Capítulo 30De un niño monstruoso
Este relato será muy simple: pues dejo a los médicos discutir sobre ello. Vi anteayer a un niño que dos hombres y una nodriza, que decían ser el padre, el tío y la tía, conducían para sacar algún dinero mostrándolo, debido a su rareza. Era en todo lo demás de forma común, y se sostenía sobre sus pies, caminaba y balbuceaba aproximadamente como los otros de su misma edad: todavía no había querido tomar otro alimento que el pecho de su nodriza; y lo que se intentó en mi presencia meterle en la boca, lo masticaba un poco y lo devolvía sin tragar: sus gritos parecían tener algo de particular: tenía exactamente catorce meses de edad. Debajo de sus tetillas, estaba prendido y pegado a otro niño, sin cabeza, y que tenía el conducto de la espalda tapado, el resto entero pues tenía un brazo más corto, pero se le había roto accidentalmente en su nacimiento; estaban unidos cara a cara, y como si un niño más pequeño quisiera abrazar a uno más grande. La unión y el espacio por donde se sujetaban no era más que de cuatro dedos, aproximadamente, de manera que si levantabas a ese niño imperfecto, veías debajo el ombligo del otro: así la costura se hacía entre las tetillas y su ombligo. El ombligo del imperfecto no se podía ver, pero sí todo el resto de su vientre. Así es como lo que no estaba adherido, como brazos, nalgas, muslos y piernas, de ese imperfecto, quedaba colgando y balanceándose sobre el otro, y podía alcanzar su longitud hasta media pierna. La nodriza nos añadía que orinaba por ambos sitios: también estaban los miembros de ese otro alimentados y vivos, y en el mismo estado que los suyos, salvo que eran más pequeños y menudos. Este doble cuerpo y estos miembros diversos, correspondiendo a una sola cabeza, podrían bien proporcionar un pronóstico favorable al Rey, de mantener bajo la unión de sus leyes estas partes y piezas diversas de nuestro Estado. Pero por temor a que el acontecimiento lo desmienta, vale más dejarlo pasar sin más: pues solo se puede adivinar en cosas hechas, «de manera que cuando han sucedido, entonces son traídas a alguna interpretación por conjetura»: como se dice de Epiménides que adivinaba hacia atrás.
Acabo de ver a un pastor en Medoc, de unos treinta años, que no tiene ninguna muestra de partes genitales: tiene tres orificios por donde suelta su orina incesantemente, tiene barba, tiene deseo, y busca el contacto de las mujeres.
Lo que llamamos monstruos no lo son para Dios, que ve en la inmensidad de su obra la infinidad de formas que ha incluido en ella. Y es de creer que esta figura que nos asombra se corresponde y pertenece a alguna otra figura del mismo género, desconocida para el hombre. De su total sabiduría no sale nada que no sea bueno, común y ordenado pero no vemos su combinación y su relación. «Lo que ve a menudo, no lo admira, aunque no sepa por qué sucede. Lo que no ha visto antes, si ocurre, considera que es un prodigio». Llamamos contra Naturaleza lo que sucede contra la costumbre. Nada existe sino conforme a ella, sea lo que sea. Que esta razón universal y natural expulse de nosotros el error y el asombro que la novedad nos trae.
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