveniente de volvernos también por consiguiente menos agudos y ávidos para el disfrute de los bienes y de los placeres: eso es cierto; pero la miseria de nuestra condición lleva consigo que no tengamos tanto que disfrutar como que huir, y que la extrema voluptuosidad no nos conmueva como un leve dolor: «Los hombres sienten menos los bienes que los males»: no sentimos la entera salud como la menor de las enfermedades:
«Apenas una leve herida en la superficie de la piel punza el cuerpo, cuando el estar bien no conmueve a nadie. Esto solo place, que no me atormenta el costado o el pie: por lo demás, apenas alguien puede sentirse sano o con fuerzas».
Nuestro bienestar no es sino la privación de estar mal. He ahí por qué la secta de filosofía que más ha hecho valer la voluptuosidad, aun así la ha reducido a la sola indolencia. No tener ningún mal es el mayor bien que el hombre puede esperar, como decía Ennio:
«Es demasiado bueno aquel para quien no hay nada malo». Pues ese mismo cosquilleo y aguzamiento que se encuentra en ciertos placeres, y parece elevarnos por encima de la simple salud y de la indolencia; esa voluptuosidad activa, moviente, y no sé cómo picante y mordiente, esa misma no apunta sino a la indolencia, como a su meta. El apetito que nos arrebata hacia el trato con las mujeres no busca sino expulsar el dolor que nos ocasiona el deseo ardiente y furioso, y no pide sino aplacarse y alojarse en el reposo, y en la exención de esa fiebre. Así con los demás. Digo pues que si la simplicidad nos encamina a no tener ningún mal, nos encamina a un estado muy feliz según nuestra condición. Mas no hay que imaginarla tan plomiza que esté del todo sin sentimiento. Pues Crantor tenía buena razón al combatir la indolencia de Epicuro, si se la construía tan profunda que hasta el nacimiento mismo de los males fuera rechazable. No alabo esa indolencia que no es ni posible ni deseable. Me contento con no estar enfermo, pero si lo estoy, quiero saber que lo estoy, y si me cauterizan o inciden, quiero sentirlo. En verdad, quien desarraigara el conocimiento del mal, extirparía al mismo tiempo el conocimiento de la voluptuosidad, y al fin aniquilaría al hombre.
«Ese no sentir dolor no ocurre sino al gran precio de la inhumanidad en el alma, del estupor en el cuerpo». El mal le viene muy bien al hombre a su vez. Ni el dolor es siempre de huir para él, ni la voluptuosidad siempre de seguir. Es una muy grande ventaja para el honor de la ignorancia que la ciencia misma nos arroje entre sus brazos, cuando se encuentra impedida para fortalecernos contra el peso de los males: está obligada a llegar a esta componenda, de soltarnos la brida y darnos licencia para refugiarnos en su regazo, y ponernos bajo su favor al abrigo de los golpes e injurias de la fortuna. Pues ¿qué quiere decir otra cosa, cuando nos predica que apartemos nuestro pensamiento de los males que nos afligen, y lo entretenga con las voluptuosidades perdidas; y que nos sirvamos para consuelo de los males presentes, del recuerdo de los bienes pasados, y llamemos en nuestro socorro un contento desvanecido, para oponerlo a lo que nos apremia? «Pone los alivios de las aflicciones en la distracción de pensar en la molestia, y en el recuerdo de contemplar las voluptuosidades», si no es que donde le falta la fuerza, quiere usar de astucia, y dar un giro de flexibilidad y de pierna, donde le viene a faltar el vigor del cuerpo y de los brazos.
Pues no solo a un filósofo, sino simplemente a un hombre sensato, cuando siente por efecto la alteración ardiente de una fiebre caliente, ¿qué moneda es pagarle con el recuerdo de la dulzura del vino griego? Sería más bien empeorarle el trato, «Que recordar el bien duplica la pena». De la misma condición es este otro consejo que da la filosofía: de mantener en la memoria solamente la felicidad pasada, y borrar de ella los disgustos que hemos sufrido; como si tuviéramos en nuestro poder la ciencia del olvido: y consejo del cual valemos todavía menos una vez más.
«Dulce es la memoria de los trabajos pasados». ¿Cómo? ¿La filosofía que debe ponerme las armas en la mano para combatir la fortuna, que debe fortalecer mi valor para pisotear todas las adversidades humanas, viene a esta molicie de hacerme escabullirme por estos rodeos cobardes y ridículos? Pues la memoria nos representa, no lo que elegimos, sino lo que le place. Por cierto, no hay nada que imprima tan vivamente algo en nuestro recuerdo como el deseo de olvidarlo. Es una buena manera de dar en custodia, y de imprimir en nuestra alma algo, el solicitarla para que lo pierda. Y esto es falso: «Está en nosotros el sepultar como en perpetuo olvido las adversidades, y recordar las prosperidades grata y dulcemente». Y esto es verdad: «Recuerdo incluso lo que no quiero: olvidar no puedo lo que quiero». ¿Y de quién es este consejo? De aquel que «solo osó proclamarse sabio»:
«Que superó al género humano en ingenio, y eclipsó a todas las estrellas, como el sol etéreo al surgir».
Vaciar y desproveer la memoria, ¿no es el camino verdadero y propio hacia la ignorancia?
«Remedio inerte de los males es la ignorancia». Vemos muchos preceptos parecidos, mediante los cuales se nos permite tomar prestado del vulgo apariencias frívolas, donde la razón viva y fuerte no puede proveer suficientemente, con tal de que nos sirvan de contentamiento y de consuelo. Donde no pueden curar la llaga, se contentan con adormecerla y paliarla. Creo que no me negarán esto, que si pudieran añadir orden y constancia a un estado de vida que se mantuviera en placer y en tranquilidad mediante alguna flaqueza y enfermedad de juicio, no lo aceptarían:
Comenzaré a beber y a esparcir flores, y sufriré que se me tenga incluso por imprudente.
Varios filósofos estarían de acuerdo con Licas. Este, teniendo por lo demás sus costumbres bien ordenadas, viviendo apacible y tranquilamente en su familia, sin faltar a ninguna obligación de su deber para con los suyos y los extraños, cuidándose muy bien de las cosas perjudiciales, se había grabado en el cerebro, por alguna alteración de los sentidos, una fantasía. Pensaba que estaba perpetuamente en los teatros viendo pasatiempos, espectáculos y las más hermosas comedias del mundo. Curado que fue por los médicos de este humor pecante, por poco no los demanda judicialmente por haberlo devuelto a la dulzura de sus imaginaciones.
¡Por Pólux! Me habéis matado, amigos, no me habéis salvado, dice; a quien así se le arrancó el placer y se le quitó por fuerza el error más grato de su mente.
De una fantasía semejante a la de Trasílao, hijo de Pitodoro, que se creía que todos los navíos que salían del puerto de Pireo y llegaban a él solo trabajaban para su servicio; se regocijaba con la buena fortuna de su navegación y los acogía con alegría. Su hermano Crito, habiéndolo hecho recobrar su mejor juicio, echaba de menos aquella condición en la que había vivido en gozo y libre de todo disgusto. Es lo que dice aquel antiguo verso griego, que hay mucha comodidad en no ser tan sagaz:
'Εν τῶ φρονεῖν γὰρ μηδεν ἥδιοτος βίος. Y el Eclesiastés: En mucha sabiduría, mucho disgusto; y: Quien adquiere ciencia, se adquiere trabajo y tormento.
Eso mismo en lo que la filosofía consiente en general, aquel último remedio que ordena para toda clase de necesidades, que es poner fin a la vida que no podemos soportar: Placet? pare. Non placet? quacumque vis exi. Pungit dolor? vel fodiat sane? si nudus es, da iugulum: sin tectus armis Vulcanijs, id est fortitudine, resiste: y aquella frase de los comensales griegos que le aplican, Aut bibat, aut abeat: que suena más adecuadamente en la lengua de un gascón que en la de Cicerón, quien cambia voluntariamente la B por la V:
Si no sabes vivir rectamente, cede el paso a los que saben. Bastante has jugado, comido y bebido: es tiempo de que te vayas, no sea que, habiendo bebido más de la cuenta, te ridiculice y te golpee una edad lasciva con más decoro.
¿qué es eso sino una confesión de su impotencia, y un envío, no solo a la ignorancia para estar a cubierto, sino también a la estupidez, al no sentir y al no ser?
Después de que la vejez madura advirtió a Demócrito que los movimientos de su mente languidecían: por voluntad propia ofreció su cabeza a la muerte que le salía al encuentro.
Es lo que decía Antístenes, que había que hacer provisión o de juicio para entender, o de soga para ahorcarse; y lo que Crisipo alegaba a este propósito del poeta Tirteo,
De la virtud, o de la muerte acercarse. Y Crates decía que el amor se curaba con el hambre, si no con el tiempo; y a quien estos dos medios no le agradaran, con la soga. Aquel Sextio, del que Séneca y Plutarco hablan con tan gran recomendación, habiéndose lanzado, abandonándolo todo, al estudio de la filosofía, deliberó precipitarse al mar, viendo el progreso de sus estudios demasiado tardío y demasiado largo. Corría hacia la muerte, a falta de la ciencia. Estas son las palabras de la ley sobre este asunto: Si por ventura sobreviene algún gran inconveniente que no pueda remediarse, el puerto está cerca; y se puede salvar a nado, fuera del cuerpo, como fuera de un esquife que hace agua; porque es el miedo a morir, no el deseo de vivir, lo que tiene al necio atado al cuerpo.
Como la vida se vuelve por la simplicidad más placentera, también se vuelve más inocente y mejor, como empezaba hace poco a decir. Los simples, dice San Pablo, y los ignorantes se elevan y se apoderan del cielo; y nosotros, con todo nuestro saber, nos hundimos en los abismos infernales. No me detengo ni en Valentiniano, enemigo declarado de la ciencia y las letras, ni en Licinio, ambos emperadores romanos, que las llamaban veneno y peste de todo estado político; ni en Mahoma, quien, según he oído, prohibió la ciencia a sus hombres: pero el ejemplo de aquel gran Licurgo y su autoridad deben ciertamente tener gran peso, y la reverencia de aquella divina política lacedemonia, tan grande, tan admirable y durante tanto tiempo floreciente en virtud y en prosperidad, sin ninguna institución ni ejercicio de letras.
Los que regresan de ese mundo nuevo que fue descubierto en tiempos de nuestros padres, por los españoles, pueden testimoniarnos cuánto esas naciones, sin magistrado y sin ley, viven más legítimamente y de forma más ordenada que las nuestras, donde hay más oficiales y leyes de las que hay otros hombres, y de las que hay acciones.
Llenos de citaciones y libelos, de exámenes y papeles, de procuraciones tienen las manos y el pecho, y grandes fajos de glosas, consejos y lecturas, por los cuales las haciendas de los pobrecillos nunca están seguras en las ciudades; tienen detrás y delante y a ambos lados, notarios, procuradores y abogados.
Era lo que decía un senador romano de los últimos siglos, que sus predecesores tenían el aliento apestando a ajo y el estómago perfumado de buena conciencia; y que, al contrario, los de su tiempo no olían por fuera más que a perfume, apestando por dentro a toda clase de vicios: es decir, según pienso, que tenían mucho saber y suficiencia, y gran falta de honradez. La incivilidad, la ignorancia, la sencillez, la rudeza se acompañan voluntariamente de la inocencia; la curiosidad, la sutileza, el saber arrastran la malicia tras ellas; la humildad, el temor, la obediencia
la bondad, que son las piezas principales para la conservación de la sociedad humana, exigen un alma vacía, dócil y que presuma poco de sí misma. Los cristianos tienen un conocimiento particular de hasta qué punto la curiosidad es un mal natural y original en el hombre. El afán de aumentar en sabiduría y en ciencia fue la primera ruina del género humano; es el camino por el que se precipitó a la condenación eterna. El orgullo es su perdición y su corrupción: es el orgullo el que aparta al hombre de los caminos comunes, el que le hace abrazar las novedades, y prefiere ser cabeza de una tropa errante y descarriada, en el sendero de perdición, prefiere ser director y preceptor del error y de la mentira, antes que ser discípulo en la escuela de la verdad, dejándose llevar y conducir por la mano de otro, por el camino trillado y recto. Esto es quizá lo que dice aquel antiguo dicho griego, que la superstición sigue al orgullo, y le obedece como a su padre: ἡ δεισιδαιμονια χαταπερ πατρι τω τυφω πειτεται. ¡Oh presunción, cuánto nos estorbas! Después de que Sócrates fue advertido de que el Dios de sabiduría le había atribuido el nombre de Sabio, quedó asombrado: y buscándose y examinándose por todas partes, no hallaba ningún fundamento para esta divina sentencia. Conocía a personas justas, moderadas, valientes, sabias como él: y más elocuentes, y más hermosas, y más útiles al país. Al final se resolvió que no se distinguía de los demás, y no era sabio sino porque no se tenía por tal: y que su Dios estimaba como especial necedad del hombre la opinión de ciencia y de sabiduría, y que su mejor doctrina era la doctrina de la ignorancia, y la simplicidad su mejor sabiduría. La santa Palabra declara miserables a aquellos de nosotros que se estiman: Barro y ceniza, les dice, ¿de qué tienes que gloriarte? Y en otro lugar, Dios ha hecho al hombre semejante a la sombra, de la cual ¿quién juzgará, cuando por el alejamiento de la luz se haya desvanecido? No somos nada.
Tan lejos está que nuestras fuerzas conciban la altura divina, que de las obras de nuestro creador, aquellas llevan mejor su marca, y son más suyas, las que menos entendemos. Para los cristianos es una ocasión de creer, encontrar una cosa increíble. Es tanto más según razón, cuanto más va contra la razón humana. Si fuese según razón, ya no sería milagro; y si fuese según algún ejemplo, ya no sería cosa singular. Melius scitur Deus nesciendo, dice san Agustín. Y Tácito, Sanctius est ac reuerentius de actis Deorum credere quàm scire. Y Platón estima que hay algún vicio de impiedad en indagar demasiado curiosamente sobre Dios, y sobre el mundo, y sobre las causas primeras de las cosas. Atque illum quidem parentem huius vniuersitatis inuenire difficile: et, quum iam inueneris, indicare in vulgus, nefas, dice Cicerón. Decimos bien poder, verdad, justicia: son palabras que significan algo grande: pero esa cosa, no la vemos en absoluto, ni la concebimos. Decimos que Dios teme, que Dios se encoleriza, que Dios ama. Immortalia mortali sermone notantes. Son todas agitaciones y emociones, que no pueden alojarse en Dios según nuestra forma, ni podemos imaginarlo según la suya: sólo a Dios le toca conocerse e interpretar sus obras: y lo hace en nuestro lenguaje, impropiamente, para rebajarse y descender hasta nosotros, que estamos tendidos en tierra. La prudencia, ¿cómo puede convenirle, ella que es la elección entre el bien y el mal: dado que ningún mal le alcanza? ¿Y qué de la razón y la inteligencia, de las cuales nos servimos para llegar de las cosas oscuras a las aparentes: dado que no hay nada oscuro para Dios? La justicia, que distribuye a cada uno lo que le pertenece, engendrada para la sociedad y comunidad de los hombres, ¿cómo está en Dios? La templanza, ¿cómo? que es la moderación de las voluptuosidades corporales, que no tienen ningún lugar en la divinidad. La fortaleza para soportar el dolor, el trabajo, los peligros, le pertenece también poco: estas tres cosas no teniendo ningún acceso cerca de él. Por eso Aristóteles lo considera igualmente exento de virtud y de vicio. Neque gratia neque ira teneri potest, quod que talia essent, imbecilla essent omnia.
La participación que tenemos en el conocimiento de la verdad, cualquiera que sea, no es por nuestras propias fuerzas como la hemos adquirido. Dios nos lo ha enseñado suficientemente por los testigos que ha escogido del vulgo, simples e ignorantes, para instruirnos de sus admirables secretos. Nuestra fe no es conquista nuestra, es un puro presente de la liberalidad de otro. No es por razonamiento o por nuestro entendimiento como hemos recibido nuestra religión, es por autoridad y por mandamiento ajeno. La debilidad de nuestro juicio nos ayuda más que la fuerza, y nuestra ceguera más que nuestra clarividencia. Es por medio de nuestra ignorancia, más que de nuestra ciencia, como somos sabios de saber divino. No es maravilla, si nuestros medios naturales y terrestres no pueden concebir este conocimiento sobrenatural y celeste: aportemos sólo lo nuestro, la obediencia y la sujeción: pues como está escrito; destruiré la sapiencia de los sabios, y abatiré la prudencia de los prudentes. ¿Dónde está el sabio? ¿dónde está el escribano? ¿dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha envilecido Dios la sapiencia de este mundo? Pues ya que el mundo no ha conocido a Dios por sapiencia, le plugo por la vanidad de la predicación, salvar a los creyentes.
Debo ver en fin, si está en el poder del hombre encontrar lo que busca: y si esta búsqueda, que ha empleado desde hace tantos siglos, lo ha enriquecido con alguna nueva fuerza, y con alguna verdad sólida. Creo que me confesará, si habla en conciencia, que toda la ganancia que ha sacado de una persecución tan larga, es haber aprendido a reconocer su debilidad. La ignorancia que estaba naturalmente en nosotros, la hemos confirmado y verificado por largo estudio. Ha sucedido a las personas verdaderamente sabias, lo que sucede a las espigas de trigo: van elevándose y alzando la cabeza derecha y altiva, mientras están vacías; pero cuando están llenas y engrosadas de grano en su madurez, empiezan a humillarse y bajar los cuernos. Igualmente los hombres, habiendo probado todo, sondeado todo, y no habiendo encontrado en este cúmulo de ciencia y provisión de tantas cosas diversas, nada macizo y firme, y nada sino vanidad, han renunciado a su presunción, y reconocido su condición natural. Es esto lo que Veleyo reprocha a Cota, y a Cicerón, que han aprendido de Filón, no haber aprendido nada. Ferécides, uno de los siete sabios, escribiendo a Tales, como expiraba, he ordenado, dice, a los míos, después de que me hayan enterrado, llevarte unos escritos. Si contentan tanto a ti como a los otros sabios, publícalos; si no, suprímelos. No contienen ninguna certeza que me satisfaga a mí mismo. Tampoco hago yo profesión de saber la verdad, ni de alcanzarla. Abro las cosas más de lo que las descubro. El hombre más sabio que hubo nunca, cuando le preguntaron qué sabía, respondió que sabía esto, que no sabía nada. Verificaba lo que se dice, que la mayor parte de lo que sabemos, es la menor de las que ignoramos, es decir, que eso mismo que pensamos saber, es una pieza, y bien pequeña, de nuestra ignorancia.
Sabemos las cosas en sueño, dice Platón, y las ignoramos en verdad. Omnes penè veteres, nihil cognosci, nihil percipi, nihil sciri posse dixerunt; angustos sensus, imbecilles animos, breuia curricula citæ. Cicerón mismo, que debía al saber todo su valer, dice Valerio que, en su vejez, comenzó a desestimar las letras. Y mientras las trataba, era sin obligación de ningún partido: siguiendo lo que le parecía probable, unas veces en una secta, otras veces en otra: manteniéndose siempre bajo la duda de la Academia. Dicendum est, sed ita vt nihil affirmem: quæram omnia, dubitans plerumque et mihi diffidens.
Tendría demasiado fácil juego, si quisiera considerar al hombre en su manera común y en general: y lo podría hacer no obstante por su propia regla; que juzga la verdad no por el peso de las voces, sino por el número. Dejemos ahí al pueblo,
Quien despierto ronca, cuya vida es casi muerte ya estando vivo y viendo,
que no se siente a sí mismo, que no se juzga, que deja ociosas la mayor parte de sus facultades naturales. Quiero considerar al hombre en su más alta posición. Considerémoslo en ese pequeño número de hombres excelentes y escogidos que, habiendo sido dotados de una hermosa y particular fuerza natural, la han fortalecido y aguzado aún más mediante el cuidado, el estudio y el arte, y la han elevado hasta el punto más alto de sabiduría al que puede llegar. Han manejado su alma en todos los sentidos y desde todos los ángulos, la han apoyado y apuntalado con toda la ayuda externa que le ha sido apropiada, y la han enriquecido y adornado con todo lo que han podido tomar prestado para su provecho, del interior y del exterior del mundo: en ellos reside la altura extrema de la naturaleza humana. Han regulado el mundo con sistemas políticos y leyes. Lo han instruido mediante artes y ciencias, y lo han instruido también con el ejemplo de sus costumbres admirables. Solo tomaré en cuenta a esas personas, su testimonio y su experiencia. Veamos hasta dónde han llegado y a qué se han atenido. Las enfermedades y los defectos que encontremos en ese colegio, el mundo podrá atrevidamente reconocerlos como propios.
Quienquiera que busque algo llega a este punto: o dice que lo ha encontrado, o que no puede encontrarse, o que todavía lo está buscando. Toda la filosofía se divide en estos tres tipos. Su propósito es buscar la verdad, la ciencia y la certeza. Los peripatéticos, epicúreos, estoicos y otros han pensado haberla encontrado. Estos han establecido las ciencias que tenemos, y las han tratado como conocimientos ciertos. Clitómaco, Carnéades y los académicos han desesperado de su búsqueda, y han juzgado que la verdad no puede ser concebida por nuestros medios. El fin de estos es la debilidad y la ignorancia humana. Este partido ha tenido el mayor séquito y los seguidores más nobles. Pirrón y otros escépticos o epequistas, de quienes varios antiguos sostuvieron que sus dogmas procedían de Homero, de los siete sabios y de Arquíloco y de Eurípides, y les asocian a Zenón, Demócrito, Jenófanes, dicen que todavía están en busca de la verdad. Estos juzgan que aquellos que piensan haberla encontrado se engañan infinitamente, y que hay todavía una vanidad demasiado audaz en ese segundo grado que asegura que las fuerzas humanas no son capaces de alcanzarla. Pues eso de establecer la medida de nuestro poder, de conocer y juzgar la dificultad de las cosas, es una ciencia grande y extrema, de la cual dudan que el hombre sea capaz.
Quien piensa que nada se puede saber, tampoco sabe eso, si se puede saber aquello de lo que confiesa no saber nada.
La ignorancia que se conoce, que se juzga y que se condena, no es una ignorancia completa. Para serlo, debe ignorarse a sí misma. De modo que la profesión de los pirrónicos consiste en vacilar, dudar e indagar, sin asegurarse de nada, sin responder de nada. De las tres acciones del alma, la imaginativa, la apetitiva y la que consiente, aceptan las dos primeras: la última la sostienen y la mantienen ambigua, sin inclinación ni aprobación hacia una parte u otra, por ligera que sea. Zenón representaba con un gesto su idea sobre esta división de las facultades del alma. La mano abierta y extendida era la apariencia; la mano a medio cerrar, con los dedos un poco curvados, el consentimiento; el puño cerrado, la comprensión; cuando con la mano izquierda venía a cerrar aún más ese puño, la ciencia. Ahora bien, esta postura de su juicio recta e inflexible, que recibe todos los objetos sin aplicación ni consentimiento, los encamina hacia su ataraxia; que es una condición de vida apacible, sosegada, exenta de las agitaciones que recibimos por la impresión de la opinión y el conocimiento que creemos tener de las cosas. De donde nacen el miedo, la avaricia, la envidia, los deseos desmesurados, la ambición, el orgullo, la superstición, el amor por la novedad, la rebelión, la desobediencia, la obstinación y la mayor parte de los males corporales.
Más aún, se eximen por ello de los celos de su disciplina. Pues debaten de una manera muy suave. No temen la réplica en su disputa. Cuando dicen que lo pesado va hacia abajo, les disgustaría mucho que se les creyese; y buscan que se les contradiga, para engendrar la duda y la suspensión del juicio, que es su fin. No presentan sus proposiciones más que para combatir aquellas que piensan que tenemos en nuestra creencia. Si aceptas la suya, también aceptarán de buen grado la contraria para sostenerla: todo les da igual, no tienen ninguna preferencia. Si estableces que la nieve es negra, argumentarán al contrario que es blanca. Si dices que no es ni una cosa ni otra, les toca a ellos sostener que es ambas. Si mediante un juicio cierto sostienes que no sabes nada de ello, te sostendrán que lo sabes. Sí, e incluso si mediante un axioma afirmativo aseguras que dudas de ello, irán a debatirte que no dudas; o que no puedes juzgar y establecer que dudas. Y mediante esta extrema duda, que se sacude a sí misma, se separan y se distancian de muchas opiniones, incluso de aquellas que han sostenido de diversas maneras la duda y la ignorancia. ¿Por qué no se les permitirá, dicen, como ocurre entre los dogmáticos, que uno diga verde, otro amarillo, a ellos también dudar?
¿Hay algo que se os pueda proponer para aceptarlo o rechazarlo, que no sea lícito considerar como ambiguo? Y cuando los otros son llevados, ya sea por la costumbre de su país, o por la educación de los padres, o por casualidad, como por una tempestad, sin juicio y sin elección, es más, la mayoría de las veces antes de la edad de discreción, a tal o cual opinión, a la secta estoica o epicúrea, a la que se encuentran hipotecados, sometidos y pegados, como a una presa de la que no pueden desprenderse: «a cualquier doctrina que, como por una tempestad, han sido arrastrados, a ella, como a una roca, se adhieren»; ¿por qué a estos no se les concederá igualmente mantener su libertad y considerar las cosas sin obligación ni servidumbre? «Más libres y más sueltos, porque tienen íntegro su poder de juzgar». ¿No es alguna ventaja encontrarse desligado de la necesidad que frena a los demás? ¿No vale más permanecer en suspenso que enredarse en tantos errores como ha producido la fantasía humana? ¿No vale más suspender tu persuasión que mezclarse en estas divisiones sediciosas y pendencieras? «¿Qué iré a elegir?» «Lo que te plazca, con tal de que elijas». He aquí una respuesta tonta, a la cual, sin embargo, parece que llega todo el dogmatismo, por el que no se nos permite ignorar lo que ignoramos.
Toma el partido más famoso, nunca será tan seguro que no debas, para defenderlo, atacar y combatir cien y cien partidos contrarios. ¿No vale más mantenerse fuera de esta pelea? Se te permite adoptar como tu honor y tu vida la creencia de Aristóteles sobre la eternidad del alma, y desdecir y desmentir a Platón al respecto, ¿y a ellos les estará prohibido dudar de ello? Si le está permitido a Panecio sostener su juicio acerca de los arúspices, sueños, oráculos, vaticinios, cosas de las cuales los estoicos no dudan en absoluto, ¿por qué un sabio no osará en todas las cosas lo que este osa en aquellas que ha aprendido de sus maestros, establecidas por el consentimiento común de la escuela de la cual es sectario y profesor? Si es un niño quien juzga, no sabe lo que hace; si es un sabio, está predispuesto.
Se han reservado una maravillosa ventaja en el combate, al haberse descargado del cuidado de cubrirse. No les importa que se les golpee, con tal de que ellos golpeen; y hacen su labor con todo. Si vencen, tu proposición cojea; si tú, la suya. Si fallan, verifican la ignorancia; si fallas tú, la verificas. Si prueban que nada se sabe, va bien; si no saben probarlo, está bien igualmente: «Cuando en la misma cosa se encuentran argumentos iguales en ambas partes contrarias, más fácilmente se suspende la afirmación por una y otra parte». Y pretenden encontrar mucho más fácilmente por qué una cosa es falsa, que por qué es verdadera; y lo que no es, que lo que es; y lo que no creen, que lo que creen. Sus maneras de hablar son: «No establezco nada. No es más así que asá, o ni lo uno ni lo otro. No lo comprendo. Las apariencias son iguales por todas partes. La ley de hablar, a favor y en contra, es la misma. Nada parece verdadero que no pueda parecer falso». Su palabra sacramental es ἐπέχω, es decir, «me abstengo, no me muevo». He ahí sus estribillos, y otros de parecida sustancia. Su efecto es una pura, completa y muy perfecta suspensión del juicio. Se sirven de su razón para indagar y para debatir, pero no para decidir y elegir. Quienquiera que imagine una perpetua confesión de ignorancia, un juicio sin inclinación y sin propensión, sea cual sea la ocasión, concebirá el pirronismo. Expreso esta idea tanto como puedo, porque muchos la encuentran difícil de concebir; y los propios autores la representan un poco oscuramente y de manera diversa.
En cuanto a las acciones de la vida, son en eso de la manera común. Se prestan y acomodan a las inclinaciones naturales, al impulso y la presión de las pasiones, a las constituciones de las leyes y las costumbres, y a la tradición de las artes: «pues Dios no quiso que conociéramos estas cosas, sino tan solo que las usáramos». Dejan guiar por esas cosas sus acciones comunes, sin ninguna opinión o juicio. Lo cual hace que no pueda compaginar bien con este razonamiento lo que se dice de Pirro. Lo pintan estúpido e inmóvil, adoptando una forma de vida salvaje e insociable, esperando el golpe de las carretas, presentándose a los precipicios, rehusando acomodarse a las leyes. Eso es encarecer su doctrina. Él no ha querido hacerse piedra o tronco: ha querido hacerse hombre vivo, que discurre y razona, que goza de todos los placeres y comodidades naturales, ocupándose y sirviéndose de todas sus piezas corporales y espirituales, con regla y rectitud. Los privilegios fantásticos, imaginarios y falsos que el hombre se ha usurpado, de regir, de ordenar, de establecer, él los ha renunciado y abandonado de buena fe. Y es que no hay secta que no esté obligada a permitir a su sabio seguir bastantes cosas no comprendidas, ni percibidas ni consentidas, si quiere vivir. Y cuando sube a un barco, sigue ese designio, ignorando si le será útil, y se pliega a que el navío es bueno, el piloto experimentado, la estación propicia: circunstancias probables solamente. Tras las cuales está obligado a ir, y dejarse llevar por las apariencias, con tal de que no tengan expresa contrariedad. Tiene un cuerpo, tiene un alma: los sentidos lo empujan, el espíritu lo agita. Aunque no encuentre en sí esa propia y singular marca de juzgar, y se dé cuenta de que no debe comprometer su consentimiento, dado que puede haber algo falso semejante a lo verdadero, no deja de conducir los oficios de su vida plena y cómodamente. ¡Cuántas artes hay que profesan consistir en la conjetura, más que en la ciencia! Que no deciden sobre lo verdadero y lo falso, y siguen solamente lo que parece. Hay, dicen ellos, verdadero y falso, y hay en nosotros con qué buscarlo, pero no con qué fijarlo en la piedra de toque. Nos va mucho mejor dejándonos manejar sin indagación, según el orden del mundo. Un alma resguardada de prejuicios tiene un avance maravilloso hacia la tranquilidad. Las gentes que juzgan y fiscalizan a sus jueces jamás se someten a ellos debidamente.
¡Cuánto más dóciles y fáciles de guiar se muestran, tanto ante las leyes de la religión como ante las leyes políticas, los espíritus simples y sin curiosidad, que esos espíritus vigilantes y pedantes de las causas divinas y humanas! No hay nada en la invención humana donde haya tanta verosimilitud y utilidad. Esta presenta al hombre desnudo y vacío, reconociendo su debilidad natural, propio para recibir de lo alto alguna fuerza extraña, desprovisto de ciencia humana, y tanto más apto para alojar en sí la divina, aniquilando su juicio para dar más lugar a la fe: ni descreyendo ni estableciendo ningún dogma contra las leyes y observancias comunes, humilde, obediente, disciplinable, estudioso; enemigo jurado de herejía, y eximiéndose por consiguiente de las vanas e irreligiosas opiniones introducidas por las falsas sectas. Es una carta blanca preparada para recibir del dedo de Dios las formas que le plazca grabar en ella. Cuanto más nos remitimos y confiamos a Dios, y renunciamos a nosotros, mejor nos va. Acepta, dice el Eclesiastés, de buen grado las cosas según la cara y el sabor con que se te presentan, del día a la jornada: lo demás está fuera de tu conocimiento. «El Señor conoce los pensamientos de los hombres, porque son vanos». He aquí cómo, de las tres sectas generales de filosofía, las dos hacen expresa profesión de duda e ignorancia: y en la de los dogmáticos, que es la tercera, es fácil descubrir que la mayor parte no han adoptado el semblante de la certeza sino para tener mejor aspecto.
