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Capítulo 24De la grandeza romana

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 3 min de lectura

No quiero decir más que una palabra sobre este argumento infinito, para mostrar la simpleza de quienes comparan con aquella las miserables grandezas de este tiempo. En el séptimo libro de las cartas familiares de Cicerón (y que los gramáticos le quiten ese sobrenombre de familiares si quieren, pues en verdad no viene muy a cuento: y quienes en lugar de familiares han puesto ad familiares pueden extraer algún argumento para ellos de lo que dice Suetonio en la vida de César, que había un volumen de cartas suyas ad familiares), hay una que se dirige a César, que se hallaba entonces en la Galia, en la cual Cicerón repite estas palabras que estaban al final de otra carta que César le había escrito: «En cuanto a Marco Furio, que me has recomendado, lo haré rey de la Galia, y si quieres que promueva a algún otro de tus amigos, envíamelo». No era nada nuevo para un simple ciudadano romano, como era entonces César, disponer de reinos, pues bien le quitó al rey Deyótaro el suyo para dárselo a un caballero de la ciudad de Pérgamo llamado Mitrídates. Y quienes escriben su vida registran varios reinos vendidos por él: y Suetonio dice que sacó de una vez del rey Ptolomeo tres millones seiscientos mil escudos, lo que estuvo muy cerca de venderle el suyo.

Tot Galatæ, tot Pontus eat, tot Lydia nummis. Marco Antonio decía que la grandeza del pueblo romano no se mostraba tanto por lo que tomaba como por lo que daba. Pero había tenido algunos siglos antes de Antonio una tan maravillosa autoridad, que en toda su historia no conozco señal que lleve más alto el nombre de su crédito. Antíoco poseía todo Egipto y estaba a punto de conquistar Chipre y otros restos de ese imperio. En medio del progreso de sus victorias, Cayo Popilio llegó hasta él de parte del Senado: y de entrada rehusó estrecharle la mano hasta que hubiese leído primero las cartas que le traía. El rey, habiéndolas leído, dijo que deliberaría sobre ello. Popilio trazó un círculo alrededor del lugar donde estaba con su bastón, diciéndole: Dame una respuesta que pueda llevar al Senado antes de que salgas de este círculo. Antíoco, asombrado por la rudeza de un mandato tan apremiante, después de reflexionar un poco: Haré, dijo, lo que el Senado me ordena. Entonces lo saludó Popilio como amigo del pueblo romano. Haber renunciado a una monarquía tan grande y al curso de una prosperidad tan afortunada por la impresión de tres líneas de escritura. Tuvo verdaderamente razón, como hizo, de enviar después a decir al Senado por medio de sus embajadores que había recibido su orden con el mismo respeto que si viniese de los dioses inmortales. Todos los reinos que Augusto ganó por derecho de guerra los devolvió a quienes los habían perdido, o los regaló a extranjeros. Y sobre este asunto Tácito, hablando del rey de Inglaterra Cogidumo, nos hace sentir mediante un trazo maravilloso ese poder infinito. Los romanos, dice, tenían la costumbre desde toda la antigüedad de dejar a los reyes que habían sometido en posesión de sus reinos, bajo su autoridad, a fin de que tuviesen reyes mismos como instrumentos de la servidumbre: Vt haberent instrumenta seruitutis et reges. Es verosímil que Solimán, a quien hemos visto hacer liberalidad del reino de Hungría y otros estados, atendía más a esta consideración que a la que acostumbraba a alegar: que estaba harto y cargado de tantas monarquías y dominaciones que su valor, o el de sus ancestros, le habían procurado.

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