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Capítulo 3Costumbre de la isla de Cea

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 26 min de lectura

Si filosofar es dudar, como dicen, con mayor razón simplificar y fantasear, como hago yo, debe ser dudar: pues corresponde a los aprendices preguntar y debatir, y al que ocupa la cátedra resolver. Mi catedrático es la autoridad de la voluntad divina que nos gobierna sin discusión, y que tiene su lugar por encima de estas humanas y vanas disputas.

Habiendo Filipo entrado armado en el Peloponeso, alguien decía a Damidas que los lacedemonios tendrían mucho que sufrir si no se ponían bajo su gracia: «¡Cobarde! —respondió—, ¿qué pueden sufrir quienes no temen la muerte?». Se preguntaba también a Agis cómo un hombre podría vivir libre. «Despreciando —dijo— el morir». Estas proposiciones y mil parecidas que se encuentran al respecto, evidentemente suenan a algo más que esperar pacientemente la muerte cuando nos llega, pues hay en la vida varios accidentes peores de sufrir que la muerte misma; testigo aquel niño lacedemonio, capturado por Antígono y vendido como esclavo, quien, presionado por su amo a emplearse en algún servicio abyecto, dijo: «Verás a quién has comprado; me avergonzaría servir teniendo la libertad tan a la mano», y diciendo esto, se precipitó desde lo alto de la casa. Antípatro amenazaba duramente a los lacedemonios para someterlos a cierta demanda suya: «Si nos amenazas con algo peor que la muerte —respondieron—, moriremos más voluntariamente». Y habiendo Filipo escrito que impediría todas sus empresas: «¿Qué? ¿Nos impedirás también morir?».

Es lo que se dice, que el sabio vive tanto como debe, no tanto como puede; y que el presente que la Naturaleza nos ha hecho más favorable, y que nos quita todo motivo de quejarnos de nuestra condición, es habernos dejado la llave de los campos. Ella no ha ordenado más que una entrada a la vida, y cien mil salidas. Podemos carecer de tierra para vivir en ella, pero de tierra para morir en ella, no podemos carecer, como respondió Boyócato a los romanos. ¿Por qué te quejas de este mundo? No te retiene; si vives en pena, tu cobardía es la causa: para morir solo hace falta la voluntad.

«La muerte está en todas partes: Dios lo ha dispuesto óptimamente. Nadie puede quitarle la vida al hombre, pero nadie puede quitarle la muerte: mil accesos se abren hacia ella».

Y no es el remedio para una sola enfermedad, la muerte es el remedio para todos los males. Es un puerto muy seguro, que nunca se ha de temer, y a menudo se ha de buscar: todo viene a ser lo mismo, que el hombre se dé su fin o que lo sufra, que corra al encuentro de su día o que lo espere. De donde venga es siempre el suyo. En cualquier lugar que la red se rompa, allí está todo, es el cabo del hilo. La muerte más voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad de otros, la muerte de la nuestra. En ninguna cosa debemos tanto acomodarnos a nuestros humores como en esa. La reputación no toca una tal empresa, es locura tenerla en cuenta. Vivir es servir, si falta la libertad de morir. El tratamiento común de la curación se conduce a expensas de la vida: nos inciden, nos cauterizan, nos amputan los miembros, nos sustraen el alimento y la sangre: un paso más allá, y quedamos curados del todo. ¿Por qué no está la vena de la garganta tanto a nuestro alcance como la mediana? A las enfermedades más fuertes los remedios más fuertes. Servio el Gramático, teniendo la gota, no encontró mejor consejo que aplicarse veneno para matar sus piernas; que estuvieran gotosas en su sitio, con tal de que estuvieran insensibles. Dios nos da suficiente permiso cuando nos pone en tal estado que el vivir nos es peor que el morir. Es debilidad ceder a los males, pero es locura alimentarlos. Los estoicos dicen que es vivir convenientemente según la Naturaleza, para el sabio, apartarse de la vida, aunque esté en plena felicidad, si lo hace oportunamente; y para el necio, mantener su vida, aunque sea miserable, con tal de que esté en la mayor parte de las cosas que dicen ser según la Naturaleza. Como no ofendo las leyes que están hechas contra los ladrones cuando me llevo lo mío y corto mi bolsa; ni las de los incendiarios cuando quemo mi leña; tampoco estoy sujeto a las leyes hechas contra los asesinos por haberme quitado mi vida. Hegesias decía que, como la condición de la vida, también la condición de la muerte debía depender de nuestra elección. Y Diógenes, encontrando al filósofo Espeusipo afligido de larga hidropesía, haciéndose llevar en litera, quien le gritó: «¡Buena salud, Diógenes!»: «A ti ninguna salud —respondió—, que soportas el vivir estando en tal estado». De hecho, algún tiempo después Espeusipo se hizo morir, hastiado de una condición de vida tan penosa.

