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Capítulo 32Defensa de Séneca y de Plutarco

Ensayos, libro II · Michel de Montaigne · 13 min de lectura

La familiaridad que tengo con estos personajes, y la ayuda que prestan a mi vejez y a mi libro confeccionado puramente con sus despojos, me obliga a defender su honor. En cuanto a Séneca, entre mil pequeños libros que los de la religión llamada reformada hacen circular para la defensa de su causa, que parten a veces de buena mano, y que es gran lástima no estén empleados en mejor asunto, vi en otro tiempo uno que, para alargar y completar la similitud que quiere encontrar entre el gobierno de nuestro pobre difunto rey Carlos IX y el de Nerón, empareja al difunto señor cardenal de Lorena con Séneca, sus fortunas, por haber sido ambos los primeros en el gobierno de sus príncipes, y además sus costumbres, sus condiciones y sus comportamientos. En lo cual, en mi opinión, hace mucho honor al dicho señor cardenal: pues aunque soy de los que estiman tanto su ingenio, su elocuencia, su celo hacia su religión y servicio de su rey, y su buena fortuna de haber nacido en un siglo donde fue tan nuevo y tan raro, y además tan necesario para el bien público, tener un personaje eclesiástico de tal nobleza y dignidad, suficiente y capaz para su cargo: sin embargo, a decir verdad, no estimo su capacidad ni con mucho tan grande, ni su virtud tan limpia y entera, ni tan firme, como la de Séneca. Ahora bien, este libro del que hablo, para alcanzar su objetivo, hace una descripción de Séneca muy injuriosa, habiendo tomado prestados estos reproches de Dion el historiador, de cuyo testimonio no creo en absoluto. Pues aparte de que es inconsistente, quien después de haber llamado a Séneca sapientísimo unas veces, y otras veces enemigo mortal de los vicios de Nerón, lo presenta en otros lugares como avaricioso, usurero, ambicioso, cobarde, voluptuoso, y haciendo de filósofo con falsas enseñas: su virtud aparece tan viva y vigorosa en sus escritos, y la defensa está tan clara en algunas de estas imputaciones, como la de su riqueza y gasto excesivo, que no creería ningún testimonio en contrario. Y además, es mucho más razonable creer en tales cosas a los historiadores romanos que a los griegos y extranjeros. Ahora bien, Tácito y los demás hablan muy honorablemente tanto de su vida como de su muerte y nos lo pintan en todas las cosas como un personaje muy excelente y muy virtuoso. Y no quiero alegar otro reproche contra el juicio de Dion que este, que es ineludible: que tiene el sentimiento tan enfermo en los asuntos romanos, que se atreve a sostener la causa de Julio César contra Pompeyo, y la de Antonio contra Cicerón.

Vengamos a Plutarco. Jean Bodin es un buen autor de nuestro tiempo, y dotado de mucho más juicio que la turba de escritorzuelos de su siglo, y merece que se lo juzgue y considere. Lo encuentro un poco audaz en este pasaje de su Método de la historia, donde acusa a Plutarco no solo de ignorancia (en lo cual lo habría dejado decir: pues eso no es de mi competencia), sino también en que este autor escribe a menudo cosas increíbles y enteramente fabulosas (son sus palabras). Si hubiera dicho simplemente, las cosas de manera distinta a como son, no sería gran reprensión: pues lo que no hemos visto, lo tomamos de manos de otros y a crédito: y veo que a propósito relata a veces diversamente la misma historia; como el juicio de los tres mejores capitanes que hubieran existido jamás, hecho por Aníbal, está de una manera en la vida de Flaminio, de otra en la de Pirro. Pero cargarlo con haber tomado por dinero contante cosas increíbles e imposibles, es acusar de falta de juicio al autor más juicioso del mundo.

Y he aquí su ejemplo: Como, dice él, cuando relata que un niño de Lacedemonia se dejó desgarrar todo el vientre por un zorro que había robado, y lo tenía escondido bajo su ropa, hasta morir antes que descubrir su hurto. Encuentro en primer lugar este ejemplo mal escogido porque es muy difícil delimitar los esfuerzos de las facultades del alma, mientras que de las fuerzas corporales tenemos más razón para limitarlas y conocerlas. Y por esta causa, si me hubiera tocado a mí hacerlo, habría escogido antes un ejemplo de esta segunda clase; y los hay de menos creíbles. Como entre otros, el que relata de Pirro, que estando herido, dio tan gran golpe de espada a un enemigo suyo armado de todas armas, que lo hendió desde lo alto de la cabeza hasta abajo, de modo que el cuerpo se partió en dos partes. En su ejemplo, no encuentro gran milagro, ni acepto la excusa con que cubre a Plutarco, de haber añadido estas palabras, según se dice, para advertirnos y tener en jaque nuestra creencia. Pues salvo en las cosas recibidas por autoridad y reverencia de antigüedad o de religión, no habría querido ni recibir él mismo, ni proponernos creer, cosas de fe increíbles. Y que estas palabras, según se dice, no las emplea en ese lugar para tal efecto, es fácil de ver porque él mismo nos relata en otro lugar sobre este asunto de la paciencia de los niños lacedemonios, ejemplos sucedidos en su tiempo más difíciles de persuadir. Como el que Cicerón ha testimoniado también igualmente, por haber estado, según él dice, en los lugares: Que hasta su tiempo, se encontraban niños en esta prueba de paciencia, en que se los ensayaba ante el altar de Diana, que sufrían ser azotados allí hasta que la sangre les corría por todas partes no solo sin gritar, sino incluso sin gemir, y algunos hasta dejar voluntariamente la vida allí. Y lo que Plutarco también relata, con otros cien testigos, que en el sacrificio, habiéndose deslizado un carbón ardiente en la manga de un niño lacedemonio, mientras incensaba, se dejó quemar todo el brazo, hasta que el olor de la carne cocida llegó a los asistentes. No había nada según su costumbre, donde les fuera más de su reputación, ni de lo que tuvieran que sufrir más reproche y vergüenza, que ser sorprendidos en hurto. Estoy tan imbuido de la grandeza de esos hombres, que no solo no me parece, como a Bodin, que su relato sea increíble, sino que ni siquiera lo encuentro raro y extraño. La historia espartana está llena de mil ejemplos más ásperos y más raros: a ese precio es toda ella milagro.

