Capítulo 17De la presunción
Hay otra clase de gloria, que es una opinión demasiado buena que concebimos de nuestro valor. Es un afecto irreflexivo con que nos queremos a nosotros mismos, que nos representa ante nosotros mismos distintos de lo que somos. Como la pasión amorosa presta bellezas y gracias al objeto que abraza, y hace que quienes están presos de ella encuentren, con un juicio turbado y alterado, que lo que aman es distinto y más perfecto de lo que es. No quiero que, por miedo a equivocarse en este aspecto, un hombre se desconozca a sí mismo, ni que piense ser menos de lo que es: el juicio debe mantener en todo su derecho. Es razonable que vea en este asunto, como en los demás, lo que la verdad le presenta. Si es César, que se considere osadamente el más grande capitán del mundo. No somos más que ceremonia, la ceremonia nos arrastra y dejamos la sustancia de las cosas: nos aferramos a las ramas y abandonamos el tronco y el cuerpo. Hemos enseñado a las damas a sonrojarse con solo oír nombrar lo que no temen en absoluto hacer: no nos atrevemos a llamar por su nombre a nuestros miembros, y no tememos emplearlos en toda clase de desenfrenos. La ceremonia nos prohíbe expresar con palabras las cosas lícitas y naturales, y le creemos; la razón nos prohíbe hacer las ilícitas y malas, y nadie le cree. Me encuentro aquí atrapado en las leyes de la ceremonia, pues no permite ni que se hable bien de uno mismo, ni que se hable mal. Dejémosla de lado por esta vez. Aquellos cuya fortuna, buena o mala como haya de llamársela, ha hecho pasar la vida en algún grado eminente, pueden testimoniar mediante sus acciones públicas quiénes son. Pero aquellos a quienes no ha empleado más que entre la multitud, y de quienes nadie hablará si ellos mismos no hablan, son excusables si toman la audacia de hablar de sí mismos, incluso ante quienes tienen interés en conocerlos; a ejemplo de Lucilio:
«Él confiaba antaño sus secretos a sus libros como a fieles compañeros, sin recurrir jamás a otra parte, ni cuando le iba mal, ni cuando le iba bien: de ahí que toda la vida del anciano quede patente como descrita en un cuadro votivo».
Aquel confiaba al papel sus acciones y sus pensamientos, y se pintaba a sí mismo tal como se sentía ser. «Ni esto fue para Rutilio y Escauro motivo de descrédito o de calumnia». Recuerdo, pues, que desde mi más tierna infancia se notaba en mí no sé qué porte de cuerpo y qué gestos que delataban cierta vana y necia altivez. Quiero decir en primer lugar esto: que no es inconveniente tener condiciones y propensiones tan propias y tan incorporadas en nosotros que no tengamos medio de sentirlas y reconocerlas. Y de tales inclinaciones naturales, el cuerpo conserva voluntariamente algún pliegue, sin nuestro conocimiento ni consentimiento. Era una afectación consentida de su belleza la que hacía inclinar un poco la cabeza de Alejandro hacia un lado, y la que volvía blanda y pastosa la palabra de Alcibíades; Julio César se rascaba la cabeza con un dedo, que es la actitud de un hombre lleno de pensamientos penosos; y Cicerón, según me parece, tenía la costumbre de arrugarse la nariz, lo que significa un natural burlón. Tales movimientos pueden sobrevenirnos imperceptiblemente. Hay otros artificiales, de los cuales no hablo. Como las salutaciones y reverencias, con las que se adquiere, las más veces injustamente, el honor de ser muy humilde y cortés: se puede ser humilde por orgullo. Yo soy bastante pródigo en descubrirme, especialmente en verano, y nunca recibo ninguna sin devolverla, sea de hombres de la cualidad que sea, salvo si están a mi servicio. Desearía de algunos príncipes que conozco que fueran más ahorrativos y justos dispensadores de ellas; pues así, esparcidas indiscretamente, ya no surten efecto: si son sin consideración, son sin resultado. Entre las actitudes desordenadas, no olvidemos la altivez del emperador Constancio, que en público mantenía siempre la cabeza erguida, sin girarla o inclinarla ni acá ni allá, ni siquiera para mirar a quienes lo saludaban al costado, teniendo el cuerpo plantado inmóvil, sin dejarse llevar por el balanceo de su coche, sin atreverse ni a escupir, ni a sonarse, ni a limpiarse la cara delante de la gente. No sé si esos gestos que se notaban en mí eran de esta primera condición, y si en verdad yo tenía alguna oculta propensión a este vicio; como bien puede ser: y no puedo responder de los vaivenes del cuerpo. Pero en cuanto a los vaivenes del alma, quiero aquí confesar lo que siento de ellos.
Hay dos partes en esta gloria: a saber, estimarse demasiado a uno mismo, y no estimar lo bastante a los demás. En cuanto a la primera, me parece en primer lugar que estas consideraciones deben ser tenidas en cuenta. Me siento acosado por un error del alma que me desagrada, como inicuo, y aún más como importuno. Intento corregirlo, pero arrancarlo no puedo. Es que disminuyo del justo precio las cosas que poseo, y elevo el precio de las cosas en tanto que son extrañas, ausentes y no mías. Este humor se extiende muy lejos. Igual que la prerrogativa de la autoridad hace que los maridos miren a sus propias mujeres con vicioso desdén, y muchos padres a sus hijos, así hago yo: y entre dos obras iguales, pesaría siempre contra la mía. No tanto porque los celos de mi progreso y mejoramiento perturben mi juicio y me impidan satisfacerme, sino porque, por sí misma, la posesión engendra desprecio de lo que se tiene y se rige. Las políticas, las costumbres lejanas me halagan, y las lenguas. Y me doy cuenta de que el latín me engaña por el favor de su dignidad, más allá de lo que le pertenece, como a los niños y al vulgo. La economía, la casa, el caballo de mi vecino, de igual valor, valen más que los míos, porque no son míos. Además, soy muy ignorante en mi propio asunto: admiro la seguridad y confianza que cada uno tiene de sí mismo; cuando casi no hay nada que yo sepa saber, ni que me atreva a responder que puedo hacer. No tengo mis medios en proposición ni por estado, y no me instruyo de ellos sino después del efecto: tan dudoso de mi fuerza como de la fuerza de otro. De donde ocurre que, si acierto loablemente en un asunto, lo atribuyo más a mi fortuna que a mi industria, en tanto que las proyecto todas al azar y con temor.
Del mismo modo tengo, en general, esto: que de todas las opiniones que la antigüedad ha tenido del hombre en conjunto, las que abrazo más voluntariamente y a las que me adhiero más son las que más nos desprecian, envilecen y anulan. La filosofía nunca me parece tener tan buen juego como cuando combate nuestra presunción y vanidad; cuando reconoce de buena fe su irresolución, su debilidad y su ignorancia. Me parece que la madre nodriza de las opiniones más falsas, tanto públicas como particulares, es la excesiva buena opinión que el hombre tiene de sí mismo. Esas gentes que se encaraman a horcajadas sobre el epiciclo de Mercurio, que ven tan adentro en el cielo, me arrancan los dientes: pues en el estudio que hago, cuyo sujeto es el hombre, al encontrar tan extrema variedad de juicios, un laberinto tan profundo de dificultades unas sobre otras, tanta diversidad e incertidumbre en la propia escuela de la sabiduría, podéis pensar que, puesto que esas gentes no han podido resolver el conocimiento de sí mismos y de su propia condición, que está continuamente presente a sus ojos, que está dentro de ellos; puesto que no saben cómo se mueve aquello que ellos mismos hacen moverse, ni cómo pintarnos y descifrarnos los resortes que ellos mismos sostienen y manejan, cómo los creería yo sobre la causa del flujo y reflujo del río del Nilo. La curiosidad de conocer las cosas ha sido dada a los hombres como flagelo, dice la santa Escritura.
Pero para venir a mi caso particular, es muy difícil, me parece, que alguien más se estime menos, e incluso que alguien más me estime menos de lo que yo me estimo. Me tengo por de la clase común, salvo en que me tengo por ello: culpable de las defectuosidades más bajas y populares, pero no desautorizadas, no excusadas. Y me aprecio solamente en que conozco mi precio. Si hay en mí gloria, está infusa en mí superficialmente, por la traición de mi complexión, y no tiene cuerpo que comparezca a la vista de mi juicio. Estoy rociado de ella, pero no teñido. Pues, en verdad, en cuanto a los efectos del espíritu, de cualquier manera que sea, jamás ha partido de mí cosa que me contentara. Y la aprobación de los demás no me satisface. Tengo el juicio tierno y difícil, y especialmente en lo que a mí respecta. Me siento flotar y flaquear de debilidad. No tengo nada mío con que satisfacer mi juicio: tengo la vista bastante clara y ordenada, pero al obrar se me turba; como lo experimento más evidentemente en la poesía. La amo infinitamente; me conozco bastante en las obras de los demás; pero hago, en verdad, el tonto cuando quiero poner en ella la mano; no puedo soportarme. Se puede hacer el tonto en cualquier otra parte, pero no en la poesía.