Pero esto no va sin objeción. Pues muchos sostienen que no podemos abandonar esta guarnición del mundo sin el mandamiento expreso de aquel que nos puso allí; y que corresponde a Dios, que nos ha enviado aquí, no para nosotros solamente, sino para su gloria y servicio de otros, darnos permiso cuando le plazca, no a nosotros tomarlo; que no hemos nacido para nosotros, sino también para nuestro país: las leyes nos piden cuentas de nosotros, para su interés, y tienen acción de homicidio contra nosotros. De otro modo, como desertores de nuestra obligación, somos castigados en el otro mundo:

«Luego ocupan los lugares cercanos los afligidos que, inocentes, se dieron muerte con su propia mano, y aborreciendo la luz, arrojaron sus almas».

Hay mucha más constancia en usar la cadena que nos sujeta que en romperla, y más prueba de firmeza en Régulo que en Catón. Es la indiscreción y la impaciencia las que nos apuran el paso. Ningún accidente hace volver la espalda a la verdadera virtud: ella busca los males y el dolor como su alimento. Las amenazas de los tiranos, las torturas y los verdugos la animan y la vivifican.

«Como la encina podada con duras hachas dobles en el Álgido fecundo en negra fronda, por daños, por matanzas, del hierro mismo saca recursos y ánimo».

Y como dice el otro:

«No es, como crees, virtud, padre, temer la vida, sino resistir a grandes males y no volverse ni retroceder. En las adversidades es fácil despreciar la muerte; más fuerte es aquel que puede ser desdichado».

Es el papel de la cobardía, no de la virtud, irse a esconder en un hueco, bajo una tumba maciza, para evitar los golpes de la Fortuna. Ella no rompe su camino y su marcha, por tempestad que haga:

«Si el orbe se quebrara y cayera, las ruinas golpearán al impávido».

Más comúnmente, la huida de otros inconvenientes nos empuja a este. Incluso a veces la huida de la muerte hace que corramos hacia ella:

«Esto, pregunto, ¿no es locura, morir para no morir?».

Como aquellos que por miedo al precipicio se lanzan ellos mismos.

«A muchos envió a peligros extremos el miedo mismo del mal por venir: fortísimo es aquel que está dispuesto a sufrir lo que se debe temer, si se presenta de cerca, y puede diferirlo. Hasta tal punto, por el terror a la muerte, el odio a la vida y a ver la luz se apodera de los humanos, que se infligen muerte con pecho afligido, olvidando que este temor es la fuente de sus cuitas».

Platón en sus leyes ordena sepultura ignominiosa para aquel que ha privado a su más cercano y más amigo, a saber, a sí mismo, y de la vida y del curso de los destinos, no forzado por juicio público, ni por algún triste e inevitable accidente de la Fortuna, ni por una vergüenza insoportable, sino por cobardía y debilidad de un alma miedosa. Y la opinión que desdeña nuestra vida, es ridícula. Pues al fin es nuestro ser, es nuestro todo. Las cosas que tienen un ser más noble y más rico pueden acusar al nuestro: pero es contra Naturaleza que nos despreciemos y nos tengamos a nosotros mismos en nada; es una enfermedad particular, y que no se ve en ninguna otra criatura, odiarse y desdeñarse. Es de pareja vanidad que deseemos ser otra cosa que lo que somos. El fruto de tal deseo no nos toca, en tanto que se contradice y se estorba en sí: aquel que desea ser hecho ángel de un hombre, no hace nada para sí. No valdría nada más, pues, no siendo ya, ¿quién se regocijará y sentirá esta mejora por él?

«Pues debe existir en aquel tiempo, cuando pueda sucederle el mal, aquel mismo a quien le va a tocar ser desdichado y sufrir».

