Capítulo 2Sobre la embriaguez
El mundo no es más que variedad y diferencia. Los vicios son todos iguales en cuanto que todos son vicios: y en ese sentido lo entienden quizá los estoicos; pero aunque sean igualmente vicios, no son vicios iguales. Y que aquel que ha franqueado en cien pasos los límites,
«Quienes no pueden mantenerse en el recto camino ni más acá ni más allá»,
no sea de peor condición que el que no está más que a diez pasos, no es creíble; y que el sacrilegio no sea peor que el hurto de una col de nuestro jardín:
«Ni vencerá la razón que peque tanto e igualmente quien arranca las tiernas coles del huerto ajeno que quien roba de noche los objetos sagrados de los dioses».
Hay en esto tanta diversidad como en cualquier otra cosa. La confusión del orden y la medida de los pecados es peligrosa. Los asesinos, los traidores, los tiranos sacan demasiado provecho de ello: no es razonable que su conciencia se alivie porque tal otro sea holgazán, o lascivo, o menos asiduo en la devoción. Cada uno sopesa el pecado de su compañero y eleva el suyo. Los propios maestros los ordenan a menudo mal, a mi parecer. Como Sócrates decía que el principal oficio de la sabiduría era distinguir los bienes de los males. Nosotros, para quienes lo mejor está siempre en el vicio, debemos decir lo mismo de la ciencia de distinguir los vicios: sin ella, bien exacta, el virtuoso y el malvado quedan mezclados y desconocidos.
Ahora bien, la embriaguez entre otros me parece un vicio grosero y brutal. El espíritu tiene más parte en otros lugares: y hay vicios que tienen no sé qué de generoso, si hay que decirlo así. Los hay en los que se mezcla la ciencia, la diligencia, la valentía, la prudencia, la destreza y la astucia: este es todo corporal y terrestre. También la nación más grosera de las que existen hoy es la única que lo tiene en crédito. Los otros vicios alteran el entendimiento, este lo trastorna y pasma el cuerpo.
«Cuando la fuerza del vino penetra, sigue la pesadez de los miembros, se entorpecen las piernas vacilantes, se torna lenta la lengua, se humedece la mente, nadan los ojos; el clamor, los sollozos, las disputas aumentan».
El peor estado del hombre es aquel en que pierde el conocimiento y el gobierno de sí. Y se dice entre otras cosas que, como el mosto hirviendo en un recipiente empuja hacia arriba todo lo que hay en el fondo, así el vino hace desbordar los más íntimos secretos a quienes lo han tomado en exceso.
«Tú revelas las preocupaciones de los sabios y el secreto consejo con el alegre Lieo».
Josefo relata que sacó información a cierto embajador que los enemigos le habían enviado, habiéndolo hecho beber en abundancia. Sin embargo, Augusto, habiéndose confiado a Lucio Pisón, que conquistó Tracia, de los asuntos más privados que tenía, jamás tuvo motivo para arrepentirse; ni Tiberio de Coso, a quien descargaba todos sus consejos: aunque sabemos que ambos estaban muy sujetos al vino, hasta el punto de que a menudo hubo que sacarlos del Senado, uno y otro ebrios,
«Hinchadas las venas, como de costumbre, por el Lieo de ayer».
Y se confió tan fielmente a Casio, bebedor de agua, como a Cimber el designio de matar a César: aunque este se emborrachaba a menudo; por lo que respondió graciosamente: «¡Que yo llevara a un tirano, yo, que no puedo llevar el vino!» Vemos a nuestros alemanes ahogados en vino acordarse de su cuartel, de la consigna y de su rango.
«Ni es fácil la victoria sobre los ebrios y balbucientes, y que titubean por el vino».