«Ni los dioses, ni los hombres, ni las columnas han consentido que los poetas sean mediocres».
Pluguiera a Dios que esta sentencia se hallara en el frontispicio de las tiendas de todos nuestros impresores, para prohibir la entrada a tantos versificadores.
«Pero en verdad nada hay más despreocupado que un mal poeta».
¡Ojalá tuviéramos pueblos así! Dionisio el padre no estimaba nada tanto de sí mismo como su poesía. En la época de los juegos olímpicos, con carros que superaban a todos los demás en magnificencia, envió también poetas y músicos para presentar sus versos, con tiendas y pabellones dorados y tapizados regiamente. Cuando se pusieron en escena sus versos, el favor y la excelencia de la declamación atrajeron al principio la atención del pueblo. Pero cuando después llegó el momento de sopesar la ineptitud de la obra, primero cayó en el desprecio; y al seguir agudizándose su juicio, se lanzó enseguida a la furia, y corrió a derribar y desgarrar por despecho todos aquellos pabellones. Y como tampoco sus carros lograron nada bueno en la carrera, y la nave que traía de vuelta a su gente falló Sicilia y fue empujada y destrozada por la tempestad contra la costa de Tarento, tuvo por cierto que era la ira de los dioses irritados como él contra ese mal poema; y los propios marineros, escapados del naufragio, iban secundando la opinión de ese pueblo, a la cual el oráculo que predijo su muerte pareció también suscribir en cierto modo. Decía que Dionisio estaría cerca de su fin cuando hubiera vencido a quienes valían más que él. Esto lo interpretó como referido a los cartagineses, que lo superaban en poder. Y al tener que enfrentarse con ellos, esquivaba a menudo la victoria y la moderaba para no caer bajo el sentido de esa predicción. Pero la entendía mal: pues el dios señalaba el momento de la victoria que por favor e injusticia ganó en Atenas sobre los poetas trágicos, mejores que él; habiendo hecho representar en competencia la suya, titulada Las Leneas. Inmediatamente después de esa victoria, falleció; y en parte por la excesiva alegría que sintió.
Lo que yo encuentro excusable de lo mío no lo es por sí mismo y en verdad, sino en comparación con otras cosas peores a las que veo que se da crédito. Envidio la dicha de quienes saben regocijarse y gratificarse en su trabajo; pues es un medio fácil de procurarse placer, ya que lo sacan de sí mismos. Especialmente si hay un poco de firmeza en su obstinación. Conozco a un poeta a quien fuertes y débiles, en multitud y en privado, y el cielo y la tierra, le gritan que no entiende gran cosa de ello. No rebaja por ello nada de la medida que se ha dado. Siempre recomienza, siempre reconsulta, y siempre persiste, tanto más aferrado a su opinión cuanto que le toca solo a él mantenerla.
Mis obras están tan lejos de complacerme que cuantas veces las repaso, tantas veces me enfado con ellas.
«Cuando las releo, me avergüenzo de haberlas escrito, pues veo muchísimas cosas que, aun a juicio mío que las hice, merecen ser borradas.»
Tengo siempre una idea en el alma que me presenta una forma mejor que la que he puesto en obra, pero no puedo captarla ni desarrollarla. Y esa idea misma es solo de nivel medio. Deduzco de ello que las producciones de esas ricas y grandes almas del tiempo pasado están muy lejos, más allá del extremo alcance de mi imaginación y deseo. Sus escritos no solo me satisfacen y me llenan, sino que me asombran y me traspasan de admiración. Juzgo su belleza, la veo, si no hasta el final, al menos tan lejos que me es imposible aspirar a ella. Cualquier cosa que emprenda, debo un sacrificio a las Gracias, como dice Plutarco de alguien, para obtener su favor.
«Pues si algo place, si algo dulce se infunde en los sentidos de los hombres, todo se debe a las amables Gracias.»
Ellas me abandonan por completo. Todo es grosero en mí, hay falta de pulimento y de belleza. No sé hacer valer las cosas más allá de lo que valen. Mi manera no ayuda en nada a la materia. Por eso me hace falta que sea fuerte, que tenga mucho asidero y que brille por sí misma. Cuando tomo temas populares y más alegres, es para seguirme a mí, que no amo una sabiduría ceremoniosa y triste, como hace el mundo; y para alegrarme yo, no para alegrar mi estilo, que los quiere más bien graves y severos. Al menos si debo llamar estilo a un hablar informe y sin regla: una jerga popular, y un proceder sin definición, sin división, sin conclusión, confuso, a la manera del de Amafanio y Rabirio. No sé complacer, ni regocijar, ni halagar. El mejor relato del mundo se seca entre mis manos y se empaña. No sé hablar sino en serio. Y estoy completamente desprovisto de esa facilidad que veo en varios de mis compañeros de entretener a los recién llegados y mantener en vilo a toda una tropa, o divertir sin cansarse el oído de un príncipe con toda clase de conversaciones; la materia nunca les falta, gracias a esa gracia que tienen de saber emplear la primera que se les presenta y acomodarla al humor y capacidad de aquellos con quienes tratan. Los príncipes no gustan mucho de los discursos firmes, ni yo de hacer relatos. Las razones primeras y más fáciles, que son comúnmente las mejor recibidas, no sé emplearlas. Mal predicador para el común. De toda materia digo voluntariamente las cosas más extremas que sé de ella. Cicerón estima que en los tratados de filosofía la parte más difícil es el exordio. Si es así, yo me agarro a la conclusión prudentemente. Sin embargo, hay que saber aflojar la cuerda para toda clase de tonos; y el más agudo es el que viene menos a menudo al juego. Hay por lo menos tanta perfección en realzar una cosa vacía como en sostener una pesada. Unas veces hay que manejar las cosas superficialmente, otras profundizarlas. Sé bien que la mayoría de los hombres se mantienen en ese nivel bajo por no concebir las cosas sino por esa primera corteza. Pero sé también que los más grandes maestros, y Jenofonte y Platón, se los ve a menudo relajarse en esa manera baja y popular de decir y tratar las cosas, sosteniéndola con las gracias que nunca les faltan.
Por lo demás, mi lenguaje no tiene nada de fácil y fluido: es áspero, con sus disposiciones libres y desordenadas. Y me place así; si no por mi juicio, por mi inclinación. Pero siento bien que a veces me dejo llevar demasiado por ello, y que a fuerza de querer evitar el arte y la afectación, recaigo en ello por otro lado:
«Me esfuerzo por ser breve, me vuelvo oscuro.»
Platón dice que lo largo o lo corto no son propiedades que quiten ni den valor al lenguaje. Si emprendiera seguir ese otro estilo equilibrado, uniforme y ordenado, no sabría lograrlo. Y aunque los cortes y cadencias de Salustio convienen más a mi humor, encuentro a César más grande y menos fácil de representar. Y si mi inclinación me lleva más a la imitación del hablar de Séneca, no dejo de estimar más el de Plutarco. Como para callar, para hablar también sigo sencillamente mi forma natural. De ahí que quizá pueda más al hablar que al escribir. El movimiento y la acción animan las palabras, especialmente en quienes se mueven bruscamente, como yo, y se acaloran. El porte, el rostro, la voz, la ropa, la postura, pueden dar algún valor a cosas que de por sí no tienen mucho, como la charla. Mesala se queja en Tácito de algunos ropajes estrechos de su tiempo y de la disposición de los bancos donde los oradores tenían que hablar, que debilitaban su elocuencia.
Mi francés está alterado, tanto en la pronunciación como en lo demás, por la barbarie de mi región. Nunca vi hombre de las comarcas de por aquí que no dejara ver claramente su cantinela y que no hiriera los oídos puramente franceses. Y no es por ser muy entendido en mi perigoriano: pues no tengo más uso de él que del alemán, y poco me importa. Es un lenguaje como son en torno a mí, de un lado y de otro, el poitevino, el saintongeano, el angumesano, el lemosín, el auvernés: tosco, arrastrado, desgarrado. Hay, es cierto, más arriba de nosotros, hacia las montañas, un gascón que encuentro singularmente hermoso, seco, breve, significativo, y en verdad un lenguaje varonil y militar, más que ningún otro que yo entienda: tan nervioso, poderoso y pertinente como el francés es gracioso, delicado y abundante. En cuanto al latín, que me fue dado como materno, he perdido por falta de costumbre la prontitud para poder servirme de él al hablar; sí, e incluso al escribir, en lo que antes me hacía llamar maese Juan. He ahí cuán poco valgo de ese lado.