No han pensado tanto en establecernos alguna certeza, como en mostrarnos hasta dónde habían llegado en esta caza de la verdad, «las cuales enseñan los doctos más fingiéndolas que conociéndolas». Timeo, teniendo que instruir a Sócrates sobre lo que sabe de los dioses, del mundo y de los hombres, propone hablar de ello como un hombre a un hombre; y que basta, si sus razones son probables, como las razones de otro cualquiera: pues las razones exactas no están en su mano, ni en mano mortal. Lo que uno de sus seguidores ha imitado así: «Como pueda, lo explicaré: no sin embargo, como Apolo Pitio, para que sean ciertas y fijas las cosas que diré, sino como un hombrecillo, siguiendo conjeturas probables». Y eso sobre el discurso del desprecio de la muerte: discurso natural y popular. En otro lugar lo ha traducido, sobre el mismo propósito de Platón. «Si acaso, disertando sobre la naturaleza de los dioses y el origen del mundo, conseguimos menos de lo que tenemos en la mente, no será de extrañar. Pues es justo recordar, tanto yo, que diserto, que soy un hombre, como vosotros que juzgáis: de modo que, si se dicen cosas probables, nada más allá exijáis». Aristóteles nos amontona ordinariamente un gran número de otras opiniones y otras creencias, para comparar con ellas la suya, y hacernos ver cuánto ha ido más lejos, y cuánto se acerca más a la verosimilitud.
Pues la verdad no se juzga por autoridad y testimonio de otro. Y por eso evitó religiosamente Epicuro alegarlos en sus escritos. Este es el príncipe de los dogmáticos, y sin embargo aprendemos de él que el mucho saber trae la ocasión de dudar más. Se lo ve adrede cubrirse a menudo de oscuridad tan espesa e inextricable, que no se puede distinguir en ella su parecer. Es en efecto un pirronismo bajo una forma resolutiva. Oye la declaración de Cicerón, que nos explica la fantasía de otro por la suya. «Los que requieren qué sentimos nosotros mismos sobre cada cosa, lo hacen con más curiosidad de la necesaria. Este método en la filosofía, de discurrir contra todo y no juzgar abiertamente ninguna cosa, surgido de Sócrates, retomado por Arcesilao, confirmado por Carnéades, pervive hasta nuestra época. Somos nosotros quienes decimos que a todas las cosas verdaderas se hallan adjuntas ciertas falsas, con tanta semejanza, que no hay en ellas ninguna marca cierta de juzgar y asentir». ¿Por qué, no solo Aristóteles, sino la mayor parte de los filósofos, han afectado la dificultad, si no es para hacer valer la vanidad del asunto y entretener la curiosidad de nuestro espíritu, dándole dónde alimentarse, royendo ese hueso hueco y descarnado? Clitómaco afirmaba no haber sabido jamás, por los escritos de Carnéades, entender de qué opinión era. ¿Por qué ha evitado Epicuro ante los suyos la facilidad, y Heráclito ha sido por ello apodado «el oscuro»? La dificultad es una moneda que los sabios emplean, como los prestidigitadores para no descubrir la vanidad de su arte: y con la cual la humana necedad se paga fácilmente.
«Ilustre por su lengua oscura, más entre los vanos: pues todos los necios admiran y aman más las cosas que ven ocultas bajo palabras invertidas».
Cicerón reprochaba a algunos de sus amigos que acostumbraban a dedicar a la astrología, al derecho, a la dialéctica y a la geometría más tiempo del que merecían esas artes, y que eso los apartaba de los deberes de la vida, más útiles y honestos. Los filósofos cirenaicos despreciaban por igual la física y la dialéctica. Zenón, al comienzo mismo de sus libros sobre la república, declaraba inútiles todas las disciplinas liberales. Crisipo decía que lo que Platón y Aristóteles habían escrito sobre lógica lo habían escrito por juego y por ejercicio, y no podía creer que hubieran hablado en serio de una materia tan vana. Plutarco dice lo mismo de la metafísica. Epicuro lo habría dicho también de la retórica, de la gramática, poesía, matemática y, aparte de la física, de todas las demás ciencias. Y Sócrates de todas, salvo de la de las costumbres y de la vida. Sobre cualquier cosa que se le preguntara, él conducía siempre en primer lugar al que preguntaba a dar cuenta de las condiciones de su vida, presente y pasada, que examinaba y juzgaba, estimando que cualquier otro aprendizaje era secundario a ese y supernumerario. «Me gustan poco las letras que a sus maestros no les han servido en nada para la virtud». La mayor parte de las artes han sido así despreciadas por el propio saber. Pero no han pensado que estuviera fuera de lugar ejercitar su espíritu en cosas donde no había ninguna solidez provechosa.
Por lo demás, unos han considerado a Platón dogmático, otros dubitativo, otros en ciertas cosas lo uno y en ciertas cosas lo otro. El conductor de sus diálogos, Sócrates, va siempre preguntando y suscitando la disputa, nunca deteniéndola, nunca satisfaciéndola, y dice no tener otra ciencia que la ciencia de oponerse. Homero, su autor, ha plantado igualmente los fundamentos de todas las sectas de filosofía, para mostrar cuán indiferente era por dónde fuéramos. De Platón nacieron diez sectas diversas, se dice. Así, en mi opinión, jamás enseñanza fue tan titubeante y tan poco afirmativa, si la suya no lo es.
Sócrates decía que las comadronas, al adoptar ese oficio de hacer engendrar a las otras, abandonan el oficio de engendrar ellas mismas. Que él, por el título de hombre sabio que los dioses le habían concedido, se había despojado también, en su amor viril y mental, de la facultad de engendrar, contentándose con ayudar y favorecer con su socorro a los que engendran: abrir su naturaleza, lubricar sus conductos, facilitar la salida de su alumbramiento, juzgarlo, bautizarlo, nutrirlo, fortalecerlo, envolverlo en pañales y circuncidarlo, ejercitando y manejando su ingenio en los peligros y fortunas de otros.
Así sucede con la mayor parte de los autores de este tercer género, como los antiguos han señalado de los escritos de Anaxágoras, Demócrito, Parménides, Jenófanes y otros. Tienen una forma de escribir dudosa en sustancia y en designio, indagando más que instruyendo, aunque entremezclan su estilo de cadencias dogmáticas. ¿Acaso no se ve esto también en Séneca y en Plutarco? ¡Cuánto dicen a veces de una manera, a veces de otra, para quienes los miran de cerca! Y los que pretenden conciliar a los jurisconsultos deberían primero conciliar a cada uno consigo mismo. Platón me parece haber amado esta forma de filosofar por diálogos, adrede, para alojar más decorosamente en diversas bocas la diversidad y variación de sus propias fantasías. Tratar las materias diversamente es tratarlas tan bien como conformemente, y mejor: es decir, más copiosamente y útilmente. Tomemos ejemplo de nosotros mismos. Los veredictos representan el punto extremo del hablar dogmático y resolutivo; sin embargo, los que nuestros parlamentos presentan al pueblo, los más ejemplares, propios para nutrir en él la reverencia que debe a esa dignidad, principalmente por la suficiencia de las personas que la ejercen, toman su belleza no de la conclusión, que para ellos es cotidiana y que es común a todo juez, sino de la discusión y agitación de los diversos y contrarios razonamientos que la materia del derecho permite. Y el campo más amplio para las críticas de unos filósofos contra los otros se extrae de las contradicciones y diversidades en que cada uno de ellos se encuentra enredado, ya sea por designio, para mostrar la vacilación del espíritu humano en torno a toda materia, o forzadamente por ignorancia, por la volubilidad e incomprensibilidad de toda materia. ¿Qué significa este estribillo? En un lugar resbaladizo y deslizante, suspendamos nuestra creencia; pues, como dice Eurípides,
«Las obras de Dios, de diversas maneras, nos dan contrariedades».
Semejante a aquel que Empédocles sembraba a menudo en sus libros, como agitado por un furor divino y forzado por la verdad. No, no, no sentimos nada, no vemos nada, todas las cosas nos son ocultas, no hay ninguna de la cual podamos establecer qué es: volviendo a esta palabra divina, «Los pensamientos de los mortales son tímidos, e inciertas nuestras invenciones y previsiones». No debe parecer extraño que personas desesperadas por la presa no hayan dejado de tener placer en la caza, siendo el estudio en sí mismo una ocupación placentera: y tan placentera, que entre las voluptuosidades, los estoicos prohíben también la que viene del ejercicio del espíritu, quieren ponerle brida y encuentran intemperancia en saber demasiado. Demócrito, habiendo comido en su mesa unos higos que sabían a miel, comenzó de inmediato a buscar en su espíritu de dónde les venía esa dulzura inusual, y para aclararlo iba a levantarse de la mesa para ver el emplazamiento del lugar donde esos higos habían sido recogidos: su criada, habiendo entendido la causa de este movimiento, le dijo riendo que no se molestara más por eso, pues era que ella los había puesto en un recipiente donde había habido miel. Él se enfadó de que ella le hubiera quitado la ocasión de esa búsqueda y robado materia a su curiosidad. Vete, le dijo, me has causado disgusto, no dejaré sin embargo de buscar la causa, como si fuera natural. Y de buena gana no hubiera dejado de encontrar alguna razón verdadera para un efecto falso y supuesto. Esta historia de un famoso y gran filósofo nos representa bien claramente esta pasión estudiosa que nos entretiene en la persecución de cosas de cuya adquisición estamos desesperados. Plutarco relata un ejemplo parecido de alguien que no quería ser aclarado sobre lo que le causaba duda, para no perder el placer de buscarlo: como aquel otro que no quería que su médico le quitara la alteración de la fiebre, para no perder el placer de saciarla bebiendo. «Más vale aprender cosas superfluas que nada». Así como en todo alimento está el placer a menudo solo, y todo lo que tomamos que es placentero no siempre es nutritivo o sano: del mismo modo lo que nuestro espíritu saca de la ciencia no deja de ser voluptuoso, aunque no sea ni alimenticio ni saludable.
He aquí lo que ellos dicen: La consideración de la naturaleza es un alimento propio para nuestros espíritus, nos eleva e hincha, nos hace desdeñar las cosas bajas y terrenales, por la comparación con las superiores y celestes; la búsqueda misma de las cosas ocultas y grandes es muy placentera, incluso para aquel que solo adquiere de ella la reverencia y el temor de juzgarlas. Estas son palabras de su profesión. La vana imagen de esta enfermiza curiosidad se ve más expresamente todavía en este otro ejemplo que tienen por honor tan a menudo en la boca. Eudoxo deseaba y rogaba a los dioses que pudiera una vez ver el sol de cerca, comprender su forma, su grandeza y su belleza, a riesgo de ser quemado al instante. Quiere al precio de su vida adquirir una ciencia de la cual el uso y la posesión le serán inmediatamente quitados. Y por este conocimiento súbito y volátil, perder todos los demás conocimientos que tiene y que puede adquirir después.
No me convenzo fácilmente de que Epicuro, Platón y Pitágoras nos hayan dado como dinero contante sus átomos, sus ideas y sus números. Eran demasiado sabios para establecer sus artículos de fe sobre cosa tan incierta y tan debatible. Pero en esta oscuridad e ignorancia del mundo, cada uno de estos grandes personajes se esforzó en aportar una imagen cualquiera de luz: y pasearon su alma por invenciones que tuvieran al menos una apariencia placentera y sutil, con tal de que, aunque del todo falsa, pudiera mantenerse contra las oposiciones contrarias: «Cada uno se imagina estas cosas según su ingenio, no por la fuerza de la ciencia». Un antiguo, a quien se le reprochaba que hacía profesión de la filosofía de la cual, sin embargo, en su juicio no tenía en gran estima, respondió que eso era verdaderamente filosofar.
Ellos han querido considerar todo, sopesar todo, y han encontrado esta ocupación propia de la curiosidad natural que hay en nosotros. Algunas cosas las han escrito para la necesidad de la sociedad pública, como sus religiones, y ha sido razonable por esta consideración que las opiniones comunes no hayan querido examinarlas a fondo, a fin de no engendrar perturbación en la obediencia de las leyes y costumbres de su país.
Platón trata este misterio en un juego bastante descubierto. Pues cuando escribe según su criterio, no prescribe nada con certeza. Cuando hace el legislador, toma prestado un estilo autoritario y aseverante: y mezcla en él audazmente las más fantásticas de sus invenciones: tan útiles para persuadir al común como ridículas para persuadirse a sí mismo: sabiendo cuán dispuestos estamos a recibir todas las impresiones, y sobre todo las más fieras y enormes. Y por eso en sus leyes tiene gran cuidado de que no se canten en público sino poesías cuyas ficciones fabulosas tiendan a algún fin útil: siendo tan fácil imprimir todos los fantasmas en el espíritu humano, que es injusticia no alimentarlo más bien con mentiras provechosas que con mentiras inútiles o dañinas. Dice muy abiertamente en su República que para el provecho de los hombres es a menudo necesario engañarlos. Es fácil distinguir qué sectas han seguido más la verdad, otras la utilidad, por lo cual estas han ganado crédito. Es la miseria de nuestra condición que a menudo lo que se presenta a nuestra imaginación como lo más verdadero no se presenta como lo más útil para nuestra vida. Las sectas más audaces, epicúrea, pirrónica, nueva académica, todavía están obligadas a plegarse a la ley civil al fin de cuentas.
Hay otros temas que han adornado, unos por la izquierda, otros por la derecha, esforzándose cada uno en darles algún aspecto, con razón o sin ella. Pues no habiendo encontrado nada tan oculto de lo que no hayan querido hablar, a menudo se han visto forzados a forjar conjeturas débiles y locas: no porque ellos mismos las tomaran como fundamento ni para establecer alguna verdad, sino para el ejercicio de su estudio. «No tanto parece que hayan sentido lo que decían, cuanto que han querido ejercitar sus ingenios con la dificultad de la materia». Y si no se tomara así, ¿cómo cubriríamos una tan grande inconstancia, variedad y vanidad de opiniones que vemos haber sido producidas por estas almas excelentes y admirables?
Pues por ejemplo, ¿qué hay más vano que querer adivinar a Dios por nuestras analogías y conjeturas: regularlo a él y al mundo según nuestra capacidad y nuestras leyes? ¿y servirnos a expensas de la divinidad de esta pequeña muestra de suficiencia que le ha placido repartir a nuestra condición natural? ¿y porque no podemos extender nuestra vista hasta su glorioso trono, haberlo traído acá abajo a nuestra corrupción y a nuestras miserias?
De todas las opiniones humanas y antiguas tocantes a la religión, aquella me parece haber tenido más verosimilitud y más excusa, que reconocía a Dios como una potencia incomprensible, origen y conservadora de todas las cosas, toda bondad, toda perfección, recibiendo y tomando en buena parte el honor y la reverencia que los humanos le rendían bajo cualquier aspecto, bajo cualquier nombre y de cualquier manera que fuera.
«Júpiter omnipotente, progenitor y genitora de las cosas, de los reyes y de los dioses».
Este celo universal ha sido visto con buenos ojos por el cielo. Todos los sistemas políticos han sacado provecho de su devoción. Los hombres, las acciones impías, han tenido en todas partes los acontecimientos que les correspondían. Las historias paganas reconocen dignidad, orden, justicia, y prodigios y oráculos empleados en su beneficio e instrucción, en sus religiones fabulosas: Dios por su misericordia dignándose acaso fomentar con estos beneficios temporales los tiernos principios de esa burda conciencia, fuera la que fuese, que la razón natural les daba de él, a través de las falsas imágenes de sus sueños. No solo falsas, sino también impías e injuriosas, son aquellas que el hombre ha forjado con su invención. Y de todas las religiones que san Pablo encontró en vigor en Atenas, aquella que habían dedicado a una divinidad oculta e incógnita le pareció la más excusable. Pitágoras se acercó más a la verdad: juzgando que el conocimiento de esta causa primera, y ser de los seres, debía ser indefinido, sin prescripción, sin declaración: que no era otra cosa que el esfuerzo extremo de nuestra imaginación hacia la perfección: cada cual ampliando la idea según su capacidad. Pero si Numa emprendió conformar a este proyecto la devoción de su pueblo: vincularlo a una religión puramente mental, sin objeto prefijado, y sin mezcla material: emprendió cosa de ningún uso. El espíritu humano no sabría mantenerse vagando en ese infinito de pensamientos informes: es preciso compilárselos en cierta imagen a su modelo. La majestad divina se ha dejado así en cierto modo circunscribir para nosotros a los límites corporales. Sus sacramentos sobrenaturales y celestes tienen signos de nuestra condición terrestre. Su adoración se expresa mediante oficios y palabras sensibles: pues es el hombre quien cree y quien reza. Dejo aparte los otros argumentos que se emplean en este asunto. Pero difícilmente se me haría creer que la vista de nuestros crucifijos, y pintura de ese lastimoso suplicio, que los ornamentos y movimientos ceremoniosos de nuestras iglesias, que las voces acomodadas a la devoción de nuestro pensamiento, y esta emoción de los sentidos no calientan el alma de los pueblos con una pasión religiosa de efecto muy útil. De aquellas a las cuales se ha dado cuerpo como la necesidad lo ha requerido, en medio de esta ceguera universal, me habría, me parece, vinculado más gustosamente a quienes adoraban al sol,
La luz común, el ojo del mundo: y si Dios en la cabeza lleva ojos, los rayos del sol son sus ojos radiosos, que dan vida a todos, nos mantienen y guardan, y los hechos de los humanos en este mundo miran: este bello, este gran sol, que nos hace las estaciones, según entra o sale de sus doce mansiones: que llena el universo de sus virtudes conocidas: que con un trazo de sus ojos nos disipa las nubes: el espíritu, el alma del mundo, ardiente y flameante, en la carrera de un día todo el cielo girando, lleno de inmensa grandeza, redondo, vagabundo y firme: el cual tiene bajo él todo el mundo por término: en reposo sin reposo, ocioso, y sin estancia, hijo primogénito de la naturaleza, y el padre del día.
Tanto más cuanto que además de su grandeza y belleza, es la pieza de esta máquina que descubrimos más alejada de nosotros: y por ello tan poco conocida, que eran perdonables de entrar en admiración y reverencia por ella. Tales, que fue el primero en investigar tal materia, estimó que Dios era un espíritu que hizo de agua todas las cosas. Anaximandro, que los dioses eran mortales y nacientes en diversas estaciones: y que eran mundos infinitos en número. Anaxímenes, que el aire era Dios, que era producido e inmenso, siempre moviéndose. Anaxágoras fue el primero en sostener que la descripción y manera de todas las cosas era conducida por la fuerza y razón de un espíritu infinito. Alcmeón dio la divinidad al sol, a la luna, a los astros, y al alma. Pitágoras hizo de Dios un espíritu esparcido por la naturaleza de todas las cosas, de donde nuestras almas están tomadas. Parménides, un círculo que rodea el cielo, y mantiene el mundo por el ardor de la luz. Empédocles decía que eran dioses las cuatro naturalezas de las cuales están hechas todas las cosas. Protágoras, que no tenía nada que decir sobre si son o no, o cuáles son. Demócrito, unas veces que las imágenes y sus circuitos son dioses: otras que esa naturaleza que lanza esas imágenes: y luego, nuestra ciencia e inteligencia.
Platón disipa su creencia en diversos rostros. Dice en el Timeo que el padre del mundo no puede nombrarse. En las Leyes, que no hay que indagar sobre su ser. Y en otros lugares de esos mismos libros hace del mundo, el cielo, los astros, la tierra, y nuestras almas dioses, y recibe además aquellos que han sido recibidos por la antigua institución en cada república. Jenofonte relata una confusión parecida en la disciplina de Sócrates. Unas veces que no hay que indagar la forma de Dios: y luego le hace establecer que el sol es Dios, y el alma Dios: que no hay más que uno, y luego que hay varios. Espeusipo sobrino de Platón hace a Dios cierta fuerza que gobierna las cosas, y que ella es animal. Aristóteles, en un momento, que es el espíritu, en otro momento el mundo, en otro momento le da otro amo a ese mundo, y en otro momento hace de Dios el ardor del cielo. Jenócrates hace ocho. Los cinco nombrados entre los planetas, el sexto compuesto de todas las estrellas fijas, como sus miembros: el séptimo y octavo, el sol y la luna. Heráclides Póntico no hace sino vagar entre sus opiniones, y al fin priva a Dios de sentimiento y lo hace mudarse de forma a otra, y luego dice que es el cielo y la tierra.
Teofrasto se pasea con pareja irresolución entre todas sus fantasías: atribuyendo la superintendencia del mundo unas veces al entendimiento, otras al cielo, otras a las estrellas. Estratón, que es la Naturaleza que tiene la fuerza de engendrar, aumentar y disminuir, sin forma y sentimiento. Zenón, la ley natural, que ordena el bien y prohíbe el mal: la cual ley es un ser animado: y quita los dioses acostumbrados, Júpiter, Juno, Vesta. Diógenes Apoloniata, que es la edad. Jenófanes hace a Dios redondo, vidente, oyente, no respirante, sin nada en común con la naturaleza humana. Aristón estima que la forma de Dios es incomprensible, lo priva de sentidos, e ignora si es un ser animado u otra cosa. Cleantes, unas veces la razón, otras el mundo, otras el alma de la Naturaleza, otras el calor supremo que rodea y envuelve todo. Perseo oyente de Zenón, ha sostenido que han sobrenombrado dioses a quienes habían aportado alguna notable utilidad a la vida humana, y a las cosas mismas provechosas. Crisipo hacía un conjunto confuso de todas las sentencias precedentes, y cuenta entre mil formas de dioses que hace, también a los hombres que están inmortalizados. Diágoras y Teodoro negaban en seco que hubiera dioses. Epicuro hace a los dioses relucientes, transparentes, y perfilables, alojados, como entre dos fortalezas, entre dos mundos, al abrigo de los golpes: revestidos de una figura humana y de nuestros miembros, los cuales miembros no les sirven de nada.
Yo siempre he dicho, y lo diré, que existe la raza de los dioses celestes, pero opino que no se preocupan de qué hace el género humano.
Confiad en vuestra filosofía: vanagloriaos de haber encontrado la pepita en el pastel, al ver ese barullo de tantos cerebros filosóficos. El desorden de las formas mundanas ha ganado sobre mí que las diversas costumbres y fantasías respecto a las mías no me desagradan tanto como me instruyen; no me enorgullecen tanto como me humillan al compararlas. Y cualquier otra elección que aquella que viene de la mano expresa de Dios me parece elección de poca prerrogativa. Los sistemas políticos del mundo no son menos contrarios en este asunto que las escuelas: por lo cual podemos aprender que la Fortuna misma no es más diversa y variable que nuestra razón, ni más ciega e inconsiderada. Las cosas más ignoradas son más propias para ser deificadas. Por eso hacer de nosotros dioses, como la antigüedad, eso supera la extrema debilidad de discurso. Habría seguido todavía más gustosamente a quienes adoraban la serpiente, el perro y el buey: tanto más cuanto que su naturaleza y su ser nos es menos conocido; y tenemos más libertad de imaginar lo que nos place de esas bestias, y atribuirles facultades extraordinarias. Pero haber hecho dioses de nuestra condición, de la cual debemos conocer la imperfección, haberles atribuido el deseo, la cólera, las venganzas, los matrimonios, las generaciones, y los parentescos, el amor, y los celos, nuestros miembros y nuestros huesos, nuestras fiebres y nuestros placeres, nuestras muertes y sepulturas, es preciso que eso haya partido de una maravillosa embriaguez del entendimiento humano.
Cosas que están lejos hasta tal punto del numen divino, y que parecen indignas de ser contadas en el número de los dioses.
«Las formas, las edades, los vestidos, los adornos son conocidos: los linajes, los matrimonios, las parentelas, y todo trasladado a semejanza de la debilidad humana: pues incluso se les atribuyen ánimos perturbados: ya que admitimos deseos, tristezas e iras de los dioses». Como haber atribuido la divinidad no solamente a la fe, a la virtud, al honor, la concordia, la libertad, la victoria, la piedad; sino también a la voluptuosidad, el fraude, la muerte, la envidia, la vejez, la miseria; al miedo, a la fiebre, y a la mala fortuna, y otras injurias de nuestra vida, frágil y caduca.
«¿De qué sirve esto, introducir nuestras costumbres en los templos? ¡Oh almas inclinadas a la tierra y vacías de lo celeste!»
Los egipcios, con una impudente prudencia, prohibían bajo pena de la horca que nadie osara decir que Serapis e Isis, sus dioses, hubieran sido en otro tiempo hombres, y nadie ignoraba que lo habían sido. Y su efigie representada con el dedo sobre la boca significaba, dice Varrón, esta ordenanza misteriosa a sus sacerdotes de callar su origen mortal, como algo que por razón necesaria anulaba toda su veneración. Puesto que el hombre deseaba tanto equipararse a Dios, hubiera hecho mejor, dice Cicerón, en traer hacia sí las condiciones divinas, y atraerlas acá abajo, que en enviar allá arriba su corrupción y su miseria: pero a decir verdad, ha hecho de múltiples maneras tanto lo uno como lo otro, con pareja vanidad de opinión. Cuando los filósofos escudriñan la jerarquía de sus dioses, y se afanan por distinguir sus alianzas, sus funciones y su poder, no puedo creer que hablen en serio. Cuando Platón nos descifra el vergel de Plutón, y las comodidades o penas corporales que nos aguardan aún después de la ruina y aniquilamiento de nuestros cuerpos, y las acomoda al sentimiento que tenemos en esta vida:
«Senderos ocultos los esconden, y alrededor el bosque de mirtos los cubre; las inquietudes no los abandonan ni en la muerte misma».
Cuando Mahoma promete a los suyos un paraíso tapizado, adornado de oro y de piedras preciosas, poblado de muchachas de excelente belleza, de vinos y de manjares singulares, veo bien que son burladores que se pliegan a nuestra necedad, para endulzarnos y atraernos mediante estas opiniones y esperanzas, convenientes a nuestro apetito mortal. Así es como algunos de los nuestros han caído en parecido error, prometiéndose después de la resurrección una vida terrestre y temporal, acompañada de toda clase de placeres y comodidades mundanas. ¿Creemos que Platón, él que tuvo concepciones tan celestiales y tan grande familiaridad con la divinidad que le quedó el sobrenombre, estimó que el hombre, esta pobre criatura, tuviera algo en él aplicable a ese poder incomprensible? ¿Y que creyera que nuestras débiles capacidades fueran capaces, ni la fuerza de nuestro entendimiento bastante robusta, para participar de la bienaventuranza o pena eterna?
Habría que decirle de parte de la razón humana: Si los placeres que nos prometes en la otra vida son de aquellos que he sentido acá abajo, eso nada tiene en común con lo infinito. Aunque todos mis cinco sentidos naturales estuvieran colmados de gozo, y esta alma invadida por todo el contento que puede desear y esperar, sabemos lo que ella puede: eso no sería aún nada. Si hay algo mío en ello, no hay nada de divino: si no es otra cosa que lo que puede pertenecer a esta nuestra condición presente, no puede ser tomado en cuenta. Todo contentamiento de los mortales es mortal. El reconocimiento de nuestros padres, de nuestros hijos y de nuestros amigos, si puede tocarnos y deleitarnos en el otro mundo, si nos aferramos todavía a tal placer, estamos dentro de las comodidades terrestres y finitas. No podemos concebir dignamente la grandeza de esas altas y divinas promesas, si es que podemos concebirlas de algún modo. Para imaginarlas dignamente, hay que imaginarlas inimaginables, indecibles e incomprensibles, y perfectamente distintas de las de nuestra miserable experiencia. «El ojo no sabría ver», dice San Pablo, «y no puede subir al corazón del hombre la dicha que Dios prepara a los suyos». Y si para hacernos capaces de ello se reforma y cambia nuestro ser, como dices tú, Platón, mediante tus purificaciones, debe ser de un cambio tan extremo y tan universal que, según la doctrina física, ya no seremos nosotros:
«Héctor era entonces cuando combatía en la guerra, mas aquel arrastrado por el caballo emonio ya no era Héctor»;
será alguna otra cosa la que reciba esas recompensas.
«Lo que se muda, se disuelve, perece por tanto: pues las partes se trasladan y migran de orden».
Pues en la metempsicosis de Pitágoras, y el cambio de habitación que imaginaba para las almas, ¿pensamos que el león en el cual está el alma de César adopta las pasiones que tocaban a César, y que es él? Si fuera todavía él, tendrían razón quienes, combatiendo esta opinión contra Platón, le reprochan que el hijo podría hallarse cabalgando a su madre, revestida de un cuerpo de mula, y semejantes absurdos. ¿Y pensamos que en las mutaciones que se producen de los cuerpos de los animales en otros de la misma especie, los recién llegados no sean otros que sus predecesores? De las cenizas de un fénix se engendra, se dice, un gusano, y luego otro fénix: ese segundo fénix, ¿quién puede imaginar que no sea otro que el primero? Los gusanos que hacen nuestra seda, se los ve como morir y secarse, y de ese mismo cuerpo producirse una mariposa, y de ahí otro gusano, que sería ridículo estimar que es aún el primero. Lo que ha cesado una vez de ser, ya no es:
«Y aunque el tiempo reuniera nuestra materia después de la muerte, y de nuevo la recompusiera tal como está ahora situada, y de nuevo nos fueran dados los luminares de la vida, nada nos concerniría tampoco ese hecho, interrumpida una vez nuestra continuidad».
Y cuando dices en otra parte, Platón, que será la parte espiritual del hombre a quien tocará gozar de las recompensas de la otra vida, nos dices algo de tan poca apariencia.
«Evidentemente, arrancado de raíz, el ojo mismo no puede discernir ninguna cosa separado del cuerpo entero».
Pues en tal caso ya no será el hombre, ni nosotros por consiguiente, a quienes toque ese goce. Porque estamos construidos de dos piezas principales esenciales, cuya separación es la muerte y ruina de nuestro ser.
«Pues entre medias se ha interpuesto una pausa de la vida, y errantes han vagado por doquier todos los movimientos lejos de los sentidos».
No decimos que el hombre sufre cuando los gusanos le roen los miembros de los que vivía, y la tierra los consume:
«Y nada de esto nos concierne a nosotros, que por la unión y enlace del cuerpo y del alma existimos unidos y ajustados».
Además, ¿sobre qué fundamento de su justicia pueden los dioses reconocer y recompensar al hombre después de su muerte por sus acciones buenas y virtuosas, si son ellos mismos quienes las han encaminado y producido en él? ¿Y por qué se ofenden y lo castigan por las viciosas, si ellos mismos lo han creado en esa condición defectuosa, y con un solo gesto de su voluntad pueden impedirle fallar? ¿No opondría Epicuro esto a Platón, con gran apariencia de razón humana, si no se amparara a menudo en esta sentencia: que es imposible establecer nada cierto sobre la naturaleza inmortal mediante la mortal? Esta no hace sino extraviarse por doquier, pero especialmente cuando se mete en las cosas divinas. ¿Quién lo percibe más evidentemente que nosotros? Pues aunque le hayamos dado principios ciertos e infalibles, aunque iluminemos sus pasos con la santa lámpara de la verdad que Dios ha tenido a bien comunicarnos, vemos sin embargo diariamente que, en cuanto se aparta del sendero ordinario y se desvía o aleja del camino trazado y trillado por la Iglesia, al instante se pierde, se enreda y se traba, dando vueltas y flotando en ese mar vasto, turbio y ondulante de las opiniones humanas, sin brida y sin rumbo. En cuanto pierde ese gran camino común, se va dividiendo y disipando en mil rutas diversas.
El hombre no puede ser sino lo que es, ni imaginar sino según su alcance. Es mayor presunción, dice Plutarco, para quienes no son sino hombres, intentar hablar y discurrir sobre los dioses y los semidioses, que para un hombre ignorante de música querer juzgar a quienes cantan, o para un hombre que nunca estuvo en campaña querer disputar sobre las armas y la guerra, creyendo comprender por alguna ligera conjetura los efectos de un arte que está fuera de su conocimiento.