No habría creído en una embriaguez tan profunda, ahogada y sepultada, si no hubiera leído esto en las historias: que Átalo, habiendo invitado a cenar para hacerle una notable afrenta a ese Pausanias, que sobre ese mismo asunto mató después a Filipo rey de Macedonia (rey que por sus bellas cualidades daba testimonio de la educación que había recibido en la casa y compañía de Epaminondas), lo hizo beber tanto que pudo abandonar su hermosura, insensiblemente, como el cuerpo de una prostituta de arrabales, a los muleros y a numerosos abyectos sirvientes de su casa. Y lo que me contó una dama a quien honro y estimo mucho, que cerca de Burdeos, hacia Castres, donde está su casa, una mujer de campo, viuda, de casta reputación, sintiendo las primeras señales de embarazo, decía a sus vecinas que pensaría estar encinta si tuviera marido. Pero de día en día, creciendo la ocasión de esta sospecha, y por fin hasta la evidencia, llegó a hacer anunciar en el sermón de su iglesia que quien fuera consciente de ese hecho, confesándolo, ella prometía perdonárselo, y si le parecía bien, casarse con él. Un joven criado labrador suyo, envalentonado por esta proclamación, declaró haberla encontrado un día de fiesta, habiendo tomado largamente el vino, dormida junto a su hogar tan profundamente y tan indecentemente que pudo servirse de ella sin despertarla. Viven todavía casados juntos.
Es cierto que la antigüedad no ha criticado mucho este vicio; los escritos mismos de varios filósofos hablan de él muy blandamente: y hasta entre los estoicos los hay que aconsejan permitirse a veces beber en abundancia y emborracharse para relajar el alma.
«También por esto se cuenta que en otro tiempo Sócrates mereció la palma en el certamen de las virtudes».
Ese censor y corrector de los demás, Catón, fue reprochado por beber bien.
«Se cuenta que también la virtud del antiguo Catón se calentaba a menudo con el vino».
Ciro, rey tan renombrado, alega entre sus otras alabanzas, para preferirse a su hermano Artajerjes, que sabía beber mucho mejor que él. Y en las naciones mejor ordenadas y civilizadas, este ejercicio de beber en abundancia estaba muy en uso. He oído decir a Silvio, excelente médico de París, que para evitar que las fuerzas de nuestro estómago se debiliten, es bueno una vez al mes despertarlas mediante ese exceso y espolearlas para evitar que se entorpezcan. Y se escribe que los persas consultaban sus principales asuntos después del vino.
Mi gusto y mi complexión son más enemigos de este vicio que mi razón. Pues aparte de que someto fácilmente mis creencias bajo la autoridad de las opiniones antiguas, lo considero ciertamente un vicio flojo y estúpido, pero menos malicioso y dañino que los otros, que chocan casi todos más directamente contra la sociedad pública. Y si no podemos darnos placer sin que nos cueste algo, como ellos sostienen, encuentro que este vicio cuesta menos a nuestra conciencia que los otros: además de que no requiere preparación difícil ni es arduo de hallar: consideración nada despreciable. Un hombre avanzado en dignidad y en edad, entre tres principales comodidades que me decía quedarle en la vida, contaba esta, ¿y dónde las puede uno encontrar más justamente que entre las naturales? Pero la enfocaba mal. La delicadeza está por evitar, y la selección cuidadosa del vino. Si fundas tu voluptuosidad en beberlo primoroso, te obligas al dolor de beberlo de otra manera. Hay que tener el gusto más flojo y más libre. Para ser buen bebedor, no hay que tener el paladar tan delicado. Los alemanes beben casi por igual cualquier vino con placer. Su fin es tragarlo, más que saborearlo. Así les sale mucho mejor de precio. Su voluptuosidad es mucho más abundante y más a mano.