La belleza es un elemento de gran recomendación en el trato entre los hombres. Es el primer medio de conciliación de unos con otros; y no hay hombre tan bárbaro y tan hosco que no se sienta de algún modo tocado por su dulzura. El cuerpo tiene una gran parte en nuestro ser, ocupa en él un gran lugar: así pues, su estructura y composición merecen muy justa consideración. Quienes quieren separar nuestras dos piezas principales y aislarlas una de otra están equivocados. Al contrario, hay que volver a unirlas y juntarlas. Hay que ordenar al alma, no que se retire aparte, que se mantenga separada, que desprecie y abandone el cuerpo (además, solo podría hacerlo mediante alguna fingida simulación), sino que se alíe con él, que lo abrace, lo quiera, lo asista, lo controle, lo aconseje, lo enderece y lo haga volver cuando se extravía; que se case con él, en suma, y le sirva de marido: para que sus efectos no parezcan diversos y contrarios, sino acordes y uniformes. Los cristianos tienen una instrucción particular sobre este vínculo, pues saben que la justicia divina abraza esta sociedad y unión del cuerpo y el alma, hasta el punto de hacer al cuerpo capaz de recompensas eternas: y que Dios contempla actuar al hombre entero, y quiere que entero reciba el castigo o la recompensa según sus méritos. La escuela peripatética, la más sociable de todas las escuelas, atribuye a la sabiduría este único cuidado: proveer y procurar en común el bien de estas dos partes asociadas; y muestra que las otras escuelas, por no haberse aplicado bastante a la consideración de esta mezcla, se han vuelto parciales, una por el cuerpo, otra por el alma, con un error semejante: y han desviado su objeto, que es el hombre; y su guía, que reconocen en general que es la Naturaleza. La primera distinción que hubo entre los hombres, y la primera consideración que dio preeminencia a unos sobre otros, es verosímil que fuera la ventaja de la belleza.
Repartieron y entregaron los campos según la apariencia, las fuerzas y el ingenio de cada uno: pues la apariencia valía mucho, y las fuerzas eran vigorosas.
Ahora bien, yo soy de una estatura un poco por debajo de la media. Este defecto no solo tiene fealdad, sino también incomodidad: especialmente para quienes tienen mandos y cargos, pues la autoridad que confiere una bella presencia y majestad corporal resulta mermada. Cayo Mario no recibía de buen grado soldados que no tuvieran seis pies de altura. El Cortesano tiene razón al querer para ese gentilhombre que educa una estatura común más que cualquier otra, y al rechazar para él toda rareza que lo haga señalar con el dedo. Pero si hay que elegir, dentro de esa medianía, que esté más bien por debajo que por encima de ella, yo no lo haría así para un hombre militar. Los hombres pequeños, dice Aristóteles, son muy graciosos, pero no bellos; y se reconoce la grandeza en la grandeza, el alma grande, como la belleza, en un cuerpo grande y alto. Los etíopes y los indios, dice, al elegir sus reyes y magistrados tenían en cuenta la belleza y la altura de las personas. Tenían razón, pues infunde respeto en quienes lo siguen, y terror en el enemigo, ver a la cabeza de una tropa marchar a un jefe de bella y rica estatura:
El mismo Turno, entre los primeros, de cuerpo sobresaliente, se mueve portando las armas, y sobresale de toda la cabeza.
Nuestro gran rey divino y celeste, de quien todas las circunstancias deben ser observadas con cuidado, religión y reverencia, no ha rechazado la recomendación corporal, hermoso de aspecto entre los hijos de los hombres. Y Platón, junto con la templanza y la fortaleza, desea la belleza en los conservadores de su república. Es una gran contrariedad que se dirijan a ti entre tu gente para preguntarte dónde está el señor, y que solo te lleves el resto del saludo que hacen a tu barbero o a tu secretario. Como le ocurrió al pobre Filopemén cuando llegó el primero de su tropa a un alojamiento donde lo esperaban; su anfitriona, que no lo conocía y lo veía de aspecto bastante pobre, lo empleó en ir un poco a ayudar a sus mujeres a sacar agua o avivar el fuego para el servicio de Filopemén. Los gentilhombres de su séquito, habiendo llegado y habiéndolo sorprendido ocupado en esta bella tarea, pues no había dejado de obedecer la orden que le habían dado, le preguntaron qué hacía allí: «Pago», les respondió, «la pena de mi fealdad». Las otras bellezas son para las mujeres; la belleza de la estatura es la única belleza de los hombres. Donde hay pequeñez, ni la anchura y redondez de la frente, ni la blancura y dulzura de los ojos, ni la forma mediana de la nariz, ni la pequeñez de la oreja y de la boca, ni el orden y blancura de los dientes, ni el espesor bien poblado de una barba castaña oscura, ni el pelo levantado, ni la justa proporción de la cabeza, ni la frescura del cutis, ni el aire del rostro agradable, ni un cuerpo sin olor, ni la justa proporción de los miembros pueden hacer a un hombre bello. Por lo demás tengo la estatura fuerte y compacta, el rostro no gordo sino lleno, la complexión entre la jovial y la melancólica, medianamente sanguínea y cálida,
De donde me erizan las piernas de cerdas, y el pecho de vellos: la salud fuerte y alegre, hasta muy avanzada mi edad, rara vez perturbada por las enfermedades. Así era yo, pues no me considero ahora que estoy comprometido en las avenidas de la vejez, habiendo franqueado hace tiempo los cuarenta años.
Poco a poco se quiebran las fuerzas y el vigor adulto, y la edad se derrama hacia la parte peor.
Lo que seré de ahora en adelante ya no será más que un medio ser: ya no seré yo. Me escapo todos los días y me hurto a mí mismo:
Los años que pasan nos saquean uno a uno. De destreza y disposición no he tenido ninguna; y sin embargo soy hijo de un padre dispuesto, y de una alegría que le duró hasta su extrema vejez. Apenas encontró hombre de su condición que se le igualara en todo ejercicio del cuerpo, como yo apenas he encontrado ninguno que no me superara; salvo en la carrera, en la que yo era de los medianos. De la música, ni por la voz, que tengo muy inepta para ella, ni para los instrumentos, nunca me han podido enseñar nada. En la danza, en el juego de pelota, en la lucha, solo he podido adquirir una suficiencia muy ligera y vulgar; en nadar, esgrimir, saltar acrobáticamente y brincar, ninguna en absoluto. Las manos las tengo tan torpes que ni siquiera sé escribir para mí; de modo que lo que he garabateado prefiero rehacerlo antes que darme la pena de descifrarlo, y no leo mucho mejor. Noto que peso a los oyentes: por lo demás, buen clérigo. No sé cerrar bien una carta, ni jamás supe tallar una pluma, ni trinchar en la mesa como es debido, ni equipar un caballo con su arnés, ni llevar a punto un ave y soltarla; ni hablar a los perros, a las aves, a los caballos. Mis condiciones corporales están en suma muy acordes con las del alma; no hay nada alegre: solo hay un vigor pleno y firme. Resisto bien el esfuerzo, pero resisto si me llevo yo mismo a él, y en la medida en que mi deseo me conduce:
Suavizando el austero esfuerzo con el estudio que lo disimula. De otro modo, si no me atrae algún placer, y si tengo otra guía que mi pura y libre voluntad, no valgo nada. Pues he llegado a esto: que salvo la salud y la vida, no hay cosa por la que quiera roerme las uñas, y que quiera comprar al precio del tormento del espíritu y de la obligación:
No me importa tanto toda la arena del oscuro Tajo, ni el oro que rueda hacia el mar.
Extremadamente ocioso, extremadamente libre, tanto por naturaleza como por arte. Prestaría tan de buen grado mi sangre como mi cuidado. Tengo un alma libre y enteramente suya, acostumbrada a conducirse a su modo. No habiendo tenido hasta esta hora ni comandante ni amo forzado, he marchado tan lejos y con el paso que me ha placido. Esto me ha ablandado y me ha vuelto inútil para el servicio de otro, y solo me ha hecho bueno para mí. Y para mí no ha sido necesario forzar este natural pesado, perezoso y holgazán. Pues habiéndome encontrado en tal grado de fortuna desde mi nacimiento que he tenido ocasión de detenerme en él (una ocasión, sin embargo, que mil otros de mi conocimiento habrían tomado como tabla para pasarse a la búsqueda, a la agitación e inquietud), no he buscado nada, y tampoco he tomado nada:
No somos impulsados por hinchadas velas con Aquilón favorable, pero tampoco pasamos la vida con Austros adversos: en fuerzas, ingenio, apariencia, virtud, posición, bienes, últimos de los primeros, siempre primeros de los últimos.