La antigüedad pensó, creo yo, hacer algo por la grandeza divina al emparejarla con el hombre, vestirla de sus facultades y adornarla con sus bellos humores y más vergonzosas necesidades: ofreciéndole de nuestros manjares para comer, de nuestras danzas, mascaradas y farsas para regocijarla; de nuestras vestimentas para cubrirse y casas para alojarse; acariciándola con el olor de los inciensos y sonidos de la música, festones y ramos; y para acomodarla a nuestras viciosas pasiones, halagando su justicia con una inhumana venganza; alegrándola con la ruina y destrucción de las cosas por ella creadas y conservadas. Como Tiberio Sempronio, que hizo quemar como sacrificio a Vulcano los ricos despojos y armas que había ganado sobre los enemigos en Cerdeña; y Paulo Emilio, las de Macedonia, a Marte y a Minerva. Y Alejandro, llegado al océano Índico, arrojó al mar en honor de Tetis varios grandes vasos de oro, llenando además sus altares de una carnicería no solo de bestias inocentes, sino también de hombres: tal como varias naciones, y entre otras la nuestra, tenían por costumbre ordinaria. Y creo que ninguna estuvo exenta de haberlo practicado.
«A estos cuatro jóvenes nacidos en Sulmona y a otros cuatro que cría Ufente, los arrebata vivos para inmolarlos como ofrendas a las sombras».
Los getas se consideran inmortales, y su morir no es sino encaminarse hacia su dios Zamolxis. Cada cinco años envían hacia él a uno de entre ellos para solicitarle las cosas necesarias. Este delegado es elegido por sorteo. Y la forma de enviarlo, después de haberlo informado de viva voz de su encargo, es que tres de quienes lo asisten sostienen en pie otras tantas jabalinas, sobre las cuales los demás lo lanzan con fuerza de brazos. Si se atraviesa en un lugar mortal y muere al instante, esto es para ellos argumento cierto de favor divino; si escapa, lo consideran malvado y execrable, y eligen a otro del mismo modo. Amestris, madre de Jerjes, llegada a vieja, hizo de una vez enterrar vivos a catorce jóvenes de las mejores familias de Persia, siguiendo la religión del país, para gratificar a algún dios subterráneo. Todavía hoy los ídolos de Temístitan se cimientan con la sangre de niños pequeños y no aprecian más sacrificio que el de esas almas pueriles y puras: justicia hambrienta de la sangre de la inocencia.
«¡Tanto pudo persuadir la religión de males!»
Los cartagineses inmolaban a sus propios hijos a Saturno; y quien no tenía, los compraba, estando sin embargo el padre y la madre obligados a asistir a este oficio con semblante alegre y contento.
Era una extraña fantasía querer pagar la bondad divina con nuestra aflicción. Como los lacedemonios, que mimaban a su Diana atormentando a los jóvenes muchachos a quienes hacían azotar en su honor, a menudo hasta la muerte. Era un humor feroz querer gratificar al arquitecto con la subversión de su edificio, y querer evitar la pena debida a los culpables mediante el castigo de los no culpables; y que la pobre Ifigenia en el puerto de Áulide, con su muerte y con su inmolación, descargara ante Dios al ejército de los griegos de las ofensas que habían cometido:
«Y que la casta víctima cayera impíamente en el mismo momento de las nupcias, sacrificada tristemente por su padre»;
y que esas dos almas bellas y generosas de los dos Decios, padre e hijo, para propiciar el favor de los dioses hacia los asuntos romanos, se arrojaran a cuerpo perdido a través de lo más espeso de los enemigos. «¿Cuál fue tan grande la iniquidad de los dioses, que no pudieran ser aplacados por el pueblo romano si no morían tales varones?» Añádase que no corresponde al criminal hacerse azotar a su medida y a su hora: corresponde al juez, que solo cuenta como castigo la pena que él ordena, y no puede atribuir como castigo lo que resulta grato a quien lo sufre. La venganza divina presupone nuestro disentimiento entero, para su justicia y para nuestra pena. Y fue ridículo el humor de Polícrates, tirano de Samos, quien para interrumpir el curso de su continua buena fortuna y compensarla, fue a arrojar al mar la más cara y preciosa joya que tenía, creyendo que con esta desgracia preparada satisfacía a la revolución y vicisitud de la Fortuna. Y ella, para burlarse de su ineptitud, hizo que esa misma joya volviera de nuevo a sus manos, encontrada en el vientre de un pez. Y luego, ¿para qué sirven los desgarramientos y desmembramientos de los coribantes, de las ménades, y en nuestros tiempos de los mahometanos, que se mutilan el rostro, el estómago, los miembros, para gratificar a su profeta, siendo que la ofensa consiste en la voluntad, no en el pecho, en los ojos, en los genitales, en la gordura, en los hombros y en la garganta? «Tal es el furor de la mente perturbada y expulsada de su sede, que los dioses se aplacan así, como ni siquiera se ensañan los hombres». Esta constitución natural sirve por su uso no solo a nosotros, sino también al servicio de Dios y de los otros hombres: es injusto mutilarla a sabiendas, como matarnos bajo cualquier pretexto que sea. Parece ser gran cobardía y traición maltratar y corromper las funciones del cuerpo, estúpidas y serviles, para ahorrar al alma la solicitud de conducirlas según razón. «Donde temen a los dioses airados, quienes de tal modo merecen tenerlos propicios. Para el placer de la lujuria real fueron castrados algunos; pero nadie, ordenándolo el Señor, puso mano en sí mismo para no ser varón». Así llenaban su religión de muchos malos efectos.
«A menudo en tiempos pasados la religión engendró actos criminales e impíos».
Ahora bien, nada de lo nuestro se puede igualar o relacionar de forma alguna con la naturaleza divina sin mancharla y marcarla con tanta imperfección. Esta infinita belleza, poder y bondad, ¿cómo puede tolerar alguna correspondencia y similitud con cosa tan abyecta como somos nosotros, sin un extremo perjuicio y menoscabo de su divina grandeza? «Lo débil de Dios es más fuerte que los hombres; y lo necio de Dios es más sabio que los hombres». Al filósofo Estilpón, cuando le preguntaron si los dioses se regocijan con nuestros honores y sacrificios, respondió: «Eres indiscreto; retiremonos aparte, si quieres hablar de eso». Sin embargo, le prescribimos límites, mantenemos su poder sitiado por nuestras razones (llamo razón a nuestros delirios y sueños, con la dispensa de la filosofía, que dice que el loco mismo y el malvado desvarían por razón; pero que es una razón de forma particular); queremos someterlo a las apariencias vanas y débiles de nuestro entendimiento, él que nos ha hecho a nosotros y a nuestro conocimiento. Porque nada se hace de la nada, Dios no habría podido construir el mundo sin materia. ¿Qué? ¿Acaso Dios nos ha puesto en las manos las llaves y los últimos resortes de su poder? ¿Se ha obligado a no traspasar los límites de nuestra ciencia? Supongamos, oh hombre, que has podido observar aquí algunas huellas de sus efectos: ¿piensas que ha empleado en ellos todo lo que ha podido, y que ha puesto todas sus formas y todas sus ideas en esta obra? Tú solo ves el orden y el gobierno de este pequeño sótano donde estás alojado, al menos si lo ves: su divinidad tiene una jurisdicción infinita más allá; esta pieza no es nada comparada con el todo:
«Todas las cosas con el cielo y la tierra y el mar, no son nada con respecto a la suma del todo entero».
Es una ley municipal la que invocas, no sabes cuál es la universal. Atente a aquello a lo que estás sometido, pero no lo sometas a él: él no es tu cofrade, ni conciudadano, ni compañero. Si se ha comunicado de algún modo contigo, no ha sido para rebajarse a tu pequeñez, ni para darte el control de su poder. El cuerpo humano no puede volar a las nubes, eso es para ti: el sol mueve sin cesar su curso ordinario; los límites de los mares y de la tierra no se pueden confundir; el agua es inestable y sin firmeza; un muro es impenetrable sin quebranto para un cuerpo sólido; el hombre no puede conservar su vida en las llamas; no puede estar a la vez en el cielo y en la tierra, y en mil lugares a la vez corporalmente. Es para ti que ha hecho estas reglas: eres tú a quien atacan. Ha demostrado a los cristianos que las ha traspasado todas cuando le ha placido. En verdad, siendo todopoderoso como es, ¿por qué habría restringido sus fuerzas a cierta medida? ¿En favor de quién habría renunciado a su privilegio? Tu razón no tiene en ninguna otra cosa más verosimilitud ni fundamento que en esto que te persuade de la pluralidad de los mundos:
«Que la tierra, y el sol, la luna, el mar y las demás cosas que existen, no son únicas, sino más bien en número innumerable».
Los más famosos espíritus del tiempo pasado lo creyeron; y algunos de los nuestros también, forzados por la apariencia de la razón humana. Pues en esta construcción que vemos no hay nada solo y único,
«Pues en suma no hay cosa alguna única que nazca sola y que crezca sola y única»;
y todas las especies se multiplican en algún número. Por lo cual parece no ser verosímil que Dios haya hecho esta sola obra sin compañera, y que la materia de esta forma se haya agotado toda en este solo individuo.
«Por lo cual una y otra vez es necesario que reconozcas que existen en otros lugares otros encuentros de materia, tal como este que el éter retiene con ávido abrazo».
Sobre todo si es un ser animado, como sus movimientos lo hacen tan creíble que Platón lo asegura, y varios de los nuestros o lo confirman, o no se atreven a negarlo: lo mismo que esa antigua opinión de que el cielo, las estrellas y otros miembros del mundo son criaturas compuestas de cuerpo y alma: mortales, en consideración de su composición; pero inmortales por determinación del creador. Ahora bien, si hay varios mundos, como Demócrito, Epicuro y casi toda la filosofía ha pensado, ¿qué sabemos si los principios y las reglas de este se aplican igualmente a los otros? Quizá tienen otro aspecto y otro gobierno. Epicuro los imagina o semejantes o diferentes. Vemos en este mundo una infinita diferencia y variedad por la sola distancia de los lugares. Ni el trigo ni el vino se ven, ni ninguno de nuestros animales, en ese nuevo rincón del mundo que nuestros padres han descubierto; todo allí es diferente. Y en el tiempo pasado, ved en cuántas partes del mundo no se tenía conocimiento ni de Baco ni de Ceres. Si queremos creer a Plinio y a Heródoto, hay especies de hombres en ciertos lugares que tienen muy poco parecido con la nuestra. Y hay formas mestizas y ambiguas entre la naturaleza humana y la brutal. Hay regiones donde los hombres nacen sin cabeza, llevando los ojos y la boca en el pecho; donde son todos andróginos; donde marchan a cuatro patas; donde no tienen más que un ojo en la frente y la cabeza más parecida a la de un perro que a la nuestra; donde son mitad pez por abajo y viven en el agua; donde las mujeres dan a luz a los cinco años y no viven más que ocho; donde tienen la cabeza tan dura y la piel de la frente tan gruesa que el hierro no puede morderla y se embota contra ella; donde los hombres no tienen barba; naciones sin uso del fuego; otros que expulsan el esperma de color negro.
¿Qué decir de aquellos que naturalmente se transforman en lobos, en yeguas, y luego de nuevo en hombres? Y si es así, como dice Plutarco, que en algún lugar de las Indias hay hombres sin boca que se alimentan del olor de ciertos aromas, ¿cuántas de nuestras descripciones son falsas? Ya no es risible, ni quizá capaz de razón y de sociedad. La ordenación y la causa de nuestra construcción interna serían en su mayor parte fuera de propósito. Además, ¿cuántas cosas hay en nuestro conocimiento que combaten esas bellas reglas que hemos recortado y prescrito a la Naturaleza? ¿Y pretendemos atar a Dios mismo a ellas? ¿Cuántas cosas llamamos milagrosas y contra natura? Esto lo hace cada hombre y cada nación según la medida de su ignorancia. ¿Cuántas propiedades ocultas y quintaesencias encontramos? Pues ir según la Naturaleza para nosotros no es más que ir según nuestra inteligencia, en cuanto puede seguir y en cuanto vemos en ella: lo que está más allá es monstruoso y desordenado. Ahora bien, a este respecto, para los más avisados y hábiles todo será pues monstruoso: pues a esos la razón humana les ha persuadido de que no tenía ni pie ni fundamento alguno, ni siquiera para asegurar si la nieve es blanca; y Anaxágoras decía que era negra. Si hay algo o si no hay nada; si hay ciencia o ignorancia; lo que Metrodoro de Quíos negaba que el hombre pudiera decir. O si vivimos; como Eurípides duda si la vida que vivimos es vida, o si es eso que llamamos muerte lo que es vida:
«¿Quién sabe si vivir es eso que se llama morir, y si morir es vivir?»
Y no sin apariencia. Pues ¿por qué tomamos título de ser de ese instante que no es sino un destello en el curso infinito de una noche eterna, y una interrupción tan breve de nuestra perpetua y natural condición? La muerte ocupa todo lo que hay antes y todo lo que hay después de ese momento, y todavía una buena parte de ese momento. Otros juran que no hay movimiento alguno, que nada se mueve: como los seguidores de Meliso. Pues si no hay más que uno, ni ese movimiento esférico puede servirle, ni el movimiento de un lugar a otro, como Platón demuestra. Que no hay ni generación ni corrupción en la Naturaleza. Protágoras dice que no hay nada en la Naturaleza sino la duda. Que de todas las cosas se puede disputar por igual: y de esto mismo, si se puede disputar por igual de todas las cosas. Mansífanes, que de las cosas que parecen, ninguna es más que no es. Que no hay otra certeza que la incertidumbre. Parménides, que de lo que parece, no hay cosa alguna en general. Que no hay sino uno. Zenón, que uno mismo no es. Y que no hay nada. Si uno fuera, estaría o en otro, o en sí mismo. Si está en otro, son dos. Si está en sí mismo, son todavía dos, el que comprende y lo comprendido. Según estos dogmas, la naturaleza de las cosas no es sino una sombra falsa o vana.
Siempre me ha parecido que para un hombre cristiano esta manera de hablar está llena de indiscreción e irreverencia: Dios no puede morir, Dios no puede desdecirse, Dios no puede hacer esto o aquello. No me parece bien encerrar así el poder divino bajo las leyes de nuestra palabra. Y la apariencia que se nos ofrece en estas proposiciones, habría que representarla más reverente y religiosamente.
Nuestro lenguaje tiene sus debilidades y sus defectos, como todo lo demás. La mayor parte de las ocasiones de los conflictos del mundo son gramaticales. Nuestros procesos no nacen sino del debate sobre la interpretación de las leyes; y la mayor parte de las guerras, de esta impotencia de no haber sabido expresar claramente las convenciones y tratados de acuerdo de los príncipes. ¡Cuántas querellas y cuán importantes ha producido en el mundo la duda sobre el sentido de esta sílaba, Hoc! Tomemos la cláusula que la lógica misma nos presentará como la más clara. Si dices: Hace buen tiempo, y dices verdad, entonces hace buen tiempo. ¿No es esta una forma de hablar segura? Todavía nos engañará. Que sea así, sigamos el ejemplo: si dices: Miento, y dices verdad, entonces mientes. El arte, la razón, la fuerza de la conclusión de esta son iguales a la otra, sin embargo nos quedamos empantanados. Veo a los filósofos pirrónicos que no pueden expresar su concepción general en ninguna manera de hablar, pues les haría falta un nuevo lenguaje. El nuestro está todo formado de proposiciones afirmativas, que les son completamente enemigas. De modo que cuando dicen: Dudo, los agarran inmediatamente por el cuello para hacerles confesar que al menos afirman y saben eso, que dudan. Así se les ha obligado a refugiarse en esta comparación de la medicina, sin la cual su humor sería inexplicable. Cuando pronuncian: Ignoro, o: Dudo, dicen que esta proposición se lleva a sí misma junto con todo lo demás: ni más ni menos que el ruibarbo, que expulsa los malos humores y se lleva fuera junto consigo mismo. Esta fantasía se concibe más seguramente por interrogación: ¿Qué sé yo?, como la llevo en la divisa de una balanza.
Ved cómo se aprovechan de esta manera de hablar llena de irreverencia. En las disputas que hay actualmente en nuestra religión, si presionas demasiado a los adversarios, te dirán con todo descaro que no está en el poder de Dios hacer que su cuerpo esté en el paraíso y en la tierra, y en varios lugares a la vez. Y ese burlón antiguo, cómo saca provecho de ello. Al menos, dice, es un consuelo no ligero para el hombre, el ver que Dios no puede hacerlo todo: pues no puede matarse cuando quisiera, que es el mayor favor que tenemos en nuestra condición; no puede hacer a los mortales inmortales, ni resucitar a los muertos, ni que quien ha vivido no haya vivido, quien ha tenido honores no los haya tenido, no teniendo otro derecho sobre el pasado que el olvido. Y a fin de que esta asociación del hombre con Dios se refuerce todavía con ejemplos placenteros, no puede hacer que dos veces diez no sean veinte. He ahí lo que dice, y que un cristiano debería evitar que pasara por su boca. Cuando por el contrario, parece que los hombres buscan esta loca fiereza de lenguaje para reducir a Dios a su medida.
«El Padre, ya cubra el cielo mañana con negra nube, ya con sol puro, no hará sin embargo inválido lo que ha quedado atrás, ni deshará ni hará no ocurrido lo que la hora fugitiva una vez se llevó».
Cuando decimos que la infinidad de los siglos tanto pasados como futuros no es para Dios sino un instante; que su bondad, sabiduría, poder son la misma cosa que su esencia: nuestra palabra lo dice, pero nuestra inteligencia no lo aprehende. Y sin embargo nuestra presunción quiere hacer pasar la divinidad por nuestra criba. Y de ahí nacen todos los desvaríos y errores de que se encuentra lleno el mundo, trayendo y pesando en su balanza cosa tan alejada de su peso. «Es asombroso hasta dónde llega la perversidad del corazón humano, invitada por algún pequeño éxito». ¡Cuán insolentemente censura Epicuro a los estoicos por sostener que el ser verdaderamente bueno y feliz pertenece solo a Dios, y que el hombre sabio no tiene de ello sino una sombra y semejanza! ¡Cuán temerariamente han atado a Dios al destino! (¡ojalá algunos de nombre cristiano no lo hicieran todavía!) y Tales, Platón y Pitágoras lo han sometido a la necesidad. Esta fiereza de querer descubrir a Dios con nuestros ojos ha hecho que un gran personaje de los nuestros haya atribuido a la divinidad una forma corporal. Y es causa de lo que nos sucede todos los días, de atribuir a Dios los acontecimientos de importancia con una asignación particular. Porque nos pesan, parece que le pesan también a él, y que les presta atención más entera y atenta que a los acontecimientos que nos son ligeros o de un curso ordinario.
«Los dioses se ocupan de las cosas grandes, descuidan las pequeñas». Escucha su ejemplo: te lo aclarará con su razón: «Ni siquiera en los reinos se ocupan los reyes de todas las cosas mínimas». Como si para ese Rey fuera más y menos remover un imperio que la hoja de un árbol; y como si su providencia se ejerciera de otro modo, inclinando el resultado de una batalla que el salto de una pulga. La mano de su gobierno se aplica a todas las cosas con igual tenor, la misma fuerza y el mismo orden; nuestro interés no aporta nada; nuestros movimientos y nuestras medidas no lo tocan. «Dios es tan gran artífice en las cosas grandes que no es menor en las pequeñas». Nuestra arrogancia nos pone siempre delante esta blasfema equiparación. Porque nuestras ocupaciones nos cargan, Estratón ha liberado a los dioses de toda inmunidad de oficios, como son sus sacerdotes. Hace que la Naturaleza produzca y mantenga todas las cosas, y de sus pesos y movimientos construye las partes del mundo, descargando a la naturaleza humana del temor de los juicios divinos. «Lo que es dichoso y eterno, ni tiene ocupación alguna ni la procura a otro». La Naturaleza quiere que en cosas iguales haya relación igual. El número infinito de mortales concluye un número igual de inmortales; las cosas infinitas que matan y destruyen presuponen otras tantas que conservan y aprovechan.
Como las almas de los dioses, sin lengua, sin ojos, sin orejas, sienten entre sí cada una lo que la otra siente y juzgan nuestros pensamientos: así las almas de los hombres, cuando están libres y desprendidas del cuerpo, por el sueño o por algún rapto, adivinan, pronostican y ven cosas que no sabrían ver mezcladas con los cuerpos. «Los hombres, dice san Pablo, se volvieron locos creyendo ser sabios, y han mudado la gloria de Dios incorruptible en la imagen del hombre corruptible».
Ved un poco este juego de manos de las deificaciones antiguas. Después de la grande y soberbia pompa del entierro, cuando el fuego empezaba a prender en lo alto de la pirámide y asir el lecho del difunto, dejaban escapar al mismo tiempo un águila, que volando hacia arriba significaba que el alma se iba al paraíso. Tenemos mil medallas, y especialmente de esa honesta mujer de Faustina, donde está representada esa águila llevando al cielo a esas almas deificadas hacia el calor de la muerte. Es lástima que nos engañemos con nuestras propias monerías e invenciones,
Temen lo que han inventado; como los niños que se asustan de ese mismo rostro que han embadurnado y ennegrecido a su compañero. Como si nada hubiera más desgraciado que el hombre dominado por sus propias invenciones. Está muy lejos de honrar a aquel que nos ha hecho el hecho de honrar a aquel que nosotros hemos hecho. Augusto tuvo más templos que Júpiter, y fue servido con tanta religión y creencia de milagros. Los tasios, en recompensa de los beneficios que habían recibido de Agesilao, vinieron a decirle que lo habían canonizado. «Vuestra nación —les dijo—, ¿tiene acaso ese poder de hacer dios a quien le plazca? Haced uno de entre vosotros para ver, y luego, cuando yo haya visto cómo le ha ido, os daré las gracias por vuestra oferta». El hombre es ciertamente insensato: no sabría forjar un mosquito, y forja dioses a docenas. Oíd a Trismegisto alabando nuestra suficiencia: «De todas las cosas admirables ha sobrepasado la admiración el que el hombre haya podido encontrar la naturaleza divina y hacerla». He aquí argumentos de la escuela misma de la filosofía.
«Conocer a los dioses y las potencias del cielo es dado solo a algunos, o solo a algunos no conocerlos».
Si Dios existe, es un ser animado; si es un ser animado, tiene sentidos; y si tiene sentidos, está sujeto a corrupción. Si carece de cuerpo, carece de alma, y por consiguiente de acción; y si tiene cuerpo, es perecedero. ¿No es esto triunfar? Somos incapaces de haber hecho el mundo; hay entonces alguna naturaleza más excelente que ha puesto mano en ello. Sería una tonta arrogancia estimarnos la cosa más perfecta de este universo. Hay entonces algo mejor. Eso es Dios. Cuando veis una morada rica y suntuosa, aunque no sepáis quién es su dueño, no diréis que está hecha para ratas. Y esta estructura divina que vemos del palacio celeste, ¿no hemos de creer que es la morada de algún señor más grande que nosotros? ¿No es lo más alto siempre lo más digno? Y nosotros estamos colocados en lo más bajo. Nada sin alma y sin razón puede producir un ser capaz de razón. El mundo nos produce: tiene entonces alma y razón. Cada parte de nosotros es menos que nosotros. Somos parte del mundo. El mundo está entonces provisto de sabiduría y de razón, y más abundantemente que nosotros. Es hermoso tener un gran gobierno. El gobierno del mundo pertenece entonces a alguna naturaleza feliz. Los astros no nos son dañinos: están entonces llenos de bondad. Tenemos necesidad de alimento, también lo tienen entonces los dioses, y se alimentan de los vapores de aquí abajo. Los bienes mundanos no son bienes para Dios: no son entonces bienes para nosotros. Ofender y ser ofendido son igualmente testimonios de debilidad: es entonces locura temer a Dios. Dios es bueno por su naturaleza; el hombre por su industria, lo cual es más. La sabiduría divina y la sabiduría humana no tienen otra distinción sino que aquella es eterna. Ahora bien, la duración no es ningún añadido a la sabiduría. Por tanto, he aquí que somos compañeros. Tenemos vida, razón y libertad; estimamos la bondad, la caridad y la justicia: estas cualidades están entonces en él. En suma, la construcción y la deconstrucción, las condiciones de la divinidad, se forjan por el hombre según la relación consigo mismo. ¡Qué patrón y qué modelo! Estiremos, elevemos y engrosemos las cualidades humanas cuanto nos plazca. Infla tu orgullo, pobre hombre, y más, y más, y más.
«Aunque revientes, dice, no». No es ciertamente a Dios, a quien no pueden concebir, sino a sí mismos a quienes conciben en su lugar; no a él, sino a sí mismos; no con él, sino consigo mismos se comparan. En las cosas naturales los efectos solo a medias reflejan sus causas. ¿Qué decir de esta? Está por encima del orden de la naturaleza; su condición es demasiado elevada, demasiado lejana y demasiado soberana para soportar que nuestras conclusiones la aten y la amordacen. No es por nosotros que se llega a ella; esa ruta es demasiado baja. No estamos más cerca del cielo sobre el monte Cenis que en el fondo del mar; consultadlo si queréis con vuestro astrolabio. Rebajan a Dios hasta el trato carnal con las mujeres, a cuántas veces, a cuántas generaciones. Paulina, esposa de Saturnino, matrona de gran reputación en Roma, creyendo acostarse con el dios Serapis, se encontró entre los brazos de un amante suyo, gracias al proxenetismo de los sacerdotes de ese templo. Varrón, el autor latino más sutil y más sabio, escribe en sus libros de teología que el sacristán de Hércules, echando suertes con una mano para sí, con la otra para Hércules, jugó contra él una cena y una muchacha: si ganaba, a costa de las ofrendas; si perdía, a costa de las suyas.
Perdió, pagó su cena y su muchacha. Su nombre era Laurentina, quien vio de noche a ese dios entre sus brazos, diciéndole además que al día siguiente el primero que encontrase la pagaría celestialmente por su salario. Fue Tarunció, joven rico, quien la llevó a su casa y con el tiempo la dejó heredera. Ella a su vez, esperando hacer cosa agradable a ese dios, dejó heredero al pueblo romano. Por lo cual se le atribuyeron honores divinos. Como si no bastara que por doble estirpe Platón descendiera originalmente de los dioses y tuviera por autor común de su raza a Neptuno: se tenía por cierto en Atenas que Aristón, habiendo querido gozar de la bella Perictiona, no había podido. Y fue advertido en sueños por el dios Apolo de dejarla sin manchar e intacta hasta que diese a luz. Eran el padre y la madre de Platón. ¡Cuántos hay en las historias de semejantes cornudos procurados por los dioses contra los pobres humanos! Y de maridos injuriosamente deshonrados en favor de los hijos. En la religión de Mahoma se encuentran, por la creencia de ese pueblo, bastantes Merlinos: es decir, niños sin padre, espirituales, nacidos divinamente en el vientre de vírgenes. Y llevan un nombre que lo significa en su lengua. Debemos notar que para cada cosa nada hay más querido y estimable que su ser (el león, el águila, el delfín no aprecian nada por encima de su especie) y que cada una relaciona las cualidades de todas las otras cosas con sus propias cualidades.
Podemos sin duda extenderlas y acortarlas, pero eso es todo; pues fuera de esta relación y de este principio, nuestra imaginación no puede ir, no puede adivinar nada más, y es imposible que salga de ahí y que pase más allá. De donde nacen estas antiguas conclusiones: De todas las formas, la más bella es la del hombre; Dios es entonces de esta forma. Nadie puede ser feliz sin virtud; ni la virtud existir sin razón; y ninguna razón alojarse en otro lugar que en la figura humana; Dios está entonces revestido de figura humana. Así está formado y anticipado en nuestras mentes que al hombre, cuando piensa en Dios, se le presenta la forma humana. Por eso decía graciosamente Jenófanes que si los animales se forjaran dioses, como es verosímil que hagan, ciertamente los forjarían semejantes a ellos mismos y se glorificarían como nosotros. Pues ¿por qué no dirá un ganso así?: Todas las piezas del universo me miran a mí; la tierra me sirve para caminar, el sol para alumbrarme, las estrellas para inspirarme sus influencias; tengo tal comodidad de los vientos, tal de las aguas; no hay nada que esta bóveda mire tan favorablemente como a mí; soy el favorito de la naturaleza. ¿No es el hombre quien me cuida, quien me aloja, quien me sirve? Es para mí que siembra y muele: si me come, también come el hombre a su compañero; y así hago yo con los gusanos que lo matan y que lo comen.
Otro tanto diría una grulla; y más magníficamente aún por la libertad de su vuelo y la posesión de esa bella y alta región. Tan halagadora conciliadora y tan alcahueta de sí misma es la naturaleza. Ahora bien pues, por este mismo camino, para nosotros son los destinos, para nosotros el mundo; luce, truena para nosotros; y el creador y las criaturas, todo es para nosotros. Es el fin y el punto al que apunta la universalidad de las cosas. Mirad el registro que la filosofía ha llevado durante dos mil años y más de los asuntos celestes: los dioses no han actuado, no han hablado sino para el hombre; ella no les atribuye otra deliberación ni otra ocupación. Helos ahí contra nosotros en guerra.
«Y los jóvenes de la tierra dominados por la mano de Hércules, de donde la resplandeciente morada del viejo Saturno tembló de peligro».
Helos ahí partidarios de nuestros conflictos, para devolvernos la parejas de lo que tantas veces hemos sido partidarios de los suyos:
«Neptuno con su gran tridente sacude los muros y los cimientos removidos, y arranca la ciudad entera de sus bases; aquí Juno, la más cruel, ocupa la primera las puertas Esceas».
Los caunios, por celos de la dominación de sus dioses propios, toman las armas en la espalda el día de su devoción y van recorriendo toda su comarca, golpeando el aire aquí y allá con sus espadas, ahuyentando así con todas sus fuerzas y desterrando a los dioses extranjeros de su territorio. Sus poderes están limitados según nuestra necesidad. Uno cura los caballos, otro los hombres, otro la peste, otro la tiña, otro la tos, otro una especie de sarna, otro otra: «hasta tal punto la religión perversa introduce dioses en las cosas más mínimas». Uno hace nacer las uvas, otro los ajos; uno tiene a su cargo la lujuria, otro el comercio: para cada clase de artesanos, un dios; uno tiene su provincia en Oriente y su crédito, otro en Poniente.
«Aquí estuvieron sus armas, aquí su carro.»
«¡Oh, santo Apolo, que ocupas el ombligo cierto de las tierras!» «Los cecrópidas a Palas, la Creta de Minos a Diana, la tierra de Hipsípila adora a Vulcano, Esparta a Juno, y Micenas pelopeida; el rostro de Ménalo a Fauno portador de pinos, Marte es venerable en el Lacio.»
Uno no tiene en su posesión más que un pueblo o una familia; uno vive solo, otro en compañía, voluntaria o necesariamente.
«Están unidos los templos del nieto y del gran abuelo.» Los hay tan miserables y populares, pues su número asciende hasta treinta y seis mil, que hay que apiñar bien cinco o seis para producir una espiga de trigo, y toman de ello sus diversos nombres. Tres para una puerta: el de la tabla, el del gozne, el del umbral. Cuatro para un niño, protectores de sus pañales, de su bebida, de su comida, de su amamantamiento. Algunos ciertos, otros inciertos y dudosos. Algunos que aún no entran en el paraíso.
«A los que, puesto que aún no los consideramos dignos del honor del cielo, permitamos al menos habitar las tierras que les hemos dado.»
Los hay físicos, poéticos, civiles. Algunos, intermedios entre la naturaleza divina y la humana, mediadores, intermediarios entre nosotros y Dios. Adorados por cierto segundo orden de adoración, y disminuido. Infinitos en títulos y funciones: unos buenos, otros malos. Los hay viejos y decrépitos, y los hay mortales. Pues Crisipo estimaba que en la última conflagración del mundo todos los dioses tendrían que acabar, salvo Júpiter. El hombre forja mil agradables sociedades entre Dios y él. ¿Acaso no es su compatriota?