La seguridad, la indolencia, la impasibilidad, la privación de los males de esta vida que compramos al precio de la muerte no nos aportan ninguna ventaja. En vano evita la guerra quien no puede gozar de la paz, y en vano huye del sufrimiento quien no tiene con qué saborear el reposo. Entre los del primer parecer ha habido gran duda sobre esto: qué ocasiones son suficientemente justas para hacer que un hombre tome la decisión de matarse; ellos llaman a esto εὔλογον εξαγωγήν. Pues aunque digan que hay que morir a menudo por causas ligeras, ya que las que nos mantienen en vida no son muy fuertes, aun así debe haber alguna medida. Hay humores fantásticos y sin raciocinio que han empujado, no solo a hombres particulares, sino a pueblos enteros a acabar con su vida. Ya he aportado ejemplos de ello antes y leemos además sobre las vírgenes de Mileto que, por una conspiración furiosa, se colgaban unas tras otras, hasta que el magistrado puso remedio ordenando que las que se encontraran así colgadas fueran arrastradas por la ciudad con el mismo dogal, completamente desnudas. Cuando Treción predica a Cleómenes que se mate, dado el mal estado de sus asuntos, y habiendo huido de la muerte más honorable en la batalla que acababa de perder, que acepte esta otra que le es segunda en honor y no dé tiempo al vencedor para hacerle sufrir una muerte o una vida vergonzosa, Cleómenes, con ánimo lacedemonio y estoico, rechaza ese consejo por cobarde y afeminado: «Es un remedio», dice, «que nunca puede faltarme, y del cual no hay que servirse mientras quede un dedo de esperanza; el vivir es a veces constancia y valentía». Quiere que su propia muerte sirva a su patria y quiere hacer de ella un acto de honor y de virtud. Treción se lo creyó entonces y se mató. Cleómenes hizo lo mismo después, pero fue tras haber probado el último punto de la Fortuna. No todos los inconvenientes valen la pena de querer morir para evitarlos. Y además, habiendo tantos cambios súbitos en las cosas humanas, es difícil juzgar en qué punto estamos justamente al final de nuestra esperanza:

«Espera incluso el gladiador vencido en la cruel arena, aunque la turba amenace con el pulgar hostil».

Todas las cosas, decía un dicho antiguo, son esperables para un hombre mientras vive. Sí, pero, responde Séneca, ¿por qué tendré más bien en la cabeza eso de que la Fortuna puede todas las cosas para quien está vivo, que esto otro de que la Fortuna nada puede sobre quien sabe morir? Se ve a Josefo comprometido en un peligro tan evidente y tan próximo, habiéndose alzado todo un pueblo contra él, que según el raciocinio no podía haber recurso alguno: sin embargo, siendo, como él dice, aconsejado en ese punto por un amigo suyo de acabar consigo mismo, bien le sirvió obstinarse todavía en la esperanza, pues la Fortuna trastocó más allá de toda razón humana aquel suceso, de modo que se vio liberado de él sin ningún inconveniente. Y Casio y Bruto, por el contrario, acabaron de perder las reliquias de la libertad romana, de la cual eran protectores, por la precipitación y temeridad con que se mataron antes de tiempo y de la ocasión. En la jornada de Cerisolles, el señor de Enghien intentó dos veces darse con la espada en la garganta, desesperado por la suerte del combate, que se desarrollaba mal en el lugar donde él estaba, y estuvo a punto por precipitación de privarse del goce de una victoria tan hermosa. He visto a cien liebres salvarse de entre los dientes de los galgos. «Alguno sobrevivió a su propio verdugo».

«Muchos días y el variado esfuerzo del tiempo cambiante trajeron mejora; a muchos la fortuna alternante los visitó burlona y de nuevo los colocó en terreno firme».