Solo he necesitado la capacidad de contentarme. Que es, no obstante, una regulación del alma —a bien entenderlo— igualmente difícil en toda clase de condiciones, y que por experiencia vemos encontrarse más fácilmente aún en la escasez que en la abundancia. Tanto más cuanto que, quizá según el curso de nuestras demás pasiones, el hambre de riquezas se agudiza más por su uso que por su necesidad: y la virtud de la moderación es más rara que la de la paciencia. Y solo he necesitado disfrutar apaciblemente de los bienes que Dios por su liberalidad me había puesto entre manos. No he probado ninguna clase de trabajo enojoso. Apenas he tenido bajo mi responsabilidad más que mis propios asuntos: o, si los he tenido, ha sido en condiciones de manejarlos a mi hora y a mi modo, encomendados por gentes que se fiaban de mí, y que no me apremiaban, y me conocían. Pues aún sacan los expertos algún servicio de un caballo díscolo y asmático. Mi misma infancia fue conducida de manera suave y libre, y aun entonces exenta de sujeción rigurosa. Todo eso me ha dado una complexión delicada e incapaz de preocupación; hasta tal punto, que me gusta que me oculten mis pérdidas y los desórdenes que me afectan. En el capítulo de mis gastos, incluyo lo que mi descuido me cuesta alimentar y mantener:
«Estas cosas quedan, por supuesto, que engañan al amo y aprovechan a los ladrones».
Me gusta no saber la cuenta de lo que tengo, para sentir menos exactamente mi pérdida. Ruego a quienes viven conmigo que, donde les falte el afecto y los buenos efectos, me engañen y me paguen con buenas apariencias. A falta de tener suficiente firmeza para soportar la importunidad de los accidentes contrarios a los que estamos sujetos, y por no poder mantenerme tenso para regular y ordenar los asuntos, alimento cuanto puedo en mí esta opinión, abandonándome del todo a la Fortuna, de tomar todas las cosas por lo peor; y ese peor, resolverme a soportarlo dulce y pacientemente. Es en eso solo en lo que trabajo, y la meta hacia la cual encamino todos mis razonamientos. Ante un peligro, no pienso tanto en cómo escaparé de él, como en cuán poco importa que escape. Si me quedara en él, ¿qué sería? No pudiendo regular los acontecimientos, me regulo yo mismo y me aplico a ellos, si ellos no se aplican a mí. Apenas tengo arte para saber esquivar la Fortuna, y escaparle, o forzarla; y para disponer y conducir por prudencia las cosas a mi punto. Tengo aún menos tolerancia para soportar el cuidado áspero y penoso que hace falta para ello. Y la situación más penosa para mí es estar suspendido en las cosas que apremian, y agitado entre el miedo y la esperanza. El deliberar, aun en las cosas más ligeras, me importuna. Y siento mi espíritu más embarazado al soportar el vaivén y las sacudidas diversas de la duda y de la consulta, que al reposar y resolverse en cualquier partido que sea, una vez que la suerte está echada. Pocas pasiones me han turbado el sueño, pero de las deliberaciones, la menor me lo turba. Igual que en los caminos, evito voluntariamente los costados pendientes y resbaladizos, y me arrojo en el trillado, por muy embarrado y hundido que esté, donde no pueda ir más abajo, y ahí busco seguridad. Así también me gustan las desgracias puras, que no me ejerciten ni tracen más, tras la incertidumbre de su reparación: y que del primer salto me empujen derechamente al sufrimiento.
«Los males dudosos atormentan más». En los acontecimientos, me porto virilmente; en la conducta, puerilmente. El horror de la caída me da más fiebre que el golpe. El juego no vale la candela. El avaricioso tiene peor cuenta de su pasión que el pobre: y el celoso, que el cornudo. Y a menudo hay menos mal en perder tu viña que en pleitear por ella. El peldaño más bajo es el más firme: es el asiento de la constancia. Ahí no necesitas más que a ti mismo. Ella se funda ahí, y se apoya toda en sí. Este ejemplo de un caballero que muchos han conocido, ¿no tiene cierto aire filosófico? Se casó bien entrada la edad, habiendo pasado su juventud como buen compañero, gran conversador, gran bromista. Recordando cuánto la materia de la cornudez le había dado de qué hablar y burlarse de los demás: para ponerse a cubierto, se casó con una mujer que fue a buscar al lugar donde cada cual encuentra una por su dinero, y estableció con ella sus alianzas: «Buenos días, puta; buenos días, cornudo». Y no hay cosa de la que más a menudo y abiertamente entretenga a los visitantes de su casa que de este designio suyo: con lo cual refrenaba las ocultas habladurías de los burladores, y embotaba la punta de este reproche.
En cuanto a la ambición, que es vecina de la presunción, o más bien hija de ella, habría sido necesario que la Fortuna viniera a buscarme de la mano para avanzarme: pues tomarme la pena por una esperanza incierta, y someterme a todas las dificultades que acompañan a quienes buscan abrirse paso hacia el crédito, al comienzo de su progreso, no habría sabido hacerlo.
«No compro la esperanza a precio». Me atengo a lo que veo y tengo, y no me alejo mucho del puerto:
«Un remo roce las aguas, el otro las arenas para ti». Y además, poco se llega a esos avances sin arriesgar primeramente lo que se tiene. Y soy de la opinión de que si lo que uno tiene basta para mantener la condición en que nació y se educó, es locura soltar la presa por la incertidumbre de aumentarla. Aquel a quien la Fortuna rehúsa con qué plantar su pie y establecer un ser tranquilo y reposado, es perdonable si arroja al azar lo que tiene, puesto que de todas formas la necesidad lo envía a la búsqueda.
«En las cosas malas, hay que tomar el camino precipitado». Y excuso más a un segundón de poner su legítima al viento, que a aquel a quien incumbe el honor de la casa, al que no se puede ver necesitado sino por su culpa. Yo bien he encontrado el camino más corto y más fácil, con el consejo de mis buenos amigos del tiempo pasado, de deshacerme de ese deseo, y mantenerme quieto:
«Para quien la condición sea dulce, sin el polvo de la palma». Juzgando también muy sensatamente sobre mis fuerzas, que no eran capaces de grandes cosas. Y recordando este dicho del difunto canciller Olivier, que los franceses parecen monas, que van trepando hacia arriba en un árbol, de rama en rama, y no cesan de ir hasta que han llegado a la rama más alta y muestran el trasero cuando están ahí.
«Es vergonzoso confiar al rostro una carga que no puedas soportar, y luego dar la espalda con la rodilla doblada por el peso».
Las mismas cualidades que hay en mí no reprochables, las encontraba inútiles en este siglo. La facilidad de mis costumbres, la habrían llamado cobardía y debilidad: la fe y la conciencia se habrían encontrado en él escrupulosas y supersticiosas: la franqueza y la libertad, importunas, inconsideradas y temerarias. Para algo sirve la mala fortuna. Es bueno nacer en un siglo muy depravado: pues por comparación con otros, eres estimado virtuoso a buen precio. Quien no es más que parricida en nuestros días y sacrílego, es hombre de bien y de honor:
«Ahora, si un amigo no niega un depósito, si devuelve la vieja bolsa con todo su orín, fe prodigiosa, y digna de los libros toscanos, y que debería ser purificada con una cordera coronada».
Y nunca hubo tiempo ni lugar donde hubiera para los príncipes recompensa más cierta y mayor, ofrecida a la bondad y a la justicia. El primero que se le ocurra impulsarse hacia el favor y el crédito por esa vía, me equivoco mucho si con buena cuenta no se adelanta a sus compañeros. La fuerza, la violencia, pueden algo: pero no siempre todo. A los comerciantes, los jueces de pueblo, los artesanos, los vemos ir a la par de valentía y ciencia militar con la nobleza. Libran combates honorables tanto públicos como privados; atacan, defienden ciudades en nuestras guerras presentes. Un príncipe ahoga su distinción en medio de esta muchedumbre. Que brille de humanidad, de verdad, de lealtad, de templanza, y sobre todo de justicia: señales raras, desconocidas y desterradas. Es la sola voluntad de los pueblos con la que puede hacer sus asuntos: y ninguna otra cualidad puede atraer su voluntad como esas, siendo las más útiles. Nada es tan popular como la bondad.
Según esta proporción, yo me habría encontrado grande y raro: del mismo modo que me encuentro pigmeo y ordinario, en comparación con algunos siglos pasados: en los cuales era común, si no concurrían otras cualidades más fuertes, ver a un hombre moderado en sus venganzas, blando en el resentimiento de las ofensas, escrupuloso en la observancia de su palabra: ni doble ni flexible, ni acomodando su fe a la voluntad de otro y a las ocasiones. Antes dejaría que los asuntos se rompieran el cuello, que doblar mi fe para servirles.