«Creta, cuna de Júpiter.» He aquí la excusa que nos dan, sobre la consideración de este asunto, Escévola, gran pontífice, y Varrón, gran teólogo, en su tiempo: Que es necesario que el pueblo ignore muchas cosas verdaderas y crea muchas falsas. «Cuando busca la verdad que lo liberaría, se cree que le conviene que sea engañado.» Los ojos humanos no pueden percibir las cosas sino por las formas de su conocimiento. Y no nos acordamos del salto que dio el miserable Faetón por haber querido manejar las riendas de los caballos de su padre con mano mortal. Nuestro espíritu cae en parecida profundidad, se disipa y se destroza de la misma manera por su temeridad. Si le preguntas a la filosofía de qué materia está hecho el sol, ¿qué te responderá sino de hierro y de piedra, u otra materia de su uso? Si se pregunta a Zenón qué es la naturaleza, responde: Un fuego artífice, propio para engendrar, que procede de manera ordenada. Arquímedes, maestro de esa ciencia que se atribuye la preeminencia sobre todas las demás en verdad y certeza, dice: El sol es un dios de hierro inflamado. ¡He ahí una bella imaginación producida por la inevitable necesidad de las demostraciones geométricas! Sin embargo, no tan inevitable y útil que Sócrates no haya estimado que bastaba con saber de ella hasta el punto de poder medir la tierra que se daba y se recibía, y que Polyeno, que había sido en ella famoso e ilustre doctor, no las haya despreciado como llenas de falsedad y vanidad aparente, después de haber probado los dulces frutos de los jardines perezosos de Epicuro.
Sócrates, en Jenofonte, a propósito de Anaxágoras, estimado por la antigüedad como entendido por encima de todos los demás en las cosas celestes y divinas, dice que se trastornó el cerebro, como todos los hombres que investigan inmoderadamente los conocimientos que no son de su incumbencia. Por el hecho de que hacía del sol una piedra ardiente, no se daba cuenta de que una piedra no brilla en el fuego y, lo que es peor, de que se consume en él. Por el hecho de que hacía uno del sol y del fuego, no advertía que el fuego no ennegrece a quienes mira; que miramos fijamente el fuego; que el fuego mata las plantas y las hierbas. A juicio de Sócrates, y también al mío, lo más sabiamente juzgado del cielo es no juzgar de él en absoluto. Platón, teniendo que hablar de los démones en el Timeo, dice: Es empresa que supera nuestra capacidad; hay que creer a estos antiguos que se han dicho engendrados por ellos. Es contra razón rehusar la fe a los hijos de los dioses, aunque su dicho no esté establecido por razones necesarias ni verosímiles, puesto que nos responden que hablan de cosas domésticas y familiares. Veamos si tenemos un poco más de claridad en el conocimiento de las cosas humanas y naturales. ¿No es una empresa ridícula, a aquellas a las cuales por nuestra propia confesión nuestra ciencia no puede alcanzar, irles forjando otro cuerpo y prestándoles una forma falsa de nuestra invención, como se ve en el movimiento de los planetas, al cual, puesto que nuestro espíritu no puede llegar ni imaginar su conducta natural, les prestamos del nuestro, resortes materiales, pesados y corporales?
«El timón de oro, de oro la curvatura de la rueda superior, de plata el orden de los rayos.»
Diríase que hemos tenido cocheros, carpinteros y pintores que han ido a instalar allá arriba máquinas de diversos movimientos y a disponer los engranajes y entrelazamientos de los cuerpos celestes abigarrados en color, alrededor del huso de la necesidad, según Platón.
«El mundo es la mayor casa de las cosas, que cinco zonas altisonantes ciñen con su división, por la cual una faja pintada con los doce signos centelleantes de estrellas, alta en el éter oblicuo, recibe el carro de la luna.»
Todo eso son sueños y fantasías descabelladas. ¿Por qué no le place un día a la Naturaleza abrirnos su seno y hacernos ver directamente los medios y la dirección de sus movimientos, y preparar nuestros ojos para ello? ¡Dios, qué errores, qué equivocaciones encontraríamos en nuestra pobre ciencia! Me engaño si esta mantiene una sola cosa correctamente en su punto: y me iré de aquí más ignorante de cualquier otra cosa que de mi propia ignorancia. ¿Acaso no he visto en Platón esta divina frase, que la Naturaleza no es más que una poesía enigmática? Como, quizás, quien dijera, una pintura velada y tenebrosa, resplandeciente de una infinita variedad de falsas luces para ejercitar nuestras conjeturas. «Todo eso permanece oculto, cubierto y envuelto en densas tinieblas: de modo que no hay penetración del ingenio humano tan grande que pueda penetrar en el cielo, introducirse en la tierra». Y ciertamente la filosofía no es más que una poesía sofisticada. ¿De dónde sacan esos autores antiguos todas sus autoridades, sino de los poetas? Y los primeros fueron ellos mismos poetas, y la trataron según su arte. Platón no es más que un poeta inconexo. Todas las ciencias sobrehumanas se visten con el estilo poético. Del mismo modo que las mujeres emplean dientes de marfil, donde les faltan los suyos naturales, y en lugar de su verdadera tez, se fabrican una con alguna materia extraña: como hacen con muslos de tela y fieltro, y con volumen de algodón y a la vista y conocimiento de todos se embellecen con una belleza falsa y prestada; así hace la ciencia (y nuestro propio derecho tiene, se dice, ficciones legítimas sobre las cuales funda la verdad de su justicia), nos da en pago y como presupuesto, las cosas que ella misma nos enseña que son inventadas: pues esos epiciclos, excéntricos, concéntricos, de los que la astrología se vale para dirigir el movimiento de sus estrellas, nos los da como lo mejor que ha sabido inventar sobre ese tema: como también en lo demás, la filosofía nos presenta, no lo que es, o lo que cree, sino lo que fabrica por tener más apariencia y elegancia.
Platón, sobre el discurso del estado de nuestro cuerpo y del de los animales: «Que lo que hemos dicho sea verdad, nos aseguraríamos de ello, si tuviéramos sobre eso la confirmación de un oráculo. Solamente aseguramos que es lo más verosímil que hemos sabido decir». No es solo al cielo adonde envía sus cuerdas, sus ingenios y sus ruedas: consideremos un poco lo que dice de nosotros mismos y de nuestra estructura. No hay más retrogradación, trepidación, acceso, retroceso, arrebato, en los astros y cuerpos celestes, que los que han forjado en este pobre pequeño cuerpo humano. Verdaderamente han tenido razón por ello, de llamarlo el pequeño mundo, tantas piezas y aspectos han empleado para construirlo y edificarlo. Para acomodar los movimientos que ven en el hombre, las diversas funciones y facultades que sentimos en nosotros, ¿en cuántas partes han dividido nuestra alma? ¿en cuántos lugares la han alojado? ¿a cuántos órdenes y niveles han repartido este pobre hombre, además de los naturales y perceptibles? ¿y a cuántos oficios y ocupaciones? Hacen de él una cosa pública imaginaria. Es un tema que sostienen y manejan: se les deja todo el poder de descoserlo, ordenarlo, recomponerlo, y rellenarlo, cada uno según su fantasía; y aun así no lo poseen todavía. No solamente en verdad, sino incluso en sueños, no pueden regularlo sin que se encuentre alguna cadencia, o algún sonido, que escapa a su arquitectura, por enorme que sea, y remendada con mil retazos falsos y fantásticos.
Y no hay razón para excusarlos. Porque a los pintores, cuando pintan el cielo, la tierra, los mares, los montes, las islas apartadas, les perdonamos que solo nos muestren alguna marca ligera: y como de cosas ignoradas, nos contentamos con cualquier sombra o ficción. Pero cuando nos representan al natural, u otro tema que nos es familiar y conocido, exigimos de ellos una perfecta y exacta representación de los lineamientos y los colores: y los despreciamos si fallan en ello. Agradezco a la moza de Mileto que, viendo al filósofo Tales ocuparse continuamente en la contemplación de la bóveda celeste, y mantener siempre los ojos elevados hacia arriba, puso en su camino algo para hacerlo tropezar, a fin de advertirle que sería tiempo de ocupar su pensamiento en las cosas que estaban en las nubes, cuando hubiera provisto a las que estaban a sus pies. Ella le aconsejaba ciertamente bien, mirar más a sí mismo que al cielo. Pues, como dice Demócrito por boca de Cicerón:
«Nadie mira lo que tiene ante los pies: escudriñan las regiones del cielo». Pero nuestra condición implica que el conocimiento de lo que tenemos entre manos está tan alejado de nosotros, y tan por encima de las nubes, como el de los astros. Como dice Sócrates en Platón, que a cualquiera que se dedica a la filosofía, se le puede hacer el reproche que hace esa mujer a Tales, que no ve nada de lo que está delante de él. Pues todo filósofo ignora lo que hace su vecino, sí, y lo que hace él mismo, e ignora lo que son ambos, o bestias, o hombres. Esos individuos que encuentran demasiado débiles las razones de Sebond, que no ignoran nada, que gobiernan el mundo, que lo saben todo:
«Qué causas contienen el mar, qué templa el año, si las estrellas vagan y yerran por propia voluntad, o mandadas: qué oprime el oscuro orbe de la Luna, qué lo saca adelante, qué quiere y qué puede la discorde concordia de las cosas»:
¿Acaso no han examinado ellos mismos a veces en sus libros las dificultades que se presentan para conocer su propio ser? Vemos bien que el dedo se mueve, que el pie se mueve, que algunas partes se agitan por sí mismas sin nuestro permiso y que otras las movemos por nuestra orden, que cierta aprensión engendra el rubor, cierta otra la palidez, tal imaginación actúa solo en el bazo, tal otra en el cerebro, una nos causa la risa, la otra el llanto, tal otra paraliza y asombra todos nuestros sentidos y detiene el movimiento de nuestros miembros, ante tal objeto el estómago se revuelve, ante tal otro alguna parte más baja. Pero cómo una impresión espiritual produce tal efecto en un sujeto macizo y sólido, y la naturaleza del enlace y costura de estos admirables mecanismos, jamás hombre alguno lo ha sabido: Omnia incerta ratione, et in naturæ maiestate abdita, dice Plinio; y san Agustín: Modus, quo corporibus adhærent spiritus, omnino mirus est, nec comprehendi ab homine potest: et hoc ipse homo est. Y sin embargo no se pone en duda: pues las opiniones de los hombres son recibidas siguiendo las creencias antiguas, por autoridad y a crédito, como si fuese religión y ley. Se recibe como una jerga lo que comúnmente se sostiene: se recibe esta verdad, con todo su aparato y conjunto de argumentos y pruebas, como un cuerpo firme y sólido, que ya no se sacude, que ya no se juzga.
Al contrario, cada cual a cuál mejor, va revistiendo y reforzando esta creencia recibida con todo lo que puede su razón, que es un útil flexible, moldeable y acomodable a toda figura. Así se llena el mundo y se empaña en insulsos y en mentira. Lo que hace que de pocas cosas se dude es que las impresiones comunes jamás se ponen a prueba; no se sondea su base, donde radica la falta y la debilidad: solo se debate sobre las ramas: no se pregunta si esto es cierto, sino si ha sido así o de otro modo entendido. No se pregunta si Galeno ha dicho algo que valga la pena, sino si ha dicho así o de otra manera. Verdaderamente era razonable que esta brida y restricción de la libertad de nuestros juicios, y esta tiranía de nuestras creencias, se extendiese hasta las escuelas y las artes. El dios de la ciencia escolástica es Aristóteles: es religión debatir sus ordenanzas, como las de Licurgo en Esparta. Su doctrina nos sirve de ley magistral: que quizá es tan falsa como cualquier otra. No sé por qué no aceptaría yo tan gustosamente las ideas de Platón, o los átomos de Epicuro, o lo lleno y lo vacío de Leucipo y Demócrito, o el agua de Tales, o la infinidad de la naturaleza de Anaximandro, o el aire de Diógenes, o los números y simetrías de Pitágoras, o el infinito de Parménides, o el uno de Museo, o el agua y el fuego de Apolodoro, o las partes similares de Anaxágoras, o la discordia y amistad de Empédocles, o el fuego de Heráclito, o cualquier otra opinión (de esta confusión infinita de pareceres y sentencias que produce esta bella razón humana por su certeza y clarividencia en todo aquello de que se ocupa) como haría con la opinión de Aristóteles sobre este asunto de los principios de las cosas naturales: principios que él construye con tres piezas: materia, forma y privación.
¿Y qué hay más vano que hacer de la inanidad misma causa de la producción de las cosas? La privación es una negativa: ¿de qué humor ha podido hacer de ella la causa y origen de las cosas que son? Esto, sin embargo, no se osa sacudir más que para el ejercicio de la lógica. No se debate nada para ponerlo en duda, sino para defender al autor de la escuela de las objeciones extrañas; su autoridad es la meta, más allá de la cual no está permitido investigar.
Es muy fácil construir lo que uno quiere sobre fundamentos admitidos; pues según la ley y ordenanza de este comienzo, el resto de las piezas del edificio se conduce fácilmente, sin contradecirse. Por esta vía encontramos nuestra razón bien fundada y discurrimos a rienda suelta. Pues nuestros maestros se apoderan y ganan de antemano tanto lugar en nuestra creencia cuanto les hace falta para concluir después lo que quieren; al modo de los geómetras con sus postulados admitidos: el consentimiento y aprobación que les prestamos les da con qué llevarnos a izquierda y derecha, y hacernos girar a su voluntad. Quien es creído en sus presuposiciones es nuestro maestro y nuestro dios: tomará el plantel de sus fundamentos tan amplio y tan fácil que mediante ellos podrá elevarnos, si quiere, hasta las nubes. En esta práctica y negociación de la ciencia hemos tomado por dinero contante la palabra de Pitágoras: que cada experto debe ser creído en su arte. El dialéctico se remite al gramático en cuanto a la significación de las palabras; el retórico toma prestado del dialéctico los lugares de los argumentos; el poeta, del músico las medidas; el geómetra, del aritmético las proporciones; los metafísicos toman por fundamento las conjeturas de la física. Pues cada ciencia tiene sus principios presupuestos, por los cuales el juicio humano está frenado por todas partes.
Si vienes a chocar contra esta barrera en la que radica el principal error, tienen al punto esta sentencia en la boca: que no hay que debatir contra quienes niegan los principios. Ahora bien, no puede haber principios para los hombres si la divinidad no se los ha revelado: de todo lo demás, el comienzo, el medio y el fin, no es más que sueño y humo. A quienes combaten por presuposición hay que presuponerles al contrario el mismo axioma del que se debate. Pues toda presuposición humana, y toda enunciación, tiene tanta autoridad como la otra, si la razón no marca la diferencia. Así pues, hay que ponerlas todas en la balanza, y en primer lugar las generales y las que nos tiranizan. La persuasión de la certeza es un cierto testimonio de locura y de incertidumbre extrema. Y no hay gente más loca ni menos filósofa que los filodoxos de Platón. Hay que saber si el fuego es caliente, si la nieve es blanca, si hay algo duro o blando en nuestro conocimiento. Y en cuanto a esas respuestas de las que se cuentan historias antiguas: como a aquel que ponía en duda el calor y a quien se le dijo que se lanzara al fuego; a aquel que negaba la frialdad del hielo, que se la metiera en el pecho: son muy indignas de la profesión filosófica.
Si nos hubieran dejado en nuestro estado natural, recibiendo las apariencias extrañas según se nos presentan por nuestros sentidos, y nos hubieran dejado seguir nuestros apetitos simples y regulados por la condición de nuestro nacimiento, tendrían razón al hablar así. Pero es de ellos de quienes hemos aprendido a convertirnos en jueces del mundo; es de ellos de quienes recibimos esta fantasía de que la razón humana es controladora general de todo lo que está fuera y dentro de la bóveda celeste, que lo abarca todo, que lo puede todo, por medio de la cual todo se sabe y se conoce. Esta respuesta sería buena entre los caníbales, que gozan de la dicha de una larga vida tranquila y pacífica, sin los preceptos de Aristóteles y sin el conocimiento del nombre de la física. Esta respuesta valdría quizá más y tendría mayor firmeza que todas las que toman prestadas de su razón y de su invención. De esta serían capaces con nosotros todos los animales, y todo aquello donde el mandamiento es aún puro y simple de la ley natural: pero ellos han renunciado a ella. No tienen que decirme: es cierto porque tú lo ves y sientes así; tienen que decirme si lo que yo creo sentir, lo siento no obstante en efecto, y si lo siento, que me digan después por qué lo siento, y cómo, y qué; que me digan el nombre, el origen, los vínculos y límites del calor, del frío, las cualidades del que actúa y del que padece, o que abandonen su profesión, que es no recibir ni aprobar nada más que por la vía de la razón: esta es su piedra de toque para toda clase de ensayos. Pero ciertamente es una piedra de toque llena de falsedad, de error, de debilidad y deficiencia.
¿Por dónde la queremos poner mejor a prueba que por ella misma? Si no hay que creerla cuando habla de sí, difícilmente será apropiada para juzgar las cosas extrañas; si conoce algo, al menos será su ser y su domicilio. Está en el alma, y es parte o efecto de ella: pues la verdadera razón esencial, de la cual robamos el nombre con falsas enseñas, reside en el seno de Dios, allí está su morada y su retiro, es desde allí donde parte cuando place a Dios hacernos ver algún rayo de ella, como Palas saltó de la cabeza de su padre para comunicarse al mundo. Ahora veamos qué nos ha enseñado la razón humana sobre sí misma y sobre el alma: no sobre el alma en general, de la cual casi toda la filosofía hace partícipes a los cuerpos celestes y los primeros cuerpos, ni sobre la que Tales atribuía a las cosas mismas que se tienen por inanimadas, movido por la consideración del imán, sino sobre la que nos pertenece, que debemos conocer mejor.
Pues se ignora cuál es la naturaleza del alma: si ha nacido, o si por el contrario se inserta en los que nacen, y perece con nosotros separada por la muerte; o si visita las tinieblas del Orco y sus vastas cavernas, o si se inserta por voluntad divina en otros animales.
Según Crates y Dicearco, no existía en absoluto, sino que el cuerpo se agitaba así por un movimiento natural; según Platón, era una sustancia que se movía por sí misma; según Tales, una naturaleza sin reposo; según Asclepíades, un ejercicio de los sentidos; según Hesíodo y Anaximandro, algo compuesto de tierra y agua; según Parménides, de tierra y fuego; según Empédocles, de sangre:
Aquel vomita el alma sanguinolenta; según Posidonio, Cleantes y Galeno, un calor o complexión calurosa,
Ígneo es en ellos el vigor, y de origen celeste; según Hipócrates, un espíritu difundido por el cuerpo; según Varrón, un aire recibido por la boca, calentado en el pulmón, atemperado en el corazón y difundido por todo el cuerpo; según Zenón, la quintaesencia de los cuatro elementos; según Heráclides Póntico, la luz; según Jenócrates y los egipcios, un número móvil; según los caldeos, una virtud sin forma determinada.
Que es cierta condición vital del cuerpo, armonía que los griegos la llaman.
No olvidemos a Aristóteles, aquello que naturalmente hace mover el cuerpo, que llama entelequia, invención tan fría como cualquier otra, pues no habla ni de la esencia, ni del origen, ni de la naturaleza del alma, sino que solo señala su efecto. Lactancio, Séneca y la mayor parte de los dogmáticos han confesado que era cosa que no entendían. Y después de toda esta enumeración de opiniones: «Cuál de estas sentencias sea verdadera, que lo vea algún dios», dice Cicerón. Conozco por mí mismo, dice san Bernardo, cuán incomprensible es Dios, puesto que las partes de mi propio ser no las puedo comprender. Heráclito, que sostenía que todo estaba lleno de almas y demonios, mantenía sin embargo que no se podía avanzar tanto hacia el conocimiento del alma que se pudiera llegar a él, tan profunda era su esencia. No hay menos disensión ni debate para ubicarla. Hipócrates y Herófilo la sitúan en el ventrículo del cerebro; Demócrito y Aristóteles, por todo el cuerpo:
Como a menudo se dice que la salud está en todo el cuerpo, y sin embargo no es parte alguna del que tiene salud.
Epicuro, en el estómago:
Pues aquí se exalta el pavor y el miedo, estos lugares en torno acarician las alegrías.
Los estoicos, alrededor y dentro del corazón: Erasístrato, junto a la membrana del epicráneo: Empédocles, en la sangre: como también Moisés, que fue la razón por la que prohibió comer la sangre de los animales, en la cual está unida su alma: Galeno ha pensado que cada parte del cuerpo tiene su alma: Estratón la ha alojado entre las dos cejas: «En verdad no se debe siquiera preguntar qué rostro tiene el alma, o dónde habita», dice Cicerón. Yo dejo de buen grado a este hombre sus propias palabras. ¿Iría yo a alterar su lenguaje con elocuencia? Además, poco se gana robando la materia de sus invenciones. Son poco frecuentes, poco vigorosas y poco desconocidas. Pero la razón por la que Crisipo la sitúa alrededor del corazón, como los otros de su escuela, no debe olvidarse: Es porque, dice él, cuando queremos asegurar algo, ponemos la mano sobre el estómago: y cuando queremos pronunciar «ego», que significa yo, bajamos hacia el estómago la mandíbula inferior. Este pasaje no debe dejarse pasar sin señalar la vanidad de un personaje tan grande: pues aparte de que estas consideraciones son en sí mismas infinitamente ligeras, la última solo prueba para los griegos que tengan el alma en ese lugar. No hay juicio humano, por tenso que sea, que no dormite a veces. ¿Qué tememos decir? He aquí a los estoicos, padres de la prudencia humana, que encuentran que el alma de un hombre aplastado bajo una ruina se arrastra y se esfuerza largamente para salir, sin poder desembarazarse de la carga, como un ratón atrapado en la trampa. Algunos sostienen que el mundo fue hecho para dar cuerpo, como castigo, a los espíritus caídos por su falta, de la pureza en la que habían sido creados: la primera creación no habiendo sido sino incorpórea, y que según se han alejado más o menos de su espiritualidad, se los incorpora más o menos ágilmente o pesadamente. De ahí viene la variedad de tanta materia creada. Pero el espíritu que fue, como castigo, investido del cuerpo del sol, debió tener una medida de alteración bien rara y particular.
Los extremos de nuestra búsqueda caen todos en deslumbramiento. Como dice Plutarco sobre el comienzo de las historias, que a la manera de los mapas, el borde de las tierras conocidas está ocupado por pantanos, bosques profundos, desiertos y lugares inhabitables. He ahí por qué los delirios más groseros y pueriles se encuentran más en aquellos que tratan las cosas más elevadas, y más a fondo: hundiéndose en su curiosidad y presunción. El fin y el comienzo de la ciencia se sostienen en pareja estupidez. Ved a Platón tomar vuelo hacia arriba en sus nubes poéticas. Ved en él la jerga de los dioses. Pero ¿en qué pensaba cuando definió al hombre como un animal de dos patas, sin plumas, proporcionando a quienes tenían ganas de burlarse de él una placentera ocasión? Pues habiendo desplumado vivo un capón, iban nombrándolo el hombre de Platón.
Y qué, los epicúreos, ¿de qué simplicidad fueron al imaginar primeramente que sus átomos, que decían ser cuerpos que tenían cierta pesadez y un movimiento natural hacia abajo, hubiesen construido el mundo, hasta que fueron advertidos por sus adversarios de que por esta descripción no era posible que se juntaran y se prendieran el uno al otro, siendo su caída así recta y perpendicular, y engendrando por doquier líneas paralelas? Por lo cual fue fuerza que añadieran luego un movimiento de costado, fortuito: y que proveyeran además a sus átomos de colas curvas y ganchudas, para hacerlos aptos a engancharse y coserse. Y aun entonces, aquellos que los persiguen con esta otra consideración, ¿no los ponen en aprietos? Si los átomos han formado por azar tantas clases de figuras, ¿por qué nunca se han encontrado para hacer una casa y un zapato? ¿Por qué no se cree de igual modo que un número infinito de letras griegas vertidas en medio de la plaza serían para llegar a la contextura de la Ilíada? «Lo que es capaz de razón», dice Zenón, «es mejor que lo que no es capaz de ella: nada hay mejor que el mundo: luego es capaz de razón». Cota, por este mismo argumento, hace del mundo un matemático y lo hace músico y organista, por este otro argumento también de Zenón: «El todo es más que la parte: nosotros somos capaces de sabiduría, y somos partes del mundo: luego es sabio». Se ven infinitos ejemplos parecidos, no solo de argumentos falsos, sino ineptos, que no se sostienen, y que acusan a sus autores no tanto de ignorancia cuanto de imprudencia, en los reproches que los filósofos se hacen unos a otros sobre las disensiones de sus opiniones y de sus escuelas.
Quien reuniera suficientemente un montón de las necedades de la sabiduría humana, diría maravillas. Yo las reúno de buen grado, como una muestra, por algún sesgo no menos útil que las instrucciones más moderadas. Juzguemos por ello lo que hemos de estimar del hombre, de su sentido y de su razón, pues en estos grandes personajes, y que han llevado tan alto la suficiencia humana, se encuentran defectos tan evidentes y tan groseros.
Yo prefiero creer que han tratado la ciencia casualmente así, como un juguete para todas las manos, y se han divertido con la razón, como con un instrumento vano y frívolo, exponiendo toda clase de invenciones y de fantasías, ora más tensas, ora más flojas. Ese mismo Platón, que define al hombre como una gallina, dice en otro lugar, tras Sócrates, que no sabe en verdad qué es el hombre, y que es una de las piezas del mundo de conocimiento tan difícil. Por esta variedad e inestabilidad de opiniones, nos llevan como de la mano tácitamente a esta resolución de su irresolución. Profesan no presentar no siempre su parecer con rostro descubierto y aparente: lo han ocultado ora bajo sombras fabulosas de la poesía, ora bajo alguna otra máscara: pues nuestra imperfección conlleva además esto, que el alimento crudo no siempre es propio para nuestro estómago: hay que secarlo, alterarlo y corromperlo. Ellos hacen lo mismo: oscurecen a veces sus opiniones y juicios naturales, y los falsifican para acomodarse al uso público. No quieren profesar expresamente la ignorancia, y la imbecilidad de la razón humana, para no asustar a los niños: pero nos la descubren bastante bajo la apariencia de una ciencia turbia e inconstante.
Yo aconsejaba en Italia a alguien que estaba en apuros para hablar italiano, que con tal de que buscara solo hacerse entender, sin querer destacar de otro modo, empleara solamente las primeras palabras que le vinieran a la boca, latinas, francesas, españolas o gascas, y que añadiéndoles la terminación italiana, no fallaría jamás en dar con algún idioma del país, o toscano, o romano, o veneciano, o piamontés, o napolitano, y unirse a alguna de tantas formas. Digo lo mismo de la filosofía: tiene tantos rostros y variedad, y ha dicho tanto, que todos nuestros sueños y ensoñaciones se encuentran en ella. La fantasía humana no puede concebir nada en bien y en mal que no esté allí: «Nada tan absurdo puede decirse, que no sea dicho por algún filósofo». Y yo dejo más libremente andar mis caprichos en público, tanto más cuanto que aunque hayan nacido en mi casa, y sin patrón, sé que encontrarán su relación con algún humor antiguo, y no faltará quien diga: «He ahí de dónde lo sacó». Mis costumbres son naturales: no he llamado para construirlas al auxilio de ninguna disciplina. Pero por imbéciles que sean, cuando me ha dado la gana de recitarlas, y para hacerlas salir en público un poco más decentemente, me he puesto en el deber de asistirlas, y de discursos, y de ejemplos: ha sido maravilla para mí mismo encontrarlas por azar conformes a tantos ejemplos y discursos filosóficos. De qué régimen era mi vida, no lo he aprendido sino después de que está ejecutada y empleada. Nueva figura: un filósofo impremeditado y fortuito.
Para volver a nuestra alma, en cuanto a que Platón haya puesto la razón en el cerebro, la ira en el corazón, y la codicia en el hígado, es verosímil que haya sido más bien una interpretación de los movimientos del alma, que una división y separación que haya querido hacer de ella, como de un cuerpo en varios miembros. Y la más verosímil de sus opiniones es que es siempre un alma, que por su facultad razona, recuerda, comprende, juzga, desea y ejerce todas sus otras operaciones por diversos instrumentos del cuerpo, como el piloto gobierna su navío según la experiencia que tiene de él, ora tendiendo o aflojando una cuerda, ora izando la antena, o moviendo el timón, por una sola potencia conduciendo diversos efectos, y que ella se aloja en el cerebro: lo cual aparece por el hecho de que las heridas y accidentes que tocan esta parte, ofenden de inmediato las facultades del alma: de ahí que no es inconveniente que se escurra por el resto del cuerpo:
«Febo no abandona jamás su camino por el cielo: sin embargo, todo lo ilumina con sus rayos», como el sol esparce desde el cielo su luz y sus poderes, y llena el mundo con ellos.
«La otra parte del alma, dispersa por todo el cuerpo, obedece y se mueve según el mando y el impulso de la mente».
Algunos han dicho que existe un alma general, como un gran cuerpo del cual todas las almas particulares son extraídas, y al cual regresan, mezclándose siempre con esa materia universal: «Pues Dios penetra por todas partes: las tierras, las extensiones del mar y el cielo profundo; de ahí que los ganados, los rebaños, los hombres, toda clase de fieras, cada uno al nacer convoque para sí estas tenues vidas: es evidente que luego todo vuelve y regresa allí, disuelto: y que no hay lugar para la muerte».
Otros decían que las almas solo se reúnen y se vuelven a atar a ella; otros, que son producidas de la sustancia divina; otros, por los ángeles, de fuego y de aire. Algunos creían que existen desde toda la antigüedad; otros, que se crean en el momento mismo en que se las necesita. Algunos las hacen descender del círculo de la luna, y allí regresar. La opinión común de los antiguos era que son engendradas de padre a hijo, de una manera y producción semejante a todas las demás cosas naturales, argumentando esto por el parecido de los hijos a los padres:
«El vigor de tu padre fue inculcado en ti: los fuertes y buenos engendran fuertes».
Y se ve que pasan de los padres a los hijos no solo las marcas del cuerpo, sino también un parecido de humores, de complexiones y de inclinaciones del alma:
«En fin, ¿por qué la violencia cruel persigue a la simiente de los leones? ¿Por qué el engaño es dado a los zorros por sus padres, y la fuga a los ciervos, y el pavor paterno incita sus miembros? ¿Acaso no es porque la fuerza del alma crece con todo el cuerpo, segura de su propia semilla y simiente?».
Que sobre esto se funda la justicia divina, castigando en los hijos la falta de los padres: porque el contagio de los vicios paternos está de algún modo impreso en el alma de los hijos, y el desorden de su voluntad los alcanza. Además, que si las almas vinieran de otra parte que no fuera una sucesión natural, y si hubieran sido algo distinto fuera del cuerpo, tendrían recuerdo de su ser primero; considerando las facultades naturales que le son propias, de discurrir, razonar y recordar.
«Si el alma se introduce en el cuerpo de los que nacen, ¿por qué no podemos recordar el tiempo pasado, ni conservamos huella alguna de las cosas hechas?».
Pues para hacer valer la condición de nuestras almas, como queremos, hay que presuponerlas sabias cuando están en su simplicidad y pureza natural. De este modo habrían sido tales estando exentas de la prisión corporal, tanto antes de entrar en ella como esperamos que serán después de que hayan salido. Y de ese saber, deberían acordarse todavía estando en el cuerpo, como decía Platón, que lo que aprendemos no era sino un recuerdo de lo que habíamos sabido; cosa que cada uno por experiencia puede sostener que es falsa. En primer lugar porque solo recordamos justamente lo que se nos enseña; y si la memoria hiciera puramente su oficio, al menos nos sugeriría algún rastro más allá del aprendizaje. En segundo lugar, lo que sabía estando en su pureza era una verdadera ciencia, conociendo las cosas como son, por su divina inteligencia: mientras que aquí se le hace recibir la mentira y el vicio, si se le instruye en ellos; en lo cual no puede emplear su reminiscencia, pues esa imagen y concepción jamás han albergado en ella. Decir que la prisión corporal sofoca de tal modo sus facultades innatas que quedan todas extinguidas: esto es, en primer lugar, contrario a esa otra creencia de reconocer sus fuerzas tan grandes, y las operaciones que los hombres sienten de ella en esta vida tan admirables, que han concluido de ello esa divinidad y eternidad pasada, y la inmortalidad futura:
«Pues si el poder del alma ha cambiado tanto que ha perdido toda memoria de las cosas pasadas, no me parece que eso diste mucho de la muerte».