Plinio dice que solo hay tres clases de enfermedad por evitar las cuales se tiene derecho a matarse. La más dura de todas es la piedra en la vejiga, cuando la orina queda retenida. Séneca dice que solo aquellas que perturban durante largo tiempo las funciones del alma. Para evitar una muerte peor, hay quienes opinan que debe tomársela por propia mano. Damócrito, jefe de los etolios, llevado prisionero a Roma, encontró la manera de escapar de noche. Pero perseguido por sus guardias, antes de dejarse atrapar de nuevo, se atravesó el cuerpo con su espada. Antínoo y Teódoto, reducida su ciudad de Épiro a la extremidad por los romanos, aconsejaron al pueblo que todos se mataran. Pero como ganó el consejo de rendirse, fueron en busca de la muerte lanzándose sobre los enemigos, con intención de herir, no de cubrirse. La isla de Gozo, tomada por los turcos hace algunos años: un siciliano que tenía dos bellas hijas en edad de casarse las mató con su mano, y a su madre después, que había acudido corriendo al ver su muerte. Hecho esto, saliendo a la calle con una ballesta y un arcabuz, de dos disparos mató a los dos primeros turcos que se acercaron a su puerta, y luego sacando la espada se lanzó furiosamente a la refriega, donde al instante fue rodeado y hecho pedazos: salvándose así de la servidumbre, después de haber librado a los suyos. Las mujeres judías, después de hacer circuncidar a sus hijos, se precipitaban con ellos, escapando de la crueldad de Antíoco. Me han contado que un prisionero de calidad, estando en nuestras prisiones, sus parientes, advertidos de que sería ciertamente condenado, para evitar la vergüenza de tal muerte, enviaron a un cura para decirle que el remedio supremo de su liberación era que se encomendara a tal santo, con tales y tales votos, y que pasara ocho días sin tomar ningún alimento, por más desfallecimiento y debilidad que sintiera en sí. Él le creyó, y por ese medio se deshizo sin pensarlo de su vida y del peligro. Escribonia, aconsejando a Libón su sobrino que se matara, antes que esperar la mano de la Justicia, le decía que era propiamente hacer el trabajo de otro conservar su vida para entregarla en manos de quienes vendrían a buscarla tres o cuatro días después; y que era servir a sus enemigos guardar su sangre para que ellos hicieran con ella su festín.

Se lee en la Biblia que Nicanor, perseguidor de la ley de Dios, habiendo enviado a sus secuaces para apresar al buen anciano Razías, llamado por el honor de su virtud el Padre de los judíos, como el buen hombre ya no vio salida, quemada su puerta, sus enemigos a punto de atraparlo, prefiriendo morir generosamente antes que caer en manos de los malvados y dejarse maltratar contra el honor de su rango, se hirió con su espada: pero el golpe, por la prisa, no habiendo sido bien asestado, corrió a precipitarse desde lo alto de un muro, a través de la tropa, la cual, apartándose y haciéndole sitio, cayó de cabeza. Sin embargo, sintiéndose aún con algún resto de vida, reavivó su valor, y levantándose en pie, todo ensangrentado y cubierto de golpes, y atravesando la muchedumbre llegó hasta cierto peñasco cortado y escarpado, donde, ya sin fuerzas, tomó con ambas manos sus entrañas por una de sus heridas, las desgarró y estrujó, y las arrojó a través de los perseguidores, llamando sobre ellos e invocando la venganza divina.

De las violencias que se hacen a la conciencia, la más evitable a mi juicio es la que se hace a la castidad de las mujeres; puesto que hay cierto placer corporal mezclado naturalmente en ello: y por esa causa, el disentimiento no puede ser suficientemente entero; y parece que la fuerza está mezclada con algo de voluntad. La historia eclesiástica venera muchos ejemplos así de personas devotas que llamaron a la muerte en auxilio contra los ultrajes que los tiranos preparaban contra su religión y conciencia. Pelagia y Sofronia, ambas canonizadas, aquella se precipitó al río con su madre y sus hermanas, para evitar la violencia de algunos soldados, y esta se mató también para evitar la violencia de Majencio el emperador.

Quizá nos honre en los siglos venideros que un docto autor de este tiempo, y especialmente parisino, se tome el trabajo de persuadir a las damas de nuestro siglo de tomar antes cualquier otro partido que entrar en el horrible consejo de tal desesperación. Lamento que no haya sabido, para mezclar en sus relatos, el buen dicho que aprendí en Toulouse de una mujer, pasada por las manos de algunos soldados: «Dios sea loado», decía ella, «que al menos una vez en mi vida me he saciado sin pecado». En verdad, esas crueldades no son dignas de la dulzura francesa. También, gracias a Dios, nuestro ambiente se ve infinitamente purgado de ellas desde ese buen aviso. Basta con que ellas digan «No», haciéndolo, siguiendo la regla del buen Marot.

