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Capítulo 31De la ira

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 14 min de lectura

Plutarco es admirable en todo, pero principalmente donde juzga las acciones humanas. Pueden verse las cosas hermosas que dice en la comparación de Licurgo y Numa, a propósito de la gran simpleza que supone para nosotros abandonar a los niños al gobierno y al cuidado de sus padres. La mayor parte de nuestras formas de gobierno, como dice Aristóteles, dejan a cada uno, a la manera de los cíclopes, la conducta de sus mujeres y de sus hijos, según su loca e indiscreta fantasía. Y casi solo las de Lacedemonia y Creta han confiado a las leyes la disciplina de la infancia. ¿Quién no ve que en un Estado todo depende de su educación y crianza? Y sin embargo, sin ninguna discreción, se la deja a merced de los padres, por locos y malvados que sean.

Entre otras cosas, ¡cuántas veces me han entrado ganas, al pasar por nuestras calles, de montar una farsa para vengar a los muchachos que veía desollar, apalear y asesinar por algún padre o madre furiosos y enloquecidos de cólera! Les ves salir el fuego y la rabia de los ojos,

«Arrebatados de ira que les enciende el hígado, precipitados como rocas arrancadas de las cumbres, a las que el monte se sustrae y la ladera retrocede con su declive pendiente»,

(y según Hipócrates las enfermedades más peligrosas son las que desfiguran el rostro), con una voz cortante y estridente, a menudo contra quien apenas acaba de salir de la nodriza. Y luego los dejan lisiados, aturdidos de golpes: y nuestra justicia, que no hace caso de ello, como si esos descoyuntamientos y dislocaciones no fueran de miembros de nuestra república.

«Es grato que hayas dado un ciudadano a la patria y al pueblo, si haces que sea idóneo para la patria, útil para los campos, útil para las empresas de la guerra y de la paz».

No hay pasión que perturbe tanto la sinceridad de los juicios como la ira. Nadie dudaría en castigar con la muerte al juez que por ira hubiera condenado a su criminal: ¿por qué entonces no está igualmente prohibido a los padres y a los maestros azotar a los niños y castigarlos estando airados? Eso ya no es corrección, es venganza. El castigo tiene lugar de medicina para los niños; ¿y toleraríamos a un médico que estuviera animado y encolerizado contra su paciente? Nosotros mismos, para obrar bien, no deberíamos nunca poner la mano sobre nuestros criados mientras nos dure la ira. Mientras nos late el pulso y sentimos emoción, aplazemos el asunto: las cosas nos parecerán en verdad diferentes cuando estemos calmados y fríos. Es la pasión la que manda entonces, es la pasión la que habla, no somos nosotros. A través de ella, las faltas nos parecen más grandes, como los cuerpos a través de una niebla. Quien tiene hambre usa de alimento, pero quien quiere usar del castigo no debe tener de él ni hambre ni sed. Y además, los castigos que se aplican con mesura y discreción son recibidos mucho mejor y con más fruto por quien los sufre. De otro modo, no cree haber sido justamente condenado por un hombre agitado de ira y de furia, y alega para su justificación los movimientos extraordinarios de su amo, la inflamación de su rostro, los juramentos inusuales, y esa su inquietud y precipitación temeraria.

«El rostro se hincha de ira, las venas se ennegrecen de sangre, los ojos brillan con fuego más feroz que el de la Gorgona».

Suetonio cuenta que Cayo Rabirio, habiendo sido condenado por César, lo que más le sirvió ante el pueblo (al cual apeló) para ganar su causa fue la animosidad y la aspereza que César había mostrado en aquel juicio.

