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Capítulo 22De los correos

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 2 min de lectura

No he sido de los más débiles en este ejercicio, propio de gente de mi talla, firme y baja: pero abandono el oficio: nos pone a prueba demasiado para durar mucho tiempo en él. Leía en este momento que el rey Ciro, para recibir más fácilmente noticias de todos los rincones de su imperio, que era de una extensión muy grande, hizo calcular cuánto camino podía hacer un caballo en un día, de un tirón, y a esa distancia estableció hombres encargados de tener caballos preparados para proporcionárselos a quienes viniesen hacia él. Y dicen algunos que esa velocidad de ir equivale a la medida del vuelo de las grullas. César dice que Lucio Víbulo Rufo, teniendo prisa por llevar un aviso a Pompeyo, se encaminó hacia él día y noche, cambiando de caballos para hacer diligencia. Y él mismo, según dice Suetonio, hacía cien millas por día sobre un coche de alquiler. Pero era un correo furioso: pues donde los ríos le cortaban el camino, los cruzaba a nado, y nunca se desvió para buscar un puente o un vado. Tiberio Nerón, yendo a ver a su hermano Druso, enfermo en Germania, hizo doscientas millas en veinticuatro horas, con tres coches. En la guerra de los romanos contra el rey Antíoco, Tito Sempronio Graco, dice Tito Livio, «por dispositos equos prope incredibili celeritate ab Amphissa tertio die Pellam pervenit»: y se ve por el lugar que eran postas establecidas, no dispuestas recientemente para esa carrera. La invención de Cecina para enviar noticias a los de su casa tenía mucha más prontitud: llevaba consigo golondrinas, y las soltaba hacia sus nidos cuando quería reenviar noticias suyas, tiñéndolas con una marca de color apropiada para indicar lo que quería, según lo que había concertado con los suyos. En el teatro de Roma, los padres de familia tenían palomas en su seno, a las cuales ataban cartas cuando querían mandar alguna cosa a su gente en casa: y estaban adiestradas para traer respuesta. Décimo Bruto las usó sitiado en Módena, y otros en otros lugares. En Perú, corrían sobre hombres que los cargaban sobre los hombros en unas parihuelas, con tal agilidad que, corriendo, los primeros porteadores pasaban a los segundos su carga, sin detenerse un paso. Entiendo que los valacos, correos del gran señor, hacen extremas diligencias porque tienen permiso de desmontar al primer transeúnte que encuentren en su camino, dándole su caballo agotado. Para no cansarse, se ciñen por el cuerpo muy estrechamente con una banda ancha, como hacen bastantes otros. No he encontrado ningún alivio en ese uso.

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