Marcelino relata sobre este asunto del hurto, que en su tiempo no se había podido encontrar aún ninguna clase de tormento que pudiera forzar a los egipcios sorprendidos en este delito, que era muy usado entre ellos, a decir siquiera su nombre.

Un campesino español puesto en el potro de tormento sobre los cómplices del homicidio del pretor Lucio Pisón, gritaba en medio de los tormentos que sus amigos no se movieran, y lo asistieran con toda seguridad, y que no estaba en el dolor arrancarle una palabra de confesión, y no se obtuvo otra cosa de él, para el primer día. Al día siguiente, cuando lo llevaban de vuelta para recomenzar su tormento, deshaciéndose vigorosamente de las manos de sus guardias, fue a estrellarse la cabeza contra una pared, y se mató.

Epicaris habiendo saciado y cansado la crueldad de los esbirros de Nerón, y soportado su fuego, sus golpes, sus instrumentos, sin ninguna voz de revelación de su conjuración, todo un día: llevada de vuelta al potro al día siguiente, con los miembros todos quebrados, pasó una lazada de su túnica por uno de los brazos de su silla, con un nudo corredizo, y metiendo en él su cabeza, se estranguló con el peso de su cuerpo. Teniendo el valor de morir así, y sustraerse a los primeros tormentos, ¿no parece acaso haber prestado a propósito su vida a aquella prueba de su paciencia del día precedente, para burlarse de ese tirano, y animar a otros a semejante empresa contra él?

Y quien pregunte a nuestros arcabuceros por las experiencias que han tenido en estas guerras civiles, se encontrarán hechos de paciencia, de obstinación y de terquedad, entre nuestros miserables siglos, y en esta turba blanda y afeminada, aún más que la egipcia, dignos de ser comparados con los que acabamos de relatar de la virtud espartana. Sé que se han encontrado simples campesinos que se han dejado asar la planta de los pies, aplastar la punta de los dedos con el gatillo de una pistola, empujar los ojos sangrientos fuera de la cabeza, a fuerza de tenerles la frente apretada con una cuerda, antes de querer siquiera ponerse a rescate. He visto a uno, dejado por muerto completamente desnudo en una fosa, teniendo el cuello todo magullado e hinchado, por una soga que colgaba todavía de él, con la cual lo habían arrastrado toda la noche, a la cola de un caballo, el cuerpo traspasado en cien lugares por puñaladas, que le habían dado, no para matarlo, sino para causarle dolor y miedo; que había soportado todo eso, y hasta haber perdido habla y sentido, resuelto, según me dijo, a morir antes mil muertes (como de veras, en cuanto a su sufrimiento, había pasado una entera) antes que prometer nada: y sin embargo era uno de los más ricos labradores de toda la comarca. Cuántos se han visto dejarse pacientemente quemar y asar, por opiniones tomadas prestadas de otros, ignoradas y desconocidas. He conocido cien y cien mujeres (pues dicen que las cabezas de Gascuña tienen alguna prerrogativa en ello) que habrías hecho antes morder en el hierro candente, que hacerles desistir de una opinión que hubieran concebido en cólera. Se exasperan contra los golpes y la coacción. Y quien forjó el cuento de la mujer, que por ninguna corrección de amenazas y golpes, dejaba de llamar piojoso a su marido, y que precipitada en el agua levantaba aún ahogándose, las manos, y hacía por encima de su cabeza, señal de matar piojos: forjó un cuento, del cual en verdad todos los días se ve la imagen expresa en la terquedad de las mujeres. Y es la terquedad hermana de la constancia, al menos en vigor y firmeza.