En segundo lugar, beber a la francesa en dos comidas, y moderadamente, es restringir demasiado los favores de este dios. Hay que dedicarle más tiempo y más constancia. Los antiguos empleaban noches enteras en este ejercicio, y a menudo le ataban los días. Y hay que organizar la rutina de uno de manera más amplia y más firme. He visto a un gran señor de mi tiempo, personaje de altas empresas y famosos éxitos, que sin esfuerzo, y en el curso de sus comidas comunes, no bebía apenas menos de cinco cuartillos de vino; y no se mostraba al salir de ahí sino demasiado sabio y avisado a costa de nuestros asuntos. El placer del cual queremos tener cuenta en el curso de nuestra vida debe ocupar más espacio. Habría que, como los mozos de tienda y la gente trabajadora, no rechazar ninguna ocasión de beber, y tener siempre ese deseo en la cabeza. Parece que todos los días acortamos el uso de esto: y que en nuestras casas, como vi en mi infancia, los desayunos, las meriendas y las colaciones fueran más frecuentes y ordinarias que ahora. ¿Sería que en algo vamos hacia la enmienda? Realmente no. Pero puede ser que nos hemos entregado mucho más a la lujuria que nuestros padres. Son dos ocupaciones que se estorban en su vigor. Esta ha debilitado nuestro estómago por una parte; y por otra, la sobriedad sirve para hacernos más pulcros, más afeminados para el ejercicio del amor.
Es maravilla los relatos que he oído hacer a mi padre de la castidad de su siglo. A él le tocaba hablar de ello, siendo muy agraciado tanto por arte como por naturaleza para el trato de las damas. Hablaba poco y bien, y mezclaba su lenguaje con algún ornamento de los libros vulgares, sobre todo españoles: y entre los españoles, le era ordinario aquel que llaman Marco Aurelio. El porte lo tenía de una gravedad dulce, humilde y muy modesta. Singular cuidado de la honestidad y decencia de su persona y de sus vestidos, ya fuera a pie o a caballo. Monstruosa fe en sus palabras y una conciencia y religión en general que se inclinaba más hacia la superstición que hacia el otro extremo. Para un hombre de pequeña talla, lleno de vigor, y de una estatura derecha y bien proporcionada, de un rostro agradable, tirando a moreno: diestro y exquisito en todos los nobles ejercicios. He visto todavía bastones rellenos de plomo, con los cuales dicen que ejercitaba los brazos para prepararse a lanzar la barra, o la piedra, o para la esgrima; y zapatos con suelas emplomadas, para aligerarse en el correr y en el saltar. Del salto atlético ha dejado en memoria pequeños milagros. Lo he visto más allá de los sesenta años burlarse de nuestras agilidades: lanzarse con su ropa forrada sobre un caballo; dar la vuelta a la mesa sobre su pulgar, apenas subir a su habitación sin saltar de golpe tres o cuatro escalones a la vez. Sobre mi tema decía que en toda una provincia apenas había una mujer de calidad que tuviera mala reputación. Relataba extrañas intimidades, señaladamente suyas, con mujeres honestas, sin sospecha alguna. Y de sí mismo juraba santamente haber llegado virgen a su matrimonio, y eso que fue después de haber tenido larga participación en las guerras de allende los montes: de las cuales nos ha dejado un diario de su mano siguiendo punto por punto lo que ahí pasó, tanto para lo público como para lo privado. También se casó muy avanzado en edad, el año mil quinientos veintiocho, que era su trigésimo tercer año, en el camino de su regreso de Italia. Volvamos a nuestras botellas.
Las incomodidades de la vejez, que necesitan algún apoyo y refrigerio, podrían engendrarme con razón deseo de esta facultad: pues es casi el último placer que el curso de los años nos roba. El calor natural, dicen los buenos compañeros, se apodera primeramente de los pies: eso toca a la infancia. De ahí sube a la región media, donde se instala largo tiempo, y produce ahí, según yo, los únicos verdaderos placeres de la vida corporal. Las otras voluptuosidades duermen en comparación. Al final, al modo de un vapor que va subiendo y exhalándose, llega a la garganta, donde hace su última parada. No puedo sin embargo entender cómo se llega a alargar el placer de beber más allá de la sed, y a forjarse en la imaginación un apetito artificial y contra natura. Mi estómago no llegaría tan lejos: está bastante ocupado en acabar con lo que toma para su necesidad. Mi constitución es no hacer caso de la bebida sino para acompañar el comer, y bebo por esta causa el último trago siempre el más grande. Y como en la vejez aportamos el paladar encostrado de flema o alterado por alguna otra mala constitución, el vino nos parece mejor en cuanto hemos abierto y lavado nuestros poros. Al menos a mí no me ocurre apenas que a la primera vez capte bien su sabor. Anacarsis se asombraba de que los griegos bebieran al final de la comida en vasos más grandes que al principio. Era, según creo, por la misma razón que lo hacen los alemanes, que comienzan entonces el combate de beber con más fuerza.