La historia está llena de quienes de mil maneras cambiaron a la muerte una vida penosa. Lucio Aruncio se mató, para, decía él, escapar del porvenir y del pasado. Granio Silvano y Estacio Próximo, después de ser perdonados por Nerón, se mataron: o para no vivir de la gracia de hombre tan malvado, o para no verse en apuros otra vez con un segundo perdón: vista su facilidad para las sospechas y acusaciones contra la gente de bien. Espargapises, hijo de la reina Tomiris, prisionero de guerra de Ciro, empleó en matarse el primer favor que Ciro le hizo de hacerlo desatar: no habiendo pretendido otro fruto de su libertad que vengar en sí mismo la vergüenza de su captura. Boeges, gobernador en Eyón por cuenta del rey Jerjes, asediado por el ejército de los atenienses bajo el mando de Cimón, rechazó el acuerdo de volver seguro a Asia con todos sus bienes, impaciente por sobrevivir a la pérdida de lo que su amo le había dado en custodia: y después de haber defendido su ciudad hasta el extremo, sin quedar ya nada que comer, echó primero al río Estrimón todo el oro y todo aquello de lo que le pareció que el enemigo podría sacar más provecho. Y luego, habiendo ordenado encender una gran hoguera y degollar a mujeres, niños, concubinas y sirvientes, los metió en el fuego, y luego él mismo.

Ninaquetúen, señor indio, habiendo sentido el primer soplo de la decisión del virrey portugués de despojarlo, sin causa aparente, del cargo que tenía en Malaca, para dárselo al rey de Campar: tomó para sí esta resolución. Hizo levantar un cadalso más largo que ancho, apoyado sobre columnas, regiamente tapizado y adornado con flores y perfumes en abundancia. Y luego, habiéndose vestido con una ropa de tela de oro cargada con cantidad de piedras preciosas de alto valor, salió a la calle: y por unos escalones subió al cadalso, en una esquina del cual había una hoguera de maderas aromáticas encendida. La gente acudió corriendo a ver a qué fin esos preparativos inusitados. Ninaquetúen expuso con rostro altivo y malcontento la obligación que la nación portuguesa le debía, cuán fielmente había servido en su cargo, que habiendo testimoniado tantas veces por otros, las armas en la mano, que el honor le era mucho más querido que la vida, no iba a abandonar el cuidado de ello para sí mismo, que si la fortuna le negaba todo medio de oponerse a la injuria que querían hacerle, su valor al menos le ordenaba quitarse el sentimiento de ella y no servir de burla al pueblo y de triunfo a personas que valían menos que él. Diciendo esto se arrojó al fuego.

Sextilia, mujer de Escauro, y Paxea, mujer de Labeón, para animar a sus maridos a evitar los peligros que los acuciaban, en los cuales ellas no tenían parte más que por el interés del afecto conyugal, comprometieron voluntariamente la vida para servirles en esa extrema necesidad de ejemplo y de compañía. Lo que ellas hicieron por sus maridos, Coceyo Nerva lo hizo por su patria, menos útilmente, pero con igual amor. Ese gran jurisconsulto, floreciente en salud, en riquezas, en reputación, en crédito, cerca del emperador, no tuvo otra causa para matarse que la compasión del miserable estado de la cosa pública romana. Nada puede añadirse a la delicadeza de la muerte de la mujer de Fulvio, familiar de Augusto. Augusto, habiendo descubierto que había divulgado un secreto importante que le había confiado: una mañana en que vino a verlo, le puso mala cara. Él volvió a casa lleno de desesperación, y dijo muy lastimosamente a su mujer que, habiendo caído en esa desgracia, estaba resuelto a matarse. Ella muy francamente: «Harás bien, visto que, habiendo experimentado bastante a menudo la incontinencia de mi lengua, no te has guardado de ella. Pero deja que yo me mate primero»: y sin más regateos, se atravesó con una espada el cuerpo.