Además, es aquí entre nosotros, y no en otra parte, donde deben considerarse las fuerzas y los efectos del alma: todo el resto de sus perfecciones le es vano e inútil; es del estado presente del que debe ser pagada y reconocida toda su inmortalidad, y de la vida del hombre de la que únicamente es responsable. Sería injusto haberle quitado sus medios y sus poderes, haberla desarmado, para del tiempo de su cautiverio y de su prisión, de su debilidad y enfermedad, del tiempo en que habría sido forzada y constreñida, sacar el juicio y una condena de duración infinita y perpetua, y detenerse en la consideración de un tiempo tan corto, que es quizá de una o dos horas, o en el peor de los casos, de un siglo (que no tiene más proporción con la infinidad que un instante), para de este momento de intervalo, ordenar y establecer definitivamente todo su ser. Sería una desproporción inicua sacar una recompensa eterna como consecuencia de una vida tan corta. Platón, para salvarse de este inconveniente, quiere que los pagos futuros se limiten a la duración de cien años, en relación con la duración humana; y bastantes de los nuestros les han dado límites temporales. De este modo juzgaban que su generación seguía la condición común de las cosas humanas; así como también su vida, según la opinión de Epicuro y de Demócrito, que fue la más aceptada, siguiendo esas hermosas apariencias: se la veía nacer; a medida que el cuerpo era capaz de ella; se veía elevar sus fuerzas como las corporales; se reconocía en ella la debilidad de su infancia, y con el tiempo su vigor y su madurez, y luego su declinación y su vejez, y finalmente su decrepitud:
«Sentimos que la mente nace al mismo tiempo que el cuerpo, y crece con él, y envejece igualmente».
La percibían capaz de diversas pasiones y agitada por varios movimientos penosos, de donde caía en cansancio y en dolor, capaz de alteración y de cambio, de alegría, de adormecimiento y de languidez, sujeta a sus enfermedades y a las ofensas, como el estómago o el pie:
«Vemos que la mente se sana como el cuerpo enfermo, y vemos que puede ser dominada por la medicina».
Deslumbrada y turbada por la fuerza del vino; sacada de su asiento por los vapores de una fiebre ardiente; adormecida por la aplicación de algunos medicamentos, y despertada por otros:
«Es necesario que la naturaleza del alma sea corpórea, puesto que sufre por golpes y heridas corporales».
Se le veía aturdir y trastornar todas sus facultades por la sola mordedura de un perro enfermo, y no haber firmeza de discurso tan grande, ni suficiencia, ni virtud, ni resolución filosófica, ni tensión de sus fuerzas, que pudiera eximirla de la sujeción a estos accidentes: la saliva de un miserable mastín vertida sobre la mano de Sócrates, sacudir toda su sabiduría y todas sus grandes y tan reguladas imaginaciones, aniquilarlas de modo que no quedara huella alguna de su conocimiento primero:
«La fuerza... del alma se perturba, y... dividida se dispersa separadamente, desgarrada por el mismo veneno».
Y este veneno no encuentra más resistencia en esa alma que en la de un niño de cuatro años: veneno capaz de hacer que toda la filosofía, si estuviera encarnada, se volviera furiosa e insensata; de suerte que Catón, que torcía el cuello a la muerte misma y a la fortuna, no pudiera soportar la vista de un espejo o del agua, abrumado de espanto y de terror, si hubiera caído por el contagio de un perro rabioso en la enfermedad que los médicos llaman hidrofobia.
«La fuerza de la enfermedad dispersa por los miembros perturba sacudiendo el alma, como las olas fermentan en la superficie salada del mar por las poderosas fuerzas de los vientos».
Ahora bien, en cuanto a este punto, la filosofía ha armado bien al hombre para el sufrimiento de todos los demás accidentes, ya sea con paciencia, o si esta resulta demasiado difícil de hallar, con una escapatoria infalible, sustrayéndose del todo al sentimiento: pero estos son medios que sirven para un alma que está en sí, y en sus fuerzas, capaz de discurso y de deliberación; no para este inconveniente, donde en un filósofo un alma se convierte en el alma de un loco, turbada, trastornada y perdida. Lo que varias ocasiones producen, como una agitación demasiado vehemente que, por alguna pasión fuerte, el alma puede engendrar en sí misma, o una herida en cierto lugar de la persona, o una exhalación del estómago, arrojándonos a un deslumbramiento y vértigo de cabeza:
«A menudo el alma vaga extraviada en las enfermedades del cuerpo; pues delira, y habla desvaríos, e intermitentemente es llevada por un profundo letargo a un sueño eterno, con los ojos y la cabeza cayendo».
Los filósofos no han tocado, me parece, esta cuerda, como tampoco otra de parecida importancia. Tienen siempre en la boca este dilema para consolar nuestra condición mortal: o el alma es mortal, o inmortal; si es mortal, estará sin pena; si es inmortal, irá mejorando. Jamás tocan la otra rama: ¿y si va empeorando? Y dejan a los poetas las amenazas de las penas futuras. Pero con eso se dan un buen margen. Estas son dos omisiones que a menudo se me presentan en sus discursos. Vuelvo a la primera. Esta alma pierde el uso del supremo bien estoico, tan constante y tan firme. Nuestra hermosa sabiduría debe rendirse en este punto y deponer las armas. Por lo demás, consideraban también por la vanidad de la razón humana que la mezcla y sociedad de dos piezas tan diversas como son lo mortal y lo inmortal es inimaginable:
«Pues en efecto juntar lo mortal a lo eterno, y pensar que pueden concordar y compartir funciones mutuas, es desvariar. ¿Qué puede considerarse más diverso, o más desunido y discordante entre sí, que lo mortal unido en consorcio a lo inmortal y perenne para soportar feroces tempestades?»
Además, sentían que el alma se debilita con la muerte, como el cuerpo.
«A la vez languidece, cansada por los años.» Lo cual, según Zenón, la imagen del sueño nos muestra con bastante claridad. Pues estima que es un desfallecimiento y caída del alma igual que del cuerpo. «Piensa que el alma se contrae, y como que se desliza y decae.» Y lo que se percibía en algunos, que su fuerza y su vigor se mantenían al final de la vida, lo atribuían a la diversidad de las enfermedades, como vemos que los hombres en esta extremidad mantienen, quién un sentido, quién otro, quién el oído, quién el olfato, sin alteración; y no se ve debilitamiento tan universal que no quede alguna parte entera y vigorosa:
«No de otro modo que si cuando duele el pie del enfermo, acaso la cabeza no sienta entretanto dolor alguno.»
La visión de nuestro juicio se relaciona con la verdad como lo hace el ojo del búho con el esplendor del sol, según dice Aristóteles. ¿Por qué medio podríamos convencerlo mejor que por tan groseras cegueras en una luz tan patente? Pues la opinión contraria, de la inmortalidad del alma, que Cicerón dice haber sido introducida por primera vez, al menos según el testimonio de los libros, por Ferécides de Siros en tiempos del rey Tulo (otros atribuyen la invención a Tales y otros a otros), es la parte de la ciencia humana tratada con más reserva y duda. Los dogmáticos más firmes se ven obligados en este punto principalmente a refugiarse en la sombra de la Academia. Nadie sabe lo que Aristóteles estableció sobre este asunto, como tampoco todos los antiguos en general, que lo manejan con vacilante creencia: «prometiendo algo muy grato más que probándolo». Se ha ocultado bajo la nube de palabras y sentidos difíciles e ininteligibles, y ha dejado a sus seguidores tanto que debatir sobre su juicio como sobre la materia. Dos cosas les hacían plausible esta opinión: una, que sin la inmortalidad de las almas ya no habría dónde asentar las vanas esperanzas de la gloria, que es una consideración de maravilloso crédito en el mundo; la otra, que es una impresión muy útil, como dice Platón, que los vicios, cuando se hurten de la vista y conocimiento de la justicia humana, queden siempre expuestos a la divina, que los perseguirá incluso después de la muerte de los culpables.
Una preocupación extrema tiene el hombre por prolongar su ser; ha provisto para ello en todas sus partes. Y para la conservación del cuerpo están las sepulturas; para la conservación del nombre, la gloria. Ha empleado toda su opinión en reconstruirse, impaciente de su destino, y en apuntalarse con sus invenciones. El alma por su turbación y su debilidad, no pudiendo sostenerse por sí misma, va buscando por todas partes consuelos, esperanzas y fundamentos, y circunstancias extrañas donde aferrarse y plantarse. Y por ligeros y fantásticos que su invención se los forje, reposa en ellos más seguramente que en sí misma, y más voluntariamente. Pero los más empeñados en esta tan justa y clara persuasión de la inmortalidad de nuestros espíritus, es maravilla cómo se han encontrado cortos e impotentes para establecerla por sus fuerzas humanas. «Son sueños no del que enseña, sino del que desea», decía un antiguo. El hombre puede reconocer por este testimonio que debe a la fortuna y al azar la verdad que descubre por sí solo; pues incluso cuando ella le ha caído en la mano, no tiene con qué asirla y mantenerla, y su razón no tiene la fuerza de aprovecharse de ella. Todas las cosas producidas por nuestro propio discurso y suficiencia, tanto verdaderas como falsas, están sujetas a incertidumbre y debate. Es para castigo de nuestro orgullo e instrucción de nuestra miseria e incapacidad que Dios produjo la turbación y confusión de la antigua torre de Babel.
Todo lo que emprendemos sin su asistencia, todo lo que vemos sin la lámpara de su gracia, no es sino vanidad y locura. La esencia misma de la verdad, que es uniforme y constante, cuando la fortuna nos da posesión de ella, la corrompemos y envilecemos por nuestra debilidad. Cualquier camino que el hombre tome por sí mismo, Dios permite que llegue siempre a esa misma confusión, de la cual nos representa tan vivamente la imagen por el justo castigo con que abatió la presunción de Nemrod y anuló las vanas empresas de la construcción de su pirámide. «Destruiré la sabiduría de los sabios y reprobaré la prudencia de los prudentes.» La diversidad de idiomas y de lenguas con que turbó aquella obra, ¿qué es sino esa infinita y perpetua altercación y discordancia de opiniones y razones que acompaña y enmaraña la vana construcción de la ciencia humana? Y la enmaraña útilmente. ¿Quién nos contendría si tuviéramos un grano de conocimiento? Este santo me ha dado gran placer: «La ocultación misma de la utilidad es o ejercicio de humildad, o desgaste de la soberbia». ¡Hasta qué punto de presunción e insolencia no llevamos nuestra ceguera y nuestra necedad! Pero para retomar mi propósito: verdaderamente era razón que fuéramos deudores solo a Dios, y al beneficio de su gracia, de la verdad de una creencia tan noble, pues de su sola liberalidad recibimos el fruto de la inmortalidad, que consiste en el goce de la beatitud eterna.
Confesemos ingenuamente que solo Dios nos lo ha dicho, y la fe: pues no es lección de la Naturaleza ni de nuestra razón. Y quien examinara su ser y sus fuerzas, por dentro y por fuera, sin ese privilegio divino; quien viera al hombre sin halagarlo, no verá en él ni eficacia ni facultad que huela a otra cosa que muerte y tierra. Cuanto más damos, y debemos, y rendimos a Dios, tanto más cristianamente obramos. Lo que este filósofo estoico dice tener del fortuito consentimiento de la voz popular, ¿no valdría más que lo tuviera de Dios? «Cuando disertamos sobre la eternidad de las almas, no es leve el peso que tiene para nosotros el consenso de los hombres, ya teman los infiernos, ya los veneren. Me sirvo de esta persuasión pública.» Ahora bien, la debilidad de los argumentos humanos sobre este asunto se conoce singularmente por las fabulosas circunstancias que han añadido a continuación de esta opinión, para averiguar de qué condición era esta nuestra inmortalidad. Dejemos a los estoicos, «nos conceden un usufructo como a los cuervos; dicen que las almas durarán mucho, pero niegan que sea para siempre», que dan a las almas una vida más allá de esta, pero finita. La fantasía más universal y más recibida, y que dura hasta nosotros, ha sido aquella de la cual se hace autor a Pitágoras; no porque fuera el primer inventor de ella, sino porque recibió mucho peso y crédito por la autoridad de su aprobación: es que las almas al partir de nosotros no hacían sino rodar de un cuerpo a otro, de un león a un caballo, de un caballo a un rey, paseándose así sin cesar de casa en casa. Y él decía recordar haber sido Etalides, después Euforbo, luego Hermótimo, y por fin de Pirro haber pasado a Pitágoras, teniendo memoria de sí de doscientos seis años. Añadían algunos que estas mismas almas suben al cielo a veces y vuelven a descender:
«Oh padre, ¿acaso hay que pensar que algunas almas sublimes van de aquí al cielo, y de nuevo vuelven a los pesados cuerpos? ¿Qué tan terrible deseo de luz tienen los desgraciados?»
Orígenes las hace ir y venir eternamente del estado bueno al malo. La opinión que Varrón relata es que en cuatrocientos cuarenta años de revolución vuelven a unirse a su primer cuerpo. Crisipo, que esto debe ocurrir tras cierto espacio de tiempo desconocido e ilimitado. Platón (que dice haber tomado de Píndaro y de la antigua poesía esta creencia) de las infinitas vicisitudes de mutación, para las cuales el alma está preparada, no teniendo ni las penas ni las recompensas en el otro mundo sino temporales, como su vida en este no es más que temporal, concluye en ella una singular ciencia de los asuntos del cielo, del infierno y de aquí, por donde ha pasado, vuelto a pasar y permanecido en varios viajes: materia para su reminiscencia. He aquí su desarrollo en otro lugar: quien ha vivido bien, se une al astro al cual está asignado; quien mal, pasa a mujer; y si entonces mismo no se corrige, se transforma en bestia de condición acorde con sus costumbres viciosas; y no verá fin a sus castigos hasta que no haya vuelto a su nativa constitución, habiéndose despojado por la fuerza de la razón de las cualidades groseras, estúpidas y elementales que había en él. Pero no quiero olvidar la objeción que hacen los epicúreos a esta transmigración de un cuerpo a otro. Es graciosa. Preguntan qué orden habría si la multitud de los que mueren llegara a ser más grande que la de los que nacen. Pues las almas desalojadas de su morada estarían atropellándose a ver quién tomaría el primer lugar en este nuevo estuche. Y preguntan también en qué pasarían su tiempo mientras esperan que se les preparase un alojamiento; o al contrario, si naciesen más animales de los que mueren, dicen que los cuerpos estarían en mal trance esperando la infusión de su alma, y ocurriría que algunos de ellos morirían antes de haber estado vivos.
En fin, que ante las uniones venéreas y los partos de las fieras haya almas dispuestas, parece ridículo, y que esperen las inmortales a los miembros mortales en número infinito, y compitan presurosas entre sí por cuál será la primera y más poderosa en insinuarse.
Otros han fijado el alma en el cuerpo de los difuntos para animar las serpientes, los gusanos y otras bestias que se dice que nacen de la corrupción de nuestros miembros, e incluso de nuestras cenizas. Otros la dividen en una parte mortal y otra inmortal. Otros la hacen corporal, y sin embargo inmortal. Algunos la hacen inmortal, sin ciencia ni conocimiento. Hay también de los nuestros mismos que han estimado que de las almas de los condenados se hacen demonios: así como Plutarco piensa que se hacen dioses de aquellas que se salvan. Pues hay pocas cosas que ese autor establezca de una manera tan resuelta como esta: manteniendo en todo lo demás una manera dubitativa y ambigua. Hay que estimar, dice, y creer firmemente que las almas de los hombres virtuosos según la naturaleza y según la justicia divina, se convierten de hombres en santos, y de santos en semidioses, y de semidioses, después de que son perfectamente, como en los sacrificios de purificación, limpiados y purificados, estando liberados de toda pasión y de toda mortalidad, se convierten, no por ninguna ordenanza civil, sino en verdad y según razón verosímil, en dioses enteros y perfectos, recibiendo un fin muy feliz y muy glorioso. Pero quien quiera verlo, a él, que es de los más contenidos sin embargo y moderados de la banda, escaramuzar con más audacia, y contarnos sus maravillas sobre este asunto, lo remito a su discurso sobre la luna y sobre el demonio de Sócrates, donde tan evidentemente como en ningún otro lugar se puede comprobar que los misterios de la filosofía tienen muchas extrañezas comunes con las de la poesía: el entendimiento humano se pierde al querer fundamentar y escudriñar todas las cosas hasta el fondo; exactamente igual que, cansados y agotados de la larga carrera de nuestra vida, volvemos a caer en la infancia. He aquí las bellas y ciertas instrucciones que sacamos de la ciencia humana sobre el tema de nuestra alma.
No hay menos temeridad en lo que nos enseña sobre las partes corporales. Escojamos uno o dos ejemplos: pues de otro modo nos perderíamos en ese mar turbio y vasto de los errores médicos. Sepamos si se está de acuerdo al menos en esto: de qué materia los hombres se producen unos de otros. Pues en cuanto a su primera producción, no es de extrañar que en cosa tan elevada y antigua el entendimiento humano se turbe y se disipe. Arquelao el físico, del cual Sócrates fue discípulo y favorito según Aristóxeno, decía que tanto los hombres como los animales habían sido hechos de un limo lechoso, exprimido por el calor de la tierra. Pitágoras dice que nuestra semilla es la espuma de nuestra mejor sangre; Platón, el flujo de la médula de la espina dorsal: lo que deduce de que ese lugar es el primero en sentir el cansancio de la tarea; Alcmeón, parte de la sustancia del cerebro: y que así sea, dice, lo prueban los ojos que se turban a quienes se fatigan en exceso en este ejercicio; Demócrito, una sustancia extraída de toda la masa corporal; Epicuro, extraída del alma y del cuerpo; Aristóteles, un excremento sacado del alimento de la sangre, el último que se extiende por nuestros miembros; otros, de la sangre cocida y digerida por el calor de los genitales: lo que juzgan por el hecho de que en los esfuerzos extremos se sueltan gotas de sangre pura; en lo cual parece que hay más apariencia, si se puede sacar alguna apariencia de una confusión tan infinita.
Ahora bien, para llevar a efecto esta semilla, ¡cuántas opiniones contrarias tienen! Aristóteles y Demócrito sostienen que las mujeres no tienen esperma: y que no es sino un sudor que lanzan por el calor del placer y del movimiento, que no sirve de nada para la generación. Galeno por el contrario, y sus seguidores, que sin el encuentro de las semillas no puede hacerse la generación. He aquí a los médicos, los filósofos, los jurisconsultos y los teólogos, enfrentados en desorden con nuestras mujeres, en la disputa sobre a qué términos las mujeres llevan su fruto. Y yo apoyo con el ejemplo de mí mismo a aquellos de entre ellos que sostienen el embarazo de once meses. El mundo está edificado sobre esta experiencia, no hay mujercilla tan simple que no pueda dar su opinión sobre todas estas controversias, y no podemos ponernos de acuerdo. Ya es suficiente para comprobar que el hombre no está más instruido sobre el conocimiento de sí mismo en la parte corporal que en la espiritual. Lo hemos presentado a él mismo ante sí, y su razón ante su razón, para ver qué nos diría de ello. Me parece haber mostrado bastante cuán poco se entiende a sí misma. Y quien no se entiende a sí mismo, ¿en qué puede entenderse? «Como si pudiera medir cosa alguna quien se desconoce a sí mismo».
Verdaderamente Protágoras nos contaba cosas hermosas, haciendo del hombre la medida de todas las cosas, él que jamás supo siquiera la suya. Si no es él, su dignidad no permitirá que otra criatura tenga esta ventaja. Ahora bien, siendo él en sí mismo tan contradictorio, y un juicio subvirtiendo al otro sin cesar, esta proposición favorable no era sino una burla que nos llevaba a concluir por necesidad la nada del compás y del que mide. Cuando Tales estima que el conocimiento del hombre es muy difícil para el hombre, le enseña que el conocimiento de cualquier otra cosa le es imposible.
Vos, por quien he tomado la molestia de extender un cuerpo tan largo contra mi costumbre, no rehuséis mantener a vuestro Sebond por la forma ordinaria de argumentar, de la que sois instruida todos los días, y ejerced en ello vuestro espíritu y vuestro estudio: pues este último lance de esgrima aquí, no hay que emplearlo sino como un remedio extremo. Es un golpe desesperado en el que hay que abandonar vuestras armas para hacer que vuestro adversario pierda las suyas: y un ardid secreto del que hay que servirse rara vez y reservadamente. Es gran temeridad perderos para perder a otro. No hay que querer morir para vengarse, como hizo Gobrias. Pues estando en presas muy estrechas con un señor de Persia, Darío sobrevino espada en mano, y temiendo golpear por miedo a herir a Gobrias, este le gritó que golpeara con valentía, aunque debiera atravesarlos a ambos. He visto reprobar por injustas armas y condiciones de combate singular desesperadas, en las cuales aquel que las ofrecía ponía a él y a su compañero en términos de un fin inevitable para ambos. Los portugueses capturaron en el mar de las Indias ciertos turcos prisioneros, los cuales, impacientes de su cautiverio, se resolvieron, y lo lograron, frotando clavos de navío uno con otro y haciendo caer una chispa de fuego en los barriles de pólvora que había en el lugar donde estaban guardados, a incendiarse y reducir a cenizas a ellos mismos, a sus amos y al navío. Sacudimos aquí los límites y últimos cerramientos de las ciencias: en las cuales el extremo es vicioso, como en la virtud. Manteneos en el camino común, no es nada bueno ser tan sutil y tan fino. Recordad lo que dice el proverbio toscano,
Quien se agudiza demasiado se descalabra. Te aconsejo en tus opiniones y en tus discursos, tanto como en tus costumbres y en cualquier otra cosa, la moderación y la templanza, y que huyas de la novedad y de la extravagancia. Todas las vías extravagantes me fastidian. Tú, que por la autoridad que te otorga tu grandeza, y más aún por las ventajas que te dan las cualidades que te son más propias, puedes con un parpadeo ordenar a quien te plazca, deberías haber dado este encargo a alguien que profesara las letras, que te habría apoyado y enriquecido mucho mejor esta fantasía. Sin embargo, aquí tienes bastante para lo que has de hacer con ello.
Epicuro decía de las leyes que las peores nos eran tan necesarias que sin ellas los hombres se devorarían unos a otros. Y Platón comprueba que sin leyes viviríamos como bestias. Nuestro espíritu es un útil vagabundo, peligroso y temerario: es difícil unirle el orden y la mesura; en mi época, aquellos que tienen alguna excelencia rara por encima de los demás y alguna vivacidad extraordinaria, los vemos casi todos desbordados en libertinaje de opiniones y de costumbres: es un milagro si se encuentra uno sensato y sociable. Se tiene razón en poner al espíritu humano las barreras más estrechas que se pueda. En el estudio, como en lo demás, hay que contarle y regularle los pasos: hay que tallarle por arte los límites de su caza. Se lo brida y amarra con religiones, leyes, costumbres, ciencia, preceptos, penas y recompensas mortales e inmortales: y aun así se ve que por su volubilidad y disolución escapa a todas estas ataduras. Es un cuerpo vano, que no tiene por dónde ser asido y golpeado: un cuerpo diverso y diforme, al cual no se le puede asentar nudo ni presa. Ciertamente hay pocas almas tan disciplinadas, tan fuertes y bien nacidas, a las que se pueda confiar su propia conducta, y que puedan con moderación y sin temeridad navegar en la libertad de sus juicios, más allá de las opiniones comunes. Es más conveniente ponerlas en tutela. Es una espada ultrajante para su propio poseedor el espíritu, para quien no sabe armarse con él ordenada y discretamente. Y no hay bestia a la que más justamente haya que poner anteojeras, para mantener su vista sujeta y constreñida ante sus pasos, y guardarla de extravagarse ni acá ni allá, fuera de las rodadas que el uso y las leyes le trazan. Por lo cual te conviene más encerrarte en el camino acostumbrado, sea cual sea, que lanzar tu vuelo a esta licencia desenfrenada. Pero si alguno de estos nuevos doctores emprende hacerse el ingenioso en tu presencia, a expensas de su salvación y de la tuya, para librarte de esta peligrosa peste que se extiende todos los días en tus cortes, este preservativo en la extrema necesidad impedirá que el contagio de este veneno ofenda ni a ti ni a tu asistencia.
La libertad pues y la alegría de estos espíritus antiguos producían en la filosofía y en las ciencias humanas muchas sectas de opiniones diferentes, emprendiendo cada uno juzgar y elegir para tomar partido. Pero ahora que los hombres van todos por un camino: que están «consagrados y atados a ciertas sentencias determinadas y fijas, de manera que se ven obligados a defender incluso lo que no aprueban»; y que recibimos las artes por autoridad y ordenanza civil; de modo que las escuelas no tienen más que un patrón y una misma institución y disciplina circunscrita, ya no se mira lo que las monedas pesan y valen, sino que cada uno a su turno las recibe según el precio que la aprobación común y el curso les da: no se disputa sobre la ley, sino sobre el uso; así se ponen igualmente todas las cosas. Se recibe la medicina como la geometría; y los embustes, los encantamientos, las ligaduras, el comercio de los espíritus de los difuntos, los pronósticos, las domificaciones, y hasta esa ridícula persecución de la piedra filosofal, todo se acepta sin contradicción. Basta con saber que el lugar de Marte se aloja en medio del triángulo de la mano, el de Venus en el pulgar y el de Mercurio en el dedo meñique; y que cuando la mensal corta el tubérculo del índice es signo de crueldad; cuando falla bajo el medio y la mediana natural hace un ángulo con la vital bajo el mismo lugar, que es signo de una muerte miserable; que si en una mujer la natural está abierta y no cierra el ángulo con la vital, ello denota que será poco casta. Te llamo a ti mismo por testigo de si con esta ciencia un hombre no puede pasar con reputación y favor entre todas las compañías.
Teofrasto decía que el conocimiento humano, guiado por los sentidos, podía juzgar de las causas de las cosas hasta cierta medida, pero que al llegar a las causas extremas y primeras debía detenerse y retroceder, a causa de su debilidad o de la dificultad de las cosas. Es una opinión media y suave: que nuestra capacidad puede conducirnos hasta el conocimiento de algunas cosas, y que tiene ciertas medidas de poder, más allá de las cuales es temeridad emplearla. Esta opinión es plausible e introducida por gentes de composición; pero es difícil dar límites a nuestro espíritu: es curioso y ávido, y no tiene más ocasión de detenerse a los mil pasos que a los cincuenta. Habiendo comprobado por experiencia que aquello en lo que uno ha fracasado, otro lo ha conseguido, y que lo que era desconocido para un siglo, el siglo siguiente lo ha aclarado, y que las ciencias y las artes no se echan en un molde, sino que se forman y configuran poco a poco, al manejarlas y pulirlas varias veces, como los osos dan forma a sus pequeños lamiéndolos con calma: lo que mi fuerza no puede descubrir, no dejo de sondearlo y ensayarlo; y al retocar y amasar esta nueva materia, al removerla y calentarla, abro al que me sigue alguna facilidad para disfrutarla más a su gusto, y se la hago más flexible y más manejable:
«Como la cera del Himeto se ablanda con el sol, y trabajada con el pulgar se convierte en muchas formas, y se hace útil con el uso mismo».
Otro tanto hará el segundo con el tercero: por eso la dificultad no debe desesperarme, ni tampoco mi impotencia, porque no es más que la mía.
El hombre es capaz de todas las cosas, como lo es de algunas. Y si reconoce, como dice Teofrasto, la ignorancia de las causas primeras y de los principios, que me abandone tranquilamente todo el resto de su ciencia. Si le falta el fundamento, su discurso se viene abajo. El disputar y el indagar no tienen otro fin y parada que los principios: si este fin no detiene su curso, se lanza a una irresolución infinita. «No se puede comprender una cosa más o menos que otra, pues una sola es la definición de comprender todas las cosas». Ahora bien, es verosímil que si el alma supiera algo, se conocería primeramente a sí misma; y si supiera algo fuera de ella, sería su cuerpo y su estuche, antes que cualquier otra cosa. Si vemos hasta hoy a los dioses de la medicina debatirse sobre nuestra anatomía,
Mulciber en Troie, pro Troia stabat Apollo: ¿cuándo esperamos que se pongan de acuerdo? Estamos más cerca unos de otros que de lo que nos es la blancura de la nieve o la pesadez de la piedra. Si el hombre no se conoce a sí mismo, ¿cómo conoce sus funciones y sus fuerzas? No es imposible que alguna noción verdadera se aloje en nosotros; pero es por azar. Y en la medida en que por el mismo camino, la misma manera y el mismo proceder, los errores se reciben en nuestra alma, ella no tiene con qué distinguirlos, ni con qué escoger la verdad de la mentira.
Los académicos admitían cierta inclinación de juicio; y encontraban demasiado crudo decir que no era más verosímil que la nieve fuese blanca que negra; y que no estuviésemos más seguros del movimiento de una piedra que sale de nuestra mano que del de la octava esfera. Y para evitar esta dificultad y extrañeza, que a la verdad no puede alojarse en nuestra imaginación sino con gran dificultad; aunque establecían que no éramos en absoluto capaces de saber, y que la verdad está sumida en profundos abismos donde la vista humana no puede penetrar: con todo, reconocían unas cosas más verosímiles que otras; y admitían en su juicio esa facultad de poder inclinarse más bien hacia una apariencia que hacia otra. Le permitían esta propensión, prohibiéndole toda resolución.
La opinión de los pirrónicos es más audaz, y al mismo tiempo más verosímil. Pues esta inclinación académica, y esta propensión hacia una proposición más bien que hacia otra, ¿qué otra cosa es sino el reconocimiento de alguna verdad más aparente en esta que en aquella? Si nuestro entendimiento es capaz de la forma, de los rasgos, del porte y del rostro de la verdad, la vería entera, lo mismo que a medias, naciente e imperfecta. Esta apariencia de verosimilitud que les hace inclinarse más bien a la izquierda que a la derecha, aumentadla; esta onza de verosimilitud que inclina la balanza, multiplicadla por cien, por mil onzas; sucederá al fin que la balanza tomará partido por completo, y fijará una elección y una verdad entera. Pero ¿cómo se dejan llevar por lo verosímil, si no conocen lo verdadero? ¿Cómo conocen el parecido de aquello cuya esencia no conocen? O bien podemos juzgar del todo, o del todo no podemos. Si nuestras facultades intelectuales y sensibles están sin fundamento y sin pie, si no hacen más que flotar y fluctuar, para nada dejemos llevar nuestro juicio hacia alguna parte de su operación, cualquier apariencia que parezca presentarnos. Y la posición más segura de nuestro entendimiento, y la más feliz, sería aquella donde se mantuviese sereno, recto, inflexible, sin bamboleo y sin agitación. Inter visa vera, aut falsa, ad animi assensum, nihil interest.
Que las cosas no se alojan en nosotros en su forma y en su esencia, y no hacen su entrada por su fuerza propia y autoridad, lo vemos bien. Pues si fuese así, las recibiríamos de la misma manera: el vino sería igual en la boca del enfermo que en la boca del sano. Quien tiene grietas en los dedos, o los tiene entumecidos, encontraría una dureza pareja en la madera o en el hierro que manipula, que otro. Los objetos extraños se rinden pues a nuestra merced, se alojan en nosotros como nos place. Ahora bien, si de nuestra parte recibiésemos algo sin alteración, si las capacidades humanas fuesen lo bastante capaces y firmes para asir la verdad por nuestros propios medios, esos medios siendo comunes a todos los hombres, esa verdad se transmitiría de mano en mano de uno a otro. Y al menos se hallaría una cosa en el mundo, de entre todas las que hay, que los hombres creerían por consentimiento universal. Pero el hecho de que no se vea ninguna proposición que no sea debatida y controvertida entre nosotros, o que no pueda serlo, muestra bien que nuestro juicio natural no asir claramente lo que asir: pues mi juicio no puede hacerlo recibir por el juicio de mi compañero: lo cual es señal de que lo he asido por algún otro medio que por un poder natural que esté en mí y en todos los hombres.