Decir es una cosa y hacer es otra; hay que considerar el sermón aparte, y al predicador aparte. En nuestro tiempo se han dado una buena oportunidad quienes han intentado atacar la verdad de nuestra Iglesia mediante los vicios de sus ministros; ella extrae sus testimonios de otra parte. Es una manera estúpida de argumentar, que echaría todo a la confusión. Un hombre de buenas costumbres puede tener opiniones falsas, y un malvado puede predicar la verdad, incluso quien no la cree. Es sin duda una hermosa armonía cuando el hacer y el decir van juntos, y no quiero negar que el decir, cuando las acciones lo acompañan, sea de mayor autoridad y eficacia; como decía Eudamidas, al oír a un filósofo discurrir sobre la guerra: «Estas palabras son bellas, pero quien las dice no es creíble, pues no tiene los oídos acostumbrados al sonido de la trompeta». Y Cleómenes, al oír a un retórico arengar sobre la valentía, se echó a reír fuertemente, y cuando el otro se escandalizó, le dijo: «Haría lo mismo si fuera una golondrina quien hablara; pero si fuera un águila, la escucharía con gusto». Percibo, me parece, en los escritos de los antiguos, que quien dice lo que piensa lo expresa con mucha más fuerza que quien se finge. Escucha a Cicerón hablar del amor a la libertad; escucha hablar de ello a Bruto; los mismos escritos te muestran que este último era un hombre capaz de comprarla al precio de su vida. Que Cicerón, padre de la elocuencia, trate del desprecio de la muerte, que Séneca trate también de ello: aquel arrastra las palabras lánguidamente, y sientes que quiere convencerte de algo de lo que él mismo no está convencido. No te infunde valor, pues él mismo no lo tiene; el otro te anima y te inflama. Nunca leo a un autor, especialmente de los que tratan de la virtud y de las acciones, sin investigar con curiosidad cómo ha sido. Pues los éforos de Esparta, viendo a un hombre disoluto proponer al pueblo un consejo útil, le ordenaron callarse y rogaron a un hombre de bien que se atribuyera la idea y la propusiera.

Los escritos de Plutarco, si se saborean bien, nos lo revelan bastante; y creo conocerlo hasta el alma; sin embargo, desearía que tuviéramos algunas memorias de su vida. Y me he lanzado a este discurso de pasada, a propósito del agradecimiento que siento hacia Aulo Gelio por habernos dejado por escrito este relato de sus costumbres, que se refiere a mi tema de la cólera. Un esclavo suyo, hombre malo y vicioso, pero que tenía los oídos algo impregnados de las lecciones de filosofía, habiendo sido desnudado por orden de Plutarco a causa de alguna falta suya, mientras lo azotaban, gruñía al principio que era sin razón y que no había hecho nada; pero finalmente, poniéndose a gritar e injuriar en serio a su amo, le reprochaba que no era filósofo como se jactaba de serlo; que le había oído decir a menudo que era feo encolerizarse, y que incluso había escrito un libro sobre ello; y que el hecho de que entonces, sumido enteramente en la cólera, lo hiciera golpear tan cruelmente, desmentía por completo sus escritos. A esto Plutarco, muy fríamente y muy sosegado: «¿Cómo, bellaco, por qué juzgas que estoy en este momento encolerizado? ¿Mi rostro, mi voz, mi color, mi palabra, te dan algún testimonio de que esté alterado? No creo tener los ojos espantados, ni el rostro turbado, ni un grito horrible. ¿Enrojezco? ¿Echo espuma? ¿Se me escapa decir algo de lo que deba arrepentirme? ¿Me estremezco? ¿Tiemblo de cólera? Pues, para que lo sepas, esas son las verdaderas señales de la cólera». Y luego, volviéndose hacia quien azotaba: «Continuad, le dijo, siempre con vuestro trabajo, mientras este y yo disputamos». Ese es su relato.

Arquitas de Tarento, al regresar de una guerra en la que había sido capitán general, encontró todo lleno de mala gestión en su casa, y sus tierras en barbecho, por el mal gobierno de su administrador; y habiéndolo mandado llamar: «Vete, le dijo, que si no estuviera colérico te sacudiría bien». Platón igualmente, habiéndose encolerizado contra uno de sus esclavos, dio a Espeusipo el encargo de castigarlo, excusándose de poner mano en ello él mismo porque estaba encolerizado. Carilao lacedemonio, a un ilota que se comportaba demasiado insolente y audazmente con él: «Por los dioses, dijo, si no estuviera colérico, te haría morir ahora mismo».