Vibio Virio, desesperado de la salvación de su ciudad asediada por los romanos y de su misericordia, en la última deliberación de su senado, después de muchas razones expuestas con ese fin, concluyó que lo más bello era escapar a la fortuna por sus propias manos. Los enemigos los tendrían en honor, y Aníbal sentiría cuán fieles amigos había abandonado. Invitando a quienes aprobaran su parecer a ir a tomar una buena cena que había preparado en su casa, donde después de hacer buena comida beberían juntos de lo que se les ofrecería; «brebaje que librará nuestros cuerpos de los tormentos, nuestras almas de las injurias, nuestros ojos y nuestros oídos del sentimiento de tantos infames males que los vencidos han de sufrir de los vencedores muy crueles y ofendidos. He ordenado», decía él, «que haya personas dispuestas para arrojarnos a una hoguera delante de mi puerta, cuando hayamos expirado». Bastantes aprobaron esa alta resolución: pocos la imitaron. Veintisiete senadores lo siguieron: y después de haber intentado ahogar en el vino ese penoso pensamiento, terminaron su comida con ese plato mortal, y abrazándose después de haber deplorado juntos la desgracia de su país, unos se retiraron a sus casas, otros se quedaron para ser enterrados en el fuego de Vibio con él, y todos tuvieron una muerte tan larga, estando las venas ocupadas por el vapor del vino, que retardaba el efecto del veneno, que algunos estuvieron a una hora de ver a los enemigos en Capua, que fue tomada al día siguiente, y de sufrir las miserias que tan caramente habían evitado.

Taurea Jubelio, otro ciudadano de allí, cuando el cónsul Fulvio volvía de aquella vergonzosa matanza que había hecho de doscientos veinticinco senadores, lo llamó fieramente por su nombre y, habiéndolo detenido: «Ordena», le dijo, «que me masacren también después de tantos otros, para que puedas vanagloriarte de haber matado a un hombre mucho más valiente que tú». Fulvio lo desdeñó, como a un insensato, además de que en ese momento acababa de recibir cartas de Roma contrarias a la inhumanidad de su ejecución, que le ataban las manos: Jubelio continuó: «Puesto que, tomada mi patria, muertos mis amigos, y habiendo matado yo mismo de mi mano a mi mujer y a mis hijos para sustraerlos a la desolación de esta ruina, me está prohibido morir de la muerte de mis conciudadanos, tomemos de la virtud la venganza de esta vida odiosa». Y sacando una espada que había escondido, se la clavó en el pecho, cayendo de espaldas, muriendo a los pies del cónsul.

Alejandro asediaba una ciudad en la India; los de dentro, viéndose apretados, se resolvieron vigorosamente a privarlo del placer de esa victoria, y se quemaron universalmente todos, junto con su ciudad, en desafío a su humanidad. Nueva guerra: los enemigos combatían para salvarlos, ellos para perderse, e hicieron para garantizar su muerte todas las cosas que se hacen para garantizar la vida.

Astapa, ciudad de España, encontrándose débil de muros y defensas para resistir a los romanos, los habitantes reunieron sus riquezas y muebles en la plaza, y habiendo colocado encima de ese montón a las mujeres y los niños, y habiéndolo rodeado de madera y materia apta para prender fuego súbitamente, y dejado cincuenta jóvenes de entre ellos para la ejecución de su resolución, hicieron una salida, donde, siguiendo su voto, a falta de poder vencer, se hicieron todos matar. Los cincuenta, después de haber masacrado a toda alma viviente esparcida por su ciudad y prendido fuego a ese montón, se lanzaron también ellos, terminando su generosa libertad en un estado insensible más que doloroso y vergonzoso, y mostrando a los enemigos que, si la fortuna lo hubiera querido, habrían tenido también el valor de quitarles la victoria, como habían tenido el de hacérsela infructuosa y horrible, y hasta mortal para aquellos que, atraídos por el resplandor del oro que corría en esa llama, habiéndose acercado en buen número, fueron sofocados y quemados allí, impidiéndoles el reculer la muchedumbre que los seguía.

Los abidenos, presionados por Filipo, se resolvieron de la misma manera, pero siendo sorprendidos demasiado bruscamente, el rey, que tuvo horror de ver la precipitación temeraria de esa ejecución (los tesoros y los muebles que habían diversamente condenado al fuego y al naufragio, confiscados), retirando a sus soldados, les concedió tres días para matarse con más orden y más a gusto: los cuales llenaron de sangre y de muerte más allá de toda crueldad hostil: y no se salvó una sola persona que tuviera poder sobre sí.

Hay infinitos ejemplos de semejantes decisiones populares, que parecen más duras cuanto más universal es su efecto. Lo son menos que separadas. Lo que el discurso no haría en cada uno, lo hace en todos: el ardor de la sociedad arrebata los juicios particulares.

Los condenados que esperaban la ejecución en tiempos de Tiberio perdían sus bienes y eran privados de sepultura: los que la anticipaban matándose ellos mismos eran enterrados y podían hacer testamento.