Platón prohíbe a los niños beber vino antes de los dieciocho años, y antes de los cuarenta emborracharse. Pero a quienes han pasado los cuarenta, les perdona complacerse en ello y mezclar un poco largamente en sus convites la influencia de Dioniso: ese buen dios que devuelve a los hombres la alegría y la juventud a los viejos, que suaviza y ablanda las pasiones del alma, como el hierro se ablanda con el fuego; y en sus leyes encuentra tales asambleas de bebida (con tal de que haya un jefe de grupo para contenerlos y regularlos) útiles: la embriaguez siendo una buena prueba y certera de la naturaleza de cada cual, y al mismo tiempo propia para dar a las personas de edad el valor de divertirse en danzas y en la música, cosas útiles y que no osan emprender en sentido sobrio. Que el vino es capaz de proveer al alma de templanza, al cuerpo de salud. Sin embargo estas restricciones, en parte tomadas de los cartagineses, le placen. Que nos abstengamos de él en expedición de guerra. Que todo magistrado y todo juez se abstenga de él en el momento de ejecutar su cargo y de consultar los asuntos públicos. Que no se le emplee el día, tiempo debido a otras ocupaciones, ni la noche que se destina a hacer hijos.
Dicen que el filósofo Estilpón, agobiado de vejez, apresuró su fin a propósito mediante el brebaje de vino puro. Causa parecida, pero no del propio designio, sofocó también las fuerzas abatidas por la edad del filósofo Arcesilao.
Pero es una vieja y entretenida cuestión si el alma del sabio cedería a la fuerza del vino,
Si la sabiduría añade fuerza a una mente fortificada. ¡A cuánta vanidad nos empuja la buena opinión que tenemos de nosotros mismos! El alma más ordenada del mundo, y la más perfecta, tiene más que suficiente con mantenerse en pie y evitar caer al suelo por su propia debilidad. De mil almas no hay una sola que sea recta y equilibrada un instante de su vida, y se podría poner en duda si según su condición natural podrá estarlo jamás. Pero añadirle la constancia, eso es su última perfección: quiero decir cuando nada la sacuda, cosa que mil accidentes pueden hacer. Lucrecio, ese gran poeta, por mucho que filosofe y se afirme, helo ahí vuelto demente por un brebaje amoroso. ¿Piensan que una apoplejía no aturdirá a Sócrates igual que a un mozo de cuerda? Algunos han olvidado hasta su propio nombre por la fuerza de una enfermedad, y una herida ligera ha trastornado el juicio de otros. Por muy sabio que quiera ser, al fin y al cabo es un hombre: ¿qué hay más caduco, más miserable y más insignificante? La sabiduría no fuerza nuestras condiciones naturales.
Así vemos surgir sudores y palidez por todo el cuerpo, y quebrarse la lengua, y extinguirse la voz, oscurecerse los ojos, zumbar los oídos, flaquear los miembros, en fin, desplomarse por el terror del alma.
Hay que cerrar los ojos ante el golpe que nos amenaza; hay que estremecerse plantado al borde de un precipicio, como un niño: la Naturaleza ha querido reservarse estas ligeras marcas de su autoridad, inexpugnables a nuestra razón y a la virtud estoica, para enseñarle su mortalidad y nuestra insignificancia. Palidece de miedo, enrojece de vergüenza, gime de cólico, si no con una voz desesperada y estridente, al menos con una voz rota y ronca.
Que no considere ajeno a él nada humano. Los poetas, que inventan todo a su antojo, no se atreven ni siquiera a privar de lágrimas a sus héroes:
Así habla llorando, y suelta las amarras de la flota.