Es una pasión que se complace en sí misma y que se halaga. ¡Cuántas veces, habiéndonos conmovido bajo una causa falsa, si se nos presenta alguna buena defensa o excusa, nos indignamos contra la verdad misma y la inocencia! He guardado para esto un ejemplo maravilloso de la antigüedad. Pisón, personaje por lo demás de notable virtud, habiéndose encolerizado contra un soldado suyo porque, al regresar solo del forraje, no sabía darle cuenta de dónde había dejado a un compañero suyo, tuvo por cierto que lo había matado, y lo condenó de inmediato a muerte. Cuando ya estaba en el patíbulo, he aquí que llega ese compañero extraviado: todo el ejército se alegró mucho, y tras muchas caricias y abrazos de los dos compañeros, el verdugo conduce a uno y otro a presencia de Pisón, esperando bien toda la asistencia que aquello sería para él mismo un gran placer; pero fue al contrario, pues por vergüenza y despecho, su ardor que aún estaba en su apogeo se reddobló: y con una sutileza que su pasión le proporcionó de repente, hizo culpables a tres, porque había hallado a uno inocente: e hizo despachar a los tres. Al primer soldado, porque había sentencia contra él; al segundo que se había extraviado, porque era causa de la muerte de su compañero; y al verdugo por no haber obedecido la orden que se le había dado.

Quienes han tenido que tratar con mujeres testarudas pueden haber experimentado a qué rabia las llevas cuando opones a su agitación el silencio y la frialdad, y desdeñas alimentar su cólera. El orador Celio era maravillosamente colérico por naturaleza. A uno que cenaba en su compañía, hombre de conversación muelle y dulce, y que para no irritarlo tomaba partido aprobando todo lo que decía y consintiendo en ello, él, no pudiendo soportar que su enojo pasara así sin alimento: «Niégame algo, por los dioses, le dijo, para que seamos dos». Ellas igualmente no se encolerizan sino para que uno se encolorice a su vez, a imitación de las leyes del amor. Foción, a un hombre que perturbaba su discurso injuriándolo áperamente, no hizo otra cosa sino callarse y darle todo el tiempo para que agotara su cólera; hecho eso, sin ninguna mención de aquel alboroto, retomó su discurso en el punto donde lo había dejado. No hay réplica tan punzante como ese desprecio.

Del hombre más colérico de Francia (y es siempre una imperfección, pero más excusable en un hombre militar, pues en ese ejercicio hay ciertamente aspectos que no pueden pasarse sin ella) digo a menudo que es el hombre más paciente que conozco para refrenar su cólera: esta lo agita con tal violencia y furor,

«Como cuando con gran estruendo la llama se aplica a las costillas del caldero hirviente, los líquidos saltan con el hervor, el agua furiosa humea por dentro y el río se desborda en altas espumas, ya no se contiene la onda, un vapor negro vuela a los aires»,

que debe contenerse cruelmente para moderarla. Y en cuanto a mí, no conozco pasión por la cual disimular y soportar pudiera hacer semejante esfuerzo. No pondría la sabiduría a tan alto precio. No miro tanto lo que hace, como cuánto le cuesta no hacer algo peor. Otro se jactaba ante mí del orden y la dulzura de sus costumbres, que es, en verdad, singular: yo le decía que eso era algo bueno, especialmente para quienes, como él, son de eminente posición, sobre los que todos tienen puestos los ojos, el presentarse al mundo siempre bien templados: pero que lo principal era proveer lo interior, y a uno mismo: y que no era, a mi juicio, manejar bien los asuntos el roerse interiormente: cosa que yo temía que él hiciera, para mantener esa máscara y esa apariencia ordenada por fuera. Se incorpora la cólera al ocultarla, como Diógenes dijo a Demóstenes, quien por miedo a ser visto en una taberna, retrocedía hacia dentro: Cuanto más retrocedes, más entras en ella. Yo aconsejo que se dé más bien una bofetada en la mejilla al criado, un poco fuera de tiempo, que atormentar la propia imaginación para representar ese semblante sabio. Y preferiría mostrar mis pasiones que incubarlas a mis expensas. Se debilitan al ventilarse y al expresarse. Vale más que su aguijón actúe afuera, que plegarlo contra nosotros. Todos los vicios son más ligeros al descubierto: y entonces son más perniciosos cuando se ocultan bajo apariencia de salud. Advierto a quienes tienen derecho a enojarse en mi casa, primeramente, que administren su cólera y no la gasten a cualquier precio: pues eso impide su efecto y su peso. La gritería temeraria y ordinaria pasa a ser costumbre, y hace que todos la desprecien: la que empleas contra un servidor por su hurto no se siente, porque es la misma que él te ha visto emplear cien veces contra él por haber enjuagado mal un vaso o colocado mal un escabel. En segundo lugar, que no se enojen al aire, y miren que su reprensión llegue a aquel de quien se quejan, pues ordinariamente gritan antes de que esté en su presencia, y continúan gritando un siglo después de que se ha ido,