Pero también se desea a veces la muerte por la esperanza de un bien mayor. «Deseo», dice san Pablo, «ser disuelto para estar con Jesucristo»: y, «¿Quién me librará de estos lazos?». Cleómbroto de Ambracia, habiendo leído el Fedón de Platón, entró en tan gran apetito de la vida venidera que sin otra razón fue a precipitarse al mar. Por donde se ve cuán impropiamente llamamos desesperación a esa disolución voluntaria, a la cual el calor de la esperanza nos lleva a menudo, y a menudo una tranquila y sosegada inclinación del juicio.

Jacques du Chastel, obispo de Soissons, en el viaje de ultramar que hizo san Luis, viendo al rey y a todo el ejército dispuestos a volver a Francia, dejando los asuntos de la religión inconclusos, tomó la resolución de irse más bien al paraíso; y habiendo dicho adiós a sus amigos, se lanzó solo, a la vista de todos, contra el ejército de los enemigos, donde fue hecho pedazos. En cierto reino de esas tierras nuevas, el día de una solemne procesión en la cual el ídolo que adoran es paseado en público sobre un carro de maravillosa grandeur: además de que se ven varios cortándose pedazos de carne viva para ofrecérselos: se ven muchos otros, prosternándose en medio de la plaza, que se hacen moler y aplastar bajo las ruedas, para adquirir después de su muerte veneración de santidad, que les es rendida. La muerte de ese obispo, las armas en la mano, tiene más generosidad y menos sensación: el ardor del combate distrae una parte.

Hay estados que se han ocupado de regular la justicia y oportunidad de las muertes voluntarias. En nuestra Marsella se guardaba en el pasado veneno preparado de cicuta, a expensas públicas, para quienes quisieran apresurar sus días; habiendo aprobado primero ante los seiscientos, que eran su senado, las razones de su empresa; y no era lícito de otra manera que con permiso del magistrado, y por ocasiones legítimas, poner la mano sobre sí. Esa ley existía también en otros lugares.

Sexto Pompeyo, yendo a Asia, pasó por la isla de Cea de Negroponte; sucedió fortuitamente mientras él estaba allí, como nos lo cuenta uno de los de su compañía, que una mujer de gran autoridad, habiendo dado cuenta a sus ciudadanos de por qué estaba resuelta a terminar su vida, rogó a Pompeyo que asistiera a su muerte para hacerla más honorable: lo que él hizo, y habiendo intentado en vano largo tiempo, a fuerza de elocuencia (que le era maravillosamente fácil) y de persuasión, apartarla de ese designio, sufrió al fin que ella se satisficiera. Ella había pasado noventa años en muy feliz estado de espíritu y de cuerpo, pero entonces, acostada en su lecho, mejor ataviado que de costumbre, y apoyada sobre el codo: «Los dioses», dijo ella, «oh Sexto Pompeyo, y más bien aquellos que dejo que aquellos que voy a encontrar, te agradezcan que no hayas desdeñado ser consejero de mi vida y testigo de mi muerte. De mi parte, habiendo probado siempre el rostro favorable de la fortuna, por miedo a que la envidia de vivir demasiado me haga ver uno contrario, voy con un feliz fin a dar licencia a los restos de mi alma, dejando de mí dos hijas y una legión de nietos». Hecho esto, habiendo predicado y exhortado a los suyos a la unión y a la paz, habiéndoles repartido sus bienes y recomendado los dioses domésticos a su hija mayor, tomó con mano segura la copa donde estaba el veneno, y habiendo hecho sus votos a Mercurio y las oraciones de que la condujera a algún feliz lugar en el otro mundo, tragó bruscamente ese mortal brebaje. Ahora bien, ella entretuvo a la compañía con el progreso de su operación y cómo las partes de su cuerpo se sentían invadidas de frío una tras otra, hasta que habiendo dicho al fin que llegaba al corazón y a las entrañas, llamó a sus hijas para que le hicieran el último servicio y le cerraran los ojos.

Plinio cuenta de cierta nación hiperbórea que en ella, por la dulce temperatura del aire, las vidas no terminan comúnmente sino por la propia voluntad de los habitantes; pero que, hartos y saciados de vivir, tienen por costumbre, al cabo de una larga edad, después de haber hecho buena comida, precipitarse al mar desde lo alto de cierto peñasco destinado a ese servicio.

El dolor y una muerte peor me parecen las incitaciones más excusables.

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