Pues en cuanto a esa nueva virtud de fingimiento y disimulación, que está hoy día tan acreditada, la odio con vehemencia: y de todos los vicios, no encuentro ninguno que dé tanto testimonio de cobardía y bajeza de corazón. Es un humor cobarde y servil ir a disfrazarse y esconderse bajo una máscara, y no atreverse a mostrarse tal como uno es. Por ello nuestros hombres se adiestran en la perfidia. Estando acostumbrados a proferir palabras falsas, no les importa faltarles. Un corazón generoso no debe desmentir sus pensamientos: quiere mostrarse hasta lo más hondo: todo en él es bueno, o al menos, todo es humano. Aristóteles estima que es oficio de la magnanimidad odiar y amar abiertamente: juzgar, hablar con toda franqueza: y al precio de la verdad, no hacer caso de la aprobación o reprobación de otro. Apolonio decía que era propio de los siervos mentir, y de los libres decir verdad. Es la primera y fundamental parte de la virtud. Hay que amarla por sí misma. Aquel que dice la verdad porque está obligado a ello por otra parte, y porque sirve: y que no teme decir mentira cuando no importa a nadie, no es suficientemente veraz. Mi alma por su complexión rechaza la mentira, y odia incluso pensarla. Tengo una vergüenza interna y un remordimiento punzante, si a veces se me escapa, como a veces se me escapa, sorprendiéndome y agitándome las ocasiones imprevistamente. No hay que decirlo todo siempre, pues eso sería tontería. Pero lo que se dice, debe ser tal como se piensa: de lo contrario, es maldad. No sé qué ventaja esperan de fingir y contrahacer sin cesar: salvo que no se les crea, incluso cuando dicen verdad. Eso puede engañar a los hombres una o dos veces: pero hacer profesión de mantenerse oculto y vanagloriarse, como han hecho algunos de nuestros príncipes, de que arrojarían su camisa al fuego si fuera partícipe de sus verdaderas intenciones, que es una frase del antiguo Metelo Macedónico: y quien no sabe fingir, no sabe reinar: es advertir a quienes tienen que tratar con ellos, que no es más que engaño y mentira lo que dicen. Cuanto más astuto y hábil es alguien, tanto más odioso y sospechoso, detraída la opinión de probidad. Sería una gran simpleza dejarse engañar ni por el rostro ni por las palabras de aquel que hace profesión de ser siempre por fuera distinto de lo que es por dentro: como hacía Tiberio. Y no sé qué parte tales gentes pueden tener en el trato de los hombres, no produciendo nada que sea recibido como válido. Quien es desleal con la verdad, lo es también con la mentira.
Aquellos que en nuestro tiempo han considerado en el establecimiento del deber de un príncipe, el bien de sus asuntos solamente: y lo han preferido al cuidado de su fe y conciencia, dirían algo a un príncipe cuya fortuna hubiera arreglado de tal modo los asuntos, que para siempre jamás pudiera establecerlos con una sola falta y quiebra de su palabra. Pero no va así. Se cae a menudo en semejante trato: se hace más de una paz, más de un tratado en la vida. La ganancia que los invita a la primera deslealtad, casi siempre se presenta, como en todas las otras maldades: los sacrilegios, los asesinatos, las rebeliones, las traiciones, se emprenden por alguna especie de fruto: pero esta primera ganancia acarrea infinitos daños subsiguientes: echando a este príncipe fuera de todo comercio, y de todo medio de negociación por el ejemplo de esta infidelidad. Solimán de la estirpe de los otomanos, estirpe poco cuidadosa de la observancia de las promesas y pactos, cuando en mi infancia hizo descender su ejército a Otranto, habiendo sabido que Mercurino de Gattinara, y los habitantes de Castro, estaban detenidos prisioneros, después de haber rendido la plaza, contra lo que había sido capitulado por sus gentes con ellos, mandó que los liberasen: y que teniendo en mano otras grandes empresas en aquella región, esa deslealtad, aunque tuviera apariencia de utilidad presente, le acarrearía para el futuro, un descrédito y una desconfianza de infinito perjuicio.
Ahora bien, en cuanto a mí, prefiero ser importuno e indiscreto, que adulador y disimulado. Reconozco que puede mezclarse alguna punta de orgullo, y de obstinación, en mantenerse así entero y abierto como yo soy sin consideración de otro. Y me parece que me vuelvo un poco más libre, donde debería serlo menos: y que me acaloro por la oposición del respeto. Puede ser también que me deje llevar por mi naturaleza a falta de arte. Presentando a los grandes esta misma licencia de lengua y de actitud que traigo de mi casa: siento cuánto declina hacia la indiscreción e incivilidad. Pero además de que soy así, no tengo el espíritu bastante flexible para esquivar una pregunta súbita, y para escapar de ella con algún rodeo: ni para fingir una verdad, ni bastante memoria para retenerla así fingida: ni ciertamente bastante aplomo para mantenerla: y hago el bravo por debilidad. Por eso me abandono a la ingenuidad, y a decir siempre lo que pienso, tanto por complexión como por designio, dejando a la fortuna conducir el resultado. Aristipo decía que el principal fruto que había sacado de la filosofía, era que hablaba libre y abiertamente a cada uno.
Es un instrumento de maravilloso servicio, la memoria, y sin el cual el juicio cumple su oficio con mucha dificultad: me falta del todo. Lo que se me quiere proponer, debe ser a trozos: pues responder a un discurso donde hubiera varios apartados diversos, no está en mi poder. No sabría recibir un encargo sin tablillas. Y cuando tengo que sostener un discurso de importancia, si es de largo aliento, me veo reducido a esa vil y miserable necesidad, de aprender de memoria palabra por palabra lo que tengo que decir; de lo contrario no tendría ni desenvoltura ni aplomo, estando con el temor de que mi memoria viniera a jugarme una mala pasada. Pero este medio no me es menos difícil. Para aprender tres versos, me hacen falta tres horas. Y luego en una obra propia la libertad y autoridad de cambiar el orden, de modificar una palabra, variando sin cesar la materia, la hace más difícil de fijar en la memoria de su autor. Ahora bien, cuanto más desconfío de ella, más se turba: me sirve mejor por casualidad, debo solicitarla negligentemente: pues si la presiono, se aturde: y desde que ha empezado a vacilar, cuanto más la sondeo, más se enreda y se embaraza: me sirve a su hora, no a la mía.
Esto que siento en la memoria, lo siento en muchas otras partes. Huyo del mandato, la obligación, y la coacción. Lo que hago fácil y naturalmente, si me ordeno hacerlo, por una orden expresa y prescrita, ya no sé hacerlo. Hasta en el cuerpo mismo, los miembros que tienen alguna libertad y jurisdicción más particular sobre ellos, me niegan a veces su obediencia, cuando los destino y ato a cierto punto y hora de servicio necesario. Esta preordenación coactiva y tiránica los rechaza: se colapsan de terror o de despecho, y se quedan helados. Antaño estando en un lugar, donde es descortesía bárbara no responder a quienes te invitan a beber: aunque se me trataba allí con toda libertad, intenté hacer el buen compañero, en favor de las damas que estaban de la partida, según la costumbre del país. Pero hubo diversión pues esta amenaza y preparación, de tener que esforzarme más allá de mi costumbre, y de mi natural, me tapó de tal modo la garganta, que no pude tragar una sola gota: y me vi privado de beber, incluso para la necesidad misma de mi comida. Me encontré harto y sin sed, por tantas bebidas que mi imaginación había anticipado. Este efecto es más evidente en quienes tienen la imaginación más vehemente y poderosa: pero es sin embargo natural: y no hay ninguno que no lo sienta en alguna medida. Se ofreció a un excelente arquero condenado a muerte, salvarle la vida, si quería mostrar alguna prueba notable de su arte: se negó a intentarlo, temiendo que la demasiado grande tensión de su voluntad, le hiciera errar la mano, y que en lugar de salvar su vida, perdiera además la reputación que había adquirido en el tiro con arco. Un hombre que piensa en otra cosa, no fallará, ni un empuje, en rehacer siempre el mismo número y medida de pasos, en el lugar donde se pasea: pero si está con atención de medirlos y contarlos, encontrará que lo que hacía por naturaleza y por azar, no lo hará tan exactamente a propósito.