Dejemos aparte esta confusión infinita de opiniones que se ve entre los propios filósofos, y este debate perpetuo y universal en el conocimiento de las cosas. Pues esto está presupuesto muy verdaderamente, que de ninguna cosa los hombres, quiero decir los sabios, los mejor dotados, los más capaces, están de acuerdo: ni siquiera en que el cielo esté sobre nuestras cabezas: pues los que dudan de todo, dudan también de eso: y los que niegan que podamos comprender cosa alguna, dicen que no hemos comprendido que el cielo esté sobre nuestras cabezas: y estas dos opiniones son, en número, sin comparación las más fuertes.
Además de esta diversidad y división infinitas, por el desorden que nuestro juicio nos causa a nosotros mismos, y la incertidumbre que cada cual siente en sí, es fácil ver que tiene su posición muy mal asegurada. ¡Cuán diversamente juzgamos las cosas! ¡Cuántas veces cambiamos nuestras fantasías! Lo que sostengo hoy, y lo que creo, lo sostengo y lo creo con toda mi creencia; todos mis utensilios y todos mis resortes empuñan esta opinión, y me responden de ella con todo lo que pueden: no sabría abrazar ninguna verdad ni conservarla con más seguridad que hago con esta. Estoy entero en ella; estoy verdaderamente en ella: pero ¿no me ha sucedido no una vez, sino cien, sino mil, y todos los días, haber abrazado alguna otra cosa con estos mismos instrumentos, en esta misma condición, que después he juzgado falsa? Al menos hay que volverse sabio a costa propia. Si me he encontrado a menudo traicionado bajo este color, si mi piedra de toque se encuentra ordinariamente falsa, y mi balanza desigual e injusta, ¿qué seguridad puedo tomar de ella en esta ocasión, más que en las otras? ¿No es tontería dejarme engañar tantas veces por un guía? Sin embargo, aunque la Fortuna nos cambie quinientas veces de lugar, aunque no haga más que vaciar y llenar sin cesar, como en un recipiente, nuestra creencia con opiniones distintas y distintas, siempre la presente y la última es la cierta y la infalible. Por esta hay que abandonar los bienes, el honor, la vida y la salvación, y todo,
Aquella cosa hallada después destruye y transforma las sensaciones hacia las primeras.
Nos prediquen lo que nos prediquen, aprendamos lo que aprendamos, siempre deberíamos recordar que es el hombre quien da y el hombre quien recibe; es una mano mortal la que nos lo presenta; es una mano mortal la que lo acepta. Las cosas que nos vienen del cielo tienen el único derecho y autoridad de persuasión, la única marca de verdad; pero tampoco la vemos con nuestros ojos ni la recibimos por nuestros medios: esa santa y gran imagen no podría alojarse en una morada tan miserable si Dios, para ese uso, no la preparara, si Dios no la reformara y fortaleciera con su gracia y favor particular y sobrenatural. Al menos nuestra condición imperfecta debería hacernos actuar con más moderación y contención en nuestros cambios. Deberíamos recordar que, recibamos lo que recibamos en el entendimiento, recibimos a menudo cosas falsas, y que es por estos mismos instrumentos que se equivocan y se engañan frecuentemente. Y no es ninguna maravilla que se equivoquen, siendo tan fáciles de inclinar y torcer por circunstancias muy ligeras. Es cierto que nuestra aprehensión, nuestro juicio y las facultades de nuestra alma en general sufren según los movimientos y alteraciones del cuerpo, alteraciones que son continuas. ¿No tenemos el espíritu más despierto, la memoria más pronta, el discurso más vivo en la salud que en la enfermedad?
La alegría y la jovialidad, ¿no nos hacen recibir los temas que se presentan a nuestra alma con un semblante completamente distinto al del mal humor y la melancolía? ¿Pensáis que los versos de Catulo o de Safo hacen reír a un viejo avaro y huraño como a un joven hombre vigoroso y ardiente? Cleómenes, hijo de Anaxándridas, estando enfermo, sus amigos le reprochaban que tenía humores y fantasías nuevas e inacostumbradas: «Ya lo creo —dijo—, tampoco soy el mismo que cuando estoy sano: siendo otro, también son otras mis opiniones y fantasías». En las argucias de nuestros tribunales está en uso esta frase que se dice de los criminales que encuentran a los jueces en buena disposición, dulce y bondadosa: gaudeat de bona fortuna. Porque es cierto que los juicios se encuentran a veces más inclinados a la condena, más ásperos y severos, y otras veces más fáciles, indulgentes y propensos a la disculpa. Aquel que trae de su casa el dolor de la gota, los celos o el robo de su criado, teniendo toda el alma teñida y empapada de cólera, no cabe duda de que su juicio se alterará en esa dirección. El venerable Senado del Areópago juzgaba de noche, por miedo a que la vista de los litigantes corrompiera su justicia. El aire mismo y la serenidad del cielo nos traen alguna mudanza, como dice ese verso griego en Cicerón:
Tales son las mentes de los hombres, cual el propio padre Júpiter iluminó las tierras con su lámpara fecunda.
No son solo las fiebres, los brebajes y los grandes accidentes los que trastornan nuestro juicio: las cosas más pequeñas del mundo lo tuercen. Y no hay que dudar, aunque no lo sintamos, que si la fiebre continua puede aterrar nuestra alma, la terciana le aporta alguna alteración según su medida y proporción. Si la apoplejía adormece y extingue por completo la vista de nuestra inteligencia, no hay que dudar de que el resfriado la deslumbre. Y en consecuencia, apenas puede encontrarse una sola hora en la vida en que nuestro juicio se halle en su debida posición, estando nuestro cuerpo sujeto a tantas mutaciones continuas y dotado de tantas clases de resortes que, creo a los médicos en esto, es muy difícil que no haya siempre alguno que tire de través. Por lo demás, esta enfermedad no se descubre tan fácilmente si no es del todo extrema e irremediable: puesto que la razón va siempre torcida, coja y descoyuntada; y tanto con la mentira como con la verdad. Así pues, es difícil descubrir su error y desorden. Yo llamo siempre razón a esa apariencia de discurso que cada uno forja en sí; esa razón de cuya condición puede haber cien contrarias en torno a un mismo tema: es un instrumento de plomo y de cera, alargable, plegable y acomodable a todo sesgo y a todas las medidas; solo queda la habilidad de saber contornearlo. Por buen propósito que tenga un juez, si no se escucha de cerca, cosa en la que poca gente se entretiene; la inclinación hacia la amistad, hacia el parentesco, hacia la belleza y hacia la venganza, y no solo cosas tan pesadas, sino ese instinto fortuito que nos hace favorecer una cosa más que otra y que nos da, sin permiso de la razón, la elección entre dos temas parecidos, o cualquier sombra de parecida vanidad, pueden insinuar insensiblemente en su juicio la recomendación o el desfavor de una causa, y hacer inclinarse la balanza. Yo, que me espío más de cerca, que tengo los ojos incesantemente fijos en mí, como quien no tiene mucho quehacer en otra parte,
Qué rey bajo el Ártico ha de ser temido en la helada región, qué asusta a Tiridate, único en su seguridad,
apenas me atrevería a decir la vanidad y la debilidad que encuentro en mí. Tengo el pie tan inestable y tan mal asentado, lo encuentro tan fácil de tambalear y tan dispuesto al balanceo, y mi vista tan desordenada, que en ayunas me siento distinto que después de la comida: si mi salud me sonríe y la claridad de un hermoso día, ahí tienes a un hombre honesto; si tengo un callo que me aprieta el dedo del pie, ahí me tienes ceñudo, desagradable e inaccesible. Un mismo paso de caballo me parece unas veces rudo, otras fácil; y el mismo camino ahora más corto, luego más largo, y una misma forma ora más ora menos agradable. Ahora estoy para hacerlo todo, ahora para no hacer nada: lo que me es placer en este momento, será a veces pena. Se producen en mí mil agitaciones indiscretas y casuales. O me domina el humor melancólico, o el colérico; y por su autoridad privada, ahora el mal humor predomina en mí, ahora la alegría. Cuando tomo libros, habré percibido en tal pasaje gracias excelentes que habrán herido mi alma; y otra vez vuelvo a él, por más que lo giro y lo reviro, por más que lo doblo y lo manejo, es una masa desconocida e informe para mí. En mis propios escritos no encuentro siempre el aire de mi primera imaginación: no sé lo que he querido decir; y a menudo me quemo al corregir y poner un nuevo sentido, por haber perdido el primero, que valía más. No hago sino ir y venir: mi juicio no tira siempre hacia adelante, flota, vaga,
Como una pequeña nave sorprendida en el ancho mar, cuando el viento se enfurece.
Muchas veces, como suelo hacer voluntariamente, habiendo tomado como ejercicio y diversión defender una opinión contraria a la mía, mi espíritu al aplicarse y volverse hacia ese lado se adhiere tan bien a ella, que ya no encuentro la razón de mi primera opinión y me aparto de ella. Me dejo arrastrar casi hacia donde me inclino, sea como sea, y me llevo por mi propio peso. Casi todos dirían lo mismo de sí mismos si se observaran como yo. Los predicadores saben que la emoción que les sobreviene al hablar los anima hacia la creencia, y que en la cólera nos entregamos más a la defensa de nuestra proposición, la imprimimos en nosotros y la abrazamos con más vehemencia y aprobación que cuando estamos en nuestro sentido frío y reposado. Le expones simplemente un caso al abogado, él te responde vacilante y dudoso: sientes que le es indiferente ponerse a sostener uno u otro partido. ¿Le has pagado bien para que se aferre a él y se comprometa formalmente? ¿Comienza a interesarse en ello? ¿Ha calentado su voluntad? Su razón y su ciencia se calientan al mismo tiempo: he aquí una verdad aparente e indudable que se presenta a su entendimiento; descubre en ella una luz completamente nueva, la cree de buena fe y se convence así de ella. Incluso no sé si el ardor que nace del despecho y de la obstinación, contra la presión y violencia del magistrado y del peligro, o el interés de la reputación, no han llevado a tal hombre a sostener hasta el fuego la opinión por la cual, entre sus amigos y en libertad, no habría querido quemarse la punta del dedo. Las sacudidas y perturbaciones que nuestra alma recibe por las pasiones corporales pueden mucho en ella: pero aún más las suyas propias, a las cuales está tan fuertemente sujeta, que quizá sea sostenible que no tiene ningún otro paso y movimiento que el del soplo de sus vientos, y que sin su agitación quedaría sin acción, como un navío en alta mar al que los vientos abandonan de su auxilio. Y quien sostuviera esto, siguiendo el partido de los peripatéticos, no nos haría gran daño, puesto que es sabido que la mayor parte de las más bellas acciones del alma proceden de esta impulsión de las pasiones y la necesitan. La valentía, dicen ellos, no puede perfeccionarse sin la asistencia de la cólera.
«Siempre fue fuerte Áyax, pero fortísimo en su furor.» Tampoco se corre contra los malvados y los enemigos con suficiente vigor si no se está colérico. Y quieren que el abogado inspire la cólera a los jueces para obtener de ellos justicia. Las codicias impulsaron a Temístocles, impulsaron a Demóstenes, y han empujado a los filósofos a los trabajos, vigilias y peregrinaciones; nos conducen al honor, a la doctrina, a la salud, fines útiles. Y esa flaqueza del alma para soportar el tedio y la molestia sirve para nutrir en la conciencia la penitencia y el arrepentimiento, y para sentir los azotes de Dios para nuestro castigo y los azotes de la corrección política. La compasión sirve de aguijón a la clemencia; y la prudencia para conservarnos y gobernarnos es despertada por nuestro temor; ¿y cuántas bellas acciones por la ambición? ¿Cuántas por la presunción? Ninguna virtud eminente y gallarda, en fin, está sin alguna agitación desordenada. ¿No sería esta una de las razones que habría movido a los epicúreos a descargar a Dios de todo cuidado y solicitud de nuestros asuntos, dado que los efectos mismos de su bondad no podrían ejercerse hacia nosotros sin perturbar su reposo, por medio de las pasiones, que son como picaduras y solicitaciones que encaminan el alma a las acciones virtuosas? ¿O bien creyeron de otra manera y las tomaron como tempestades que desvían vergonzosamente al alma de su tranquilidad?
«Así como se entiende la tranquilidad del mar cuando ninguna brisa, ni siquiera la más mínima, mueve las olas, así se discierne el estado quieto y apacible del alma cuando no hay ninguna perturbación que pueda moverla.» ¡Qué diferencias de sentido y de razón, qué contrariedad de imaginaciones nos presenta la diversidad de nuestras pasiones! ¿Qué seguridad podemos entonces tomar de cosa tan inestable y móvil, sujeta por su condición al dominio del desorden, que no avanza jamás sino a paso forzado y prestado? Si nuestro juicio está en manos incluso de la enfermedad y de la perturbación, si es de la locura y de la temeridad de donde debe recibir la impresión de las cosas, ¿qué seguridad podemos esperar de él? ¿No hay osadía en la filosofía al estimar de los hombres que producen sus mayores efectos, y más cercanos a la divinidad, cuando están fuera de sí, y furiosos e insensatos? Nos enmendamos por la privación de nuestra razón y su adormecimiento. Las dos vías naturales para entrar en el gabinete de los dioses y prever allí el curso de los destinos son el furor y el sueño. Esto es agradable de considerar. Por la dislocación que las pasiones aportan a nuestra razón, nos volvemos virtuosos; por su extirpación, que el furor o la imagen de la muerte aportan, nos volvemos profetas y adivinos.
Jamás más voluntariamente lo habría creído. Es un puro entusiasmo que la santa verdad ha inspirado en el espíritu filosófico, que le arranca contra su proposición que el estado tranquilo de nuestra alma, el estado sosegado, el estado más sano que la filosofía pueda procurarle, no es su mejor estado. Nuestra vigilia está más dormida que el dormir; nuestra sabiduría menos sabia que la locura; nuestros sueños valen más que nuestros discursos; el peor lugar que podamos ocupar es en nosotros mismos. Pero ¿no piensa ella que tenemos el discernimiento de notar que la voz que hace al espíritu, cuando está separado del hombre, tan clarividente, tan grande, tan perfecto, y mientras está en el hombre, tan terrenal, ignorante y tenebroso, es una voz que parte del espíritu que está en el hombre terrenal, ignorante y tenebroso, y por esa causa voz infiable e increíble? No tengo gran experiencia de esas agitaciones vehementes, siendo de una complexión blanda y pesada; las cuales la mayoría sorprenden súbitamente a nuestra alma sin darle tiempo de reconocerse. Pero esa pasión que se dice es producida por la ociosidad en el corazón de los hombres jóvenes, aunque avanza con lentitud y de un progreso mesurado, representa bien evidentemente, a quienes han intentado oponerse a su fuerza, la fuerza de esa conversión y alteración que nuestro juicio sufre.
Yo una vez emprendí mantenerme firme para sostenerla y rechazarla, pues lejos estoy de ser de aquellos que convocan a los vicios, que ni siquiera los sigo si no me arrastran: la sentía nacer, crecer y aumentarse a pesar de mi resistencia, y al fin, estando yo completamente lúcido y vivo, apoderarse de mí y poseerme, de manera que, como en una embriaguez, la imagen de las cosas comenzaba a parecerme distinta de la acostumbrada: veía evidentemente engrandecerse y crecer las ventajas del objeto que iba deseando, y agrandarse e hincharse por el viento de mi imaginación; las dificultades de mi empresa aligerarse y allanarse; mi discurso y mi conciencia retirarse; mas ese fuego habiendo evaporado, de golpe, como con la claridad de un relámpago, mi alma retomar otra clase de visión, otro estado y otro juicio; las dificultades de la retirada parecerme grandes e invencibles, y las mismas cosas de muy otro gusto y aspecto que el calor del deseo me las había presentado. ¿Cuál más verdaderamente? Pirro no sabe nada de ello. Nunca estamos sin enfermedad. Las fiebres tienen su calor y su frío: de los efectos de una pasión ardiente recaemos en los efectos de una pasión friolenta. Tanto como me había lanzado hacia adelante, me lanzo tanto hacia atrás.
«Tal como cuando el ponto avanza con alternante oleaje, ora se precipita a tierras y lanza la espumosa onda sobre los escollos y con su seno inunda la arena extrema; ora rápido retrocede y revolviendo las rocas con el reflujo las resorbe, huye y deja la playa con el agua retirándose.»
Ahora bien, del conocimiento de esta mi volubilidad he engendrado por accidente en mí cierta constancia de opiniones, y apenas he alterado las mías primeras y naturales. Pues por mucho atractivo que haya en la novedad, no cambio fácilmente, por el temor que tengo de perder con el cambio. Y como no soy capaz de elegir, tomo la elección de otros y me mantengo en la posición donde Dios me ha puesto. De otro modo no sabría librarme de rodar sin cesar. Así me he conservado, por la gracia de Dios, entero, sin agitación ni perturbación de conciencia, en las antiguas creencias de nuestra religión, a través de tantas sectas y divisiones como nuestro siglo ha producido. Los escritos de los antiguos, me refiero a los buenos escritos, llenos y sólidos, me tientan y me mueven casi a donde quieren: el que oigo me parece siempre el más firme; encuentro que tienen razón cada uno a su turno, aunque se contradigan. Esta facilidad que tienen los buenos espíritus para hacer verosímil lo que quieren, y que no hay nada tan extraño a lo que no intenten dar suficiente apariencia como para engañar a una simplicidad parecida a la mía, esto muestra evidentemente la debilidad de sus pruebas. El cielo y las estrellas habían girado durante tres mil años, todo el mundo lo había creído así, hasta que Cleantes el de Samos, o, según Teofrasto, Nicetas de Siracusa se le ocurrió sostener que era la tierra la que se movía, girando por el círculo oblicuo del Zodiaco alrededor de su eje. Y en nuestro tiempo Copérnico ha fundamentado tan bien esta doctrina que se sirve de ella muy ordenadamente para todas las consecuencias astrológicas. ¿Qué sacaremos de esto, sino que no debe importarnos cuál de las dos sea? ¿Y quién sabe si una tercera opinión de aquí a mil años no derribará las dos precedentes?
Así el rodar de los tiempos cambia la condición de las cosas: lo que fue apreciado ya no recibe ningún honor; luego otra cosa lo sucede y sale del desprecio, y de día en día es más deseada, y florece descubierta entre las alabanzas y está entre los mortales en maravilloso honor.
Así, cuando se nos presenta alguna doctrina nueva, tenemos gran ocasión de desconfiar de ella y de considerar que antes de que fuera producida, la contraria estaba en boga; y como ha sido derribada por esta, podrá nacer en el futuro una tercera invención que choque del mismo modo con la segunda. Antes de que los principios que Aristóteles ha introducido estuvieran en crédito, otros principios contentaban a la razón humana, como estos nos contentan ahora. ¿Qué credenciales tienen estos, qué privilegio particular, para que el curso de nuestra invención se detenga en ellos y para que a ellos pertenezca para todo el tiempo futuro la posesión de nuestra creencia? No están más exentos de ser expulsados de lo que estaban sus predecesores. Cuando me presionan con un nuevo argumento, a mí me corresponde estimar que aquello a lo que no puedo responder, otro lo hará. Pues creer todas las apariencias de las que no podemos liberarnos es una gran simpleza. De esto resultaría que todo el vulgo, y todos somos del vulgo, tendría su creencia cambiante como una veleta: pues su alma, siendo blanda y sin resistencia, se vería forzada a recibir sin cesar impresiones nuevas y diferentes, borrando siempre la última la huella de la precedente. Quien se encuentra débil debe responder según la práctica: que hablará con sus consejeros o se remitirá a los más sabios de quienes ha recibido su aprendizaje.
¿Cuánto tiempo hace que la medicina existe en el mundo? Se dice que un recién llegado al que llaman Paracelso cambia y derriba todo el orden de las reglas antiguas, y sostiene que hasta ahora solo ha servido para hacer morir a los hombres. Creo que verificará eso fácilmente. Pero poner mi vida a prueba de su nueva experiencia, encuentro que no sería gran sabiduría. No hay que creer a cualquiera, dice el precepto, porque cualquiera puede decir cualquier cosa. Un hombre de esta profesión de novedades y de reformas físicas me decía hace poco que todos los antiguos se habían equivocado notoriamente sobre la naturaleza y los movimientos de los vientos, lo cual me haría tocar con la mano muy evidentemente si quería escucharlo. Después de que tuve un poco de paciencia para oír sus argumentos, que tenían todo lleno de verosimilitud: «¿Cómo es entonces —le dije— que quienes navegaban bajo las leyes de Teofrasto iban hacia Occidente cuando tiraban hacia Levante? ¿Iban de costado o hacia atrás?» «Es la fortuna», me respondió, «lo cierto es que se equivocaban». Le repliqué entonces que prefería seguir los efectos que la razón. Ahora bien, estas son cosas que chocan a menudo, y me han dicho que en la geometría, que piensa haber alcanzado el punto más alto de certeza entre las ciencias, se encuentran demostraciones inevitables que subvierten la verdad de la experiencia.
Como Jacques Peletier me decía en mi casa, que había encontrado dos líneas que se encaminaban una hacia la otra para unirse, que verificaba, sin embargo, que nunca podrían, hasta el infinito, llegar a tocarse. Y los pirrónicos no se sirven de sus argumentos y de su razón sino para arruinar la apariencia de la experiencia, y es maravilla hasta dónde la flexibilidad de nuestra razón los ha seguido en este designio de combatir la evidencia de los efectos. Pues verifican que no nos movemos, que no hablamos, que no hay peso ni calor, con una fuerza de argumentos igual a la que empleamos para verificar las cosas más verosímiles. Ptolomeo, que fue un gran personaje, había establecido los límites de nuestro mundo; todos los filósofos antiguos pensaron tener su medida, salvo algunas islas apartadas que podían escapar a su conocimiento: hubiera sido pirronismo, hace mil años, poner en duda la ciencia de la cosmografía y las opiniones que de ella eran recibidas por todos: era herejía admitir los Antípodas. He aquí que en nuestro siglo una grandeza infinita de tierra firme, no una isla o una región particular, sino una parte igual aproximadamente en grandeza a la que conocíamos, acaba de ser descubierta. Los geógrafos de este tiempo no dejan de asegurar que ahora todo está encontrado y que todo está visto.
Pues lo que está presente agrada y parece prevalecer. Saber si Ptolomeo se equivocó en su tiempo, sobre los fundamentos de su razón, ¿no sería estupidez confiarme ahora en lo que estos dicen? ¿Y no es más verosímil que ese gran cuerpo que llamamos el mundo sea algo muy distinto de lo que juzgamos? Platón dice que cambia de aspecto en todos los sentidos; que el cielo, las estrellas y el sol invierten a veces el movimiento que vemos en ellos, cambiando el Oriente por el Occidente. Los sacerdotes egipcios dijeron a Heródoto que desde su primer rey, de lo cual hacía once mil y tantos años (y de todos sus reyes le hicieron ver las efigies en estatuas sacadas del natural), el sol había cambiado cuatro veces de ruta; que el mar y la tierra se transforman alternativamente, el uno en la otra; que el nacimiento del mundo es indeterminado. Aristóteles, Cicerón, lo mismo. Y alguno de entre nosotros, que existe desde toda la eternidad, mortal y renaciente, con múltiples vicisitudes, llamando como testigos a Salomón e Isaías para evitar estas objeciones: que Dios fue en algún momento creador sin criatura, que estuvo ocioso, que se desdijo de su ociosidad poniendo manos a esta obra, y que por consiguiente está sujeto al cambio. En la más famosa de las escuelas griegas, el mundo es considerado un Dios hecho por otro Dios más grande; y está compuesto de un cuerpo y un alma que habita en su centro, extendiéndose según números de música hasta su circunferencia: divino, muy feliz, muy grande, muy sabio, eterno.
En él hay otros dioses, el mar, la tierra, los astros, que se mantienen en una armoniosa y perpetua agitación y danza divina: unas veces encontrándose, otras alejándose, ocultándose, mostrándose, cambiando de rango, ora adelante, ora atrás. Heráclito establecía que el mundo estaba compuesto por fuego, y que por orden del destino debía inflamarse y disolverse en fuego algún día, y algún día renacer de nuevo. Y de los hombres dice Apuleyo: individualmente mortales, en conjunto perpetuos. Alejandro escribió a su madre la narración de un sacerdote egipcio, sacada de sus monumentos, que atestiguaba la ancianidad infinita de esta nación y comprendía el nacimiento y progreso de otros países con exactitud. Cicerón y Diodoro dicen que en su tiempo los caldeos llevaban registro de cuatrocientos mil y tantos años. Aristóteles, Plinio y otros, que Zoroastro vivió seis mil años antes de la época de Platón. Platón dice que los de la ciudad de Sais tienen memorias escritas de ocho mil años; la ciudad de Atenas fue construida mil años antes de dicha ciudad de Sais. Epicuro, que al mismo tiempo que las cosas son aquí como las vemos, son todas iguales, y de la misma manera, en muchos otros mundos. Esto lo habría dicho con más seguridad si hubiera visto las similitudes y concordancias de ese nuevo mundo de las Indias Occidentales con el nuestro, presente y pasado, en ejemplos tan extraños.
En verdad, considerando lo que ha llegado a nuestro conocimiento del curso de este orden terrestre, me he maravillado a menudo de ver en una muy grande distancia de lugares y tiempos las coincidencias de un número tan grande de opiniones populares salvajes, y de costumbres y creencias salvajes, que por ningún lado parecen corresponder a nuestro discurso natural. El espíritu humano es un gran artífice de milagros. Pero esta relación tiene no sé qué de aún más heteróclito: se encuentra también en nombres y en mil otras cosas. Pues se hallaron naciones, sin que sepamos que jamás oyeran noticias de nosotros, donde la circuncisión estaba en uso; donde había estados y grandes gobiernos mantenidos por mujeres, sin hombres; donde nuestros ayunos y nuestra cuaresma estaban representados, añadiendo la abstinencia de mujeres; donde nuestras cruces estaban en diversas formas en uso, aquí se honraban las sepulturas con ellas, se aplicaban allá, y señaladamente la de San Andrés, para defenderse de las visiones nocturnas y para ponerlas sobre las cunas de los niños contra los encantamientos; en otros lugares encontraron una de madera de gran altura, adorada como Dios de la lluvia, y esa muy adentro en tierra firme; se encontró una imagen muy expresa de nuestros penitentes; el uso de las mitras, el celibato de los sacerdotes, el arte de adivinar por las entrañas de los animales sacrificados; la abstinencia de toda clase de carne y pescado en su alimentación; la manera de los sacerdotes de usar al oficiar una lengua particular y no vulgar; y esta fantasía de que el primer Dios fue expulsado por un segundo, su hermano menor; que fueron creados con todas las comodidades, que les fueron después suprimidas por su pecado; cambiado su territorio y empeorada su condición natural; que en otro tiempo fueron sumergidos por la inundación de las aguas celestes; que solo se salvaron pocas familias, que se refugiaron en las altas cavidades de las montañas, cavidades que taparon, de modo que el agua no entró en ellas, habiendo encerrado allí dentro diversas clases de animales; que cuando sintieron cesar la lluvia, sacaron perros, que al volver limpios y mojados, juzgaron que el agua aún no había bajado mucho; después, habiendo hecho salir otros y viéndolos volver embarrados, salieron a repoblar el mundo, que encontraron lleno solamente de serpientes.
Se encontró en algún lugar la creencia del día del juicio, de modo que se ofendían extraordinariamente contra los españoles que esparcían los huesos de los difuntos al buscar las riquezas de las sepulturas, diciendo que esos huesos dispersos no podrían fácilmente reunirse; el comercio por intercambio y no otro; ferias y mercados con este fin; enanos y personas deformes para el ornamento de las mesas de los príncipes; el uso de la cetrería según la naturaleza de sus pájaros; subsidios tiránicos; delicadezas de jardinería; danzas, saltos acrobáticos; música de instrumentos; armerías; juegos de pelota; juego de dados y de azar, en el que se acaloran a menudo hasta jugarse a sí mismos y su libertad; medicina solo de encantamientos; la forma de escribir por figuras; creencia en un solo primer hombre padre de todos los pueblos; adoración de un Dios que vivió en otro tiempo como hombre en perfecta virginidad, ayuno y penitencia, predicando la ley de la naturaleza y las ceremonias de la religión, y que desapareció del mundo sin muerte natural; la opinión de los gigantes; el uso de emborracharse con sus bebidas y de beber en exceso; ornamentos religiosos pintados con huesos y cabezas de muertos, sobrepellices, agua bendita, hisopo; mujeres y sirvientes que se presentan en competencia para quemarse y enterrarse con el marido o amo difunto; ley de que los primogénitos heredan todos los bienes y no se reserva ninguna parte al menor, salvo la obediencia; costumbre de que al ascenso a cierto cargo de gran autoridad, el que es promovido toma un nombre nuevo y abandona el suyo; de verter cal sobre la rodilla del niño recién nacido diciéndole: Has venido del polvo y volverás al polvo; el arte de los augurios.
Estas vanas sombras de nuestra religión, que se ven en algunos de estos ejemplos, atestiguan su dignidad y su divinidad. No solo se ha insinuado de algún modo en todas las naciones infieles de aquí por alguna imitación, sino también en esos bárbaros como por una inspiración común y sobrenatural: pues se encontró también la creencia en el purgatorio, pero de una forma nueva; lo que nosotros atribuimos al fuego, ellos lo atribuyen al frío, e imaginan las almas purificadas y castigadas por el rigor de un frío extremo. Y me advierte este ejemplo de otra diversidad placentera: pues así como se encontraron pueblos que gustaban de descubrir la punta de su miembro y le cortaban la piel a la mahometana y a la judía, se encontraron otros que consideraban grave falta descubrirlo, que con pequeños cordones llevaban su piel cuidadosamente estirada y atada por encima, para que esa punta no viera el aire. Y de esta diversidad también: que así como nosotros honramos a los reyes y las fiestas vistiéndonos con las más honestas ropas que tenemos, en algunas regiones, para mostrar total disparidad y sumisión a su rey, los súbditos se presentaban a él con sus más viles vestidos, y al entrar al palacio se ponían alguna vieja ropa rasgada sobre la buena que tenían, para que todo el lustre y el ornamento sean del amo. Pero sigamos.
Si la naturaleza encierra dentro de los términos de su progreso ordinario, como todas las demás cosas, también las creencias, los juicios y opiniones de los hombres; si tienen su revolución, su estación, su nacimiento, su muerte, como las coles; si el cielo las agita y las hace rodar a su antojo, ¿qué autoridad magistral y permanente les vamos a atribuir? Si por experiencia tocamos con la mano que la forma de nuestro ser depende del aire, del clima y del territorio donde nacemos, no solo el color, la talla, la complexión y las apariencias, sino también las facultades del alma: «Y la región del cielo contribuye no solo a la robustez de los cuerpos, sino también de las almas», dice Vegecio; y que la diosa fundadora de la ciudad de Atenas eligió para situarla un clima que hiciera a los hombres prudentes, como los sacerdotes de Egipto enseñaron a Solón: «Atenas tiene un cielo sutil, por lo cual se considera también a los atenienses más agudos; Tebas lo tiene espeso, por eso los tebanos son gruesos y fuertes»; de manera que así como los frutos nacen diversos, y los animales, los hombres nacen también más o menos belicosos, justos, temperados y dóciles: aquí sujetos al vino, allá al latrocinio o a la lujuria; aquí inclinados a la superstición, allá a la incredulidad; aquí a la libertad, allá a la servidumbre; capaces de una ciencia o de un arte; groseros o ingeniosos; obedientes o rebeldes; buenos o malos, según lo que comporta la inclinación del lugar donde están situados, y adquieren nueva complexión si se les cambia de sitio, como los árboles; lo que fue la razón por la cual Ciro no quiso conceder a los persas abandonar su país áspero y accidentado para trasladarse a otro dulce y llano, diciendo que las tierras grasas y blandas hacen a los hombres blandos, y las fértiles a los espíritus infértiles.
