Capítulo 25De fingirse enfermo
Hay un epigrama en Marcial que es de los buenos, pues en él los hay de todas clases: donde relata graciosamente la historia de Celio, que para evitar tener que hacer la corte a ciertos grandes en Roma, asistir a su despertar, acompañarlos y seguirlos, fingió tener gota; y para que su excusa pareciera más verosímil, se hacía untar las piernas, las tenía vendadas y simulaba del todo el porte y el aspecto de un hombre gotoso. Al final la Fortuna le hizo el favor de volverlo verdaderamente tal.
¡Tanto pueden el empeño y el arte del dolor! Celio dejó de fingir la gota.
He visto en algún pasaje de Apiano, me parece, una historia parecida, de uno que queriendo escapar de las proscripciones de los triunviros de Roma, para sustraerse al conocimiento de quienes lo perseguían, estando oculto y disfrazado, añadió además este recurso: fingir ser tuerto; cuando consiguió recobrar un poco más de libertad y quiso quitarse el parche que había llevado durante mucho tiempo sobre el ojo, descubrió que su vista se había perdido efectivamente bajo aquella máscara. Es posible que la acción de la vista se hubiera debilitado por haber estado tanto tiempo sin ejercicio, y que la fuerza visual se hubiera trasladado toda al otro ojo. Pues sentimos con evidencia que el ojo que mantenemos cubierto reenvía a su compañero alguna parte de su efecto, de manera que aquel que queda se agranda y se hincha. Así como también la inactividad, junto con el calor de las vendas y los medicamentos, bien pudo atraer algún humor podagrífico al gotoso de Marcial.
Leí en Froissart el voto de un grupo de jóvenes gentileshombres ingleses de llevar el ojo izquierdo vendado hasta que hubiesen pasado a Francia y ejecutado alguna hazaña de armas contra nosotros: a menudo me he recreado con el pensamiento de que les hubiera sucedido como a aquellos otros, y de que se hubieran encontrado todos tuertos al volver a ver a las damas por las cuales habían emprendido aquello.
Las madres tienen razón al reprender a sus hijos cuando se hacen los tuertos, los cojos, los bizcos y otros tales defectos de la persona: pues además de que el cuerpo así de tierno puede recibir de ello un mal pliegue, no sé cómo parece que la Fortuna se divierte tomándonos la palabra, y he oído relatar varios ejemplos de gentes que enfermaron habiendo planeado fingir estarlo. Desde siempre he tenido la costumbre de cargar mi mano, tanto a caballo como a pie, con una vara o un bastón, hasta buscar en ello elegancia y apoyarme en él con un aire afectado. Muchos me han amenazado con que la Fortuna convertiría un día esta delicadeza en necesidad. Me baso en que sería el primer gotoso de mi linaje.
Pero alargemos este capítulo y variémoslo con otra pieza, a propósito de la ceguera. Plinio habla de uno que, soñando estar ciego mientras dormía, se encontró así al día siguiente, sin ninguna enfermedad precedente. La fuerza de la imaginación puede contribuir a ello, como he dicho en otro lugar, y parece que Plinio es de esta opinión; pero es más verosímil que los movimientos que el cuerpo sentía en su interior, de los cuales los médicos encontrarán, si quieren, la causa, que le quitaban la vista, fueron ocasión del sueño.
Añadamos todavía una historia vecina a este propósito, que Séneca relata en una de sus cartas: «Sabes, dice, escribiendo a Lucilio, que Harpaste, la loca de mi mujer, se ha quedado en mi casa como carga hereditaria; pues a mi gusto soy enemigo de esos monstruos, y si tengo ganas de reírme de un loco, no necesito buscarlo muy lejos, me río de mí mismo. Esta loca ha perdido súbitamente la vista. Te relato cosa extraña pero verdadera: no siente que esté ciega, y apremia incesantemente a su cuidador para que la saque, porque dice que mi casa está oscura. Lo que nos reímos en ella, te ruego creer, que sucede a cada uno de nosotros: nadie reconoce ser avaro, nadie codicioso. Incluso los ciegos piden un guía, nosotros nos extraviamos por nuestra cuenta. No soy ambicioso, decimos, pero en Roma no se puede vivir de otra manera; no soy suntuoso, pero la ciudad requiere un gran gasto; no es mi culpa si soy colérico, si aún no he establecido ninguna conducta segura de vida, es culpa de la juventud. No busquemos fuera de nosotros nuestro mal, está en nosotros; está plantado en nuestras entrañas. Y eso mismo, que no sentimos estar enfermos, nos vuelve la curación más difícil. Si no empezamos a tiempo a cuidarnos, ¿cuándo habremos provisto a tantas llagas y tantos males? Sin embargo tenemos una medicina muy dulce, que es la filosofía: pues de las otras, no se siente el placer sino después de la curación; esta agrada y cura al mismo tiempo». Esto es lo que dice Séneca, que me ha llevado fuera de mi propósito; pero hay provecho en el cambio.
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