Mi biblioteca, que está entre las hermosas entre las bibliotecas de pueblo, está situada en un rincón de mi casa: si me viene a la fantasía algo que quiera ir a buscar o escribir allí, por miedo de que se me escape con sólo atravesar mi patio, debo confiarlo a la custodia de otro. Si me envalentono al hablar, a desviarme por poco que sea, de mi hilo, no dejo nunca de perderlo: lo que hace que me mantenga en mis discursos, constreñido, seco, y apretado. A las gentes que me sirven, debo llamarlas por el nombre de sus cargos, o de su país: pues me es muy difícil retener nombres. Bien diré que tiene tres sílabas, que su sonido es áspero, que comienza o termina por tal letra. Y si viviera largo tiempo, no creo que dejara de olvidar mi propio nombre, como han hecho otros. Mesala Corvino estuvo dos años sin tener traza alguna de memoria. Lo que se dice también de Jorge de Trebisonda. Y por mi interés, rumio a menudo, qué vida era la suya y si sin esta pieza, me quedará bastante para sostenerme con algún bienestar. Y mirándolo de cerca, temo que este defecto, si es perfecto, pierda todas las funciones del alma.
Estoy lleno de grietas, me escurro por todas partes. Me ha ocurrido más de una vez olvidar la palabra que había dado o recibido de otro tres horas antes, y olvidar dónde había escondido mi bolsa, diga lo que diga Cicerón. Me ayudo a perder lo que guardo con especial cuidado. La memoria ciertamente no solo contiene la filosofía, sino el uso de toda la vida y todas las artes juntas, principalmente. La memoria es el receptáculo y el estuche de la ciencia: teniéndola tan deficiente, no tengo mucho de qué quejarme si sé poco. Conozco en general el nombre de las artes y aquello de lo que tratan, pero nada más allá. Ojeo los libros, no los estudio. Lo que de ellos me queda es algo que ya no reconozco como ajeno. Es solo aquello de lo que mi juicio ha sacado provecho: los discursos y las ideas de las que se ha imbuido. El autor, el lugar, las palabras y otras circunstancias las olvido al instante. Y soy tan excelente en el olvido que mis propios escritos y composiciones no los olvido menos que el resto. Se me cita a mí mismo constantemente sin que me dé cuenta. Quien quisiera saber de dónde son los versos y ejemplos que he amontonado aquí me pondría en apuros para decírselo, y sin embargo solo los he mendigado en puertas conocidas y famosas, no contentándome con que fueran ricos si no venían además de mano rica y honorable: la autoridad concurre allí junto con la razón. No es gran maravilla si mi libro sigue la fortuna de los demás libros, y si mi memoria abandona lo que escribo igual que lo que leo, y lo que doy igual que lo que recibo.
Además del defecto de la memoria, tengo otros que contribuyen mucho a mi ignorancia. Tengo el espíritu tardo y romo, la más mínima nube detiene su punta de tal modo que, por ejemplo, nunca le propuse enigma tan fácil que supiera resolver. No hay sutileza tan vana que no me estorbe. En los juegos donde el espíritu tiene su parte; del ajedrez, las cartas, las damas y otros, solo comprendo las jugadas más toscas. La aprehensión la tengo lenta y confusa: pero lo que retiene una vez lo retiene bien, y lo abarca bien universal, estrecha y profundamente, durante el tiempo que lo retiene. Tengo la vista larga, sana y entera, pero que se cansa fácilmente con el trabajo y se fatiga. Por esta razón no puedo tener largo trato con los libros sino por medio del servicio ajeno. El joven Plinio informará a quienes no lo hayan probado cuán importante es este retraso para los que se dedican a esta ocupación.
No hay alma tan mezquina y brutal en la que no se vea relucir alguna facultad particular; no hay ninguna tan sepultada que no haga una salida por algún extremo. Y cómo ocurre que un alma ciega y dormida para todas las demás cosas se encuentre viva, clara y excelente en cierto efecto particular, hay que preguntárselo a los maestros. Pero las almas hermosas son las almas universales, abiertas y dispuestas para todo: si no instruidas, al menos susceptibles de instrucción. Lo que digo para acusar a la mía. Pues sea por debilidad o por negligencia (y despreocuparse de lo que está a nuestros pies, de lo que tenemos entre manos, de lo que atañe más de cerca al uso de la vida, es algo muy alejado de mi doctrina), no hay ninguna tan inepta e ignorante como la mía respecto a muchas de esas cosas vulgares que no se pueden ignorar sin vergüenza. Debo contar algunos ejemplos.
Nací y me crié en el campo y entre el labranza: tengo asuntos y hacienda entre manos desde que quienes me precedieron en la posesión de los bienes que disfruto me cedieron su lugar. Pues bien, no sé contar ni con fichas ni con pluma: la mayor parte de nuestras monedas no las conozco; ni sé la diferencia de un grano a otro, ni en la tierra ni en el granero, si no es demasiado evidente; ni apenas la que hay entre las coles y las lechugas de mi jardín. No entiendo siquiera los nombres de las primeras herramientas domésticas, ni los principios más toscos de la agricultura, que los niños conocen; menos aún de las artes mecánicas, del comercio y del conocimiento de las mercancías, diversidad y naturaleza de frutas, de vinos, de manjares; ni de adiestrar un ave, ni de curar un caballo o un perro. Y puesto que debo hacer la vergüenza completa, no hace un mes que me sorprendieron ignorando para qué servía la levadura para hacer pan, y qué era hacer fermentar el vino. Antiguamente en Atenas se conjeturaba una aptitud para las matemáticas en aquel a quien se veía ingeniosamente acomodar y atar una carga de leña. Verdaderamente de mí se sacaría una conclusión muy contraria: pues denme todo el equipo de una cocina, y me moriré de hambre. Por estos rasgos de mi confesión se pueden imaginar otros a mis expensas. Pero de cualquier modo que me dé a conocer, con tal de que me dé a conocer tal como soy, cumplo mi propósito. Y no me excuso de osar poner por escrito propósitos tan bajos y frívolos como estos. La bajeza del tema me obliga a ello. Que se acuse si se quiere mi proyecto, pero no mi avance. En fin, sin advertencia ajena, veo bastante lo poco que todo esto vale y pesa, y la locura de mi designio. Basta con que mi juicio no se defiera a sí mismo, del cual son estos los ensayos.
Puedes ser narigudo cuanto quieras, puedes ser en fin una nariz tan grande cuanto Atlas no querría cargar si se lo pidieran; y pudieras incluso burlarte del propio Latinio, no puedes decir más tonterías de mis bagatelas de las que yo mismo he dicho: ¿qué ganará roer diente con diente? Necesitas carne si quieres saciarte. No pierdas el esfuerzo; ten veneno para quienes se admiran de sí mismos; nosotros sabemos que esto no es nada.
No estoy obligado a no decir tonterías, con tal de que no me equivoque al reconocerlas. Y fallar a sabiendas me es tan ordinario que casi no fallo de otra manera, casi nunca fallo fortuitamente. Es poca cosa prestar a la temeridad de mis humores las acciones ineptas, puesto que no puedo defenderme de prestarles ordinariamente las viciosas.
Vi un día en Bar-le-Duc que presentaban al rey Francisco segundo, para recomendar la memoria de René rey de Sicilia, un retrato que él mismo había hecho de sí. ¿Por qué no ha de ser lícito igualmente a cualquiera pintarse con la pluma como él se pintaba con un lápiz? No quiero pues olvidar tampoco esta cicatriz, muy impropia para mostrar en público. Es la irresolución: defecto muy incómodo para la negociación de los asuntos del mundo. No sé tomar partido en empresas dudosas:
Ni sí, ni no, en mi corazón suena entero. Sé bien sostener una opinión, pero no elegirla. Porque en las cosas humanas, hacia cualquier lado que uno se incline, se presentan muchas apariencias que nos confirman en ello: y el filósofo Crisipo decía que no quería aprender de Zenón y Cleantes sus maestros sino los dogmas simplemente: pues en cuanto a las pruebas y razones, él las proporcionaría suficientes por sí mismo. Hacia cualquier lado que me vuelva, me proporciono siempre suficiente causa y verosimilitud para mantenerme en él. Así retengo en mí la duda y la libertad de elegir, hasta que la ocasión me apremia. Y entonces, a confesar la verdad, echo las más veces la pluma al viento, como se dice, y me abandono a la merced de la
Fortuna. Una inclinación y circunstancia muy leve me arrastra. Cuando el ánimo está en duda, por un pequeño momento es empujado de un lado a otro.
La incertidumbre de mi juicio está tan igualmente equilibrada en la mayoría de las ocasiones, que de buena gana dejaría la decisión en manos de la suerte y los dados. Y observo con gran consideración de nuestra debilidad humana los ejemplos que la propia historia divina nos ha dejado de este uso, de remitir a la Fortuna y al azar la determinación de las elecciones en las cosas dudosas: La suerte cayó sobre Matías. La razón humana es una espada doble y peligrosa. Y en la mano misma de Sócrates, su más íntimo y familiar amigo, ved para cuántas cosas es un bastón. Así pues, yo no sirvo más que para seguir, y me dejo fácilmente llevar por la multitud. No confío lo bastante en mis fuerzas para emprender mandar ni guiar. Me complace encontrar mis pasos trazados por otros. Si hay que correr el riesgo de una elección incierta, prefiero que sea bajo alguien que esté más seguro de sus opiniones y las abrace más que yo las mías, en las cuales encuentro el fundamento y la base resbaladizos. Y sin embargo no soy demasiado fácil al cambio, en la medida en que percibo en las opiniones contrarias una debilidad parecida. La costumbre misma de asentir parece peligrosa y resbaladiza. Especialmente en los asuntos políticos, hay un hermoso campo abierto a la vacilación y a la controversia.