Si vemos florecer ora un arte, ora una creencia, por alguna influencia celeste; tal siglo producir tales naturalezas e inclinar el género humano a tal o cual disposición; los espíritus de los hombres ora vigorosos, ora débiles, como nuestros campos, ¿qué se hacen todas esas bellas prerrogativas con las que nos vamos adulando? Puesto que un hombre sabio puede equivocarse, y cien hombres, y muchas naciones; y hasta la naturaleza humana, según nosotros, se equivoca durante muchos siglos en esto o en aquello, ¿qué seguridad tenemos de que a veces cese de equivocarse y de que en este siglo no esté equivocada? Me parece, entre otros testimonios de nuestra imbecilidad, que este no merece ser olvidado: que por deseo mismo, el hombre no sepa encontrar lo que le hace falta; que no por goce, sino por imaginación y por deseo, no podamos ponernos de acuerdo sobre aquello de lo que tenemos necesidad para contentarnos. Dejemos a nuestro pensamiento cortar y coser a su gusto: no podrá siquiera desear lo que le es propio y satisfacerlo.
¿Pues qué tememos o deseamos con razón? ¿Qué concibes con pie tan diestro que no te arrepientas del intento y del deseo cumplido?
Por eso Sócrates solo pedía a los dioses que le dieran lo que ellos supieran que le era saludable. Y la plegaria de los lacedemonios, pública y privada, consistía simplemente en que les fueran otorgadas las cosas buenas y bellas, dejando a la discreción del poder supremo la elección de estas.
Pedimos matrimonio y descendencia de nuestra esposa; pero los dioses saben qué hijos habrá y cómo será la esposa.
Y el cristiano suplica a Dios que se haga su voluntad, para no caer en el inconveniente que los poetas fingen del rey Midas. Pidió a los dioses que todo lo que tocara se convirtiera en oro: su plegaria fue escuchada, su vino fue oro, su pan oro, y la pluma de su lecho, y de oro su camisa y su vestidura; de modo que se encontró agobiado bajo el goce de su deseo y estreñido por una insoportable comodidad; tuvo que rogar que le retiraran lo que había pedido:
Atónito por la novedad del mal, rico y miserable a la vez, desea huir de las riquezas y odia lo que antes anhelaba.
Hablemos de mí mismo. Yo pedía a la Fortuna, tanto como cualquier otra cosa, la orden de San Miguel siendo joven, pues era entonces la máxima distinción de honor de la nobleza francesa, y muy rara. Ella me la concedió de manera irónica. En lugar de elevarme y alzarme desde mi posición para alcanzarla, me trató mucho más graciosamente: la rebajó y descendió hasta mis hombros y por debajo. Cleobis y Bitón, Trofonio y Agamedes, habiendo pedido los primeros a su diosa, los segundos a su dios, una recompensa digna de su piedad, recibieron la muerte como presente: tan diversas son las opiniones celestes sobre lo que nos conviene de las nuestras. Dios podría concedernos las riquezas, los honores, la vida y la salud misma, a veces para nuestro daño, porque todo lo que nos resulta placentero no siempre nos es saludable; si en lugar de la curación nos envía la muerte o el empeoramiento de nuestros males: «Tu vara y tu cayado me han consolado»; lo hace por razones de su providencia, que considera mucho más certeramente lo que nos es debido de lo que nosotros podemos hacerlo, y debemos tomarlo en buena parte, como de una mano muy sabia y muy amiga.
Si quieres consejo, déjales a los propios dioses sopesar qué nos conviene y qué es útil para nuestros asuntos: el hombre les es más querido que a sí mismo.
Porque pedirles honores, cargos, es pedirles que os arrojen a una batalla o al juego de dados u otra cosa semejante cuyo resultado os es desconocido y el fruto dudoso. No hay combate tan violento entre los filósofos ni tan áspero como el que se entabla sobre la cuestión del bien supremo del hombre, del cual, según el cálculo de Varrón, nacieron doscientas ochenta sectas. «Quien disiente sobre el bien supremo disputa sobre toda la razón de la filosofía».
Tres convidados míos parecen casi disentir, pidiendo con paladar vario cosas muy diversas: ¿Qué daré? ¿Qué no daré? Tú rechazas lo que ordena el otro; lo que pides es justamente odioso y amargo para los otros dos.
Así debería responder la naturaleza a sus contestaciones y debates. Unos dicen que nuestro bienestar reside en la virtud; otros, en el placer; otros, en el consentir a la naturaleza; quién en la ciencia; quién en no tener dolor alguno; quién en no dejarse llevar por las apariencias; y a esta fantasía parece remitirse aquella otra del antiguo Pitágoras:
No admirarse de nada es casi la única cosa, Numacio, que puede hacer y conservar feliz,
que es el fin de la secta pirrónica. Aristóteles atribuye a la magnanimidad el no admirarse de nada. Y decía Arquésilas que los sostenes y el estado recto e inflexible del juicio eran los bienes, pero que los consentimientos y aplicaciones eran los vicios y los males. Es verdad que, al establecerlo como axioma cierto, se apartaba del pirronismo. Los pirrónicos, cuando dicen que el bien supremo es la ataraxia, que es la inmovilidad del juicio, no lo entienden de manera afirmativa, sino que el mismo vaivén de su alma que les hace huir de los precipicios y ponerse a cubierto del sereno, ese mismo les presenta esta fantasía y les hace rechazar otra. ¡Cuánto deseo que mientras vivo, o algún otro, o Justo Lipsio, el hombre más sabio que nos queda, de espíritu muy refinado y juicioso, verdaderamente hermano de mi Turnebus, tuviera la voluntad, la salud y suficiente reposo para reunir en un registro, según sus divisiones y clases, sincera y cuidadosamente, tanto como podemos ver de ello, las opiniones de la antigua filosofía sobre el tema de nuestro ser y nuestras costumbres, sus controversias, el crédito y el séquito de los partidos, la aplicación de la vida de los autores y sectarios a sus preceptos, en los accidentes memorables y ejemplares! ¡Qué hermosa y útil obra sería!
Por lo demás, si es de nosotros de donde sacamos la regulación de nuestras costumbres, ¿a qué confusión nos arrojamos? Porque lo más verosímil que nuestra razón nos aconseja es generalmente que cada uno obedezca las leyes de su país, como es el parecer de Sócrates, inspirado, dice él, por un consejo divino. Y con eso, ¿qué quiere decir sino que nuestro deber no tiene otra regla que la fortuita? La verdad debe tener un rostro igual y universal. La rectitud y la justicia, si el hombre las conociera, si tuvieran cuerpo y esencia verdadera, no las vincularía a la condición de las costumbres de esta comarca o de aquella: no sería de la fantasía de los persas o de los indios de donde la virtud tomaría su forma. Nada hay sujeto a más continua agitación que las leyes. Desde que nací he visto tres o cuatro veces cambiar las de los ingleses, nuestros vecinos, no solo en materia política, que es aquella que se quiere dispensar de constancia, sino en el tema más importante que puede haber, a saber, el de la religión. De lo cual siento vergüenza y pesar, tanto más cuanto que es una nación con la que los de mi comarca tuvieron antaño un trato tan estrecho que aún quedan en mi casa algunos rastros de nuestro antiguo parentesco.
Y aquí entre nosotros he visto tal cosa que nos era capital volverse legítima; y nosotros, que mantenemos otras, estamos en disposición, según la incertidumbre de la fortuna guerrera, de ser algún día criminales de lesa majestad humana y divina, cayendo nuestra justicia a merced de la injusticia, y en el espacio de pocos años de posesión tomando una esencia contraria. ¿Cómo podía aquel dios antiguo acusar más claramente en el conocimiento humano la ignorancia del ser divino y enseñar a los hombres que su religión no era sino una pieza de su invención, propia para ligar su sociedad, que declarando, como hizo, a quienes buscaban instrucción desde su trípode, que el verdadero culto para cada uno era el que encontraba observado por el uso del lugar donde estaba? ¡Oh Dios, qué obligación no tenemos con la benignidad de nuestro soberano creador por haber desengañado nuestra creencia de esas vagabundas y arbitrarias devociones y haberla alojado sobre la base eterna de su santa palabra! ¿Qué nos dirá entonces la filosofía en esta necesidad? ¿Que sigamos las leyes de nuestro país? Es decir, ese mar flotante de las opiniones de un pueblo o de un príncipe, que me pintarán la justicia con tantos colores y la reformarán en tantos rostros como haya en ellos cambios de pasión. No puedo tener el juicio tan flexible. ¿Qué bondad es esa que veía ayer en crédito y mañana ya no lo está, y que el cruce de un río hace crimen? ¿Qué verdad es esa que estas montañas limitan, mentira para el mundo que se extiende más allá?
Pero resultan graciosos cuando, para dar alguna certeza a las leyes, dicen que hay algunas firmes, perpetuas e inmutables, que llaman naturales, que están impresas en el género humano por la condición de su propia esencia; y de esas, unos dicen que son tres, otros que cuatro, otros que más, otros que menos: señal de que se trata de una marca tan dudosa como el resto. Ahora bien, son tan desafortunados (pues ¿cómo puedo llamar a eso sino desfortuna, que de un número de leyes tan infinito no se encuentre al menos una que la fortuna y la temeridad del azar hayan permitido que sea universalmente recibida por el consentimiento de todas las naciones?); son, digo, tan miserables que de esas tres o cuatro leyes escogidas no hay ni una sola que no sea contradicha y desautorizada, no por una nación, sino por varias. Ahora bien, este es el único indicio verosímil por el cual pueden argumentar algunas leyes naturales: la universalidad de la aprobación. Pues lo que la Naturaleza nos hubiera verdaderamente ordenado lo seguiríamos sin duda por común consentimiento; y no solo toda nación, sino todo hombre particular resentiría la fuerza y la violencia que le haría aquel que quisiera empujarlo hacia lo contrario de esa ley. Que me muestren, a ver, una de esa condición. Protágoras y Aristón no daban otra esencia a la justicia de las leyes que la autoridad y opinión del legislador, y que, quitado eso, lo bueno y lo honesto perdían sus cualidades y quedaban como nombres vacíos de cosas indiferentes. Trasímaco, en Platón, estima que no existe otro derecho que la conveniencia del superior. No hay cosa en la que el mundo sea tan diverso como en costumbres y leyes. Tal cosa es aquí abominable y en otra parte aporta recomendación, como en Lacedemonia la sutileza de robar. Los matrimonios entre parientes cercanos están entre nosotros prohibidos capitalmente; en otras partes son honrados.
«Hay pueblos, según dicen, en los que la madre se une al hijo y la hija al padre, y la piedad crece con amor duplicado».
El asesinato de hijos, el asesinato de padres, el compartir mujeres, el tráfico de robos, la licencia para toda clase de voluptuosidades: no hay nada, en suma, tan extremo que no se encuentre recibido por el uso de alguna nación. Es creíble que existan leyes naturales, como se ve en las otras criaturas; pero en nosotros se han perdido, pues esta bella razón humana se entromete por doquier para dominar y mandar, embrollando y confundiendo el rostro de las cosas según su vanidad e inconstancia. «Nada, pues, es ya nuestro; lo que digo nuestro es del arte». Los asuntos tienen diversos lustres y diversas consideraciones: de ahí se engendra principalmente la diversidad de opiniones. Una nación mira un asunto por un lado y se atiene a ese; otra, por otro. No hay nada tan horrible de imaginar como comerse a su padre. Los pueblos que antiguamente tenían esta costumbre la tomaban, sin embargo, como testimonio de piedad y buen afecto, buscando así dar a sus progenitores la más digna y honorable sepultura, alojando en sí mismos y como en sus propias médulas los cuerpos de sus padres y sus reliquias, vivificándolos de algún modo y regenerándolos por la transmutación en su carne viva, mediante la digestión y el nutrimiento. Es fácil considerar qué crueldad y abominación habría sido para hombres empapados e imbuidos de esta superstición arrojar los despojos de los padres a la corrupción de la tierra y al alimento de las bestias y los gusanos.
Licurgo consideró en el hurto la vivacidad, diligencia, osadía y destreza que hay en sorprender algo del prójimo, y la utilidad que revierte en lo público, pues cada cual vigila más cuidadosamente la conservación de lo que es suyo; y estimó que de esta doble instrucción, de asaltar y de defender, se obtenía un fruto para la disciplina militar (que era la principal ciencia y virtud a la que quería conducir a aquella nación) de mayor consideración que el desorden y la injusticia de aprovecharse de la cosa ajena. Dionisio el tirano ofreció a Platón una túnica a la moda de Persia, larga, damasquinada y perfumada. Platón la rechazó, diciendo que, habiendo nacido hombre, no vestiría voluntariamente ropa de mujer; pero Aristipo la aceptó, con esta respuesta: que ningún ropaje podía corromper un corazón casto. Sus amigos reprendían su pusilanimidad por tomarse tan poco a pecho que Dionisio le hubiera escupido en la cara. «Los pescadores —dijo él— soportan bien que las olas del mar los bañen desde la cabeza hasta los pies por atrapar un pececillo». Diógenes lavaba sus coles, y viéndolo pasar le dijo: «Si supieras vivir de coles, no harías la corte a un tirano». A lo que Aristipo respondió: «Si supieras vivir entre los hombres, no lavarías coles». Ved así cómo la razón proporciona apariencia a diversos efectos. Es una olla de dos asas, que se puede agarrar por la izquierda y por la derecha.
«¡Oh tierra hospitalaria, traes la guerra! Los caballos se arman para la guerra, guerra amenazan estos ganados. Pero, sin embargo, estos mismos cuadrúpedos están acostumbrados a someterse al carro y a llevar los frenos concordes bajo el yugo: hay esperanza de paz».
Predicaban a Solón que no derramara por la muerte de su hijo lágrimas impotentes e inútiles. «Y es por eso —dijo— que con más justicia las derramo, porque son inútiles e impotentes». La mujer de Sócrates agravaba su duelo con tal circunstancia: «¡Qué injustamente lo hacen morir esos malvados jueces!». «¿Preferirías, pues, que fuera justamente?», le replicó él. Nosotros llevamos las orejas perforadas; los griegos tenían eso por marca de servidumbre. Nosotros nos ocultamos para gozar de nuestras mujeres; los indios lo hacen en público. Los escitas inmolaban a los extranjeros en sus templos; en otras partes los templos sirven de asilo.
«De ahí la furia del vulgo: cada lugar odia las divinidades de los vecinos, pues cree que solo deben tenerse por dioses a los que él mismo venera».
He oído hablar de un juez que, cuando encontraba un áspero conflicto entre Bártolo y Baldo, y alguna materia agitada por muchas contrariedades, ponía en el margen de su libro: «Cuestión para el amigo»; es decir, que la verdad estaba tan enmarañada y debatida que en caso semejante podría favorecer a la parte que le pareciera bien. Solo le faltaba ingenio y suficiencia para que no pudiera poner por todas partes: «Cuestión para el amigo». Los abogados y los jueces de nuestro tiempo encuentran en todas las causas suficientes puntos de vista para acomodarlas donde bien les parece. En una ciencia tan infinita, que depende de la autoridad de tantas opiniones y de un asunto tan arbitrario, no puede ser que no nazca de ello una extrema confusión de juicios. Así, no hay apenas proceso tan claro en el que no se encuentren opiniones diversas: lo que una compañía ha juzgado, otra lo juzga al contrario, y ella misma al contrario otra vez. De lo cual vemos ejemplos ordinarios por esta licencia que mancha maravillosamente la ceremoniosa autoridad y lustre de nuestra justicia: no atenerse a las sentencias y correr de unos a otros jueces para decidir sobre una misma causa.
En cuanto a la libertad de las opiniones filosóficas acerca del vicio y la virtud, es algo que no necesita mayor desarrollo: y ahí se encuentran muchas opiniones que más vale callar que publicar a los espíritus débiles. Arcesilao decía que en la lujuria no era importante saber de qué lado y por dónde se practicaba. Y «los placeres obscenos, si la naturaleza los requiere, no deben medirse por el género, el lugar o el orden, sino por la forma, la edad y la figura», pensaba Epicuro. «Tampoco consideran que los amores sacros sean ajenos al sabio. Preguntémonos hasta qué edad deben amarse los jóvenes». Estos dos últimos puntos estoicos, y sobre este tema, el reproche de Diógenes contra el propio Platón, muestran cuántas licencias alejadas del uso común y excesivas tolera la filosofía más sana. Las leyes toman su autoridad de la posesión y del uso: es peligroso remontarlas hasta su nacimiento; crecen y se ennoblecen rodando, como nuestros ríos: seguidlas río arriba hasta su fuente, no es más que un pequeño manantial de agua apenas reconocible, que se enorgullece así y se fortifica envejeciendo. Mirad las antiguas consideraciones que dieron el primer impulso a ese famoso torrente, lleno de dignidad, horror y reverencia: las encontraréis tan ligeras y tan delicadas, que esas gentes que pesan todo y lo reducen a la razón, y que no reciben nada por autoridad ni a crédito, no es sorprendente que tengan sus juicios muy a menudo alejados de los juicios públicos.
Gentes que toman por modelo la imagen primera de la naturaleza, no es sorprendente que en la mayor parte de sus opiniones se desvíen del camino común. Así, por ejemplo: pocos de entre ellos habrían aprobado las condiciones forzadas de nuestros matrimonios; y la mayoría quiso las mujeres en común, y sin obligación. Rechazaban nuestras ceremonias. Crisipo decía que un filósofo haría una docena de volteretas en público, incluso sin calzones, por una docena de aceitunas. Apenas habría aconsejado a Clístenes que rechazara a la bella Agarista su hija, a Hipoclides, por haberle visto hacer el árbol boca abajo sobre una mesa. Metrocles soltó un pedo un poco indiscretamente mientras discutía, en presencia de su escuela: y se quedó encerrado en su casa por vergüenza, hasta que Crates fue a visitarlo; y añadiendo a sus consolaciones y razones el ejemplo de su libertad, poniéndose a tirarse pedos a porfia con él, le quitó ese escrúpulo: y además, lo atrajo a su secta estoica, más franca, de la secta peripatética más civil que hasta entonces había seguido. Lo que nosotros llamamos honestidad, de no osar hacer a la vista lo que nos es honesto hacer a escondidas, ellos lo llamaban estupidez: y hacer el fino ocultando y negando lo que la naturaleza, la costumbre y nuestro deseo publican y proclaman de nuestras acciones, lo estimaban un vicio.
Y les parecía que era enloquecer los misterios de Venus, quitarlos del retirado sagrario de su templo para exponerlos a la vista del pueblo: y que sacar sus juegos de detrás del telón era perderlos. Es cosa de peso que la vergüenza: el ocultamiento, la reserva, la circunspección, son partes de la estima. Que la voluptuosidad muy ingeniosamente insistía, bajo la máscara de la virtud, en no ser prostituida en medio de las encrucijadas, pisoteada por los pies y los ojos del vulgo, encontrando qué decir acerca de la dignidad y comodidad de sus gabinetes acostumbrados. De ahí dicen algunos que eliminar los burdeles públicos es no solo esparcir por todas partes la lujuria que estaba asignada a ese lugar, sino también espolear a los hombres vagabundos y ociosos hacia ese vicio, por la dificultad.
«Maco es de Aufidia, que esposo, Corvino, fuiste; el que fue tu rival, ese es el esposo. ¿Por qué te place la mujer ajena, y no te place la tuya? ¿Acaso no puedes tener una erección sin sobresaltos?»
Esta experiencia se diversifica en mil ejemplos.
«No hubo nadie en toda la ciudad que quisiera tocar gratis a tu mujer, Ceciliano, mientras estuvo permitido: pero ahora, puestos los guardianes, hay una enorme turba de folladores. Qué ingenioso eres».
Se le preguntó a un filósofo al que sorprendieron en el acto qué estaba haciendo: respondió con toda frialdad, «Planto un hombre»; sin ruborizarse más por ser encontrado en eso que si lo hubieran hallado plantando ajos. Es, según creo, de una opinión tierna y respetuosa que un gran y religioso autor considera esta acción tan necesariamente obligada a la ocultación y a la vergüenza, que en la licencia de los abrazos cínicos no puede persuadirse de que el asunto llegara a su fin: sino que se limitaba a representar movimientos lascivos solamente, para mantener la impudencia de la profesión de su escuela; y que para eyacular aquello que la vergüenza había contenido y retirado, les era necesario todavía buscar después la sombra. No había visto lo bastante en su libertinaje. Pues Diógenes, ejerciendo en público su masturbación, expresaba el deseo en presencia del pueblo asistente de poder así saciar su vientre frotándolo. A quienes le preguntaban por qué no buscaba un lugar más cómodo para comer que en plena calle, respondía: «Es porque tengo hambre en plena calle». Las mujeres filósofas que se mezclaban con su secta se mezclaban también con su persona, en todo lugar, sin discreción; e Hiparquía no fue recibida en la sociedad de Crates sino con la condición de seguir en todas las cosas los usos y costumbres de su regla. Estos filósofos daban un precio extremo a la virtud y rechazaban todas las demás disciplinas que la moral; sin embargo, en todas las acciones atribuían la soberana autoridad a la elección de su sabio, y por encima de las leyes, y no imponían a las voluptuosidades otro freno que la moderación y la conservación de la libertad de los demás.
Heráclito y Protágoras, por el hecho de que el vino parece amargo al enfermo y grato al sano; el remo torcido en el agua y recto para quienes lo ven fuera de ella; y de parecidas apariencias contrarias que se encuentran en los objetos, argumentaron que todos los objetos tenían en sí las causas de estas apariencias; y que había en el vino cierta amargura que se correspondía con el gusto del enfermo; el remo, cierta cualidad curva, que se correspondía con quien lo mira en el agua. Y así de todo lo demás. Lo cual es decir que todo está en todas las cosas, y por consiguiente nada en ninguna: pues nada es, donde todo es.
Esta opinión me recuerda la experiencia que tenemos, de que no hay ningún sentido ni aspecto, o recto, o amargo, o dulce, o curvo, que el espíritu humano no encuentre en los escritos que emprende indagar. En la palabra más neta, pura y perfecta que pueda ser, ¡cuánta falsedad y mentira se ha hecho nacer! ¿Qué herejía no ha encontrado en ella fundamentos bastantes, y testimonios, para emprender y para mantenerse? Es por eso que los autores de tales errores jamás quieren apartarse de esta prueba del testimonio de la interpretación de las palabras. Un personaje de dignidad, queriendo demostrarme por autoridad esta búsqueda de la piedra filosofal en la que está enteramente sumergido, me alegó últimamente cinco o seis pasajes de la Biblia sobre los cuales, decía, se había fundado primeramente para la descarga de su conciencia (pues es de profesión eclesiástica), y a decir verdad la invención no era solamente ingeniosa, sino también muy apropiadamente acomodada a la defensa de esta bella ciencia. Por esta vía se gana el crédito de las fábulas adivinatorias. No hay pronosticador, si tiene esta autoridad, al que se digne hojear y buscar curiosamente todos los pliegues y brillos de sus palabras, a quien no se haga decir todo lo que se quiera, como a las Sibilas. Hay tantos medios de interpretación que es difícil que de sesgo o de frente un espíritu ingenioso no encuentre en todo tema algún aire que le sirva a su propósito. Por eso se encuentra un estilo nebuloso y dudoso en uso tan frecuente y antiguo. Que el autor pueda ganar esto, de atraer y ocupar a la posteridad. Lo que no sólo la suficiencia, sino tanto, o más, el favor fortuito de la materia puede ganar. Que por lo demás se presente por estupidez o por astucia un poco oscuramente y diversamente: no le importa. Gran número de espíritus tamizándolo y sacudiéndolo expresarán cantidad de formas, ya según la suya, ya al lado, ya al contrario, que todas le harán honor. Se verá enriquecido por los medios de sus discípulos, como los regentes del Landit. Esto es lo que ha hecho valer muchas cosas de nada, lo que ha dado crédito a muchos escritos y los ha cargado de toda suerte de materia que se ha querido: una misma cosa recibiendo mil y mil, y tantas como nos plazca, imágenes y consideraciones diversas.
¿Es posible que Homero haya querido decir todo lo que se le hace decir, y que se haya prestado a tantas y tan diversas figuras, que los teólogos, legisladores, capitanes, filósofos, toda suerte de gentes que tratan ciencias, por diversamente y contradictoriamente que las traten, se apoyen en él, recurran a él: maestro general de todos los oficios, obras y artesanos, consejero general de todas las empresas? Quienquiera que haya tenido necesidad de oráculos y de predicciones ha encontrado en ellos para su caso. Un personaje docto y amigo mío, es maravilla qué coincidencias y cuán admirables hace nacer en él en favor de nuestra religión, y no puede fácilmente apartarse de esta opinión, de que no sea el designio de Homero (pues este autor le es tan familiar como a hombre alguno de nuestro siglo). Y lo que él encuentra en favor de la nuestra, muchos antiguamente lo habían encontrado en favor de las suyas.
Ved mover y agitar a Platón, cada uno honrándose de aplicárselo, lo acuesta del lado que quiere. Se le pasea y se le inserta en todas las nuevas opiniones que el mundo recibe, y se le diferencia de sí mismo según el diferente curso de las cosas. Se hace desaprobar a su sentido las costumbres lícitas en su siglo, por cuanto son ilícitas en el nuestro. Todo ello, viva y poderosamente, tanto cuanto es poderoso y vivo el espíritu del intérprete. Sobre este mismo fundamento que tenía Heráclito, y esta su sentencia, de que todas las cosas tenían en ellas los aspectos que en ellas se encontraban, Demócrito sacaba una conclusión totalmente contraria: es que los objetos no tenían en absoluto nada de lo que nosotros encontrábamos en ellos; y de que la miel fuera dulce para uno y amarga para otro, argumentaba que no era ni dulce ni amarga. Los pirrónicos dirían que no saben si es dulce o amarga, o ni lo uno ni lo otro, o ambas cosas: pues estos alcanzan siempre el punto más alto de la duda. Los cirenaicos sostenían que nada era perceptible por el exterior, y que solo era perceptible aquello que nos tocaba por el tacto interno, como el dolor y el placer: no reconociendo ni tono ni color, sino ciertas afecciones solamente que nos venían de ellos; y que el hombre no tenía otra sede de su juicio. Protágoras estimaba ser verdad para cada uno lo que parece a cada uno. Los epicúreos alojan en los sentidos todo juicio, y en la noticia de las cosas, y en el placer. Platón ha querido que el juicio de la verdad, y la verdad misma retirada de las opiniones y de los sentidos, pertenezcan al espíritu y a la cogitación.
Este asunto me ha llevado a la consideración de los sentidos, en los cuales yace el mayor fundamento y prueba de nuestra ignorancia. Todo lo que se conoce, se conoce sin duda por la facultad del cognoscente: pues ya que el juicio viene de la operación de quien juzga, es razón que esta operación la perfeccione por sus medios y voluntad, no por la coacción de otro: como sucedería si conociésemos las cosas por la fuerza y según la ley de su esencia. Ahora bien, todo conocimiento se encamina en nosotros por los sentidos, son nuestros maestros:
«Vía por donde munida se dirige la fe, la más próxima, al pecho humano y a los templos de la mente».
La ciencia comienza por ellos y se resuelve en ellos. Después de todo, no sabríamos más que una piedra si no supiéramos que hay sonido, olor, luz, sabor, medida, peso, blandura, dureza, aspereza, color, pulimento, anchura, profundidad. He ahí la planta y los principios de todo el edificio de nuestra ciencia. Y según algunos, ciencia no es otra cosa sino sentimiento. Quienquiera que pueda empujarme a contradecir los sentidos me tiene agarrado por la garganta, no me podría hacer retroceder más atrás. Los sentidos son el comienzo y el fin del conocimiento humano.
«Encontrarás que la noción de lo verdadero ha sido creada desde los primeros sentidos, y que los sentidos no pueden ser refutados. ¿Qué debe ser tenido en mayor fe, pues, que los sentidos?».
Por poco que se les atribuya, siempre habrá que concederles esto: que por su vía y mediación se encamina toda nuestra instrucción. Cicerón dice que Crisipo, habiendo intentado rebajar la fuerza de los sentidos y su virtud, se representó a sí mismo argumentos en contrario y oposiciones tan vehementes que no pudo satisfacerlas. A propósito de esto Carnéades, que mantenía el partido contrario, se jactaba de servirse de las mismas armas y palabras de Crisipo para combatirlo, y exclamaba por esta causa contra él: «¡Oh, miserable, tu fuerza te ha perdido!». No hay, según nosotros, ningún absurdo más extremo que sostener que el fuego no calienta, que la luz no alumbra, que no hay peso en el hierro ni firmeza, que son nociones que nos aportan los sentidos; ni creencia o ciencia en el hombre que pueda compararse a aquella en certidumbre.
La primera consideración que tengo sobre el tema de los sentidos es que pongo en duda que el hombre esté provisto de todos los sentidos naturales. Veo varios animales que viven una vida entera y perfecta, unos sin la vista, otros sin el oído: quién sabe si a nosotros también no nos falta todavía uno, dos, tres y varios otros sentidos. Pues si falta alguno, nuestro razonamiento no puede descubrir el defecto. Es el privilegio de los sentidos ser el extremo límite de nuestra percepción. No hay nada más allá de ellos que pueda servirnos para descubrirlos; es más, ni un sentido puede descubrir al otro.
«¿Podrán los oídos reprender a los ojos, o los oídos al tacto, o a éste el sabor de la boca, o lo refutarán las narices, o los ojos lo vencerán?»
Todos ellos forman la línea extrema de nuestra facultad.
«A cada uno le ha sido asignado un poder separado, a cada uno su propia fuerza».
Es imposible hacer concebir a un hombre naturalmente ciego que no ve, imposible hacerle desear la vista y lamentar su defecto. Por ello no debemos tomar ninguna seguridad de que nuestra alma esté contenta y satisfecha con los que tenemos, pues no tiene manera de sentir en ello su enfermedad e imperfección, si es que la hay. Es imposible decir cosa alguna a ese ciego, mediante discurso, argumento o símil, que aloje en su imaginación alguna aprehensión de luz, de color y de vista. No hay nada más atrás que pueda empujar el sentido hacia la evidencia. Los ciegos de nacimiento que vemos desear ver, no es porque entiendan lo que piden: han aprendido de nosotros que tienen que decir algo, que tienen algo que desear, que está en nosotros, lo cual nombran bien, y sus efectos y consecuencias; pero no saben, sin embargo, qué es, ni lo aprehenden ni de cerca ni de lejos.
He visto a un caballero de buena casa, ciego de nacimiento, o al menos ciego desde edad tan temprana que no sabe qué es la vista: entiende tan poco lo que le falta, que usa y se sirve como nosotros de las palabras propias del ver, y las aplica de un modo completamente suyo y particular. Le presentaban a un niño del cual era padrino; habiéndolo tomado entre sus brazos, dijo: «¡Dios mío, qué niño tan hermoso, qué hermoso es de ver, qué rostro tan alegre tiene!». Dirá como uno de nosotros: «Esta sala tiene una hermosa vista, hace claro, hace buen sol». Hay más: puesto que la caza, el juego de pelota y el tiro son nuestros ejercicios, y él lo ha oído decir, se aficiona a ello y se entretiene con ello, y cree tener en ello la misma parte que nosotros; se empeña en ello y le place, y sin embargo sólo lo recibe por los oídos. Se le grita que allá va una liebre, cuando está en alguna hermosa explanada donde puede galopar; y luego se le dice además que allá va una liebre atrapada: está tan orgulloso de su presa, según oye decir a los demás que ellos lo están. La pelota la toma con la mano izquierda y la impulsa con su raqueta; con el arcabuz dispara al azar, y se contenta con lo que sus criados le dicen, que ha dado arriba o de lado.
¿Quién sabe si el género humano comete una tontería parecida por falta de algún sentido, y que por este defecto la mayor parte del rostro de las cosas nos esté oculta? ¿Quién sabe si las dificultades que encontramos en varias obras de la naturaleza vienen de ahí? ¿Y si varios efectos de los animales que exceden nuestra capacidad son producidos por la facultad de algún sentido que nos falta? ¿Y si algunos de ellos tienen por este medio una vida más plena y entera que la nuestra? Asimos la manzana casi por todos nuestros sentidos: encontramos en ella el color rojo, la tersura, el olor y la dulzura; además de eso, puede tener otras virtudes, como la de secar o restringir, para las cuales no tenemos ningún sentido que pueda relacionarse con ellas. Las propiedades que llamamos ocultas en varias cosas, como la del imán de atraer el hierro, ¿no es verosímil que haya facultades sensitivas en la naturaleza propias para juzgarlas y percibirlas, y que el defecto de tales facultades nos aporte la ignorancia de la verdadera esencia de tales cosas? Es quizás algún sentido particular el que descubre a los gallos la hora de la mañana y de la medianoche, y los mueve a cantar; el que enseña a las gallinas, antes de todo uso y experiencia, a temer a un gavilán y no a un ganso ni a un pavo real, aves más grandes; el que advierte a los polluelos de la cualidad hostil que hay en el gato contra ellos, y a no desconfiar del perro; a armarse contra el maullido, voz en cierto modo halagüeña, no contra el ladrido, voz áspera y pendenciera; a los avispones, a las hormigas y a las ratas, a elegir siempre el mejor queso y la mejor pera, antes de haberlos probado; y el que guía al ciervo, al elefante y a la serpiente al conocimiento de cierta hierba propia para su curación.