Y la petulante demencia lucha consigo misma. Se la agarran con su sombra, y empujan esa tempestad en un lugar donde nadie es castigado ni afectado por ella, salvo por el estrépito de su voz, alguien que no puede hacer nada. Acuso igualmente en las querellas a aquienes fanfarronean y se amotinan sin adversario: hay que guardar esas rodomontadas para donde tengan efecto.

Como cuando el toro lanza mugidos terribles en sus primeros combates, e intenta enfurecer sus cuernos, apoyándose contra el tronco de un árbol, y provoca a los vientos con sus golpes, y preludiosu pelea esparciendo la arena.

Cuando me enojo, es lo más vivamente posible, pero también lo más brevemente y secretamente que puedo: me pierdo ciertamente en rapidez y en violencia, pero no en desorden: de modo que vaya arrojando al azar y sin elección toda clase de palabras injuriosas, y que no mire clavar pertinentemente mis puntas donde estimo que hieren más: pues no empleo comúnmente en ello sino la lengua. Mis criados salen mejor librados en las grandes ocasiones que en las pequeñas. Las pequeñas me sorprenden: y la desgracia quiere que desde que estás en el precipicio, no importa quién te haya dado el empujón: vas siempre hasta el fondo. La caída se apresura, se agita y se acelera por sí misma. En las grandes ocasiones me satisface que sean tan justas, que todos esperan ver nacer de ellas una cólera razonable: me glorifico en engañar su espera: me preparo y me apriesto contra ellas, me ponen en tensión y amenazan con llevarme muy lejos si las sigo. Fácilmente me guardo de entrar en ellas, y soy bastante fuerte, si la aguardo, para rechazar el impulso de esa pasión, por violenta que sea la causa: pero si me ocupa y se apodera de mí una vez, me arrastra, por vana que sea la causa. Negocio así con quienes pueden discutir conmigo: Cuando me veas agitado el primero, déjame seguir con razón o sin ella, yo haré lo mismo a mi vez. La tempestad no se engendra sino de la concurrencia de cóleras que se producen voluntariamente una de la otra, y no nacen en un solo punto. Demos a cada una su curso, y siempre estaremos en paz. Útil disposición, pero de difícil ejecución. A veces me ocurre también representar al colérico para el gobierno de mi casa, sin ninguna verdadera emoción. A medida que la edad me vuelve los humores más agrios, estudio oponerme a ello, y haré si puedo que en adelante seré tanto menos gruñón y difícil cuanta más excusa e inclinación tenga para serlo: aunque anteriormente lo he sido, entre quienes lo son menos. Todavía una palabra para cerrar este paso. Aristóteles dice que la cólera sirve a veces de armas a la virtud y a la valentía. Eso es verosímil: sin embargo, quienes lo contradicen responden graciosamente que es un arma de nuevo uso: pues nosotros movemos las otras armas, esta nos mueve a nosotros: nuestra mano no la guía, es ella quien guía nuestra mano: ella nos sostiene, nosotros no la sostenemos.

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