Como cuando la balanza es oprimida con peso igual de ambas partes, ni se inclina de una ni se alza de otra.
Los discursos de Maquiavelo, por ejemplo, eran bastante sólidos para el tema, pero también ha habido gran facilidad para combatirlos; y quienes lo han hecho no han dejado menos facilidad para combatir los suyos. Siempre se encontraría en tal argumento con qué proporcionar respuestas, dúplicas, réplicas, tríplicas, cuádruples, y esa infinita contextura de debates que nuestra chicana ha alargado tanto como ha podido en favor de los procesos:
Caedimur, et totidem plagis consumimus hostem: pues las razones no tienen apenas otro fundamento que la experiencia, y la diversidad de los acontecimientos humanos nos presenta infinitos ejemplos para todas las formas. Un sabio personaje de nuestro tiempo dice que en nuestros almanaques, donde ellos dicen calor, quien quisiera decir frío, y en lugar de seco, húmedo, y poner siempre lo contrario de lo que pronostican, si tuviera que apostar por el resultado de uno u otro, no le preocuparía qué partido tomara, salvo en las cosas donde no puede ocurrir incertidumbre, como prometer en Navidad calores extremos, y en San Juan, rigores del invierno. Pienso lo mismo de estos discursos políticos: cualquier papel que te asignen, tienes tan buen juego como tu compañero, con tal de que no llegues a chocar con los principios demasiado groseros y evidentes. Y por tanto, según mi temperamento, en los asuntos públicos no hay ningún camino tan malo, con tal de que tenga edad y constancia, que no valga más que el cambio y la agitación. Nuestras costumbres están extremadamente corrompidas, y se inclinan con una inclinación maravillosa hacia el empeoramiento; de nuestras leyes y costumbres, hay muchas bárbaras y monstruosas; sin embargo, por la dificultad de ponernos en mejor estado y el peligro de este derrumbe, si yo pudiera clavar una clavija en nuestra rueda y detenerla en este punto, lo haría de buen corazón.
Nunca usamos ejemplos tan feos y vergonzosos que no queden otros peores.
Lo peor que encuentro en nuestro estado es la inestabilidad, y que nuestras leyes, como nuestros vestidos, no puedan tomar ninguna forma establecida. Es muy fácil acusar de imperfección a una política, pues todas las cosas mortales están llenas de ellas; es muy fácil engendrar en un pueblo el desprecio de sus antiguas observancias: nunca hubo hombre que emprendiera eso sin lograrlo; pero restablecer un estado mejor en lugar del que se ha arruinado, en esto muchos se han destrozado, de los que lo habían emprendido. Doy poca parte a mi prudencia en mi conducta: me dejo guiar voluntariamente por el orden público del mundo. Dichoso el pueblo que hace lo que se le manda mejor que quienes mandan, sin atormentarse por las causas, que se deja rodar suavemente siguiendo el rodar celeste. La obediencia nunca es pura ni tranquila en quien razona y pleitea. En suma, para volver a mí, esto solo, por lo que me estimo en algo, es aquello en lo que jamás hombre alguno se estimó deficiente: mi recomendación es vulgar, común y popular; pues ¿quién ha creído jamás carecer de sentido? Sería una proposición que implicaría en sí una contradicción. Es una enfermedad que nunca está donde se ve: es bien tenaz y fuerte, pero que, sin embargo, el primer rayo de la vista del paciente penetra y disipa, como la mirada del sol una niebla opaca.
Acusarse sería excusarse en ese tema; y condenarse sería absolverse. Nunca hubo mozo de cuerda ni mujercilla que no pensara tener suficiente sentido para su provisión. Reconocemos fácilmente en otros la ventaja del coraje, de la fuerza corporal, de la experiencia, de la disposición, de la belleza; pero la ventaja del juicio no se la cedemos a nadie. Y las razones que parten del simple discurso natural en otros, nos parece que no ha faltado más que mirar hacia ese lado para que las hayamos encontrado. La ciencia, el estilo y tales cosas que vemos en las obras ajenas, advertimos bien fácilmente si superan las nuestras; pero las simples producciones del entendimiento, cada uno piensa que estaba en él encontrarlas todas iguales, y percibe difícilmente el peso y la dificultad, si no es, y apenas, en una distancia extrema e incomparable. Y quien viera bien claramente la altura de un juicio ajeno, llegaría allí y llevaría el suyo. Así pues, es una especie de ejercitación de la que se debe esperar muy poca recomendación y alabanza, y una manera de composición de poco renombre. Y además, ¿para quién escribes? Los sabios, a quienes pertenece la jurisdicción libresca, no conocen otro precio que el de la doctrina; y no admiten otro proceder en nuestros espíritus que el de la erudición y del arte.
Si has tomado a uno de los Escipiones por el otro, ¿qué te queda por decir que valga? Quien ignora a Aristóteles, según ellos, se ignora al mismo tiempo a sí mismo. Las almas groseras y populares no ven la gracia de un discurso delicado. Ahora bien, estas dos especies ocupan el mundo. La tercera, en la que te tocas en suerte, de almas reguladas y fuertes por sí mismas, es tan rara que justamente no tiene ni nombre ni rango entre nosotros: es casi tiempo perdido aspirar y esforzarse por complacerla. Se dice comúnmente que el reparto más justo que la Naturaleza nos ha hecho de gracias es el del sentido, pues no hay nadie que no se contente con lo que ella le ha distribuido. ¿No es razonable? Quien viera más allá vería más allá de su vista. Yo pienso tener opiniones buenas y sanas, pero ¿quién no cree lo mismo de las suyas? Una de las mejores pruebas que tengo de ello es la poca estima que hago de mí, pues si no hubieran estado bien aseguradas, se habrían dejado engañar fácilmente por el afecto que me tengo, singular, como el de quien lo remite casi todo a sí mismo y que apenas lo derrama fuera de ahí. Todo lo que los demás distribuyen a una infinita multitud de amigos y conocidos, a su gloria, a su grandeza, yo lo refiero todo al reposo de mi espíritu y a mí. Lo que de ello se me escapa hacia otra parte no es propiamente por orden de mi discurso:
Mihi nempe valere et viuere doctus. Ahora bien, mis opiniones las encuentro infinitamente audaces y constantes en condenar mi insuficiencia. En verdad es también un tema en el que ejerzo mi juicio tanto como en ningún otro. El mundo mira siempre de frente; yo replieto mi vista hacia dentro, la planto, la entretengo allí. Cada uno mira delante de sí, yo miro dentro de mí. Solo tengo asunto conmigo, me considero sin cesar, me controlo, me paladeo. Los otros van siempre a otra parte, si piensan bien en ello; van siempre adelante,
«Nadie intenta descender en sí mismo»: yo me revuelvo en mí mismo. Esta capacidad de discernir lo verdadero, cualquiera que sea en mí, y este humor libre de no someter fácilmente mi creencia, la debo principalmente a mí mismo, pues las ideas más firmes que tengo, y las más generales, son aquellas que, por así decirlo, nacieron conmigo: son naturales y enteramente mías. Las produje crudas y simples, con una producción atrevida y fuerte, pero un poco confusa e imperfecta; desde entonces las he consolidado y fortalecido mediante la autoridad ajena y los ejemplos saludables de los antiguos, con quienes me he encontrado conforme en juicio. Estos me han asegurado en mi postura y me han dado un disfrute y una posesión más claros. La recomendación que todos buscan, de vivacidad y prontitud de espíritu, yo la pretendo del orden; de una acción brillante y señalada, o de alguna capacidad particular: yo la pretendo del orden, la coherencia y la tranquilidad de opiniones y costumbres. «Ciertamente, si hay algo decoroso, nada lo es más profundamente que la armonía de toda la vida, tanto de las acciones singulares: la cual no puedes conservar si, imitando la naturaleza de otros, abandonas la tuya». He aquí, pues, hasta dónde me siento culpable de esta primera parte que yo decía pertenecer al vicio de la presunción. En cuanto a la segunda, que consiste en no estimar suficientemente a los demás, no sé si puedo excusarme tan bien, pues cueste lo que cueste, decido decir lo que hay. Quizá el trato continuo que mantengo con los humores antiguos, y la idea de esas almas ricas del tiempo pasado, me disgustan de los demás y de mí mismo; o bien que, en verdad, vivimos en un siglo que no produce sino cosas muy mediocres. El caso es que no conozco nada digno de gran admiración. Tampoco conozco apenas a hombres con tal intimidad que sea necesaria para poder juzgarlos; y aquellos con los que mi condición me mezcla más ordinariamente son, en su mayoría, gentes que tienen poco cuidado del cultivo del alma, y a quienes se propone como toda bienaventuranza el honor, y como toda perfección, la valentía.