No hay sentido que no tenga una gran dominación y que no aporte por su medio un número infinito de conocimientos. Si tuviéramos que prescindir de la inteligencia de los sonidos, de la armonía y de la voz, eso aportaría una confusión inimaginable a todo el resto de nuestra ciencia. Pues además de lo que está vinculado al efecto propio de cada sentido, ¡cuántos argumentos, consecuencias y conclusiones sacamos sobre las otras cosas por la comparación de un sentido con otro! Que un hombre entendido imagine la naturaleza humana producida originalmente sin la vista, y discurra cuánta ignorancia y turbación le aportaría tal defecto, cuántas tinieblas y ceguera en nuestra alma: se verá por ello cuánto nos importa, para el conocimiento de la verdad, la privación de otro sentido semejante, o de dos, o de tres, si está en nosotros. Hemos formado una verdad mediante la consulta y concurrencia de nuestros cinco sentidos; pero quizás hacía falta el acuerdo de ocho, o de diez sentidos, y su contribución, para percibirla con certeza y en su esencia.
Las sectas que combaten la ciencia del hombre la combaten principalmente por la incertidumbre y debilidad de nuestros sentidos. Pues ya que todo conocimiento viene a nosotros por su mediación y medio, si fallan en el informe que nos hacen, si corrompen o alteran lo que nos traen de fuera, si la luz que por ellos fluye a nuestra alma se oscurece en el tránsito, ya no tenemos de qué asirnos. De esta extrema dificultad han nacido todas esas fantasías: que cada objeto tiene en sí todo lo que encontramos en él; que no tiene nada de lo que pensamos encontrar; y aquella de los epicúreos, que el sol no es mayor de lo que nuestra vista lo juzga:
«Sea lo que fuere, no parece tener una figura mayor que la que vemos que tiene ante nuestros ojos»;
que las apariencias que representan un cuerpo grande al que está cerca de él, y más pequeño al que está alejado, son ambas verdaderas:
«Sin embargo, no admitimos que los ojos se engañen en nada; así que no atribuyas este vicio del alma a los ojos»;
y resueltamente que no hay ningún engaño en los sentidos; que hay que pasarse a su merced, y buscar en otra parte razones para excusar la diferencia y contradicción que encontramos en ellos; es más, inventar cualquier otra mentira y fantasía (llegan hasta ahí) antes que acusar a los sentidos. Timágoras juraba que, por apretar o sesgar su ojo, jamás había percibido que se duplicara la luz de la vela, y que esta apariencia venía del vicio de la opinión, no del instrumento. De todos los absurdos, el más absurdo para los epicúreos es desautorizar la fuerza y el efecto de los sentidos.
Por consiguiente, lo que a cada uno le parece en ese momento es verdadero. Y, si la razón no pudo resolver la causa de por qué las cosas que fueron vistas de cerca cuadradas, aparecen redondas a lo lejos: sin embargo, es preferible, en ausencia de razón, dar causas erróneas de una y otra figura, a soltar las manos de lo que ellas mismas hacen evidente, y violar la fe primera, y derribar todos los fundamentos sobre los que se sostienen la vida y la salvación. Pues no solo se vendría abajo toda razón, sino que la vida misma se derrumbaría de inmediato, si no nos atreviéramos a creer en los sentidos, y a evitar los lugares peligrosos, y todo lo demás que en este género hay que huir.
Este consejo desesperado y tan poco filosófico no representa otra cosa sino que la ciencia humana solo puede mantenerse por una razón desrazonable, loca y desquiciada: pero que aún es mejor que el hombre, para hacerse valer, se sirva de ella y de cualquier otro remedio, por fantástico que sea, antes que confesar su necesaria estupidez, verdad tan desventajosa. No puede evitar que los sentidos sean los soberanos maestros de su conocimiento: pero son inciertos y falsificables en todas las circunstancias. Ahí es donde hay que luchar sin cuartel: y, si nos fallan las fuerzas legítimas, como lo hacen, emplear la obstinación, la temeridad, la desvergüenza. En caso de que sea verdad lo que dicen los epicúreos, a saber, que no tenemos ciencia si las apariencias de los sentidos son falsas: y, lo que dicen los estoicos, si es también verdad que las apariencias de los sentidos son tan falsas que no pueden producirnos ninguna ciencia: concluiremos a expensas de estas dos grandes sectas dogmáticas que no hay ciencia alguna.
En cuanto al error e incertidumbre del funcionamiento de los sentidos, cada uno puede procurarse tantos ejemplos como le plazca: tan ordinarias son las fallas y engaños que nos hacen. En el resonar de un valle, el sonido de una trompeta parece venir ante nosotros, cuando viene de una legua detrás.
Y las montañas que se elevan a lo lejos en medio del abismo, parecen las mismas, aunque sean muy distintas. Y las colinas y campos parecen huir hacia la popa, junto a los cuales conducimos la nave. Cuando en medio de la corriente un caballo fogoso se ha detenido ante nosotros, su cuerpo parece ser arrastrado de través por la fuerza, y empujado con rapidez contra la corriente.
Al manejar una bola de arcabuz bajo el segundo dedo, con el del medio entrelazado por encima, hay que contenerse enormemente para admitir que solo hay una, tanto nos representa el sentido que hay dos. Pues que los sentidos sean muchas veces dueños del raciocinio y lo obliguen a recibir impresiones que él sabe y juzga falsas, se ve a cada momento. Dejo aparte el del tacto, que tiene funciones más cercanas, más vivas y sustanciales, que derriba tantas veces por el efecto del dolor que aporta al cuerpo, todas esas bellas resoluciones estoicas, y obliga a gritar por el vientre a quien ha establecido en su alma este dogma con toda resolución, que el cólico, como cualquier otra enfermedad y dolor, es cosa indiferente, sin fuerza para rebajar nada de la soberana felicidad y dicha en la cual el sabio está alojado por su virtud. No hay corazón tan blando que el sonido de nuestros tambores y nuestras trompetas no enardezca, ni tan duro que la dulzura de la música no despierte y deleite: ni alma tan arisco que no se sienta tocada por alguna reverencia al considerar esa vasta oscuridad de nuestras iglesias, la diversidad de ornamentos y orden de nuestras ceremonias, y oír el son devoto de nuestros órganos, y la armonía tan reposada y religiosa de nuestras voces.
Incluso quienes entran ahí con desprecio sienten algún escalofrío en el corazón, y algún horror que los hace desconfiar de su opinión. En cuanto a mí, no me considero lo bastante fuerte para oír con sentido sereno versos de Horacio y de Catulo, cantados con voz suficiente por una boca bella y joven. Y Zenón tenía razón al decir que la voz era la flor de la belleza. Quisieron hacerme creer que un hombre que todos nosotros los franceses conocemos me había engañado al recitarme versos que él había escrito: que no eran tales en el papel como en el aire, y que mis ojos harían juicio contrario al de mis oídos: tanto crédito tiene la pronunciación para dar precio y forma a las obras que pasan a su merced. Por lo que no estuvo desatinado Filoxeno cuando, al oír a uno dar mal tono a cierta composición suya, se puso a pisotear y romper ladrillos que le pertenecían, diciendo: rompo lo que es tuyo, como tú corrompes lo que es mío. ¿Para qué, incluso quienes se dieron muerte con cierta resolución, desviaban el rostro para no ver el golpe que se hacían dar? ¿Y por qué quienes por su salud desean y ordenan que se les haga incisión y cauterización, no pueden soportar la vista de los preparativos, útiles y operación del cirujano, cuando la vista no debería tener ninguna participación en ese dolor?
¿No son estos ejemplos propios para verificar la autoridad que los sentidos tienen sobre el raciocinio? En vano sabemos que esos bucles están tomados de un paje o de un lacayo, que ese rubor ha venido de España, y esa blancura y tersura del mar Océano: aún es necesario que la vista nos fuerce a encontrar el objeto más amable y más agradable, contra toda razón. Pues en ello no hay nada suyo.
Nos dejamos llevar por el adorno, las joyas y el oro cubren los defectos, la menor parte es la propia muchacha. A menudo preguntas dónde está lo que amas entre tantas cosas: con esta égida engaña los ojos el rico amor.
¡Cuánto conceden a la fuerza de los sentidos los poetas, que hacen a Narciso enamorado perdidamente de su propia sombra:
Admira todo aquello por lo que él mismo es admirable; sin saberlo se desea a sí mismo; y quien aprueba, es él mismo aprobado; y mientras busca, es buscado: del mismo modo enciende y arde!
¡Y el entendimiento de Pigmalión tan turbado por la impresión de la vista de su estatua de marfil, que la ama y la trata como viva:
Le da besos y cree que se los devuelve, la sigue y la abraza, y cree que sus dedos se hunden en los miembros tocados, y teme que aparezcan moretones en los brazos presionados!
Que se aloje a un filósofo en una jaula de finos barrotes de hierro espaciados, que esté suspendida en lo alto de las torres de Notre-Dame de París; verá por razón evidente que es imposible que se caiga de ella; y sin embargo no podrá evitar, si no está acostumbrado al oficio de los techadores, que la vista de esa altura extrema lo espante y lo traspase. Porque ya nos cuesta bastante sentirnos seguros en las galerías que hay en nuestros campanarios, si están hechas a cielo abierto, aunque sean de piedra. Algunos hay que no pueden ni siquiera soportar la idea. Que se tienda una viga entre esas dos torres de un grosor tal como el que necesitamos para caminar sobre ella; no hay sabiduría filosófica de tan gran firmeza que pueda darnos ánimo para caminar por ella, como lo haríamos si estuviera en tierra. A menudo he probado esto en nuestras montañas de acá, y aunque soy de los que no se asustan más que medianamente de tales cosas, no podía soportar la vista de esa profundidad infinita sin horror y temblor de pantorrillas y de muslos, aun cuando faltaba bastante para mi estatura el que yo estuviera del todo al borde, y no hubiera podido caer si no me hubiese expuesto deliberadamente al peligro. Observé también que, por grande que fuese la altura, con tal de que en esa pendiente se presentase un árbol o un saliente de roca para sostener un poco la vista y dividirla, eso nos alivia y nos da seguridad; como si fuese algo de lo que en la caída pudiésemos recibir auxilio: pero los precipicios cortados y lisos no podemos ni siquiera mirarlos sin que nos dé vueltas la cabeza: ut despici sine vertigine simul oculorum animique non possit: lo cual es un evidente engaño de la vista.
Por eso aquel noble filósofo se arrancó los ojos, para descargar al alma del desorden que recibía de ellos, y poder filosofar con más libertad. Pero en tal caso, debería también haberse tapado los oídos, que Teofrasto dice ser el instrumento más peligroso que tenemos para recibir impresiones violentas que nos turben y cambien; y debería haberse privado finalmente de todos los demás sentidos; es decir, de su ser y de su vida. Porque todos ellos tienen ese poder de mandar sobre nuestro discurso y nuestra alma. Fit etiam saepe specie quadam, saepe vocum gravitate et cantibus, ut pellantur animi vehementius: saepe etiam cura et timore. Los médicos sostienen que hay ciertas complexiones que se agitan con algunos sonidos e instrumentos hasta la furia. He visto a quien no podía oír roer un hueso bajo su mesa sin perder la paciencia; y casi no hay hombre que no se altere con ese ruido agudo y penetrante que hacen las limas al raspar el hierro: como al oír masticar cerca de nosotros, o al oír hablar a alguien que tiene el paso de la garganta o de la nariz obstruido, muchos se alteran hasta la cólera y el odio. Ese flautista protocolo de Graco, que ablandaba, endurecía y modulaba la voz de su amo cuando arengaba en Roma, ¿para qué servía, si el movimiento y la calidad del sonido no tuviesen fuerza para conmover y alterar el juicio de los oyentes? Verdaderamente hay motivo para hacer tan gran fiesta de la firmeza de esa hermosa pieza que se deja manejar y cambiar por el vaivén y los accidentes de un viento tan ligero.
Ese mismo engaño que los sentidos aportan a nuestro entendimiento, lo reciben a su vez. Nuestra alma a veces se venga de la misma manera; ellos mienten y se engañan a porfía. Lo que vemos y oímos agitados por la cólera, no lo oímos tal como es.
Et solem geminum, et duplices se ostendere Thebas. El objeto que amamos nos parece más bello de lo que es:
Así pues, de muchos modos vemos que cosas perversas y torpes están en las delicias y gozan del mayor honor:
y más feo aquel que nos repugna. A un hombre fastidiado y afligido, la claridad del día le parece oscurecida y tenebrosa. Nuestros sentidos no solo están alterados, sino a menudo embotados del todo por las pasiones del alma. ¡Cuántas cosas vemos que no percibimos, si tenemos nuestro espíritu ocupado en otra parte!
También en cosas manifiestas puedes reconocer, si no prestas atención, que es como si en todo momento hubieran estado apartadas y muy alejadas.
Parece que el alma se retira adentro y distrae las potencias de los sentidos. Así pues, tanto el interior como el exterior del hombre están llenos de debilidad y de mentira.
Quienes han comparado nuestra vida con un sueño han tenido razón, quizá más de lo que pensaban. Cuando soñamos, nuestra alma vive, actúa, ejerce todas sus facultades, ni más ni menos que cuando vela; pero de modo más débil y oscuro; no tanto ciertamente que la diferencia sea como de la noche a una claridad viva: sí, como de la noche a la sombra: allá duerme, aquí dormita; más y menos; son siempre tinieblas, y tinieblas cimerias. Velamos durmiendo, y velando dormimos. No veo tan claro en el sueño; pero en cuanto a la vigilia, nunca la encuentro bastante pura y sin nubes. Incluso el sueño en su profundidad adormece a veces los ensueños: pero nuestra vigilia nunca está tan despierta que purgue y disipe bien a punto las ensoñaciones, que son los sueños de los que velan, y peores que sueños. Nuestra razón y nuestra alma, recibiendo las fantasías y opiniones que le nacen durmiendo, y autorizando las acciones de nuestros sueños con la misma aprobación con que lo hace con las del día: ¿por qué no ponemos en duda si nuestro pensar, nuestro actuar, no es acaso otro soñar, y nuestra vigilia, alguna especie de dormir? Si los sentidos son nuestros primeros jueces, no son solo los nuestros los que hay que llamar a consejo: pues en esta facultad los animales tienen tanto o más derecho que nosotros. Es cierto que algunos tienen el oído más agudo que el hombre, otros la vista, otros el olfato, otros el tacto o el gusto. Demócrito decía que los dioses y las bestias tenían las facultades sensitivas mucho más perfectas que el hombre. Ahora bien, entre los efectos de sus sentidos y los nuestros, la diferencia es extrema. Nuestra saliva limpia y seca nuestras heridas; mata a la serpiente.
Y tanta es en estas cosas la distancia y diferencia, que lo que para unos es alimento, para otros es venenoso y acre. Pues muchas veces la serpiente, tocada por la saliva del hombre, perece y se consume mordiéndose a sí misma.
¿Qué cualidad daremos a la saliva, según nosotros o según la serpiente? ¿Por cuál de los dos sentidos verificaremos su verdadera esencia que buscamos? Plinio dice que hay en las Indias ciertas liebres marinas que son veneno para nosotros, y nosotros para ellas: de manera que con solo el contacto las matamos. ¿Quién será verdaderamente veneno, o el hombre, o el pez? ¿A quién creeremos, o al pez del hombre, o al hombre del pez? Alguna cualidad del aire infecta al hombre que no daña al buey; alguna otra al buey, que no daña al hombre; ¿cuál de las dos será en verdad y por naturaleza cualidad pestilente? Quienes tienen ictericia ven todas las cosas amarillentas y más pálidas que nosotros:
Además, todo lo que miran los que sufren ictericia se vuelve lívido.
Quienes tienen esa enfermedad que los médicos llaman Hipósfragma, que es una sufusión de sangre bajo la piel, ven todas las cosas rojas y sanguinolentas. Esos humores que cambian así las operaciones de nuestra vista, ¿qué sabemos si predominan en las bestias y les son ordinarios? Pues vemos algunas que tienen los ojos amarillos, como nuestros enfermos de ictericia, otras que los tienen rojos de sangre: para esas, es verosímil que el color de los objetos parezca distinto que a nosotros; ¿cuál juicio de los dos será el verdadero? Pues no está dicho que la esencia de las cosas se refiera solo al hombre. La dureza, la blancura, la profundidad y la acidez atañen al servicio y ciencia de los animales, como a la nuestra: la naturaleza les ha dado el uso de ellas como a nosotros. Cuando apretamos el ojo, los cuerpos que miramos los percibimos más largos y extendidos: varias bestias tienen el ojo así apretado: esa longitud es pues quizá la verdadera forma de ese cuerpo, no la que nuestros ojos le dan en su posición ordinaria. Si apretamos el ojo por debajo, las cosas nos parecen dobles:
Dos luces de lámparas resplandecientes con llamas, y dobles rostros de hombres, y cuerpos dobles. Si tenemos las orejas obstruidas por algo, o el conducto del oído estrechado, recibimos el sonido de otra manera que como lo hacemos ordinariamente; los animales que tienen las orejas velludas, o que solo tienen un agujero muy pequeño en lugar de oreja, en consecuencia no oyen lo que nosotros oímos, y reciben el sonido de otra forma. Vemos en las fiestas y en los teatros que, oponiendo a la luz de las antorchas un vidrio teñido de algún color, todo lo que está en ese lugar nos parece verde, o amarillo, o violeta:
Y lo hacen comúnmente los velos amarillos y rojos, y los de color herrumbre, cuando, extendidos en los grandes teatros, colgados sobre mástiles y vigas temblorosas, ondean: pues allí tiñen el conjunto de asientos de la cavea, y todo el aspecto de la escena, de los padres, y de las madres, y de los dioses, y los fuerzan a agitarse en su propio color.
Es verosímil que los ojos de los animales, que vemos son de diverso color, les producen las apariencias de los cuerpos semejantes a sus ojos. Para el juicio de la operación de los sentidos, sería necesario entonces que estuviéramos de acuerdo primero con las bestias, en segundo lugar entre nosotros mismos. Lo cual no lo estamos en absoluto: y entramos en debate a cada momento sobre que uno oye, ve, o gusta algo de otra manera que otro: y debatimos tanto como sobre cualquier otra cosa acerca de la diversidad de imágenes que los sentidos nos aportan. De otra manera oye, y ve por la regla ordinaria de la naturaleza, y de otra manera gusta, un niño que un hombre de treinta años: y este de otra manera que un sexagenario. Los sentidos son en unos más oscuros y más sombríos, en otros más abiertos y más agudos. Recibimos las cosas de una y otra manera según lo que somos, y según lo que nos parece. Ahora bien, siendo nuestro parecer tan incierto y controvertido, ya no es un milagro si se nos dice que podemos admitir que la nieve nos parece blanca, pero que establecer si en su esencia es tal, y en verdad, no sabríamos responder: y sacudido este fundamento, toda la ciencia del mundo se va necesariamente a pique.
¡Qué!, ¿acaso nuestros propios sentidos no se estorban unos a otros? Una pintura parece elevada a la vista, al tacto parece plana: ¿diremos que el almizcle es agradable o no, él que regocija nuestro olfato y ofende nuestro gusto? Hay hierbas y ungüentos apropiados para una parte del cuerpo, que dañan otra: la miel es agradable al gusto, desagradable a la vista. Esos anillos que están tallados en forma de plumas, que se llaman en divisa plumas sin fin, no hay ojo que pueda discernir su anchura, y que pueda defenderse de este engaño, de que por un lado no vaya ensanchándose, y por el otro estrechándose y afilándose, incluso cuando se la hace girar alrededor del dedo: sin embargo al tacto te parece igual en anchura y por todas partes semejante. Esas personas que para incrementar su voluptuosidad se servían antiguamente de espejos, apropiados para agrandar y ampliar el objeto que representaban, a fin de que los miembros que tenían que emplear les complacieran más por ese acrecentamiento ocular: ¿a cuál de los dos sentidos le daban la victoria, o a la vista que les representaba esos miembros grandes y gruesos a voluntad, o al tacto que se los presentaba pequeños y desdeñables? ¿Son nuestros sentidos los que prestan al sujeto esas diversas condiciones, y los sujetos no tienen sin embargo más que una? Como vemos con el pan que comemos; no es sino pan, pero nuestro uso hace de él huesos, sangre, carne, pelos y uñas:
Como el alimento, cuando se distribuye por todos los miembros y articulaciones, perece, y de sí mismo produce otra naturaleza.
El humor que succiona la raíz de un árbol se hace tronco, hoja y fruto: el aire no siendo sino uno, se hace por la aplicación a una trompeta, diverso en mil clases de sonidos. ¿Son, digo, nuestros sentidos los que conforman de igual modo, con diversas cualidades, esos sujetos; o los tienen tales? Y sobre esta duda, ¿qué podemos resolver acerca de su verdadera esencia? Además, puesto que los accidentes de las enfermedades, del desvarío, o del sueño, nos hacen aparecer las cosas de otra manera que como parecen a los sanos, a los cuerdos, y a quienes velan: ¿no es verosímil que nuestra disposición correcta, y nuestros humores naturales, tengan también con qué dar un ser a las cosas, que se relacione con su condición, y acomodarlas a sí, como hacen los humores desreglados: y nuestra salud tan capaz de proporcionarles su aspecto, como la enfermedad? ¿Por qué no tiene el temperado alguna forma de los objetos relativa a sí, como el intemperado: y no les imprimirá igualmente su carácter? El que siente asco atribuye la insipidez al vino; el sano el sabor; el sediento la golosina. Ahora bien, acomodando nuestro estado las cosas a sí, y transformándolas según sí, ya no sabemos qué son las cosas en verdad, pues nada llega a nosotros sino falsificado y alterado por nuestros sentidos. Donde el compás, la escuadra y la regla están torcidos, todas las proporciones que de ellos se sacan, todas las construcciones que se levantan a su medida, están también necesariamente defectuosas y deficientes. La incertidumbre de nuestros sentidos hace incierto todo lo que ellos producen.
En fin, como en una construcción, si la primera regla es defectuosa, y la norma si sale engañosa de las líneas rectas, y el nivel si claudica en algo por alguna parte, todo es necesario que se haga defectuosamente, y torcido, defectuoso, inclinado, caído, volcado, y techos discordantes, que ya parecen querer desplomarse, y se desploman, traicionados todos por los primeros juicios engañosos.
Por lo tanto aquí es necesario que el razonamiento de las cosas sea para ti defectuoso, y falso cualquier cosa que haya nacido de los falsos sentidos.
Por lo demás, ¿quién será capaz de juzgar estas diferencias? Del mismo modo que decimos en los debates sobre la religión que necesitamos un juez no vinculado a ninguno de los dos bandos, exento de preferencia y de afecto, lo cual no es posible entre los cristianos: lo mismo ocurre en esto, pues si es viejo, no puede juzgar el sentir de la vejez, siendo él mismo parte en este debate; si es joven, lo mismo; sano, lo mismo; lo mismo enfermo, durmiendo y velando. Necesitaríamos a alguien exento de todas estas cualidades, para que sin prejuicio de juicio juzgase estas proposiciones como si le fueran indiferentes; y en ese caso necesitaríamos un juez que no existiese.
Para juzgar las apariencias que recibimos de los objetos necesitaríamos un instrumento para juzgar; para verificar ese instrumento, necesitaríamos demostración; para verificar la demostración, un instrumento: ya estamos dando vueltas. Puesto que los sentidos no pueden zanjar nuestra disputa, al estar ellos mismos llenos de incertidumbre, es preciso que sea la razón; pero ninguna razón se establece sin otra razón: ya estamos retrocediendo hasta el infinito. Nuestra fantasía no se aplica a las cosas exteriores, sino que es concebida por mediación de los sentidos, y los sentidos no comprenden el objeto exterior, sino únicamente sus propias pasiones; y así la fantasía y apariencia no pertenece al objeto, sino únicamente a la pasión y sufrimiento del sentido; esa pasión y el objeto son cosas diversas. Por tanto, quien juzga por las apariencias juzga por algo distinto del objeto. Y si se dice que las pasiones de los sentidos transmiten al alma la cualidad de los objetos exteriores por semejanza, ¿cómo pueden el alma y el entendimiento asegurarse de esa semejanza, no teniendo por sí mismos ningún trato con los objetos exteriores? Igual que quien no conoce a Sócrates, viendo su retrato, no puede decir que se le parece. Ahora bien, si se quisiera juzgar por las apariencias: si es por todas, resulta imposible, pues se estorban mutuamente por sus contrariedades y discrepancias, como vemos por experiencia. ¿Será que algunas apariencias escogidas regulan las otras? Habría que verificar esa escogida por otra escogida, la segunda por la tercera; y así nunca acabaríamos. Finalmente, no hay ninguna existencia constante, ni de nuestro ser ni del de los objetos. Y nosotros, y nuestro juicio, y todas las cosas mortales, van fluyendo y rodando sin cesar. Así que no puede establecerse nada cierto de lo uno a lo otro, estando el que juzga y lo juzgado en continua mutación y movimiento.
No tenemos ninguna comunicación con el ser, porque toda naturaleza humana está siempre en medio, entre el nacer y el morir, no ofreciendo de sí más que una oscura apariencia y sombra, y una opinión incierta y débil. Y si por casualidad fijas tu pensamiento en querer captar su ser, será ni más ni menos que quien quisiera asir el agua: pues cuanto más apriete y estreche lo que por su naturaleza fluye por todas partes, más perderá lo que quería retener y asir. Así, visto que todas las cosas están sujetas a pasar de un cambio a otro, la razón que busca en ellas una subsistencia real se encuentra engañada, no pudiendo aprehender nada subsistente y permanente, porque todo o viene a ser y aún no es del todo, o empieza a morir antes de haber nacido. Platón decía que los cuerpos nunca tuvieron existencia, sino nacimiento, estimando que Homero había hecho del Océano padre de los dioses, y de Tetis la madre, para mostrarnos que todas las cosas están en flujo, cambio y variación perpetuos. Opinión común a todos los filósofos antes de su tiempo, según él dice, salvo el solo Parménides, que negaba el movimiento a las cosas, de cuya fuerza hace gran caso. Pitágoras, que toda materia es fluyente y lábil. Los estoicos, que no hay tiempo presente, y que lo que llamamos presente no es sino la juntura y ensamblaje del futuro y del pasado. Heráclito, que nunca un hombre había entrado dos veces en el mismo río. Epicarmo, que quien hace tiempo tomó dinero prestado no lo debe ahora; y que quien anoche fue invitado a venir esta mañana a comer, viene hoy sin estar invitado; puesto que ya no son ellos, se han vuelto otros; y que no podía encontrarse una sustancia mortal dos veces en el mismo estado, pues por lo súbito y ligero del cambio, tan pronto se dispersa como se reagrupa, viene y luego se va, de manera que lo que empieza a nacer nunca llega hasta la perfección de ser. Porque ese nacer nunca se completa y nunca se detiene, como si estuviera acabado, sino que desde la semilla va siempre cambiándose y mutando de uno en otro. Como de semilla humana se hace primero en el vientre de la madre un fruto sin forma; luego un niño formado; luego, estando fuera del vientre, un niño de pecho; después se vuelve muchacho; luego consecuentemente un joven; después un hombre hecho; luego un hombre maduro; al fin un viejo decrépito. De manera que la edad y generación subsiguiente va siempre deshaciendo y estropeando la precedente.
«Pues muda la edad la naturaleza entera del mundo, y de un estado otro debe suceder a todas las cosas, y ninguna cosa permanece semejante a sí: todo migra, todo lo cambia la naturaleza y lo fuerza a transformarse».
Y luego nosotros neciamente tememos una especie de muerte, cuando ya hemos pasado y estamos pasando tantas otras. Pues no solo, como decía Heráclito, la muerte del fuego es generación del aire, y la muerte del aire, generación del agua. Sino que aún más manifiestamente podemos verlo en nosotros mismos. La flor de la edad muere y pasa cuando sobreviene la vejez: y la juventud termina en la flor de la edad del hombre maduro: la infancia en la juventud: y la primera edad muere en la infancia: y el día de ayer muere en el de hoy, y el de hoy morirá en el de mañana: y no hay nada que permanezca ni que sea siempre uno. Pues que así es, si permaneciésemos siempre los mismos y unos, ¿cómo es que nos alegramos ahora de una cosa y ahora de otra? ¿cómo es que amamos cosas contrarias, o las odiamos, las alabamos o las condenamos? ¿cómo tenemos diferentes afecciones, sin conservar ya el mismo sentimiento en el mismo pensamiento? Pues no es verosímil que sin mutación tomemos otras pasiones: y lo que sufre mutación no permanece uno mismo: y si no es uno mismo, entonces tampoco es: sino que junto con el ser uno, cambia también el ser simplemente, convirtiéndose siempre en otro de otro. Y por consiguiente se equivocan y mienten los sentidos de la naturaleza, tomando lo que aparece por lo que es, por no saber bien qué es lo que es.
Pero ¿qué es entonces lo que es verdaderamente? lo que es eterno: es decir, lo que jamás ha tenido nacimiento ni tendrá jamás fin, a lo que el tiempo nunca aporta mutación alguna. Pues el tiempo es cosa móvil, y que aparece como en sombra, con la materia corriente y fluyente siempre, sin jamás permanecer estable ni permanente: a la que pertenecen estas palabras, antes y después, y, ha sido, o será. Las cuales de entrada muestran evidentemente que no es cosa que sea: pues sería gran necedad y falsedad manifiesta decir que eso es, lo que aún no está en el ser o lo que ya ha cesado de ser. Y en cuanto a estas palabras, presente, instante, ahora, por las cuales parece que principalmente sostenemos y fundamos la inteligencia del tiempo, la razón al descubrirlo lo destruye al instante: pues lo hiende inmediatamente y lo divide en futuro y en pasado: como queriéndolo ver necesariamente dividido en dos. Otro tanto sucede con la naturaleza, que es medida, como con el tiempo, que la mide: pues tampoco hay en ella nada que permanezca ni que sea subsistente, sino que todas las cosas están o nacidas, o naciendo, o muriendo. Por lo cual sería pecado decir de Dios, que es el único que es, que fue, o será: pues esos términos son declinaciones, pasos o vicisitudes de lo que no puede durar ni permanecer en el ser.
Por tanto hay que concluir que solo Dios es, no según alguna medida del tiempo, sino según una eternidad inmutable e inmóvil, no medida por el tiempo ni sujeta a declinación alguna: ante el cual nada hay, ni habrá después, ni más nuevo o más reciente: sino uno realmente siendo, que por un solo ahora llena el siempre, y no hay nada que verdaderamente sea, salvo él solo: sin que se pueda decir, ha sido, o, será, sin comienzo y sin fin.
A esta conclusión tan religiosa de un hombre pagano quiero añadir solamente esta frase de un testigo de la misma condición, para el final de este largo y tedioso discurso que me proporcionaría materia sin fin. ¡Oh qué cosa vil, dice, y abyecta es el hombre, si no se eleva por encima de la humanidad! He aquí una buena frase y un deseo útil: pero igualmente absurdo. Pues hacer el puño más grande que la mano, el abrazo más grande que el brazo, y esperar dar zancadas más allá de la extensión de nuestras piernas, eso es imposible y monstruoso: ni tampoco que el hombre se monte por encima de sí y de la humanidad: pues no puede ver sino con sus ojos, ni asir sino con sus asideros. Se elevará si Dios le presta extraordinariamente la mano. Se elevará abandonando y renunciando a sus propios medios, y dejándose alzar y elevar por los medios puramente celestiales. Corresponde a nuestra fe cristiana, no a su virtud estoica, pretender esa divina y milagrosa metamorfosis.
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