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Capítulo 20No gustamos nada puro

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 5 min de lectura

La debilidad de nuestra condición hace que las cosas, en su simplicidad y pureza naturales, no puedan servir a nuestro uso. Los elementos de que disfrutamos están alterados; y los metales igual, y el oro, hay que degradarlo con alguna otra materia para adaptarlo a nuestro servicio. Ni la virtud tan simple que Aristón y Pirrón, y también los estoicos, hacían fin de la vida, ha podido servir sin composición; ni el placer cirenaico y aristípico. De los placeres y bienes que tenemos, no hay ninguno exento de alguna mezcla de mal e incomodidad:

En medio de la fuente de los placeres surge algo amargo que angustia entre las flores mismas.

Nuestra voluptuosidad extrema tiene cierto aire de gemido y de queja. ¿No dirías que se muere de angustia? Incluso cuando forjamos su imagen en su excelencia, la maquillamos con epítetos y cualidades enfermizas y dolorosas: languidez, molicie, debilidad, desfallecimiento, morbidezza, gran testimonio de su consanguinidad y consubstancialidad. La alegría profunda tiene más de severidad que de regocijo. El contentamiento extremo y pleno, más de sosiego que de alborozo. La felicidad misma, si no se modera, nos oprime. El bienestar nos mastica. Esto es lo que dice un viejo verso griego, de tal sentido: Los dioses nos venden todos los bienes que nos dan; es decir, no nos dan ninguno puro y perfecto, y que no compremos al precio de algún mal.

El trabajo y el placer, muy diferentes por naturaleza, se asocian sin embargo por no sé qué unión natural. Sócrates dice que algún dios intentó mezclar y confundir el dolor y la voluptuosidad; pero que, al no poder conseguirlo, se le ocurrió acoplarlos al menos por la cola. Metrodoro decía que en la tristeza hay alguna aleación de placer. No sé si quería decir otra cosa; pero yo imagino bien que hay designio, consentimiento y complacencia en alimentarse de la melancolía. Digo además que, más allá de la ambición que también puede mezclarse, hay cierta sombra de golosina y delicadeza que nos sonríe y nos halaga en el seno mismo de la melancolía. ¿No hay temperamentos que hacen de ella su alimento?

Hay cierto placer en llorar. Y dice un Átalo en Séneca que la memoria de nuestros amigos perdidos nos agrada como el amargor al vino demasiado viejo:

Escanciador del viejo falerno, muchacho, sírveme copas más amargas;

y como manzanas dulcemente ácidas. La naturaleza nos descubre esta confusión. Los pintores sostienen que los movimientos y pliegues del rostro que sirven para llorar sirven también para reír. En verdad, antes de que lo uno o lo otro acaben de expresarse, mira la conducción de la pintura: estás en duda de hacia cuál se va. Y la extremidad de la risa se mezcla con las lágrimas. No hay mal sin su condimento.

Cuando imagino al hombre asediado de comodidades deseables: supongamos el caso de que todos sus miembros estuvieran poseídos para siempre por un placer semejante al de la generación en su punto más excesivo; lo siento fundirse bajo la carga de su bienestar, y lo veo del todo incapaz de soportar una voluptuosidad tan pura, tan constante y tan universal. En verdad huye cuando está en ella, y se apresura naturalmente a escapar, como de un paso donde no puede afirmarse, donde teme hundirse.

Cuando me confieso religiosamente a mí mismo, encuentro que la mejor bondad que tengo tiene algún tinte vicioso. Y temo que Platón en su virtud más pura (yo que soy tan sincero y leal estimador de ella, y de las virtudes de semejante marca, como otro pueda serlo), si hubiese escuchado de cerca (y él escuchaba de cerca), habría sentido algún tono torpe de mezcla humana, pero tono oscuro y sensible solamente a sí mismo. El hombre en todo y por todo no es más que remiendo y abigarramiento. Las leyes mismas de la justicia no pueden subsistir sin alguna mezcla de injusticia. Y dice Platón que emprenden cortar la cabeza de la Hidra quienes pretenden quitar de las leyes todas las incomodidades e inconvenientes. Todo gran ejemplo tiene algo de inicuo, que se compensa con la utilidad pública contra los particulares, dice Tácito.

Es igualmente cierto que, para el uso de la vida y servicio del comercio público, puede haber exceso en la pureza y perspicacia de nuestros espíritus. Esta claridad penetrante tiene demasiada sutileza y curiosidad. Hay que volverlos pesados y embotarlos para hacerlos más obedientes al ejemplo y a la práctica; y espesarlos y oscurecerlos para proporcionarlos a esta vida tenebrosa y terrestre. Por eso se encuentran los espíritus comunes y menos tensos más aptos y más afortunados para conducir asuntos. Y las opiniones de la filosofía elevadas y exquisitas resultan ineptas para el ejercicio. Esta puntiaguda vivacidad de alma y esta volubilidad flexible e inquieta turban nuestras negociaciones. Hay que manejar las empresas humanas más groseramente y superficialmente, y dejar buena y gran parte para los derechos de la Fortuna. No es necesario esclarecer los asuntos tan profunda y sutilmente. Uno se pierde en la consideración de tantos lustres contrarios y formas diversas, mientras las cosas se revuelven pugnando entre sí, los ánimos se entorpecen. Esto es lo que los antiguos dicen de Simónides: por cuanto su imaginación le presentaba sobre la pregunta que le había hecho el rey Hierón, para satisfacer la cual había tenido varios días de pensamiento, diversas consideraciones agudas y sutiles, dudando cuál era la más verosímil, desesperó del todo de la verdad.

Quien busca y abraza todas las circunstancias y consecuencias, impide su elección. Un ingenio mediano conduce igualmente y basta para las ejecuciones de gran peso y de pequeño. Mirad que los mejores administradores son los que menos nos saben decir cómo lo son, y que esos hábiles narradores no hacen las más veces nada que valga. Yo conozco a un gran hablador y excelentísimo pintor de toda suerte de administración que ha dejado correr bien lastimosamente por sus manos cien mil libras de renta. Conozco a otro que dice que consulta mejor que hombre de su consejo, y no hay en el mundo una más bella muestra de alma y de suficiencia; sin embargo, en los hechos, sus servidores encuentran que es completamente otro; digo sin poner la desgracia en cuenta.

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