Lo que veo de bello en los demás, lo alabo y lo estimo muy voluntariamente. Incluso enriquezco a menudo lo que pienso de ello, y me permito mentir hasta ese punto. Pues no sé inventar un tema falso. Testifico gustosamente a favor de mis amigos por lo que encuentro en ellos digno de alabanza. Y de un pie de valor, hago voluntariamente pie y medio. Pero prestarles cualidades que no tienen, no puedo, ni puedo defenderlos abiertamente de las imperfecciones que tienen. Incluso a mis enemigos les otorgo limpiamente el testimonio de honor que debo. Mi afecto cambia, mi juicio no. Y no confundo mi querella con otras circunstancias que no son de ella. Y estoy tan celoso de la libertad de mi juicio, que difícilmente puedo abandonarlo por pasión alguna. Me hago más injuria mintiendo que la que hago a aquel de quien miento. Se observa esta loable y generosa costumbre de la nación persa, que hablaban de sus mortales enemigos, y a quienes hacían la guerra a ultranza, honorable y equitativamente, tanto como lo merecía su virtud.
Conozco hombres suficientes que tienen diversas partes bellas: quien el espíritu, quien el corazón, quien la destreza, quien la conciencia, quien el lenguaje, quien una ciencia, quien otra; pero de hombre grande en general, y que tenga tantas bellas piezas juntas, o una en tal grado de excelencia que se deba admirar, o comparar con aquellos que honramos del tiempo pasado, mi fortuna no me ha hecho ver ninguno. Y el más grande que haya conocido en vida, me refiero en las partes naturales del alma, y el mejor nacido, era Étienne de La Boétie: era verdaderamente un alma plena, y que mostraba un hermoso rostro en todo sentido; un alma a la antigua usanza, y que habría producido grandes efectos si su fortuna lo hubiera querido, habiendo añadido mucho a ese rico natural mediante la ciencia y el estudio.
Pero no sé cómo sucede, y sin duda sucede, que se encuentra tanta vanidad y debilidad de entendimiento en aquellos que profesan tener más suficiencia, que se mezclan en ocupaciones letradas y en cargos que dependen de los libros, como en ninguna otra clase de gentes. O bien porque se requiere y espera más de ellos, y no se pueden excusar en ellos las faltas comunes; o bien que la opinión del saber les da más atrevimiento para producirse y descubrirse demasiado, por lo cual se pierden y se traicionan. Como un artesano testimonia mejor su torpeza en una materia rica que tiene entre manos, si la acomoda y mezcla neciamente, y contra las reglas de su oficio, que en una materia vil; y uno se ofende más del defecto en una estatua de oro que en la que es de yeso. Estos hacen lo mismo cuando ponen por delante cosas que, por sí mismas y en su lugar, serían buenas, pues se sirven de ellas sin discreción, haciendo honor a su memoria a expensas de su entendimiento, y haciendo honor a Cicerón, a Galeno, a Ulpiano y a san Jerónimo, para volverse ellos ridículos.
Vuelvo gustosamente a este discurso sobre la ineptitud de nuestra instrucción. Ha tenido por fin hacernos, no buenos y sabios, sino eruditos; y lo ha logrado. No nos ha enseñado a seguir y abrazar la virtud y la prudencia, sino que nos ha impreso la derivación y la etimología. Sabemos declinar virtud, aunque no sepamos amarla. Si no sabemos qué es prudencia por efecto y por experiencia, lo sabemos por jerga y de memoria. De nuestros vecinos, no nos contentamos con conocer la raza, los parentescos y las alianzas, los queremos tener por amigos, y establecer con ellos alguna conversación e inteligencia: ella nos ha enseñado las definiciones, las divisiones y particiones de la virtud, como los apellidos y ramas de una genealogía, sin tener otro cuidado de establecer entre nosotros y ella alguna práctica de familiaridad y conocimiento privado. Ha elegido para nuestro aprendizaje, no los libros que tienen las opiniones más sanas y más verdaderas, sino aquellos que hablan el mejor griego y latín; y entre sus bellas palabras, nos ha hecho colar en la fantasía los humores más vanos de la antigüedad.
Una buena instrucción cambia el juicio y las costumbres, como sucedió a Polemón: ese joven griego libertino que, habiendo ido a oír por azar una lección de Jenócrates, no solamente notó la elocuencia y la suficiencia del lector, y no solamente se llevó a casa la ciencia de alguna bella materia, sino un fruto más evidente y más sólido: que fue el súbito cambio y enmienda de su vida anterior. ¿Quién ha sentido jamás tal efecto de nuestra disciplina?
«¿Harás acaso lo que antaño hizo Polemón transformado? ¿Dejarás las insignias de tu mal, las vendas, las coderas, las bufandas, como aquel que se dice arrancó furtivamente del cuello las coronas, después de haber sido sorprendido en ayunas por la voz del maestro?»
La condición de gente menos desdeñable me parece ser la que por simplicidad ocupa el último rango: y nos ofrece un trato más ordenado. Las costumbres y las palabras de los campesinos las encuentro comúnmente más ordenadas según la prescripción de la verdadera filosofía que las de nuestros filósofos. Plus sapit vulgus, quia tantum, quantum opus est, sapit. Los hombres más notables que he juzgado, por las apariencias externas, pues para juzgarlos a mi modo habría que examinarlos más de cerca, han sido, en lo que hace a la guerra y a la capacidad militar, el duque de Guisa, que murió en Orleans, y el difunto mariscal Strozzi. En cuanto a personas capaces y de virtud no común, Olivier y l'Hospital, cancilleres de Francia. Me parece también que la poesía ha tenido su auge en nuestro siglo. Tenemos abundancia de buenos artesanos de ese oficio: Aurat, Bèze, Buchanan, l'Hospital, Montdoré, Turnebus. En cuanto a los franceses, creo que la han elevado al más alto grado al que llegará jamás: y en las partes en que Ronsard y du Bellay sobresalen, no los encuentro apenas alejados de la perfección antigua. Adrianus Turnebus sabía más, y sabía mejor lo que sabía, que hombre alguno de su siglo, ni mucho más allá. Las vidas del duque de Alba recién muerto, y de nuestro condestable de Montmorency, han sido vidas nobles, y que tuvieron muchas raras semejanzas de fortuna.
Pero la belleza y la gloria de la muerte de este último, a la vista de París y de su rey; a su servicio contra sus más allegados; al frente de un ejército victorioso bajo su mando; y de un golpe de mano, en tan extrema vejez, me parece merecer que se la coloque entre los acontecimientos más notables de mi tiempo. Como también, la constante bondad, dulzura de costumbres y facilidad concienzuda del señor de la Noue, en una injusticia tal de bandos armados, verdadera escuela de traición, de inhumanidad y de pillaje, donde siempre se ha criado, gran hombre de guerra, y muy experimentado. He tenido placer en manifestar en varios lugares la esperanza que tengo de Marie de Gournay le Jars, mi hija de alianza y ciertamente amada por mí mucho más que paternalmente, y envuelta en mi retiro y soledad, como una de las mejores partes de mi propio ser. Ya no miro a nadie más que a ella en el mundo. Si la adolescencia puede dar presagio, esta alma será algún día capaz de las más bellas cosas, y entre otras de la perfección de esa santísima amistad, a la que leemos que su sexo no ha podido elevarse todavía: la sinceridad y la solidez de sus costumbres ya bastan para ello, su afecto hacia mí más que sobreabundante y tal en suma que no hay nada que desear, salvo que la aprensión que tiene de mi fin, por los cincuenta y cinco años en que me ha encontrado, la atormente menos cruelmente.
El juicio que hizo de los primeros Ensayos, y siendo mujer, y en este siglo, y tan joven, y sola en su región, y la vehemencia extraordinaria con que me amó y me deseó largo tiempo sobre la sola estima que extrajo de mí, antes de haberme visto, es un hecho de muy digna consideración. Las otras virtudes han tenido poco o ningún valor en esta época: pero la valentía se ha vuelto popular por nuestras guerras civiles; y en esta parte, se encuentran entre nosotros almas firmes, hasta la perfección, y en gran número, de modo que es imposible hacer una selección. Esto es todo lo que he conocido, hasta ahora, de grandeza extraordinaria y no común.
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