No hay que juzgar lo que es posible y lo que no lo es, según lo que es creíble e increíble para nuestro sentido, como he dicho en otro lugar. Y es una gran falta, y en la cual sin embargo la mayor parte de los hombres cae: lo que no digo por Bodin: tener dificultad en creer de otros, lo que ellos no sabrían hacer, o no querrían. A cada cual le parece que la forma maestra de la naturaleza humana está en él: según ella, hay que regular a todos los demás. Las conductas que no se relacionan con las suyas, son fingidas y falsas. Si se le propone algo de las acciones o facultades de otro, ¿la primera cosa que llama a la consulta de su juicio es su ejemplo: según como va en su caso, así va el orden del mundo! ¡Oh necedad peligrosa e insoportable! Yo considero a algunos hombres muy lejos por encima de mí, especialmente entre los antiguos: y aunque reconozco claramente mi impotencia para seguirlos de mil pasos, no dejo de seguirlos de vista, y juzgar los resortes que los elevan así, de los cuales percibo algo las semillas en mí; como hago también con la extrema bajeza de los espíritus, que no me asombra, y que no dudo tampoco. Veo bien el giro que aquellos se dan para elevarse, y admiro su grandeza: y esos arranques que encuentro muy hermosos, los abrazo: y si mis fuerzas no llegan allí, al menos mi juicio se aplica a ello muy voluntariamente.

El otro ejemplo que alega de cosas increíbles y enteramente fabulosas dichas por Plutarco, es que Agesilao fue multado por los éforos por haber atraído a sí solo el corazón y la voluntad de sus ciudadanos. No sé qué marca de falsedad encuentra en ello; pero el caso es que Plutarco habla allí de cosas que debían serle mucho mejor conocidas que a nosotros; y no era nuevo en Grecia ver a hombres castigados y exiliados por esto solo, de agradar demasiado a sus ciudadanos: testigo el ostracismo y el petalismo.

Hay todavía en este mismo lugar otra acusación que me irrita por Plutarco, donde dice que ha emparejado de buena fe a los romanos con los romanos, y a los griegos entre ellos, pero no a los romanos con los griegos; testigo, dice, Demóstenes y Cicerón, Catón y Arístides, Sila y Lisandro, Marcelo y Pelópidas, Pompeyo y Agesilao, estimando que ha favorecido a los griegos, por haberles dado compañeros tan dispares. Es justamente atacar lo que Plutarco tiene de más excelente y loable. Pues en sus comparaciones (que es la pieza más admirable de sus obras, y en la cual a mi juicio más se ha complacido) la fidelidad y sinceridad de sus juicios igualan su profundidad y su peso. Es un filósofo que nos enseña la virtud. Veamos si podremos defenderlo de este reproche de prevaricación y falsedad. Lo que puedo pensar que ha dado ocasión a este juicio, es ese gran y resplandeciente lustre de los nombres romanos que tenemos en la cabeza: no nos parece que Demóstenes pueda igualar la gloria de un cónsul, procónsul y cuestor de esa gran república. Pero quien considere la verdad de la cosa, y los hombres en sí mismos, que es a lo que Plutarco ha atendido más, y sopesar sus costumbres, sus naturalezas, su suficiencia, más que su fortuna: pienso al revés de Bodin, que Cicerón y el viejo Catón deben de sobra a sus compañeros. Para su propósito, yo habría escogido antes el ejemplo del joven Catón comparado con Foción: pues en este par, se encontraría una más verosímil disparidad a favor del romano. En cuanto a Marcelo, Sila y Pompeyo, veo bien que sus hazañas de guerra son más hinchadas, gloriosas y pomposas que las de los griegos que Plutarco les empareja: pero las acciones más bellas y virtuosas, no más en la guerra que en otra parte, no son siempre las más famosas. Veo a menudo nombres de capitanes sofocados bajo el esplendor de otros nombres de menos mérito: testigo Labieno, Ventidio, Telesino y muchos otros. Y tomándolo por ahí, si tuviera que quejarme por los griegos, ¿no podría yo decir que mucho menos es Camilo comparable a Temístocles, los Gracos a Agis y Cleómenes, Numa a Licurgo? Pero es locura querer juzgar de un golpe las cosas con tantas caras.

Cuando Plutarco los compara, no los iguala sin embargo. ¿Quién más discretamente y concienzudamente podría señalar sus diferencias? Cuando viene a parangonar las victorias, las hazañas de armas, el poder de los ejércitos conducidos por Pompeyo, y sus triunfos, con los de Agesilao: No creo, dice, que Jenofonte mismo, si estuviera vivo, aunque se le haya concedido escribir todo lo que ha querido a favor de Agesilao, osara ponerlo en comparación. ¿Habla de cotejar a Lisandro con Sila?: No hay, dice, punto de comparación, ni en número de victorias, ni en azar de batallas: pues Lisandro solo ganó dos batallas navales, etc. Esto no es nada robar a los romanos. Por haberlos simplemente presentado a los griegos, no puede haberles hecho injuria, cualquier disparidad que pueda haber. Y Plutarco no los contrapesa enteros: no hay en conjunto ninguna preferencia: empareja las piezas y las circunstancias, una después de otra, y las juzga separadamente. Por lo cual, si se lo quisiera convencer de favoritismo, habría que espigar algún juicio particular: o decir en general que habría errado al emparejar a tal griego con tal romano, porque habría otros más correspondientes para emparejarlos, y que se relacionan mejor.

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