Que le baste con refrenar y moderar sus inclinaciones: porque suprimirlas no está en su mano. Nuestro mismo Plutarco, juez tan perfecto y excelente de las acciones humanas, al ver a Bruto y Torcuato matar a sus hijos, ha dudado de si la virtud podía llegar tan lejos, y de si esos personajes no habían sido más bien agitados por alguna otra pasión. Todas las acciones fuera de los límites ordinarios están sujetas a siniestra interpretación, pues nuestro gusto no alcanza más lo que está por encima de él que lo que está por debajo. Dejemos esa otra secta que hace profesión expresa de orgullo. Pero cuando en la secta misma considerada la más blanda oímos estas jactancias de Metrodoro: Te he vencido, Fortuna, y te he capturado; y he cerrado todos tus accesos para que no puedas alcanzarme. Cuando Anaxarco, por orden de Nicocreon, tirano de Chipre, tendido en un recipiente de piedra y machacado a golpes de mazo de hierro, no cesa de decir: Golpead, romped, no es Anaxarco: es su envoltura lo que machacáis. Cuando oímos a nuestros mártires gritar al tirano en medio de la llama: Ya está bastante asado este lado, córtalo, cómetelo, está cocido, empieza del otro. Cuando oímos en Josefo a aquel niño todo desgarrado por tenazas mordientes y perforado por las agujas de Antíoco, desafiarlo todavía, gritando con voz firme y segura: Tirano, pierdes el tiempo, aquí me tienes siempre a gusto: ¿dónde está ese dolor, dónde están esos tormentos con que me amenazabas? ¿No sabes más que esto? Mi constancia te da más pena que yo siento de tu crueldad: oh, cobarde miserable, tú te rindes y yo me fortalezco: hazme lamentarme, hazme doblegarte, hazme rendirme si puedes, da valor a tus secuaces y a tus verdugos: ahí los tienes desfallecidos de corazón, no pueden más: ármalos, encarnízalos. Ciertamente hay que confesar que en esas almas hay alguna alteración y alguna furia, por santa que sea. Cuando llegamos a esos arrebatos estoicos: Prefiero estar furioso que voluptuoso, frase de Antístenes. Mejor estar loco que gozar. Cuando Sextio nos dice que prefiere estar traspasado por el dolor que por el placer; cuando Epicuro emprende hacerse mimar por la gota, y rechazando el reposo y la salud, con alegría de corazón desafía los males, y despreciando los dolores menos ásperos, desdeñando luchar y combatirlos, llama y desea los fuertes, punzantes y dignos de él:
Desea que le den un jabalí que echa espuma entre ganado inerte, o que baje del monte un fulvo león:
¿quién no juzga que son embestidas de un valor lanzado fuera de su sede? Nuestra alma no podría desde su asiento alcanzar tan alto: hay que abandonarlo y elevarse, y tomando el freno entre los dientes, arrebatar y raptar a su hombre tan lejos que después él mismo se asombre de su hecho. Como en las hazañas de la guerra, el calor del combate empuja a los soldados valerosos a menudo a franquear pasos tan arriesgados que, vueltos en sí, ellos son los primeros en palidecer de asombro. Como también los poetas se admiran a menudo de sus propias obras y no reconocen ya la huella por donde han pasado una carrera tan bella. Esto es lo que se llama también en ellos ardor y manía. Y como dice Platón que en vano llama a la puerta de la poesía un hombre sensato, también dice Aristóteles que ningún alma excelente está exenta de mezcla de locura. Y tiene razón al llamar locura todo arrebato, por loable que sea, que supera nuestro propio juicio y discurso. Puesto que la sabiduría es un manejo ordenado de nuestra alma, y la conduce con medida y proporción, y responde de ella. Platón argumenta así: que la facultad de profetizar está por encima de nosotros; que hay que estar fuera de nosotros cuando la ejercemos; que nuestra prudencia debe estar ofuscada, o por el sueño, o por alguna enfermedad, o elevada de su lugar por un rapto celeste.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
